viernes, 2 de agosto de 2019

LIBRERIA LIBELLI Y EL TALLER DIEZMO DE PALABRAS



SINCRONICIDAD

El Taller Literario Diezmo de Palabras, fundado por el poeta y escritor Herminio Martínez, desde hace más de 28 años, sesiona cada semana sin interrupción. Hemos construido una plataforma sólida para que aspirantes, escritores en ciernes o diletantes puedan apoyarse en la experiencia de narradores y poetas con trayectoria, así como de correctores de estilo, expertos en gramática y compañeros de letras de todas las edades.
            Actualmente sesionamos todos los miércoles en un pequeño salón dentro de la Casa del Diezmo y es el único taller abierto a todo el público de manera gratuita. Tenemos registrados más de 100 compañeros, de los cuales cada semana acude un promedio de 24 participantes y cada mes se incorporan más personas.
            Todos los domingos, durante más de 20 años, con el apoyo del diario El Sol del Bajío, publicamos una página completa del Diezmo de Palabras donde dimos espacio y difusión a los compañeros del taller y otros participantes de Celaya y la región, el diario tenía un tiraje dominical de 10,000 ejemplares. Fueron 52 publicaciones al año que no se repitieron.
            Estos textos dominicales se publicaron en su mayoría a través de un este blog en internet (Diezmo de Palabras) desde el año 2009, con un promedio anual de 80,000 lecturas. Los usuarios son de varias partes del mundo.
            En la red social Facebook, tenemos también un grupo del Diezmo de Palabras donde participan activamente más de 650 personas de México y otros países.
            Somos uno de los talleres literarios más antiguos en Guanajuato y en el país. En el 2017 fuimos incorporados a la Enciclopedia de la Literatura en México.


            En el marco de las Tertulias Literarias, organizadas por José Luis Vela, en el estado de Guanajuato y Verónica Salazar en el municipio de Celaya, tuve la oportunidad de platicar con el admirable poeta Baudelio Camarillo y surgió en la conversación el tema de la sincronicidad. Incluso quedamos en extendernos más ampliamente en otra ocasión. ¿A qué viene esto?

            Al maestro Jorge Gordillo, director de la librería Libelli, en Celaya, Guanajuato, lo conocí personalmente hace más de veinticinco años a través del artista plástico César Salcedo Ojeda. El tema de la conversación fue sobre el diseño de imagen corporativa, una materia que en Celaya apenas se conocía muy. El maestro, muy generoso, me regaló un libro de Joao Costa,  Imagen Corporativa Global.  Casi veinte años después, este mismo libro fue uno de los que me sirvió de consulta para impartir la cátedra de Introducción al Diseño en la Licenciatura en Artes Visuales en el Instituto Allende, de San Miguel de Allende, extensión de la Universidad de Guanajuato. Este Instituto fue fundado circa 1937 debido, en parte, a la visión de José Vasconcelos y el maestro Alfonso Reyes.
            El taller literario Diezmo de Palabras recibió su nombre debido a que, en alguna etapa de su historia sesionó en la Casa del Diezmo cuando era dirigida por la maestra Beatriz Acevedo Buchanan, pero antes de esta etapa llegó a sesionar en la librería del profesor Gordillo, El Tercer Milenio, hoy Libelli. Nuestro maestro fundador, el escritor y Cronista de la ciudad, Herminio Martínez, fue un gran amigo del profesor Gordillo. Uno de los autores favoritos de Herminio, era el escritor y poeta Alfonso Reyes.
            Cuando la librería El Tercer Milenio se extendió hacia otra ubicación en la ciudad de Celaya, alrededor de 1999, se convirtió en el lugar favorito de mi hija de 12 años y fue precisamente la hija del profesor Gordillo –gerente de la librería- quien la encausó para iniciar su extensa colección de libros, al principio infantiles, que ella le recomendaba. Fue ella quien nos encaminó a buscar el taller del maestro Herminio Martínez, debido a los intereses literarios de mi hija y también los míos. Así llegamos al Diezmo de Palabras que ya sesionaba en la Casa de la Cultura de Celaya. El maestro Herminio nos recibió con los brazos abiertos.


            En el 2004, por selección del maestro Herminio, mi hija y yo fuimos publicados junto con otros autores del taller en el libro El Cuarto del Escriba, literatura fantástica, a través de la Universidad de Guanajuato. Mi hija tenía entonces apenas 17 años. Tiempo después fue becaria del programa cultural Jóvenes Creadores con su novela El Valle de la Nada. Hoy en día mi hija se dedica a la vocación que emprendió desde niña, libros y comics de colección. Y yo, soy actualmente el coordinador del Diezmo de Palabras desde 2014. Sustituí al maestro Herminio Martínez desde poco antes de su lamentable fallecimiento. Me han publicado en varios libros y he recibido algunos premios de literatura, además de tener el honor de ser uno de los promotores fundadores de los talleres de escritura creativa para niños, a través de la red de bibliotecas públicas del estado de Guanajuato.
            Cuando en 2009 obtuve mi primer premio de literatura infantil con el libro Cuentos Pequeños, Grandes Sustos y lo llevé de obsequio al profesor Gordillo. Me animó a traer ejemplares para su venta.
            En días anteriores, en la sesión del taller el Diezmo de Palabras, retornó un compañero, Fermín Olalde, quien hace dos años nos acompañó en las sesiones para tallerear con nosotros una novela muy interesante sobre un “reparador de escudos”. En aquellas sesiones, como es lo acostumbrado, le hicimos observaciones a su texto. Asistió por algunos meses y después ya no supimos más de él. Y ahora regresó con su novela ya publicada y nos reveló que fue precisamente el profesor Gordillo quien hace dos años lo animó a buscar al taller literario para mejorar su texto.
            Cuando nuestro compañero de letras, Arturo Grimaldo, inició el proyecto de tener un stand permanente dentro de las librerías Libelli, el profesor Jorge Gordillo le sugirió que buscara también a un autor celayense que recién publicó su novela ¡El Reparador de Escudos!
            Hoy, casi 30 años después de que el taller Diezmo de Palabras sesionara en la librería del profesor Gordillo, él nos abre de nuevo las puertas gracias a la iniciativa de los compañeros del taller, Arturo Grimaldo y Soco Uribe, quienes organizaron este proyecto: un espacio permanente para la difusión y promoción de la obra literaria de los escritores de Celaya y la región.



            La sincronicidad de que hablaba Jung, «Así pues, emplearé el concepto general de sincronicidad en el sentido especial de una coincidencia temporal de dos o más sucesos relacionados entre sí de una manera no causal, cuyo contenido significativo sea igual o similar» es, en efecto, un hecho universal. El Diezmo de Palabras sigue por la ruta correcta. Vale.
Julio Edgar Méndez
Coordinador del Taller Literario Diezmo de Palabras

domingo, 5 de mayo de 2019

UMBRAL 2



UMBRAL 2
-Narrativa presentada en la 30 FeNaL de León-

EL domingo 28 de abril tuvimos la oportunidad de presentar el libro Umbral en la Feria Nacional del Libro en León, Gto., en su edición de 30 años. Gracias a la invitación de Raúl Bravo, del Fondo Guanajuato para las letras pudimos compartir con los asistentes a la FeNaL algunos poemas y textos de narrativa que conforman el libro.
            Ya hemos publicado parte de la poesía de Umbral en este espacio y ahora presentamos algunos de los textos del libro. Vale.



ME VOLVÍ A ENAMORAR DEL DESAYUNO
Jessica Escobedo Méndez

Mis pies ya no tocaban el suelo, mis ojos ya no daban crédito a lo que veían, ninguno de mis sentidos respondía, yo ya no era yo. Pude haberme ido de ahí enseguida, instintivamente y como un niño pequeño viendo una película de terror pude haber cerrado los ojos, quizá debí dar media vuelta inmediatamente y fingir que nada estaba pasando. Sí, quizá. Pero no, en lugar de eso observé detenidamente, como un crítico de arte observa el trabajo de su próxima víctima, como un ciego observa la profundidad de lo infinito, como alguien viendo al amor de su vida por primera vez. Y es que eso eras tú para mí: mi víctima, el amor de mi vida. Pero me equivoqué, porque la victima fui yo, porque mi constante forma de pensar me llevó a la locura, porque sin siquiera imaginar que algún día podría tenerte entre mis brazos, quise intentarlo.
            Traté una y mil veces de llamar tu atención. ¿Pero acaso era yo un estúpido payaso de circo, tratando de complacer a un espectador que solo busca distraerse un rato? No, y me sentí ofendida de una y mil formas, todo lo había hecho yo a causa tuya, ahora eras tú la culpable de que sintiera un odio infinito hacia mí misma en lo más profundo de mis entrañas, por fallarme a costillas de un gusto mundano que no me iba durar ni el suspiro de mi placer. 
            El suelo se quebró bajo mis pies con el sonido de tu voz, con el eco de mi llanto y, al paso del tiempo, el dolor también se fue apagando, se consumió cual vela encendida. Constantemente me preguntaban por ti, si algún día volverías, y siempre respondí “¿Algún día estuvo aquí?” Nunca obtuve respuesta, sin embargo, yo sabía, siempre supe que no ibas a regresar, lo supe cuando me dejaste de querer, cuando alguien más te esperaba  mientras arreglabas las maletas y desordenabas lo que me quedaba de vida, lo supe cuando el ultimo bocadillo que quedaba de ti se terminó. 




LA ADVERTENCIA
Laura Margarita Medina

La misa de aquel domingo tomó un toque distinto. El sermón no era el acostumbrado. El sacerdote tenía a la multitud de feligreses con la mirada atónita y en una gran expectación. Nadie perdía detalle de cada palabra pronunciada aquella noche.
            —El demonio habita entre nosotros, nos vigila y es parte de la vida misma. Puede estar viviendo en uno mismo, penetrar nuestro cuerpo y nuestra alma, ser poseídos  por algún alma perversa que murió en pecado, tal vez en un accidente. Las almas impuras vagan sin descanso eterno, por lo que buscan un cuerpo en donde continuar su demoniaca labor y seguir haciendo daño. ¿No lo creen? Pues yo he hecho varias sesiones de exorcismo. La última fue impactante, una señora vino a verme argumentando raras actitudes de parte de su marido, por lo que le tenía miedo. Pensó que era urgente someterlo a un exorcismo o terminaría por matarla. Así que le sugerí que me lo trajera. Una tarde vino a la iglesia con él, y entramos en una habitación muy privada. Me encargué de hacer las respectivas oraciones que se hacen en estos casos. El hombre no se inquietó en lo más mínimo, pero sí la mujer, de ella empezaron a salir malas palabras y espuma por la boca, sus ojos parecían querer desorbitarse, casi no la pude controlar. Gracias a un sacerdote exorcista, de la ciudad de Morelia, que se encontraba de visita, pudimos someterla. La sorpresa no se esperaba. La mujer cayó al suelo, sus ojos se tornaron blancos y comenzó a convulsionarse. Todos retrocedimos cuando se levantó y se acercó amenazante. No cabía duda, ella era la endemoniada.
            Todo el recinto quedó en silencio, mientras él continuaba advirtiendo a su comunidad de que Satanás vivía entre nosotros y de que los planes del maligno eran poderosos.
            Una anciana, de nombre Eva, que se encontraba en la primera fila, no esperó a que terminara la ceremonia, salió molesta al escuchar el relato.
            Nunca más volvió a misa y las semanas siguientes no se le vio de nuevo, tampoco al sacerdote, que, debido a una extraña enfermedad, falleció de forma repentina.
            —¿Oíste, Paty? –dijo doña Eva a su nieta de quince años. El Padre Damián murió ayer. ¿Me quieres acompañar a su entierro?
            Andrea obedeció de inmediato. Momentos más tarde las dos oraban junto al ataúd, sin imaginar ninguna de ellas que, Doña Eva, seis meses después, sería velada allí y que Andrea se volvería famosa en el pueblo por el asesinato de su abuela.




UNA PALABRA PARA INICIAR UN MITO
Enrique R. Soriano Valencia

El empleado hizo sonar la puerta del despacho de su jefe. Desde dentro, malhumorado, se escuchó la voz del empresario.
            —Pedí no ser molestado. Estoy escribiendo mi colaboración periodística y no logro concentrarme.
            —Lo lamento, señor –respondió de forma tímida el empleado desde fuera–. No lo importunaría si no fuera porque en esto se requiere su intervención.
            —Pasa.
El empleado abrió la puerta y entró al despacho. En las paredes lucían múltiples fotografías del empresario con diferentes músicos o con dueños de musicoeditoras.
—¿Qué pasa, señor Taylor? –cuestionó desde el escritorio el jefe en cuanto su empleado cruzó la puerta.
            —Pues han venido varios clientes que salen con las manos vacías porque no tenemos el sencillo de un grupo.
            El empresario puso cara de desesperación y no pudo contener el tono brusco.
            —¿Y por eso me molesta? ¡Revise el catálogo de grupos y de las editoras. ¡Pida 25 ejemplares del sencillo y se acaba el problema! Eso lo ha hecho usted varias veces como para que no sepa ahora cómo proceder.
            —Perdón, señor. Lo sé. Pero el grupo no aparece en ninguno de los catálogos. Al parecer son unos desconocidos para las comercializadoras.
            —¿De dónde es ese grupo?
            El empleado bajó la cara y respondió sin muchas ganas.
            —Inglés.
            —No es posible eso. Tenemos todos los grupos ingleses, incluso los menos populares. Seguro no están en catálogo por malos –dijo con desprecio.
            —Hace muy poco grabaron un disco en Alemana al acompañar a un solista… también inglés.
            Al empresario se le retorció la cara. No lo exclamó, pero se notaba el desprecio por los antinacionalistas. Ya no insistió.
            —¿Ya buscó en todas las productoras?
            El empleado asintió.
            —Pero, dígame –continuó el jefe– ¿cómo la gente pide un sencillo y los conocen si fue grabado en otro país?
            —Tocan en un pub unos números más abajo y somos la tienda de discos más cercana.
            —¿Dónde está ese bar?
            —En el número 10 de Mathew Street.
            —Gracias, señor Taylor. Mañana iremos a buscar a esos antipatriotas, no merece la pena tomarse prisa alguna. Lo hago por mi clientela, no por engordar la cartera de esos desarraigados. Ahora, déjeme para terminar mi colaboración para el Marsey Beat.

El 9 de noviembre de 1961, se presentaron en el bar.
            El sitio tenía una gran fila para acceder. El empresario, tras un pequeño diálogo con el responsable de la puerta, logró el acceso de ambos. Descendieron por las escaleras para internarse en la casi total oscuridad del lugar. Tenues luces neón de colores apenas iluminaban el sitio. “Muy psicodélico”, pensó el señor Taylor. Solo el escenario, un socavón al fondo, contaba con suficiente iluminación.
            Se ubicaron en la barra. El empresario pidió un wiski y el empleado una bebida gaseosa para esperar la presentación del grupo. No tardó mucho en aparecer el presentador. Al anunciar el nombre de la banda, el empresario hizo una mueca de desapruebo total. “Silver”, repitió en su cabeza. “¿De dónde sacarán tanta cursilería’”.
Cuatro jóvenes, uno de ellos apenas rozando la mayoría de edad, bajaron por las mismas escaleras de acceso. La audiencia los ovacionó como a grandes estrellas.
            El empresario se sentía tan molesto que casi abandona el lugar. Lo detuvo reconocer como habituales de su tienda de discos a los mismos músicos. Solían ir ahí a echar vistazos a su mercancía, seguro antes de sus presentaciones, concluyó.
            —Taylor, ¿los que preguntaron por las grabaciones son los mismos del escenario?
            —No, señor. Pero reconozco a muchas de las chicas que lo hicieron en días pasados.
El atuendo para el escenario también le pareció inapropiado, mezclilla, chamarra de cuero, tenis y el clásico peinado mop-top alemán. El empresario concluyó que esas cabelleras no conocían el cepillo o el peine. Esperaría al final de la presentación para comprarles algunos discos y cumplir con su clientela.
Los cuatro muchachos iniciaron su presentación con algunos chistes. El líder de ellos se caracterizaba por su simpatía natural y un buen dominio del escenario. Eso agradó al empresario. No tardó en pedir una mesa frente de ellos, ante el asombro de su acompañante.
 Escuchó con gran atención y placer versiones de los éxitos de Chuck Berry y Little Richard. El humor del empresario tuvo un giro inesperado.
Al término de la sesión, el asombro de Taylor fue mayúsculo por la actitud desbordada en aplausos de su jefe, particularmente dirigidos hacia el líder.
—Compremos una buena dotación de discos –dijo el jefe al acompañante.
Se dirigieron a bastidores. En el pasillo se encontraron a tres de los músicos fumando y bromeando.
—Me gustó cómo tocaron esta noche.
Dos de ellos se miraron entre sí y los tres soltaron la carcajada.
—Y eso que tenía medio congelados los dedos de mano izquierda –respondió el líder y sus dos amigos festejaron la broma.
—¿Quién es su representante para comprar sus discos?
Otra risotada.
—Allan es un desobligado –respondió otro de los muchachos–. Desde que regresamos de Hamburgo no lo hemos visto. Fue lo único que nos consiguió, un contrato en un prostíbulo de mala muerte.
—Ni tan malo, una grabación allá es algo –insistió el empresario.
—Eso lo hicimos por nuestro teacher. Cuando se lo propusieron los germanos, nos pidió que lo acompañáramos. Quiso que fuera un grupo inglés por acompañamiento… además, somos sus pupilos... ¡los únicos! –una vez más la risa de los otros fue con gran ánimo–. Allan ni siquiera estará enterado. 
—Necesitan alguien más profesional… –Dudó por unos minutos el empresario, pero ante el asombro del señor Taylor agregó–: Yo podría representarlos y lograr que  algunas disqueras se fijen en ustedes... ¡claro!, si están dispuestos a vestir con decencia, quitan ese ridículo nombre de Silver de su nombre y… y… se comportan formales.
Se miraron los tres, se encogieron de hombros. La risa estuvo a punto de hacer desistir al empresario judío y dejar a Taylor para que esperara por los discos.
El líder atrapó el brazo de Brian Epstein, el empresario de la tienda de discos, para estrecharla.
            —¡Hecho!






*Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.


domingo, 28 de abril de 2019

PARA LOS NIÑOS QUE FUERON Y SON



PARA LOS NIÑOS QUE FUERON Y SON


“El medio mejor para hacer buenos a los niños es hacerlos felices.”
OSCAR WILDE





TRES PISOS
Julio Edgar Méndez

Dicen que es malo portarse mal. ¡¡¿A poco?!!. Pero, bueno, ¿es portarse mal escupirle a la gente desde el balcón de la escuela? ¿Nunca no te has orinado en una maceta? ¿Tampoco has rayado las paredes de las casas de los vecinos? No me digas que nunca has pateado puertas o tocado timbres y luego te echas a correr.  Ahora que, si portarse mal es espantar a la gente, pues ni modo que no lo haga, si hasta los pelos se les paran, jajaja…
            ¿Y a qué viene todo esto? Ah sí, es que me dicen que a los que de veras les va bien, haciendo travesuras, es a los personajes de libros infantiles. Tienen la vida regalada, ni siquiera se preocupan en pensar por sí mismos, el autor del libro los dirige por donde quiere. Vean si no a ese tal Harry Potter, ¿a poco de veras le creen que hace magia? Puras palabras que ni en su casa entienden: Alojomora y cosas así. O al niño del que hablan los abuelos: un dizque Tom Sawyer, muy inteligente, muy listillo, pero nunca tuvo un Xbox.
            No, yo digo que para travieso, travieso, el Bart. Ese si es bueno para divertirse. Aparte de que es el más real de todos, claro que es amarillo, con cuatro dedos en las manos y los ojos saltones y ¿qué más? Ah, sí es de caricatura. Pero como Superman, Spiderman y esos otros también son monos, pues cada quien sus gustos, ¿no?
            A mí me encantan las películas de acción, donde entre muerto y muerto te puedes comer media bolsa de palomas, y cuando más picados están los demás viendo la peli, les avientas las palomitas sobre la cabeza. Claro que si te voltean a ver… nomás chillas que alguien te las quitó y todos te creen que no fuiste tú.
            De veras, ser niño es lo mejor, todo mundo cree que eres menso, te hablan como en cámara lenta. Pero tú y yo sabemos que los mensos son los grandes.        Mira si no. Ellos trabajan como burros para darnos escuela, ropa, comida, casa y todo eso que algunos tienen y otros, como yo, no tenemos. Pero si tuviera, seguro que sería porque algún grande me lo da, ni modo que yo compre todas esas cosas. ¿Con qué dinero? Ni trabajo tengo, a menos que le llames trabajo andar haciendo travesuras. Bueno, sí es trabajo, pero no me pagan. ¿Entonces por qué lo hago? Pues ni modo que lo hagas tú.
            ¿Sabes aullar como lobo sin que nadie te vea? ¿Puedes quedarte flotando en medio de un cuarto, hasta que alguien te atraviese y se quede helado del susto? ¿Sabes esperar debajo de una cama durante horas, para atraparle los pies a la persona que se va a acostar? ¿Te puedes sacar los ojos, ponerlos en tus manos y seguir viendo sin ellos? No sabes, ¿verdad?
            Pues yo sí, lo he hecho desde que me acuerdo. Creo que fue desde que me caí con todo y el barandal del balcón de la casa de mis abuelos que estaba igual de vieja que ellos. ¡Ah, ya me acordé!, ese día estaba escupiéndole a las personas que pasaban por debajo. De pronto, ya nada más vi cómo el piso se acercaba muy rápido. Mi cuerpo salió de pésima calidad, no aguantó nada. ¡Y eso que sólo fueron tres pisos!





EL PALACIO DE LOS RELOJES
Herminio Martínez

Desde hacía varios meses, en Los Tordos, había corrido la noticia de que  el Gobierno Federal trasladaría la fábrica de hilados y tejidos a otra población, por lo que la gente andaba un tanto inquieta:
            —También nosotros nos iremos. De allí comemos y vestimos. ¿Ahora quién va alimentar a nuestros hijos?
            —Será una desgracia.
            —Una calamidad…
            —No vamos a permitir que se la lleven; y si se la llevan, nos iremos todos –les respondió un señor de barba blanca y pelo hasta los hombros-. Soy el mayor aquí, les aseguro que a nadie le va a convenir leer en los periódicos que, en Los Tordos, por culpa del Gobierno, las personas y los niños mueren de hambre.
            —¿Será?
            —¡Tienen que darse cuenta! ¡Ayúdenme! Si nos organizamos aún podemos salvar nuestra familia.
            —Nadie puede contra esos directores y esos mayordomos… Ya ven cómo nos tratan…
            —Todo depende de nosotros. Impediremos que entren; nos apoderaremos de la empresa –continuaba el viejo. 
Esto decían en las esquinas donde, por las tardes, los hombres se reunían a conversar y beber agua de frutas naturales que les preparaban sus esposas, antes de que los llamaran para el turno de ir a tejer cordones o colorear los hilos de las telas o echar a andar las más de cien ruecas amarillas, que en sus maderas llevaban grabada un águila y un sol que sonría, como en el dinero nacional.
            —¿Y si mejor le preguntamos a don Leo? –alguien opinó, trayendo a la memoria una vieja leyenda que acaso muy pocos conocían.
            —¿Don Leo? –exclamaron los más jóvenes.
            —Don Leo no existió. Es una antigua narración de cuando los españoles pasaron. El único que podría ayudarnos es el señor gobernador –continuó el que parecía el más viejo.
            —Él nunca viene… -murmuraron.
            —Tendremos que ir a verlo…-continuó el mayor-. Y, por favor, olvídense de don Leo y sus relojes. ¡Hay que hacer algo!
            —¿Relojes? –preguntaron.
            —¿Qué relojes?
            —Se ve que no todos oyeron esta historia… Pero es inútil pensar que exista. Es pura fantasía… -les dijo el hombre de la barba blanca, tras darle un largo trago a su olla de agua de limón.
            Sin embargo, entre preguntas y nuevas inquietudes, alcanzó a relatar cómo en aquellos tiempos vino a esta región un misionero de nombre Leonardo de Jesús, a quien los indígenas amaron y quisieron mucho. Le llamaban don Leo, por su bondad en la defensa de ellos ante las autoridades extranjeras.
            —Lo mataron… -intervino otro de los hombres-. Al menos eso es lo que se cree. Los soldados del Virrey llegaron a aprehenderlo para llevarlo a una prisión. Traían espadas, perros y caballos.
            El hombre del pelo cano hasta los hombros agregó que existía otra versión, en la que se contaba que en el momento en que lo iban a sujetar, un luminoso rayo salió de la montaña, cegando a aquellos hombres malos y llevándose a don Leo, a quien nunca nadie volvió a ver sobre la tierra.
            —¿Cómo? –exclamó otro joven.
            —Es lo que se ha venido repitiendo: que una radiante luz se lo llevó, como a una hoja seca o una gota de agua, dejando a todos los perros muertos y  a los soldados del Virrey ciegos y heridos.
            —¿Qué? –hicieron los que jamás habían oído este relato.
            —El final es el que a mí me parece más absurdo.
            —¿Por qué, tío? -le preguntaron.
            —Pues, ¡por absurdo! Imagínense: Se habla de que don Leo no desapareció, sino que los sacerdotes hechiceros, utilizando sus poderes mágicos, lo condujeron a una cueva escondida en el corazón de la montaña, donde hay un palacio de oro en el que están los inmortales.
            —¿De oro?
            —Es lo que algunos se imaginan -en eso pitó la fábrica-. Ya escucharon, jóvenes, ¡a trabajar! Nos llaman. ¿De verdad no quieren hacer nada? –aún les preguntó sin obtener otra respuesta.
            Melchor, uno de aquellos trabajadores que había escuchado con más atención al hombre viejo, esa noche, cuando volvió a casa y se durmió, tuvo este sueño: Un hombre luminoso, vestido con la túnica de los antiguos misioneros, le daba instrucciones para encontrar la puerta del palacio de oro. Se las dijo tan claras, que, al día siguiente, apenas se levantó, emprendió el camino.
            —En realidad no se halla lejos –pensaba-, sólo hay que atravesar el llano grande y alcanzar la cima de los acantilados de los Cuervos. Allí haré lo que me ha dicho el hombre en este sueño: tenderme boca abajo, en cruz, y pronunciar tres veces:
            “Soy yo, tesoro mío,
            abre la puerta,
            quiero entrar adonde
            los inmortales te custodian”.
            Cosas de la magia. Antes del medio día, Melchor ya se encontraba tendido boca abajo en el lugar, diciendo lo que tenía que decir. Un profundo sonido como de cristal, campana o piedra hueca, lo sacó de sus meditaciones:
            —Levántate, Melchor… -escuchó aquella voz que era la misma de su sueño-. Ya estás aquí, entra.
            —¿Don Leo?
            —Sí… -le respondió-. Don Leo.
            La entrada le pareció de fantasía. Había mil caballeros blancos dándole cuerda a mil relojes y mil caballeros rojos dándole cuerda a otros mil.
            Ante el asombro de Melchor, don Leo se puso a tararear:
            —Hay otros mil allá
            y otros más allá,
            porque de tiempo eterno
            el oro vestirá.


            Caminaban por unos corredores hechos de roca de cristal, hacia un salón inmenso donde los inmortales se reían, pero en cuanto miraron a don Leo, entonaron la misma canción con que Melchor fue recibido.
            —¡Que vengan los caballeros! –ordenó, como si fuera un rey y de inmediato otros mil, y otros, y otros, y muchos miles más, fueron pasando dándole cuerda a sus relojes.
            —¿Qué hacen? –preguntó el sorprendido visitante.
            —Aquí cada persona es un reloj –le respondió don Leo, rodeado de unos personajes indígenas, como los que Melchor alguna vez viera en los libros-. Hay que darles cuerda para que no pierdan el ánimo ni el ritmo de la vida.
            —¿Son muchos?
            —Tantos, que apenas si nos alcanza el tiempo para mantenerlos a todos caminando.
            —¿Y aquéllos? -volvió a preguntar Melchor, viendo unos relojes empolvados, ante una enorme pared que relucía como si su oro fuera materia ardiente.
            —Son las personas de tu pueblo. Nuestros caballeros ya se cansaron de darles cuerda, pues ésta se les termina cada vez más rápido. Y para que vuelvan a conservarla, era necesario que uno de ustedes mismos viniera a dárselas. Por eso te he traído. Al dársela tú, les durará todo el verano y tal vez hasta que vuelva a llegar la primavera. Pero comienza ya, son muchos y nadie podrá ayudarte. ¿Qué no ves que aquí todos se hallan ocupados?
            —Lo haré…, si usted me lo permite…
            —¡Comienza ya! –ordenó.
            En cuanto Melchor tocaba los relojes, estos se movían como si en su mecanismo hubiese un corazón latiendo. Algunos ya casi no se oían, pero otros sí. Entre extrañas músicas y canciones nunca jamás sentidas, finalmente terminó:
            —¿Y ahora?
            —Nada, ya puedes irte. Te acompañaré a la puerta –le dijo el personaje-. Ahora sí ya tienes mucho tiempo para hablar con todos y convencerlos de que lo que les conviene es no dejarse arrebatar la fábrica. ¡Que no llegue el otoño sin que hayan firmado los papeles! Diles que deben ir a hablar con el gobernador; a él, uno de los caballeros verdes ya le ha dado cuerda, está en su punto.
            —¡Dios mío! ¿Me habré vuelto loco? –pensó Melchor, al verse nuevamente entre los caballeros y los corredores de cristal.
            —No te has vuelto loco –le respondió don Leo, como si le hubiera leído estas palabras-. Únicamente me soñaste. Quiero que sepas que tú ya eres inmortal, vendrás acá cuando a tu reloj ya no podamos darle cuerda.
            —¿Mi reloj? ¿Dónde está? –le dijo.
            —Ese lo guardo yo…, aquí, en una de mis bolsas. Vete ya –le respondió don Leo, poniéndolo de nueva cuenta en el desfiladero de los Cuervos, de donde Melchor bajó con la velocidad de un ciervo, a comentarles a todos lo que había que hacer para que nadie se quedara sin trabajo.
            Lo recibieron con grandes muestras de cariño, porque pensaron que, en su desesperación, habría perdido la cabeza, yéndose a buscar empleo a alguna otra  ciudad. A Melchor le pareció increíble verlos tan entusiasmados con la fábrica, a punto, les escuchó decir, de ir a entrevistarse con el gobernador y aun con el Presidente, sólo para informarles que desde hacía dos meses, sus representantes tenían prohibido continuar allí, porque la empresa ahora le pertenecía a Los Tordos.
            —¿Pues cuánto estuve fuera? –le preguntó Melchor al hombre viejo.
            —¡Ay, hijo mío! -le respondió aquél-. Desde el otro verano desapareciste. Pero tu lugar como trabajador no se ha perdido, entra.

domingo, 21 de abril de 2019

VIDA DESPUÉS DE LA VIDA



VIDA DESPUÉS DE LA VIDA

“La poesía es un esfuerzo contra el desamparo”, según el escritor Luis García Montero. Autores de muchas partes del mundo han buscado salir de ese estado a través precisamente de su poesía. ¿Quién más lejos del amparo que un muerto en vida? Es una condición humana buscar trascender, tal vez por eso los escritores esperan perpetuar su existencia por medio de su literatura.
            ¿Hay vida después de la vida? Las religiones más extendidas en el mundo dicen que sí. Los textos bíblicos y extrabíblicos que interpretan las palabras del enorme profeta a quien conocemos como Jesús, no dejan lugar a duda para quienes sostienen esa fe.
            Ahora dicen que la conciencia no muere, según algunos investigadores muy serios. La literatura tampoco. “Animada por la conspiración radical de los consuelos, la poesía es luz en la noche, sombra en el verano, refugio en la tormenta, valor en el miedo, quietud en la fugacidad y confianza en tiempos de incertidumbre”. García Montero ha definido a la poesía como la vida misma.
            Por esta razón, en tiempos en que se habla de resurrección, sean creyentes o no, la literatura es vida después de la vida.
Julio Edgar Méndez


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LA SAL DE ALGUNA FE
Herminio Martínez


Ahora cualquier cura apachurrado de odio
te va a querer juzgar.
Cualquier ratón
ha de querer morderte los testículos.
Ángeles que se sientan en su trono
anal de triduos y conceptos áridos
querrán crucificarte entre sus canas.
Pobres lenguas lamiéndole al vocablo
la sal de alguna fe que ya no existe.
Dibujos con los huesos de rodillas
y sotanas limítrofes del cuero
floreado por la sal que suda triste.
Y sin embargo a ti nadie te aparta,
nada mueve tu ser a ras del hombre,
de hablar, sin sucumbir, de las personas
que aran con llanto como quien escribe
en el libro del suelo sus congojas.
Echado al día como buey al pasto
el poeta conoce
los pasos de la íntima hojarasca
pero también el animal terrible...
Hombre solar al fin elude ese contacto
con la cara de Dios que hay en su imagen
y prefiere el aliento de la vida
cuyo alfabeto muge en cada bestia.
Sabe del niño con su noche al hombro,
el cual de tanto ser ya se hizo anciano
sin hablar otra lengua
que el torrencial idioma de las lágrimas.
Voluntario de todo
porque para decir se viste el rayo
cuando medita al pie del individuo.
Él es el que le encuentra el oro al trigo
y musgos memorables a las ingles
de los libros cadáveres.
Es el que se honra con los deshonrados.
El que baja a los bordes y respira
a plena luz el mundo que hace grande
todas las veces que habla con el prójimo.




LOS DADOS ETERNOS
César Vallejo

Dios mío, estoy llorando el ser que vivo;
me pesa haber tomádote tu pan;
pero este pobre barro pensativo
no es costra fermentada en tu costado:
tú no tienes Marías que se van!

Dios mío, si tú hubieras sido hombre,
hoy supieras ser Dios;
pero tú, que estuviste siempre bien,
no sientes nada de tu creación.
Y el hombre sí te sufre: el Dios es él!

Hoy que en mis ojos brujos hay candelas,
como en un condenado,
Dios mío, prenderás todas tus velas,
y jugaremos con el viejo dado...
Tal vez ¡oh jugador! al dar la suerte
del universo todo,
surgirán las ojeras de la Muerte,
como dos ases fúnebres de lodo.

Dios mío, y esta noche sorda, oscura,
ya no podrás jugar, porque la Tierra
es un dado roído y ya redondo
a fuerza de rodar a la aventura,
que no puede parar sino en un hueco,
en el hueco de inmensa sepultura.

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SONETO-ORACIÓN
Miguel de Cervantes Saavedra

A ti me vuelvo, gran Señor, que alzaste,
a costa de tu sangre y de tu vida
la mísera de Adán primer caída
y adonde él nos perdió, Tú nos cobraste.

A Ti, Pastor bendito, que buscaste
de las cien ovejuelas la perdida,
y hallándola del lobo perseguida,
sobre tus hombros santos te la echaste.

A Ti me vuelvo en mi aflicción amarga
y a Ti toca, Señor, el darme ayuda,
que soy cordera de tu aprisco ausente

y temo que a carrera corta o larga
cuando a mi daño tu favor no acuda
me ha de alcanzar esta infernal serpiente.




CUÁNTAS VECES, SEÑOR
Félix Lope de Vega y Carpio

¡Cuántas veces, Señor, me habéis llamado,
y cuántas con vergüenza he respondido,
desnudo como Adán, aunque vestido
de las hojas del árbol del pecado!

Seguí mil veces vuestro pie sagrado,
fácil de asir, en una cruz asido,
y atrás volví otras tantas, atrevido,
al mismo precio en que me habéis comprado.

Besos de paz os di para ofenderos,
pero si fugitivos de su dueño
hierran cuando los hallan los esclavos,

hoy que vuelvo con lágrimas a veros,
clavadme vos a vos en vuestro leño,
y tendréisme seguro con tres clavos.


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ORACIÓN DEL ATEO
Miguel de Unamuno

Oye mi ruego Tú, Dios que no existes,
y en tu nada recoge estas mis quejas.
Tú que a los pobres hombres nunca dejas
sin consuelo de engaño. No resistes

a nuestro ruego y nuestro anhelo vistes.
Cuando Tú de mi mente más te alejas,
más recuerdo las plácidas consejas
con que mi alma endulzóme noches tristes.

¡Qué grande eres, mi Dios! Eres tan grande
que no eres sino Idea; es muy angosta
la realidad por mucho que se expande

para abarcarte. Sufro yo a tu costa,
Dios no existente, pues si Tú existieras
existiría yo también de veras.


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LA SAETA
Antonio Machado

¡Oh, la saeta, el cantar
al Cristo de los gitanos,
siempre con sangre en las manos,
siempre por desenclavar!
¡Cantar del pueblo andaluz,
que todas las primaveras
anda pidiendo escaleras
para subir a la cruz!
¡Cantar de la tierra mía,
que echa flores
al Jesús de la agonía,
y es la fe de mis mayores!
¡Oh, no eres tú mi cantar!
¡No puedo cantar, ni quiero
a ese Jesús del madero,
sino al que anduvo en el mar!




ME ENCANTA DIOS
Jaime Sabines

Me encanta Dios. Es un viejo magnífico que no se toma en serio. A él le gusta jugar y juega, y a veces se le pasa la mano y nos rompe una pierna o nos aplasta definitivamente. Pero esto sucede porque es un poco cegatón y bastante torpe con las manos.

Nos ha enviado a algunos tipos excepcionales como Buda, o Cristo, o Mahoma, o mi tía Chofi, para que nos digan que nos portemos bien. Pero esto a él no le preocupa mucho: nos conoce. Sabe que el pez grande se traga al chico, que la lagartija grande se traga a la pequeña, que el hombre se traga al hombre. Y por eso inventó la muerte: para que la vida -no tú ni yo- la vida, sea para siempre.

Ahora los científicos salen con su teoría del Big Bang... Pero ¿qué importa si el universo se expande interminablemente o se contrae? Esto es asunto sólo para agencias de viajes.

A mí me encanta Dios. Ha puesto orden en las galaxias y distribuye bien el tránsito en el camino de las hormigas. Y es tan juguetón y travieso que el otro día descubrí que ha hecho -frente al ataque de los antibióticos- ¡bacterias mutantes!

Viejo sabio o niño explorador, cuando deja de jugar con sus soldaditos de plomo y de carne y hueso, hace campos de flores o pinta el cielo de manera increíble.

Mueve una mano y hace el mar, y mueve la otra y hace el bosque. Y cuando pasa por encima de nosotros, quedan las nubes, pedazos de su aliento.

Dicen que a veces se enfurece y hace terremotos, y manda tormentas, caudales de fuego, vientos desatados, aguas alevosas, castigos y desastres. Pero esto es mentira. Es la tierra que cambia -y se agita y crece- cuando Dios se aleja.

Dios siempre está de buen humor. Por eso es el preferido de mis padres, el escogido de mis hijos, el más cercano de mis hermanos, la mujer más amada, el perrito y la pulga, la piedra más antigua, el pétalo más tierno, el aroma más dulce, la noche insondable, el borboteo de luz, el manantial que soy.

A mí me gusta, a mí me encanta Dios. Que Dios bendiga a Dios.





*Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.
**Imágenes en orden descendente:
Pietá, Miguel Ángel Buonarroti
Salvator Mundi, Leonardo da Vinci
Ascensión de Cristo, Salvador Dalí
Lamentación de Cristo, Andrea Mantegna
Cristo Velato, Giuseppe Sanmartino

LIBRERIA LIBELLI Y EL TALLER DIEZMO DE PALABRAS

SINCRONICIDAD El Taller Literario Diezmo de Palabras, fundado por el poeta y escritor Herminio Martínez, desde hace más de 28 años...