sábado, 23 de agosto de 2014

MI ÚLTIMO POEMA, Herminio Martínez. Sol del Bajío 24 de agosto 2014


MI ÚLTIMO POEMA

En la guerra de la vida
tarde o temprano ganamos o perdemos la última batalla,
después todo es silencio,
amaneceres tristes,
atardeceres desolados,
y acaso una mujer sentada llorando entre las flores.
Han dicho los doctores que en dos o tres años rodará
esta cabeza a los pies del enemigo poderoso,
mientras tanto, aquí estoy, de sol a sol luchando.
Herminio Martínez
13 de marzo 1949 – 17 de agosto 2014


PRESAGIO

Me moriré en silencio, como las hojas
en medio de verano sin ventarrones;
se morirán conmigo mis ilusiones
en el preciso instante de las congojas.
Se romperá el hilito que me sostiene
incorporado al árbol de la existencia,
y en un destello breve de trascendencia
saludaré a la muerte porque ya viene.
Eso será una tarde y en lejanía
muy distante de aquéllos que me han querido,
como soy candidato para el olvido
una callada muerte será la mía.
Y no tendrán sollozos mis funerales
ni escucharé el responso de los luceros;
sólo mis tenues pasos por los senderos
y un apacible viento por los trigales.

Amé, sufrí, gocé, sentí el divino
soplo de la ilusión y la locura;
tuve una antorcha, me la apagó el destino
y me senté a llorar mi desventura
a la sombra de un árbol del camino

Herminio Martínez

+++++++++++++++++++++

A HERMINIO, AMIGO Y MAESTRO

            Se me ha otorgado el honor de escribir algo acerca de mi maestro, Herminio Martínez. Hay mucho que decir acerca de su obra, pero sobre todo mucho que decir acerca de él como persona.
            Herminio es un gran escritor, pero también era un gran lector. Profesor y maestro, fue guía, luz, manantial, amigo entrañable y forjador de lectores y aspirantes a escritores. Bajo sus enseñanzas se formaron profesionistas, poetas, narradores, muchos hombres y mujeres de bien. Herminio ha sido columna y trabe en este templo de enseñanzas donde nos hemos reunido cada semana, desde hace varios lustros, a beber de su fuente. Pero fue también buen esposo, buen padre, abuelo orgulloso, viajero incansable, narrador extraordinario con una memoria prodigiosa y una voz plena de matices, se podía escuchar al maestro sin sentir el paso del tiempo, con esa palabra siempre rica en expresiones lingüísticas, metáforas navegantes y buen humor. Mientras que personas más jóvenes recordábamos alguna frase o verso de cierto poema, Herminio lo podía recitar completo y con los matices adecuados a la intención original.
            Las intervenciones quirúrgicas lo postraron en lo físico, pero nunca en el ánimo; una mañana en que revisábamos la colaboración dominical para El Sol del Bajío, me dijo: “estoy consciente de que todos somos parte de Dios y algún día nos fundiremos a su luz como se funde el relámpago en la oscuridad o como se funde la última estrella del amanecer en la pupila de quien tiene la fortuna de mirarla. Yo siempre he sido un observador de las estrellas y desde niño, en las alturas del Culiacán, cuando yo sembraba tierras de temporal me imaginaba que Dios escribía mi nombre con estrellas en las profundidades de la Vía Láctea. He escrito y publicado muchos libros y he sido pionero de la nueva novela histórica mexicana lo cual me llena de satisfacción por haber sembrado en la literatura de México algo de lo más bello que puede tener el hombre”.
            Herminio decía acerca de su trabajo literario: “Lector asiduo, al poeta (ése de quien hablo) los libros lo incitan a crecer corriendo de cara a los crepúsculos. Sabe que el silencio es el ruido de las personas que trabajan. Se yergue, como el espantapájaros, en medio de una cultura corrompida, odiando todo aquello que los fundamentalistas tienen por verdad.
            “Asume el compromiso social no como una fuga al mundo esporádico de la fantasía sino como un modo de ser saludable frente a la rebeldía, cortando flores sobre los problemas fundamentales de la existencia humana, y sobre la gama de empleos y desempleos con que el poder adorna sus discursos. La ignorancia se aprende, dice, la ingenuidad se olvida. Recuerda que la palabra, en el pensamiento quevediano, ha de utilizarse como si fuera papel moneda, es decir, pesándola en oro, no en metal bajo. Y que la fatuidad es la respiración de la gente pequeña; y que la sencillez es la verdadera manifestación de la inteligencia. Entiende que no es de las hojas de la salvia la culpa de matar a quien las come, sino del sapo que las envenena; y que las espigas llenas se inclinan mientras las vacías se levantan”.

            Los siguientes domingos estaremos publicando parte del trabajo del maestro, como un pequeño homenaje al gran escritor que fue y seguirá siendo.
            Herminio Martínez, Cronista de la ciudad de Celaya; maestro, poeta, narrador, investigador de la historia, escritor y amigo, admiramos su dedicación, su esfuerzo y su valor. Hoy y aquí, pero como parte de un tiempo imperecedero que todos juntos formamos y el Diezmo de Palabras,  como anfitrión del universo literario donde usted ya tiene su estrella asignada, le damos las gracias.
Gracias, Maestro.

Julio Edgar Méndez


EL GESTO Y LA ESPINA

Herminio Martínez

Hoy amanecí sin ganas de vivir
y sin embargo me he puesto la camisa,
los pies, estos zapatos,
cada golpe en su sitio,
un gesto y esta espina
con la que a diario, de sien a sien,
 al pobre Dios la eternidad le cae de punta al alma.

Hoy amanecí sin ganas de vivir
y sin embargo
me aguanto las ganas de morirme,
me he puesto ya la luna
para que el ángel de la guarda se entretenga
mientras termina mi estirón,
todos los hilos de la espalda
para no perder ninguno de mis pasos.

Hoy amanecí sin ganas de vivir
y sin embargo me puse los defectos
para que la perfección no obstruya mis caminos.
Y los brazos, por si alguno de tantos
me considera digno de una amputación.

Me he puesto una sonrisa de perfil,
la angustia hecha jirones,
el bostezo para la boca del Poniente,
la indiferencia, por si la muerte me saluda,
los sentidos por ambos lados,
el huevo sentado en su amarillo
para la hora del almuerzo,
el humo en su columna vertebral,
la altura de quien vendrá después de mí,
el mundo a lo ancho de la gente,
el sudor que ha de techarme al rato la cabeza,
el ritmo, por si alguna música transita por mi cuerpo
y la luz por si a este domingo
lo roe alguna nube oscura.

Hoy amanecí sin ganas de vivir
y sin embargo me pongo este crepúsculo
que, haciéndose el dormido,
me anuncia un flaco atardecer
con tres gotas de lluvia.
La senectud,
para que, como todas las mañanas,
se arquee en mí
la pálida y salitrosa idea de la muerte,
la simpatía, por si el amor de alguno
me convierte en monedita de oro,
la misericordia,
para cuando me encuentre con mi prójimo,
la amargura echada al hombro
como un alado cuervo,
la locura,
por si alguna camisa de fuerza viene a mí
y un sentimiento de buen tamaño
para que a la hora de repartir el pan
mis comensales se vuelvan melodiosos.

Me pongo la palabra gallina
por si más tarde he de poner el verbo.
Un aire lácteo con sabor a madre,
el desconsuelo tallado por la voz
que tanto lo menciona,
el abrazo que ha de escarbar en cualquier pecho;
este modo de ser,
encharcado de luces con los ojos tristes.

Me pongo el rayo ya sin  trueno.
A mí también, Señor,
la eternidad me cae de punta al alma..

Me pego a la humedad
con el agua cansada de una lágrima.
El tamaño de la inminencia hecha de polvo,
para que el morado yugular del hambre
cada minuto en mí siga cantando.

Quebrado en gritos me pongo mi silencio,
me pongo la esperanza
ahora que el espíritu se apea
y cede a los contrarios;
ahora que el rencor saborea,
chupándose los dientes, sus victorias,
asomado al desfiladero de los nervios,
sobándose el criadero de los muslos
que cada día hacen más fuerte el sufrimiento
 aquí en la intimidad,
con un obispo en cada estrella,
pero sin la menor intención de ser amables.

Me gustaría comer algo
pero me temo que lo único que hay en casa es esta luz,
el día sentado en la mañana, esperándome,
su aire de lástima huele a desventura,
hace mucho las lluvias le deslavaron
el emblemático sabor a pan.

Hoy amanecí sin ganas de vivir
y sin embargo me abrocho la conciencia;
me estaba atornillando el ánimo,
el aliento como una lámina de penas
que pasa por los techos, golpeándose,
despedazándose en coros de chicotazos
y de perros.

Me he puesto ya la vida
sujeta a cada una de sus puntas,
el lado oscuro que tanto me entristece,
la esperanza en los hombros,
la fe como una estrella
sangrándome en la frente,
el pantalón de polvo, viejo como el olor
de aquel talco con el que, a mi mamá,
los ojos -cuando hacen agua- la recuerdan.
Me he puesto el tiempo
y estas orejas desoladas,
el ceño de quien captura órbitas,
mi figura de hueso,
el andar a media habla,
las encías con su ropaje blanco
y mucho frío en la dentición.

Hoy amanecí sin ganas de vivir
y sin embargo corro
hacia donde todos los días la muerte nos sonríe
y nos agarra de la tos,
y nos remuele como el tiempo a un hombre,
y nos abraza como funcionario público,
la hipócrita.

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ALMA MÍA

Herminio Martínez

La escucho y no la veo,
alma deshilachada nunca hubo otra
como la mía: gota de oscuridad,
lágrima amarga.

No tengo corazón para sentirla,
no tengo tierra ya para guardar su lluvia,
madura, de la piedra brotan siglos,
edades arrugadas, tiempos duros;
navego en el océano donde un grito
partió mi casa en dos, soy la materia
que se consume sola
por no herir de ceguera los rebaños
de caricias que pueblan mis recuerdos.

A veces, extendía la madrugada,
diciéndome: ahí tiene su camino,
debe marcharse ya, lo habla la ausencia,
no busque más en mí lo que está muerto.

Ante usted me hago a un lado
para no revestir el cuerpo en chispas
de esas, que, que como piedras al frotarse,
dejan correr el verbo y arde el mundo.

Esa carta de besos
que en verde y triste historia
le narraría mi vida,
ya no existe
ni en la estrecha cintura del relámpago,
ni en el pecho erigido a mi deseo,
sin embargo, señora, soy silencio
sin lengua, sin rocío,
me abrazo a la ola;
hecho vidrio de sal me arrastro muerto
y como si sufriera, resucito.

¿Quién como yo, resiste tanto polvo?
¿Quién como yo le duele tanto al día
cada vez que se toca los crepúsculos?

Soy una espiga huérfana de otoño,
alguien que se hospedó en el duro viento
que es la resignación hecha al olvido,
las manos derretidas de la lluvia,
el árbol de los hombres sin palabras,
los padres del maíz y mi silencio.

Vengo ya despidiéndome del aire
con un adiós a mano entre dos mundos
sin primavera, sólo ese traje sucio
que es el invierno en su temblor de nieve,
que es el morir en su fulgor sentado.

Dejé plantar por último una cara
que fue la mía cuando nos dimos manos
genitales en piernas y en estómagos,
allí donde crecía una enredadera
de lámparas con hijos en el fuego.

Por usted, alma mía,
vuelve la luz del sol
a nadar en el agua de mis ojos.

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FRACTURADO

Herminio Martínez

Con el rocío de la tristeza yo regaba los años.
En mi corazón también pelearon
esperanzas que ahora reconozco,
mientras la pesadilla reinaba en su aposento.

Entonces temblé como un niño con frío
o igual que un potro
al que le mordiera los corvejones el fracaso.

Hostigada por el presentimiento y la neblina
llegó mi voz a este hoyo de vinagre.

Yo no subí entre resplandores a mi infancia,
sino por lar la desolación, golpeándome
con todas las manos del corazón el pecho.
Mis días andaba rencos donde un dolor se anticipaba
a decirnos a qué sabría el resto del año.
Entonces eché a andar la multitud de mis caminos
entre espinas que me pincharon el espíritu,
pero subí con aquel lastre
y llegué hasta donde la ciudad era un murmullo,
una  hoz para decapitar todo mi aliento,
una conspiración de sed contra el entorno
donde puse de pie tanto suspiro.

Estoy cansado ahora,
a punto de desnucar lo que me queda de vigilia.
No te detengas en el césped
de esta ciudad en la que me hincho
fracturado por todos los que cobran
en la nómina de la nación el sueldo de mis lágrimas.

Estoy cansado,
oyendo esa raíz que roe los cimientos
donde antes dormitaba la humedad.

Echa la cerradura para que puedas escucharme,
el vocabulario es un solo lamento,
arqueándose.  Han apagado ya mi luz,
ya no quemaba aceite su lámpara de poros;
ahora estoy vaciándome

por el canal de esta penumbra.


jueves, 21 de agosto de 2014

Gracias, Maestro.


HERMINIO MARTÍNEZ ORTEGA
13 de marzo 1949 – 17 de agosto 2014


PRESAGIO

Me moriré en silencio, como las hojas
en medio de verano sin ventarrones;
se morirán conmigo mis ilusiones
en el preciso instante de las congojas.
Se romperá el hilito que me sostiene
incorporado al árbol de la existencia,
y en un destello breve de trascendencia
saludaré a la muerte porque ya viene.
Eso será una tarde y en lejanía
muy distante de aquéllos que me han querido,
como soy candidato para el olvido
una callada muerte será la mía.
Y no tendrán sollozos mis funerales
ni escucharé el responso de los luceros;
sólo mis tenues pasos por los senderos
y un apacible viento por los trigales.

Amé, sufrí, gocé, sentí el divino
soplo de la ilusión y la locura;
tuve una antorcha, me la apagó el destino
y me senté a llorar mi desventura

a la sombra de un árbol del camino

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