domingo, 25 de marzo de 2018

SOPITA DE CARACOL



Sopita de caracol
Por: Enrique R. Soriano Valencia

Eran las tres y media de la mañana, toda la familia dormía, cuando alguien llamó a puerta. De inmediato me levanté y mi esposa me dijo:
            —No abras. Asómate por aquí.
            Frente a la casa estaba un vehículo. Abrí la ventana. Desde la planta superior, no lograba ver la puerta de entrada. La oscuridad y una cornisa lo impedían. Con voz alta y firme reclamé:
            –¿Quién es?
            —¡Licenciado! –una voz alcoholizada respondió. Se retiró de la puerta para alcanzar a vernos–. Licenciado, soy yo, tu cuate y vengo con un compañero.
            —¡Ah!, hola. Deja me pongo algo y bajo a abrirte.
            —¿Quién es? –preguntó mi esposa.
            —Es un muy buen amigo, viene con otro de la oficina –respondí mientras me calzaba unas pantuflas y me ceñía una bata.
            —¿Y qué se les ofrece a esta hora?
            —Vienen hasta la coronilla del alcohol. Ya sabes cómo son con copas.
Bajé a abrirles. Tambaleantes, entraron a casa.
—Tengo tequila –les dije–, porque de las otras bebidas, no tengo con qué combinarlas.
—No venimos por eso… –dijo el compañero–, ¡hic!, pero te acepto el tequilita.
Casi en cuanto los serví desaparecieron de la mesa.
–Queremos hablar contigo, ¡hic! –dijo mi cuate.
–Es muy importante –asintió el amigo, con los ojos a medio cerrar y la lengua hecha un nudo–. Por esta… –y besó el signo de la cruz hecha con el pulgar y el índice.
—Soy todo oídos.
—Queremos que hagas las paces con el Güero –me explicó mi cuate.
—Nunca he peleado con él.
—Lo sabemos, ¡¡hic!! Eres muy decente para eso –intervino el compañero–. Pero es que no se llevan bien.
—Cierto. No simpatizamos mucho, pero trabajamos. Jamás me niega los servicios de su área, ni yo limito algo de la mía… aunque a veces siento que pudo atenderme con mayor celeridad.
–Somos un equipo –arremetió mi cuate–. Debemos estar unidos con nuestro jefe, ¡hic! El Jefe es nuestro líder. Él nos apoya y protege de las demás áreas, ¡hic! Por eso debemos ser como uno.
—Jamás lo he visto diferente. Incluso, defendí al Güero de quejas de otras áreas en una reunión en la que no estaba y reclamaron fuerte a su subordinado.
—También los sabemos… –respondió mi cuate, sin terminar su idea, por la interrupción del compañero.
—¡Pero le haces caras!, ¡hic!
—Perdona, tampoco le voy a sonreír si no me nace. Su trato es muy agresivo…
—¡Pero no es de mala fe! –interrumpió de nuevo el compañero–. ¡Es su vieja que ni el desayuno le hace!
Cerca de media hora fue darle vueltas al asunto: que si el equipo del jefe, que si el trato del Güero, que si mis caras, que una cosa y la otra.
—¡Bien! –quise ya detener tantas vueltas a lo mismo–. Mañana lo invito a comer…
—¡No! –de nuevo el compañero me impidió terminar–. No. Mejor, ¡hic!, en caliente.
—¿Pero cómo lo voy a despertar ahora? De por sí me odia, como para ir a levantarlo.
—Si no lo vas a levantar… –quiso tranquilizarme mi cuate.
—Ah… ¿En qué bar está?
—No. Lo traemos con nosotros, lo dejamos en el autor por si no lo querías en tu casa.
—¡Por Dios! ¿Cómo hacen eso? –y salí corriendo hacia el automóvil.
Lo encontré dormido, igual de alcoholizado que los otros.
—¡Güero! –lo desperté con algunas pequeñas sacudidas en el hombro; estaba muy oscuro–. Perdona, no sabía que estabas aquí. Por favor, pasa a la casa.
Me hizo señas de que no pretendía moverse mientras seguía recostado. Voltee a ver a los otros, que ya estaban detrás de mí.
—¡Ora, güey! –le gritó mi cuate–, no te hagas, ¡hic!, que ya lo habíamos hablado. Además, el licenciado tiene tequila.
Siguió sin hablar, me pareció que tampoco sin abrir los ojos, y negó con la mano.
—Oye, Güero –le dije–. Mañana te invito una copa. Nos vamos a comer y…
Se incorporó de inmediato y me acercó su rostro. Pude notar ahora que ahora sí abrió los ojos.
—Ahorita –dijo y con la yema del dedo índice se tocaba repetidamente la rodilla.
—Es muy tarde. Debe estar todo cerrado –insistí.
—Ahorita –insistió sin dejar de tocarse la rodilla con el dedo.
—Bien –admití.
Subí presuroso para no hacerlos esperar. De inmediato, en mi habitación empecé a ponerme la ropa.
—¿Qué haces? –preguntó mi esposa extrañada.
—Voy a tomar una copa a… a… algún lugar.
—¿Tú? Pero si en tu vida has bebido.
—Está la persona con la que menos simpatizo en la oficina. Lo hago más para reducir algún problema a mi jefe. Es mi amigo y debo apoyarlo.
—Pues, con cuidado.
Al salir pedí las lleves del auto por ser el único sobrio. Di muchas vueltas por la ciudad, en especial por los bares que sabía estaban cerrados ya a esa hora.
—Lo ven. Deberemos dejarlo para mañana –concluí y enfilé a casa para que me dejaran. No había recorrido veinte metros cuando el Compañero dijo:
—¡El Tejaban! El Tejaban no lo cierran hasta las 07:00 de la mañana, ¡hic!
—¡Sí, el Tejaban! –gritaron los otros dos entusiasmados. Para allá me enfilé.
Cuando llegamos al antro quedé estupefacto, todos eran rostros conocidos: gente de oficinas gubernamentales con las que me relacionaba por la oficina a mi cargo, profesores universitarios, empleados de empresas e industrias y hasta algún taxista al que solicité servicio.
—¡Licenciado!
—¡Licenciado!
—¡Licenciado!
Yo solo saludaba de lejos y a gritos explicaba que iba con mis compañeros de trabajo, que después de un rato pasaría a sus respectivas mesas.
—¡Uóóórales!, Licenciado. Eres muy conocido aquí, ¡hic! –dijo mi cuate.
—Es gente con los que me vinculo por mi trabajo.
—No, sí, claro. Si hasta el de la taquilla te saludó muy cordial.
—Es hermano de la muchacha que nos ayuda en la limpieza de la casa.
La explicación fue de más. Al tomar asiento, de inmediato prestaron atención al camarero para ordenar las bebidas. En el momento que iba a pedir, me interrumpió:
—A usted ya me dijeron en aquella mesa que le sirva algo especial.
Voltee a ver el lugar señalado. Entre la penumbra alcancé a distinguir al subgerente del banco donde tenía mi cuenta. Levantó su copa en señal de brindis. Respiré profundo e hice señas de agradecimiento y que más tarde iría a saludarlo.
Entre tanto, la variedad hizo su anuncio.
—Su centro solciaaal Elll Tejabaaaan tiene el honor de presentaaar a la excelsa belleza directamente traída desde Pueeerto Riiico, la reina de los jibaritooos, recibamos con un fuerte aplauso a Vaaannesssaaaa.
Todas las luces de colores empezaron a girar de un lado a otro. La gritería de los parroquianos opacó a la música. De inmediato unos guardias con el torso desnudo se apostaron al derredor de la pista elevada. De uno de los extremos salió una despampanante morena con un diminuto traje amarillo con cientos de lentejuelas y un enorme penacho, con plumas del mismo color.
Las bebidas llegaron. El mesero sirvió las copas a los demás y a mí me dejó al último, a pesar de ser el más cercano a él. La bajó de la charola con mucho cuidado. Poco a poco la dejó frente a mí. Los cinco, extrañados, volteamos a ver la cara del chico. Se sonrió y me guiñó el ojo.
Algarabía en la mesa. Todos empezaron a hacer exclamaciones al ver al muchacho retirarse también con marcados contoneos.
            —Ja, ja, ja. ¡Ora sí, Lic.! Ya tienes adónde ir cuando se enoje tu vieja.
            No presté atención al comentario del Compañero. Levanté mi vaso en señal de brindis. El resto hizo lo mismo.
            —Por nuestro jefe.
            —Por nuestro jefe, ¡Salud! –respondieron en coro.
            Al dar el trago a mi bebida me di cuenta que no tenía alcohol. De inmediato busqué la mesa donde se halla el subgerente. Estaba observándome, pero ahora con una muchacha sentada en sus piernas. Levantó su copa, hice el mismo gesto y agradecí con una ligera inclinación de cabeza.
            Mientras tanto, la puertorriqueña ya no llevaba prendas encima. El público enardecía por secciones cada que giraba y su trasero los apuntaba. El Compañero no se contuvo, nos dejó para sentarse en la barra que rodeaba la pista.
No tardó mucho en que una persona se acercara al Güero para pedirle fuera a otra mesa donde varios lo llamaban. Aproveché y le dije a mi cuate que iría a saludar al subgerente del banco.
Cuando me senté junto a quien me había mandado la bebida, me di cuenta que en nuestra mesa ya no había alguien. Agradecía mucho la deferencia y no juzgué necesario hacer más que marcharme. Buscar a mis compañeros me entretendría en más de una mesa, con toda seguridad.
Al llegar a casa, mi esposa de inmediato me preguntó por la ocasión.
—No tienes una idea: terminé en El Tejabán.
—¡Por Dios! ¿Cómo se te ocurre meterte ahí?
—No pasa nada. Ahora cuando necesite a alguien, ya sé dónde buscar.



El fin de semana siguiente debíamos ir a una boda a una ciudad vecina. Después de la ceremonia religiosa, decidimos tomar un café, antes de llegar a la recepción. A mi esposa le incomoda ser de los primeros en llegar al salón de fiestas. Además, en apariencia no conocíamos a más personas que al novio.
            En el café nos topamos con unos compañeros de trabajo de mi esposa y alargamos nuestra estancia en el lugar.
            Cuando llegamos, la boda estaba en pleno apogeo. Nos recibieron en la puerta los novios y decidieron acompañarnos hasta la mesa que nos fue asignada. En efecto, todos eran desconocidos.
            —Y ahora, para ustedeeesss… –anunció uno de los integrantes del grupo que amenizaba–, ¡Sopita de caracol!
            Una exclamación se escuchó en el salón. De inmediato decenas de parejas se aprestaron a bailar la rítmica pieza de moda.
            —Wata negui consup –todos coreaban al tiempo que movían el cuerpo. Niños, jóvenes y viejos unidos por el ritmo en la pista–. Wuli wani wanagá –pero en medio de aquel coro generalizado se escuchó:
            —¡Licenciado! –de la masa rítmica salió uno de tantos bailarines para dirigirse a donde estábamos–. Éntrale, Licenciado, ¡hic! ¡Está rebuena la música! –dijo ya a un lado mío.
            —Ah, hola –lo saludé. Los requiebros de cintura le salían muy bien a pesar de traer más alcohol que una jeringa–. Qué gusto verte.  
            —¡Ánimate, Lic., a bailar! No te hagas de la boca chiquita. Si el otro  día bien que te vi todo desnudote y aventando la ropa allá en El Tejabán –gritó con gran emoción. Todos en la mesa lo escucharon.
            —Por cierto –de inmediato lo increpé con un marcado tono–, mira, te presento a mi esposa.
            La borrachera pareció bajársele. Cambió de color su rostro y de inmediato asumió un papel formal. No obstante, el alcohol le hizo seguir exagerando sus movimientos.
            —Je, je. Señora, miiis reeespetooos –tomó la mano de mi esposa y la besó–. Je, je. Lo del Tejaban, ¡hic!, es broma, es broma, je, je. Así me llevo con el Lic., es mi amigo. Pero mis respetos, ¿eh?, mis respetos, je, je, ¡hic!
            Mi esposa no perdió la compostura, ni se sorprendió en absoluto.
            —No se preocupe, joven. Supe que mi esposo estuvo en El Tejabán hace unos días y, se lo digo sinceramente, no me preocupa, ni me molesta en absoluto.
            El muchacho se sorprendió, de inmediato apareció una expresión de desconcierto.
            —¿De verdad, ¡hic!, señora?, ¿de verdad? –y abrió desmesuradamente los ojos.
            —¡Claro! Confío totalmente en mi marido. Él me cuenta todo lo que hace. Así que supe cuándo fue, la razón y lo que hizo.
            El muchacho seguía sin convencerse. Volvió a besar la mano de mi esposa y al retirarse, se llevó su propia mano la boca. Hizo una mueca de preocupación por lo indiscreto y se fue a seguir bailando Sopa de Caracol.
            En la mesa los comensales empezaron a intercambiar comentarios. No faltó el que preguntó por ese lugar de la ciudad vecina.
            —Es un bar muy desagradable –respondí, pero mi eufemismo no fue suficiente.
            —Es un puticlub –corrigió mi esposa sin el menor reparo. Un murmullo de escándalo corrió entre las señoras de la mesa–. Sé muy bien cuándo fue mi esposo y la circunstancia en que debió ir. Ahí vio a ese muchacho. No tiene la mayor relevancia.
            La boda se desenvolvió como sucede en acontecimientos sociales de poblados pequeños. En la mesa ya no hubo mucha conversación con nosotros. No obstante, seguí conversando animadamente con mi esposa de los temas tratados con sus compañeros en el café.
            En un momento, no muy tarde, sugirió irnos, para evitar a los borrachos en los caminos de regreso. Iniciamos entonces las despedidas de las personas de la mesa. Sentí que las señoras estrechaban mi mano más por compromiso que por gusto.
            Nos acercamos a los novios. Estaban rodeados de familiares. Dimos los respectivos parabienes y en ese grupo nos topamos de nuevo con el bailarín. Me estrechó la mano y, sin decir algo, hizo una mueca de que en verdad sentía su comentario. Ahora la cantidad de alcohol había subido.
            De nuevo se inclinó ante mi esposa y besó por tercera ocasión su mano.
            —Señora, mis más profundos y sinceros respetos, ¡hic! Es usted una gran dama… y… y… lo… lo del Tejaban… je, je, ¡hic!, era broma, le juro que era broma al Lic.
            —Deje de angustiarse –respondió mi esposa–. Se lo digo sinceramente, no me preocupa en lo más mínimo.
            Otra vez la cara de desconcierto.
            —¿De verdad, pero de verdad, no le molesta?
            —Se lo juro que no.
            —¿Serio, serio, serio?, ¡hic!
            —Le doy mi palabra que no es un problema.
            El alivio lo invadió. Mi esposa le otorgó una sonrisa. Ya nos marchábamos cuando dijo:
            —Pero sí lo vi, ¿eh?



*Texto publicado en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.
**Enrique R. Soriano Valencia, Chispitas de Lenguaje:

domingo, 18 de marzo de 2018

¿Y SI HOY LO HACEMOS EN EL PARQUE?



HAGÁMOSLO EN EL PARQUE
José Arturo Grimaldo Méndez

Jacinto e Inocencia formaban un matrimonio ejemplar en el vecindario donde vivían y sus alrededores. Siempre disfrutaron de los placeres de la vida. No tenían hijos y tal vez por eso, podían hacer muchas cosas juntos; viajar y conocer nuevos amigos, ir a conciertos o visitar lugares interesantes; entre ellos, había algo muy importante. Se amaban en cualquier lugar y en todo momento. Aún a sus cincuenta y cinco años, daban rienda suelta a sus pasiones.
Él, la estrechaba entre sus brazos y le decía suavemente al oído cuánto la quería. Ella, correspondía a sus caricias y dejaba de preparar el desayuno para llevarlo al sillón y allí demostrarle que aún tenía vigor para hacerlo, sin importar que apenas dos horas antes, sus labios se hubieran separado. Daba la impresión de que estaban hechos el uno para el otro y sus rostros reflejaban siempre el gusto por complacer a su cónyuge. A veces, lo hacían en la escalera de la casa, en el patio trasero, en el clóset, -como si se escondieran de alguien-, en la sala o en el baño. Para ellos, no había lugar en su domicilio donde no se hubieran demostrado cuánto se amaban.
Tal vez el hecho de haberse casado después de los cuarenta, les hacía pensar que debían recuperar el tiempo perdido en el bello arte de la seducción. Así transcurrieron diez años, y entre sus amistades más cercanas, estaban sus compadres Juan y Margarita, que con frecuencia los visitaban. Pertenecían al grupo “Laicos Misioneros de los últimos Tiempos” y cada vez que los visitaban, les contaban lo que allí hacían junto con una amable invitación a pertenecer al mismo.
Sin embargo, apenas se retiraban las visitas, aquella casa se llenaba de murmullos ahogados por las caricias de Jacinto y su esposa. El silencio perdía la quietud y aparecían los suspiros y las frases entrecortadas por el fuego y la vorágine amorosa.
Esta escena se repetía siempre y parecía no tener fin, hasta que una mañana, sin decir palabra alguna, luego de terminar su ritual amoroso, los cuerpos de ambos quedaron como figuras inertes sobre la cama. No hubo más palabras. Sólo los agitados latidos de su corazón. Parecía que los testimonios de sus compadres, iban haciendo mella en la mente de Jacinto. Inocencia, por su parte, seguía absorta de placer, por lo que aquel día, la concordancia de pensamientos generó una terrible confusión.

─ ¿Oye, Ino y si hoy lo hacemos en el parque?
─Ya ni la amuelas, viejito, ¿no crees que eso es muy arriesgado?
─¿Por qué? Yo creo que ya es tiempo que experimentemos algo nuevo. Además, yo quiero sentir la emoción de hacerlo donde haya muchas personas.
─ Bueno, si tú así lo prefieres, pues hagámoslo.
Ella se arregló, -como cuando salían de paseo-, él, sólo se concretó a guardar en su maleta lo indispensable para lo que tenía pensado hacer en público. Llegaron al parque de la ciudad llamado Quetzalli y decidieron esperar a que hubiera más personas. Él se mostraba un poco nervioso, pues era la primera vez que lo haría. Ella confiaba en su esposo. Se sentaron por unos minutos en una banca metálica y se miraron fijamente a los ojos. Se abrazaron, se dieron un beso…un beso distinto a todos los que solían regalarse el uno al otro.
Cuando ya había muchas familias reunidas, decidieron iniciar el acto. Pasaba de mediodía. Jacinto se quitó lentamente el saco y lo colocó en la banca, que minutos antes habían ocupado. Su mujer también se despojó de un suéter gris y se puso en su cabeza un lienzo de lino blanco. El hombre respiró profundamente y decidió comenzar.
¡Hermanooos! Les pido unos minutos de su atención. ¡Acérquense por favor! ha llegado la salvación para todos los aquí presentes. ¡Este es el día del Señooor! ustedes han sido elegidos para ser salvos, por mi conducto.
Mientras el discurso continuaba, el asombro de los paseantes era cada vez mayor, pues en aquel lugar jamás habían escuchado cosa semejante. Estaban acostumbrados a oír sólo las risas de los niños, la música o las voces de los vendedores.
Poco a poco las personas se fueron alejando, hasta dejar a Jacinto y a su mujer, como predicando en el desierto… La idea de imitar la obra de sus compadres había comenzado y no sería nada fácil.



EL PICO PICO
Vicente Almanza Huerta

Ocurrió hace mucho tiempo, cuando aún no llegaba la esclavitud del teléfono celular. Los niños jugaban en la calle al bote pateado, a los encantados, al chicote, al burro dieciséis, al trompo, a las canicas y otros juegos que ya pasaron al olvido. Era costumbre que la gente criara animales en sus casas, como en la familia Alfaro, compuesta por el papá, la mamá, cinco niños y dos niñas, que tenían gallinas, gallos y un pequeño guajolote.
     Don Anselmo, jefe de familia les dijo que el plan era engordar al guajolote para la cena de navidad, ya que los niños nunca habían probado la carne de pavo. Imaginaban cocinado en el horno de la estufa. Empezaron a apartar la pieza que querían: un ala, una pierna, el muslo, la pechuga.
       Pasaron varios meses, el guajolote iba creciendo. Como son animales nerviosos, les molesta el ruido, los niños gritaban para que le contestara. Lo toreaban con un trapo y enojado los perseguía, encontrando una buena diversión. El ser perseguido por un guajolote es adrenalina pura. En ocasiones el niño se tropezaba, era alcanzado y picoteado hasta hacerlo llorar.
       Corrió la noticia que en la casa de doña Maru, esposa de don Anselmo, tenían un guajolote que correteaba a los niños, asi que decidieron ir a ver, y al rato una docena de chiquillos se divertían con el pavo. Hacían competencias para ver quien corría más sin ser alcanzado. Tocaban la puerta y decían:
      ─Señora, venimos a ver al pico pico.
      ─¿A quien?
      ─Al pico pico. El guajolote que tienen
       ─Ya hasta lo bautizaron. Pásenle, nada más no lo vayan hacer enojar.
       ─No se preocupe doña.
Llegó el frío diciembre con sus días cortos y noches largas. El ambiente navideño invadía sus corazones.  Se olvidaron por un tiempo del pico pico para salir a la calle para divertirse con los carritos alegóricos, fabricados con cajas de zapatos, forrados con papel de china y en medio de la caja una vela encendida, arrastrado por un pequeño cordel. Después las posadas, con dulces, frutas y piñatas.
      
En la víspera de la navidad, un 23 de diciembre por la mañana, uno de los niños le grita a su mamá:
       ─¡Má! ¡No está el pico pico!
       ─¿Cómo que no está?¡Búscalo bien! En ocasiones se duerme arriba del mezquite.
       ─Ya lo busqué bien y no lo encuentro – contestó el niño al borde del llanto.
      Buscaron por todos lados al guajolote, preguntaron a los vecinos, nadie sabía nada. Sonaron las doce campanadas del 24 de diciembre, se dieron el abrazo de navidad, flotaba un sentimiento de tristeza y de nostalgia, no había la alegría como en otros años. Los más pequeños no pudieron resistir, comenzaron a llorar, todos extrañaban al pico pico. No cenaron pavo como lo habían planeado. En el brindis, don Anselmo les dijo que lo importante era la reunión de  todos juntos, ya habría otra ocasión para comer guajolote. Que por lo pronto le entraran a las enchiladas y pambazos que había preparado doña Maru.
Desde entonces nadie olvida aquella navidad ni al pico pico que se lo robaron un día antes.       


EL COMPLEMENTO PERFECTO
Soco Uribe

–¿Qué haría yo sin ti?, ¿Te has dado cuenta que siempre estamos juntos y que nuestra separación sería casi imposible? -le repetía, noche a noche, su dulce amante sin empacho alguno. 
Ella, asombrada, sólo callaba y se mantenía quieta, ahí, en la mesa.  No podía creer que él le hablara así, con esa gran seguridad, como si estuviese destinada a permanecer a su lado por una eternidad.  Aunque, a decir verdad, a ella no le disgustaba la idea.
Él, como siempre, halagaba su dulzura y la suavidad de su cuerpo.  Ella, se mostraba feliz ante el ardiente calor de su presencia  y el delicioso aroma que despedía su cuerpo; motivos de sobra para enviciarse con su presencia.
Conforme transcurría el invierno, sus encuentros diarios tenían lugar a la misma hora y en el mismo lugar.  Siempre, rodeados de gente muy diversa, pero, con motivos comunes. 
Atentos, escuchaban las interesantes conversaciones de las personas, aprendían de la vida y, gracias a la mutua atracción que ejercían sobre la gente, ésta se congregaba a su alrededor para convivir, conversar y aliviar un poco el cansancio acumulado por las jornadas de trabajo o de estudio. 
Por estas y muchas otras razones, la concurrencia deseaba regresar cada noche para encontrarse con ambos, saborear su presencia y exclamar gustosos:
–¡No cabe duda!, la concha y el chocolate caliente son el complemento perfecto para las reuniones en casa de la abuela.

Día de Campo. Ilustración de Gabriel Herrera

ARBOLADA
Rosaura Tamayo Ochoa

Un camino de nubes verdes, con follaje y flores. Pasaje de arboledas que se abrazan entre si, para bañar con su sombra. Árboles como soldaditos formados, para enmarcar un camino lleno de hojas con semejanza a monedas sueltas, que se han pulido a través de los años y el viento. Se llega a un paraíso terrenal, troncos con brazos que agarran nidos, y piernas que se confunden con la tierra, cada uno tiene su correo de pensamientos  y sus recuerdos.

Como esos días de campo con la pelota, y ese perro blanco, de nombre donky, que brincaba sin parar, tratando de atrapar sueños. La madre tendida en una cobija de cuadros de colores, leyendo su libro favorito, y el padre de nombre José armando los columpios para la diversión de los  chicos. Ese inolvidable aire, con olor a amor, con su brisa de mañana, el canto de los pájaros en coro bañando el ambiente, y las hojas aplauden unas con otras, contagiando la felicidad, que se confunden con los gritos y las risas.

Mary, la mamá, dice a sus hijas Lupita, Rosa y Elena:
 —Acerquen la canasta de comida, ya hace hambre y más los niños con tanto juego se les olvida hasta el alimento.
Llega corriendo Carlitos, con las manos llenas de tierra y su carita escurriendo de sudor. Él dice.
—Pásenme el agua primero, tengo mucha sed.
Lalito le contesta:
—No te la tomes toda, yo siento seco mi cuerpo.
La mamá, sonriente, les apunta:
—El agua es mucha y alcanzará para todos -y le gritó al más grande de los chicos- Juan, si no corres ni tortillas alcanzas. Todos sonrieron.
Mary, la mamá, comenzó a servir los tacos con guacamole, crema y salsa, por último arrimó la fruta y una bolsa de dulces, esa agua fresca de piña natural aún con sus trozos llenándonos con más deleite.
Se sentaban todos en la cobija, haciendo un círculo donde se contemplaban con gusto al comer, hasta el donky alcanzaba su pedazo de frazada.

Quizás no se platicaba mucho, pero se olvidaba por unas horas la escuela, el encierro de la casa, la rutina diaria, se relegaba ese panorama donde pisas cemento, que te quema hasta los calcetines, donde los árboles se han cambiado por postes y las hojas por cables, no hay  pasto, ni limpio aire, se siente como el mismo hombre despoja a la naturaleza de lo que es suyo, a cambio de un supuesto desarrollo.
Tirados todos los hermanitos sobre el pasto, ya con la pancita llena, miraban las nubes esperando encontrar un borrego o un perro, hasta que poco a poco cierran sus ojos, descansa el cuerpo, para agarrar energía y seguir haciendo lo que más les gusta: ¡jugar!




domingo, 11 de marzo de 2018

TLAQUETZALLI




TLAQUETZALLI
-Relatos sobre la cultura mexica-

“Es un libro de cuentos… pero somos nosotros. Amparado en la muy rica tradición oral del México prehispánico, Tlaquetzalli es una exploración en cómo los mexicas encontraron su rostro y corazón. Tomados distintos momentos de la historia, el autor recrea cómo el que se conoció como el pueblo sin rostro poco a poco va construye su personalidad.  Pero esa historia no ha terminado, sus herederos, los mexicanos actuales también debe aprender de esas enseñanzas para fortalecer su corazón y recuperar la grandeza del pueblo mexicano.
Tlaquetzalli nos hace responsables de continuar con el legado más importante: hacer de México el lugar desde donde debe partir, hacia todos los puntos del Universo, la verdad de los dioses para que siga existiendo la humanidad”.

Enrique R. Soriano Valencia nos presenta de esta manera una parte de nuestra historia. Escritor, periodista, experto en gramática  y compañero del Diezmo de palabras es, además, un incansable buscador de esos momentos en el tiempo que conforman el legado que nos enriquece el presente. Compartimos dos relatos de su reciente libro, Tlaquetzalli. Vale.



NUESTRA NOCHE TRISTE
Enrique R. Soriano Valencia

Los quejidos invadían el ambiente. Cadáveres y heridos se mezclaban en el lodo; llovía fuerte esa noche. Los guerreros mexicas estaban alegres al ver huir a toda prisa al invasor europeo. Tláloc festejaba con ellos. Retirar los puentes, les dio la oportunidad de tenerlos a tiro de piedra y atacarlos como hacía mucho deseaban los mexicanos. Mantener un año a los extranjeros en su ciudad y observar mudos sus ofensas, los tuvo siempre al borde de atacarlos. Ahora, gracias a Cuitláhuac, decenas de españoles y miles de tlaxcaltecas yacían muertos por doquier.
Solo un joven guerrero se sentía desmoralizado. No estaba al pendiente de la huida del enemigo. Su vista contemplaba los cuerpos que manchaban pisos y canales. Fue la batalla más dura jamás librada. No obstante la victoria, él sentía opresión en el pecho.
―Alégrate, Xiutototzin. Los derrotamos. Ahora regresarán a su tierra, de la que nunca debieron salir. Los dioses nos sonrieron, aún están con nosotros.
―No estoy tan seguro, reverenciado Cuitlahuatzin. Tú mismo eres sacerdote y guerrero, señor de Iztapalapa. Todo lo que está aquí debe contrariar a los dioses.
―Ellos nos dieron la victoria, no pueden estar molestos. Es su voluntad… Siente cómo los cielos festejan con nosotros.
―¡Esto no está bien!, Cuitláhuac, ¡¡¡no está bien!!! Sangre por los suelos. No puede despreciarse así el alimento de los dioses. Ni Coatlicue nos lo agradecerá. Ella toma las inmundicias, nuestros pecados, lo que nos estorba para ser mejores… no la sangre del Sol. No, no está bien. No puede estar bien. Hay algo malo en esta victoria. Su dios, no los nuestros, es quien hizo esto.
―Xiutototzin, te angustias sin razón –respondió Cuitláhuac en tono comprensivo–. Estos hombres vinieron a alejarnos de ellos. Tú mismo fuiste testigo en el palacio del venerado huey tlatoani lo que tanto decían a mi hermano Motecuzoma. Si su dios fuera de amor, como tanto insistieron, no usaría armas tan contrarias a la vida. Recurrirían a las palabras de amor, como lo hizo en su tiempo Ce Ácatl Topiltzin Quetzalcóatl, pero actuaban de forma diferente. Estos extranjeros a su paso desde el mar, destruían todo, ofendieron a los dioses. En todos los teocallis tiraban sus esculturas para plantar su cruz. Motecuzoma hizo mal en recibirlos y hospedarlos. Desde un principio le hice saber que ellos no eran parte de las profecías. No debes abrir el corazón y la casa a quien no te respeta.
―Él fue débil. Tu hermana resucitada lo trastornó. Nadie había regresado de Mictlán, el lugar de los muertos. Motecuzoma lo interpretó como un rechazo de los dioses a la sangre de tu familia. Se convenció que por eso la regresaron a los hombres. Fue fácil dejarse tentar por otro dios, diferente de los nuestros.
―Esa sangre es la mía y la tuya también, Xiutototzin. Él fue mi hermano de sangre y tu primo. Es la misma sangre de los venerados toltecas. Los dioses bien saben que no hay líquido más valioso y fiel a ellos.
―Quizá ahí estuvo nuestra ofensa a los dioses, cuando fue derramada al suelo y no entregada en sacrificio. Debimos capturarlo y presentar su corazón en el cuauhxicalli, la copa del sagrado altar.
―Eso era imposible, Xiutototzin. Era nuestro huey tlatoani, el que tiene la palabra de los dioses. Su sangre estaba ya destinada desde que fue elegido para ser el primer intérprete de la voluntad de las divinidades. Esa sangre es una con el Universo.
―¡Eso es lo que quiero señalar! Su precioso líquido lo esparcimos por el suelo con aquella pedrada que lanzaste con tu honda antes de empezar esta batalla… ¡Y yo fui quien te dio la piedra y la idea!
―No te des todo el crédito, Xiutototzin. Yo también estaba convencido que ya no era nuestro guía cuando desconoció a los dioses y nos quería convencer de seguir a estos hombres pálidos y su dios sacrificado de forma salvaje. No hiciste más que ser el instrumento de los dioses, al igual que yo. Se dejó embaucar como niño, creyéndoles los adelantados de Quetzalcóatl. Nunca valoró que si el Dios Civilizador los envió, jamás usarían esos instrumentos extraños, ni esas bestias horrendas para hacer daño.
―¡Pero derramamos sangre valiosa y luchamos de forma indebida! Eso es algo prohibido. En las escuelas y en la Casa de la Águilas nos enseñaron que jamás, ni en combate, debíamos desperdiciar sangre, el alimento de los dioses: solo en sacrificio ellos la recogen del sagrado recipiente águila. ¡Ve ahora a tu derredor! Hemos expulsado de México-Tenochtitlán a estos guerreros de un tlatoani lejano, ¿pero a qué precio? Ahora, los que sobrevivieron se reúnen en Tacuba a llorar por su derrota, ¿qué tenemos en nuestras manos? Ganamos lo que nunca habíamos hecho, lo que nos está prohibido en batalla… atacar por la espalda o por los costados y matar… ¡matar en batalla a nuestro oponente! ¡Tiramos sangre valiosa en lugares impuros!, Cuitláhuac. Sellamos nuestro destino. Somos nosotros los derrotados, no los victoriosos. Nos cambiaron, ya no somos los mismos. También a nosotros nos engañaron como a niños.
Xiutototzin no pudo contener el llanto. Cuitláhuac lo tomó por los hombros y lo sacudió con fuerza.
―Regresa en ti. Estás alterado por el esfuerzo. Hicimos lo que debíamos hacer. ¡Estábamos obligados!, fueron sus condiciones y no nuestra voluntad. Es la primera ocasión que matamos en batalla, es la primera vez que no esperamos a que nos dé la cara el enemigo al luchar. Estoy dispuesto a continuar con esas extrañas formas de guerrear por defender a nuestros dioses y el Centro del Universo.
―¡No! ¿¡Dónde caímos!? ¿Cómo es que ves normal llegar a esto?
―Es cierto que nunca llegamos a este extremo, pero ¿acaso no nos lo enseñaron estos mismos extranjeros?, ¿no mataron sin compasión en los pueblos que se les opusieron? Ellos llegaron a ofender. Fueron ellos quienes nos dijeron cómo: nos enseñaron a matar sin honor. Nosotros ahora les pagamos con la misma moneda.
―Cuitláhuac –respondió Xiutototzin con actitud más serena y con un profundo suspiro– escucha lo que dices, ¿por qué debemos ser igual que ellos? Acaso, ¿son ellos nuestros maestros, los respetados temachtiani? ¿Por qué debemos aprender sus prácticas? ¿Dónde están nuestras convicciones?, ¿dónde nuestro juicio? ¿Dónde están nuestros valores…? ¿En dónde queda lo nuestro? ¿En dónde dejamos a nuestros dioses, nuestro espíritu tolteca? Damos la espalda a todo lo que aprendimos. Nuestra forma de ser, de actuar, como les dicta a ellos su dios, también yace aquí. Hoy, esta victoria es nuestra derrota. Somos como ellos. Nos han ganado. Nos han derrotado. Somos sus gemelos. Perdimos en la lucha el rostro que nos heredaron nuestros antepasados.
»Cuitláhuac, te seguiré porque hoy fuiste nuestra guía, con tu arrojo y visión. Nadie duda que serás nuestro nuevo tlatoani. Pero piensa que en tus manos está no perder nuestro ser. No debemos dejar de ser nosotros mismos. Recupera nuestro rostro. Busca conservarlo, porque en el momento en que dejemos de ser quienes somos, en ese momento México-Tenochtitlan habrá sucumbido.
Cuitláhuac ya no respondió. Quedó pensativo. Se sentó en una piedra. Dejó caer su macuáhuitl y vio ahora con claridad la escena. Solos los altares se manchaban con sangre, pero hoy era toda la ciudad. Lo que fortalecía a los dioses se desperdiciaba en cada rincón, se desplazaba por todas la paredes. México-Tenochtitlan ahora lucía de un rojo que no era el que complacía a los seres divinos. Toda la ira aparecida desde el momento en que se rebeló a su hermano Motecuzoma, desaparecía. El arrepentimiento lo hizo suyo. Se sobrecogió. Su ciudad, la más hermosa urbe jamás construida, el Centro del Universo, ahora le parecía una metrópoli extranjera, tétrica, con almas deambulando por todas partes, sin orden ni concierto. Estaba triste, pero no quiso reflejarlo para evitar desánimo.

El consejo de notables a las pocas horas se reunió. La euforia de la victoria era manifiesta. Cuitláhuac fue el líder indiscutible y nadie puso en duda que era el mejor de los escasos nobles ahí congregados para ser el nuevo tlatoani. Por unanimidad lo eligieron.
Los guerreros águila y jaguar, a pesar de lo extenuados, pidieron permiso para seguir a los sobrevivientes extranjeros y darles muerte. No era costumbre, la cercanía les daría una victoria absoluta.
El nuevo tlatoani lo prohibió. Como supremo sacerdote pidió a los mexica que usaran su corazón y fuerza para que México Tenochtitlan recuperara su esplendor: limpiar la ciudad de cadáveres, lavar la sangre de las calles porque en los altares. Les pidió que dieran consuelo y aliento a viudas y huérfanos. Solo ordenó sacrificar a los caballos y poner sus cabezas en tzompantli, el altar de cráneos. Ellos también fueron grandes guerreros y su sangre sería apreciada por los dioses. A los extranjeros y de otras tribus, los entregó a los sacerdotes para continuar las ceremonias del calendario ritual. Solo a unos cuantos rostros-como-de muerto mando curar sus heridas y los dejó en libertad para que regresaran a su tierra a reportar que México-Tenochtitlan jamás traicionaría a sus dioses, que las estrellas seguirían viendo el Centro del Universo.
Xiutototzin vio con gran regocijo sus decisiones. Sintió que una nueva etapa de esplendor se avecinaba. La fuerza que da superar un momento difícil es siempre la mejor.
El propio huey tlatoani Cuitlahuáctzin participó en los trabajos de limpieza de la maltrecha ciudad. Una actividad así era inusual para la mayor dignidad mexicana. No obstante, también se dio tiempo para presidir las ceremonias del calendario ritual. El espíritu religioso los hizo regresar a sus tareas para facilitar la marcha del Universo por los cauces trazados.
Los cadáveres fueron quemados. Otra decisión diferente. Debían evitar que se pudrieran en la ciudad y en el agua, por respeto a Chalchihutlicue, la consorte del dios de la lluvia. Para Xiutototzin, Quetzalcóatl reencarnó en el noble Cuitláhuac. No era el único: a pesar de las enormes bajas y los graves destrozos, la alegría renacía en el corazón de los mexicas. Los braseros fueron encendidos de nuevo y el bullicio del tianguis de Tlatelolco se reanudó. La población también se sintió alivio pues ya no alimentarían a extraños y enemigos.

A los pocos días, Cuitláhuac murió a causa de la viruela. A muchos guerreros pasó lo mismo. El pasmo fue mayúsculo. Xiutototzin lloraba desconsolado por toda la ciudad. Nadie sabe si regresó a Teotihuacan, de donde salió como tlatoani antes de la llegada de los extranjeros. Algunos lo confundían porque ya jamás dejó ver su rostro, oculto detrás de un manta, como de mujer. Por las noches gritaba con lamentos muy agudos «¡Ay, mis hijos!». La moral cayó. Todos interpretaron que los dioses seguían disgustados…

Los extranjeros se alojaron en Tlaxcala, recibían refuerzos de la costa y hacían nuevas alianzas con tribus enemigas de los mexicas. Ahora se les unían para emprender la batalla decisiva contra México-Tenochtitlán.
El llanto de Xiutototzin aún llena de tristeza al alma de Huitzilopochtli. 


HUÉRFANOS
Enrique R. Soriano Valencia

Dioses, ¿por qué nos abandonan? No entiendo. Dimos con cada generación lo que nos ordenaron. Cada uno de sus mandatos fue cumplido. Desde la salida de nuestros ancestros de Aztlán hasta le elección de Cuitlahuátzin, hicimos lo indicado.
Ahora, cientos… miles de personas mueren por doquier. No es solo nuestro pueblo. En todo el imperio, aliados y súbditos caen en el petate con sed insaciable. Su piel se llena de pústulas, como si Nanahuatzin, el dios Andrajoso, trasmitiera su desgracia.
¿Qué desencadenó la huey cocoliztli ?
¿Sería el Tezcatlipoca negro, envidioso de su hermano, quien trajo los pesares del buboso porque no pudo ser Sol?
¿Fue, acaso, la resucitada Papatzin –la hermana de Motecuzoma– la portadora de la venganza de Mictlatecutli, quien se sintió burlado por Quetzalcóatl cuando trajo los huesos de los hombres para hacer a la humanidad?
¿Es porque dejamos sin conquistar Tlaxcala para tener ofrendas cercanas?
¿Sería el derrocamiento violento, como nunca había sucedido, del huey tlatoani Motecuzoma?
¿Nos trajo la antipatía de los dioses la muerte de los invasores fuera del altar?
¿Es un embrujo del dios barbado y salvajemente expuesto en una cruz?
Soy un sacerdote, soy un principal… y no sé qué responder a mi pueblo.
Dioses, hoy están más callados que nunca. Sus señales han desaparecido del cielo. No están en el humo de copal; no se asoman ya a las nubes; la sangre en el altar no muestra su pensar.
¿Acaso la luz eterna de Tenochtitlan, la que recorre todos los caminos, dejará de alumbrar?
Somos hijos obedientes. Llevamos su palabra divina a todos los confines. Su saber lo estamos entregando a cada pueblo que nos permitieron encarrilar…
No nos dejen huérfanos.






*Tlaquetzalli está publicado por Ediciones La Rana, del Instituto Estatal de la Cultura de Guanajuato.

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