domingo, 28 de junio de 2015

SANTA TRADICIÓN


SANTA TRADICIÓN
-Desde Chile hasta Celaya-

El costumbrismo, en la narrativa, “consiste en reflejar los usos y costumbres sociales sin analizarlos ni interpretarlos”. De esa obra literaria son ejemplos ya en ciernes La Celestina y El Quijote, por mencionar los más conocidos. Y en hispanoamérica se han creado bellas novelas y cuentos abordando la descripción natural y usos tradicionales de distintas regiones. En México destaca sobre todo El Periquillo Sarniento, de Fernández de Lizardi o la obra de José López Portillo y Rojas, cuyos cuentos tenían un ingenuo toque de humor provincial. Desde la República hermana de Chile tenemos el ejemplo por excelencia: Martín Rivas, la novela que más fama le daría a Alberto Blest Gana. Obra en folletines que se publicaban cada semana en el periódico (algo parecido a este Diezmo de Palabras). Una fórmula que varias décadas después, en México, daría fama y fortuna a la señora Yolanda Vargas Dulché. Y es así como llegamos a nuestra compañera del taller literario, María Soledad Popper (Sol), quien desde el país hermano, Chile, llegó a nuestro país (ella le llama su segunda patria) en 1999 y a Celaya en el año 2010. Después de experimentar, junto a su familia, los climas  infernales de los norteños Monterrey y Mexicali, justo el día en que el sismo 8.9 (ése que desplazó el eje de la tierra en ocho centímetros y le redujo unos milisegundos al día) remecía los suelos chilenos y un tsunami devastaba las bellas ensenadas de su litoral costero. Se incorporó al Taller Diezmo de Palabras el pasado mes de octubre, donde, “motivada y apoyada  por el talento, la experiencia y  entusiasmo de sus integrantes”, se inició poco a poco en la escritura de cuentos. “Santa tradición” se gestó durante la lectura de “Cuentos Escogidos”, de Antón Chejov, magnífico y recomendado ejemplar  que puso  amablemente en sus manos el escritor y compañero de taller, Miguel Sánchez Martínez. Así pues,  conozcamos algo de las costumbres chilenas mientras disfrutamos este domingo familiar.
Julio Edgar Méndez


SANTA TRADICIÓN
María Soledad Popper

—Es pecado, Juan —le decía muy seria mi abuela Otilia a mi abuelo, mientras recogía los platos de la mesa.
—¡Qué va a saber usted, Iñora! ¡Esos son cuentos de los curas! ¿Nos pagan acaso ellos las cuentas? —Le respondía mi abuelo enojado, meneando el jarro  boca abajo  para dejar caer las últimas gotas de vino  sobre su vaso.
A lo que mi abuela replicaba desde la cocina —¡usted nos va a mandar a toditos al mismísimo infierno con sus ocurrencias fuera de lugar!
Mi abuelo, que ya se había girado un cuarto de silla para estirar el brazo y encender el televisor, le respondía con malicia —¡usted haga lo que yo le digo nomás, como le manda la Iglesia! —Y luego agregaba, sin dejar de mirar hacia la pantalla— mañana miércoles nos vamos  tempranito al mercado y mientras usted compra las verduras que hagan falta, yo me voy al emporio a buscar los aliños y la pitilla. El Juan me dijo que llega durante la tarde con el encarguito, así es que tenemos tiempo suficiente para preparar todo. Diciendo aquello, aumentaba el volumen del aparato y evitaba oír así cualquier reclamo que saliera de la cocina. ¡Qué gran placer sentía cuando para esas fechas hacía rabiar de esa manera a mi abuela!
Ella meneaba su cabeza y esbozando una risilla pícara se decía para sus adentros —¡ay, Señor! ¡Qué le vamos a hacer, si el veterano es inteligente y sabe cómo es la gente!
Al día siguiente, en el sótano de la casa,  la rueda de piedra giraba a toda velocidad sacándole chispas a los cuchillos que afilaba mi abuelo. Sobre el mesón de trabajo, fabricado rústicamente con cuatro tablones de madera  y cubierto con un mantel plástico de vivos diseños,  ya se encontraban  atornilladas  la máquina de moler carne y la de llenado. A un lado, se hallaban las bandejas de fierro enlozado, el cono de hilo blanco, el cucharón, el tridente y diversos utensilios, extraídos a regañadientes desde la cocina de mi abuela, donde ella, ya de mal humor por tanta interrupción, preparaba los diversos adobos. En un gran mortero, presente toda la vida en la cocina de mi abuela e impregnado en sus cavidades de aromas remanentes de otros tiempos y de otras preparaciones,  iban cayendo poco a poco los dientes de ajo, el comino entero, la pimienta y el orégano que ella pacientemente molía con  piedra en mano, dejando escapar los jugos, cuyos sabores se disolvían en el  intenso sabor del vinagre de buen vino tinto elaborado en casa.
Entre tanto, mi abuelo lavaba  y dejaba secar los baldes de latón y las artesas que él mismo, con sus dotes para el trabajo manual, había fabricado para estas ocasiones.
En ese trajín se encontraban normalmente mis abuelos cada año, cuando su hijo Juan llegaba con el esperado encargo: un gran chancho, recién sacrificado en el matadero y dispuestas todas sus partes, según las instrucciones que mi abuelo le había enviado detalladamente al destazador.
Allí, en diferentes cajas de cartón y bolsas plásticas, estaban la cabeza, la lengua, el cuero, el intestino, las manitos, los perniles, el costillar, el lomo, la pulpa, el tocino, la grasa, la sangre y el resto de los cortes de carne.
Lo primero, durante esa tarde,  era poner a cuajar la sangre  en una gran batea, junto a la cebolla picada, el ají, orégano y ajo molidos y la grasa.
Mientras tanto, mi abuela daba vuelta las tripas  remojadas en agua y las lavaba minuciosamente en un balde. Luego las colgaba para que estilaran y las dejaba orear.
Más tarde, mi abuelo armaba los arrollados huasos, envolviendo en el cuero limpio pedazos de pulpa, carne  y grasa; los amarraba con pitilla  y los ponía a adobar hasta el otro día en una batea de madera, llena de pasta hecha con ají cacho de cabra,  ahumado y molido, que mi abuela preparaba con su propia receta.
Finalmente, el costillar se cortaba y se dejaba reposar en la mezcla de vinagre y aliños.
Durante el jueves siguiente, mi abuelo, ayudado por mi abuela y algunos vecinos, que no era necesario invitar, se dedicaban a armar las prietas con la  mezcla de sangre cuajada. Para eso introducían un extremo de la tripa en el tubo de la máquina y haciendo girar la manivela iban llenando poco a poco los intestinos. Lo mismo se hacía más tarde para las longanizas, sólo que éstas se elaboraban con una mezcla de carne y grasa, molidas grueso, también reposada en aliños desde temprano en la mañana.
En el atardecer de ese día, mi abuelo comenzaba el ritual de cocer prietas y longanizas, acompañado de sus ayudantes. Para ello,  improvisaba en medio del patio un fogón que era alimentado por una enorme ruma de tablas de cajones fruteros, recolectados a través de todo el año para tal función,  y que calentaba el agua de cocción con las respectivas verduras para el sabor —apio, cebolla, perejil, pimientos y ajo— en un gran fondo de aluminio. Esa noche, se sumaba a la faena  don Alfredo, el dueño del bar de la esquina, que llegaba cargando varias  garrafas de vino tinto y que eran despachadas en su totalidad, junto a las primeras longanizas fritas,  hasta que el último serpentín de chancho salía del caldo hirviendo.
—¡Herejes! —Les gritaba mi abuela de vez en cuando, desde  su cocina.
—¡Aguafiestas! —Le respondía mi abuelo, en medio de la algarabía de la tomatera y el crepitar de la madera en el fuego. Los demás  agachaban la cabeza y se hacían los lesos. Entonces cerraba la ventana y evitaba así sentir los tentadores aromas que emanaban de la hoguera e invadían toda la casa y la de los vecinos a la redonda.
Al día siguiente se levantaba temprano a rezar el rosario, hincada frente al altar con la imagen de la Virgen de Lourdes que dominaba su dormitorio, mientras mi abuelo se quedaba un rato más en la cama para reponerse de la borrachera del día anterior.
Durante ese día, en tanto que mi abuelo se dedicaba a cocer los perniles, las manitos y la cabeza, mi abuela atendía  a los vecinos que llegaban constantemente a golpear  a su puerta, atraídos por una discreta pizarra colgada en la ventana, que tenía escrito con tiza blanca “HAY CHANCHO”.
—¿Qué tiene, doña Otilia?
—Mire, hay longanizas, prietas, costillar adobado y chuletas. Más tarde salen los perniles y las manitos y ya anocheciendo, lengua nogada. Para los que se animen y si me traen la olla les regalo caldo con su buena enjundia —les respondía en voz baja mi abuela y miraba con disimulo hacia la calle, esperando que nadie la viera en esos menesteres.
—¿Y la cabeza, doña Otilia?
—No, la cabeza se la cocemos a mi hijo. Él se la lleva a su casa ya preparada y mañana sábado hace festín con sus amigos. Usted sabe, como todos los años.
A partir del crepúsculo del viernes, se repetía la misma escena de la noche anterior, sólo que a la olla iban en esta ocasión los tan apetecidos arrollados huasos. El cocimiento se acompañaba una vez más con varias garrafas de embriagante vino tinto, pan fresco, comprado por los invitados en una de las tantas  panaderías del barrio, y las picantes rodajas de los primeros arrollados.
Mi abuela se paseaba malhumorada entre los borrachines, meneaba la cabeza reprobándolos y alzaba los brazos al cielo, suplicante.
—Nuestro Señor murió en la cruz para salvarlos y ustedes le pagan así ¡Mal agradecidos!
—¡Váyase a fondear a su casa, oiga! —Le mandaba mi abuelo bastante entonado, coreado por las risas de sus desinhibidos compinches.
Durante el día sábado se cortaba en cuadritos la grasa que sobraba y se hacían los chicharrones. Mi abuela envasaba la manteca derretida y la guardaba para hacer pan amasado o la masa para empanadas; también la usaba para mezclarla con ají de color y verterla sobre los platos de legumbres. Entretanto, mi abuelo limpiaba, ordenaba y guardaba todos los artefactos y herramientas  envueltos en papel café y plástico grueso, que serían utilizados, si Dios se lo permitía, el siguiente año. Esa noche ya no realizaba el cocimiento; todo se había vendido y sólo quedaba lo que mi abuela apartaba para el consumo de la casa. Mi abuelo contaba el dinero y sacaba cuentas. De vez en cuando le gritaba a mi abuela que se encontraba  en la cocina simulando estar ocupada:
 —¡Ya me alcanza para ir a Yumbel y pagarle la manda a San Sebastián!
—¡Ya tenemos para sus lentes nuevos!
—¡Ya puedo cambiar la dentadura!
El domingo, antes del amanecer, mi abuela Otilia se preparaba su taza de té y freía un buen trozo de longaniza que había logrado salvar de los días anteriores y lo ponía dentro de un gran pan untado en la jugosa grasa desprendida. Sentada a la mesa y bajo la lucidez que da el amanecer, se dedicaba a cavilar. A veces los aromas habían sido tan extraordinarios, tan intensos, que había estado a punto de caer en la tentación. Pero había sido fuerte todos esos días. Tenía la conciencia limpia —o tal vez no tanto— se decía dudando. Ella sólo había cumplido con ser obediente y seguirle el juego a la maña de su esposo, como le machacaban en la iglesia, pero por otro lado, era cómplice de  incitar al pecado, según entendía ella, una vez más, como una tradición, a su familia y a casi todo el beaterío del vecindario. ¡Pero, qué delicioso estaba su desayuno! ¡Como para levantar muertos de su tumba!
Celebraba así, como cosa de todos los años, el domingo de resurrección, alegrándose sobremanera de haber cumplido, por lo menos ella, como Dios manda, con los  rigurosos días de guardar.
—¡Qué buena mano tiene este Juan! ¡Con razón vendimos tanto! ¡Gracias a Dios y a la Santísima Virgen! Amén.





**Ilustración: “Garrafas de vino” acuarela de Manuel Domínguez.  www.manueldominguez.org

domingo, 21 de junio de 2015

CUATRO MOTIVOS PARA ARTEMISA


CUATRO MOTIVOS PARA ARTEMISA
-Obra poética de Salvador Pérez Melesio-

Los motivos para leer el Tango para Artemisa
En el ámbito literario, las opiniones, pareceres o dictámenes que apelaban a determinadas poéticas, es decir, a ciertas normas y retóricas que aseguraban la satisfacción de una determinada necesidad comunicativa, han dejado de existir. En otras palabras, en la actualidad, en la relación entre el lector y su necesidad, la existencia de una teoría de la composición está fuera de lugar.
Quizás por eso mismo, la siguiente aseveración que, aunque  lo parezca, no tiene nada de gratuita, al señalar que para leer un poema, por ejemplo, no se requiere de ningún manual instructivo, tratado o curso introductorio. No necesito saber qué es un alejandrino o las figuras retóricas para disfrutar de ese verso de catorce sílabas, dividido en dos hemistiquios, cuyo origen  es el Roman d’Alexandre, poema francés del siglo XII.
¿Qué espero, entonces, cuando me acerco y leo un texto poético? Porque al igual que el poeta lo que realiza el lector es un acto creativo y, por lo tanto, único. Bien lo decía el poeta brasileño Joao Cabral de Melo, cuando hacía mención que era posible diferenciar dos maneras no solo de componer sino de acceder al texto mismo.
Es así que, para efectos prácticos para unos la composición es el acto de contener la poesía en el poema, mientras que para otros es el elaborar la poesía en el poema. Esto, por supuesto, no tiene nada de novedoso, lo vemos constantemente en la relación entre la inspiración y el trabajo en el arte. Cada poema tiene un determinado peso, acento o preponderancia con alguno de estos elementos.
Otro factor distintivo de la poesía que actualmente se escribe, tiene que ver con la sustitución de comunicar por la preocupación por expresar. Así las cosas, lo que busco en cada poema es la singularidad de su expresión; deseo establecer contacto con el aspecto más íntimo y personal del poeta. Detesto el lugar común. Lo que espero, es todo lo contrario, que no se parezca a nadie. La autenticidad es el bien más preciado porque en él reside precisamente esa necesidad de identificación con el lector individualizado.
Valgan estas líneas para invitar a explorar el mythos personal que se decanta en el conjunto inédito de poemas Cuatro motivos para Artemisa, del poeta celayense Salvador Pérez Melesio. Presten especial atención a los cuatro poemas que conforman el Tango para Artemisa. Si bien, el poeta recurre al arquetipo de esta diosa griega, hermana gemela de Apolo e hija de Leto y Zeus, señora de las bestias y cuya personificación lunar es uno de tantos atributos que se le han conferido como una de las deidades más antiguas del panteón helénico, no deja por ello de reflexionar con elocuente madurez sobre esa soledad radical de la mujer ante el destino, esa condición vulnerable y doliente  en la que encuentra fuerzas para elevar cantos y alabanzas.  Los poemas de Cuatro motivos para Artemisa nos recuerdan que la poesía es ante todo un espacio interior en donde solo somos intérpretes de interpretaciones.
Raúl Bravo

**Raúl Bravo Ferrer es escritor, editor, promotor cultural y una de las personas con más conocimiento sobre la literatura y sus creadores dentro y fuera de Guanajuato. Actualmente colabora con Ediciones la Rana del Instituto Estatal de la Cultura y Editorial San Roque.



CUATRO MOTIVOS PARA ARTEMISA
Salvador Pérez Melesio

TANGO PARA ARTEMISA

I
Artemisa guarda en su aljaba
esquejes afilados
de los mejores tiempos,
se viste un peplo de musa
y sale a la calle
con las piernas medio desnudas
trepada en tacones de vértigo.
Ella es así,
una mujer coronada
con aureola non sancta de vanidad
retando al viento de otoño
a que levante su falda
esa bandera sin patria
pues todos los ojos
le rinden honores.
También mi mirada
es una boa que engulle su cuerpo
y entonces me siento culpable
de acampar en su luz
mi banco de sombras.

II
Tienes razón, Artemisa,
tienes razón,
yo tampoco confío en ti,
no me culpes,
no te culpo,
pero no somos inocentes;
en el mercado de la vida
nadie nos advirtió
de una cuota de dolor
por ejercer nuestro albedrío.
Los actos, Artemisa,
dejan una onda expansiva
perenne
que se multiplica
como un juego de espejos infinito,
son pichones en la cornisa
pero siempre regresan a su palomar.
Por eso
cuando llega la hora
de liquidar las deudas
nos damos cuenta
que somos nuestros actos.

III
Yo soy mis errores
tirados en el camino
como el explorador
marca los abetos
para no extraviarse
en el bosque;
soy mis cicatrices
y la navaja
que marcó su ruta.
Soy el amor desordenado
de mis años juveniles
mientras el porvenir buscaba
al genio de la lámpara
en las botellas de ron.

Soy del sufrimiento
que sembré sin dolo
un satélite
anclado en su órbita
como el resplandor sin alma
de los fuegos fatuos.
Y soy —uno más— de los que encuentra
en cada palmo de mujer un verso.

IV
Eres cadencia en la anarquía
con paso silente de gacela
como el ángel desconfiado
que se esconde
en las cuatro consonantes
de tu nombre.
Artemisa de todos los ruidos
olvida la coreografía
que inventó el fracaso
en el pentagrama
con manchas de brea
y subamos juntos
a cualquier cima,
desde ahí
arrojaremos las alianzas
que nos revelaron
al verbo amar
como una gota de mercurio
atorada en el corazón.
Dueños del testimonio
seremos fugitivos del pasado
esa embarcación
salida de la niebla
con mástiles desnudos
como cadáver animado por sus yerros
que nos persigue
con el bauprés hundido
en su leyenda de fantasmas.

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SUCEDIÓ EN TU PELO

Sucedió en tu pelo la primera caricia
y en ese aguacero rebelde
se lavaron mis manos una vigilia
más cercana al deseo, a la noche
en donde sobra el temor al pecado;
era el momento de tomar o dejar
de cobrarle al destino todos sus yerros
te dije Artemisa: con un yerro más.
Las sombras del cuerpo rompieron su ayuno,
no hubo remordimiento ni espejos
sólo esta urgencia escondida
cambiaba de nombre, cambiaba de piel
murmullo de un reptil en tránsito
por la calle luminosa de esos muslos
donde mana el veneno amargo de tu sexo
tinta esparcida en los poemas
y la mancha perenne en mi boca.
Te empeñaste en enseñarme a bailar
—mientras mi vida penetraba en tu cuerpo—
la partitura del viento siroco
sobre la astilla de nuestro sino
y, a golpes de jimador, coseché
estrellas azules de aguardiente y aguamiel
en los misterios de la tierra ajena.

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EL AMOR Y SUS GERUNDIOS
GÉNESIS

I
Vienes un día
a beber del grial de mis miserias
y me ofreces de tu dolor un poco
como quien regala jazmines silvestres
y nos sentamos al filo del llanto
a pelar la fruta amarga del pasado,
el tuyo y el mío
el que nos marcó
a los dos y a muchos
sin que tú y yo sepamos
quiénes son
dónde están
ni cuáles son sus penas.

Después
vamos llamando las cosas por su nombre
sin temor a quedar desnudos
vulnerables
desprovistos de los anticuerpos
que proporciona el misterio
atamos cabos
y deshilvanamos las suturas
de nuestras heridas perennes
que exhibimos
como condecoraciones de guerra.

Compartimos la hiel con  alegría
hasta que vaciamos las alforjas
y descubrimos
que el silencio
no ha hablado en este encuentro.

Cuando dejamos de decir
nosotros
y hablamos de ti y de mí
nos miramos con recelo
ahora es el fuego cruzado
de las dudas
lo que empieza a lastimarnos.

Los puntos sobre las íes
son perdigones
que brotan de tus ojos tristes
y lágrimas
que estallan en mi camisa
como petardos en el hueco de un puño.

II
El tiempo se detiene
y arrojamos a un estanque
los últimos lamentos,
el tiempo se detiene
y se hunde también en el estanque.

El tiempo es ahora un náufrago sin brújula.

Aquí vamos los dos
caminando al filo del estanque
con horas y minutos
el tiempo forma nuestros nombres
nos llama
nos acosa
el tiempo es un sicario
al servicio del destino.
Me das tu mano
y le arrancamos al destino
el expediente perentorio,
horóscopo infalible,
legajo de fatalidades,
profeta intolerante,
negro protocolo,
inmundo estanque
donde perecen los sueños del vencido.

III
La nostalgia por el dolor
nos parió con el nuevo día,
la aurora nos sorprende juntos
y damos testimonio del amanecer.

Los primeros rayos del sol
están hechos de sonrisas
dibujadas en los labios rojos del horizonte,
pátina indeleble
entre el cielo y la esperanza
suspiro en la latitud de los sueños
y el hallazgo
de que recordar
no es volver a morir
en la cosa juzgada del pasado.

IV
Somos la avanzada del milenio
picas luminosas
disparadas por un sol
oculto entre las nubes,
lágrimas
que no se derramaron en vano
porque fueron rocío
para las bugambilias,
las vocales del silabario,
el plancton de los orígenes,
índigo con que se viste de gala el mar,
tiara de espuma en la cresta de las olas,
agua viva.

Somos el polen
que las flores le regalaron
al último vendaval del siglo
para poblar el campo incierto del futuro.

Somos un tendedero
donde el cielo cuelga la luna
en cuarto creciente.
Somos plumas
de las alas de los ángeles
y notas de la trompeta
del heraldo
que anuncia el arcoíris.

V
No somos Adán y Eva
En el paraíso
intentando ser como dioses,
somos tú y yo
habitantes de la tierra,
diminutas cuentas
engarzadas en el ábaco del cosmos,
elementales
piedras errantes de los ríos,
elementales
leños consumidos por las llamas,
elementales
como el viento húmedo del sur
que en abril levantó tu falda
y en el que partiremos cabalgando
a pelo
sin brida
elementales y salvajes.

Somos dos enamorados
a la sombra del árbol del amor
aguardando la tormenta,
elementales
como el bien y el mal,
elementales
pero los que conozcan nuestra historia
no volverán a ser los mismos.



**Salvador Pérez Melesio es parte del Taller Literario Diezmo de Palabras, poeta con una cultura excepcional y consejero en el difícil arte del estilo y la forma literaria. Nuestro Maestro Herminio Martínez le llamaba el poeta de la sombrerería. Ha sido publicado en antologías y diferentes medios. 


domingo, 14 de junio de 2015

EL LADO OSCURO DE LA FANTASÍA FEMENINA


EL LADO OSCURO DE LA FANTASÍA FEMENINA

“Y no podemos escapar viviendo porque la Vida es una de sus máscaras.”
Rosario Castellanos

Tres mujeres, tres cuentos. La vida misma vista desde la perspectiva femenina. Porque ¿qué otra cosa es la vida sino un cuento? Esa historia de la que no podemos escapar, según Rosario Castellanos y termina hasta que la última sílaba reverbera en nuestra mente. El temido punto final.
Un genio, un ser desconocido, y una casa vacía son arquetipos de nuestros propios temores. Pero también son parte de nuestro lado oscuro. Esa parte que sólo mostramos cuando la claridad nos abruma. Que los disfruten.
Julio Edgar Méndez



EL GENIO
Patricia Ruiz Hernández

Mi nombre es Abdul, nací en la tierra de Marruecos y soy pastor de ovejas. En esta comarca hay grandes extensiones de pastos donde llevo a mis animales. Me puedo considerar un hombre afortunado por tener ganado propio. Vivo alejado del pueblo y de su gente, aunque en ocasiones voy a la Mezquita o a mi casa para estar con mi mujer y mis hijos. Ellos ya se acostumbraron a mis ausencias, pues la mayor parte del tiempo estoy en las montañas. Duermo en el campo, con el cielo y las estrellas como techo, disfruto la soledad y los espacios abiertos. No me involucro en la vida de la comunidad porque estoy decepcionado, siempre es lo mismo, la gente pobre e ignorante vive dominada por un reyezuelo y toda su prole, quienes están rodeados de lujos y a nosotros nos tienen oprimidos.
Un día, mientras hacía mi caminata diaria por los montes, observé a lo lejos a unas personas aproximándose a una cueva. Me escondí detrás de unas rocas y pude apreciar a dos hombres extranjeros, ellos usaban turbantes muy raros, debían venir del desierto o de tierras lejanas. Sus ropajes eran muy finos y resplandecían al sol, parecían mercaderes o magos, sospeché que eran hechiceros. Los seguí discretamente para no ser descubierto, tenía miedo, pero la curiosidad fue más fuerte.
Dentro de la cueva, desde un escondite, me percaté como frotaban con los dedos una vasija. Con sorpresa observé salir de ella a un Genio y entonces la gruta se iluminó con una gran luz. El Genio tenía impresionante estatura y porte. Los hombres hablaban con él, a lo que les respondía con voz fuerte y potente. Debí permanecer alejado para no ser descubierto. Deduje que esos hombres tenían gran poder y autoridad sobre el Genio. Por el tono de sus voces pude apreciar que le daban órdenes, aunque no entendí con claridad las peticiones.
En nuestra tierra se sabe que los Genios son criaturas con grandes poderes, capaces de cumplir los anhelos y caprichos de sus dueños.  Cuando salen de su reclusión dicen: “Ordena lo que quieras amo”. Pueden ser benévolos, otros son malignos, sin embargo, están obligados por conveniencia a cumplir todos los deseos de sus amos,  por un tiempo se vuelven sus esclavos. Circulaban historias que narraban cómo los Genios acataban diversos mandatos por la promesa de ser liberados de su cautiverio.  Pensé que si yo pudiera ser dueño de ese Genio, entonces mi vida cambiaría, le  pediría dinares de oro, tesoros, joyas y grandes extensiones de  tierra. Lograría parecer un Rajá, hasta conseguiría ser más rico y poderoso que mi rey, podría vivir en un palacio, saborear ricos manjares y tendría muchos sirvientes. A mi familia la llenaría de riquezas; vestidos, perlas y diamantes para mis hijas, castillos y carruajes para mis hijos. Entonces  todos me admirarían y respetarían.
Esperé a que dejaran en la cueva la vasija para apoderarme de ella. Al acercarme un poco, procuré aguzar el oído, así escuché unas palabras enigmáticas e incomprensibles para mí.  Esas frases mágicas provocaron que el Genio volviera a su encierro, las memoricé porque eran la clave para poseerlo: “cerrar  holograma, finalizar el programa”. 

** Patricia Ruiz Hernandez es originaria de la ciudad de Celaya. Tiene estudios en Administración de Empresas y se desempeña en el sector educativo. De manera paralela gusta de la literatura y es miembro del taller literario Diezmo de Palabras. Ha sido seleccionada para la Antología de Letras con Arte con los microrrelatos Predicción, Brevedad del Ser y Fuera de este mundo. Así mismo, en la Antologia de Editorial El Sótano con el cuento La Refranera y en la antologia Tótem: Minificciones Guanajuatenses con varios microrrelatos.  En el foro el Tintero fue finalista con el cuento Retorno al hogar.


EN LA PENUMBRA
Sugheit Ariela

-¡La luna está extraña mamá! ¡Parece como si alguien la estuviera iluminando con una lamparita!
Carlitos era un pequeño de siete años y, como tal, era ocurrente y curioso, tenía los ojos grandes y la cara redondita, una sonrisa sincera y un hueco pues había perdido dos dientes de leche. La mamá de Carlitos volteó a ver el cielo, la luna estaba en su punto cúspide del eclipse y solo la orilla estaba iluminada. Acarició la cabeza de su hijo y lo envió a dormir, la madrugada estaba muy fresca a pesar de ser primavera.
Carlitos se fue a su habitación, desde su ventana podía ver la luna y su luz teñía de rojo las paredes de su habitación. Le pareció ver que muchos seres con alas salían de la luna pero el cansancio le hizo quedarse dormido. Al cabo de unos minutos, escuchó algo moviéndose en su habitación. ¿Un ratón? No lo creía posible, ¡Una cucaracha! ¡Menos! Aunque sería divertido tomarla de las antenas y llevársela a su mamá solo para verla aterrada y después aparecer como un héroe a salvarla.
Se levantó y se asomó bajo la cama esperando encontrar al insecto, pero lo que encontró fue uno de esos seres alados que se había fugado de la luna, sus ojillos rojos y alargados lo veían con malicia, sus garras sostenían algo con fuerza y sus alas extendidas le daban un aire aterrador, probablemente media 15 cm, pero su aspecto seguía dando miedo.
-¿H-Hola? – Saludó tímidamente el niño - ¿Quién eres? ¿Cómo entraste aquí?
El ser observó al pequeño, ocultó lo que traía en las manos entre los calcetines sucios que estaban en el suelo y voló con cautela hacia Carlitos, el pequeño retrocedió un poco, aquél ser le daba curiosidad con su cuerpecito demasiado delgado, sus garras afiladas y aquellos dientes planos y puntiagudos que mostraban lo que parecía ser una sonrisa.
-M-me llamo Carlitos ¿Y tú?
-Fronchrts - Dijo aquél ser con voz ronca.
-¡Frontch que!
El pequeño no podía pronunciar aquél extraño nombre y se rió, se levantó para mostrarle sus juguetes, el libro de cuentos que su mamá le había regalado, las fotografías que se había tomado con su prima en la playa, fronchrts no parecía mostrar interés en nada de lo que decía el chico. Sólo en lo que había bajo la cama.
Carlitos se asomó a la ventana ansioso de ver la luna y mostrársela a su nuevo amigo, en vez de eso vio la calle cubierta de un líquido rojo, los vecinos gritaban horrorizados, la gente corría en la calle, un niño de su escuela que siempre le pegaba estaba muerto frente a la casa de la señora Ramírez. Carlitos no entendía que estaba ocurriendo, se dio la vuelta con cautela, Fronctchrs estaba de nuevo bajo la cama mordisqueando aquél objeto, el niño se acercó y vio el anillo de su madre tirado cerca de la puerta, corrió a buscarla, al abrir la puerta de su habitación, vio las paredes salpicadas de sangre y en medio de la cama, una mancha, un bulto sin forma ensangrentado.

-¿Mamá? Preguntó con la vocecilla en un hilo, escuchó un ruidito atrás de él como un enjambre y vio los puntiagudos dientes de fronchtrs muy cerca de su cara, cientos de seres similares se le acercaron y luego… luego solo hubo oscuridad.

** Sugheit Ariela es parte del Taller Literante en la ciudad de Celaya, Gto.



CASA EN VENTA
Estrella Méndez Méndez

Miraba nerviosamente desde la ventana al carro de policía que se detuvo frente a la casa. No esperaba que mostraran interés en él o en la casa que había puesto en venta. Lo único que había hecho, era ponerla a un precio accesible, esperando a que la gente saltara de inmediato a comprarla alegremente ante la oportunidad de obtener una casa tan grande y magnífica por tan poco dinero. Pero no, la gente siempre es demasiado desconfiada. ¿Y qué hizo la primera persona que preguntó por el precio? ¡Llamó a la policía! ¿En qué clase de mundo vivimos, que te mandan a la policía por vender una casa a la mitad de su valor?
Se retorció las manos, nervioso, cuando vio a los uniformados acercarse a la casa y de inmediato se alejó de la ventana temiendo que le vieran. Se remojó los labios y miró alrededor preguntándose qué hacer. No quería tener problemas, pero no midió las consecuencias que tendría esa idea de vender la casa tan barata. Claro que, tal vez, se sentiría mejor si la casa fuera suya, para empezar, cosa que no era así. Esa preciosa casa pertenecía a su vecino, al cual cuidaba desde hacía muchos años ya que era un anciano algo enfermizo.

El timbre sonó insistente, se puso nervioso y se dirigió a la puerta. Tenía la sensación de que iba a vomitar.

Los policías interrumpieron la conversación amigable que tenían entre ellos para mirarle, sólo habían ido por atender la insistencia de algunas llamadas, ya que ellos opinaban que era cosa de cada quién el precio que le ponían a sus casas, después de todo. Pero antes de que pudieran decir algo, el hombre que abrió la puerta, blanco como una sábana, casi se les desmaya cayendo sobre sus brazos. De inmediato, un desagradable aroma los golpeó en la nariz.  Los dos policías cargaron casi en vilo con al hombre y, armas en mano, siguieron el aroma hasta una de las habitaciones. Un cadáver, ya casi momificado, yacía sobre la cama.

-Sé que cuando vendes una casa debes de declarar todo lo que se ofrece, pero seamos sinceros, –murmuró el tembloroso hombre en brazos de los policías que lo miraban incrédulo- no habría sido bien visto un anuncio así:
”Se vende casa, a mitad de precio: con cuatro recámaras, cocina equipada, sala, comedor, dos pisos, tres baños, cuarto de servicio, cochera para tres autos y un cadáver en el estudio”.


**Estrella Méndez Méndez es parte del taller literario Diezmo de Palabras, Ha sido publicada en varias antologías por parte de la Universidad de Guanajuato, Ediciones la Rana del Instituto Estatal de la Cultura y el Sistema Municipal de Arte y Cultura de la ciudad de Celaya, Gto

NOSTALGIA, POESÍA DEL DIEZMO DE PALABRAS

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