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jueves, 20 de noviembre de 2025

Sepa la bola

 


SEPA LA BOLA 

Patricia Ruiz Hernández

¿Cuándo acabaría aquella lucha?, se preguntó Gabino mientras permanecía hipnotizado con la llama de una fogata. Habían pasado siete años desde que se unió a los alzados, viviendo en una orgía destructiva. Debía espantar el miedo y cuidarse de que el los federales le dieran un tiro. Los compañeros caídos yacían en tumbas colectivas y otros fueron incinerados en torres humanas después de las batallas. La tropa estaba acuartelada en la hacienda Los Alacranes. Fue abandonada por sus moradores originales. Ellos huyeron al saber que se acercaban los revolucionarios.

A su lado estaba Melitón, un señor recién llegado a la hacienda. Los acompañaban una docena de hombres. Para domar el sueño se pusieron a conversar.  

─¿De dónde eres, muchacho? ─preguntó Melitón.

─De un rancho, allá por Salvatierra ─contestó Gabino, envuelto en una cobija multicolor.

─Andas muy lejos de tu tierra. ¿Qué hacías en tu pueblo? ─preguntó Melitón, acomodándose el sarape para cubrir el frío de la noche.

─Sembraba máiz con mi pa.

─Te miras muy tierno  ─afirmó  Melitón─. ¿Cuánto hace que andas con la tropa?

─Desde que empezó este argüende. Yo tenía como diecisiete cuando me junté con los agraristas, pelié contra el presidente Díaz. Mi pa era recio conmigo, a puros cuerazos me traía. Antonces vi la oportunida.

─Eres traga años, muchacho. Yo soy de Durango, antes trabajaba en las minas. Llegué acá andando con la bola.

─Aquí nos hacemos hombres a juerzas, ¿o no?

─Sí. Se me afigura que ustedes, los de la tropa, nos miran con disconfianza a los recién llegados, ¿será porque algunos jueron porfiristas, huertistas, o pior: carrancistas? ─preguntó Melitón estirando las piernas entumecidas y tronando las rodillas–. Yo Jui maderista, pero cuando mataron a don Panchito me volví villista.

─ Sí,  pa que es más que la verda, hay disconfianza. No vaya a resultar que sólo vengan a echar tanteadas -Gabino hizo una pausa para terminar el espinoso tema-. Aquí todos semos leales a mi general Villa.  Vamos a unirnos a su tropa en Chihuahua.  

─Todo sea por la causa. Dios mediante, cuando termine este mitote, tendremos un pedazo de tierra que nos dé pa comer ─a Melitón le brillaron los ojos por la ilusión de ser propietario de una parcela─.  Manque ya estoy viejo, quien quita y se haga el milagro.

─Seremos libres –agregó Gabino-. Ya no trabajaremos como mulas.

            La libertad era el ideal por conquistar, se repetía como un rezo.

Poco después dejaron las confidencias para compartir una botella y desentonar canciones.   

En la madrugada, Gabino se fue a dormir junto a Eufrosina, una mujer viuda. Ella perdió a su marido en batalla. No había tiempo ni disposición para guardar luto. Se convirtió en su maestra en el despertar sexual. Era común que el muchacho durmiera con ella en el petate del muerto. En días apacibles, ambos retozaban en el campo y a las trincheras le daban uso nada bélico. Cuando la tropa saqueaba algún pueblo o hacienda, Gabino le regalaba rebozos de seda, vestidos, perfumes u otros afeites. Ella los usaba para emular a las catrinas que vivieron en la Casa Grande, cuyos retratos colgaban en la sala.

Por la mañana, Eufrosina se unió al grupo de mujeres que molían el maíz en el metate, enseguida hacían tortillas, frijoles y huevos. Las raciones debían alcanzar para todos. ”Ya están echando tortillas”, dijo Gabino a Melitón al observar el humo salir de los fogones. Se acercó a la improvisada cocina sin disimular su impaciencia. “Están güenas las gordas”, expresó al saborear el primer taco. “Ya no alcancé blanquillos”, se quejó Melitón. “Los caballos tragan mejor que nosotros”, añadió con amargura. Sólo en días especiales comían cecina o pollo, pues el corral estaba semivacío.  

Con el último taco en mano, Gabino acudió al patio de la hacienda al escuchar los gritos del coronel Hernández, quien estaba malhumorado y aderezaba las órdenes con palabrotas. “¡Tú, tísico, ven para acá! –señaló a Gabino-.  Tú y tú…­” ─eligió a una docena de hombres. El joven le perdió el miedo. Con el tiempo aprendió que era más grande su ladrido que su mordida.  Hernández formó una brigada para ir al pueblo cercano a descargar vagones. La comitiva acudió en varias carretas a la estación de ferrocarril. Para decepción de Gabino, la carga sólo contenía armas y municiones. Prefería que trajeran maíz, trigo o frijol. Los sacos de granos eran cada vez más escasos. Le pasó por la mente protestar. La tropa estaba maltragada. La única panza llena era la de los caballos, sin embargo, la queja se la guardó para sí mismo: “Mejor no digo nada. Por andar de hocicón capaz y me fusilan”.

Al llegar con el cargamento a la hacienda, el coronel Hernández fue cuestionado por el general Solís del por qué la dotación de armas era menor a lo esperado. ”¡Me hierve el buche!, ¿por qué diantres no llegó todo el parque? ¿Cómo vamos a pelear con eso?”, gritó. Nadie lo sabía.  

Ese día llegó un emisario con novedades. Dio santo y seña del número de bajas y heridos en diferentes batallas. Habló de la muerte de algunos caudillos insurgentes. Contó que hubo una masacre en el pueblo de los Saltamontes donde un batallón insurrecto intentó tomar esa población, mas los federales los superaron en soldados y armas.  “Se metieron entre las patas de los caballos”, afirmaron algunos oyentes al conocer el relato.  “¡Ya vienen los federales y son como cinco mil!”, dijo con preocupación el enviado. Sin embargo, el general Solís se mostró tranquilo y desmintió al emisario. Argumentó que de acuerdo con otra versión sólo eran quinientos soldados federales.  “¡Con esos sí podemos!”, “¡Vamos ganando! ¡Viva la revolución! ¡Viva la libertad!”, exclamó con viril orgullo el coronel Hernández, encargado del discurso motivacional. Otros oficiales, por el contrario, hablaban con preocupación de las notables victorias federales. Gabino no sabía qué pensar. Separar hechos de rumores era imposible. Las gacetas publicaban: “La revuelta del norte está agonizando”, de lo que se hubiera enterado si supiera leer.

Los oficiales comenzaron a dar órdenes y contraórdenes. Un confundido Gabino preguntó a Melitón qué era lo que se escuchaba en el ir y venir de personas en la hacienda. El hombre informó: “¿No oyites que los pelones mataron con granadas a muchos, a cuántos?, ve tú a saber. También se traen una alegata por las ideas quesque anarquistas del general Solís. Y para acabarla de joder, dicen que anda cerquita la banda de los Colorados. Esos nadamas queren amolar al prójimo.”

La última instrucción a la tropa fue que debían esperar en la hacienda hasta nuevo aviso. Todos decían estar preparados para entrar en acción. Al parecer pronto se escucharía el toque de diana y la estridencia de las ametralladoras.  

 

Al día siguiente, Gabino fue al granero en donde su voz producía eco por la ausencia de granos. Ahí estaba Melitón, acostado con la panza para arriba, tomando una siesta. El muchacho ya le tenía paternal cariño al viejo. Fueron a caminar al campo, ambos pensaban que quizá era la última vez que estuvieran juntos. Cortaron unas raquíticas tunas de la nopalera y se fueron a sentar bajo un árbol. En una cerca de piedra colocaron sus sombreros.  

─Esas nubes son de agua, va a llover -afirmó Melitón, señalando el cielo─.  Vienen muy abajo y cargaditas. Ya es tiempo de la siembra de temporal. Las nubes que parecen borregos son de frío.

─¿Usté era gente de campo?

─Sí, eso fue antes de entrar a las minas. Pero le sigo teniendo querencia a la tierra.

Mientras conversaban, Gabino dibujó en la tierra un rectángulo con una rama. A la figura le agregó líneas paralelas que imitaban surcos de siembra. La agricultura fue su primer oficio antes de aprender el lenguaje de los tiros. Sentía, más que nunca, la necesidad de ser el campesino que participa en la magia de transformar la semilla en alimento.

─Me cuadran harto las parcelas llenitas de máiz –afirmó Gabino.

─Y a mí me gustan los árboles cargaditos de frutas –a Melitón se le pusieron los ojos llorosos-. Crioque pronto me van agujerar el pellejo, ya no miraré una huerta tupidita que sea mía. Por eso traigo una tristeza muy grande. Hasta me encorajino con diosito.

─Eso mesmo siento –dijo Gabino-. En la tropa semos muy machitos, aun así, antes de peliar rezamos a los santos con disimulo, quedito. Nuestras mujeres, esas sí rezan juerte, pidiendo que matemos hartos federales. Antonces, ¿por qué siempre hay un moridero tanto de los nuestros como de los pelones?

─Pos –Melitón se rascó la cabeza, buscando con este gesto invocar la sabiduría-, crioque porque los otros también rezan por lo mismo. Los santos deben ser muy acomedidos y nos dan gusto a los dos.  

─Pos sí, verda- dijo Gabino, ante la lógica indiscutible de su amigo.

─Me estoy malisiando que nos queren ver la cara de majes. Te fijas que se traen pura boruca -dijo Melitón-. Ya no hay parque pa peliar, ni comida. Cada vez semos menos, ¡hartos valientes son dijuntos!

─Y pa acabarla de joder, en los pueblos están los que se dicen Pacíficos y no queren peliar, nomás están de mirones.

Después de tales reflexiones guardaron silencio por un rato. Cada uno estuvo inmerso en sus propios pensamientos, hasta que Melitón preguntó:

─¿Qué tanto divisas a lo lejos, muchacho?

─Tengo unas ganas locas de correr y largarme a mi tierra.

─¿Pa qué te irías? Seguro ya no tienes a naiden. Yo crioque que tus hermanas jueron mancilladas. Se me afigura que los de tu familia ya son almas en pena. Eres guerfanito.

─¡Quen sabe! Son tantos años sin saber de mi madrecita –exclamó Gabino. La nostalgia le trajo la última imagen de doña Cuca, su madre, amamantaba al más pequeño de sus hermanos. Cómo olvidar a su familia reunida alrededor de un molcajete-. ¿Y si me jusilan por desertor?

─Tengo más experencia que tú en estos mitotes. Esta guerra corre igual que una gallina sin cabeza. ¡Vete! Tú que puedes. Yo, manque quiera, tengo la pata coja que me quedó de cuando dinamité el puente de las Brujas -dijo Meliton, al tiempo que se subía el pantalón para enseñar la herida de guerra-. Y me duelen todos los guesos. No ti creas, también estoy hasta el cogote de los catorrazos. Voy a estirar la pata siendo probe.  

Por la noche, el muchacho no durmió. Recordó cuando se unió a los revolucionarios, lo movió las ansias de aventura y hartazgo de la tiranía paterna. Actualmente, los golpes de su padre ya no parecían tan graves. Había perdido sentido abandonar el arado por un ideal. Ahora su yugo era un fusil. Concluyó que dejar la lucha no era cobardía, sino cansancio.

 

Varios días después recibieron órdenes de desmantelar el cuartel para marchar al norte, a la ciudad de Chihuahua.  “Tropas federales se están movilizando y nos van a caer”, dijeron. A Gabino le pareció claro que vivía el ocaso de aquella guerra. En vez de seguir al batallón, se despidió de su amigo, mas no de Eufrosina. Caminó por los rieles hasta trepar al ferrocarril que lo llevaría al centro del país. En el camino tuvo tiempo de reflexionar: ¿quién ganó?, ¿qué ganaron?, ¿dónde estaba la tierra prometida o la intangible libertad soñada? Por lo que a él respecta, el ganador indiscutible de esa revolución fue el hambre.  

 


Paty Ruíz es integrante del Taller Literario Diezmo de Palabras en Celaya, Gto.

https://diezmodepalabras.com/patricia-ruiz.html

martes, 15 de agosto de 2023

A la memoria de Herminio Martínez

 

 
Herminio Martínez, maestro, guía, luz, manantial, amigo entrañable y forjador de lectores y aspirantes a escritores. Bajo sus enseñanzas se formaron profesionistas, poetas, narradores, muchos hombres y mujeres de bien, narrador extraordinario con una memoria prodigiosa y una voz plena de matices, se podía escuchar al maestro sin sentir el paso del tiempo, con esa palabra siempre rica en expresiones lingüísticas, metáforas navegantes y buen humor.
 
 

EL PUEBLO DE LAS TORTUGAS

Por: Herminio Martínez

Mele era un niño pobre, acaso el más pobre de toda la región. Sus padres, honrados campesinos, todos los días le pedían a Dios por sus ocho hijos, para que se los cuidara mientras ellos se iban al trabajo.      Mele era el mayor y acostumbraba recorrer los campos en busca de flores, frutillas y algunas raíces comestibles, para llevarle comida a sus hermanos, quienes, por supuesto, tampoco podían ir a la escuela, porque vivían lejos, muy lejos de cualquier ciudad.

         —Mmmm –decía el menor-, qué rico, qué rico. Quiero más.

         —Y yo… -hablaba algún otro.

         —Y yo también… -continuaban los pequeños.

         —Mañana les traeré miel silvestre. Iré hasta la barranca de las rocas aullantes  o tal vez un poco más allá.

         Por la tarde, cuando los padres regresaban, sabían que su buen hijo tenía bien atendidos a sus siete hermanos, porque Dios lo apoyaba y un ángel de la guarda le iba marcando los caminos. Los ángeles de la guarda, en ocasiones, asumen la forma de animales para comunicarse con los niños. Éste fue el caso:

         Un día, mientras Mele vagaba por ahí, escuchó un lamento. Triste, muy triste. Una especie de queja que desgarraba el corazón.

         —¿Quién es? -preguntó.

         —Yo –respondió una joven tortuga-; estoy atrapada en las espinas. Ayúdame, por favor, no puedo liberarme.

         —Claro –respondió inmediatamente el joven-, ahora mismo, amiguita; no te muevas para que no te lastimes más.

         Y diciendo y actuando, en unos instantes se lanzó hacia las púas donde la pequeña criatura luchaba por salir, doliéndose, desesperada, por no poder ni siquiera ponerse boca abajo, como andan siempre las tortugas.

         —Ya casi, ya casi… -le decía, sin dejar de hacer lo que mejor le convenía por no lastimarla más-. Sólo un poco más. ¡Caramba!

         —Qué tonta fui; no sé cómo vine a meterme entre estas rocas.

         —No te preocupes. Ya casi está…

         Al rato, cuando por fin la tuvo entre sus manos, le habló compadecido:

         —Ya puedes irte, amiguita. Y ten mucho cuidado con estas plantas espinosas. Son como los gatos o… los tigres –agregó.

         —¡Gracias! ¡Gracias! –exclamó emocionada la tortuga-. Y ahora, ¿cómo y con qué he de pagarte? Estoy lejos de casa.

         —Me alegro que estés a salvo, amiguita -le habló Mele-; con esto me es más que suficiente. Yo también me hallo lejos de casa; todos los días salgo a buscar algo para que coman mis hermanos.

         —Lo sé.

         —¿Tú? –se sorprendió el muchacho.

         —En realidad, en el pueblo de las Tortugas todos lo sabemos: chicos y grandes no hacen sino hablar bien de ti.

         —Entonces tengo que irme, ya sabes cuál es mi obligación. Apenas comenzaba a recoger algunas hierbas.

         —Bueno, ¿y si te invito a casa? A mis padres les dará un enorme gusto conocerte. Comes con nosotros y después te vas.

         —Oh, no. A tu paso nunca llegaríamos. Mis hermanitos no pueden esperar; además, mis padres regresan por la tarde.

         —¿Y quién dice que iremos a mi paso?

         —¿Entonces?

         —Al tuyo. Tú me cargarás. Además, estoy muy fatigada y si me quedo aquí me comerá una zorra.

         —Es que…

         —¡Nada! ¡Nada! Cárgame ahora, ya.

         —De acuerdo, pero nos iremos rápido.

         —A tus pasos.

         Mele la tomó en sus brazos: parecía tan frágil, tan pequeña.

         —Tengo frío, arrópame -le pidió, temblando-. El niño la juntó a su pecho como si fuese un pajarito, una flor o una paloma enferma.

         “Pobre de ella –pensó-, en verdad es una tortuguita muy hermosa. La llevaré a su casa y enseguida continuaré buscando qué comer.

         —¿Por dónde me voy? –le preguntó.

         —Por el camino amarillo –respondió ella.

         Mele se dio cuenta que ante sus ojos había tres caminos diferentes: uno azul, otro negro y el tercero era amarillo, como el dorado de los trigos a la hora de la tarde o el cabello de las hadas cuando las peina el viento.

         —Toma esta moneda –le dijo la tortuguita, bostezando-, ella te indicará por dónde irte cuando yo ya no pueda contestarte, porque me habrá vencido el sueño. Estoy tan fatigada, mmm.

         —Descansa, amiguita; tú no te preocupes. Total, unas horas más que mis hermanitos se aguanten las ganas de comer, no importan.

         La tortuguita no le respondió más, pero el niño sintió cómo vibraba la moneda en su bolsillo.

         —¿Qué? -hizo.

         Y no terminaba de asombrarse, cuando se halló, de pronto, en un inmenso valle rodeado de arboledas oscuras y un horizonte azul, que a ratos destellaba, como si en él jugaran los relámpagos.

         —¿Eh?

         —¿Qué sucede? ¿Ya llegamos? –apenas si abrió un ojito la tortuga.

         —No lo sé.

         —Entonces continúa. Hazle caso a la moneda de oro. Estamos ya en el pueblo donde radicamos las tortugas.

         La llanura parecía estar hecha de espigas cuando las ha madurado el tiempo. Y sí, había muchas tortugas, que por donde quiera se asomaban, charlando, comentando.

         Al rato, la moneda dejó de estar inquieta y la tortuguita abrió los ojos para decirle al niño:

         —Ya llegamos, bájame aquí.

         —De acuerdo. Ya era hora.

         —¡Mamá! ¡Papá! –gritó.

Dos enormes tortugas aparecieron a la entrada de una pequeña cueva.

         —¡Hijita! –le dijo su mamá.

         —Ven acá, pequeña –le habló el papá.

         —Aquí está tu moneda –le dijo Mele.

         —No, es para ti –respondieron las tres tortugas.

         —¿Mía?

         —Sí, para que ya no tengas que salir a buscar raíces entre las rocas y los vientos. De ahora en adelante, cada vez que necesites algo, bastará que frotes la moneda y expreses tus deseos.

         —¿De verdad?

         —Prueba –le dijo la tortuguita, sintiéndose muy feliz entre sus padres-. Sujétala como si la fueras a rodar y expresa lo que más anhelas.

         —De acuerdo –respondió el niño-: Quiero estar en una hermosa casa, con mis papás y mis hermanos, delante de una enorme mesa de comida, frutas y agua fresca.

         —Gracias por todo –alcanzó a escuchar decir a las tres tortugas e inmediatamente se halló sentado ante la mesa de sus sueños, en una casa que también parecía estar hecha de sueños, compartiendo con sus papás y hermanos un banquete jamás imaginado, ni siquiera en sueños.

         Y a partir de entonces, aquella familia inició una existencia diferente. Cada vez que necesitaban algo, bastaba con pedírselo a la moneda mágica y ésta les indicaba qué hacer o qué no hacer, como, por ejemplo, si convenía viajar a otro país, visitar ciudades, ir al mar, socorrer a los más necesitados. En todo los complacía, porque ellos eran buenos y habían sufrido y nunca dejaban de ayudar a los necesitados de la tierra.

  


 

 
 

domingo, 2 de diciembre de 2018

LITERATURA CREATIVA EN CELAYA



LITERATURA CREATIVA EN CELAYA

Durante los meses de mayo a octubre de este año 2018, la escritora Paola Klug impartió un Taller de Literatura Creativa para aspirantes a escritores con poca experiencia pero mucho entusiasmo. Se llevó a cabo en la Casa de la Cultura de Celaya. El taller consistió más que nada en una búsqueda a través de los recuerdos y sentimientos escondidos de los participantes que, junto con la observación consiente de gente cotidiana, fueran la fuente para la creación de personajes y ambientes en los que se desarrollaran historias que valiera la pena contar. Hubo una excelente convocatoria  con resultados muy destacables.
            Entre los participantes, el ingeniero Juan Antonio Cuevas Leree, geólogo de profesión y amante de la tierra por vocación, destaca por su fecundidad literaria. Comenzó a escribir cuentos hace poco tiempo. Lo inició como pasatiempo, pero en el fondo “quería demostrarse a sí mismo que podía hacerlo”. Ahora, le encanta escribir porque dice que es una forma de cambiar el mundo a su gusto, aunque sea con la imaginación.
            Su relato Justicia en la montaña aborda el tema de la violencia y el intento de hacer justicia por mano propia. La precipitación, el coraje y el aislamiento de algunas poblaciones se conjugan para que se desarrollen verdaderos dramas de los que muchas veces llegan a arrepentirse los protagonistas cuando ya es demasiado tarde.
            Antonio Cuevas es sólo uno de los ejemplos de que en cualquier momento de la vida se puede comenzar a desarrollar la escritura creativa con mucho acierto. Vale.
Julio Edgar Méndez



JUSTICIA EN LA MONTAÑA
Antonio Cuevas Leree

A pesar de que aún era de día, sentí que en un instante me llegó la noche, no sólo porque me cubrieron los ojos con un paliacate, sino porque me habían encontrado con el machete en la mano.
            En esa oscuridad en la que me encontraba llegaron a mi mente, como vientos en tormenta, pensamientos encontrados. Por una parte, las evidencias en mi contra no daban lugar a duda; además, cualquiera en mi situación hubiera actuado de la misma forma. Pero por otro lado, me preguntaba: «¿Lo maté yo?» …no lo recordaba.
            Lo que en ese momento llegó a mi memoria fue verme persiguiendo por la montaña al hombre que le había dado muerte a mi hija. Corría tras él desesperado. Mi hambre de venganza me dio un impulso sobrehumano, así que logré alcanzarlo a pesar de que me llevaba una buena ventaja. Lo tiré al suelo. Levanté el machete que traía en la mano y justo cuando estaba a punto de darle en la cabeza, una extraña y cegadora luz me deslumbró. No pude mantener los ojos abiertos y al mismo tiempo sentí una fuerza sobrenatural que detuvo mi arma mortal. Luego, perdí el conocimiento.
            Recuerdo que desperté después de no sé cuánto tiempo, me incorporé y tomé de nuevo el machete que se encontraba junto a mí. Miré a todos lados sin ver al hombre. Seguí mi camino buscando huellas o indicios del asesino. Unos pasos más adelante, encontré su cuerpo tendido sobre la tierra. Sangraba por el cuello a borbotones. Me acerqué, moví el cuerpo inerte con el machete para verificar su muerte y en ese momento me atraparon.

* * *
            Cuatro semanas antes José, con su esposa Alicia y su hija Sofía, de 8 años,  habían llegado a instalarse en una cabaña que ocuparían por un tiempo en la Sierra Hermosa de Santa Rosa, al norte del estado de Coahuila. La cabaña se encontraba en plena montaña, cubierta de bosques de pino y encino, y bastante alejada de cualquier poblado. La empresa donde trabajaba José, le había encargado que fuera a tomar muestras de roca de los afloramientos para realizar un estudio mineralógico. Como se tardaría solamente seis semanas y sería durante las vacaciones de Sofía, decidió llevar a la familia.
            Los días en la montaña transcurrieron tranquilamente. Mientras José salía a recolectar sus muestras, Alicia y Sofía se divertían paseando y jugando cerca de la cabaña. Sofía era una niña alegre y muy curiosa, de enormes ojos de color café claro y con una larga cabellera castaño oscuro. A pesar de que no había otros niños, no se aburría en ese lugar, ya que había mucho por explorar entre los árboles y arroyos. Buscaba, entre las ramas y arbustos, insectos y pequeños animales como ardillas y tortugas. Algunos claros del bosque le permitían observar águilas, halcones y algunas otras aves que surcaban el cielo azul. Por las tardes mamá e hija se entretenían con los juegos de mesa, ya que no había televisión.
            En una de esas tardes, alguien tocó a la puerta de la cabaña. Alicia se sorprendió un poco ya que en todo el tiempo que habían permanecido ahí, jamás se toparon con alguien. Abrió la puerta y se encontró con un hombre muy alto, fornido y mal encarado. Le dijo que era leñador y solicitó que le regalara un poco de agua. Sofía, como era muy curiosa, se acercó a la puerta para averiguar quién era la persona que había tocado, pero Alicia la detuvo y le pidió que fuera a la cocina a traer un vaso con agua.
            El hombre, parado en el arco de la puerta, no dejaba de mirar hacia adentro de la cabaña, como queriendo saber que había adentro o si alguien más estaba con ellas. Esa actitud le alarmó a Alicia y quiso cerrarle la puerta, pero éste logró impedirlo poniendo el pie. Luego, el hombre empujó con fuerza la puerta, lo que provocó que Alicia cayera al suelo. Sofía, quien regresaba de la cocina, alcanzó a ver cómo caía su mamá. Soltó el vaso y gritó espantada. El hombre intentó alcanzarla pero al querer huir, Sofía tropezó con el tapete de la sala y cayó. Alicia pudo ver todo desde la puerta; aunque percibió la escena en cámara lenta, fue imposible hacer algo. Vio cómo la pequeña cabeza de Sofía golpeó la mesa de cantera del centro de la sala y segundos después comenzó a sangrar.
            El hombre, al ver lo que había pasado, salió corriendo a toda prisa de la cabaña. Alicia se incorporó lo más pronto que pudo y se dirigió rápidamente a la sala para ver cómo se encontraba Sofía. Se arrodilló, tomó el cuerpo de su hija entre sus brazos y al percatarse que se encontraba sin vida, comenzó a llorar y gritar desconsoladamente.
            José, quien regresaba de su jornada, vio salir corriendo de la cabaña a un desconocido. Se alarmó y apresuró su paso para saber cómo se encontraba su familia. Al llegar se horrorizó al ver a Alicia con la cara desfigurada por el llanto, abrazando el cuerpo de Sofía cubierto de sangre. Ella no lograba alzar la vista ni pronunciar palabra alguna. José se quedó pasmado, no podía creer que fuera verdad lo que miraban sus ojos. Tampoco pudo hablar, pero al observar el cuerpo de su hija sin vida, de repente reaccionó. La sangre le comenzó a hervir y subir a la cabeza. El sentimiento de venganza lo invadió completamente y lo empoderó para ir detrás del asesino. Se levantó, tomó el machete que se encontraba al lado de la puerta y salió corriendo a toda prisa.

            Yo continuaba con los ojos cubiertos con el paliacate y con las manos atadas. Los hombres que me detuvieron permanecían callados. Podía oír el sonido de las hojas secas que pisaban y escuchar el movimiento que parecía ser de una soga. Imaginaba, por el sonido, que la lanzaban sobre la rama de un árbol y hacían un nudo. Luego me colocaron la soga en el cuello y me subieron a lo que parecía ser un tronco. Sentía que mi destino era inminente. Sabía que ellos tenían suficientes pruebas y argumentos para ahorcarme. No tenía pretexto ni explicación. Por un lado pensaba que sería una buena forma de acabar con mi enorme pena por la muerte de mi hija. Pero por otro, lamentaba el terrible sufrimiento de Alicia por una doble pérdida. Sabía que sería demasiado para ella y probablemente no lo soportaría. No quería dejarla sola, menos en estos momentos. Me negaba a morir, no por mí, sino por ella.
            Cuando los hombres ajustaron la cuerda sobre mi cuello, me volvió a asaltar la duda: «¿Lo maté yo?» seguía sin recordar. Al escuchar el golpe sobre el tronco del suelo, sentí el jalón y el peso de mi cuerpo presionar mi cabeza. Poco a poco me fui quedando sin aire, hasta que perdí el conocimiento.
            Después de un instante de completo silencio, vi una luz que se fue haciendo más y más fuerte hasta que tomó forma de túnel. Extrañamente me encontraba de pie y comencé a caminar hacia la luz. Al encontrarme en la entrada del túnel distinguí una figura humana que al principio no lograba identificar. Cuando se acercó pude ver claramente que era mi hija Sofía. Se colocó frente a mí. Tenía un resplandor y una expresión que no había visto antes en ella. Se encontraba muy tranquila y sonriente.  Me dijo que no tuviera miedo. Que no me preocupara por ella, ya que se encontraba muy bien. Que estaba en un hermoso lugar. También me dijo que tenía un mensaje para mí. Que allá arriba le habían dicho que aún no era mi turno. Que yo tenía que regresar a cuidar a su mamá y a su nuevo hermanito que venía en camino. Y que ella siempre estaría muy cerca de nosotros.
            De repente desperté en el suelo. Los hombres que estaban ahí me levantaron, ya que yo no me recuperaba aún del todo. Me soltaron las manos y quitaron el paliacate. Entonces me dijeron:
            —Usted disculpe, inge, lo que pasa es que como aquí no hay autoridad,  nosotros, al ver el cuerpo y el machete, pensamos que había sido usted. Pero cuando movimos el cuerpo de Ernesto para enterrarlo, vimos que no había muerto por el machete; sino que lo había atacado un puma. De suerte nos dimos cuenta a tiempo.




TALLADORES DE DIAMANTES Y ORFEBRES DEL UNIVERSO
Soco Uribe

Cada una de nosotras, las mamás, pensamos que nuestros hijos son como diamantes pero que a diferencia de éstos que provienen del interior de la tierra, los nuestros surgen de nuestras propias entrañas y, así como la tierra pierde un pedazo de su interior al extraerlos, nosotras nos desprendemos de una parte de nuestro ser, en el momento en que nacen.   
            Por tal razón, y por sentirnos las dueñas de dichas piedras preciosas, tratamos de llevarlas al mejor taller de pulido para que los expertos en esas artes nos ayuden a sacar la mayor cantidad de facetas posibles para que nuestros diamantes sean los más apreciados y los de mayor belleza.  Esto lo hacemos con el fin de complementar los cuidados y el brillo que nosotras, en nuestro hogar, podemos darles para mantener la brillantez y la capacidad de refractar la luz hacia los  demás.  Estas características, aunadas a otras, hacen que cada diamante tenga un valor diferente y que los talladores les den un tratamiento distinto, ya que sus caras poligonales requieren de diferentes tipos de muelas (discos metálicos impregnados de polvo de diamante). 
            Si bien hay diamantes incoloros y de nítida transparencia, existen otros que tienen suaves tonalidades rosas, azuladas o amarillas que les restan calidad;  sin embargo, éstos no dejan de ser de gran importancia para la humanidad ya que se pueden aprovechar en la industria y en otras artes.
            Como todos sabemos, los diamantes que se extraen del subsuelo no son las hermosas piedras que vemos en las joyerías más prestigiadas del mundo;  sus bellos efectos ópticos se consiguen sometiéndolos a un pulido minucioso, concienzudo y paciente de parte de los talladores; además, se requiere de mucho trabajo y hacer gala de una gran habilidad para que estas piedrecillas deformes se conviertan en gemas resplandecientes ya que, al no saberlas tratar, pueden echarse a perder y convertirse en material de desecho.
            A todos aquellos que tallan, pulen y que de alguna manera transforman los materiales preciosos desde su estado natural, o bruto, en objetos de delicada belleza, se les llama talladores y no es raro que el oficio pase de generación en generación, es decir, de padres a hijos.
            Los diamantes más afamados, al igual que los grandes personajes de la historia, los genios del arte y la ciencia y los ases del deporte tienen historias muy particulares pero, hasta cierto sentido, afines.  En sus inicios, contaron siempre con un tallador y orfebre que aportó su granito de arena para obtener, de unas simples piedrecillas, piezas de incalculable valor para la raza humana. Contaron siempre con un buen maestro.





*Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto. 

Sepa la bola

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