domingo, 29 de marzo de 2015

LA LECTURA, ARMA PELIGROSA

Sol del Bajío, Celaya, Gto.


LA LECTURA, ARMA PELIGROSA

La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras. Con estas palabras Mario Vargas Llosa inicia su discurso Elogio de la lectura y la ficción. Sin duda, en muchos escritores se ha manifestado la misma inquietud y al leer los relatos de Luis Felipe, Ignacio y Miguel, nos dejan  la puerta abierta para las secuelas o precuelas de sus historias.

El Ladrillazo de Luis Felipe, retrata fielmente la psicología oscura de su personaje y a través de esa descripción, nos transportamos a su entorno. Con unas cuantas líneas ya hemos adivinado –sin que  lo cuente– el origen, la recámara, la vivienda, la calle, la colonia y el cielo gris que la vida eligió para una mujer convertida en furia.

En El perro cenizo, Ignacio tortura a su personaje y nos tortura con los recuerdos y remordimientos que también llegamos a experimentar con la presencia de las ausencias y los incomprensibles dictados del amor.

Con Preparen, apunten ¡fuego! Miguel nos sitúa en un espacio bucólico, aunque bien pudiera tratarse de cualquier otro escenario o actividad como leer o conversar “fisicamente”, un mundo que nos empeñamos en ignorar mientras la tecnología se apodera de nuestra voluntad.

Tres relatos que nos llevan a reflexionar y  recrear cosas como el amor, la gratitud, el destino, la justicia social y la libertad, por mencionar algunas. Esa es la razón por la que los tiranos le temen a la ficción, a la lectura, porque nos invita a pensar, a conocer del mundo sus agravios y nos alienta a buscar la manera de enmendarles los entuertos. Al leer nos damos cuenta de lo que somos y tenemos, lo que nos corresponde y lo que nos arrebatan, haciendo de la lectura un arma peligrosa para el poder.
Mario Vargas Llosa, en el citado discurso de aceptación del premio Nobel, nos ilustra con maestría respecto a este tema: “…gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas. Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíriru crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficieciencias de la vida. Quien busca en ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana y que debería ser mejor. Inventamos las ficcciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisieramos tener cuando apenas disponemos de una sola.
Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo  acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor.”

Salvador Pérez Melesio



LADRILLAZO
Luis Felipe Pérez Sánchez

La ocasión en que su madre le agrietó la cabeza de un ladrillazo fue imperecedera. No lo olvidaría ni en los días más lejanos a aquella mañana en la que volvía del mercado con gesto pícaro, o posiblemente delator, y, doña Cande, que se las sabía todas, que intuía el alacrán que tenía de hija, le arrojó la piedra en reprimenda por las chapucerías, una conducta desde entonces manifiesta.
Esa vez se trataba de los vestiditos que tenía que vender por encargo. El precio ya estaba asignado pero ella los vendía regularmente a uno más alto, para sacar la ganancia. Cobraba su comisión sin avisar, se encargaba de que su paseo por las calles no fuera en balde, sin que su madre se enterara. Ya mostraba esa rara costumbre de sacar partido para sí misma, siempre; siempre bajo la luz sombría de ese espíritu siniestro que se intuye en algunos, como manchados por algo inexplicable, una seña de identidad que los pinta algo más duchos que los otros. Algo como una mácula pero también como una manera de actuar que no abandonan nunca en su vida los elegidos por este espíritu que se describe, que bien podríamos decir es un ambiguo privilegio. Una malicia la diferenciaba de entre sus compañeras de escuela, como se sobresale debido a alguna seña particular, una cicatriz, un miembro de más o de menos, como se marca la diferencia entre el candor y la perversión, aunque en el principio se pensó que era más bien una chica lista y avispada y no sólo convenenciera.
Cuentan que destacaba esa astucia transformadora, ese instinto sagaz para apañarse todas las fichas. Hablamos de un gesto calculador y egoísta propio de las muchachitas guapas que se dan cuenta de todo lo que podrían conseguir a lo largo de la vida con el puro arqueo de esa ceja poblada que tantas miradas le atrajo desde que se disfrazaba con los vestiditos propios de una niña de su edad. Desde esos días, pues, los de la infancia y el ladrillazo, ella buscaba la huida.
Era de esperarse, todo le quedaba pequeño al espíritu alevoso y vivaracho. Era de esperarse que hubiera de querer conocer el mundo, devorárselo. Ese gesto casi automático que luego fue su arma, mirar como ella miraba, profundamente y dominante, no lo abandonó jamás. Se convirtió en una Gorgona cuando ya no usaba tobilleras sino medias, haciéndolas más sugerentes, a las piernas que tanto caminaron por bares ruidosos de orquestas y vedettes unos pocos años después, cuando adinerados varones de bigote engominado encontraban el amor nómada entre cubas y champagne con la furcia de esa noche.
No pasó mucho tiempo luego de cumplir los quince años para que tomara sus cosas alguna noche y, ante el silencioso sufrir de su madre, que no dijo nada, que sólo supo que se iba, que la vio escapar, se fuera buscando una libertad que más pareció, en algún tiempo, un estado huérfano y desabrigado, donde hizo lo que quiso convirtiéndolo todo en noches eléctricas, en arañazos humeantes de suburbio y de ciudad naciente, lo más lejano a la provincia a la que quería arrumbar olvidándola.
Posiblemente, su madre o la que la había criado, y que hasta entonces era su madre, la hubiera retenido y la hubiera castigado con un ladrillazo en la cabeza, como en los días de infancia, si esta rebelde hija pródiga no hubiera sabido por alguna voz rumorosa que toda su vida la había pasado ante los amorosos cuidados de alguien que no la había concebido. Ese chisme o cotilleo que escondía la verdad, le dio el valor o la alevosía a Aurora  para herir mortalmente el corazón de una madre postiza que ya no tuvo fuerza o valor moral para intentar detenerla. Aunque quizá no había manera de detenerla. 
Ella, parece, quiso marcharse desde esas otras mañanas que trapaleaba a las marchantes en el mercadito: irse de ese callejón sin salida y de la condena de ser la hija de su familia y a hacer las cosas como Dios manda. Lo deseó, quizá, desde esa mañana, desde esos días de las trampas aparentemente inocentes de transar a su madre, de agenciarse los vueltos del dinero del mandado que ella iba a surtir. Lo deseó, posiblemente, treta del destino, desde que se le agrieto la frente, como si se abriera el mundo para ella, y la dejara ansiosa de otra vida, esa mañana cuando su madre atinó la pedrada como si fuera el “Toro” Valenzuela el que lanzara la bola.

** Luis Felipe Pérez Sánchez
Irapuato, 1982. Premio Nacional de Cuento Efrén Hernández 2012. Eufemismos para la despedida (editorial La Rana, 2013) es su primer libro de relatos.


EL PERRO CENIZO
Ignacio Sánchez

Cuando la conoció no vio en sus ojos más que un par de grandes y redondas pupilas. Había volteado a verla sin saber porqué, pues más que el aroma que su piel desprendía, era la mirada de ella la que lo había llamado desde la mesa que estaba a su espalda. Rodrigo Urbina, años más tarde contaría que al abrir la puerta de su casa se había encontrado con el diablo. Rodrigo, quien desde hacía unos cinco años era conocido como “el viudo Urbina”, llevaba siete noches seguidas yendo al bar La Victoria. Las veces anteriores se había sentado en las mesillas que estaban pegadas a la pared, las que sólo tiene dos sillas: para los enamorados que llenaban el lugar a la hora de la comida o para las almas errantes que llegaban después del ocaso. Pero esa noche, cuando el viudo llegó al bar, esos lugares ya no estaban disponibles, así que lo acomodaron en una de las mesas del centro. Se sentía incómodo porque era una de seis personas y para entonces los únicos acompañantes que tenía eran sus recuerdos y remordimientos, pero el mesero lo había colocado allí porque sabía que era la última noche que Rodrigo asistía, pues desde la muerte de su esposa había adquirido la rara costumbre de embriagarse siempre la tercera semana de enero, que era cuando se cumplía el aniversario luctuoso de María Villa. El mesero le dejó, más por costumbre que por amabilidad, la carta de alimentos y bebidas, y el viudo Urbina las ojeó sólo para hacer tiempo en lo que volvían para tomarle su orden: una Corona bien fría, limones y sal. Y así se iba, una cerveza tras otra, hasta que le dieran las tres de la mañana y lo corrieran de allí, embrutecido por el alcohol.

Cuando faltaban diez minutos para la media noche encendió su primer cigarro. Jalaba grandes bocanadas de humo y las escupía formando grandes nubarrones grises, que daban vueltas, se retorcían y no dejaban de subir. Fue entonces cuando ella apareció a un lado del viudo, era silenciosa y sombría, parecía como si viniera de entre la niebla espesa que salía de la punta del tabaco. Se vieron a los ojos, él estaba sentado y ella de pie. Era una mujer pequeña de estatura, pero era tan hermosa que si su belleza se pudiera contar con números, ninguna persona en la tierra podría decir la toda cantidad sin equivocarse. Su sonrisa era de otro mundo y aún más su aroma; su piel, a pesar de estar pegada a sus huesos, era radiante y su cabello tenía el color del universo. Rodrigo la invitó a sentarse con un ademán, estaba muy nervioso, después de María Villa no había estado con ninguna otra mujer. Decían que era por la depresión que le había ocasionado perder a su esposa siendo ambos muy jóvenes y otros creían que los cuarenta y uno se le habían adelantado diez años porque lo había visto llevar a varios hombres a su casa. La verdad es que era un hombre tímido, con manos sudorosas y ojeras por cientos de noches mal dormidas. Pero a pesar de todo esto consiguió hablar con ella.

Se llamaba Claudia Segura, era una muchachita que recién había egresado de la universidad, apenas cinco años menor que él. El viudo omitió contarle que alguna vez estuvo casado, pues ella lo había contagiado de una alegría que tenía años sin experimentar. Las horas pasaron tan rápido que ninguno de los dos se dio cuenta que la música ya no sonaba y las luces ya habían sido encendidas.

El mesero se acercó a ellos, les dejó la cuenta y les dijo que en cinco minutos ya no debía haber nadie dentro de La Victoria. A Claudia y Rodrigo poco les importó lo que acaban de escuchar y siguieron riendo como nunca antes lo había hecho. Ambos estaban ya un poco necios y sólo pudieron correrlos de allí regalándoles una cerveza para el camino. La casa de Rodrigo estaba a un par de cuadras sobre la misma calle del bar, así que solo caminaron hasta llegar allá. Los dos iban dando tumbos por toda la avenida, en momentos se abrazaban para no caerse de borrachos, se miraban y sonreían. El viudo pensó de pronto en cómo acabaría esa noche, por un momento su instinto le hizo sentirse valiente y todo su cuerpo vibró. Pero cuando su casa se dibujó frente a él, un pesado remordimiento llegó desde su corazón y se apostó en su cabeza.

Así que antes de abrir la puerta, se volvió hacia ella, la miró y no pudo evitar sentirse enamorado. Ella lo veía con unos ojos radiantes, llenos de pasión, los mismos que lentamente trastornaron la atmósfera con un escalofrío de muerte y dejaron un silencio, en el que de repente un zumbido taladra los oídos y pone a aullar a las bestias del otro mundo. Al viudo nunca le creyeron que al abrir su puerta la mujer pegó un grito muy agudo y desapareció, y que dentro de su casa se toparía con una especie de perro cenizo, con baba verde que le escurría del hocico y con los mismos ojos profundos y alucinantes con los que ella lo veía toda la noche.

** Ignacio Sánchez es un joven estudiante recién integrado al Diezmo de Palabras. Fue publicado en CALEIDOSCOPIO, una revista de literatura, música y arte de Querétaro.


PREPAREN, APUNTEN ¡FUEGO!
Miguel Sánchez

Jorge, de seis años de edad, miraba sonriendo por la ventana. Afuera, en el campo, un niño corría, llevando en lo alto la mano izquierda, con la cual empuñaba un papalote azul. En las milpas del lado derecho de la vereda, una parvada de garcillas había detenido su vuelo sobre éstas, apenas levantándose del suelo.
Se oían los cantos de aves sobre los pinos; Jorge, tras la ventana cerrada, estiraba el cuello, tratando de identificar a los causantes de aquellos gratificantes trinos. Era común el transitar de los jinetes; el pequeño seguía, maravillado, cada paso de los cuadrúpedos.
Una liebre, saliendo de una orilla del camino, se había detenido para oler algo. Franky, el perro de los vecinos del niño, se abalanzó hacia la orejona saltarina, pero habiendo cometido el error de avisarle con sus ladridos, el silvestre animal no dudó un instante en emprender la fuga, internándose entre las milpas. El infante seguía con excitación la cacería. Perdió de vista al conejo, pero cada vez que Franky paraba la carrera y bajaba el hocico, presentía con temor que el perro levantaría la cabeza con la liebre entre los dientes; sin embargo, al poco rato retornó con resultados nulos.
El pequeño pegó su nariz contra el cristal de la ventana, durante el paso de un rebaño de cabras. Un chivo café parecía ser el más grande, no obstante,  al final venía uno que parecía ser de mayor altura. Unas  chivitas trataban con paso torpe y apresurado no quedarse muy atrás.
Una parvada decoró el cielo azul con puntos negros. El infante se preguntaba cuál sería el destino de esas aves, pero unas imperativas frases le distrajeron de su absorción en la naturaleza.
-¡Pelotón!
-¡Preparen! –alguien entraba con alboroto a la habitación.
-¡Apunten!
Palabras que inundaron el ambiente sin oírse.
Y al grito de “¡Fuego!” Un dedo sin vacilaciones presionó el botón de encendido del televisor, mientras Jorge corría las cortinas que sirvieron de mortaja al paisaje.

** Miguel Sánchez es miembro del taller Diezmo de Palabras desde hace varios años. Lo han publicado en diferentes medios, especialmente en antologías tanto en México como Sudamérica. Su libro más reciente es El Libro de los Terrores.

    

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