domingo, 27 de mayo de 2018

SIN MIEDO, INHIBICIÓN U OBLIGACIÓN



SIN MIEDO, INHIBICIÓN U OBLIGACIÓN

“En sí, la homosexualidad está tan limitada como la heterosexualidad. Lo ideal sería ser capaz de amar a una mujer o a un hombre, a cualquier ser humano, sin sentir miedo, inhibición u obligación”.
Simone de Beauvoir



EN LA PENUMBRA DE ALGÚN BAR
Javier Alejandro Mendoza González

Nadie lo llamaba por su nombre.  Era un refugio de desdichados.  Las mesas del bar se encontraban atestadas de vasos, botellas y ceniceros que desbordaban colillas de cigarro, el humo que despedían volaba con libertad para crear figuras caprichosas.  Desde un aparato viejo que adornaba un lado olvidado de la barra salían tristes canciones.  La gente que ocupaba las entrañas del bar bebía, reía o lloraba.  La penumbra era ideal para hablar de lo prohibido.
Fue Marco quien propuso el lugar.  En una de las mesas esperaba a su amigo.  Eligió la del fondo.  Cada tres segundos miraba el reloj.  No sabía si era preferible que las manecillas avanzaran o que el tiempo se detuviera.  Un trago más a la bebida.  Los dedos golpeteaban la mesa una y otra vez.  La pierna se movía a un ritmo acelerado.  Las ideas no se completaban.  Todavía no se terminaba de formar una, cuando otra proponía una salida diferente.  La incertidumbre era lógica.  ¿Cómo le revelaría a su amigo el amor que guardaba en secreto?  ¿Cómo le diría que hacía varios meses que se veía con su novia?

Jorge caminaba con la vista echada al suelo.  El barrio era viejo; la tarde algo fría.  De vez en cuando levantaba el rostro para que el aire lo golpeara.  Con profundas inhalaciones lo dejaba entrar.  Las personas pasaban a su lado.  La indiferencia lo hacía invisible.  Sólo faltaba una cuadra más.  ¡Ojalá hubiera sido interminable!  La mente iba perdida entre un sinfín de pensamientos.  Una mano en el bolsillo y en la otra un cigarro que era fumado con rapidez.  Inconscientemente daba pasos cortos.  Pero necesitaba llegar a la cita.  El peso de la conciencia ya era insoportable; el de callar sus deseos era mayor.  Las frases tan estudiadas no le servirían para explicarle a su compañero todo lo que sentía.  Saber que compartían a la misma mujer no ayudaría en nada.
En la entrada del bar tiró el cigarro; lo pisó para luego suspirar.  Vaciló, pero dio unos pasos más que lo llevaron frente a Marco.  Él se puso de píe inmediatamente para recibirlo.  Con fuerza cerró los puños.  Fueron incapaces de darse la mano, mucho menos el abrazo que marcaba sus encuentros y despedidas.  Las miradas intentaron esquivarse, pero no hubo alternativa, se encontraron para gritar acusaciones.  Mas no hubo ofensas o reclamos, se sentían en el aire.  ¡Qué ironía!  Estaban ante la persona que más los conocía en el mundo, sin embargo no había palabras para decir todo lo que ya sabían, incluso aquello que ninguno de los dos se atrevía a confesar.

Jorge moría de celos.  Por primera vez se dio la oportunidad de tratar a una chica bonita, amable, aunque no tan fiel.  Fue el primero en conocer a Érica.  A su lado tenía la posibilidad de formar un hogar que lo rescatara de la soledad.  Con un par de hijos terminarían las murmuraciones.  Si bien no le podía dar la felicidad, Érica le ofrecía seguridad y tranquilidad; días serenos que peligraron cuando su mejor amigo también se encontró con ella.  ¿Cómo luchar contra él?  Juntos desde el primer año de escuela.  Marco estuvo a su lado en los días de fiesta, también cuando ocurrió el grave accidente de la bicicleta.  Siempre fue más alto y fuerte.  Varias veces lo defendió de burlas y abusos.  Ya en la juventud disfrutaron de largas parrandas, incluso compartieron el tan ansiado primer viaje a la playa.  Luego, muchos más.

Unos tragos dieron el valor para iniciar la charla.  Los cigarros se consumían a la par de los segundos.  Las canciones melancólicas se metían sin permiso hasta el corazón para hacer más grande la herida.  Sobre la mesa no había cartas ni fichas de dominó.  El juego que ahí se llevaba a cabo era un albur para elegir entre el amor y la amistad.

A Marco no le gustaba el papel de traidor, pero cuando se enteró que en esa relación eran tres fue demasiado tarde.  Conoció a Érica en una reunión que no debió tener ninguna trascendencia.  Desde el primer momento la chica demostró ser inteligente, decidida y liberal, sobre todo tan liberal, que no le importó salir con dos hombres a la vez. 
Marco estaba convencido que junto a ella podría llevar una vida que la gente calificaría de normal, aunque entre los dos no hubiera casi nada en común.  Para salvar esa  relación tan conveniente tendría que encarar a Jorge, su hermano en la infancia, el cómplice perfecto durante la preparatoria y el hombro donde lloró cuando perdió a su madre.

Fue necesario un último sorbo de vino para darse el valor de tomar una decisión.  Ya no había motivo para postergarla.  Esa noche sería más fría cuando uno de los dos perdiera a una mujer y el otro a su mejor amigo.
Jorge se tocaba el pelo.  Con fuerza apretaba los labios y el vaso de cristal, ya casi vacío.  Marco miraba a cualquier lugar para evitar que sus lágrimas salieran.  Entonces se miraron fijamente, sin odio ni rencor.  El vino ayudó a terminar con los temores.  De la difícil disyuntiva eligieron otra salida.  Siempre estuvieron tan unidos, tan presentes, que impulsados por sus verdaderos sentimientos entrelazaron las manos.  Luego de susurrar una razón al oído para lo que estaba sucediendo, también juntaron sus labios.  Érica era tan inteligente y liberal que sin duda los entendería.  Así dejaron pasar varias horas más, perdidos en la espesa penumbra de aquel bar donde se podía hablar de todo, incluso de su amor.




SORPRESA
Víctor Manuel García Aguilar

Te vi llegar. Saludaste a tus amigas y te perdiste entre la gente. Traté de seguirte, investigarte un poco. Quién sabe, quizá tendríamos una clase juntos.
            Y efectivamente, literatura. Tu asiento estaba a dos lugares frente al mío. Me perdía en la forma ondulada de tu cabello, el color castaño y el brillo que tiene. Porte de chica elegante; zapatos finamente cuidados, uñas decoradas haciendo lucir cada detalle, maquillaje que hacía verte más hermosa de lo habitual.
            Hablo como si ya te conociera de hace años y es que sí. No me recuerdas, lo sé
            ¿Quién recordaría a quien todos le hacían burla? No importa, todo es distinto ahora.
            Saliste por la puerta directo a la siguiente clase y doblaste por el pasillo. Te seguí, quería ver que clase te tocaba; Artes musicales. Te acercaste a los instrumentos y cogiste un saxofón algo oxidado. Siempre lo consideré un objeto hermoso, las notas que salen de él son simplemente encantadoras y empezaste a tocar. Me quedé en la puerta, asombrado de escucharte detonar las melodías con cierta picardía en los agudos. Los demás te seguían el ritmo, yo sólo podía escucharte a ti.
            Me descubriste en la puerta espiándote, intenté esconderme en el pasillo y decidí que era mejor irme. En las paredes estaba pegada una cartulina que anunciaba el baile de bienvenida y adivina a quién quería invitar.
            Escuché que mi profesor me hablaba, dijo que entrara a clase. Pero, no quería irme, quería escucharte el resto del día.
            En la hora de la comida todos estaban en el comedor, pero por alguna razón, tú no. Les pregunté a tus amigas dónde estabas y me dijeron que seguías en el salón de música. No podemos deambular entre los pasillos a esta hora, así que tuve que esconderme de los profesores y eludir al anciano de la limpieza. A la mitad del pasillo se oía tu bello sonido.
            —Entra, no muerdo -me dijiste cuando ya llevaba un par de minutos escuchándote.
            —Perdón, no quise interrumpir
            —Descuida, ya terminé, ¿tocas algún instrumento o por qué estás aquí?
            Me puse tan nervioso que pensaba que ninguna palabra saldría de mi boca     —No, yo te oí cuando pasaba por aquí y me gustó como tocas.
            —Pues, gracias. ¿Eras tú el chico de hace rato? ¿El que estaba espiando en la puerta?
            —No, yo no era él, era otro chico -tu mirada me fulminó como un rayo. La sentía sobre mí, como si mi madre me estuviera regañando -sí, era yo.
            —Me pareces conocido, dime, ¿nos conocemos de antes? Creo que te vi en la clase de literatura, pero no me refiero a esa.
            —Si, tenemos esa clase juntos. No creo que nos conozcamos, no te recuerdo. Recordaría a alguien tan linda.
            —Pues, gracias por el cumplido.
            —Espera, ¿qué haces?
            —¿Qué tenemos aquí? -no supe cómo lograste tomar mi cartera.
            —Oye, devuélvela. No tomes mi credencial.
            —Daniela Alfaro. Eres tú, lo sabía, sabía que te conocía de una parte.
            —Por favor, no digas nada, nadie sabe mi verdadero nombre. Por favor, te lo suplico, nadie debe saberlo.
            Estuve a punto de ponerme de rodillas y suplicarle que no dijera nada.
            —Lo último que supe de ti fue que te habías salido de la secundaria. Pero, ¿por qué?
            —Te lo diré, pero, devuélveme mi cartera por favor. Me Salí de la escuela por un problema médico.
            —Te la devolveré si me dices, ¿está bien?
            No tuve el valor para mirarte los a ojos
            —Está bien, te lo diré. Yo nací con órganos masculinos. Me cambiaba de escuela seguido porque me daba miedo que supieran de mi condición. La primaria fue fácil, al no tener pechos y la voz como la de todos, fue fácil hacerme pasar por una niña, nunca se enteraron de mi situación, sólo el director y mi profesora de artes. Pero, una vez unas niñas entraron al baño mientras yo estaba dentro y me escucharon orinar. Pensaron que era un niño y les hablaron a los profesores, supieron que era yo y todos los niños me miraban como un fenómeno.
            —Eso es horrible.
            —En la secundaria se puso mejor, nos habíamos cambiado de casa, cerca del hospital donde me hacían estudios. Pero entre cita y cita había bastante tiempo, a eso agrégale que el busto me empezó a crecer, y mi voz empezaba a ser la de un hombre.
            —Fue más difícil, lo sé, estaba en la misma escuela que tú. Vi todo lo que te hacían, las burlas, los insultos y las veces que te hacían llorar. Me dolía verte así. Y cuando dejaste de asistir me preocupé mucho, nadie me daba tu número ni sabían tu dirección.
            —Creí que a nadie le importaba
            —Pues, ¡hola! y ¿qué pasó después?
            —Bueno, cuando dejé de asistir, entré a quirófano, mis padres y el doctor habían decidido que era lo mejor que me quitaran los senos, y estuve de acuerdo con ellos. No quería seguir pareciendo un fenómeno. En la preparatoria, bueno, perdí un par de años porque me cambiaba de escuela.
            —¿Por qué?
            —No me sentía cómodo, sentía la mirada de todos encima de mí, sabían lo que tenia, sabían lo que me hicieron y en la primera lo hicieron público. Todos se burlaron de mí, esta es mi tercer preparatoria, aquí nadie sabe de eso, salvo tú.
            —Bueno, gracias por compartirlo conmigo. Siempre quise que fuéramos amigos. ¿Sabes? Yo también perdí dos años, viajaba con mi papá a sus conferencias y cuando mi mamá murió nadie podía cuidarme. Algún día te llevaré conmigo a Japón, es hermoso.
            —Oye, quería preguntarte…
            —¿Querías?
            —¿Irías conmigo al baile? Digo, como amigos.
            —Claro, por supuesto. Pasas por mí en la tarde. -Se levantó de su silla, caminó hasta la puerta y al girarse me sonrió. Deben ser las hormonas, o será que soy hombre ya, pero, es hermosa.
            Dieron las cinco de la tarde, la fiesta empezaba a las seis y pasé por ella, nunca olvidaré como se veía; vestido azul hasta las rodillas, botas y una chamarra de mezclilla. Jamás había visto a alguien más hermosa que ella.
            La escuela no está muy lejos de su casa, así que caminamos hasta ella. El trayecto fue agradable, platicamos del día, sus clases, mis clases, los profesores, incluso de los compañeros que habían estado con nosotros en secundaria.
            Había frituras y sodas, el ambiente empezaba a ser animado por los chicos de danza, ambos pasamos entonces a la pista de baile. Primero jugamos un poco, bailando de la forma más ridícula que se nos pudo ocurrir, movía su cuerpo y yo de alguna forma disfrutaba de verla girar así.
            No la deseaba como aquellos que solo quieren sexo, era aprecio el que sentía, creo que, la amaba. Suena estúpido, pero ella provocaba que mi cuerpo experimentara con todo, sentía fuertemente como mi pecho se alborotaba cuando se acercaba, deseaba besarla.
            Creo que el peor miedo de dos amigos bailando es una canción lenta, pero no importaba, estiré mi mano y ella correspondió el gesto. Acerque su caderas a las mías, tome su cintura y ella mi mano, seguíamos los pasos de la canción y por un momento mire su rostro, no había notado el color de sus ojos, el maquillaje que tenia, ese tono de violeta y azul, sus labios carnosos y sus mejillas regordetas.
            Alzó el rostro y nuestros ojos se cruzaron, un par de segundos pasaron y ninguno de los dos separaba la mirada. Nos detuvimos justo en el centro del salón, poco a poco me acerque a ella, su nariz y la mía se tocaban de manera sutil, su boca se abrió un momento y dijo:
             —Soy gay.




*Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.
**Ilustraciones:
--Yuta Onoda es un ilustrador que nació en Japón pero que ahora radica y trabaja en Canadá, la cultura oriental se puede ver en todas sus ilustraciones.
--Transgender Dysphoria Blues

domingo, 20 de mayo de 2018

ROBARON NUESTRO CORAZÓN



ROBARON NUESTRO CORAZÓN
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MI MEJOR AMIGO
Javier Alejandro Mendoza González

La gente pasaba junto a él, indiferente a su dolor.  A nadie le importaba su desgracia. Parecía invisible.  ¡Qué vergüenza me da reconocerlo!  En varias ocasiones yo también pasé junto a él sin darle ni siquiera una mirada de compasión.  El trabajo, las deudas y mil deberes más consumían mi tiempo, y creo que hasta mi sensibilidad humana.

Era muy temprano.  Esa mañana despejada me encontré con él una vez más.  Como de costumbre corría para alcanzar el autobús.  Tenía que llegar puntal al trabajo para esclavizarme por varias horas a cambio de unos cuantos billetes.  Por enésima vez chequé la hora en el reloj.  ¡Ya era tarde!  Entonces descubrí sus tristes ojos puestos en mí.  Ahí estaba, vivo; sobreviviendo.  Sentado solo en la banqueta esperaba la caridad que no llegaba.  Los seres humanos se han convertido en gente que no tiene dinero para ello, sólo para cosas caras, vanas e innecesarias.
Ese pequeño instante de casualidad cambió para siempre la vida: la de él, la mía.  No volví a ser el mismo.  Caminé despacio a la parada de autobuses.  No me importó llegar tarde al trabajo.  Mi mente ya estaba puesta en algo más importante.  Esa mirada inocente se quedó grabada en mí.  No me acusó.  No reclamó nada.  Sólo buscaba un poco de cariño.  Y yo tan egoísta, no lo daba.
De camino al trabajo siempre veía lo mismo: los mismos edificios, los mismos anuncios y un sinfín de personas con alma dura, como de metal.  Con tristeza y vergüenza bajé la mirada.  Entonces los descubrí.  Ahí estaban, entre los peligros de la calle; muchos ángeles más, ignorados como si fueran nada.

El día siguiente todo fue distinto o simplemente yo cambié.  Al salir rumbo al trabajo llevé conmigo un plato de comida.  Tomé sólo un minuto de mi valioso tiempo para buscar a quien logró despertar mis más nobles sentimientos.  Lo encontré, triste y solo, en el mismo lugar de siempre.  Le ofrecí alimento y una sonrisa.  Su agradecimiento fue infinito.  Al ver el resultado de un acto tan sencillo hice de ello una rutina que poco a poco sanó mi alma.
No sé en qué momento surgió el gran afecto que nos hizo pasar de ser dos desconocidos a considerarnos verdaderos amigos.  Quizás fue la noche en la que volví derrotado por los problemas cotidianos.  Creí que yo estaba mal, pero el día fue más pesado para él.  Tuvo que soportar frío, hambre e indiferencia.  Sin embargo, al verme olvidó todos sus males.  Yo ya era todo para él.  Su agradecimiento se convirtió en amor, el más grande y puro.  No lo podía ocultar.  Su evidente movimiento, ese rápido compás venía directamente del corazón.
Ya era inevitable sonreír al verlo.  Era parte de mí.  Así que lo llamé.  Me siguió con mansedumbre, confiaba en que no le haría daño.  Lo que hice fue abrirle las puertas de mi hogar.  Después de todo ya se había robado mi corazón.  Y desde entonces aquí está, dándome todo su tiempo y cariño.  ¡Lo fácil y humano que sería que cada persona hiciera lo mismo con uno de ellos!
¡Qué ironía tan bella!  Creí que al rescatarlo de las calles le salvaba la vida, cuando en realidad él fue quien salvó la mía.
Me siento orgulloso cuando salimos a pasear, aunque la gente sea tan tonta y se admire y mofe porque mi mejor amigo es un perro corriente.  No creo que a él le importe tanto.  Después de todo, yo tampoco soy tan fino, ni tengo pedigrí.



MIS MASCOTAS
Leticia Romero González

Tuve mascotas desde mi niñez. A mis hijos también los enseñé a amarlas. Tenemos: conejo, loro, agapornis y un cuyo. He tenido perro y gato.
Mi hija Lissy es la hermana de los animalitos. Un día llegó con una paloma herida de un ala y la curamos.  Duró unos días con nosotros y cuando se alivió la llevamos a la alameda y la soltamos. Otro día fui con mi hija Brenda a las tortillas y mi hija escuchó llorar un gatito. Yo estaba formada para mis tortillas y ella buscó al gatito. Había una camioneta y un carro y no lo encontraba. Cuando saló de la fila me dijo:
—Mamá, está llorando un gatito.
Y yo con mis prisas y mi hija empezó a llorar y a jalarme a que la ayudara a buscar al gatito y la ayudé, pero el gatito estaba metido en unos tubos que estaban arriba de la camioneta y no pudimos sacarlo.
También adoptamos un gato que era el galán de la cuadra. Un día entró corriendo con algo y yo grité “¡Ay, trae un pajarito en el hocico!, se fue al patio y se lo quiere comer”. Mi sorpresa fue grande. Al acercarme lo que estaba en el suelo era un gatito. Mi gato tuvo gatitos con una gata que vive a la entrada de la privada. El dueño de la casa tenia una camioneta, la gata tuvo cuatro gatitos y en una ocasión el señor se echó en reversa y mató a tres de los gatitos. Yo creo que mi gato pensó y le dijo a su gata “tú no cuidas a mis hijos, me llevo al que se salvó” y lo trajo a su casa. Después veíamos que le llevaba croquetas a su gatito. Sentí mucha ternura que cuidara de su hijo.
También tuve unos cotorritos de amor. Tuvieron muchos cotorritos y cuando empezaban a emplumar los echaban fuera del nido porque ponían más huevitos. A uno que era más grande que todos le pusimos el abuelo, porque cuidaba a los cotorritos que ya estaban afuera del nido para que no se pelearan o los cubría con sus alas para darles calor. Era hermoso el abuelo.
También tuve una tortuga que le pusimos por nombre Concha. Si bien dicen que las tortugas son lentas, Concha estaba en el patio de atrás y cuando abríamos la puerta corría desde donde estuviera y se metía y se escondía hasta que la encontrábamos. Se enterraba en el jardincito y cuando regaba las plantas salía como si naciera de la tierra. Le encantaba el agua. Las mascotas llegan a formar parte integral de una familia y su historia.



EL ENCUENTRO
Enrique R. Soriano Valencia

A mi familia y a mí nos encanta recorrer el mundo. Nos agrada el buen clima… pero sobre todo nadar, hacer nuestra el agua. Somos de compromisos formales: por mucho que deambulemos por ahí, cada año tenemos una cita en la isla Farallón, frente a la costa de California. Sin fallar, ahí nos reunimos cada año para escribir nuestro destino.
Este viaje es lo más esperado para nosotras. Viajar y conocer muchos lugares es fascinante, pero vernos es lo más valorado.
La reunión es impresionante. Al llegar, deambulamos por los rincones más cercanos y alejados a la isla, a disfrutar de la temperatura de las aguas, de la calidez del clima. Pero en espacial, a buscar un encuentro diferente… el amor de primavera.
Muchos admiran a nuestra familia y costumbres. Nos ven con temor, porque ganamos fama por violencia, pero no nos conocen bien. Desde la distancia nos observan y no se atreven a mezclarse con mi familia. Vaya que disfrutan contemplando nuestro estilo salvaje. A nosotros no nos importa. Que vean lo que quieran. Supongo que admiran la intensidad de nuestros encuentros, los cuerpos estilizados, la piel tersa que nos caracteriza y la forma en que el agua corre sin ninguna dificultad porque no llevamos nada. ¡Qué idiotez es esa! Usar algo al nadar, ¡absurdo!, irremediablemente absurdo. ¿Será por eso que nos observan furtivamente?
El nombre con el que nos bautizaron en inglés proviene de un vocablo alemán que significa mala compañía. Para los babosos somos indeseables… pero ¡los fascinamos! Y no es el único lugar donde no nos quieren: en Italia nos llaman con una palabra derivada de réquiem… ¡Con lo que significa ese vocablo! ¡Qué de mitos se forman para identificar a los diferentes! ¡Bah!, ni los tomamos en cuenta. Nos tiene sin cuidado cómo nos nombren. Ni un ápice de remordimiento, nos llamen como nos llamen. Somos así y siempre lo seremos, salvajes para ojos extraños.
Cuando empieza el encuentro, damos vueltas y vueltas; ellos al derredor de nosotras. Con desplazamientos lentos, suaves, medidos para seleccionar a la más apetecible a su parecer. Muestran lo mejor de sí mismos, son verdaderos machos: fuertes, aguerridos y sagaces. Su conducta es impecable; su gallardía, suprema; su anatomía, indescriptible; son ejemplo vivo de fuerza, de intensidad.
Giramos en sentido opuesto y cuando alguno nos simpatiza, hacemos errática nuestra dirección. Desde luego, eso forma otras ruedas que giran y giran en sentidos opuestos a alguna de nosotras.
De súbito, uno de ellos se lanza. Entonces vagamos juntos, si es el que esperamos. Forcejeamos un poco para que reconozca nuestro beneplácito; si no lo es, con toda la fuerza y hasta a mordidas lo alejamos. Cuando llega el esperado, el encuentro es de lo más sublime.
El elegido nos prende con toda la pasión de que es capaz. La resistencia es ficticia solo para sentir más lo poderoso de su anatomía. Sí, quizá somos masoquistas porque nos arrastran con toda su maravillosa fuerza hasta el mejor rincón. Nos llevan con forcejeos. Bruscamente dejamos que nos tumben en el lecho arenoso y allí nos zarandean con todo lo que tienen en su alma. Eso es pasión. Las marcas en la piel llegan a durar toda la vida, pero el momento sublime lo vale… lo vale y con creces.
Algunos idiotas que nos observan aseguran que los nuestros tienen dos penes. Me río de las imbecilidades. ¡Ya quisiéramos! ¡Es de lo que se vale para adosarnos! Las estrellas de mar son testigos… pero también lo son las olas que nos mecen y los cientos de pececillos que envidian toda la pasión expresada sin un ápice de recato.
Todo acaba… Como siempre, lo bueno dura muy poco. Después, los tiburones blancos nos relajamos y dejamos que nos arrastre alguna de las múltiples corrientes de este hermoso planeta que debía llamarse Mar.




EN CONCRETO… ARTISTAS CONSUMADAS
Soco Uribe

Las ranas del Estanque de los Sueños ya se habían hecho famosas en la región, debido a sus constantes presentaciones ante los demás animales, quienes las catalogaban como artistas de gran calidad.
Durante el día se ejercitaban practicando saltos de longitud y saltos de altura. Realizaban malabares en las ramas de los árboles o se lanzaban al estanque ejecutando piruetas casi olímpicas.  También, se saltaban sobre las hojas de los lirios y trataban de equilibrar su peso para que estas flores acuáticas las sostuvieran sin hundirse.  Hacían pruebas para ver quién atrapaba más insectos con la lengua.  Ponían a consideración de las demás ranas, sus artes del camuflaje para ver quien tenía los matices más parecidos a los objetos que les pusieran enfrente. Pero, lo que más las distinguía era que ideaban nuevos e ingeniosos espectáculos para montarlos en sus futuras presentaciones.
Por la noche, ensayaban sus cantos en un coro compuesto por decenas de participantes quienes, a pesar de las continuas quejas de sus vecinos, deseaban convertirse en artistas consagradas, lo cual las impulsaba a continuar transitando por los caminos del arte sin importar las críticas.
Cada vez que terminaba un evento, su vida regresaba a su tediosa rutina: comer y dormir. En realidad, esto no las llenaba de alegría.  Ellas habían nacido para ser artistas.
De pronto un día, aparecieron en sus dominios decenas de hombres equipados con extrañas máquinas.  La tranquilidad del Estanque de los Sueños, se volvió un infierno. El ruido y el daño que hacían esos aparatos era terrible. Uno de ellos pasó varias veces por encima de las plantas, las arrancó de raíz y las tragó de un bocado al abrir sus enormes fauces.  Otro de esos monstruos mecánicos, con una enorme trompa como si fuese un elefante gigante, comenzó a succionar el agua del estanque, eliminó el hábitat de las ranas, así como el de la fauna y flora de la zona.
Los asustados residentes del estanque corrieron a esconderse en los jardines de las casas contiguas al sitio de la tragedia. Día con día, el estanque, que una vez fue hermoso y lleno de vida, comenzó a transformarse en una horrible plancha de concreto donde edificaron un centro comercial. Las ranas restantes emigraron hacia otros lugares; aunque, el sitio con agua más cercano quedaba a varios kilómetros de ahí.  Ellas sabían cómo llegar.  Su instinto las conduciría hacia otro espejo de agua.  Pero sería una jornada azarosa. Durante el largo camino y bajo el sol inclemente, murieron una a una. Sus sueños de llegar a ser artistas consumadas, se esfumaron…en concreto. 



NUEVO AMIGO
Rosaura Tamayo Ochoa

Se murió mi querido “Gordo”. Me quedé sin gato y con el deseo de no tener uno más en mi vida. Sufrí tanto su pérdida, lloré mucho. Un día llegó una sobrina con un gato blanco, sin ninguna gracia, que había encontrado en la calle. Sin bigotes, flaco y mugroso. Me insistió tanto en que me lo quedara. Hice un esfuerzo sobrehumano y le dije que sí. En la primera oportunidad busqué a una persona que le gustaran los animales, para regalárselo. Acordamos que al día siguiente se lo entregaría. Esa noche tuve un sueño extraño. Escuchaba que el gato me hablaba muy seriamente y me decía que no quería irse de la casa, que quería vivir conmigo. Al siguiente día le dije a la persona, con toda la pena, que no le iba a regalar al gato porque él no quería irse.
Ahora sé que ese gato fue un regalo a mi vida. Abraza mis manos cuando escribo. Se acuesta en mi regazo mientras trabajo en la computadora, me acompaña cuando salgo a la calle. Soy una mujer feliz  acompañada de su gato “Peluso”,  que  eligió el hogar donde vivir.




*Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.



domingo, 13 de mayo de 2018

MUJER VIRTUOSA



MUJER VIRTUOSA

Mujer virtuosa, ¿quién la hallará?
Porque su estima sobrepasa largamente a la de las piedras preciosas...
Se levanta aun de noche y da comida a su familia y ración a sus criadas...
Alarga su mano al pobre, y extiende sus manos al menesteroso...
Fuerza y honor son su vestidura; y se ríe de lo por venir...
Abre su boca con sabiduría, y la ley de clemencia está en su lengua...
Se levantan sus hijos y la llaman bienaventurada; y su marido también la alaba...
Muchas mujeres hicieron el bien; mas tú sobrepasas a todas.
La Biblia. Proverbios.



UN BAILE AL CIELO
Vicente Almanza Huerta

En la terminal de autobuses de aquel pueblito junto al mar, Citlali se despedía de su madre. Había decidido estudiar en una escuela de baile en la ciudad de México. A pesar de que su padre no estaba de acuerdo.
       ─Bueno má, deme su bendición.
       ─Claro que si “mija”. Que Dios te bendiga y te proteja. Échale muchas ganas. Ya sabes, siempre con una sonrisa mi negrita.
       La relación entre ellas era muy estrecha. Todo le comunicaba. Doña Sofía como madre le daba consejos. Era su apoyo y confidente. Por eso la despedida se hacía difícil. La besó en la frente como el día en que nació. No pudiendo evitar las lágrimas.
     ─Por favor má, no llore. Voy a estar bien. Les hablo cuando llegue.
    Los meses pasaron y Citlali se entregó con esmero a las clases de baile del Ballet folclórico nacional. Se había ganado la simpatía de los profesores y de sus compañeros por ese carácter alegre y su forma de hablar de la costa.
     Durante un ensayo le hablaron por teléfono. Era su papá.
   ─Bueno. ¿Mamá?
   ─No hija soy yo, tu papá. Tengo una mala noticia pero...no sé cómo decirlo. Este…
  ─¡Por favor! ¡Dime qué pasó!
  ─Tu mamá tuvo un infarto. Se hizo todo lo posible por salvarla, pero no se pudo. Hace una hora que falleció.
   Entre dos compañeras sujetaron a Citlali, que se golpeaba en el piso, estaba fuera de sí. Ya más calmada, volvió a tomar el teléfono.
   ─Perdóname hija por no apoyarte a que te vinieras a estudiar. Tu mamá siempre me hablaba de ti, que su negrita sería una gran bailarina. Me decía que a los hijos hay que apoyarlos para que sigan sus sueños, no retenerlos a la fuerza. Sé que fue muy difícil entrar a esa escuela y no sé si puedas venir. Vengas o no, es tu decisión, además yo no te voy a juzgar.
   ─Te quiero mucho papá. Dile a mis hermanos que también los quiero. Voy a ver si me dan permiso.
Después de colgar el teléfono, sintió una mano en su hombro. Era el director del plantel.
─Citlali, sentimos mucho lo de tu mamá. Pero como decimos en este ambiente,  “el show debe continuar”. En unos días volamos hacia Madrid a una gira por las principales ciudades europeas. Y tú, como alumna destacada, estás en la lista.
   Sentimientos encontrados. Por una parte, quería estar al lado de su padre y sus hermanos, para consolarlos y despedir a esa gran mujer que fue su madre y su amiga, que dio todo por ellos. Por otro lado, ese sueño que alguna vez le contara a la autora de sus días, estaba a punto de realizarse. Además, quería recordarla como siempre la vio, con una sonrisa, no dentro de una caja.
   En el avión iba recordando aquella canción que aprendió en el jardín de niños y que se la cantaba a su madre:
“Volaré volaré hasta el infinito volaré…
Después seguía un pensamiento:
“Volarás con tus propias alas, y si una noche te sorprende la tormenta, regresa al nido. Yo te estaré esperando para cubrirte con mis alas”.  Volaré volaré…
La gira por Europa fue todo un éxito. Destacó la actuación de Citlali, que al compás de la música, el movimiento de su falda, semejaban las olas del mar. Y nunca dejó de sonreír.
Al llegar a México, la entrevistaron, preguntándole a quien le dedicaba ese triunfo.
  ─A una persona que empezó conmigo este sueño. Que me impulsó a seguir adelante. Me defendió de las personas que decían que no se podía, que era una locura, incluso de la misma familia. Sus palabras y consejos me hicieron fuerte. Para una gran señora. Mi madre y mi amiga. La que confió en mi y  dijo que siempre sonriera  a pesar de todo. Para ti mamá. Aquí está tu negrita que no te falló.



INSPIRACIÓN
Arturo Grimaldo

Cuando Dios pensó en mí, ya  habían pasado muchos años de haber terminado la obra más perfecta de la Creación. La mujer. Él designó para mí -por amor-,  a la mejor mamá del mundo y para ello, primero debió imaginar cómo sería:
“Espero que  las demás personas sepan que para amar a este niño, no podría haber otra mejor que ella, -dijo Dios-, cuando terminó esta obra de arte.
Sin duda, debe ser inteligente, valiente, y con una férrea decisión para enfrentar los avatares de la vida, pues su hijo necesitará un ejemplo a seguir. Su corazón debe estar lleno de esperanza, de fe y de amor, tanto, que no se agote al momento de compartirlo con el más pequeño de sus varones, con sus hermanos y con sus semejantes.
Por eso y por todos los dones que le fueron dados, creo que fue capaz de amar tanto a mi padre, como ninguna otra,  de tal forma que de ellos aprendí que la unión de marido y mujer es para siempre, “hasta que la muerte se interponga entre uno y otro”.
“Quién como Dios”, -dijo un viejito-, que en todo pensó al darme  una madre trabajadora como pocas, generosa, creyente como ninguna, y que nunca se opuso a la voluntad divina. Mi madre fue una  mujer que cambió sus lágrimas por oraciones; que fortaleció su soledad con la lectura; que alimentó su alma con la esperanza y que hizo alianza con su “Hacedor” para contarle sus penas.
Ella fue quien me enseñó a esperar sobre toda esperanza. A perdonar, a descubrir que soy débil y a dar en medio de la escasez.  De ella aprendí que hay prioridades: Lo divino, lo humano, lo superfluo. En sus ojos vi su alegría de conocer a Dios en la inmensidad del mar y en el canto de los niños. En cierta ocasión me visitó en Celaya y la llevé a un concierto de navidad donde un coro de niños la hizo ponerse sentimental y cuando le pregunté por qué lloraba me dijo: porque me imagino que así cantan los ángeles en el cielo.
Cómo no estar agradecido con esta mujer si hasta el último aliento de vida encomendó a  sus hijos a la Misericordia del Altísimo. Cómo olvidar a quien en vida se preocupó por hacer de mí un hombre de bien. Cómo no recordar a quien supo vivir feliz con lo poco que tenía, porque sabía que eso poco lo necesitaba poco.
Cómo no escribir para quien me dio ejemplo de dedicación y amor por el estudio. Cómo no regalarle estas palabras que debí haberle repetido una y otra y otra vez… ¡Te quiero mucho, mamá! ¡Te amo!
Madre, eres eterna, porque en mi corazón sigues viviendo. Madre, eres mi ejemplo porque sigo imitando tus pasos, cuando intento aprender de las cosas supremas. Madre, te extraño tanto como desde el primer día que te fuiste a la Casa Paterna.
Madre, sigues siendo el faro que ilumina mi camino, el manto que me cobija en el invierno, el agua que calma mi sed de aventura, el bálsamo que cura mis heridas, la voz de paz y de quietud en mis noches de angustia. Madre, desde un rincón de la tierra, elevo mis súplicas por ti y pido para que tú pidas por mí; Alzo la mirada para descubrirte en la inmensidad del cielo y cuando canto, pienso que tú me escuchas.
Por siempre llevarás el nombre de la Madre de todos los hombres y del  misterio de las Tres Personas distintas y un solo Dios. Hoy, sigo pensando que las palabras más sinceras que he escrito para ti, fueron aquellas que pretendían construir un poema para ti y que aún sin lograrlo, a ti te pareció hermoso, mismo que ahora te comparto de nuevo:
“Los nueve meses que viví en tu vientre, fui cargado con amor. Déjame que en ti yo encuentre alivio a mis penas… a mi  dolor. Nada más te importaba que verme reír en la cuna y si entre lágrimas cantabas, hacías tu cómplice a la luna. Si más cansada estabas, más fuerte parecías y al ocultarme tus penas, era la tristeza quien reía. Tu amor hacia mí era desbordante, plena de amor y fantasía. No sabría cómo pagarte lo que por tu hijo hacías. Ahora comprendo mejor, que conmigo siempre estás, que es tan grande tu amor, que no se agota cuando das. Que este pensamiento vaya como ofrenda de alabanza, por ti, madre ausente, cuya bendición me alcanza”.
No quiero terminar nunca de escribir para ti, ni dejar de pensar en tu amor, sólo quiero hacer un alto, en este intento de oración. Suba hasta ti mi pensamiento como incienso de la tarde, y que tu regocijo celeste, jamás, jamás se acabe.
Hasta luego, hasta el cielo.
¡Te ama, Arturito!




AFORTUNADA
Soco Uribe

Queridas hijas:
            Tal vez se les haga extraño que en el día de la madre yo les escriba una carta en lugar de que ustedes lo hagan para mí; pero, tengo tantas ganas de decirles lo mucho que me han dado durante todos estos años en los que las he tenido por hijas.
            Desde el momento en que nacieron me dieron la oportunidad de jugar a las muñecas con ustedes, al darles de comer, bañarlas, cambiarlas y al pasearlas en su carriola. Además me dejaron aprender las canciones más bonitas de Cri-Cri y luego me permitieron ser parte de su coro y ballet. Lo más padre de todo era, que nadie criticaba a nadie y que las tres nos sentíamos como estrellas consagradas.
            Cuando crecieron un poquito más, pude volver a vivir mi infancia pero de una manera más plena, ya que en mis tiempos no la pude aprovechar mucho porque la vida me exigió crecer muy de prisa.  En su compañía, jugué a todo: subí y bajé en las resbaladillas, me subí a los árboles, nadé, corrí, volví a andar en bicicleta, en patines de ruedas y más tarde en patines de hielo, hice castillos de arena, formé rompecabezas, jugué a la casita, a la comidita, a las muñecas, rompí muchas piñatas y todo esto lo hice con el pretexto de enseñarles esos juegos.
            Poco después, comencé a repasar todos los conocimientos básicos de primaria que, a decir verdad, muchos de ellos ya los había olvidado; aprendí a jugar “maquinitas” y aunque el Nintendo nunca fue mi fuerte, también me eché mis jugaditas; jugué pocker, aprendí a coser para hacerles vestiditos a mis muñecas (que eran ustedes), vi todas las películas de Walt Disney, pateé botes en la calle, rompí un vidrio con una pelota (lo cual no me hubiera atrevido a hacer en mi infancia), volví a recordar cómo bordar, hice dibujos, y no recuerdo que otras miles de cosas más.
            En estas fechas, estoy disfrutando la adolescencia de mi Angélica y la cercana despedida de la niñez de mi Mariana y aún sigo aprendiendo algunas cosas de computación, temas sexuales, muchos chistes nuevos (sobre todo de Zedillo), algunas formas de convivir con los Scouts, los pasos de los nuevos bailes, las técnicas de natación las cuales, gracias a la insistencia de Mariana, ahora estoy practicando en las clases para adultos, aprendí a escribir en máquina en dos meses, por ganar una apuesta que hice con Angélica, y tantas y tantas cosas que estoy volviendo a vivir gracias a que ustedes son mis hijas y yo soy su mamá.
            Si nos ponemos a resumir todo lo que les acabo de decir podrán ver que la que les debe agradecer con toda el alma el ser su mamá, soy yo.  Y que la que ha salido ganando después de todo también soy yo.
            Gracias hijas por darme toda esta felicidad día con día y ojalá que nunca dejen de ser como son.
Las adora con toda el alma…MAMÁ 




*Imágenes tomadas de internet:
Mural en Chicago
Pieta, de Miguel Angel Buonarroti
Ballet de Amalia Hernández

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