domingo, 24 de junio de 2018

NUESTRA CARA DE GATO



NUESTRA CARA DE GATO

El gato… ese felino escurridizo y tan fiero como tierno, que pasa inadvertido con sus pasos de silencio, ha sido protagonista de todo tipo de cultos: objeto (como un dios) y sujeto (mensajero, ser diabólico o con propiedades mágicas). Sopesar la historia del gato es revisar los propios anhelos, miedos, aspiraciones y frustraciones de la humanidad.
Según la ciencia, tiene siete mil años el proceso de domesticación y aún no termina. Todavía es salvaje, a pesar de su comportamiento tierno y grácil. Al gato no lo tenemos… él nos tiene (quizá se requiera otro tanto de tiempo para moldearnos a su parecer). El gato decide a quién está apegado, pero no lo reconoce como amo. El perro entregó su libertad por una caricia por lo que necesita la atención de su amo y es capaz de morir de hambre su lado, solo por amor. En el perro se entiende la vinculación entre las palabras amo y amar. Al gato la caricia no lo doblega porque es capaz de decir «ya basta» y si su dueño no lo dota de alimentos, lo abandona. 
El gato no depende del ser humano; el ser humano está atrapado afectivamente al gato por sus cualidades. Su vanidad es legendaria. Se acicala tanto como le es posible. Solo deja esa actividad para dormir, si le llama algo la atención o debe comer. Su curiosidad no tiene límite. Escudriña todo lo que se mueve hasta matarlo. Juega con un ratón todo el tiempo que le es posible: la impaciencia pierde a la víctima. El egoísmo  y vanidad del gato lo hacen atractivo porque refleja esas añoradas cualidades humanas. El gato es un espejo en el que nos miramos.
Estas no son narraciones extraordinarias de los gatos; son gatos que motivan el extraordinario gusto de dedicarle una narración. Disfrútenlas.
Enrique R. Soriano Valencia




FELIS SILVESTRIS CATUS
Rafael Aguilera Mendoza

Terciopelo gris, seda y uñas. Cabía en la palma de mi mano y sobraba espacio, un gatito de peluche; pero un miau lánguido me dijo: "estoy vivo".
Ahora, este puñadito de carne y huesos es nuestro gato. Lo trajo mi nieto Jonatahn. Nos dijo que tenía un mes de vida, y que es gatita. Ya tiene viviendo dos meses en mi casa, es decir, tiene tres meses de vida. Esta minina es muy loca y muy feliz, por eso, mi hija Minerva le puso por nombre, Happy. Es una cachorrita de entre dos, y dos años y medio, según la edad equivalente gatuna con la humana. Por eso la cuidamos como se cuida un bebé.
Happy no tiene pedigrí, es lo que se dice raza común y corriente; pero es inteligente y tiene su belleza escondida. Está creciendo mucho, larga y delgada, pero muy fuerte y veloz. Sus ojos verde-amarillos se tornan plata brillante por el reflejo de la luna.
Al separar a Happy de su madre a tan tierna edad, le faltó tiempo de aprender de ella  y oportunidad de jugar con sus hermanitos a las luchitas, vale decir, rasguños y mordidas, como es la costumbre entre las crías felinas. Todos en casa, aceptábamos que Happy jugara con nuestras manos y pies. Eso cuando llegó de un mes de edad. Ahora ya se pasa en sus juegos y amorosas manifestaciones.
Comprendo con pena, que Happy es más salvaje de lo que yo quisiera. Se esconde bajo un mueble o en un rincón, y al pasar cualquier humano de la casa, se arroja a los tobillos y muerde el pantalón, y a veces, piel o carne. La regañamos y le damos un pequeño coscorrón para que no lo haga, entonces, corre a esconderse entre los muebles. Después de un rato, se hace presente, hace un lastimero miau, como disculpa, y si alguien de la familia está sentado, se arroja suavemente a su  regazo. Sabe bien que toda la familia la quiere. No nos guarda rencor. Ya se apoderó de toda la casa y del corazón de todos los que la habitamos. Para Happy, yo soy papá gato que le consiente casi todo.
Cuando Happy llegó a esta casa, tenía miedo de salir al pequeño jardín del patio trasero. Ahora es su lugar favorito. Para ella es una selva. Husmea y se cuela por macetas y rincones. Se trepa hasta más de un metro del tronco del limonero, este que en abril era una fronda de esmeraldas, y ahora, con estos tórridos días de mayo, se engalana con áureos frutos. De pronto, Happy yergue las orejas, la fiereza de sus ancestros le sale por los ojos. Yo no sé qué recuerda, que ve de otras vidas. Me imagino que en este pequeño jardín mira el bosque, la montaña de sus antepasados.
Ayer vi en internet  la foto de un gato silvestre. Happy es el vivo retrato en imagen, color  y salvaje belleza de ese su tatarabuelo.



DESCANSO INTERRUMPIDO
Verónica Salazar G.

Después de una ajetreada semana, lo que más quiero esté domingo es descansar en casa.
Acomodo mis descuidados cabellos con los dedos y enfundada en mi vieja bata, me siento en el cómodo sillón adquirido en un bazar. Por fin veré esa película que por falta de tiempo no he podido disfrutar. Mis planes se ven interrumpidos cuando te asomas por la puerta de la recamara y me observas con esa mirada intensa y profunda. Me sorprende, ya que te dejé dormido después de levantarme. Admiré tu cuerpo relajado a lo largo de la cama, por eso salí sin hacer ruido y ahora estás ahí, titubeante, acechando. No lo dudas, te acercas con paso ágil, firme, sensual. Te frotas en mis piernas y me estremezco, sonrío. Sé exactamente  lo que quieres, tú nunca olvidas y yo te prometí algo ayer si te portabas bien. Así que dejo todo de lado y voy a la cocina mi querido Misífuz.
Abriré ese delicioso atún para ti, mi querido gatito.




CHITO
Laura Margarita Medina Vega

El color oscuro de su pelaje y el azul de sus ojos le daban un toque de misterio.
Fue mi primera mascota regalo de Don Cándido, un vendedor de cachorros que tenía su puesto en el mercado Morelos de la ciudad de Celaya.
Cada vez que llega a mi mente aquel domingo, vuelvo a ser niña, la pequeña consentida de mamá. Que siempre anheló tener de un gato para jugar con él y cuidarlo como  si fuera mi hijo.
Ese día, mi hermana mayor y yo, acompañamos a mi madre a hacer el mandado. Entre los andadores donde se vendía la fruta estaba un agradable anciano que nos saludó amablemente. Mamá se acercó a platicar con él, mientras mi hermana y yo curioseábamos entre las cajas de cartón donde estaban unos hermosos gatitos. El hombre al ver nuestras caras de alegría nos regalos uno a cada quien. Mi  hermana se quedó con el gris y yo con el negro, al cual le  llamé Chito.
Era un gato muy inquieto y desobediente. Me arañaba cuando lo quería tocar. No le gustaba jugar, y creo que hasta le caía yo mal. Lo eduqué un poco pero nunca le gustó bañarse, además se escondía y salía solo cuando le decía: Chito, Chito, Chito. Luego, caminaba con paso lento y una mirada sagaz.
Mi espíritu travieso me hacía correr para atraparlo, pero siempre fue más ágil de lo que pensaba. Filosas garras aparecían de pronto de entre sus patas para encajarse dentro de mi piel. Lo soltaba de inmediato.
 A pesar de su horrible temperamento, lo amaba demasiado.
Una noche, mamá me pidió que le acercara su bandeja de comida. Y mientras comía lo observé. Me dio mucha ternura. Le puse mi pequeña mano sobre su cabeza y de pronto, con un gesto agresivo volteó la cabeza y aprisionó uno de mis dedos con sus filosos dientes. Yo grité:
           –– ¡Mamá, mamá!
Chito no soltó mi dedo, hasta que mi madre apareció. Con un ademán amenazante, ella lo asustó.
Después de lavar la herida me llevó a dormir. Aunque seguí llorando por el terrible dolor.
Al amanecer ya había perdonado a mi mascota. Quería verla de nuevo. Lo busqué, dije muchas veces su nombre mientras caminaba por toda la casa. Lloré de nuevo porque creí que me había abandonado. Gritaba desesperada:
           –– ¿Dónde estás Chito?
 Al llegar a la última habitación me encontré a Chito.  Su cuerpo colgaba de entre los fierros que detenían el burro de planchar. Me acerqué de prisa, lo toqué temerosa. ¡No se movía!
Chito, extrañamente, había muerto.



MAMÍFEROS CUADRÚPEDOS
Eduardo Vázquez G.

No sé si se escriba “ñau”, o “miau”, lo que si sé, es que es media noche ya y esos condenados gatos no dejan de gritar como escuincles llorando.
Según dicen que le cantan a la luna y alguna vez me comentó mi amigo el poeta Martín Campa, que esos animales son primos lejanos del hombre lobo, además de ser compañeros de los fantasmas, enemigos del chupacabras, y muy amigos de las brujas y lo desconocido, sobre todo los de pelaje negro y ojos amarillos, además de ser rateros, pues aprovechan la noche para meterse a las casas y robarse lo que puedan de comida.
 Y yo por más chiflidos, gritos y zapatazos que les aviento, no logro callarlos y solo me distraen a la luna; ella que es la portadora de los mensajes amorosos a  los enamorados, ella que es la que se encarga de acortar las distancias, ella que es la musa perfecta para el escritor. Luna hermosa que nos hace sentir románticos, esa luna que muchas veces he pensado que solamente es mía y de nadie más, esa luna que inspira, que entristece, que hace llorar y que a veces aconseja para tomar decisiones importantes, esa luna que se mete por la ventana y entra silenciosa a tu cama. 
Y estos mendigos mamíferos, cuadrúpedos, felinos de cuerpo flexible, cabeza pequeña, largos bigotes y excelente visión nocturna, me vienen a romper la inspiración.




BESO DE GATO
Diana Alejandra Aboytes Martínez

Era verano. Yo vestía sólo una transparente bata corta mientras cocinaba. Abrí la ventila para que salieran los vapores. Mi cuerpo se movía con cadencia obedeciendo al ritmo de jazz que sonaba en el radio.
De pronto en la ventila, un gato negro me observaba. Con su mirada largamente verde y su porte engalanado me sorprendía bailando.
El muy atrevido, al verse descubierto, no se sintió intimidado. Antes bien el muy coqueto, con elegancia movió su esponjado rabo.
Me pareció tan gracioso. Todo guapo, peludo y descarado, ¡me robó el corazón!
Dio un salto y ya estaba adentro. Le ofrecí un plato de sopa y en agradecimiento se enroscó entre mis piernas, mientras lo acaricié por el cuerpo.
Si hubo alguien que besó un sapo, ¿por qué yo no he de besar un gato?
Anoche lo tomé entre mis manos y lo besé en el hocico. No debió gustarle porque ya no lo he visto.
Tal vez un día de estos aparezca hecho hombre o yo amanezca maullando.



TEO
Victor Manuel García Aguilar

Esperaba todos los días justo fuera de la puerta a que llegara de la escuela. Sabía que no faltaba mucho, la sombra del árbol no era tan grande y estaba justo debajo. 
Esta vez llegó contigo, la tomabas de la mano y sonreías. Me miraste, entraste después de ella y los seguí a la sala. Me tomaste entre tus manos, eran más grandes que las de mi dueña, sabías justo donde acariciarme. Tus ojos y los míos estuvieron en contacto, me remedabas a la vez que mis pupilas se cerraban y cada que bostezaba.
Estaba a punto de irme y te escuché, sólo existe una canción en el mundo que me hace sentir increíble y tú, comenzaste a chiflar nota por nota el coro de esa canción.
He de admitir, al principio no me agradabas y actuaba como vil felino para que me detestaras y no volvieras. Pero ese primer silbido, ese sonido tan suave y tan agudo me dejó hechizado.
Ella te hacia esperar, me tomabas en tu regazo y me acariciabas el pelaje sin cesar, masajeabas mi cabeza y en tus dedos me sentía protegido. Te hiciste mi amigo y te empezaba a extrañar. 
Yo ronroneaba al acostarme contigo a ver la televisión, me echaba sobre tu pecho y te sentía respirar, la besabas y me decías adiós. Pero lo que más me gustaba era escuchar tu silbido.
Siempre que nos visitabas, dudaba que ella se emocionara más que yo. Por primera vez cruzaba el patio delantero y en tus brazos paseaba con ustedes, cada beso con ella era una caricia para mí, la abrazabas y entre los dos el frío del parque se convertía en verano.
Un mes después ella me tomó de la ventana, llevaba una playera, y en ella tu aroma. Me acerco y me recuesto sobre ambas, ha pasado un tiempo y no te escucho cantar. Parece que llora, se siente fría y su voz se quiebra.
Hace un año no te veo. Me pregunto ¿dónde estás? Para ser sincero, ahora que recuerdo ella me contó que hace poco terminó su amor. 
No lo entiendo ¿Acaso te olvidaste ya de mí? ¿Qué te cuento? Ella llora al dormir y yo solo quiero escuchar tu silbido. Su amor debería durar mucho tiempo. Ven a visitarme una vez más por favor, te lo pido. En verdad extraño mucho tu silbido.




*Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.

domingo, 17 de junio de 2018

COMO UN RUMOR DE ROCAS DERRUMBÁNDOSE



COMO UN RUMOR DE ROCAS DERRUMBÁNDOSE

“Era tu sombra la única importancia
que tenías en la edad de los latidos
con los que mi niñez me presentaba
a todas las criaturas vegetales.”
Herminio Martínez

Se dice que ser madre es un acto de amor, pero ser padre es un acto de fe. Y esa fe nos conmueve al recordar a nuestros padres cuando ya han pasado los años y ahora somos nosotros quienes somos vistos desde los ojos de nuestros hijos. Aquellas personas que tienen la fortuna de contar con su padre todavía, valoren el esfuerzo, la dedicación, el amor y la constancia de velar por ustedes. Algún día ya no estará a su lado para guiarlos, reprenderlos, orientarlos, darles un abrazo o una palmada. Cuando pasen los años y lleguemos a la edad de la iluminación, sólo recordaremos su memoria “como un rumor de rocas derrumbándose”. Vale.



SER PADRE
Héctor Ortega

Mi padre trabajaba todo el día. Esperar su llegada a casa no era fácil, pocas veces me vencía el sueño, lo normal es que me desvelara mi terror nocturno. En mi habitación, la ventana para asomarme a la calle para ver si él se acercaba estaba muy lejos de mi corta estatura. Pero el poder de un padre puede resumirse al momento en que, debajo de esa cobija que me escondía de todos mis miedos se podía escuchar que la puerta de entrada, allá, bajando las escaleras, se abría y se cerraba. Entonces yo aventaba la cobija y ya ni iba a saludarlo, me dormía de inmediato; sabía que ahí estaba él y ya nada malo podía pasar. Creo que por eso asocio la voz de mi padre con la de un sueño. Durante el día era el señor que me atrapaba cuando yo pasaba corriendo a su lado y me daba besos de lija de barba. Me decía “tequieros” sinceros desde su corazón lleno de tristezas y alegrías veladas que rara vez contaba; siempre eran las historias de los demás. No lo recuerdo tan feliz como cuando festejaba a mamá o a mis hermanos, no lo recuerdo tan triste como con la partida de su padre. Después de todo entiendo cómo quema ese sol de luz radiante que sólo deja dudas. Lo recuerdo en pocos momentos tan claros como cuando, apenas acercándome a mi juventud plena, me pidió no regresar tarde: “ya no me queda regañarte”. O como cuando niño entré repentinamente a la sala y lo encontré bailando con mamá un bolero y él me dijo viéndome con ternura de mi sorpresa: “Es nuestro aniversario”. No lo recuerdo nunca tan claramente y tan feliz como cuando despertó de su operación, incompleto, pero salvo y observándonos en un mundo ya de por sí extraño.

Apenas entiendo. Apenas porque mi hija recién llegó a mi vida a sus 17 años. Aunque no la conocí en su niñez siento que la he conocido siempre. Y me parece que son esas caras de desvelo, esa dicha velada por ojos cansados y esa semiausencia que está por todas partes la que define, dibuja y desdibuja a un padre. Creo que hay algo de antihéroes, de guerreros protectores e implacables en los buenos padres. Hay algo o mucho acaso de niños, de soñadores, de perdones explícitos en cada uno de ellos que casi los hace amigos de sus hijos. Los hijos alejados son solamente extraños para sí mismos, y llegado su momento de paternidad, también caminan por ella sin entenderla. La paternidad es el boceto de una pintura que jamás ha de pintarse. Pero cabe decir que los buenos y amorosos padres siempre son eso, padres. Los papás, muy a menudo, suelen ser un hombre borroso en fotos y en los recuerdos se hacen presentes por causas justas o no. No lo sé por no ser hecho propio, creo que esos buenos padres merecen ser muy felicitados hoy y otros muchos días. Al menos mi padre, ese señor de manos y brazos fuertes, que a menudo me habla desde la memoria, desde sus escasas palabras, desde sus aforismos, desde su discreto pasado y con su música de boleros es el que me enseñó durante toda esa vida lo que es un padre, muy a su manera. Yo apenas soy uno, lo he dicho ya, porque mi hija me ha dado ese lugar en su vida. Pero además sé muy bien lo que eso significa porque convivo desde hace años y todos los días con padres de familia, porque convivo todos los días con sus hijos preparatorianos, y porque mis hermanos son papás y sus hijos son de muchas formas mis hijos. Creo sobre todo que sé lo que es ser un padre porque tuve uno, uno serio y callado desde su esquina de vencido y feliz desde su cielo eternamente triunfador. Claro que para mí siempre y para siempre el mejor papá del mundo.



TÉ DE…TE AMO
Soco Uribe

Hoy, la lluvia me obliga a quedarme en casa y prepararme un té de canela, cuyo aroma me hace recordar a mi padre. Aquellas tardes de verano en que llovía tanto en la Ciudad de México y no quedaba otra cosa qué hacer sino leer, nos sorprendía agradablemente a mis hermanas y a mí con esa bebida caliente. Ahora,  con la taza de té en mis manos, siento esa nostalgia del pasado, del entorno oliendo a canela y mis hermanas haciendo la tarea. Me veo sentada junto a mi papá, tan cerca de él que aún después de tantos años, al cerrar los ojos, huelo el humo de cigarro impregnado en su chaleco de color vino. Escucho aquel golpeteo melódico de gotas escurriendo sobre los vidrios de las ventanas, llorosos por la lluvia; oigo las infantiles voces de mis hermanas repitiendo las tablas de multiplicar y el chiflido de la tetera con agua hirviendo. Todo esto, en conjunto, hace que vuelva a sentir ese amor que mi papá nos mostraba al prepararnos esa simple, pero aromática taza de té. Té de… te amo.



NUTRIDA FAMILIA
Rosaura Tamayo

El señor Simón era padre de una familia muy numerosa. Siempre me pregunté cómo podía mantener a sus diez hijas y ocho hijos. Sí, eran dieciocho niños y él y su esposa sumaban veinte miembros de la familia. A todos los chicos los mantenía estudiando. Dieciocho: zapatos, mochilas, uniformes, lonche, etc. Veinte sillas en su comedor y cuartos grandes para poder dormir a todos. Preparar sesenta platos de comida diarios. No vivían con lujos, pero se podía decir que de una forma confortable. Contando que la mamá no trabajaba y todos ellos estaban estudiando.
Pasó el tiempo, los chicos crecieron y comenzaron a hacer sus vidas. Don Simón seguía trabajando y sacando adelante a los chicos que continuaban viviendo en su casa. Cada año la familia crecía y la casa era insuficiente para albergar a todos los descendientes.
Le decían que era la casa de las fiestas. Diario se reunía mucha gente y se escuchaba el alboroto hasta la esquina donde yo vivía. Pensábamos que el pobre hombre no se compraba ni calzones para poder mantener a su ejército de hijos.
Un día, el tiempo se le terminó a don Simón. Lo velaron en la amplia casa, ningún hijo o nieto faltó a ese día. No cabía la gente. Sumando lo que había crecido la familia, sus amigos y compañeros de sus hijos. Muchos estábamos parados, rezando el rosario y, al terminar la oración, entró una joven mujer desconocida, con siete hijos. Todos guardaron silencio y ella fue al ataúd a llorar amargamente lo mismo que los siete jóvenes. Todos se peguntaban:
—¿Quién es esta mujer que llora con tanto dolor?
En eso, ella enjuagó sus lágrimas y sacó unos papeles de su bolsa y les dijo.
—Soy la madre de estos siete muchachos y este hombre que está tendido es el padre. Aquí están las actas de nacimiento donde él mismo los registró. No quiero dinero ni nada, él nos ha dejado bien. Lo único que pido es que nos permitan llorar su ausencia.

Pasada la noche los hijos temían ver entrar a otra mujer con otro montón de hijos. Su padre había ocultado bien sus pecadillos.




MI PRIMER HÉROE
Soco Uribe

Al abrir los ojos, por primera vez, vi a un hombre de unos treinta años mirándome con aire dulce y una sonrisa en el rostro.   Me tomó entre sus brazos y dijo:
–Es tan pequeña que podría caber en una caja de zapatos, pero sé que en un futuro nada ni nadie la va a detener para lograr lo que se proponga.
Este hombre era alto, delgado, moreno e inspiraba confianza.  No puedo describir de qué manera supe que mientras él estuviera a mi lado nunca me pasaría nada malo. Por tal razón, me sentía segura en el nuevo mundo al que, unas horas antes, había arribado.
Más tarde, comencé a observarlo y rápidamente me di cuenta que aprendería muchas cosas de él. Es más, casi podía decir que estar a su lado era como tener un mapa en mis manos, con el cual sabría qué camino era el correcto para llegar a donde yo quisiera; cuál era la mejor ruta para no perder el tiempo buscando inútilmente y la menos torcida para que, en cierto momento, no me desviara de mi objetivo.
Para recorrer esos caminos con más rapidez y de una manera más divertida, me enseñó a andar en bicicleta, en patines y en patineta; lo cual hizo que amara estar siempre en constante movimiento y tratara de no perder el tiempo, de no gastar mis ojos y no atrofiar mis músculos tirada en un sofá viendo la televisión.
Después, me preparó para correr riesgos y para tener confianza en mí misma dándome tareas cada vez más complicadas y haciéndole mandados continuamente.  Aunque, en ocasiones, yo protestaba por tanta exigencia, la obediencia era más fuerte que yo.
También me inculcó el ser compasiva, principalmente con los ancianos y a no maltratar a los animales ni a las plantas.  Además, era muy sabio pero admitía cuando no tenía el conocimiento de algo y corríamos juntos al diccionario para consultarlo.
Años más tarde, dirigió mis pasos desde lejos y sin abrumarme, me dejó cometer errores e hizo que los corrigiera.  Me dio la libertad de escoger una carrera, sin tratar de persuadirme de abandonar mi extraña elección, para en esa época. Y, aunque fue demasiado estricto y nada afectivo, siempre lo admiré mucho; porque detrás de su disfraz de seriedad, yo sabía que me amaba infinitamente.
Él fue mi primer héroe… y mi padre.




HERENCIA
Guillermina Carreño Arreguín

El canto de mi padre
no es arrullo, es seguridad
es fortaleza divina
me dio grandeza.
El canto de mi amado
es arrogancia que embriaga
enloquece el pensamiento.
Uno me ha sostenido
para vestirme de encanto
y cubrir los sueños de fragancia.
El otro ha modelado en mis manos el embrujo
la falsía en cada peldaño del alma
sin embargo, encanto y embrujo
son la gran herencia
que guardo en el pecho
más adentro
en la entraña.






*Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.

domingo, 10 de junio de 2018

UN DÍA VINO A MÍ MELANCOLÍA



UN DÍA VINO A MÍ MELANCOLÍA

“Un día vino a mí Melancolía
y dijo: «Quiero estar contigo un poco»...”
Dante Alighieri

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METÁFORA DE LA PIEL
Julio Edgar Méndez

Sobre el abismo del mar, bajo la luz de un sol melancólico, el mundo queda muy lejos. Y las personas muy cerca. Quizá por eso la distinguió entre los cientos de pasajeros que atestaban las cubiertas de la nave. Lo primero que atrajo su mirada, fueron esos ojos velados de indiferencia. Luego, la boca de labios sangrantes en medio de un óvalo perfecto, donde el cabello se enmarañaba con el aire salado que se columpiaba a través de todo el barco. Bajando por su cuello desnudo, los reflejos del sol descubrían una piel fuerte, firme, dorada. Los senos precipitados y un vientre que invitaba a deslizarse, a través de toda su benevolente concupiscencia, con miles de lenguas -idiomas que son besos lascivos. Dos hilos enfebrecidos de algodón mojado, dejaban ver en toda su redondez las caderas augurio y el inicio de un misterioso monte, con una recién rasurada sombra desde donde tenía al acecho un pendiente de hada que subía hasta colgarse del ombligo. Pero entonces escuchó su risa. Eran campanas chinas colgando desde un madero perdido entre las montañas del Tíbet. Arias de la carcajada en un Fa infinitamente mayor. Eran cantos de pájaros desconocidos enamorando a las ondas marinas. Era una risa donde escuchó mil veces "acércate, acércate". Y se acercó. No le importó que esa quimera estuviera rodeada de brutos portando baba colgante en gajos de estupidez. No le importaron las cámaras ni los reporteros -testigos inconspicuos de lo que nadie quiere saber. Se plantó de frente a frente, con las piernas firmes sobre sus firmes pies. De ojos a gafas oscuras. La joven de la risa alada sintió que alguna mariposa soplaba en su oído y le devolvió la mirada. No sabía quién era esa mujer detrás de los Armani de carey, ni porqué la miraba, ni siquiera entendía qué pasaba, pero sintió el aguijón del deseo al mirar su imagen invertida recortada contra el color naranja de un sol que ya empezaba a besar el mar.

A ella la habían asediado los hombres desde que tenía uso de razón, sus padres la habían prevenido contra todo aquello que podría sucederle si dejaba que algún muchacho la tocara más allá del límite de la moralidad y la religión. Era una perla preciosa, según lo entendían en su libro de Smith. Sobrevivió su adolescencia sin más sexo que el ocasional festejo después de alguna parranda, y un hombre intentando meterse dentro de sus tangas, pero no sintió nunca la pasión arrebatadora para entregarse en cuerpo y mucho menos en alma. Ni todo el dinero de sus padres, ni los viajes, ni la iglesia de los santos de los últimos duetos, le trajeron nunca la paz de saberse entendida y plenamente correspondida. Ahora, a sus veintidós años, se dejaba admirar, como siempre, por los mismos idiotas de su adolescencia, aunque con cara distinta. Pero esta vez una mirada la penetró por completo, aunque fuera desde unos lentes ahumados y desde un cuerpo del mismo lado del Edén.

Fue cuando por primera vez se miraron, flotando en una nube de acero y maderas, mecidas por la cuna del mar, en medio de risas, de gritos, música, botellas brindando entre sí mismas, sostenidas por quienes creen que ellos dominan. En medio de todo ese mundo ajeno, mundo de anuncio repetido, empezaba a abrirse, sólo para ellas dos, la indudable respuesta a todas las preguntas. Y sí, mujeres las dos, jóvenes las dos, aunque eran opuestas, una rubia y otra morena; alta la rubia y la otra pequeña, una delgada sin curvas protuberantes y la otra con el cuerpo de diosa. Pero eran complementarias. Toda una gama de sexualidades cromáticas. Una, había vivido protegida, mimada; la otra, rechazada, olvidada. Tenían casi la misma edad, pero sólo en años, porque la morena llevaba corriendo un maratón de tristeza desde los trece. Hija no deseada, padre desconocido, llevada y traída de casa en casa y nunca en algún hogar. Vivió odiando y odiando dejó que su vida transcurriera sin amor. Había conocido todo. Lo bueno y lo malo, pero supo lo que quería cuando no supo responderle a ningún hombre. Quizá debido a psicologías delirantes, quizá por no saber realmente qué es un hombre, porque nunca conoció a alguno. Sólo supo de perros, bestias, de idiotas y de inútiles. Creció como una flor del campo. Bella a pesar de los descuidos. De sus ojos llenos de miel nunca se había retirado la tristeza, sus labios formaban una mueca de ironía, y cuando llegaba a reírse, de verdad, era un regalo del cielo sólo para muy pocas personas. 
La rubia nació y creció en medio del cariño de una familia tradicional, con paseos los domingos, columpio en el jardín, sábados de abuelos, de tíos y chismes de artistas. Pero no estaba contenta. Había reprobado todos los cursos que quiso probar. Cuantas cosas intentó, todas le gustaron y ninguna la terminó, porque terminaron por fastidiarla. Su inteligencia captaba todo tan rápido, que todo le aburría sin entender que su mente volaba más alto que sus atractivos. Tenía un rostro perfecto, un cuerpo perfecto. Masajes, cremas, tratamientos y spas le hicieron desarrollar la perfección que la llevó a conquistar todos los títulos de belleza, incluso ahora que, como Miss Mundo, disfrutaba del premio, ya le llovían ofertas para hacerla estrella de cine. Como si eso fuera lo que buscaba.
A la otra, a la morena delgada, con un cuerpo que no despertaba lujuria, sino más bien ternura, y que la visión en la cubierta de aquella rubia, que parecía salida de la concha de Boticelli, la tenía hechizada, nadie le hacía ofertas más que para comprar tiempos compartidos. Su piel tenía pequeñas imperfecciones dejadas por la varicela, y algunas de esas enfermedades de la niñez que fueron mal cuidadas. Sus manos eran pequeñas y delgadas, con callos de trabajos pesados, trabajos de hombre para no sentirse débil.
Ahora, sobre las olas, ambas mujeres detuvieron el tiempo en unos segundos eternos. Dejaron que sus ojos, ahora sin gafas de por medio, recorrieran muy despacio todo el horizonte. Desde el cielo azul gris bajando por cada centímetro de piel, hasta tocarse las pupilas, el mentón, el cuello de cisne y sorber cada poro la una de la otra. Los últimos rayos del sol hicieron que sus sombras se alargaran y se cruzaran hasta desaparecer detrás de las pequeñas gotas de una lluvia salada.
No hubo necesidad de palabras. Se acercaron sin preocuparse de la gente a su alrededor, del cielo ahora gris completamente, de la lluvia que como llanto guardado empezó a mojarlas a ellas y a todos. Una frente a la otra se sonrieron. La rubia era más alta, la morena más valiente. La tomó de la mano y sin prisas se encaminaron hacia el interior de los camarotes.

Nadie conocía a la joven morena, así que nadie sabía dónde dormía. Ni sabían que había ahorrado durante cuatro años todo lo que ganó desnudándose frente a cervezas y alcoholes con cara de hombres. Las buscaron para advertirles de la lluvia de sal que reventaba ya los pronósticos de huracán, pero no las encontraron. Mucho menos sospecharon la realidad que, atónitos, hubieran mal aceptado. Pero ambas supieron, de alguna manera, que debían tomar ese crucero, que era su destino, o su fatalidad. El pequeño cuarto estaba seco, tibio, muy cómodo. Se dijeron de pronto, a borbotones, todas las preguntas necesarias: "¿En qué parte de tu cuerpo se anidan las aves llamadas destino? ¿Eres tan real como los fantasmas del escapulario entre mis piernas? ¿Tú también estás delirando, o somos la manzana mordida de todas las pesadillas?".
Y las horas fueron llenándose de letras, de rostros jadeantes entre rizos dejando mensajes en cada cuello y en la humedad de las bocas. Leyeron juntas ese fragmento del poema de Paola Juárez... “Mis piernas se enredaron en tu cuerpo, mis brazos a la noche, me dejé leer con tu tacto, con tu lengua, con tus ojos atentos deletreando mi piel. Me entregué completa a la locura inquieta de tu sexo, a la imagen que el espejo reflejaba, al lenguaje que inventamos, que vivimos, que sentimos, para llenar una página más con los versos eróticos que grabamos, las dos, en nuestra cama”.
Y así, bajo la tormenta más aguda de los últimos tiempos, pero sobre un lecho seco, cayeron una por una todas las penas. Se desnudaron de ambigüedades, dejaron que su piel forjara una piel nueva, la de dos almas incomprendidas y siempre mal deseadas. Hallaron ese paraíso donde los sueños son sueños forjados de tanto creer en ellos. Rubia y morena, pieles distintas, ojos distintos, corazones que latieron a partir de ese día al mismo tambor salvaje, lejano, de ritmos frenéticos perdidos en la selva de recuerdos atávicos, que ya se olvidaron por tanta civilización absurda. Dieron al cielo un concierto que fue elevando su resonancia, hasta donde el cielo mismo empezó a escucharlas y a crear armonías con rayos y truenos que penetraron en todo lo que ellas esa noche perpetraron. Metáfora de piel abismada, misterio y certeza, ambigua, erótica, lúdica. Dos mundos entrecruzados fuera de sus propios cuerpos.

Por supuesto que ella perdió el título de Miss Mundo. La noticia dio vueltas a través de los medios internacionales hasta que se fue quedando en el olvido. Después de todo, ¿quién quiere ver a la mujer más bella de un mundo en decadencia, en brazos de la mujer menos sobresaliente del planeta, retratadas desnudas, con una risa de amor,  dentro de un camarote de tercera, aniquilando para siempre los sueños de todos los hombres que pretendieron enamorarla con idiotas y millonarios recursos?
En la belleza irracional de sus disparidades, encontré la estética perfecta. No sé qué fue de ellas después de que me contaron su vida y las vueltas alrededor del mundo, haciendo miles de trabajos mientras pudieran hacerlo juntas. Ni siquiera sé si aún están vivas, pero cuando veo la lluvia, quiero creer que son ellas dos amándose en algún rincón de la tormenta. Han hecho de todos los días, un solo sol y una sola luna. Luna que ahora mismo las mira besarse lánguidamente, con risas sabor a campanas chinas, a pájaros desconocidos arañando las olas, a historias escritas desde la profundidad de un mar que se llama destino y un destino llamado por siempre.




LA OLVIDADA
Soco Uribe

Esta mañana, al despertar, por la ventana pude ver que las gotas de rocío se deslizaban sobre los pétalos de las rosas como las lágrimas sobre el rostro de los enamorados después de una despedida. 
Entonces, me pregunté: ¿Qué ha pasado, por qué me siento tan triste, sola, acabada y sin ganas de continuar luchando en este mundo? 
Yo, que siempre había sido tan eficiente, tan alegre y tan llena de vitalidad; ahora, me encontraba sin fuerzas, desgarbada, con los cabellos maltratados y el cuerpo marcado por el trabajo arduo que había desempeñado durante toda mi vida. 
Volví a preguntarme el porqué ya no me movía, por qué permanecía en el mismo sitio y pasaba desapercibida ante los ojos de los demás.  ¿Por qué mi cuerpo, que alguna vez había sido fibroso y firme, ahora era flácido y encorvado y daba la sensación de una clara y prematura vejez?
Entonces, comencé a recordar lo importante que había sido para mí mantener la casa y el patio limpios, al pasto del jardín sin hojas secas, los techos sin telarañas,  los tapetes sin polvo y sin pelusas que los hacían verse deteriorados y a los pisos limpios y brillantes.  
También recuerdo cuando, en algunas ocasiones, les había hecho caballito a los niños y los transportaba a mundos imaginarios, donde yo podía volar como un Pegaso, por encima de países lejanos, para después encontrarnos con los príncipes y princesas de los cuentos más famosos y cabalgar con ellos hasta el infinito; deseando finalmente que, al igual que Pegaso, con un golpe de casco, pudiésemos hacer brotar de nuevo, agua del Helicón para seguir inspirando con ella a los poetas.
Recuerdo, como si hubiese sido ayer, haber servido de pareja para que aprendieran a bailar los niños de la casa cuando ya eran adolescentes, ya que les daba pena pedirles a los adultos que los enseñaran porque, seguramente, descubrirían cuál de los jóvenes estaría interesado en algún muchacho o en alguna jovencita, según el caso.
Sin embargo, en estos momentos, hasta recordar me cuesta trabajo. Tristemente, veía mi sombra reflejada en la pared y no me reconocía, no podía aceptar que ésa fuese yo.
Por la tarde, cuando el calor comenzó a menguar, escuché que alguien,  desde el jardín, dijo que necesitaba un poco de leña para encender el asador y fue  entonces, cuando una voz contestó desde adentro de la casa: “Toma la vieja escoba que tenemos en la lavandería, esa te puede servir”
Y así fue. Nuevamente, volví a servirles;  pero, en esta ocasión, por última vez.




jueves, 7 de junio de 2018

LA SONRISA DEL VIENTO



LA SONRISA DEL VIENTO
- Guillermina Carreño y Vero Salazar-




REFLEXIONES I             
Guillermina Carreño Arreguín


PERMISO
Con la anuencia del Dios Apolo
Mis versos hoy cantan para ti.
                    

LUNA LLENA
El reflejo de la luna le canta al mar
Su luz con manos de mago lo mueve,
Lo agita.
Suben las olas
Y dejan caer diamantes.


PUESTA DE SOL
El sol atesora al mar
en cada ocaso se dibujan
los  destellos de colores
Para vestir al atardecer.


OFRENDA
El encanto entre mar y sol
en la cuesta se detiene
hace brillar las olas
para regalarle a la tarde
un adorno de colores.


DE PASO
Una ráfaga de viento
pasó por mi corazón
se llevó el poco amor
que habitaba en mi pecho.


NO HAY CURA
Sin remedio
El mundo se llena de telarañas
con la mancha del letargo
La fe se ahoga y nos deja
a merced del cruel vacío.


DEDICATORIA
A mis noches de insomnio.
A mis días de soledad
Dedico este clamor de silencio.


AIDÉ
Estrella que ilumina con los ojos del alma,
invidente que ofrece rayos de su corazón
Con su canto nacido de las Ninfas.


HABLAS
Tus palabras hieren mis sentidos
cuando escucho tu voz
sentenciar mi destino.

          
CONTIGO
Cada lluvia que se aleja
lleva mi corazón aferrado a tu ser
hacia el ocaso de mi primavera.


RECOGIMIENTO
En el atrio de la Iglesia
se abrigan los suspiros, los sueños,
las horas, las estrellas, la luna, la noche
y al ritmo de sus campanas
se despierta el agotado silencio.


ENREDADERA
Hablo, sonrío con la florecida hiedra
mientras enreda su tallo
en el cansado naranjo.


COMO LA VIDA
Los Cardos ruedan con el viento
Las almas pisan la arena
Pasan, se despiden, viajan en silencio.


EN LA TIERRA
Sepulté los sueños
a un lado de los sentimientos
se hundieron entre lágrimas
con el encanecido silencio.


ASÍ ES
Los cardos ruedan en el desierto
como nuestros pasos por la vereda
A los cardos los dirige el aire
Y nuestros pasos van al viento.


CURIOSIDAD
Surco la tierra con el arado del anciano tiempo
para sembrar la semilla que llevo en mi boca
y cuando surja esa sabia planta
sabré dónde se guardan los pensamientos.


EN MÍ
Con cada gota que la lluvia guarda
en mi corazón se forma un río
ahí lavo mis recuerdos, baño mis anhelos.
remojo mis horas y también, mi soledad


AMIGO
La sonrisa del viento llena mi espíritu
Hoy trajo de un callejero remolino
un granito de arena
para acariciar mi piel
y se aleja en una gota cristalina
atado al silencio del árido desierto.



REFLEXIONES II             
Guillermina Carreño Arreguín


RIMA
La coma de tu letrado verso
se quedó en la flora de mi vientre;
ahora, digo coma
cuando me sirven un platillo diferente.


DIOSES
El hijo de Zeus
viene desde Lipari.
Entona entre las ramas
y duerme en mi jardín.


LUZ DE LUNA
Soy un simple animal enamorado,
metido en el corazón de la noche
y me encorva el reflejo de la luna.

TESTIMONIO
Tengo la espuma entre mis manos
he podido aprisionar al mar
y, sin embargo,
aún no encuentro la gota que pueda saciar mi sed.


CANTO
El mar se une a la roca
su mechón encanecido,
encierra un mensaje en cada concha
y lo narra a los oídos.
¿Lo escuchas?


INSACIABLE
No es esta hebra
el hilo con que la araña
teje sus redes,
sino la punta de la malla 
que despierta su apetito.


LÁGRIMA
De qué color es tu marca
cuando desgarra tan profundo,
su filo, aún recorre mi piel.
La mía es transparente
por la gota que guardan mis pupilas. 


NOVEDAD
Los pasos de las sombras se tensaron.
Los vampiros vuelven
para ser entrevistados.


HUMEDAD
El manto de la Luna espera en la playa
para secar mi piel,
las olas beben mis pasos
que se desnudan sobre la arena.


PARA ATRÁS
La inmortalidad del cangrejo es ilimitada
cree ir hacia el Norte y camina para el Sur.
Apunta mejor tu frente hacia el Oriente
Antes de llegar al ocaso.


TELAR
Ahora tejo la tela donde la araña parirá un ovillo
Y Medusa engendrará en tus hilos una víbora más.


ADELANTO
He aquí el séptimo credo:
el tiempo se hizo de arena.


SEMANA
Después de recorrer siete escalones
los días descansan,
mientras la noche
engendra renacuajos.


DESTINO
Mis horas están de luto
por la tarde cavé una fosa
para que la noche sepulte mi brillo


ASÍ ES
El polvorón de la suerte
nos muestra sus migajas,
La costumbre ha rebasado al amor.


AGUA PURA
Con cada gota que la lluvia deja
en mi corazón se forma un río,
ahí lavo mis recuerdos, mis anhelos,
las horas y también mi soledad.


PROMESA
“La poesía se labra
al sacar sangre de una laja
sin golpear tu frente”.
Así lo proclamó un erudito.




ES DEMASIADO EL TIEMPO
Vero Salazar G.

Vivo sin lograr calmar el dolor
de mi corazón.
Remiendo el tiempo infinito.
El sentimiento se hace interminable
me abraza despacio en esta soledad.
Las lágrimas ruedan silenciosas, lentas,
se hace un nudo en mi garganta,
el dolor se eterniza en un lapso sin límite.
¿Por qué te diluiste
en esa mañana sin retorno?
No lo sé.
Me siento como un cristal roto
zurcido por el recuerdo,                                                                                                 
solo existo para verte en la eternidad.

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PERFUME DE SAL
Vero Salazar G.

El aire me embriaga con ese aroma
que deja el agua al golpear la playa.
Camino con la mirada perdida en el horizonte
donde el mar y el cielo se besan.
Las olas se enredan en mis pies
me jalan a la profundidad
en cada paso que doy sobre la arena.
Sigo sin rumbo definido.
El agua refresca el calor agobiante de mis sentidos.
Mi alma se sacude 
se llena de energía
cuando me envuelve la vibración del mar,
y siento mi cuerpo renacer
en el baño salado que me deja el océano.
Deseo fundirme en el viento,
volar, volar como gaviota,
percibir la vida deslizarse por el tiempo
empapada de fragancia a sal, aire y sol.

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PEDRO
Vero Salazar G.

La tarde fue tragada por el crepúsculo,
el pueblo se pierde en un sueño.
El desaliento dibuja su rostro
su esposa y su hijo lo esperan en casa.
Pedro avanza, lleva a cuestas su dolor
no vendió su leña, le invade el desaliento
no sabe cómo decirle a su mujer
no habrá zapatos para el niño
mucho menos de comer.
Ahí va Pedro con su burro
caminando por la calle de piedra,
con su dolor a cuestas
y su sonrisa convertida en gesto.
Deja el caserío de tenues luces
con sus ilusiones tiradas al viento.
El burro va cargado de leña
y de la tristeza de Pedro.

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VUELO DEL AVE
Vero Salazar G.

Alas deshechas en el tiempo
un vuelo sin rumbo
cielo que me abraza,
ahogándome.
Después de ti
no hay nada.
Tempestad y olvido
asemejan negros nubarrones.
La piel resiente, añora,
recuerdos extasiados.
Así es mi oscuro destino
como ave errante sin nido.
En el horizonte,
divaga la vista
mirando el vuelo del ave
y su resplandor
al canto del sol.
Fascinada sentir el viento
cual suave caricia errante
cuando se extingue el día.
Vuelo con las alas fragmentadas
huyendo de un cielo sombrío.




*Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto. Domingo 3 de julio de 2018.


NUESTRA CARA DE GATO

NUESTRA CARA DE GATO El gato… ese felino escurridizo y tan fiero como tierno, que pasa inadvertido con sus pasos de silencio, ha s...