domingo, 10 de diciembre de 2017

ENTRE ESTUDIANTES Y PATADAS


ENTRE ESTUDIANTES Y PATADAS
-Narrativa de César Rivera Martínez-


UNA BROMA PESADA
César Rivera Martínez

Héctor Frías era el compañero más divertido del Instituto. Le gustaba hacer bromas. Recuerdo que el día que se presentó en una dinámica organizada por un maestro, dijo que se llamaba Ambrosio y que venía de la comunidad de Tejupilco. Como iba de huaraches y chaleco bordado,  le creímos unos y dudaron otros.
Tenía dieciocho años, igual que todos nosotros, pero parecía mayor, sobre todo si se ponía lentes y se vestía formal. En la primera semana de clases, una chica, desorientada, se acercó a nosotros a preguntar dónde quedaba la biblioteca. Héctor se esmeró en darle indicaciones lo más falsas posibles, diciéndole a la izquierda cada vez que debía doblar a la derecha; le daba las señas con una seriedad absoluta, de modo que ella no podía más que creerle, así que, en lugar de mandarla al fondo del Instituto, donde estaba la biblioteca, la mandó para la salida.
            Una vez que fuimos a almorzar, Héctor fue a la barra de la cafetería por la comida, y aquello fue un caos: adrede, le llevó quesadillas al que pidió tortas, comida completa al que sólo encargó un refresco, de chorizo con huevo para el que pidió pierna, y papas fritas al que había ordenado sincronizadas. No podía dejar de reírse de nuestras caras cuando tuvimos que comernos lo que llevó.
            Héctor era un buen estudiante, muy inteligente, pero lo que más le interesaba en la vida era divertirse. Al grito de “¿Te las tomas, Frías?” se iba a tomárselas bien frías con un par de compañeros, a veces desde el jueves, y reaparecían hasta el lunes en la escuela, a veces crudos y a veces todavía alcoholizados. Uno de esos lunes en que llegó Héctor con sus lentes oscuros que, más que ocultar, revelaban su estado etílico, estábamos en la clase más difícil, Matemáticas IV, con el maestro Peralta, un sádico de los números, que buscaba siempre el problema más difícil de cada tema en el libro, y lo anotaba en el pizarrón para acalambrarnos. Pasaban diez, quince minutos sin que nadie supiera ni por dónde  empezar  a  resolverlo, y entonces  nos  decía    “Ay, niñitos, ¿y así quieren llegar a ser ingenieros?” y se paseaba por todas las sillas viéndonos a los ojos, disfrutando de nuestro sufrimiento. Cuando terminaba su recorrido de terror, se ponía, muy satisfecho, a escribir pausadamente la respuesta en el pizarrón. Pero ese día, ese lunes en particular, no. Cuando Peralta escribió su tradicional problema-reto, y apenas iba a comenzar a desafiarnos, Héctor se levantó y, sin quitarse sus gafas negras, empezó a anotar números y más números, signos y más signos hasta casi llenar el pizarrón. No sabría decir quién estaba más asombrado, si Peralta o nosotros. Cuando por fin terminó de escribir, Héctor se quitó del pizarrón y pudimos ver el procedimiento que había escrito. Era una sarta de estupideces sin orden ni sentido, una pura payasada que no iba a ningún lado. Volteé a ver a Peralta, quien en ese mismo momento se estaba dando cuenta; se puso todo colorado y con una vena en el cuello que parecía que iba a explotarle,  se apresuró a borrar las incoherencias del pizarrón, pero el daño estaba hecho: las sonrisas y los susurros cundían por el salón, hasta una carcajada estalló al fondo del salón, que Peralta acalló con una de sus miradas asesinas. Héctor no estaba en su lugar, hábilmente siguió la ruta del pizarrón a la puerta, sin que la mayoría nos diéramos cuenta. Las tres semanas que quedaban del curso, Héctor no volvió a poner un pié en Mate IV, y se resignó a recursar la materia el próximo semestre. Con otro profe, claro.


            Cuando ya éramos veteranos de séptimo semestre, Héctor tuvo una ocurrencia. Juntó a los más desmadrosos y atrevidos del grupo, y armó un plan de bienvenida para los alumnos de primero.
A las ocho de la mañana del primer día de clases, estaban citados en el salón treinta y siete todos los alumnos de primer semestre. Parecían cortados por la misma tijera. Todos volteaban a ver el número en la puerta, y luego la hoja doblada que tenían en la mano: su horario. Algunos más inseguros todavía preguntaban a los ya sentados “¿Sí es aquí Introducción a las Ciencias?” Aquí es, muchachito, siéntate y disfruta la función, pensábamos los cuatro alumnos de séptimo que nos habíamos infiltrado al grupo de novatos.
A las ocho en punto llegó Héctor, vestido de profesor joven: camisa planchada y saco sport, lentes sin montura, pantalón de mezclilla y, claro, un grueso libro de ciencias bajo el brazo.
            –Buenos días, jóvenes
            –Buenos días –contestaron algunos, mientras Héctor escribía su nombre en el pizarrón
            –Éste es mi nombre. Grábenselo muy bien, porque soy quien va a hacerles el favor de informarles que están en el lugar equivocado. La mayoría de ustedes no tiene lo necesario para ser ingeniero.  Muchos  de  ustedes  ni  siquiera  saben  por  qué  están aquí. Tú –dijo señalando a uno de ellos – ¿Por qué estás aquí?
            –Quiero ser ingeniero. Me gusta resolver problemas.
            –¿Problemas? Eso es lo que tienen ustedes, muchachitos: problemas.
Dejó de hablar por un rato. Empezó a caminar por el salón, despacio, mirándolos. Algunos bajaban la mirada. La tensión llenaba el lugar, nadie se movía. Regresó al pizarrón y escribió dos preguntas: ’¿Cuál es el paradigma fundamental de la ciencia?’ y ‘¿Cuáles son los cuatro pilares de la ciencia Ptolomeica?’
            –A ver, ¿quién puede contestar estos cuestionamientos?
Varios compañeros de séptimo observaban la escena sentados afuera, en una jardinera, a un par de metros de las ventanas. Adentro, todos estaban nerviosos, volteaban a verse, pasaban saliva. Después de un minuto largo, una mano levantada.
            –Adelante, hable.
            –Pienso que el paradigma se refiere a la manera en que se hacen las cosas. En el pasado las cosas se hacían de un modo y pues hoy se hacen…
            –¡No! –gritó Héctor, mientras golpeaba el escritorio con la palma– ¡Qué estupidez! No tiene usted ni idea de lo que le pregunto. Salga del salón inmediatamente.
Mi compañero Alfonso recogió su mochila y se fue con la cara más apenada que pudo poner.
            –¿Alguien más? –preguntó, amo y señor del aula.
Esperó unos momentos más, y luego escribió que debíamos hacer un largo trabajo de investigación, que implicaba la lectura de dos capítulos de un libro, y un estudio comparativo entre el método de Bacon y el de Descartes. Anotó la fecha de entrega: para mañana mismo.
Otro de mis compañeros, Isaac,  se puso de pié y le dijo:
            –¿Pero qué le pasa? ¿Cómo cree que vamos a tener todo eso para mañana? Si es nuestro primer día de clases –se quejó Isaac, poniendo en palabras lo que todos estaban pensando.
            –Si no puede manejar la presión, no tiene nada que hacer aquí.
            –¿Quién se cree que es? ¿Está loco o qué?
            –Jovencito, salga de mi salón, ahora mismo.
            –Pues claro que me voy, voy a la dirección a quejarme de usted.
Mientras Isaac se iba, los otros, mudos, volteaban a mirarse, estaban realmente desconcertados, no sabían qué hacer. Una chica junto a mí tenía los ojos a punto de las lágrimas. Otro tenía ambas manos en la cabeza. Ahí ocurrió lo más sorprendente: un chico se levantó y empezó a decir, con voz suave pero firme
            –Maestro, perdone, yo no sabía que esto iba a ser así. Estoy muy apenado por no saberme sus preguntas, pero denos otra oportunidad, nos vamos a esforzar por ser buenos estudiantes, ya no nos grite por favor, yo soy una persona muy nerviosa.
Héctor se echó a reír, para gran sorpresa de los presentes. Nos llamó al frente al par de infiltrados, y mis compañeros de la jardinera entraron aplaudiendo al salón. Isaac y Alfonso regresaron, sonrientes.
El jefe de grupo les explicó que éramos alumnos avanzados de ingeniería, que estábamos haciéndoles una broma de iniciación con permiso de su verdadero maestro, y que eran bienvenidos en el Instituto. Pasado el susto, algunos se reían, otros decían groserías al “profe” Héctor y otros aceptaban nuestro saludo cuando pasábamos a sus lugares a estrechar sus todavía sudorosas manos.
De eso hace ya veintidós años. No había visto a Héctor en todo ese tiempo, hasta hoy que, por decirlo de algún modo, lo vi. Iba caminando por la calle, cuando me encontré la cara de Héctor, más avejentada pero con la misma sonrisa, en una pancarta atada a un poste: es candidato a diputado por el octavo distrito, del partido en el poder, el favorito para llevarse las elecciones. Si Héctor gana, ésta será su broma más pesada.






CABO
César Rivera Martínez

I
En cuanto la moneda entraba en el agua, salía disparado tras ella, como jalado por un hilo. Cabo podía aguantar hasta cuatro minutos bajo el agua casi transparente del arrecife. Una vez le cronometraron seis minutos y medio, según dicen, pero nunca tardaba tanto en encontrar el dinero, casi siempre bastaban un par de minutos para que emergiera victorioso, primero el brazo y luego todo el mulato, sonriente, con una dentadura más blanca que las monedas que los turistas le lanzaban.
Había gringos, franceses, alemanes y también brasileños. Pero sobre todo gringos, había una fiebre por visitar Bahía y todas las playas brasileiras desde que la Samba y el Bossa Nova se habían esparcido por el mundo entero. Y eso había cambiado los cruzeiros por valiosos dólares americanos. Por eso, había aumentado también el número de Arpones, como llamaban entonces  a los clavadistas.
Pero Cabo era sin duda el mejor Arpón. Lo era ahora que tenía catorce, pero no siempre había sido así. La primera vez que se tiró, a los ocho, estuvo a punto de ahogarse por neciar y neciar para encontrar los cruzeiros, salió  tosiendo  y  manoteando, y lo peor de todo, con las manos vacías.


II
México era muy diferente a todo lo que se pudiera haber imaginado. La comida era picosísima, el clima de lo más loco, mucho frío o mucho calor, las muchachas más bonitas aunque menos voluptuosas que las bahianas, y el dinero que le pagaban era el triple del que ganaba en Sao Paulo. Como hacía años que se había ido de su casa, se había acostumbrado a estar solo, y se había hecho a la idea de estar sin compañía en un país extraño; pero no,  no había un momento del día o de la noche que lo dejaran solo. Primero, con el pretexto de instalarlo en su nuevo departamento, sus compañeros le organizaron una fiestecita que duró dos días. Y luego, después de su primer partido y su primer gol, siempre había alguien junto a él con un vaso en la mano, dispuesto a celebrar por horas.
Su adaptación fue inmediata. Diecinueve goles en su primer año lo confirmaron como uno de los mejores delanteros de la liga, con sus consiguientes diecinueve celebraciones, estruendosas y frenéticas. A lo que no podía adaptarse era a la música. Los mexicanos ponían canciones  rancheras a la menor provocación, y todos las cantaban; todos menos él, que no se las sabía.
El segundo año fue una locura: treinta y cuatro goles, campeón goleador lejísimos del segundo lugar y volverse un ídolo a tal nivel que no podía salir a la calle sin que puñados de fanáticos lo reconocieran y le pidieran un autógrafo en su playera, en el mejor de los casos, o sus zapatos, un beso o un mechón de su cabello, que ya era demasiado.
“¿Cuál es el secreto de su éxito?” le preguntaban. “Yo sólo juego para divertirme, como cuando era niño. Lo demás viene solo” decía, aunque nunca le creyeron. Las estadísticas indican que más de la mitad de sus goles los anotó en la última media hora de partido, cuando la mayoría de los delanteros solían más bien anotar poco, debido al cansancio. Esos 181 goles representan el 58% de sus 312 goles totales, una marca histórica que parece imbatible en el país. Quizá lo prolífico le viene de familia, pues en su casa eran catorce hermanos, seis hombres y ocho mujeres. Aunque su papá tuvo, en total, veintiséis hijos.
“No es que fuéramos pobres, es que como éramos muchos en mi casa, no había dinero que alcanzara” recuerda sin tristeza. Por eso iba a la playa a vender pescado a los turistas, y luego empezó con los clavados. Había que tirarse de inmediato para alcanzar la moneda antes que llegara al fondo, si no, sería mucho más difícil encontrarla. Los tres o cuatro minutos, que era el máximo que podía soportar bajo el agua, le fueron dando con los años, una capacidad pulmonar mucho mayor que la de los demás, incluida la de los futbolistas profesionales.

III
Cabo no entendía cómo su mamá estaba siempre de buen humor, con tanto chiquillo, cómo no se volvía loca. Ella lo quería mucho, igual que a sus demás hermanos. Debía lavar ajeno para poder alimentar a tanto hijo, pues sólo los más grandes aportaban algo a la casa. Cabo llevaba lo que podía a la mamá, y le gustaba platicarle lo que había hecho en el día, antes de dormir. De lo que más le gustaba hablar a ella era de tener una casa más grande, donde cada uno pudiera tener su propia cama. La acompañaba por las tardes al cuartel de la zona militar, donde entregaba la ropa limpia a los soldados. Algunos le regalaban dulces, y le preguntaban si quería ser soldado, cuando fuera mayor, y lo llamaban Cabo, Cabinho. En secreto, Cabo pensaba que él, y no sus hermanos más grandes, le iba a comprar una casa nueva a la mamá en cuanto pudiera. No tenía manera de saber que a ella le quedaban ya muy pocos años.

IV
Regresó a Bahía para su cumpleaños cincuenta. Está solo, después de su segundo divorcio. Nada está igual. La zona turística ha sido modificada por completo. Un complejo hotelero rodea ahora la zona donde él jugó de niño tantas veces. La casa y toda la colonia que había habitado ha sido demolida y convertida en zona comercial. Ni siquiera siente nostalgia. Vuelve al hotel  y  se  cambia  para  ir  a  la  alberca. Entra al agua bajando los escalones y,  sin cerrar los ojos, se sumerge y comienza a aguantar la respiración, y cuenta en su mente para ver cuánto puede soportar.



Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.

* Evanivaldo Castro Silva, Cabinho, es un ex-futbolista brasileño que se desempeñó como delantero; desarrolló la mejor parte de su carrera en México. Es el máximo anotador de la Primera División de México, anotando 312 goles y consiguiendo ocho títulos de goleo, cifra que también significa un récord, jugó entre 1974 y 1988 para los equipos de la UNAM, Atlante, León y Tigres.


**César Rivera Martínez es integrante del Taller Literario Diezmo de Palabras en Celaya, Gto. Es ingeniero en computación y tiene una licenciatura en Letras Hispánicas.





domingo, 3 de diciembre de 2017

GERMINACIÓN DE LA TERNURA



GERMINACIÓN DE LA TERNURA

“Para Anaís que inspira lo que siento
y me dicta lo que escribo”.

¿Cómo puedes, Anaís, causar tanto dolor con tu ausencia? ¿Quién es culpable de que te hayas marchado: la noche o la lluvia? Y es que ese hombre que hoy se queja de su historia, es el mismo que se pincha el alma con los alfileres de tu lejana piel. Ese que aún siente amor por ti, y también odio por tu partida. Madrugadas y fines de semana no le alcanzan para olvidarte. Va de un sitio a otro buscando la calidez de tu sombra. Dice, gritando con su voz de relámpago: “Fuimos paraíso antes del diluvio. Ahora tengo tres días llorando a la orilla de la vida”. Y se marcha pensando en ti, mujer, mientras el mundo abre sus fauces para tragarse su dolor. Anaís, escucha su voz que se quiebra como la nada.
Disfrutemos pues, de las letras de un antiguo miembro del taller literario Diezmo de Palabras. Un “poeta de a de veras”, como solía llamarlo el maestro Herminio. Deleitémonos con la tinta de este luchador social, buen amigo y viajero incansable.
Martín Campa Martínez

++++++++++++++++++++++++++++

GERMINACIÓN DE LA TERNURA
Francisco Martín Escobar Ozornio

¿Sabes cuántas noches te he llorado?
Ahora que soy adicto a tu piel de nubarrón
merezco el olvido que me das desde entonces.
Aún recuerdo las tres canciones que te cantaba de memoria
antes de la noche del desencanto.
Quería que me amaras a pesar de todo
como cuando no teníamos nada,
literalmente solo el amor que nos entregábamos
y un hijo que pronto nacería.
Ojalá te hubieras quedado a mi lado,
a mirar de reojo el destino
tan absurdo como nuestro pasado.
Casi son las cinco de la mañana,
no creo que te desveles hasta esta hora.
¿No sabes por qué te escribo
a oscuras y escuchando la música que nunca te gustó?
Algún día adivinarás mi entusiasmo
de las cuatro de la mañana en ayunas.
¿Cómo decirte que te quedaras?
Si entonces ni siquiera yo sabía que te necesitaba
ni tú misma sabías que me ibas a amar para toda la vida,
hoy que soy este ser desesperado que te busca
en una ladera del olvido.
No te encuentro por ninguna parte,
ni en los cuerpos hermosos de musas pagadas,
ni en mis sueños seniles sin ti.
¿Por qué no te quedaste tres meses más a cambiarme la vida?
Me habrías ahorrado diez años de desdicha.
¿Sabes cómo se siente decir lo que te digo?
Sollozando a las cinco de la mañana
con los ojos nublados y tristes que me conoces,
los de esas tres madrugadas en que nos amamos de verdad
cuando no teníamos más prejuicio que el amor.
Entonces no éramos porcentaje ni adivinanza,
ni probabilidad o azar.
Éramos caricia perfecta de madrugada,
película de medio día,
hambre de las cinco de la tarde.
Fuimos paraíso antes del diluvio.
Ahora tengo tres días llorando a la orilla de la vida.
Ojalá me recuerdes como era
porque ya no soy así.
¿Te acuerdas cuando era viernes y quería llegar a verte?
Perdóname por el rencor que te guardo,
espero que se vuelva poesía
y lo puedas leer entre las páginas de un libro
cualquier día o cualquier noche.
Como ya te habrás dado cuenta no tengo a quien contarle,
tal vez por eso te escribo.
Tengo veinte mil cosas más que decirte,
sería más fácil si no llorara tanto,
si tu cuerpo no fueran los atardeceres que extraño
ni tus senos el desconsuelo de mi futuro.
Me acuerdo de ti,
con tu piel más delgada en la madrugada.
Así era la vida entonces:
noches de luna llena bajo el árbol de mandarina,
la sirena de la fábrica que decía: “vamos a dormir”
mientras tu piel delgada se deshacía entre mis manos.
¿Te acuerdas?
Eras delgada como la luz de la luna,
como las líneas de la palma de mi mano.
Amorosa como la mañana en que creíamos,
invisible como el futuro que nunca llegó.
Después fuiste todo eso que eres y que no conozco:
ruido de fiestas a las que nunca fui invitado,
trescientas cartas, como te dije, que no he leído.
Ojalá pudiera dormir temprano
sin tener que escribir nada,
como si fuera una mala noche del pasado
en la que te dolían las constelaciones.
Me acuerdo de entonces.
Borra todo lo que he dicho,
como siempre, no vale la pena.
La sirena de la fábrica me manda a dormir.
Después de diez años sigues siendo la misma:
un recuerdo que sangra,
tatuaje que ya no quiero que sea caricia,
sonrisa que ya no es nada;
y te quedas a pesar de todo
en los hijos hermosos que amamos
a la orilla de un río sin llanto.
De nada sirve suspirar
y recordar que ya no somos los mismos,
a pesar de que rellene
cien hojas en blanco y escriba otras cartas
que te sigo guardando para cuando me olvides.
Cómo me voy a quedar solo,
si ya estoy solo.
El despertador ha sonado tres veces,
no le hice caso,
no era la delgada mirada de tu falda la que me despertaba
ni el engaño de todos los días
pensando que me necesitabas.
Eres hermosa desde antes de conocerte,
antes de esas tres horas imaginarias
en que no fuimos nada
sino solo desencuentros que parpadeaban
en el instante que duró el aroma de tu silueta.
Y ¿cómo hago después para amanecer?
si rompiste trescientas cartas de amor
antes de que fuéramos polvo y olvido
y este rencor que no sé dónde guardar
pero me derrota de madrugada.
A veces pienso
que deberías invitarme
aunque nunca fuera tu piel lo que tocara.
Tal vez me olvide de ti
y entonces lloraré hasta arrepentirme
por ser solo un litigio de juzgado,
y además de perderlo y condenarme al olvido
con la fría sentencia judicial,
derrumbaré mis castillos de la sala y el jardín.
Los años terminarán por hacernos nada:
ni serenatas, ni poemas, ni cartas, ni nada.



EL DOMINGO SERÁ IGUAL
Francisco Martín Escobar Ozornio

Un sábado sin ti se vuelve imposible
me doy prisa por dormir y no lo consigo
escucharé 344 veces la misma canción
qué curioso que sea una canción de amor
me sorprende estar sobrio y recordarte
extraño beber de tu piel
mirando los incendios del azul poniente
invoco el recurso del olvido
haría falta que me perdonaras
que impúdico es extrañarte
cargando las cosas que nos unen
y todas las baratijas que nos separan
me voy a sentar en este rincón hasta que amanezca
y deje de ser sábado.

+++++++++++++++++++++++++++++++

UN MINUTO AL DÍA
Francisco Martín Escobar Ozornio

Pensarás en mí
al menos el tiempo que dura un suspiro
para que no seas fantasma en las madrugadas del olvido,
para que no seas solo piel o solo lluvia o solo reproche.
Quédate para que seas esperanza,
para que seas alas y paracaídas,
para que seas abismo y lago,
para que seas risa, dolor, lamento, amor.
Quédate para que no seas solo canción o poema.
Quédate para ser compañera, consejera, árbol, hamaca.
Quédate para ser refugio, salvoconducto para la vida.
Quédate para que seas flor, arcoíris, rocío.
Quédate para que seas caricia,
para que seas aroma, silueta.
Quédate amor no un día ni una fecha.
Quédate una vida, una época.
Quédate a compartir esta aventura de estar vivos.

++++++++++++++++++++++++++

MIEDO
Francisco Martín Escobar Ozornio

Llegaste, estoy bien,
después no sé.
Volveré a recordar las horas duras,
sentiré el látigo del abandono,
quedaré quieto, respirando, sintiendo.
Me asusta como la noche que te vayas.
No quiero que desaparezcas
relámpago en la tormenta,
quédate más, suplico, tiemblo.
Tocan fuerte a mi puerta, es solo la lluvia,
ojalá fueran caricias las que me recorren,
no esta tormenta helada de angustia.
A quien reclamo si no llegas
en esta oscura hora
aclarando el futuro con tus sueños.
Anaís ¿dónde estás?
¿Cómo es tu piel desnuda mientras llueve?
Me estremezco, casi lloro, imaginando.

++++++++++++++++++++++++

LIBRERO
Francisco Martín Escobar Ozornio

Busco entre las páginas de mis libros
donde guardé una sonrisa tuya la otra noche.
Encontré un par de caricias sueltas
que me volvía poner sobre los hombros
para recordar cómo eres.
En mi cama siempre eres un fantasma
Que desapareces al amanecer
Encontré un libro en el que aparece tu nombre Anaís.
Lo repetiré como rezo hasta el amanecer.


domingo, 26 de noviembre de 2017

A LA DISTANCIA


A LA DISTANCIA
-Tres relatos-


* Vicente Almanza Huerta, Javier Mendoza y Lalo Vázquez son integrantes del taller literario Diezmo de Palabras que sesiona todos los miércoles en la Casa de la Cultura de Celaya.



EL ÚLTIMO JUEGO
Vicente Almanza Huerta

En aquella escuela primaria todo estaba listo para presenciar la final del torneo de basquetbol entre el 5˚A y el 5˚C. Se hizo la invitación a los padres de familia para que pudieran ver jugar a sus hijos.
Diego, uno de los jugadores que representaba al grupo C le comentó a su papá:
—Papá, mi amigo Max no va venir porque salió de viaje con su familia.
—No te preocupes. Ustedes van a ganar.
El partido comenzó a las diez de la mañana tomando ventaja el grupo A, que se mantuvo hasta el medio tiempo. Comenzando el segundo tiempo llegó corriendo Max, eran las diez con treinta y ocho minutos. El entrenador lo metió a jugar. Todos se alegraron, no solamente era el anotador sino que también los animaba.
El juego se equilibró tornándose un partido reñido. Finalmente los del grupo C se alzaron con la victoria. Eran campeones. Todos se abrazaron, después cada quien se fue con sus padres.
Diego invitó a su amigo Max a su casa donde les prepararon hamburguesas, palomitas, vieron películas, jugaron futbolito. Ya entrada la tarde, Max le pidió a don Luis, el papá de Diego, que lo llevara a su casa. Iban los dos niños en el asiento trasero. Pronto se quedaron dormidos. Al llegar a la casa del amigo de su hijo, notó que había bastante gente y la puerta estaba abierta. Estacionó el auto y se encaminó para ver qué pasaba. Cuando vio al papá de Max, éste lo abrazo, tenía unas enormes ojeras y un semblante triste; sollozando le dijo:
—Gracias por venir, no sabe cuánto se lo agradezco.
Antes de que don Luis preguntara algo, comentó:
—Tuvimos un accidente en la carretera, mi esposa está hospitalizada y mi hijo murió. Dijeron los paramédicos que su muerte fue instantánea.
—¿A qué hora fue el accidente?
—A las diez con treinta y ocho minutos
“¡No puede ser!”−pensó don Luis-. “¿Qué clase de broma es esta? A esa hora llegó a jugar, toda la tarde estuvo en mi casa”.
Corrió hacia donde estaba el ataúd. Y efectivamente, ahí dentro estaba Max, parecía dormido, una sonrisa se dibujaba en su carita, se sentía una gran paz y tranquilidad. No pudo más, comenzó a llorar, sintió una mano que se posaba en su hombro, era el papá de Max
—Mi hijo me comentó que hoy era la final de basquetbol. Iba llorando porque quería jugar.
—Ganaron. Ese triunfo se lo dedicaron a su hijo.
“¿Cómo decirle que Max jugó su último partido? Que fue el motivador para lograr el triunfo”.
Cabizbajo llegó a su auto, tenía tantas preguntas y ninguna respuesta. Abrió la puerta, dirigió su mirada hacia el asiento trasero. Solamente se encontraba su hijo.




BAJO LA LUNA DE PARÍS
Javier Mendoza

¡Ha pasado tanto tiempo!, sin embargo, hay amores efímeros que duran para siempre. 
¡Qué afortunado fui!  Tenía veintitantos años cuando conocí París.  La capital de la elegancia era bulliciosa de día; por las noches se convertía en la eterna Ciudad Luz.
            Fue maravilloso deambular entre las callejuelas y conquistar sus puentes y palacios.  Muy lejos estaba de imaginar que la mejor obra de arte la encontraría, no en sus prestigiados museos o galerías.  Di con ella, ahí, perdida entre las mesas de una cafetería.  ¡Qué hermosa era!, con ese pelo escondido del viento y su cautivador acento con sonido de buen gusto.  En un susurrado idioma, del que no entendí nada, ofreció la carta.  Era su trabajo; mi destino.   Al azar elegí algo, resultó ser un cuernito de pan acompañado de chocolate; toda una delicia al saborearlo mientras me deleitaba viéndola ir y venir entre ruidosos comensales.
            Mi suerte fue mayor cuando el fin de mi cena coincidió con la hora de salida de la hermosa chica, que como un ángel compasivo se apiadó de mi soledad.  
            Como reyes de la noche caminamos abrazados por la avenida de los Campos Elíseos, bañados por luces y rocíos.  Caminamos sin decir nada.  Ella no hablaba español; yo no sabía palabra en francés.  Sonrisas y caricias fueron nuestro idioma. 
            A las pocas horas de conocerla empecé a creer en el amor.  Lo más cercano a esa mítica leyenda éramos los dos.      

Mis mejores vacaciones fueron un suspiro, dividido entre paseos diurnos y noches de pasión cobijados por la luna de París.  Mi linda compañía era tan hábil, que sin problemas superó la barrera del lenguaje.  Una boca dispuesta puede hacer mucho más que hablar.  Como muestra de buena actitud, incluso aprendió el uso de algunas malas palabras muy dichas por mí.  Salidas de ella sonaban con armoniosa picardía.
            Por mi parte, después de saborear repetidamente el famoso beso francés aprendí a decir: “Te quiero”, con una fuerza como nunca antes lo había sentido.
            Los días fueron tan ideales, que engañaron a dos enamorados, hasta hacerlos creer que el momento de la despedida nunca llegaría.  Pero incluso el sueño más bello tiene que acabar.
            Al instante del adiós juré volver, y ella, esperar.

            Muy lejos de ahí, los deberes y raíces retrasaron mi regreso.  Anhelando ese momento contemplaba la luna que nos arropó, muy seguro que a miles de kilómetros, la linda joven que me amaba también ponía sus ojos en ella, pensando en mí.    
Contra mis deseos, los días no otorgaron tregua, hasta formar un interminable año.  Cumplida la condena, era lógico que el destino de mis nuevas vacaciones no pudiera ser otro.
            Cuando estuve nuevamente en la capital francesa, con la ilusión de un chiquillo corrí en busca de la mujer más linda, pero ella ya no paseaba entre las mesas de la cafetería.  Con fluidez y desesperación puse en práctica el lenguaje aprendido.  Las palabras existentes no lograron expresar cuánto necesitaba reencontrarme con mi gran amor, mas nunca la volví a ver.  El pasado y lugares no lograron dar razón de ella.  Sus huellas se perdieron sobre una ruidosa urbe que se empeñó en devorar los recuerdos.  O quizás aquel ángel nunca existió.  Tal vez fue sólo el sueño de un solitario.

             Varias veces más volví a Francia, aferrándome a una ilusión que no deseaba morir.  Pese a su inimaginable belleza, sin la compañía de la mujer amada, Campos Elíseos parecía sólo una desértica calzada.
            Con el deseo de poner mis ojos en el cielo contemplaba al lucero que parecía ser sostenido por la Torre Eiffel.  La duda era saber si alguien más la contemplaba, pensando en mí.         
Después de varios intentos no regresé más a la Ciudad Luz.  Con la vista puesta en otro horizonte pretendí que los kilómetros acabaran con los sentimientos, aunque una herida en el corazón se empeñara en mantenerlos vivos.
           
Ha pasado tanto tiempo, que ya no recuerdo ni su nombre.  Por salud olvidé hasta el arco de sus cejas.  Hoy a la distancia, del sueño inconcluso sólo recuerdo que conocí la felicidad con un amor que nació bajo la luna de París.




UN DÍA CUALQUIERA DE MI VIDA
Lalo Vázquez G.

Un día como cualquiera de mi vida, mientras humildemente huevoneaba muy feliz, como siempre, (tampoco voy a presumir de trabajador, mucha gente sabe bien que eso no es lo mío). Mamá, papá y el resto de la familia decidieron salir a pasear y se llevaron hasta el perro.
Yo decidí quedarme solo en casa acostado muy cómodamente, no sé qué hora seria, ya que llevaba todo el día dormido, pero aún había luz de Sol. Me llamó la atención un ruc, ruc, ruc, un ruido como cuando alguien roe algo. Me puse atento  y escuché que salía por detrás del refrigerador. Y pensé “¿no se habrá descompuesto el refri?”
Tumbado en mi sillón favorito, desde ahí levanté mi cabecita, solo para descubrir que de la parte de abajo del aparato enfriador había una cola de rata, color rosa, de no menos de quince centímetros y del grueso de un lápiz.           “¡Pinche animal!,  ¿cuándo se habrá metido? Y yo con esta maldita flojera, no me voy a poner a atraparla ahorita”.
Por mucho tiempo la rata estuvo tan entretenida mordisqueando algo, que nunca movió su cochina cola, hasta que me fui acercando minuciosamente y al sentirme, la escondió. Con toda calma pensé “aquí tienes que salir, méndiga Rattus”.
Como no tenía ninguna prisa bostecé y me acosté en el suelo, a un ladito de donde debería de salir el animal. Me quedé esperando hasta que me ganó  el sueño. Ya no supe si seguía ahí o no. Así que después de un corto tiempo, me volví a subir a mi sillón favorito.
Pasó un rato más cuando volví a escuchar el mismo ruc, ruc, ruc, pero ahora detrás del mueble de la televisión. Entonces pensé, “bueno, pues esta rata que se está pensando”. 
Me fui despacito y me esperé al lado derecho del mueble. Quedaba despegado de la pared diez centímetros, muy incómodo para meterme sin que se diera cuenta la rata y saliera corriendo, así que decidí esperar una vez más con toda calma, pero ahora sí, sin dormirme.
Como no salía, me asomé por abajo del mueble y el animal al verme, salió corriendo por toda la orilla de la sala. Luego enfiló hacia la cocina metiéndose por detrás de la estufa, escondiéndose en el horno.  “Caray, ahí sí que está muy difícil sacarla pues está lleno de ollas, cazuelas y moldes para pastel”. Al agacharme para ver por debajo volvió a salir corriendo de un lado para otro y yo siguiéndola como loco, hasta que ella solita quedó atrapada entre la puerta de la alacena y el mueble del agua. “Je, je, je, te atrapé, rata apestosa”.
Le puse unas cuantas cachetadas para que se diera cuenta de quién es el jefe aquí. Quería correr y le volví a poner  otra buena dotación de madrazos, hasta llegué a pensar que me estaba sonriendo pero me estaba pelando los dientes de lo enojada que estaba. 
La solté para que creyera que la había dejado libre y luego la volví a atrapar. Así jugué con ella un poco, y ya cuando me fastidié, decidí morderle muy fuerte la cabeza, hasta que se le botaron los ojos. Aventó un gran chillido de dolor, después me fui saboreando parte por parte todo ese cuerpecito, sus huesitos, las tripas y sus patitas, pero lo que si me disgusta un poco, es la cola. Esa no. Por más que le he buscado el buen gusto no se lo encuentro. Nada más con verla siento que se me paran los pelos, me da como asquito.
Solo quedaron los huesos del cráneo y la cola tirados a un lado del mueble del agua. Pensé, “misión cumplida, rata, ¿creíste que te ibas a burlar de mí?”
Ya casi era de noche cuando  mamá, papá y toda la familia regresaron a casa. Mamá dejó sus cosas en uno de los sillones dispuesta a preparar la cena. Al caminar por donde se encontraban los restos del roedor, dijo gritando:
—¡Heeey, chicos, miren! Dormilón eliminó la rata que se metió a la casa.
Todos gritaron con gran algarabía acercándose hasta donde yo estaba. Me cargaron y empezaron a acariciarme. Mamá sacó un cojín muy calientito, no sé de dónde, junto con una bola de estambre para que yo jugara y lo puso en mi sillón favorito y me dijo:
—Éste es tu premio por portarte bien. Gracias, Dormilón, te queremos.




**Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto. 

ENTRE ESTUDIANTES Y PATADAS

ENTRE ESTUDIANTES Y PATADAS -Narrativa de César Rivera Martínez- UNA BROMA PESADA César Rivera Martínez Héctor Frías era ...