domingo, 29 de octubre de 2017

FIELES DIFUNTOS


FIELES DIFUNTOS

La muerte es el hecho trascendental que pone fin a la vida; suscita en el hombre reflexiones, temores y cuestionamientos.  Nada está claro sobre lo que ocurre después del último latido.  Lo indiscutible es que se trata del único porvenir seguro de todos los seres humanos.
Los mexicanos tenemos en el Día de Muertos, la ocasión ideal para recordar a esas personas amadas que se fueron, a quienes extrañamos, a quienes nunca morirán, ya que están vivos en nuestro corazón.
Son estas fechas, cuando los panteones están iluminados con veladoras y en los hogares hay altares decorados con papel picado, el marco ideal para que surjan miles de historias de apariciones y fenómenos inexplicables que ocurren en un singular encuentro entre los vivos y quienes aparentemente ya no están.  Por increíbles que resulten, nadie puede asegurar que los relatos no sean ciertos.  Después de todo, la muerte sólo es el inicio de una nueva vida.
            Los compañeros del Taller Diezmo de Palabras, en alusión a la fiesta de los Fieles Difuntos, presentan algunas historias ideales para recordarlas esta noche, cuando se apague la luz.
Javier Mendoza



LA NIÑA DEL TAXI
Javier Mendoza González

¡El día estaba muerto!  Ramón era taxista.  Deambulada por las calles de la ciudad sin mucha suerte.  Ya era tarde, pero no había logrado el pasaje al que estaba acostumbrado.  En eso vio a una niña, quien lloraba a la orilla de la banqueta.  Aparentaba no más de cinco años.  Cargaba con cariño una muñeca algo sucia y maltratada.  Con sus manitas, la chiquilla se limpiaba las lágrimas.
Ramón estacionó el auto frente a la pequeña.  Con el deseo de brindar ayuda bajó del taxi, mientras buscaba con la mirada algún adulto que acompañara a la niña, pero estaba sola.  Para esas horas, la zona ya lucía desolada.  
El taxista se agachó para estar a la altura de la niña.  Ella no dejó de llorar.  Sin saber que pregunta hacer primero, con un tono dulce, Ramón le dijo:
—¿Cómo te llamas?
—Tere –respondió ella, mientras se fundía más a su muñeca.
—Así que eres Teresa.  Yo me llamo Ramón –se presentó antes de continuar—Dime, ¿qué haces aquí tan sola?
—¡Quiero ir con mi mamá! –contestó la niña, para que luego el llanto fuera más fuerte.
—¡No llores! –le suplicó él, dispuesto a ayudar— Si me dices dónde vive, yo te llevo con ella.
Luego de un suspiro que logró controlar las lágrimas, Teresa dio las señas del lugar donde vivía su madre. Ramón conocía la ciudad a la perfección.  De inmediato ubicó el sitio que la niña describió. Sin ningún temor, la pequeña subió al asiento trasero del auto.  En ningún momento se despegó de su muñeca.  Ramón condujo por varios minutos.  Constantemente veía por el espejo a Teresa sentada en el lugar de atrás.  Ella estaba tranquila, aunque no dejó de llorar.  De vez en cuando sollozaba:
—¡Quiero ir con mi mamá!
Luego de algunas cuadras llegaron al domicilio que la niña indicó.  Ramón aún no estacionaba el auto, cuando Teresa se llenó de alegría.  Con el brazo y el dedo extendidos señaló:
—¡Ahí vive mi mamá!
Tan pronto se detuvo la marcha del motor, ella bajó a toda prisa del taxi.  Iba tan feliz, que no dio las gracias.  Sin detener su carrera entró a una casa que tenía la puerta solo emparejada. Ramón sonrió satisfecho, pero al mirar una vez más por el espejo, vio que la pequeña pasajera olvidó su muñeca.  La tomó. Con ella en sus manos tocó a la puerta.  Una mujer, ya muy entrada en años, atendió.  Al ver al hombre con la maltratada muñeca, sin mucha sorpresa lo invitó a pasar. Antes de preguntas y explicaciones, la señora le ofreció atole y buñuelos.  Luego intentó aclarar:
—Son los preferidos de Tere.
—Olvidó a su amiguita en el taxi –dijo Ramón al entregar el preciado juguete de la niña.
Habituada a lo ocurrido, la mujer retomó la palabra:
—Hace años, mi hija jugaba frente a la casa.  De pronto, sin precaución cruzó la calle.  ¡Era una niña!  Un taxi la arrolló.  Llevaba a su muñeca entre las manos.  Desde entonces, cada dos de noviembre, ella encuentra un buen hombre que la trae de regreso a casa.  Yo preparo lo que más le gustaba y lo pongo en la ofrenda de la sala.
Ramón contempló el altar a los difuntos.  En el nivel más alto estaba el retrato de Teresa.
—A la muñeca la acuesto en la cama que fue de mi hija –continuó la mujer—.  A la mañana siguiente ya no está.  El próximo año, mi Tere volverá con todo y su muñeca.  Así será, hasta que estemos juntas en la eternidad.  ¿No se dio cuenta?  Dígame, ¿dónde encontró a la niña?
—En la banqueta… frente al panteón.
Ramón se estremeció. Desde entonces tuvo la precaución de no pasar frente al cementerio, por lo menos el Día de Muertos.



LA TUMBA ABANDONADA
Carlos Javier Aguirre

El señor Juan Zúñiga platicaba que su compadre, J. Concepción Méndez, conocido por todos como el Chinito, fue durante muchos años el camposantero del Panteón Municipal.  Todos los días, una y otra vez, don Concepción recorría el cementerio por sus estrechas calles.  Por ello, conocía los nombres y la ubicación de casi todos los que estaban sepultados ahí.  Había comerciantes, amas de casa, artistas, soldados y prostitutas. Cuando terminaba de hacer sus recorridos, ya el sol estaba en lo alto.  En esos momentos de sosiego tenía la costumbre de tirarse a descansar bajo la sombra de un gran árbol.  Con calma se ponía el sombrero sobre la frente, para que la luz del medio día no le molestara. Platicaba mi compadre, que un día de noviembre del año de mil novecientos cincuenta, el Chinito apenas estaba saboreando su descanso cuando una mano fría lo movió para sacarlo de su sueño:
—¡Señor, señor, despierte! –le dijo un hombre pálido que estaba frente a él.
—¿Qué pasa?
—¡Hágame un favor!  ¿Puede limpiarme una tumba?  Hay tierra y ramas por todos lados.  ¡Está muy abandonada!  Así nadie puede descansar en paz.
—Sí, claro.  ¿Cuál es?
—Acompáñeme.
Luego de dar algunos pasos llegaron a una tumba que, efectivamente, estaba cubierta por follaje seco.  El nombre del difunto ni se veía.
—Es está –dijo el hombre aquel.
El Chinito tomó su machete, quitó la hierba y aflojó la tierra.
Al poco rato se presentó una mujer, quien le preguntó al sepulturero:
—¿Qué está haciendo?
—Un señor que estaba parado aquí me pidió que limpiara este lugar –respondió el Chinito, mientras buscó con la mirada a quien solicitó su ayuda, pero ya no había nadie más alrededor-. ¡Y sí qué lo necesitaba!  ¡La tumba estaba muy abandonada!
—Lo sé, –dijo la mujer con un tono de pena- hace tiempo que no venía a visitarla.  Dígame, ¿cómo era la persona que se lo pidió?
—Alto, flaco, con tirantes y barba de chivo.
—¡No puede ser!  ¡Ese señor era mi papá!  ¡Él es quien está enterrado aquí!



NOCHE DE INSOMNIO
Verónica Salazar García

Ya vienen los difuntos, esos que viven en el panteón.  Es noche de muertos y el sueño se me espantó.  Sólo doy vueltas y vueltas sin dormir.  ¡Tengo miedo!  Ya casi es la hora, según me dijo la abuela en la merienda, en la que se escucha arrastrar las cadenas.  Es cuando se acercan.  Vienen por nuestros pellejos.  Los huesos no les interesan.  Siempre que vienen dejan un olor a rancio.  Así se sabe que son los difuntos que se han escapado del camposanto en la noche de su libertad.  ¡Siento miedo!  Quisiera morir está noche para no oír sus lamentos; para no quitarles el tiempo.  Tétricos sonidos escucharán mis oídos.  No logro conciliar el sueño.  El insomnio se apoderó de mí.  Me envolvió en el manto de su indiferencia.  No siente el temor que tengo de sólo imaginar a los fallecidos, esos, quienes vienen por mi esqueleto.  ¡No quiero  verlos!  Me duelen sus condenas.  Vienen los difuntos por mi sangre, pero ya no queda nada.  Se la bebió el insomnio que me abrazó con horas de frialdad.  Sólo queda el sobresalto, pues está noche conoceré a las almas en pena.



EL CAMINO A CASA
Javier Mendoza González

Era el año de mil ochocientos noventa.  José tenía la costumbre de levantarse mucho más temprano que el Sol.  Era panadero.  Antes de que clareara el Cielo, él ya se dirigía al lugar donde le daba forma y sabor a la harina.  En esa ocasión, su madre le suplicó:
—¡Hijito!  No salgas.  Tengo la piel de gallina por un mal presentimiento.  Algo me dice que hoy, la muerte recorre las calles.  ¡Hazle caso a esta vieja!
José no le dio importancia a las palabras de su madre.  Parecía ser un día como cualquier otro.  Luego de recibir la bendición, el muchacho fue en busca del sustento. Caminó como siempre por algunas calles de los viejos barrios de la ciudad de Celaya: Santiaguito, Tierras Negras y San Antonio.  Todo estaba en calma.  De pronto vio a una mujer, ya anciana, quien con mucho esfuerzo arrastraba un costal.  José se compadeció de ella.  Se acercó para ayudarla.  La mujer lo miró sin la menor sorpresa.  Él exclamó:
—¡Madre de Dios!  ¿Qué hace tan temprano y tan sola?  ¿No le da miedo?
—¿Miedo?, ni a la muerte -fue la respuesta de la señora-.  Voy rumbo a mi nueva casa, pero me perdí. 
—Entonces, ¿cómo dará con ella?
—Sólo sé que es más hacia el norte.  Sí tú y la gente buena indican el camino, te aseguro que sacaran a más de un alma del Purgatorio.
—¡Ándele pues!  La ayudo.  Deme acá ese costal.
—Te lo agradezco.  ¡Ya quiero descansar!  ¡Pero ten cuidado!  Es lo único que me queda.
José se echó el bulto a la espalda.  Con paciencia caminó al lado de la señora.  Durante el recorrido, ella no le dirigió la palabra.  Luego de poner un rosario entre sus manos, tan sólo rezó y rezó. 
Así caminaron varias cuadras más, hasta que la anciana se detuvo.  Con serenidad mandó su vista al frente, para decir:
—¡Aquí es!  Estoy segura.  Hazme el favor de poner el bulto más allá de la puerta.  Mira que ya está abierta.
—¿Qué? –fue el sobresalto de José- ¡pero si es el nuevo cementerio!
—¿En qué mundo vives, muchacho?  ¿No sabes que hoy es quince de noviembre? Se abre por primera vez este panteón.  Muchos seremos desenterrados de los campos santos de las iglesias para venir a dar a ésta, nuestra nueva casa.  Nosotros ya no podemos hacerlo solos.  Necesitamos que gente noble, como tú, nos señale el camino. Luego de decir eso, la mujer se transfiguró hasta desaparecer.  José tembló de miedo, aún así, abrió el pesado saco que por varias calles cargó en su espalda.  ¡Eran huesos humanos!  Al instante se convirtieron en polvo. A pesar del temor que lo recorrió, José entró al cementerio para vaciar el costal en la fosa más cercana.  Sólo pudo mal hacer la señal de la cruz en su pecho.  De inmediato salió corriendo, mientras rezaba por su vida y por el descanso eterno de la anciana.
Desde entonces, cada quince de noviembre, en los barrios cercanos al Panteón Municipal, la gente coloca velas y fogatas en las calles, para indicarle a las almas que fueron exhumadas de los cementerios que hubo en los terrenos aledaños de algunas iglesias, el camino a su nueva morada.  Es el Día de las Luminarias.

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*Javier Alejandro Mendoza González nació en Celaya. El gusto por las letras fue despertado en él durante la preparatoria “gracias a su querida maestra, Rita”. Por la inquietud de plasmar ideas y sueños surgieron los primeros escritos compartidos con las personas más cercanas.  Se integró al Taller Literario Diezmo de Palabras, donde impulsado por los colaboradores del mismo “se ha adentrado un poco más en el maravillo universo de la lectura y escritura”. En 2016 fue seleccionado en el programa Fondo Editorial Guanajuato para participar con una novela que pronto será publicada.

**Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.

domingo, 22 de octubre de 2017

¿QUÉ PUEDO HACER EN ESTE REMOLINO?


¿QUÉ PUEDO HACER EN ESTE REMOLINO?

¿Qué putas puedo hacer con mi rodilla,
con mi pierna tan larga y tan flaca,
con mis brazos, con mi lengua,
con mis flacos ojos?
¿Qué puedo hacer en este remolino
de imbéciles de buena voluntad?
¿Qué puedo con inteligentes podridos
y con dulces niñas que no quieren hombre sino poesía?
¿Qué puedo entre los poetas uniformados
por la academia o por el comunismo?
¿Qué, entre vendedores o políticos
o pastores de almas?
¿Qué putas puedo hacer, Tarumba,
si no soy santo, ni héroe, ni bandido,
ni adorador del arte,
ni boticario,
ni rebelde?
¿Qué puedo hacer si puedo hacerlo todo
y no tengo ganas sino de mirar y mirar?
Jaime Sabines


EL PAPA
Herminio Martínez

Tras una larga espera por parte de los feligreses, los jerarcas, los gobernantes y todos los medios de comunicación, por fin, al aeropuerto internacional de la ciudad de León llegó el Papa de Roma.
Previamente, el gobierno de la nación había ordenado un ejército de guardianes para que lo custodiaran hasta la catedral y de allí a la casa donde reposaría dos noches, atendido por las monjas de la Adoración Santísima. Las multitudes se empujaban, atropellándose y aun faltándose al respeto, para verlo pasar en su automóvil blanco. Algunos hasta se ofendían, con tal de hacerse de un lugar casi pegado a la carretera.
“¡Es nuestro Santo Padre!”
“¡Su Santidad!”
“¡El sucesor de Pedro!”
“¡Imagínense!”
“¡El Vicario de Cristo!  Como quien dice, su representante personal”.
Esa misma mañana, procedente de la eternidad, a este aeropuerto también arribó Jesús, el hijo de Dios. Mas no le sorprendió que no hubiese nadie esperándolo, ni que el clero lo ignorara de tal manera; si acaso el policía que, de tan mala manera, le pidió esperar un poco en lo que el Papa terminaba de recorrer las avenidas y alcanzar la plaza principal, donde ya lo esperaban el nuncio, el cardenal, el gobernador y el presidente, estos dos últimos portando albas vestiduras a la manera del Pontífice.


—¿Cómo se le ocurre visitarnos cuando no hay nada abierto? Ni hoteles, ni calles, ni plazas. Nada –le increpó el funcionario-. Desconozco de dónde venga usted; de momento ni siquiera revisaré su pasaporte. Tal vez más tarde, no sé cuánto tiempo.
 —Yo sólo voy de paso -le respondió Jesús.
—De todos modos tiene que esperar ahí en la sala –le habló el hombre-, porque de aquí hasta el martes todo estará cerrado.
Al hablar, se le notaba el nerviosismo; en cambio, en Jesús, todo era esplendoroso.
—Bueno –volvió a hablar el agente, tras el mostrador-, ahora márchese, voy a continuar. Le llamaremos cuando nos llegue la orden.
—Está bien –habló Jesús con humildad.
—Y nuevamente una disculpa –agregó el empleado público-, no solemos tratar así a nuestros visitantes; pero hoy, sólo por hoy, la situación es diferente ¡Esto es una emergencia! No todos los días el Vicario de Cristo nos visita. Ahí está, rodeado de sus cardenales y arzobispos, clérigos y altos mandos del gobierno y las asociaciones religiosas; miles, cientos de miles, por no decir millones, le dan la bienvenida con rosas, canciones, lágrimas, coros y discursos al parecer escritos por los mismos ángeles. Discúlpeme, tengo que continuar. Usted espere ahí.
—Las religiones y las ideologías nos separan; los sueños y el sufrimiento nos acercan -murmuró Jesús, alejándose de la ventanilla.




AL COMPÁS DEL CARRITO
Julio Edgar Méndez

Comencemos de nuevo con un cliché: la noche estaba oscura como boca de lobo. Y también olía igual. A sangre, muerte, heces, a perro en descomposición.
El hombre del carrito de supermercado no entiende por qué las estrellas abundan en el cielo y no en sus ojos, cuando se mira reflejado en los cristales de las tiendas. No conoce al ser del espejo, ni advierte un hilo de saliva que resbala por la comisura de sus labios al igual que sus ilusiones. El hombre del carrito, el hombre sin nombre ni apellido, que lleva entre tantas chucherías dos derrotas envueltas en papel celofán: la derrota de haber nacido y la de seguir existiendo. Camina y camina y camina sin dejar de hacerlo ni cuando se orina en los pantalones, ni cuando llora por no recordar por qué llora. Mira hacia el suelo siempre, sin darse cuenta de que es el suelo el único que le devuelve la mirada. Un zapato es distinto al otro, su mundo es distinto al de los demás, pero ambos igual de miserables, con hoyos que dejan pasar el frío quien, como amante irredenta, viene a poseerle a todas horas.  La noche siempre es más noche cuando pasea su carrito entre las orillas marginadas de la ciudad y no le importan los perros que le tiran piedras, ni los compañeros de infortunio que le ladran, para hacerle saber que también ellos cargan un carrito lleno de esperanzas rotas.
Recuerda a veces que una como risa le secaba los labios, los mismos que ahora llenos de grietas apenas se abren al balbuceo de incoherencias, saludar a las aves y maldecir a las nubes por tapar el sol, cuando es el sol quien no le quiere alumbrar. Sólo la luna lo recibe en su recámara. Se deja amar, besar como si en cada beso entrara vida y saliera más vida, tocar con dedos de locura para sentirse tan cuerdo como cuerdo puede estar el amar con la mente nublada de tanto amar. Se mueve al compás del carrito y el carrito se mueve con él, se le abandona en las manos al capitán conocedor de mares infestados de ratas, bichos y humanos peor que ratas, quien con su timón de inconsciencia y la brújula que nunca apunta a la realidad, navega un destino predestinado por su Creador. Y no es que él no creyera en Dios, sino fue Dios quien no creyó en él y lo mandó al infierno del carrito, a pagar la culpa de nacer humano. Por sus ojos pasan imágenes difusas en profusión discordante: una boca húmeda que le besa el rostro, risas de alegría que se confunden con carcajadas disonantes envueltas en el eco de paredes color verde pálido y personas con batas blancas que a golpes le introducen pastillas en la boca. Nada es real en su entorno, nada es presente ni pasado, porque de la misma manera abundan en su mente fotos de cadáveres destrozados, gritos de dolor tan intenso como si fueran los gritos de la humanidad pariendo más seres como él. Gritos que anuncian al alba toda la pena de sabernos cómplices de Dios.

Atraviesa otra ciudad y presiente que ha llegado a la meta, allá, en la región menos transparente, donde los sueños no alcanzan ni al techo de escombros, donde la miseria es un enjambre de balas cargadas de más miseria y se disparan a media noche para dejar en el aire un eco de gritos de angustia. El hombre del carrito, sin nombre ni apellido, sin padre ni madre, sin patria que lo cobije ni amigo que le diga amigo -a pesar de ser siempre una mentira-, no entiende por qué las estrellas abundan en el cielo y ahora el cielo parece abundar en él, ni tampoco siente el hedor que, como navaja, corta el aire inundando el basurero inmundo lleno de perros, ratas y bichos que vienen a cenar los despojos de carne fresca. Carne sin sueños, carne atada con alambre de púas a un carrito de supermercado.



*Julio Edgar Méndez es coordinador del Taller Literario Diezmo de Palabras.

domingo, 15 de octubre de 2017

RELACIONES EFÍMERAS


RELACIONES EFÍMERAS
-Textos de México y Argentina-


SORPRESA
Víctor Manuel García Aguilar
-Celaya, México-

Te vi llegar. Saludaste a tus amigas y te perdiste entre la gente. Traté de seguirte, investigarte un poco. Quién sabe, quizá tendríamos una clase juntos.
Y efectivamente, literatura. Tu asiento estaba a dos lugares frente al mío. Me perdía en la forma ondulada de tu cabello, el color castaño y el brillo que tiene. Porte de chica elegante; zapatos finamente cuidados, uñas decoradas haciendo lucir cada detalle, maquillaje que hacía verte más hermosa de lo habitual.
Hablo como si ya te conociera de hace años y es que sí. No me recuerdas, lo sé
¿Quien recordaría a quien todos le hacían burla? No importa, todo es distinto ahora.
Saliste por la puerta directo a la siguiente clase y doblaste por el pasillo. Te seguí, quería ver que clase te tocaba: Artes musicales.
Te acercaste a los instrumentos y cogiste un saxofón algo oxidado. Siempre lo consideré un objeto hermoso, las notas que salen de él son simplemente encantadoras y empezaste a tocar.
Me quedé en la puerta, asombrado de escucharte detonar las melodías con cierta picardía en los agudos. Los demás te seguían el ritmo, yo sólo podía escucharte a ti.
Me descubriste en la puerta espiándote, intenté esconderme en el pasillo y decidí que era mejor irme. En las paredes estaba pegada una cartulina que anunciaba el baile de bienvenida y adivina a quién quería invitar.
Escuché que mi profesor me hablaba, dijo que entrara a clase. Pero no quería irme, quería escucharte el resto del día.



En la hora de la comida todos estaban en el comedor pero, por alguna razón, tú no. Les pregunté a tus amigas dónde estabas y me dijeron que seguías en el salón de música. No podemos deambular entre los pasillos a esta hora, así que tuve que esconderme de los profesores y eludir al anciano de la limpieza. A la mitad del pasillo se oía tu bello sonido.
—Entra, no muerdo -me dijiste cuando ya llevaba un par de minutos escuchándote.
—Perdón, no quise interrumpir.
—Descuida, ya terminé, ¿tocas algún instrumento o por qué estás aquí?
Me puse tan nervioso que pensaba que ninguna palabra saldría de mi boca.
—No, yo te oí cuando pasaba por aquí y me gustó como tocas.
—Pues, gracias. ¿Eras tú el chico de hace rato? ¿El que estaba espiando en la puerta?
—No, yo no era él, era otro chico -tu mirada me fulminó como un rayo, la sentía sobre mí, como si mi madre me estuviera regañando- sí, era yo.
—Me pareces conocido, dime, ¿nos conocemos de antes? Creo que te vi en la clase de literatura, pero no me refiero a esa.
—Si, tenemos esa clase juntos. No creo que nos conozcamos, no te recuerdo. Recordaría a alguien tan linda.
—Pues, gracias por el cumplido.
—Espera, ¿qué haces?
—¿Qué tenemos aquí? -no supe cómo logró tomar mi cartera.
—Oye, devuélvela. No tomes mi credencial.
—Daniela Alfaro. Eres tú, lo sabía, sabía que te conocía de una parte.
—Por favor, no digas nada, nadie sabe mi verdadero nombre. Por favor te lo suplico, nadie debe saberlo -estuve a punto de ponerme de rodillas y suplicarle que no dijera nada.
—Lo último que supe de ti fue que te habías salido de la secundaria. Pero, ¿por qué?
—Te lo diré, pero devuélveme mi cartera por favor. Me Salí de la escuela por un problema médico.
—Te la devolveré si me dices, ¿está bien?
No tuve el valor para mirarte los a ojos.
—Está bien, te lo diré. Yo, nací con órganos masculinos. Me cambiaba de escuela seguido porque me daba miedo que supieran de mi condición. La primaria fue fácil, al no tener pechos y la voz como la de todos, fue sencillo hacerme pasar por una niña, nunca se enteraron de mi situación. Solo el director y mi profesora de artes. Pero, una vez unas niñas entraron al baño mientras yo estaba dentro y me escucharon orinar. Pensaron que era un niño y les hablaron a los profesores, supieron que era yo y todos los niños me miraban como un fenómeno.
—Eso es horrible.
—En la secundaria se puso peor, nos habíamos cambiado de casa, cerca del hospital donde me hacían estudios. Pero entre cita y cita había bastante tiempo, a eso agrégale que el busto me empezó a crecer y mi voz empezaba a ser la de un hombre.
—Fue más difícil, lo sé, estaba en la misma escuela que tú. Vi todo lo que te hacían: las burlas, los insultos y las veces que te hacían llorar. Me dolía verte así. Y cuando dejaste de asistir me preocupe mucho, nadie me daba tu número ni sabían tu dirección.
—Creí que a nadie le importaba.
—Pues, ¡hola! y ¿qué pasó después?
—Bueno, cuando dejé de asistir, entre a quirófano, mis padres y el doctor habían decidido que lo mejor era que me quitaran los senos y estuve de acuerdo con ellos. No quería seguir pareciendo un fenómeno. En la preparatoria, bueno, perdí un par de años porque me cambiaba de escuela.
—¿Por qué?
—No me sentía bastante cómodo, sentía la mirada de todos encima de mí, sabían lo que tenia, sabían lo que me hicieron y en la primera lo hicieron público. Todos se burlaron de mí, esta es mi tercer preparatoria, aquí nadie sabe de eso, salvo tú.
—Bueno, gracias por compartirlo conmigo. Siempre quise que fuéramos amigos. ¿Sabes? Yo también perdí dos años, viajaba con mi papá a sus conferencias y cuando mi mamá murió nadie podía cuidarme. Algún día te llevaré conmigo a Japón, es hermoso.
—Oye, quería preguntarte…
—¿Querías?
—¿Irías conmigo al baile? Digo, como amigos.
—Claro, por supuesto. Pasas por mí en la tarde -se levantó de su silla, caminó hasta la puerta y al girarse me sonrió. Deben ser las hormonas, o será que soy hombre ya, pero es hermosa.

Dieron las cinco de la tarde, la fiesta empezaba a las seis y pasé por ella, nunca olvidaré como se veía: vestido azul hasta las rodillas, botas y una chamarra de mezclilla. Jamás había visto a alguien más hermosa que ella.
La escuela no está muy lejos de su casa, así que caminamos hasta ella. El trayecto fue agradable, platicamos del día, sus clases, mis clases, los profesores, incluso de los compañeros que habían estado con nosotros en secundaria.

Había frituras y sodas, el ambiente empezaba a ser animado por los chicos de danza, ambos pasamos entonces a la pista de baile. Primero jugamos un poco, bailando de la forma más ridícula que se nos pudo ocurrir, movía su cuerpo y yo de alguna forma disfrutaba de verla girar así. No la deseaba como aquellos que solo quieren sexo, era aprecio el que sentía, creo que, la amaba. Suena estúpido, pero ella provocaba que mi cuerpo experimentara con todo, sentía fuertemente como mi pecho se alborotaba cuando se acercaba, deseaba besarla.
Creo que el peor miedo de dos amigos bailando es una canción lenta, pero no importaba, estiré mi mano y ella correspondió el gesto. Acerqué su cadera a la mía, tomé su cintura y ella mi mano. Seguíamos los pasos de la canción y por un momento miré su rostro, no había notado el color de sus ojos, el maquillaje que tenía, ese tono de violeta y azul, sus labios carnosos y sus mejillas regordetas.
Alzó el rostro y nuestros ojos se cruzaron, un par de segundos pasaron y ninguno de los dos separaba la mirada. Nos detuvimos justo en el centro del salón, poco a poco me acerqué a ella, su nariz y la mía se tocaban de manera sutil, su boca se abrió un momento y dijo:
—Soy gay.





AMOR DE PASO
Joselo Marinozzi
Rosario, Argentina

Debo admitir que mis relaciones son lo bastante efímeras, poniendo de relieve el problema que tengo para llevar adelante relaciones de largo término o con el compromiso. Generalmente estas cosas vienen aparejadas a una crianza defectuosa y problemas no solucionados en la infancia. Yo no quisiera cargar las tintas sobre nadie y victimizarme o cualquier cosa que pudiera exonerarme de mi responsabilidad, de hecho acepto que tengo ciertos problemas con mis relaciones. Una cosa es aceptar mis problemas y otra muy diferente es querer cambiarlos, sobre todo cuando el interesado, que en este caso estaría siendo yo, no ve o no siente remordimientos, y menos cree que su forma de ser “problemática” genere víctimas. En definitiva: si a mí no me preocupa…
Si quisiera especificar el momento exacto en que mi conducta pasó de ser solamente una tendencia emocional hacia el no compromiso y responsabilidad, y el comienzo de manifestarlo en palabras y acciones, debería remontarme a mi temprana adolescencia cuando me espanté con la idea de ir a comer a la casa de mi noviecita y conocer a sus padres. Aunque esa visita careciera totalmente de las responsabilidades o compromisos que uno pudiera prever, ya que ni siquiera hubiese estado en presencia de sus padres como algo más que amigo, pero bueno… ese fue el fin de nuestra relación. De ahí en más una sucesión de rupturas en el preciso momento en que me sintiera ahogado por la soga que creía que querían poner en mi cuello, fue la constante, aunque entendiese lo desmedida de mi reacción y en algunos casos hasta yo mismo la catalogara de estúpida.
Mi ingreso a la facultad de medicina allanó el camino para que mi terror al formalismo de una relación seria prosperara. Estudios, romances pasajeros, y estudios siguieron siendo el modus operandi por años. Pero las obsesiones rara vez permanecen inmutables en el tiempo y la mía no sería la excepción. Comencé a ser más meticuloso a la hora de elegir mi próxima breve relación, una vez acordada la cita se desataban un sinnúmero de obsesiones que obviamente antes no tenía, por ejemplo, la limpieza de ambos debía ser ceremonial y yo me encargaba de la misma. Conmigo era escrupuloso: Lavado profundo, sales aromáticas, emprolijamiento de uñas de pies y manos y mi blanca y pulcra bata de rituales, porque eso era para mí hacer el amor por primera vez con alguien, un ritual. A la hora de la ceremonia sobre ella, también era escrupuloso. Al asearla centímetro por centímetro, imaginaba cómo fluían por sus venas de nuevo toda la pasión y el amor mientras efectuaba mi faena sobre su cuerpo desnudo. Finalizaba con un perfumado exhaustivo y hasta a veces he llegado a pintar sus uñas y maquillarla delicadamente antes de que nuestra pasión fugaz pero atronadora se desatara frente a los silentes testigos ocasionales a los que parecía importarle poco nuestro amor.

Sé muy bien que a la vista de ustedes tal vez mi comportamiento sea objetable y hasta repudiable pero esta forma de amar solo me afecta a mí. No sé en qué va a terminar mi vida, quizás sea expuesto o descubierto y obligado a terapia para componer y arreglar este conflicto emocional. Mientras tanto mi estadía como jefe de la morgue del hospital sigue permitiéndome disfrutar de este amor de días con la mujer que decida. La candidata perfecta que nunca pide más que esa noche de amor, que por ahora es lo único que puedo ofrecer.


*Joselo Marinozzi tiene disponible a la venta su libro "Cuentos conmigo" a través de Amazon. https://www.amazon.es/Cuentos-Conmigo-Joselo-Marinozzi/dp/9877119455

**Textos publicados en El Sol del Bajío. Celaya, Gto. 

domingo, 8 de octubre de 2017

LOS DOMINIOS DEL PRÍNCIPE PARADOJA


LOS DOMINIOS DEL PRÍNCIPE PARADOJA
(Dioses griegos y aforismos en El retrato de Dorian Gray de Óscar Wilde)
Ensayo. Cuarta Parte y última.
Benjamín Pacheco


Fernando Martínez Laínez, periodista, escritor y ensayista español, recuerda que los aforismos se remontan a la Antigüedad clásica (territorio explorado por Wilde, como se ha visto) y que en realidad forman parte de los orígenes remotos de todas las culturas porque “están basados en experiencias elementales; derivan del sentido común y la observación de las reacciones y modos de comportamiento humano”.  Para el investigador, “los aforismos nos permiten entendernos mejor a nosotros mismos y entender mejor a los otros”. 
La paradoja, por su parte, puede verse de distintas maneras, según la Real Academia de la Lengua Española (RAE), en primer lugar, y las distinciones que realiza Ángel Romera, doctor en Filología Hispánica por parte de la Universidad de Castilla-La Mancha, en segundo, respectivamente:

En base a estas definiciones, es posible desentrañar la percepción que tiene Lord Henry Wotton del mundo, pues lo ha observado y lo entiende, principalmente a las personas y puede señalar (por lo general de manera maliciosa) lo que cree que son sus errores y faltas. Su cadena de razonamiento afectará principalmente a Gray y de manera indirecta a su amigo Hallward, pues la influencia en el primero concluirá con la muerte del segundo. Lo anterior es perceptible en los primeros diez capítulos de la novela, que pueden verse como una especie de entrenamiento de Wotton hacia Gray, para que el joven se sumerja en los placeres mundanos. Esta relación mentor-pupilo aparentemente había iniciado con la dualidad Hallward-Gray (aunque en realidad descansaba más en términos de admiración estética y amistad), pero terminará siendo desplazada por la ideología dominante del aristócrata. En términos darwinianos, será el más adaptable a las circunstancias: sabrá callar y hablar en su momento, jugará siempre con los límites de su discurso y su impacto en el interlocutor ya sea hombre o mujer, e incluso de la derrota sabrá sacar partido y formulará alguna sentencia ingeniosa, como ocurre en el episodio en que revela que ha sido abandonado por su esposa. Aunque se podrían contar los ejemplos por centenares, a continuación solamente se darán algunos para conocer el pensamiento, mezcla de aforismo y paradoja, de este aristócrata que supo resistir al encanto de Dorian Gray.



Sobre el arte y la fama
-¡Que hombres más extraños son ustedes los pintores! Remueven el mundo para adquirir fama. En cuanto la consiguen, parece como si quisieran desprenderse de ella (p.13)
-Sólo hay en el mundo una cosa peor que el que hablen de uno, y es que no hablen (p.13)
-Para ser popular hay que ser mediocre (p.181)
-El arte romántico se inicia con su culminación (p.183)

Sobre la belleza, el sufrimiento y lo feo
-Pero la belleza, la verdadera belleza, acaba donde empieza la expresión intelectual. La intelectualidad es en sí misma un modo de exageración y destruye la armonía de cualquier faz (p.14)
-No puede dudarse que el talento dura mucho más que la belleza. Esto explica por qué nos tomamos tanto trabajo en instruirnos (p.22)
-Ya la Belleza es una forma del Genio, más elevada en verdad, que el Genio; no tiene necesidad de explicación (p.30).
-Puedo simpatizar con todo, excepto con el sufrimiento. Es demasiado feo, demasiado horrible, demasiado aflictivo (p.46)
-No combato nunca contra la belleza (p.179)
-Lo único horrible que hay en el mundo es el aburrimiento (p.187)

Sobre el matrimonio
-El único encanto del matrimonio es que proporciona una vida de decepción absolutamente necesaria para ambas partes (p.15)

Sobre la verdad
-En cuanto a creer en las cosas, las creo todas con tal de que sean enteramente increíbles (p.16)

Sobre la conciencia
-La conciencia y la cobardía son realmente lo mismo, Basilio. La conciencia no es más que el nombre registrado de esa razón social (p.17)

Sobre la amistad
-La risa no es un mal comienzo de amistad, ni mucho menos, y está lejos de ser un mal final (p.18)
-Elijo a mis amigos por su buen aspecto, a mis simples conocidos por su buen carácter y a mis enemigos por su buena inteligencia (p.19)
-Siempre me gusta saber todo lo concerniente a mis nuevos amigos, y nada de los antiguos (p.41)
Sobre el amor
-Los que son fieles conocen el lado trivial del amor únicamente; el infiel es el que conoce las tragedias del amor (p.22)
-Cada vez que se ama es la única vez que se ha amado nunca (p.181)

Sobre las mujeres
-Las mujeres hermosas no aprecian la hermosura; las mujeres honradas, por lo menos (p.23)
-Las muchachas americanas son tan hábiles para ocultar sus padres como las mujeres inglesas para disimular su pasado (p.41)
-Esfinges sin secreto (p.182)

Sobre las tentaciones
-El único medio de desembarazarse de una tentación es ceder a ella (p.27)

Sobre el valor
-Pero el más valiente de nosotros está asustado de sí mismo (p.27)

Sobre el alma
-Nada puede curar mejor el alma que los sentidos, y nada puede curar mejor los sentidos que el alma (p.29)

Sobre el mundo, la modernidad, el dinero, la filantropía, la razón
-Es usted demasiado encantador para consagrarse a la filantropía, míster Gray; demasiado encantador (p.25)
-El verdadero misterio del mundo es el visible, no el invisible (p.31)
-El pecado es realmente el único elemento de color que queda en la vida moderna (p.36)
-Los filántropos han perdido toda noción de humanidad. Es su más notable característica (p.42)
-Puedo soportar la fuerza bruta, pero la razón bruta es insoportable (p.45)
-No deseo cambiar nada en Inglaterra, excepto el tiempo (p.46)

Sobre los caprichos, los placeres, las creencias, las emociones
-La única diferencia que hay entre un capricho y una pasión eterna es que el capricho dura un poco más de tiempo (p.32)
-Adoro los placeres sencillos. Son el último refugio de lo complejo (p.36)
-No necesito el dinero. Únicamente los que pagan sus deudas lo necesitan (p.39)
-El crédito es el capital de un joven, y se vive de él encantadoramente (p.39)
-La ventaja de las emociones consiste en extraviarnos, y la ventaja de la Ciencia, en no conmovernos (p.46)
-El escepticismo es el comienzo de la fe (p.180)



            La lista podría seguir y seguir. La intención no es documentar cada aforismo, sino demostrar su constancia. Lo que queda claro es que Lord Henry Wotton opinaba de todo y, aunque cínico, resultaba siempre de mente ágil. Para el gentleman, bastó una tarde para conocer y calificar a Dorian Gray. Lo turbó prácticamente con su discurso y el otro, al pecar de juventud e ingenuidad, se dejó llevar las sentencias que caían como una llovizna sobre su conciencia. Al verlo llorar, tras descubrírsele un cuadro calificado como “el más bello retrato de los tiempos modernos”,  supo que estaba ante la parte más desnuda del joven: su alma. El bello veinteañero retuerce sus manos, se lanza al diván y sepulta su cara en almohadones como si emitiera un rezo. Hallward emite un juicio y Wotton, fiel a su estilo, rebate con brevedad y dureza: “-Esta es su obra, Harry –dijo el pintor amargamente. Lord Henry se alzó de hombros. -Ese es el verdadero Dorian Gray, y nada más.
Lo anterior ha sido un repaso muy general sobre algunas de las recurrencias en El retrato de Dorian Gray. Como se ha dicho, la obra es compleja y requiere varios análisis para que se tenga una visión panorámica, primero, y luego se pueda apreciar la sutileza en la abundancia de detalles con los que Óscar Wilde definió su novela. Por lo pronto se ofrece un acercamiento y la invitación al lector a realizar su propio descenso por las diferentes capas del relato de un joven bello y las tentaciones que le ofreció su siglo.



Benjamín Pacheco


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WILDE, Óscar, El retrato de Dorian Gray, Salvat Editores, España, 1970.

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