domingo, 21 de junio de 2015

CUATRO MOTIVOS PARA ARTEMISA


CUATRO MOTIVOS PARA ARTEMISA
-Obra poética de Salvador Pérez Melesio-

Los motivos para leer el Tango para Artemisa
En el ámbito literario, las opiniones, pareceres o dictámenes que apelaban a determinadas poéticas, es decir, a ciertas normas y retóricas que aseguraban la satisfacción de una determinada necesidad comunicativa, han dejado de existir. En otras palabras, en la actualidad, en la relación entre el lector y su necesidad, la existencia de una teoría de la composición está fuera de lugar.
Quizás por eso mismo, la siguiente aseveración que, aunque  lo parezca, no tiene nada de gratuita, al señalar que para leer un poema, por ejemplo, no se requiere de ningún manual instructivo, tratado o curso introductorio. No necesito saber qué es un alejandrino o las figuras retóricas para disfrutar de ese verso de catorce sílabas, dividido en dos hemistiquios, cuyo origen  es el Roman d’Alexandre, poema francés del siglo XII.
¿Qué espero, entonces, cuando me acerco y leo un texto poético? Porque al igual que el poeta lo que realiza el lector es un acto creativo y, por lo tanto, único. Bien lo decía el poeta brasileño Joao Cabral de Melo, cuando hacía mención que era posible diferenciar dos maneras no solo de componer sino de acceder al texto mismo.
Es así que, para efectos prácticos para unos la composición es el acto de contener la poesía en el poema, mientras que para otros es el elaborar la poesía en el poema. Esto, por supuesto, no tiene nada de novedoso, lo vemos constantemente en la relación entre la inspiración y el trabajo en el arte. Cada poema tiene un determinado peso, acento o preponderancia con alguno de estos elementos.
Otro factor distintivo de la poesía que actualmente se escribe, tiene que ver con la sustitución de comunicar por la preocupación por expresar. Así las cosas, lo que busco en cada poema es la singularidad de su expresión; deseo establecer contacto con el aspecto más íntimo y personal del poeta. Detesto el lugar común. Lo que espero, es todo lo contrario, que no se parezca a nadie. La autenticidad es el bien más preciado porque en él reside precisamente esa necesidad de identificación con el lector individualizado.
Valgan estas líneas para invitar a explorar el mythos personal que se decanta en el conjunto inédito de poemas Cuatro motivos para Artemisa, del poeta celayense Salvador Pérez Melesio. Presten especial atención a los cuatro poemas que conforman el Tango para Artemisa. Si bien, el poeta recurre al arquetipo de esta diosa griega, hermana gemela de Apolo e hija de Leto y Zeus, señora de las bestias y cuya personificación lunar es uno de tantos atributos que se le han conferido como una de las deidades más antiguas del panteón helénico, no deja por ello de reflexionar con elocuente madurez sobre esa soledad radical de la mujer ante el destino, esa condición vulnerable y doliente  en la que encuentra fuerzas para elevar cantos y alabanzas.  Los poemas de Cuatro motivos para Artemisa nos recuerdan que la poesía es ante todo un espacio interior en donde solo somos intérpretes de interpretaciones.
Raúl Bravo

**Raúl Bravo Ferrer es escritor, editor, promotor cultural y una de las personas con más conocimiento sobre la literatura y sus creadores dentro y fuera de Guanajuato. Actualmente colabora con Ediciones la Rana del Instituto Estatal de la Cultura y Editorial San Roque.



CUATRO MOTIVOS PARA ARTEMISA
Salvador Pérez Melesio

TANGO PARA ARTEMISA

I
Artemisa guarda en su aljaba
esquejes afilados
de los mejores tiempos,
se viste un peplo de musa
y sale a la calle
con las piernas medio desnudas
trepada en tacones de vértigo.
Ella es así,
una mujer coronada
con aureola non sancta de vanidad
retando al viento de otoño
a que levante su falda
esa bandera sin patria
pues todos los ojos
le rinden honores.
También mi mirada
es una boa que engulle su cuerpo
y entonces me siento culpable
de acampar en su luz
mi banco de sombras.

II
Tienes razón, Artemisa,
tienes razón,
yo tampoco confío en ti,
no me culpes,
no te culpo,
pero no somos inocentes;
en el mercado de la vida
nadie nos advirtió
de una cuota de dolor
por ejercer nuestro albedrío.
Los actos, Artemisa,
dejan una onda expansiva
perenne
que se multiplica
como un juego de espejos infinito,
son pichones en la cornisa
pero siempre regresan a su palomar.
Por eso
cuando llega la hora
de liquidar las deudas
nos damos cuenta
que somos nuestros actos.

III
Yo soy mis errores
tirados en el camino
como el explorador
marca los abetos
para no extraviarse
en el bosque;
soy mis cicatrices
y la navaja
que marcó su ruta.
Soy el amor desordenado
de mis años juveniles
mientras el porvenir buscaba
al genio de la lámpara
en las botellas de ron.

Soy del sufrimiento
que sembré sin dolo
un satélite
anclado en su órbita
como el resplandor sin alma
de los fuegos fatuos.
Y soy —uno más— de los que encuentra
en cada palmo de mujer un verso.

IV
Eres cadencia en la anarquía
con paso silente de gacela
como el ángel desconfiado
que se esconde
en las cuatro consonantes
de tu nombre.
Artemisa de todos los ruidos
olvida la coreografía
que inventó el fracaso
en el pentagrama
con manchas de brea
y subamos juntos
a cualquier cima,
desde ahí
arrojaremos las alianzas
que nos revelaron
al verbo amar
como una gota de mercurio
atorada en el corazón.
Dueños del testimonio
seremos fugitivos del pasado
esa embarcación
salida de la niebla
con mástiles desnudos
como cadáver animado por sus yerros
que nos persigue
con el bauprés hundido
en su leyenda de fantasmas.

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SUCEDIÓ EN TU PELO

Sucedió en tu pelo la primera caricia
y en ese aguacero rebelde
se lavaron mis manos una vigilia
más cercana al deseo, a la noche
en donde sobra el temor al pecado;
era el momento de tomar o dejar
de cobrarle al destino todos sus yerros
te dije Artemisa: con un yerro más.
Las sombras del cuerpo rompieron su ayuno,
no hubo remordimiento ni espejos
sólo esta urgencia escondida
cambiaba de nombre, cambiaba de piel
murmullo de un reptil en tránsito
por la calle luminosa de esos muslos
donde mana el veneno amargo de tu sexo
tinta esparcida en los poemas
y la mancha perenne en mi boca.
Te empeñaste en enseñarme a bailar
—mientras mi vida penetraba en tu cuerpo—
la partitura del viento siroco
sobre la astilla de nuestro sino
y, a golpes de jimador, coseché
estrellas azules de aguardiente y aguamiel
en los misterios de la tierra ajena.

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EL AMOR Y SUS GERUNDIOS
GÉNESIS

I
Vienes un día
a beber del grial de mis miserias
y me ofreces de tu dolor un poco
como quien regala jazmines silvestres
y nos sentamos al filo del llanto
a pelar la fruta amarga del pasado,
el tuyo y el mío
el que nos marcó
a los dos y a muchos
sin que tú y yo sepamos
quiénes son
dónde están
ni cuáles son sus penas.

Después
vamos llamando las cosas por su nombre
sin temor a quedar desnudos
vulnerables
desprovistos de los anticuerpos
que proporciona el misterio
atamos cabos
y deshilvanamos las suturas
de nuestras heridas perennes
que exhibimos
como condecoraciones de guerra.

Compartimos la hiel con  alegría
hasta que vaciamos las alforjas
y descubrimos
que el silencio
no ha hablado en este encuentro.

Cuando dejamos de decir
nosotros
y hablamos de ti y de mí
nos miramos con recelo
ahora es el fuego cruzado
de las dudas
lo que empieza a lastimarnos.

Los puntos sobre las íes
son perdigones
que brotan de tus ojos tristes
y lágrimas
que estallan en mi camisa
como petardos en el hueco de un puño.

II
El tiempo se detiene
y arrojamos a un estanque
los últimos lamentos,
el tiempo se detiene
y se hunde también en el estanque.

El tiempo es ahora un náufrago sin brújula.

Aquí vamos los dos
caminando al filo del estanque
con horas y minutos
el tiempo forma nuestros nombres
nos llama
nos acosa
el tiempo es un sicario
al servicio del destino.
Me das tu mano
y le arrancamos al destino
el expediente perentorio,
horóscopo infalible,
legajo de fatalidades,
profeta intolerante,
negro protocolo,
inmundo estanque
donde perecen los sueños del vencido.

III
La nostalgia por el dolor
nos parió con el nuevo día,
la aurora nos sorprende juntos
y damos testimonio del amanecer.

Los primeros rayos del sol
están hechos de sonrisas
dibujadas en los labios rojos del horizonte,
pátina indeleble
entre el cielo y la esperanza
suspiro en la latitud de los sueños
y el hallazgo
de que recordar
no es volver a morir
en la cosa juzgada del pasado.

IV
Somos la avanzada del milenio
picas luminosas
disparadas por un sol
oculto entre las nubes,
lágrimas
que no se derramaron en vano
porque fueron rocío
para las bugambilias,
las vocales del silabario,
el plancton de los orígenes,
índigo con que se viste de gala el mar,
tiara de espuma en la cresta de las olas,
agua viva.

Somos el polen
que las flores le regalaron
al último vendaval del siglo
para poblar el campo incierto del futuro.

Somos un tendedero
donde el cielo cuelga la luna
en cuarto creciente.
Somos plumas
de las alas de los ángeles
y notas de la trompeta
del heraldo
que anuncia el arcoíris.

V
No somos Adán y Eva
En el paraíso
intentando ser como dioses,
somos tú y yo
habitantes de la tierra,
diminutas cuentas
engarzadas en el ábaco del cosmos,
elementales
piedras errantes de los ríos,
elementales
leños consumidos por las llamas,
elementales
como el viento húmedo del sur
que en abril levantó tu falda
y en el que partiremos cabalgando
a pelo
sin brida
elementales y salvajes.

Somos dos enamorados
a la sombra del árbol del amor
aguardando la tormenta,
elementales
como el bien y el mal,
elementales
pero los que conozcan nuestra historia
no volverán a ser los mismos.



**Salvador Pérez Melesio es parte del Taller Literario Diezmo de Palabras, poeta con una cultura excepcional y consejero en el difícil arte del estilo y la forma literaria. Nuestro Maestro Herminio Martínez le llamaba el poeta de la sombrerería. Ha sido publicado en antologías y diferentes medios. 


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