domingo, 26 de octubre de 2014

ANTOLOGÍAS Y CELAYENSES (Segunda parte)

DIEZMO DE PALABRAS, Sol del Bajío, domingo 26 de octubre 2014

ANTOLOGÍAS Y CELAYENSES
(Segunda parte)

“Quédate silenciosamente en esa soledad que
no es abandono,—porque los espíritus de los
muertos que existieron antes que tú en la vida,
te alcanzarán y te rodearán en la muerte,—y
la sombra proyectada sobre tu cara obedecerá
a su voluntad; por lo tanto, permanece tranquilo.”
Edgar Allan Poe, Los espíritus de los muertos.


Recientemente varios integrantes del taller literario Diezmo de Palabras participaron en el V Concurso de Cuentos del Sótano, promovido por la Editorial Endora y fueron elegidos para  publicación en una antología. En esta ocasión reproducimos los textos de otros dos compañeros.

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EL PRIMOGÉNITO

Laura Margarita Medina Vega

La fachada de la vieja casona luce enormes grietas. Cicatrices que el tiempo dejó, como si transpirara dolor y soledad a través de sus gruesos muros. La gente dice que, en  mil novecientos sesenta y uno, María llegó de la ciudad de México a Guanajuato.  Pero no viajó sola, arribó con sus tres hijos; el más pequeño, llamado Adán, estaba recién nacido; Carlitos, el segundo, tenía solo tres años; y el mayor, Benjamín, doce. El amor de la mujer por ellos era tan grande que, a pesar de su pobreza, nunca los abandonó y se los llevaba con ella a vender a los mercados. El único apoyo que tenía era Benjamín por ser el mayor, puesto que María había huido de su pareja, un hombre infiel e irresponsable, al que nunca volvió  a ver. Día a día María trabajaba de sol a sol para el sustento familiar. Su fe en la religión le ayudó a soportar los momentos difíciles. Pero no pudo evitar enfermar de los nervios  por tanto trabajo y soledad. Los años transcurrieron. Y María dejó la vecindad donde habitó poco tiempo para instalarse en una vieja casa del centro de la ciudad. La remodeló, hasta convertirla en un lugar agradable para sus hijos. La fortuna estuvo de su parte porque le proporcionó un negocio bien remunerado con el que pudo darle lo mejor a ellos, incluyendo los mejores colegios. Ya para ese entonces, Benjamín se rodeaba de amigos de la alta sociedad, con la que  compartía en todas las fiestas y reuniones. María lucía satisfecha y le gustaba platicar de los logros de su querido Benjamín. Lo quería tanto que empezó a olvidar a Carlos y a Adán, los cuales crecían al cuidado de Benjamín, ya que ella trabajaba todo el tiempo. El carácter de Benjamín no era sencillo, mostraba amabilidad, educación y sutileza ante la gente, pero a solas era cruel y despiadado, le dejaba a sus hermanos las más duras labores del hogar, hasta limpiar los pisos de rodillas una y otra vez. El más pequeño fue con quien siempre se encajó, ya que Carlos huía todo el día de la casa para no ser esclavizado. Así que Benjamín desataba su cólera con  el pequeño Adán. Lo golpeaba en la cara muchas veces hasta verlo sangrar y azotaba su cabeza contra los muros tomándolo de los cabellos para después arrastrarlo por los pasillos de la casa sin dejar de repetir:
-¡Eres adoptado, estúpido, no eres mi hermano!
Cada noche Adán dormía con su madre, pero no le dijo nada, puesto que no le creería. Así que lloraba en silencio, deseaba que la noche fuera eterna, para no despertar y volver a vivir en ese infierno. Fueron años de temor para Carlos y Adán, hasta que Carlos conoció a una buena chica y se casó, abandonando  la casa. Fue  una noche muy triste para Adán, perdía a su mejor hermano, su confidente. Esa noche no dejó de llorar.
Ya estando solos, Benjamín aprovechó para someter a Adán a todo tipo de atrocidades. Sus celos se incrementaron cuando lo vieron convertido en un joven apuesto a quien lo seguían mucho las mujeres. Por lo que no perdió la oportunidad de hacerle creer a su madre que no era un buen hijo, esto le causaba un gran dolor a ella incrementando su desconfianza. Mientras tanto, Benjamín se daba la gran vida, solicitando a su madre hasta viajes al extranjero, los cuales  pagaba su madre con gran alegría. Él, pensaba, todo lo merecía.
Invadido por la tristeza, Adán intento el suicidio, pero gracias a Dios sin éxito. Esto fue aprovechado por Benjamín para comprobarle a su madre que Adán era capaz de todo, hasta el chantaje. Cansado, Adán intentó varias veces de alejarse de ahí, pero su madre siempre lo buscaba, ya que realmente lo extrañaba, pero su preferencia era para su hijo mayor.
Llegó el día en que Benjamín se casó, pero nunca se alejó de casa, siempre estuvo acechándola, y como conservaba la llave, entraba siempre para querer imponer su voluntad. Así que seguía molestando a Adán en todo lo que hacía. Pero en el corazón de su hermano menor no existían los rencores, hasta le ayudó a buscar empleo cuando quedó en bancarrota. Esto nunca lo tomó en cuenta su madre, ni siquiera se dio cuenta de que el mayor solo la buscaba para pedirle dinero, y hablarle mal de los otros hermanos. Tejía su telaraña, pero aún no se sabía por qué.
El cruel destino a todos alcanza, María cayó en cama víctima de una  enfermedad que no le permitió valerse por sí misma. Benjamín empezó a preocuparse mucho, pero no por ella, sino por los gastos que empezó a causar su enfermedad. Adán vendió lo que tenía y se lo ofreció a su hermano como apoyo, pero no lo quiso aceptar, tampoco su madre que seguía aferrada a que su mejor hijo, “Benjamín”, la ayudaría. Días de inmenso dolor acompañaron a Adán, quien lloraba mucho por el amor de su vida, que era su madre, pero no pudo contra la voluntad de los otros dos. Una llamada telefónica de alguien desconocido lo buscó una noche. Le ofrecían trabajo en el extranjero. Era el trabajo de sus sueños, aun así no quiso  dejar a María sola. Su madre viendo una oportunidad para él, le pidió que se fuera diciéndole:
-Todo estará bien.
Con la bendición de ella y una opresión en el pecho por dejar de verla, se marchó.
Pero empezó a llamarle tres veces por semana. Pronto su trabajo se incrementó, y dejó de llamarla algunos días. Y no fue hasta que un día que no podía conciliar el sueño, tuvo  una visión: era su madre, joven, hermosa, sonriente. Como jamás la había visto en realidad, de pronto la visión se esfumo para dar paso a la imagen de un hombre mayor que le preguntó:
-¿Qué le darás a tu madre este Diez de Mayo?
-Nada, señor, no tengo mamá.
Inmediatamente Adán se incorporó a buscar un calendario, era día tres de mayo. Llamó a su jefe y le informó que tenía que regresar de emergencia a su ciudad natal, su madre moriría esa semana. El jefe trató de tranquilizarlo en vano. Y a pesar de que llamó a casa y le dijeron que todo estaba bien insistió en ir. La suerte lo abandonó, no encontró vuelo en esas fechas, la desesperación aumentaba a cada momento y no pudo dormir. Pasaron cuatro días y una mañana, un rayo de luz entró a la habitación haciendo que abriera sus ojos. Un pequeño pajarito cantaba y picoteaba  el cristal de su ventana. Una punzada en su pecho le cortó la respiración. Su rostro se descompuso en un gesto de intensa tristeza.
-Es ella, vino a avisarme –pensó.
Corrió al teléfono y con las manos temblorosas marcó el número. Lo que escuchó lo dejó impactado, María había muerto. Se encerró en el baño todo el día, no quiso que nadie lo viera llorar ni gritar, por la noche salió e intentó embriagarse inútilmente; el dolor era mayor. No quiso continuar ahí y regresó a su casa. El moño negro de la puerta notificaba la tragedia, la casa olía a soledad, las plantas de María morían junto con ella. Adán fue directamente al cuarto de su madre y se detuvo frente a su lecho vacío en donde tantas noches los dos platicaron.
-Madre, qué bueno que ya no sufres, pídele a Dios que algún día te vuelva a ver. Dijo con voz dulce, y salió.
Carlos no se presentó a visitarlo. Solo algunos vecinos se acercaron a darle sus condolencias. Y una amiga cercana le contó lo sucedido:
-Tu madre deliraba aquella noche, mandó llamar a tus hermanos con insistencia, pero Carlos no podía venir. Así que a petición de tu madre se le llamó a Benjamín, el cual no quería acercarse a ella, dijo que le provocaba asco, hasta la llamó loca cuando María empezó a quejarse de que alguien la mojaba. Y es que tenía mucha fiebre, además nunca le compraron su medicamento para los nervios y pues se desesperó. Pobre mujer, después de haberle quitado su negocio y todo su dinero, no le daban ni lo necesario. Se le encontró muerta a las seis de la mañana, con los pies envueltos en las sábanas y la cabeza hacia el piso, como si alguien la hubiera jalado, puesto que los pies los tenía aún sobre la cama.
Los comentarios sembraron dudas en Adán. ¿Fue su madre asesinada?
A la muerte de María, Adán quedo como único heredero de un dinero que ya le había robado Benjamín, además de todas las cosas que tenía en la casa de su madre. Y Carlos había sido cómplice de esta injusticia, lo cual con el tiempo lo lamentó. Adán vivió algún tiempo más ahí, pero nunca tranquilo, porque Benjamín le empezó a pelear la casa. De pronto, macabros sucesos empezaron a ocurrir en ella, aún de día la casa lucía oscura, ruidos raros y olores desagradables se percibían en algunas habitaciones. Sombras se movían sobre las paredes. Todo esto hizo que mucha gente no volviera a visitarla. Adán también se fue, impulsado por un mal presentimiento. A pesar de sus crisis económicas siempre recurrió a Dios y a la bendición de su madre. Ya no ve a sus hermanos. Dicen que Benjamín es un hombre muy rico, pero que siempre está solo, puesto que la gente sabe  lo malo que actúo en el pasado, y ya se ve viejo y cansado. Y hasta hay gente que se alegra de no verlo feliz, pues no olvidan cómo le pagó a María todo el amor que le dio, sólo por ser el primogénito.

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LA NIÑA DE LA CAJA BLANCA

Carlos Javier Aguirre

Una tarde de un día de julio, al pasar frente a una institución de seguridad social, nos llamó  la atención el ver que dos hombres no podían meter a la cajuela de un taxi un pequeño ataúd blanco. Le quitaron entonces el asiento trasero y volvieron hacer el intento de meter la caja. Todo esfuerzo resultaba inútil.
Mi chofer, Concho Hernández, me pidió permiso de ir a ver si les podía ayudar.
-¿Podrían llevarnos en su camioneta? –le preguntaron los hombres- necesitamos llevar esta caja a un rancho por el camino de Xichú.
-Claro que si, nuestro trabajo por el día de hoy terminó –autoricé a Concho- y se fue con ellos. Al otro día me contó sobre el viaje.

Una lluvia torrencial obscurecía el camino y dificultaba ir deprisa. Pero avanzamos bastante rápido hasta que dijeron:
-En la próxima curva a la derecha te estacionas, lo más cargado al cerro, para que los camiones tengan espacio y puedan pasar.
Bajamos el ataúd y empezamos a subir por una vereda cargando la pequeña caja blanca. El papá iba adelante y yo atrás.
-Ya mero llegamos, detrás de esos árboles está mi rancho. Yo llevaba la lengua de corbata y no veía señales del tal rancho. Descansamos un rato y sobre unas rocas colocamos la caja. A lo lejos pudimos distinguir a un grupo de personas que venían a nuestro encuentro. Ya recuperado de mis fuerzas emprendimos de nuevo nuestro camino. Al llegar al primer  jacal estaba lleno de personas y nomás nos vieron llegar se escuchó un llanto desgarrador, colocamos sobre unas tablas la  caja.
-Toma, bébete esto para que no te haga daño la mojada. Alguien me acercó una taza.
-Bueno, yo ya me voy. Les dije.
-Un último favor, ¿le puedes rezar a mi hija? toma este libro, y es que por aquí nadie sabe leer.
Mientras tanto las mujeres en el patio colocaban la olla que dejaba salir el aroma a café, iba ser una noche muy larga, el frio calaba hasta los huesos. Afuera el viento soplaba muy fuerte, tanto que doblaba los arboles. Era como si el viento llorara y estuviera despidiendo a la niña reina del viento que durante diez años la viera crecer.

 -¿Qué  tienes? Platícame como te fue. Le pregunté a Concho al otro día, cuando íbamos en la camioneta hacia el trabajo.
-Llegué cerca de la media noche a mi casa, pero sucede que nomás estoy pensando en la niña.
-¿Qué sientes?
-Siento como si a la niña muerta la trajera cargando sobre mis hombros
-¡Te trajiste a la niña! Ahora ve y busca al padre Manuel o si prefieres busca a la bruja, Damiana. Intenta  no pensar, pero no pienses que no estás pensando, porque entonces piensas. De modo que debes dejar el espíritu, sin pensamiento ni sujeción. Concho... ¿la niña traía unos moños en el cabello?
-Sí, ¿cómo te diste cuenta?
-La vengo viendo por el retrovisor. Está mirándonos desde la caja de la camioneta.

domingo, 19 de octubre de 2014

ANTOLOGÍAS Y CELAYENSES

DIEZMO DE PALABRAS
Fundador: Herminio Martínez
Coordinador: Julio Edgar Méndez


ANTOLOGÍAS Y CELAYENSES

Recientemente varios  integrantes del taller literario Diezmo de Palabras participaron en el V Concurso de Cuentos del Sótano, promovido por la Editorial Endora y fueron elegidos para  publicación en una antología. Felicidades a todos y esperemos más logros que pongan en alto el nombre de Celaya. Los compañeros y sus textos que serán publicados son: Isla Tortuga Dragón, por Rosaura Tamayo. La niña de la caja blanca, por Carlos Aguirre. Los puñetazos del delirio, por Martin Campa Martínez. El As, por Lalo Vázquez. El primogénito, por Laura Medina Vega. Juegos de sal, por Diana Alejandra Aboytes y La refranera, por Patricia Ruiz. Aquí reproducimos dos de los textos.

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LA REFRANERA

Por Patricia Ruiz

En un típico domingo, la abuela Sara se encuentra en su universo personal que es la gran cocina, amueblada con enseres tradicionales y modernos. Coexisten en ese espacio lo más nuevo en electrodomésticos junto con los accesorios que usaron su madre y abuela: estufa, refrigerador, gabinetes, mesas de madera, horno de microondas, licuadora, molcajete, metate y un pequeño fogón de leña ubicado en el exterior de la cocina. Guarda como un tesoro la vajilla de cerámica, regalo de aniversario. Tiene utensilios que le traen buenos recuerdos de sus viajes: cucharas, fruteros, tazas y charolas son las numerosas artesanías que adornan esta habitación,  sin faltar  las ollas de barro, aluminio  y peltre para uso diario.   La abuela Sara es una enciclopedia de proverbios,  es conocida por utilizar un refrán  para cada ocasión. Sus dichos expresan con palabras sencillas la sabiduría popular.  Muchos familiares y amigos le piden consejo en diferentes asuntos, siempre es valorada su opinión y se le tiene por dicharachera.
-“Quien de refranes no sabe, entonces, ¿qué es lo que sabe?” -dice sin falsa modestia y orgullosa de sí misma– “porque cien refranes, cien verdades”.
Hoy tiene la visita de su numerosa familia integrada por hijos, nueras, yernos y nietos. Pide ayuda para preparar la comida familiar, saca grandes cazuelas para diferentes guisados, el menú del día será: sopa de arroz, carne con chile, frijoles refritos, verduras, guacamole, tortillas de maíz, gelatina, mermelada y agua de limón.
-¡Ándeles!  Vamos a preparar la comida, todos deben ayudar, porque “comer sin trabajar, no se debe tolerar”.
Da instrucciones a su familia y dirige la preparación de alimentos con la maestría de un director de orquesta. Asigna tareas de acuerdo a las habilidades de cada uno. Proporciona de la alacena todos los víveres y vigila la cocción de alimentos  para darle el punto exacto.  Es un ir y venir de personas en la cocina, mientras la abuela Sara supervisa todo, no pierde detalle.  Es interrumpida por los niños que acuden a ella a darle la queja que Juanito, su nieto,  le está jalando la cola al perro.
-Ana, regaña a Juanito -le ordena a la mamá del niño- que deje de torturar al perro,  ya sabes lo que dicen “el que a la bestia hace mal, es más bestia que el animal”.
Los otros niños le avisan que Juanito encerró en una caja un bicho muy raro. La abuela Sara, sin dejar sus ocupaciones, con “un ojo al gato y otro al garabato”,  regaña al niño.
–¡Juan!, deja ese animal, te puede picar, ve tú a saber que alimaña sea, te repito lo que dicen: “a bicho que no conozcas, no le pises la cola”.
Cuando por fin la comida está lista,  llama  a los niños que juegan en el patio.
-¡A comer! -grita a todo pulmón. Algunos chiquillos inmersos en sus juegos, no atienden su llamado. 
–Vamos a comer nosotros -ordena a los adultos– no tendrán hambre, porque “a la cena y a la cama, sólo una vez se llama”. Claro, ahorita no quieren comer, pero cuando tengan mi edad,  entonces nos vemos las caras, lo bueno que ya no voy a estar para verlo, dicen y es muy cierto “a mocedad viciosa, vejez penosa”.  Cómo quieren que sean buenos estudiantes sí se malpasan, luego andan todos tristes, que les duele la cabeza, es bien sabido que con tripas vacías, no hay alegrías -sermonea a su familia y ellos resignados, la escuchan.   -Tiene razón suegra, el buen comer es la base de la salud, bien dicen que “ajo, cebolla, y limón, y déjate de inyección”,  por eso nunca me enfermo –dice Juan, su yerno.
Más tarde vienen los niños  y  les manda a que se laven las manos, pues las traen llenas de tierra y suciedad.
-Abuela, yo no quiero esa carne, no me gusta -dice un chiquillo.
-A poco creen que la comida la regalan,  sí no es gratis, tan cara que está y para que no se la quieran comer, yo no se la voy a dar a los perros.  Ándeles, coman, es por su bien, como dicen “gástalo en la cocina y no en medicina”.
Los niños comen rápidamente por el interés de regresar a sus juegos.  La abuela los reprende por hacerlo de manera apresurada.
–Bueno, váyanse a jugar, ahora sí, “barriga llena, corazón contento”.
-Esos niños no han hecho la tarea -dice Fabiola, una de sus hijas.
-No la quieren hacer, sólo piensan en jugar,  seguro la hacen hasta la noche –dice Olivia, otra de sus hijas. 
-Deben hacerla temprano,  cómo diría mi mamá a “jugar y pasear, cuando no hay que trabajar” -dice Ana.
-¡Ay, Ana!, mira quién lo dice, “el burro hablando de orejas”, a poco Juanito ya hizo  la tarea -contesta Fabiola.
-Sí, así es ella, qué chistosita,  como dice siempre mi mamá, “el jorobado no ve su joroba, sino la ajena” -dice Olivia.
-Ya no discutan, más tarde ponen a sus niños a hacer la tarea -interviene la abuela Sara para terminar la inútil discusión.
 La conversación de los  adultos durante la comida y en la sobremesa versa sobre diversos temas, a los que invariablemente la abuela Sara impregna su sello personal.
-Mamá, el sábado será la  boda de Felipa la hija de tu amiga María Flores ¿No piensas ir?  ¿Ya tienes tu vestido?  -pregunta Fabiola.
-No lo creo, no me invitaron, y es muy sabido que  “a boda ni bautizado, no vayas sin ser llamado”.
-Pero si los conoces bien.
-Te digo que no me invitaron, no me gusta ser tan gorrona.
-Van a hacer una gran fiesta, tiraron la casa por la ventana, según  dicen, los hijos que trabajan en el norte  les mandaron dólares para hacerla en grande,  ya llegó toda la parentela a hospedarse en su casa a esperar el guateque -comenta Fabiola. 
- Qué casualidad que sólo cuando tienen fiesta van a su casa, nunca se visitan, está muy claro “al nopal nada más lo visitan cuando tiene tunas” -dice la abuela Sara. 
-Pero te deben favores, ¿no les ayudaste a cuidar a sus niños? -pregunta Fabiola.
-Entiende, no me invitaron, y además eso que cuide a sus niños es otra cosa, no me gusta andar cantando mi ayuda, bien dicen que “favor publicado, favor deshonrado”.
-Recuerdo que ayudaste a cuidar  a su nuera cuando estuvo parturienta,  le pusiste los aretes  a la recién nacida y  le fajaste el ombligo -dice Fabiola.  
-Qué sorpresa que se case Felipa, después de tantos amigos que le conocemos,  que entraban y salían de su casa -dice  Olivia con picardía.
-Qué bueno que se encontró un valiente, porque se dice que “a los treinta doncellez, muy rara vez” -dice la abuela Sara.
-¿Con quién va a vivir los recién casados? -pregunta Ana.
-Dicen que con la suegra -contesta Olivia.
-Muy mal, no me están preguntando,  pero para mí  son puros problemas, es bien sabido que  “el casado casa quiere” -concluye la abuela Sara.
-Ya vimos los vestidos que van a usar las madrinas, color rosa chillón, qué mal gusto tienen -comenta Olivia. 
-Diría mi mamá, “aunque la mona se vista de seda, mona se queda” -dice Ana imitando a su progenitora.
-Para la boda mandaban todo el dinero al hijo mayor, pero el muy  irresponsable se lo gastó, hasta que mejor se lo dieron a guardar a la  mamá –dice Olivia.
-Pues sólo a ellos se les ocurre confiar en él, es bien sabido que  “a borracho o mujeriego, no des a guardar dinero”, ni que no lo conocieran -expresa la abuela Sara.
En ese momento tocan la puerta.  Olivia se asoma por la ventana  y observa que es la comadre Celia.
- Mamá, es tu comadre Celia.
-Que pase.
-Comadre, buenas tardes –dice Celia.
-Pásele, siéntese, ¿gusta comer? –pregunta la abuela Sara
-Gracias, un taquito le acepto. Oiga comadre Sarita, vengo con una molestia, a que me preste su escalera porque mi hijo Santiago está haciendo un cuarto, hace mucho tiempo que no le hace a la albañilería, ahora por pura necesidad tiene que hacerlo para vivir con su mujer.
-No se preocupe, dicen que “lo bien aprendido, para siempre es sabido”. Ahí está la escalera, se la encargo, porque también nosotros la ocupamos.   
-No tenga pendiente -dice Celia.
-¿Y dónde está haciendo el cuarto? -pregunta la abuela Sara.
-Pues en la casa de unos parientes de su esposa -contesta Celia.
-Que tenga cuidado, porque dicen “el que siembra en tierra ajena, hasta la semilla pierde”.
-Tiene razón Sarita, pero qué más hace, no tiene donde meterse. ¿Ya está lista para la boda de Felipa?
-No me invitaron, dicen que es mi amiga, pero ya se vio “que amistad por interés, no dura porque no lo es”.
-A lo mejor se le olvidó.  Gracias, estuvo muy bueno el taquito -se retira Celia de escena.
-Tu comadre Celia era más platicadora, ahora sólo estuvo media hora. Antes cuando nos visitaba se quedaba anclada hasta la cena, ¿te acuerdas? -dice Olivia
-Pues sí, ya aprendió, seguramente  le hicieron mala cara en alguna casa, porque bien dicen “hablar por los codos, aburrir a todos” -dice la abuela Sara
Nadie quiere terminar la charla, queda la penosa tarea de recoger y lavar los platos.
–Bueno, vámonos,  “al mal paso darle prisa” -dice la abuela Sara.  
Muy a su pesar, cada uno se despide concluyendo la tertulia.

*** Patricia Ruiz H. Es originaria de Celaya, Gto., y miembro del taller literario Diezmo de Palabras. Gusta de la literatura y de diseñar ficciones en las que, como pequeñas ventanas,  permitan al lector asomarse a mundos imaginarios. Tiene en su haber cuentos y microrrelatos en diversos temas.
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JUEGOS DE SAL

Por Diana Alejandra Aboytes Martínez

Desde días atrás esas palabras le venían haciendo nudo las neuronas. Su amiga, Katya, comentó que “eso” era lo de hoy.
-Nada mejor para aderezar un rutinario matrimonio que un desliz. Eso es tan bueno como tensar una cuerda musical para que dé su mejor nota.
A Lolis le pareció descabellado, pero era innegable que le hacía cosquillas imaginarlo; además su marido, siempre cansado y sin humor para el más mínimo detalle, la hacían cavilar en ello. En un principio dejó de lado el comentario, pero este mismo se le alojó en el entrecejo y comenzaba a simpatizar con la idea. Varios años de matrimonio y esa densa calma marital, acentuaban la curiosidad en conocer otra experiencia, nuevas caricias…
Pasaron dos semanas, la mujer trató de congelar el deseo. Pero en breve buscó el con quién; el cómo, sobre la marcha lo averiguaría. El cuándo lo pactó con el “antojito” en cuestión: Motel Miraflores, habitación 72, viernes 27, 6:00 pm. El trato fue discreción absoluta y el encuentro a llevarse a cabo en completa oscuridad. Esto agregaría privacidad y misterio al momento.
Para el calendario no hay fecha que se le escape, el 27 apareció marcado en rojo. Hoy, como nunca, el tic tac del reloj le crispaba los nervios. Tomó café y se preparó para la cita. Al cuarto para las seis lucía hermosa y discretamente sexy. Abordó un taxi para llegar al lugar. El auto se detuvo en dicha dirección. La portezuela se abrió y una bonita pierna femenina daba un paso hacia afuera. Abrió temerosa el cuarto y se introdujo en la oscuridad. Sintió la proximidad de unas manos, mismas que tomaron su cintura haciéndola presa de un varonil cuerpo. Sus labios se unieron y ese beso desconectó tiempo y ataduras. Lenguas como olas en crecidas, anunciaban lloviznas en plenilunio. La desnudez los vistió. La mujer recorrió a besos el cuerpo del caballero y se arrodilló ante ese templo pagano. La plegaria escribió con su boca, en letras mojadas… lamiendo palabras.
Él la tomó por los brazos, la recostó sobre sábanas y de entre los pliegues de su playa, saboreó las sales profundas que estallaron a borbotones. La unión de sus cuerpos fue la cúspide del encuentro. Ambos se vistieron a ciegas y volvieron a su vida habitual.
Pasado un mes se dejaron llevar nuevamente al encuentro. Habían descendido al “infierno”, ya no era sencillo prescindir de sus llamas. La cita ahora cambiaría de temática: Baile de las Rosas. Salón Bugambilias. El 29, 10:00pm. Requisito: portar antifaz. La noche desplazó al día y el momento llegó. Se decidió por el vestido más favorecedor, el rojo. Le dibujaba hermosamente el contorno de sus pechos y la tela bajaba suavemente acentuando sus caderas. Toque de glamour, zapatillas altas y antifaz requerido, como un plus a la sensualidad que hoy salía con ella.
Llegó al salón y a lo lejos miró al tipo del antifaz. Sólo ellos dos usaban el anonimato.  Comenzó el baile y las luces se tornaron tenues. Bailaron algunas piezas, la cercanía y cadencia se prestaron al preámbulo de lo que venía.
Se fueron apartando de entre las parejas de la pista hasta llegar al baño de damas. Después de cerciorarse que el sitio estuviera vacío, él se coló y cerraron por dentro. El riesgo de ser descubiertos incluyó intensidad a la euforia que ya venían sintiendo. La tomó por la cadera mientras su boca mordisqueaba delicadamente la curveada espalda femenina. Ella se retorcía extasiada en sensaciones y se sujetó al lavamanos. Ponerse vestido había sido una buena elección. El panorámico espejo daba detalle… danza bailada sin recato. Era gozoso el espectáculo. Tocaron a la puerta, esto no interrumpió el momento, todo había concluido. Salieron presurosos, las chicas en la entrada supusieron la travesura, pero el antifaz era útil una vez más, nadie atinó a identificarlos.
Se despidieron con un beso, no sabían si era la conclusión o el origen de nuevas locuras.
Ella llegó a casa aún con el sabor de aventura en los labios. Se metió entre las cobijas y pronto dormía. Al amanecer, marido y mujer, más unidos que nunca, celebraban alimentar las brasas con “juegos”, donde la piel sabe a pecado y sal. Mientras tanto, dos antifaces descansaban en el tocador de la recámara de Lolis y Ulises, su esposo.


*** Diana Alejandra Aboytes Martínez es parte del taller literario Diezmo de Palabras. Ha sido en diferentes medios con poesía, cuento, narrativa y leyenda. Ha sido seleccionada para aparecer en los libros de antologías Diversidad Literaria de España y en Cuentos del Sótano V, de Editorial Endora. 

domingo, 12 de octubre de 2014

Vientos de Machigua

DIEZMO DE PALABRAS
Sol del Bajío, domingo 12 de octubre, 2014
Fundador: Herminio Martínez
Coordinador: Julio Edgar Méndez




Vientos de Machigua
Por: Enrique R. Soriano Valencia
En las últimas semanas, en Cañada de Caracheo el clima alterna entre fuertes vientos y lluvia. Los aires parecerían partir de aquel rinconcito de Cortazar hasta el centro de Celaya, para después dirigirse hacia el fraccionamiento Praderas de la Hacienda. Ningún escondrijo dejan sin barrer estas extrañas corrientes en su trayecto. Se arremolinan en cada rincón a su paso, escudriñan, entran por ventanas y salen por rendijas y al poco emprenden el regreso a Cañada de Caracheo. Ahí cesan y… entonces empieza la intensa lluvia. Cuando ésta ha encharcado abundantemente la región, reaparece la brisa. Más que un fenómeno climático parecería un espíritu en busca de algo; y ante su ausencia, se pusiera a llorar, larga y pesadamente.
El fenómeno se inició a los pocos días de que Celaya perdió a su cronista. Los acontecimientos diarios del rincón del país donde la fuerza está en la dulzura han perdido quien los registre en la cronología de una región. Quizá llegue a ser este un periodo oscuro, perdido, si no encuentran esos aires la pluma que les daba sentido. Son las corrientes de un lugar mítico que le dio vida el genio de un talento forjado en las entrañas de la tierra guanajuatense. Son los vientos de Machigua que han extraviado a don Herminio Martínez. Son los aires que extrañan los poemas, las historias largas y cortas, los relatos con tintes históricos, las palabras dichas con erudición.
Conocí personalmente al Maestro poco tiempo de que fuera derribado en una primera ocasión por el Dragón –como él definía a su enfermedad–. Me recibió en la Casa del Cronista, en el centro de Celaya. Afable, me habló del Diezmo de palabras, el taller que encabezaba. Me describió el talento de cada integrante, me narró el gran potencial de las plumas que en ese momento asistían a su encuentro semanal. También incluyó a muchos que habían dejado de asistir. Pero describió a cada uno con amorosos términos. Daba gusto escuchar a un maestro hablar así de sus orientados.
Las pocas ocasiones que tuve la oportunidad de verle en el Diezmo de palabras, después de su primera operación, siempre tuvo la deferencia de ilustrarme con la historia de algunas palabras. A sabiendas de mi debilidad por el idioma y como correspondiente de la Academia Mexicana de la Lengua, me hechizó con sesudos análisis de voces de uso común. Con su amena charla, me dio material para reflexionar y publicar algunas Chispitas de lenguaje. Sus intervenciones al término de las exposiciones de quienes llevaban textos, no solo hacían el trabajo de corrección –propio de un taller–, sino que además contextualizaban el tema, la construcción y los vocablos.
Eso describe su generosidad. Esa cualidad es lugar común en quienes escriben sobre Herminio Martínez, no porque se trate de alabarle por el hecho de su ausencia –muy temprana para quien todavía tenía mucha tinta en su pluma–, sino porque le caracterizó esa voluntad de dar a los demás algo de su talento. Don Herminio a lo largo de los años del taller dejó innumerables conceptos, ideas, construcciones y sentidos en muchos que han pasado por el Diezmo de palabras.
Era apasionado de la poesía, quizá el género que más le apasionaba. Sus ojos con pliegues tristes, brillaban cuando alguno de sus pupilos armaba una ingeniosa composición. En las reuniones del taller, que gustaba de terminar leyendo alguna de sus poesías, el ritmo le era muy propio. La habilidad para la sílaba poética iba de su mano. La metáfora esa su recurso favorito y asumía con reserva la hipérbole. Es decir, gustaba más del ingenio que de la ampulosidad; de la astucia en la construcción que de los adjetivos por el simple malabar de la palabra.
La primera de las operaciones le provocó problemas de motricidad que su voluntad buscó superar. A los del taller nos pedía que jamás abrazáramos la derrota, que las eventualidades o situaciones contrarias, siempre deben templar las voluntades. A pesar de su afectación, buscaba a marchas forzadas recuperar los pasos físicos.
Sin embargo, su lucidez se mantuvo intacta; sus habilidades literarias no sufrieron en lo más mínimo. Ello da muestra de la estructura de su mente. De Lord Byron, el gran poeta inglés, se descubrió posterior a su fallecimiento que solo la mitad de su cerebro estaba en funciones. La otra estaba deshecha por el Alzheimer. No obstante, nunca nadie notó el mínimo problema en su conducta. Eso, para los médicos, manifiesta la riqueza de sus conexiones cerebrales. En don Herminio la lucidez también lo puso de manifiesto.
Vino entonces la segunda arremetida. Desde entonces no lo volví a ver. Mis actividades laborales me retuvieron. Gracias a los amigos comunes conocí de su evolución. Nuevamente su voluntad se impuso y a pesar de una segunda operación, regresó al taller de literatura. Pero el Dragón no había sido derrotado, por desgracia.
Al tiempo ya no pudo recuperarse de una tercera intervención para extirpar el cáncer…
Como la última de las instrucciones de Sócrates, a los discípulos corresponde multiplicar la semilla que sembró en el corazón de cada participante del Diezmo de palabras. Cada uno se lleva a sus cuestas, multiplicar su legado.
Quizá así el viento y la lluvia que frecuentan Machigua, el mítico Rincón de Caracheo, la legendaria tierra de un Guanajuato rico en imaginación, encuentre serenidad. Las plumas de sus pupilos no dejarán extraviar la sapiencia y humanidad hechos poema.

**** Enrique R. Soriano Valencia es periodista de profesión y licenciado en Ciencias de la educación. Se inició como reportero para la Gaceta de la UNAM para los juegos Panamericanos en México en 1978 y de la revista para caballeros Su otro yo. Posteriormente, ingresó a la radio, donde  trabajó como reportero, productor y finalmente jefe del noticiero Teletipo de la XEB, la B grande de México. Fue productor, guionista y conductor ocasional del programa México Canta, en Radio México Internacional –estación oficial del Gobierno Mexicano—. Fue director general de Comunicación Social de la Contraloría del estado de Guanajuato. Fue integrante del Consejo Estatal para el Fomento a la Lectura. Ha escrito cuatro libros: una novela inédita; dos manuales –uno de Redacción y Ortografía y otro de Formación de Instructores y una compilación de sus artículos periodísticos en diversos medios impresos, publicado por el Ayuntamiento 2006-2009 de Guanajuato. Desde 2005, todos los jueves, publica la columna Chispitas de lenguaje, primero para el Sol de Bajío y posteriormente para el periódico Correo, los portales electrónicos Zona Franca y Es lo Cotidiano. Asimismo, por el interés del contenido han sido reproducidos en Fundéu (Fundación del Español Urgente, segundo sitio de mayor importancia para el idioma español, y por el Fondo de Cultura Económica. En 2008 obtuvo el Premio Estatal de Administración Pública por el Manual de Estilo para la Redacción de Informes de Gobierno y en 2009 obtuvo el Premio Estatal de Periodismo, en la modalidad de Cultura, por su columna periodística. Es comentarista radiofónico en Corporación Celaya, estaciones El y Ella, Radio Lobo, La Pachanga y para el noticiario Así sucede.
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UN MARIDO FIEL
Herminio Martínez

Y bien, ya que hablamos de esto, por mi parte la única vez que estuve a punto de serle infiel a Norma, me llevé un gran susto. Volvía yo de una de mis frecuentes caminatas por las colinas a donde –de recién casados- solía salir a despejarme un poco la cabeza, cuando por un senderillo de casuarinas y nopales apareció una joven. Veinte o dieciocho años, cuerpo hermoso, la mirada ardiente, manos ávidas, nerviosa lengua en punta como una cola de alacrán. Algo decía con la mirada; mi pensamiento respondió y, dócil, la seguí hacia unos prados en los que florecían los mirasoles y había hojas tiernas, pero también espinas, rocas y unas fragancias misteriosas, que, casi sin darme cuenta, me perturbaron los sentidos.
Ella me contemplaba, riendo y su actitud traía hasta mí un mar de limpia música. Yo no entendía por qué. Hasta que, quitándose la ropa, me atrajo hacia su piel, toda cubierta de una pelusa gris, en el preciso instante en que a sus manos les crecían las uñas y una cola de lobo se le movía en la espalda, agitándola, mientras en cuatro ágiles patas corría a mi alrededor, gruñendo, olfateándome, dando saltitos como la gata o la perrilla a la que se le ofrece un trozo de hígado.
-¡Ave maría Purísima! –exclamé- ¿Qué está pasando? ¿En qué animal se ha convertido?
Y cogí un palo. Pero la fea criatura continuaba rodeándome, ansiosa, a punto de saltar sobre mi boca, seguramente para darme un beso, morder mi cuello,  romperme la camisa, el pantalón, hacerme suyo.
-¡Tiene que ser el diablo! –continué-. Voy a rezar un Padrenuestro y a partir la vara en dos para formar la cruz.
Y sí, en cuanto la puse ante sus ojos, tras un hondo chillido reculó  asustadiza, mirándome el estómago y desapareció entre los peñascos.
En tanta confusión, no le conté nada a mi esposa ni anduve con la curiosidad de conocer más del asunto, porque mi pensamiento era otro:
-¡Ni loco regreso a esa colina! –murmuraba-. No volveré a caminar por la barranca.
Hasta que, por casualidad, un día, al salir del mercado, encontré a uno de los señores con los que ocasionalmente conversaba al bajar del cerro. Al recordarme, sin más se puso a platicar la historia de varios adolescentes muertos aquél mismo año y en las mismas laderas a las que yo subía.
-¡Qué bueno que a usted no le tocó! Estaban destrozados. Sin ojos, sin entrañas, sin sus partes íntimas.
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VESTIDA DE TUL
Julio Edgar Méndez

Era la muerte vestida de tul. Así la describió mi tío, el hermano de mi mamá que siempre tenía historias que contar. La bella mujer usaba una falda de organdí blanco. Flotaba movida por el roce del aliento de la luna, que cada noche la seguía en su órbita alrededor del miedo de los noctámbulos, hasta ser arrojados por las puertas de las cantinas y cabarets de arrabal que frecuentaba el tío Chucho. El más famoso en aquellos tiempos era “Las Glorias de Pompeya”.
-Un  día se te va a aparecer la llorona o el caballo del diablo por andar de borracho y a deshoras de Dios. Le decía mi abuela todos los días.
Esta cantaleta la tenía pegada al oído mi tío y aunque nomás se reía, la verdad es que no dejaba de sentir un poco de miedo. Pero al tío le ganaban más las ganas de tomar su pulquito, que el miedo a la llorona. En aquella pulquería de barriada, todos eran cuates, todos eran compadres.
-¿Y de veras, compadre, nunca se le ha aparecido la pelona? (Y no era albur, porque en aquellos tiempos no era tan común la picaresca como ahora). Así hablaba el gordo parroquiano al que todos le contaban historias, porque era el único que medio las entendía mientras babeaba y miraba con ojos bizcos al tío Chucho.
-Pues no, compadre -respondía mi tío, mientras soltaba un buen eructo pulqueril- y la mera verdad ni quiero, yo no sé por qué mi mamá se la pasa diciéndome esas cosas, hay veces que siento como que alguien me sigue, volteo de volada y no hay nadie. No crea compadre, de tanto escuchar la cantaleta de mi mamá ya mejor me recojo más temprano, por si las moscas.
Aquella noche inolvidable, comenzó a dos cuadras de la pulquería. Mi tío se encasquetó su tejana de fieltro gris y con el paso característico de los borrachines, que creen pasar desapercibidos, cambió su ruta por primera vez en seis años. Iba en pos de su destino. Lo primero que le llamó la atención, recordaría después, fue el sonido uniforme y sensual de los tacones de unas zapatillas. El suelo sin banquetas, que era parte piedras, parte tierra y parte cagadas de mulas y caballos. No era precisamente parejo como para andar con tacón alto y menos caminando con tanta precisión. Pero el tío, al ver el par de piernas que coronaban aquellas zapatillas y con media estocada de más de tres litros de pulque gorgoreando en su organismo, ni siquiera se puso a reparar en ese detalle. Siguió a aquella mujer de larga cabellera rubia que ondeaba a cada paso, como las velas de una nave en el mar tranquilo. El chal de seda caía delicadamente sobre los hombros de la rubia, ora le parecía azul profundo, ora dorado y ora todo invitación a seguirla. Mi tío no se percataba de que atrás quedaban las mal iluminadas calles con sus farolas de luz pobre y que poco a poco se adentraban en San Bartolo, el arrabal más miserable por la salida a Santa Julia, rumbo al panteón municipal. La mujer seguía su paso de cisne embrujador, mientras que el pobre tío Chucho no hacía otra cosa que fijar su vista en las caderas y la breve cintura que en vaivén pendular lo hipnotizaban. Ahí iba el tío, todo turulato después de dejar la razón y la lógica entre los meados desbordantes del canalito pegado a la barra de las “Glorias de Pompeya”.
-Oiga mi alma, ¿por qué tan solita y a estas horas tan oscuras? -soltó el tío como un balazo. La mujer no contestó, pero se detuvo en seco-. No’mbre mi alma, si cuando Dios da, da a manos llenas -dijo mi tío todo entusiasmado. No se había dado cuenta de que aquí y allá se veía una que otra cruz, una que otra lápida-. Mire, chula, no le hagamos al engabanado. Usted dígame cuánto y ya le vamos poniendo.
La mujer soltó una risotada y en ese momento, se volteó de frente a mi tío, que ya casi le ponía las manos encima. Los pocos y canosos pelos de mi tío Chucho se le erizaron como resortes, mientras que sus ojos desorbitados contemplaban a la mujer. ¡Era la muerte misma! Ojos descarnados, rostro de calavera sin dientes, un hoyo insondable en donde debiera estar la nariz y un aliento para derrumbar las ansias del más lujurioso. ¿Piensan ustedes que mi tío se desmayó, se echó a correr y a gritar como desaforado? Pues sí, pero no sin antes haberle puesto una tremenda madriza a la muerte, quien le había cortado la borrachera y las ilusiones donjuanescas. La agarró a golpes y patadas mientras le mentaba la madre mil veces. Lo último que recuerda mi tío Chucho de esa noche infernal, es que salía corriendo del panteón gritando a todo pulmón cuando una luz cegadora le pegó entre sien y sien y miles de estrellas lo hundieron en la nada.

El hecho se siguió comentando durante muchos meses posteriores, a raíz de la nota periodística sobre un tipo que fue encontrado sin sentido, afuera del panteón municipal, con tremendo chichón en el rostro, tirado frente al único postecito de luz junto a la puerta. Dentro del cementerio, el pobre anciano velador (a quien le gustaba usar chal de mujer) fue encontrado todo golpeado, como santocristo, junto a la tumba de mi bisabuela. Que en paz descanse.

sábado, 4 de octubre de 2014

PARA HERMINIO

DIEZMO DE PALABRAS
Fundador: Herminio Martínez



PARA HERMINIO

Héctor Ortega

Herminio leyó mi cuento después de tener meses de no asistir al taller Diezmo de Palabras y me dijo que le gustaría publicarlo, que se lo llevara en un archivo electrónico. Me pareció un buen gesto de su parte porque me hubiera parecido justo que no lo publicara después de mi injustificada ausencia. Un par de semanas después de esa reunión, supe que Herminio estaba enfermo. Recordé entonces la primera vez que platiqué con él, muy poco con precisión, no soy de buena memoria. Me sorprendió mucho que conociera a buena parte de mi familia. Me preguntó muy amable sobre mi profesión y le contesté mecánicamente mientras veía la foto de él con Rulfo. Herminio supo que la veía y me preguntó si me gustaba Juan Rulfo, le dije que sí con una actitud sobresaltada, como diciendo “a-quién-no”, y Herminio, con una autoridad casi paternal, me aseguró: “porque no a todos los lectores les gusta. Es normal, la literatura es un arte y el arte, aunque así parezca, no es una monedita de oro”. Y luego me platicó una anécdota de su infancia en Cañada de Caracheo. Él era de ahí, y de Cortazar, pero también de Celaya y Guanajuato y de todas partes; era una de esas personas con una ubicuidad etérea, la que es común entre los escritores de esa generación: rompen las redes muy temprano y escapan gracias a palabras y puntuaciones, conviven de cerca con un mundo que convierten en caminos pedregosos pasados por pies y lluvias, los convierten en pergaminos y hojas en blanco donde escribir, y donde caben todas las personas que ellos conocen, que conocen a los demás y que conocen a uno. Era una persona que bien pudo haber vivido en el siglo diecinueve y conocer a fondo todas las personas, todas las cosas y todas las historias. Le dije que me gustaba mucho su libro  “La Jaula del Tordo”, completo, pero sobre todo el cuento de “El Fantasma”. Sonrió diciendo un sí alargado y cansado y de inmediato brincó a otra conversación; era muy típico de él, supongo que ese tipo de conversaciones eran recurrentes en su vida. Esa ocasión le pregunté qué necesitaba para ser parte de su taller literario, me respondió que nada, que llevara un escrito, copias para compartir y si quería, unas galletas para el café. Era fácil adivinar que era un escritor, tenía esa paz, ese encanto, tenía tropos para toda ocasión.
Asistí al taller durante unos meses, escuché a compañeros leer escritos inolvidables, escuché a Herminio explicarnos cosas gramaticales, sugerencias, opiniones sobre lo leído, recomendaciones de lecturas, y alguna vez leyó “El Fantasma”. Puedo decir que soy uno de esos afortunados que escucharon de viva voz, en la misma mesa, a un autor leer parte de su obra; lo que puede no ser raro en otras partes, al menos lo es en este lugar. Desconozco si por desatinos no me fue posible hacerle llegar una narración inspirada en sus escritos, una de mi infancia con mis amigos en Valle de Santiago, cerca del campo, los caminos, los mares dorados de la cebada mecida en oleajes de viento. Y es que leer a Herminio Martínez es siempre una experiencia enriquecedora, llena de mexicanidades, de lugares habitados por añoranzas, aparecidos, copal, bosques y llanos, veladoras y palabras, almas filiales, sabores y tierra que se comparte entre la gente, esa que llamamos así, pero que son nuestra familia, nuestros allegados y amigos, quienes hacen que ese paisaje, que se quedó inmutable desde generaciones atrás, se convierta en un legado. Hoy Herminio es un escritor a quien debemos que muchos tengamos un profundo respeto a la literatura, al acto aparentemente simple de leer y escribir, a ese sacerdocio.
Escuché atento todos sus consejos y entusiasmos. Fue el primer (y único) escritor que se tomó el tiempo para perderlo leyendo algunos de mis escritos. Se tomó la molestia de publicarme presentándome como escritor junto a compañeros que se puede decir que sí lo son. En una de las recientes ocasiones que le visité, me dijo con voz muy bajita: "Esto es muy difícil Héctor, esto no se puede llevar a cuestas y decir que vives". No regresé a visitarlo. No sé si no quise agobiarlo. No sé. Supe de su fallecimiento gracias a una buena amiga, y yo no estaba en la ciudad y en fin, estas cosas siempre se entienden como ingratitud; si un recurso me queda para decir que no es así, es haciendo este pequeño reconocimiento para él. El artesano que labra palabras, que construye una vida incierta predicando la literatura, un profeta que anuncia dichas y refugios, el testigo de un paraíso, e invita a todos a que lo vean con sus propios ojos, aunque como todo profeta sea casi siempre ignorado. En verdad lamento mucho la pérdida del maestro Herminio sin más qué decir que no sea un agradecimiento. Espero que su familia, sus amigos, sus fieles pupilos y quienes lo conocieron cercanamente encuentren pronto resignación. Entiendo: perder a un escritor, a un artista y amigo, es siempre una desgracia, pero de otro modo, también la vida tiene un último gesto con ellos y parece ser que en agradecimiento les da la inmortalidad. Ellos la merecen. Descanse en paz el maestro Herminio.

***Héctor Ortega, es abogado de profesión, profesor de educación media y coordinador escolar en una institución educativa. Nació en la ciudad de Irapuato, Guanajuato y estudió la carrera de Ciencias de la Comunicación en La Universidad del Valle de México en Querétaro. Estudió teatro con el maestro Rodolfo Obregón en la Compañía Universitaria de Repertorio. Ha impartido talleres de teatro, actuación y de lectura. Actualmente está dedicado a la elaboración de guiones para cortos cinematográficos.

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EL FANTASMA

Herminio Martínez

Primero te vi deslizarte por la humedad del muro hacia la costra de casi un siglo de polvo acumulado. Después ir al sofá, que crujió bajo el peso del ámbito profundo y antiguo de la estancia, y desde allí examinarme, medirme, junto a las rosas recién traídas del jardín de mis sueños.
            Te vi tan nítida en tu hermosura, que distabas mucho de ser el simple retrato de un fantasma, o una imagen enrarecida de la muerte.
            –Buenas noches –murmuré, pero no encendí la luz para seguir mirándote con tu camisa verde y aquel cabello largo que era una catarata de fulgores. “Boca arriba estás hecha de miel. Boca abajo de jazmines y rosas”. Te dije. O creo que te dije.
            –Buenas noches –respondiste, desde una nube anaranjada.
            –¿Cómo llegaste aquí? –te pregunté, arrebujándome en mi frío glacial, pero deseoso de que me atrajeras a tu pecho.
            –Soy un fantasma. Recuérdalo –respondiste serena.
            –¡Eres una criatura! –exclamé-. Una niña preciosa que no debería de estar a estas horas en la recámara de un muerto.
            –¿Y por qué no? –manifestaste, dirigiéndote hacia las rosas que estaban sobre el mueble.
            –Son veinticuatro, cuéntalas. Yo mismo las corté esta tarde –hablé sin levantarme.
            Yo también las quise mucho –suspiraste-. Mi papá podaba los rosales en diciembre, y ya para marzo, como era natural, nos visitaban los primeros ángeles a disputarse su olor con los insectos... –las oliste.
            –¿De qué hablábamos? –murmuré, teniéndote casi al alcance de mi respiración.
            –De mi papá, hombre. Se habrá hecho viejo sin haber probado siquiera los nísperos que un quince de abril sembró junto a los rosales, a la hora de mayor bochorno... Mi mamá se lo advirtió: “Espérate, ansioso, mañana los siembras; el amanecer es el mejor abono para las semillas de frutales”.
            Te vi buscarme en la luna circular del espejo, entre la imagen de las rosas y las rosas reales, que, según tú, tampoco eran de verdad.
            –Acá estoy –pronuncié.
            –¿Dónde? –insististe, con una voz que te salió desmenuzada como una brisa de lamentos.
            –Acá, donde ahora mismo voy a estornudar –y estornudé para que me vieras.
            –Hoy, desde que pensé en ti, antes de llegar al zaguán de la calle, me di a la tarea de recordar el lugar donde nos conocimos. Sólo que no doy con él –dijiste.
            –Fue en un autobús, viajando hacia tu tierra.
            –No recuerdo si me llamo Adela o Siempreviva... –te quejaste.
            –Te llamas El Fantasma –aclaré, sintiendo reventárseme los cordones de la sangre en sus apreturas de más allá del corazón.
            –¡Con razón! –expusiste.
            –¿Con razón qué? –te dije a punto de ponerme de pie.
            –¡Con razón no me acordaba! –sonreíste desde el espejo-. Imagínate, hasta llegué a creer que era una reina recorriendo el mundo con dos muletas de marfil.
            –Así es la soledad. Anoche estuvo aquí mi sobrina Ceci, la que se murió un año antes de que tú y yo nos conociéramos. ¿Alguna vez te conté cómo al morir se le reventó el estómago y cómo le sacaron dos cubetas de líquidos negros, que su mamá mandó tirar al arroyo de Roderico Sámano?
            –No, jamás me contaste... –te escuché murmurar.
            “No llores, hija –le hablé-. ¿Por qué estás tan triste?”. “Es que pensaba ir a ver a mi mamá; pero la pobre está tan flaca, que si me le aparezco a lo mejor se muere del susto y luego quién atiende a mis hermanos. Ya ve cuántos fuimos...” Suspiró. “Es cierto –le respondí-. Se la comió tu mal”.
            –Hubieras visto qué bien se veía con su túnica resplandeciente, ya con el estómago desinflamado. Me acuerdo cuando le brotó la primera pelotita en el cuello, y de la rapidez con que en seguida se le empedraron de chícharos los brazos y el tórax. Al último, todo su cuerpo estaba invadido por esas raíces ciegas que avanzan por la oscuridad de la carne, comiéndose la vida. Parecía una maceta apelmazada de tubérculos. “De cualquier manera –agregó- pienso darme una vueltecita por la casa, tío. A ver cómo le hago-. Ahí si mi mamá un día le cuenta que alguien viene de noche a mordisquear las varas de sus nardos, ya sabe quién es, de quién se trata.”
            –Qué hermosa estaba. Igual que tú. Y cuánto alumbraba este aposento. Te lo digo yo que le conocí su enfermedad desde el principio. Yo que le vi crecer esos cangrejos que pudren cualquier sangre y no se mueren ni con la ley de Dios.
            –Mmmm –hiciste, con un desgarrón en la tristeza.
            –¿Y la sombrilla? ¿En qué época la dejaste? –te volví a preguntar, únicamente para que no te fueras a ir de mi plática.
            –La guardé en el viento. Uno sabe cómo moja allá afuera la lluvia con su confeti de luceros –respondiste.
            –¡Mira nada más cómo vienes! –me puse de pie.
            –¿Cómo? –ni siquiera te sorprendiste.
            –Igual que yo, sólo que con una mariposa en el cabello. O como Laurie Lane, la loca que se fugó del cielo para pintarme un niño triste que me sonríe desde el enorme desgarrón del llanto, pensando en mí.
            –¡Oh, Dios! –pronunciaste, magnífica. Pero yo te arrullé:
            –Bajo la piel del aire cuántas cosas se escuchan. Se oye tu voz de menta. Tu campana bucal. Tu fantasma colgado del hilo de un murmullo...
            –Algo ocurre allá afuera –dijiste-, ¿o será que desde hace mucho tiempo llovizna sobre el mundo?
            –Cualquiera puede verlos –te respondí-, son nuevamente los guardianes del orden público.
            –¡Estúpidos! –exclamaste-, ¡Siempre molestando a los jóvenes que se reúnen ahí a cantar! ¡Son horribles!
            –¿Los ángeles? –me sorprendí.
            –Los simios –sonreíste-. Sigue cayendo el agua. Y hoy es domingo, el día más ancho para volar. Ya tengo a todos los girasoles de mi parte. Ellos nos ayudarán a encontrar el camino del cielo.
            No supe más de ti ni de mí, porque tu cara era una emanación de fruta iluminándome.
            –Alguien llora –agregaste.
            –Es un niño... –apenas si comenté-. Se habrá perdido en el resplandor de los duraznos, o quizá anda buscando salamandras en los bosques de julio. Quizá sea el hijo que Laurie Lane tuvo conmigo, al que dibujó en un desgarrón de la tristeza.
            Ahora llueve, igual que esa noche en que te preguntaba que si eras Laurie Lane, la loca que se fugó del cielo, y tú decías que no, que eras un ave embrujada por la pianola de la lluvia, que ni Laurie Lane, ni Carmen Caracol, ni Yolanda Franco Álvarez, sólo una hoja pequeña de eucalipto.
            –Arrópame en las yedras de tu aliento –te pedí-. ¿Cómo había de olvidar tus dientes de azucena? ¿Cómo el botón de rosa de tu ombligo?
            Y desapareciste.

***El Fantasma fue publicado en el libro LA JAULA DEL TORDO de Editorial Lectorum con los comentarios de Juan Rulfo, Edmundo Valadés y Poli Délano. Prólogo de Vicente Francisco Torres.

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Herminio Martínez es hombre de palabra. Poeta y narrador de los buenos... En La jaula del tordo, además de las cualidades semánticas, destaca la riqueza genuina de sus figuras literarias. Es un lenguaje original, cortado a tajos de pasión. Si los verbos son vibrantes, los sustantivos tienen vigorosas raíces de emoción, llegando a la creación de los más amplios horizontes en el lenguaje. Esta maravillosa escritura es un alto en la duda; un principio de verdad redescubierta por un cálido intelecto. Leerlo es comprometer al espíritu a que camine por el mundo a paso de hombre. Por este mundo en el que tantos y tantos seres humanos se mueven, se deslizan vacíos de lo bello.
Juan Rulfo

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La sabiduría popular y los caracteres retratados son lo que más destaca en esta obra de narraciones indispensables para conocer a fondo las maneras de vivir y pensar de personajes de nuestra provincia. La veracidad no se ve distorsionada por la fantasía del autor, sino por el contrario, se siente enriquecida y amplificada por la belleza y misterio de un estilo que a cada paso y a cada palabra nos sorprende. La jaula del tordo es un libro que nació para quedarse. Su escritura no es una de tantas; es un clásico vivo en un universo de creaciones muertas.
Edmundo Valadés

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Herminio Martínez es un conversador con el que se puede estar muchas horas sin sentir muy intensamente el paso del tiempo. También debemos decir que es un conocedor profundo –casi un fanático– de su estado de Guanajuato, de sus tradiciones, su geografía y, sobre todo, de sus historias y rarezas, las que a menudo incorpora como condimento central en la literatura que de unos años a esta parte viene produciendo.

Poli Délano

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