domingo, 14 de octubre de 2018

LA FICCIÓN COMO CIENCIA



LA FICCIÓN COMO CIENCIA
Por: Julio Edgar Méndez

Según Oscar Wilde, «ningún gran artista ve las cosas como son en realidad; si lo hiciera, dejaría de ser artista». Héctor Manuel Ortega Mendoza no escribe lo que ve, sino lo que percibe.
            Estudió la licenciatura en Ciencias de la Comunicación en la Universidad del Valle de México, en Querétaro, donde estudió guionismo y fotografía. Tal vez por esa razón sus cuentos, ensayos y poesía tienen una textura visual, donde la narración muestra -a manera de escenas teatrales-, a los personajes como si los tuviéramos enfrente. Es cuando el lector deja de leer y comienza a “ver”. Y Héctor sabe que cuando vemos, también sentimos. Entramos en la atmósfera que ha creado y nos conduce con maestría dentro de “su realidad”.
            Su primer contacto con un cortometraje lo tuvo a la edad de 20 años cuando actuó en el corto titulado El Arcángel Miguel, historia original de Juan Tovar y adaptada por el cineasta y documentalista Manuel Herrera, producido por Dora Guzmán y el cinefotógrafo Toni Kuhn, en Querétaro. También estudió teatro en la Compañía Universitaria de Repertorio dirigida por Rodolfo Obregón y trabajó para la Compañía de Experimentación Teatral. Más tarde dirigió talleres de actuación en Casa de la Cultura de Cortazar y obras de teatro, además de escribir guiones experimentales. Ha trabajado como asesor en jefe de guionistas en la elaboración del guión de la serie televisiva Criminales, así como asesor y responsable del área administrativa y control escolar en Bachilleratos, donde promueve y organiza talleres de narrativa, lectura y literatura, además asiste regularmente al taller Diezmo de Palabras. Actualmente trabaja en la elaboración de guiones literarios para cortometrajes en la productora Gran Angular, para diversos proyectos. Preludio, de un cuento original de Joy Rivera, fue su ópera prima y dirigió también al actor Damián Alcázar en el cortometraje.
            Cuando Héctor dispone de algún tiempo libre (muy escasos), escribe, y escribe lo que no se ve. Sobre todo, lo que sucede en una realidad alterna. La de otros mundos, tiempos o dimensiones. En Protocolo de transferencia, dos personajes son despertados de un sueño largo. Tan largo como la muerte misma, de donde un androide -con características de Demiurgo-, los traslada a un plano de existencia virtual para contemplarlos en su entorno natural. Tiene curiosidad, -¿sueñan los androides con ovejas eléctricas?- preguntó Philip K. Dick y desde entonces todo escritor de ciencia ficción no deja de cuestionar lo mismo: ¿En dónde comienza la ficción y termina la ciencia? Tal vez esa pregunta sólo la puede contestar cada quién según su propia experiencia. Héctor Ortega no pregunta. ¿Para qué? Él ya sabe la respuesta.



PROTOCOLO DE TRANSFERENCIA
Héctor Ortega

TA-San-9, (más conocido sólo como 9San por su comunidad), es un androide de séptima generación dedicado desde los últimos tres ciclos de generaciones robóticas a la neoantropología y al estudio de campo del redescubierto humano puro. De su trabajo más reciente ha logrado recolectar información devorada por el viento solar en los desiertos del planeta tierra. Recogió muestras de una vieja y polvosa tarjeta de memoria de acceso, proveniente de una híbrida inerte, perdida siglos atrás en el inaccesible archipiélago antes conocido como Mesocalifornia.    Toda esa información fue llevada hasta el laboratorio y ahí, habiendo reinstalado desde los accesos aleatorios, ha encontrado que los últimos momentos de ella ocupaban mucho del sector de arranque. Ella guardó ahí sus últimas memorias, la información de su ADN y los procesos para sobrevivir en la luna terrestre. Los recuerdos de los híbridos sin nombre, como ella, son valiosos en la medida que recuperan datos de algunas de las costumbres humanas.
9San revisa de inmediato su propio sistema límbico para recobrar la información acerca de los sistemas reproductivos del desaparecido humano, y de los seres vivos llamados mamíferos. Solicita de inmediato acceso a la base de datos para recuperar el tridimensional holográfico del retrotipo de un humano. Central envía el modelo que, absorto, es revisado por 9San. Observa cómo fue esa antigua creación natural. Sabe que está a punto de descubrir algo que revolucionará lo que hasta ahora se sabe de ellos, de esos seres atípicos llamados humanos.
            Asombrado de su parecido con ellos, 9San observa en el modelo una de sus extremidades y los compara con sus cinco dedos replicantes. Algo se enciende en sus pulsos de leds. Recuerda haber grabado en su idioma de pulsos eléctricos, antiquísimas librerías virtuales encontradas hace siglos, donde se dice que, en uno de los géneros humanos, ese espacio vacío era complementado por su contraparte, un plug húmedo que acompañaba al resto del organismo en trémulos movimientos erráticos. Supo también que estaba cerca de descubrir qué fue lo que llevó a la humanidad a su nacimiento, a su dominio de un planeta y a su destrucción. La revisión rápida de las memorias guardadas por la híbrido, tienen un factor común: la palabra sexo aparece extraña por todas partes, en todos los rincones del mundo humano, tanto como dinero y religión, pero diferente, misteriosamente tangible e incuantificable. Esa palabra que como un dios humano era venerado, se escondía debajo de todo ese cúmulo desordenado de órganos.
            El robot, apenas procesa información, la transmite a central. Hace la solicitud de traductores nemotecnólogicos, que describan lo que parece la danza primitiva de un antiguo acto reproductivo. Dispuesto desde la sala de control inicia el proceso con una solicitud en código alfabético y ellos —el humano y la mujer híbrida— despiertan, ella resucitada desde su cápsula criogénica y él por hologramas de tangibilidad. 9San observa desde atrás de la ventana de poli-metil-meta-crilato con su lente angular, como un voyeur, como un pequeño juez que juzga sin palabras, con sus sonidos apenas perceptibles de microcircuitos, esas pequeñas y transparentes piezas de carbono que ajustan sus movimientos.
            Recuperados ya los archivos a través de lotes encriptados, en ese antiguo y arcaico sistema, ahí, en el más recóndito sector, el autooperativo ejecuta una aplicación de la que se enciende automáticamente el proyector holográfico de tangibilidad, el Mud-SS3. Entonces apareció él: el recuerdo de uno de los últimos humanos puros en un holograma minuciosamente real. Era difícil determinar su raza, las últimas generaciones estaban tan mezcladas que resultaba casi imposible —incluso para ellos— determinar su origen. Despertó como mortecino, como aletargado de siglos, en una luz holográfica que reinterpretaba sus ojos luminosos entreabiertos. Ella, despierta de su muerte ya, esperando desde su último lance de humedades hace siglos lejanos, lo esperó a que reaccionara.
            Ella, que tiene el aura pacífica de una beata, parece saber que esperó todo este tiempo. Lo ve desde su altura con ojos amorosos, y él, apenas se da cuenta de su presencia, despierta por completo y le dice —sin ser comprendido por 9San— que ha soñado, que siente haber dormido siglos, y que todos esos vastos campos de flores oníricas eran sólo el epílogo de volverla a ver. Ninguno de los dos sabe que son a la vez un sueño electrónico. Que esta vez el dios que los observa es un autómata, y que sólo viven para recordar este momento una y otra vez. Así, ella se acerca a él sin decir palabra alguna, con una lentitud incomprensible después de un milenio y medio de esperas, ignora parte de lo que le dice, no le responde, sólo comienza a acercarse para ser olfateada, para permitir que él le deslice lentamente unos de sus dedos antropomórficos por el blanco y cálido murmullo plástico de su espalda. Recordaba los mares ansiados, las torturas del olvido en que le condenó desde la última vez que tuvo razón alguna de ella. Volvió a recorrer ese lienzo terso de inmovilidad, para atraer con anzuelos de tiempo el recuerdo de su olor, del peculiar aroma de su piel. Se dicen cosas, el idioma no es ni siquiera uno de los que muestra el milenario catálogo de wikiexlibris, no hay registro de tales palabras humanas en los archivos antropológicos. 9San regresa una y otra vez por el sistema recorriendo sectores que no encuentra, mientras su única y potente lente observa. Por momentos ella se ve en una sorpresiva sombra que pasa por su mente: años atrás, muchos años atrás una condena le fue asignada por error, ella nunca dijo nada; nunca porque en su muerte dedicó su última mirada a ver los ojos de él, su último suspiro a reparar en su pulso, su último latido a dejar el mundo con un orgasmo infinito. Si ese momento valió para ser llevado un milenio después a la lectura de su código para encontrar el vacío de su procesamiento, valió la pena.


            Él se incorpora poco a poco, le besa con lentitud como si no hubiera pasado el tiempo, le toma del cabello y lo alisa con sus dedos. Se abrazan como si lo que entre ellos existiera fuera algo más que un nexo fisiológico: los une un misterio. Él le quita el manto que la cubría, el sistema analiza los tejidos: polyester y algodón, desaparecidos también pero muy conocidos. Le toma del cuello y lame su clavícula. Ella levanta su cabeza y deja ver su incisión del lado izquierdo, de donde es fácil suponer que le fue colocado el cerebro transgénico y su memoria electrónica. Su vientre desnudo es un valle conocido, un terreno fértil de llanuras exploradas por él. Su parte electrónica es tan ávida como sus humanos senos anhelosos, que él recorre con sus sombras en los labios, con nuevas palabras incomprensibles, con murmullos que más bien parecen ser origen de otros mamíferos. El sistema dispone información en nanosegundos, química sanguínea, escáner de órganos funcionales, el nombre de cada uno de los huesos, músculos, y el sistema nervioso que se ilumina en la pantalla de referencia. El robot califica de asombroso lo que observa en el informe de salida primario.
            Reconoce el apéndice masculino, reconoce los dedos en el extremo de los brazos que tocan al otro en sus intimidades, y tal como lo investigó, luego de observarse, su violenta convulsión para atraerse, sus incomprensibles sonidos, sus roces incontrolados, su completa ingobernabilidad. Él la penetra, ella se encorva. La danza de emisiones multicolores invade sus registros. Ella masculla ritmos prehistóricos, él balbucea melodías intemperantes, se detienen, se observan y 9San no puede entender esa fuerte debilidad, algo se transmiten, algo que se detecta pero no puede saber qué es.
            Ella le muestra su espalda. Hemisferios disímbolos aparecen ante los ojos de él, la columna se dibuja bajo su manto de acrílico molecular. Puede ver su sexo, como también lo hace este robótico testigo impávido, y las condiciones ya conocidas por el sistema se autocorrigen, detectan diferencias entre modelos catalogados y reasignan estudios de forma. Él regresa a ella, la toma de las caderas, la sostiene con una fuerza calculada y la invade en vaivenes. Niveles de presión arterial suben, la central bioquímica detecta olores, la médula positrónica de ella reacciona, eleva una cantidad de feromonas determinada, la oxitocina viaja ya entre ellos. Su fusión neural es inexplicablemente real. El informe de vasopresina dice que están unidos, claro que es evidente, pero el informe se refiere a un estado que se consideraba un mito. Milenios de ciencia están ante la central, juzgados fríamente y lo que encuentran es pasmoso: los humanos hablaban de privilegios para entidades divinas, que no eran posibles, pues resumían la evolución en un nanosegundo de placer; y cuando ellos gritan, suben sus voces dolorosas, implosionan en un universo interior, desconocido, inexplorado para esta generación de nuevos dueños del mundo, parece que la realidad es algo subjetivo. Se separan, se observan, no dicen nada, se recorren con sus dedos, con sus terminales, con sus agotamientos marcados por la glucosa que ha sido metabolizada y la energía aún se puede calcular alrededor de ellos.
            Verlos amarse era una incomprensible iluminación de leds anunciando un protocolo, un antiguo y fascinante lenguaje apenas mencionado por los cerebros expertos como un medio de comunicación humana, sin palabras, sin ademanes, apenas impulsos eléctricos binarios, su retorno a una prehistoria incluso desconocida para los propios replicantes humanos recién desaparecidos.
            La lente angular ajusta un milimétrico campo de visión entre ellos, ella lo ve y él a ella. Respiran agitadamente, cada vez menos, cada vez un suspiro, y él enlazado a sus ojos dice algo que sale de sus labios de forma casi imperceptible. 9San regresa una grabación alterna, escucha atentamente, sube el volumen, corta un clip de grabación sobre el sonido que el humano emitió, envía a central, espera dos segundos, central le regresa información:
            <>.
            Los robots, sobre todo los androides —como 9San— que han estudiado al género humano por necesidad, saben de la existencia de esos <> incalculables, a veces contingentes, otras veces trascendentes. ¿Cómo puede algo ilusorio como un sentimiento ser tan valioso? Binarios viajan por sus cables intermedios cada vez más rápido, ininteligiblemente. Pasa tiempo que no calculó tratando de procesar la información. Central le dice que los humanos hablaban del alma, como una entidad que se les dio por una divinidad, pero al mismo tiempo no creían en esa divinidad, no era calculable ni demostrable. Los humanos eran muy complejos, tanto como la ciencia, como la química de la que el amor fue por mucho tiempo su elixir, la química de la existencia. Creyeron que eso los salvaría, pero ahora se sabe que no.
            9San ejecuta un comando y todo el sistema se apaga. En la oscuridad del laboratorio queda el robot inmóvil, procesando, y esa imagen de ellos unidos como uno, que se desvanece detrás del cristal, se eleva en tantos filosóficos. Nada de todo lo mucho que sabe de los humanos explica este descubrimiento que cambiará la forma de ver al homo sapiens.
            9San se dice a sí mismo como conclusión, en signos informáticos, en su idioma: <>.




*Texto publicado en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.

domingo, 7 de octubre de 2018

PENSAMIENTOS EN TINTA



PENSAMIENTOS EN TINTA
Por: Laura Margarita Medina

La reflexión es herramienta del pensamiento que nos lleva a analizar el entorno en que vivimos. Es la forma utilizada por el incipiente escritor Alejandro Morales Pérez; joven celayense, maestro de baile y uno de los más jóvenes miembros del Taller literario Diezmo de Palabras, el cual nos presenta interesantes meditaciones.
            El árbol de la vida nos muestra los diferentes caminos que tomamos los humanos ante circunstancias distintas. Tomar malas decisiones desencadena infortunio y amargura. La mente y el corazón nos traicionan con frecuencia. No tenemos una correcta visión de lo que es el verdadero amor. Le hacemos un altar al egoísmo.
            Como un análisis profundo, Alejandro describe en su Trilogía como abuela, madre, esposa los equivocados conceptos en los que algunas mujeres suelen tener a sus hijos, nietos, esposos o en general a los varones con quienes conviven. Incluso destruyendo su propia autoestima.
            Según te toque incrementa la duda sobre la existencia de la suerte, lo que vivimos y con lo que nos encontramos. No siempre obtenemos lo deseado. La mejor opción es aprender a superar la adversidad.
            Donde manda capitán no gobierna marinero, te lleva a considerar que no siempre triunfa el que se considera mejor y no siempre es mejor el que triunfa. La vida no siempre es justa cuando de poder se trata.
           
            Las reflexiones de este autor son profundas, completamente ligadas a la rutina del pasado y del presente. Lectores de diferentes edades se sentirán identificados con algunas situaciones de las que presenta Alejandro Morales.



EL ÁRBOL DE LA VIDA
Alejandro Morales Pérez

Bajo la inmensa sombra del árbol de la vida caen frutos. Algunos grandes, medianos o pequeños; otros están verdes, maduros o podridos; hay dulces, amargos o insípidos. Tú, yo y todos estamos bajo esa hermosa sombra de la cual caen frutos. Pero todo es según tus ganas, tu inteligencia, tu suerte o tus circunstancias. Hay quien es avaricioso y se la pasa únicamente juntando y juntando frutos; hay quien es más selectivo y elige sus frutos perfectamente; hay quien sólo se queda viendo lo que los demás recolectan y no quiere frutos. Hay otros a quienes sin esfuerzo ni merecimiento alguno les caen sólo los mejores frutos. Hay quien se la pasa exhaustivamente buscando frutos y no encuentra. Hay quien sólo recolecta lo suficiente o quien no está conforme con lo recolectado aunque hayan sido buenos frutos. Hay quien recolecta solo lo podrido porque no sabe o no puede recolectar otra cosa. Hay quien a pesar de recolectar frutos, se la vive enojado por lo que otros recolectan y hay quienes no perciben que están debajo de un árbol de bella sombra con frutos para todos…
            Nada es malo, sólo es como tú quieras verlo. Y no le eches la culpa a nada ni a nadie.





SEGÚN TE TOQUE
Alejandro Morales Pérez

La vida es según te toque, y no es como la quisieras que fuera. Según lo que te toque en tu vida eso es lo que eres. Es decir, la vida es circunstancial, lo que muchos agradecen y otros maldicen.
            Lo primero es que si te toca la deformación física, la debilidad, la enfermedad o la salud; la fuerza, la belleza y la inteligencia; la riqueza o la pobreza. Todo depende qué le toque al YO. Si te tocan unos padres buenos –y ojo-, por buenos quiero decir que esos proporcionan lo suficiente tanto en amor como en lo material. Y no me refiero al exceso de lo material ni al exceso de amor, sino a saber cómo educar con justicia, respeto, agradecimiento, esfuerzo y sacrificio.
            Si te tocan unos hermanos buenos, te harán la niñez feliz. Al igual si te tocan unos familiares buenos te será la convivencia agradable.  Si te tocan amigos buenos, convivirás con gente buena y aprenderás lo bueno, ya que las amistades influyen y afectan la conducta de nuestra persona. Si te toca una pareja buena, el noventa por ciento de la vida será buena. Si te tocan unos compañeros de trabajo diligentes o flojos, o bien buena onda o envidiosos, así será tu desempeño en el trabajo. Y claro, todo te toca por circunstancia o suerte y no por propia súper inteligencia o por propio merecimiento. Nadie escoge a sus padres o hermanos, tampoco a sus amigos porque los amigos son las personas que están ahí, próximas, puesto que no planeamos como quisiéramos a nuestro amigo, ni tampoco lo vamos a buscar así como lo queremos que sea. Mucho menos escogemos a la pareja porque cuando queremos a una persona siempre mostramos nuestra mejor imagen, nos hacemos los perfectos y no lo somos, escondemos todos nuestros errores para conquistar a esa persona. Si te toca algo bueno es porque te toca y aunque estés dormido, o en el sillón de tu casa descansando, eso bueno o eso malo te va a tocar.
            Cada quien nace con lo suyo. Claro, también se puede cambiar lo que nos toca. Sí, podemos buscar el éxito y lo bueno, pero eso es uno en millones que se enfoca en el bien puro. Porque lo más normal en cualquier ser humano es que si te quedas dormido o descansando en un sillón no te va a llegue el éxito.
            También hay a quien le tocaron cosas buenísimas, pero por su estupidez las perdió y no supo qué hacer con eso bueno que le tocó.



TRILOGÍA COMO ABUELA, MADRE, ESPOSA
Alejandro Morales Pérez

Como abuela no podemos percibir que nos nace el ser abuela por egoísmo. Sí, por egoísmo y no tanto por un bien, por lo correcto, por lo justo, o lo meritorio. Ya que un nieto es algo que se exhibe y se presume secretamente. Ser abuelo es algo que nos hace sentir como pavo real, es algo que nos halaga, e incluso se podría decir que ser abuelo es como el estatus de una vida de logros. A la abuela no le importa si su hijo o hija están preparados o en condiciones de ser padres; o si están locos, si son unos parásitos, unos viciosos. A ese ser totalmente egoísta lo único que le importa es realizar su capricho de tener a su nieto y sentir ese placer. Y peor aún, no le importa el futuro de su nieto, ni mira con buenos ojos a la nuera porque tiene prejuicios sobre ella. Al yerno lo mira como holgazán y vicioso, pero lo raro, es que esos son los padres de su nieto; el niño más inteligente, guapo, divertido, obediente y perfecto. También soporta todas las estupideces de sus hijos con tal de que le lleven al nieto.
            Abuelas, no porque quieran realizar su caprichito dejen que sus hijos locos y estúpidos sean padres, no metan presión para que tengan hijos. Eso de ser abuela es cosa de placer egoísta. ¡Ah! porque si los abuelos de verdad quisieran a sus nietos como dicen que los quieren, en todos los testamentos los nietos fueran los herederos y no los hijos.
            Como madre, cualquiera ansía que su hijo sea exitoso. Mi madre explotó de rabia y envidia ya que le ardió mucho que le dijera que mi primo más chico había empezado a ser comerciante a gran escala, y lo que ella dijo fue: “es para que tú fueras el exitoso, es para que a ti te mandaran la mercancía que a él le van a mandar y empezaras a generar dinero. Pero no, eres un bueno para nada”.
            Todas las madres quieren que su hijo sea lo que no es o lo que no puede ser, y desde que los hijos están pequeños las mamás se enojan si su hijo no es de los exitosos y a toda costa quieren que su hijo lo sea, claro, porque sienten placer al ver a su hijo exitoso. A cualquier madre le duele que otro sea quien destaque y la reacción de cualquier madre es enojarse. Una madre quiere para su hijo todo lo bueno o lo mejor. Si se vive en el capitalismo la madre va a querer que su hijo tenga muchas cosas materiales, superficiales. Un hijo fracasado en lo económico es la vergüenza más grande para una madre. Pero no tanto e incluso nada de vergüenza siente una madre si su hijo es un egoísta, perverso, pero exitoso.
            La mujer, como esposa, es incapaz de ver lo estúpido, lo equivocado, lo abusivo o lo egoísta que es su esposo y, si acaso se da cuenta de eso, es cuando ya es viejísima. La esposa en todo favorece al marido, en todo le da la razón, siempre le sigue la corriente a su mutante loco -¡¡ah!!- y que no se enoje el gran señor de la casa porque la esposa no sabe qué hacer para contentarlo. Solo lo contenta porque le hace creer que es un todo perfecto, omnipotente y que sin él, el mundo no gira. Además todo le tiene quedar en la mano, todo le tiene que andar cuidando, siempre lo espera y todo lo que al tonto se le olvida ella lo resuelve.      
            Pobres mujeres, se la pasan consintiendo a un estúpido. Ya basta de darle la razón, de hacerle creer que está bien cuando es un completo idiota. Solo porque se ama no se justifica no decir la verdad.
            No solo somos ignorantes, estúpidos, débiles, cobardes, quejumbrosos, delicados, criticones y locos. Sino que somos perversos e injustos a más no poder.



DONDE MANDA CAPITÁN NO GOBIERNA MARINERO
Alejandro Morales Pérez

Este refrán explica que donde hay una máxima autoridad no puede mandar una persona de menor rango, pero ¿qué pasa cuando la máxima autoridad está equivocada, es inhábil, no sabe mandar o peor aún, es un imbécil? Y quien es capaz, hábil, es experto y sabe mandar, es aquella persona de menor rango que siempre ha estado haciendo bien lo que se debe hacer. O que por viveza natural el de menor rango es más apto que su jefe.
            Nadie le discute al rey que tiene el absoluto poder, pero si está equivocado y es un estúpido, incluso pueda ser que hasta el rey esté loco y cualquier otro esté bien centrado. Pero el que está bien no tiene el poder que tiene el rey, así que éste pierde, no tiene validez, credibilidad o congruencia ante los demás. Como cualquier padre que esté en un error, pero tiene la autoridad y el poder por las circunstancias.
            El poder engrandece al egoísmo y ciega toda flexibilidad y razón. Aprovecharse de alguien nada más porque a nuestro YO le da la gana y tiene el poder, o mandar a otro hacer una estupidez  por la simple circunstancia de estar en un puesto superior, es un absoluto mal transparente. Bien podemos mencionar a miles de locos idiotas que tienen el poder.
            Nuestra hambre o el difícil sobrevivir nos ha obligado a que a la máxima autoridad nadie le puede decir que ésta en un error. Nadie puede ir en contra de aquel que tiene el poder, puesto que nuestra supervivencia depende de ese idiota -quien tiene el poder lo puede todo- el poder siempre es circunstancial, no meritorio, ya que sí fuera meritorio sería alguien que consiguió llegar al poder con trabajo, esfuerzo, sacrificio y responsabilidad, o sea con lo correcto y como tal obraría, sabría hacer lo correcto y lo justo.
            Claro, siempre hay que acatar las órdenes del superior, pero muchas veces pasa que el subordinado tiene una mucho mejor perspectiva del trabajo. El subordinado, al realizar el trabajo piensa, reflexiona y hace lo que mejor conviene. Tampoco hay que esperar órdenes para hacer lo verdaderamente correcto. Hay que tomar en cuenta quién da la orden para hacer lo correcto que se encuentra en tales instrucciones. No es ir en contra ni por imponer la propia voluntad por encima de la del jefe, sino para beneficiar a todos.
            Por burla del destino pasa que el de menor rango es, por naturaleza, mejor que el jefe o lo es porque siempre ha estado en el mismo puesto.
            Un capitán idiota manda a su antojo, más no por ser capitán, jefe o patrón  pueda dar órdenes imposibles de cumplir. Nuestro egoísmo nos hace estar mal  o sea nuestro egoísmo nos impone sentir y creer que alguien de menor rango no puede decirle al de mayor rango qué hacer. Basta de creer que no se puede contradecir al que está en el poder. Basta de que se imponga un criterio estúpido, que no hay personas con posibilidad de disentir. No se trata de quién tiene el poder, sino de quién tenga la razón para mejorar nuestro mundo.



**Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.

domingo, 30 de septiembre de 2018

EL CANTO DEL SAHUAR



EL CANTO DEL SAHUAR
Por: Georgina Gómez Chavarín

Guillermina Carreño Arreguín, maestra de profesión, escritora y poeta, es miembro de la asociación El Sabino de los Poetas, que agrupa artistas de diversa índole y ella aporta en tales eventos su prolífera obra.  Participa como expositora en ferias del libro de la ciudad de Celaya y en otros eventos culturales. Cuenta con publicación de libros propios y antologías con diversos autores. Además, fue  pionera de grupos literarios en la ciudad. Actualmente es integrante del Taller literario Diezmo de Palabras.
            Rescata las costumbres y el folklore de México para darles forma de cuentos. Tiene gran capacidad para crear metáforas que integra a su narrativa. Crea personajes fantásticos y los trae a nuestra realidad para coexistir con seres de carne y hueso. Tal es el caso de su personaje el Señor de los Sahuares, quien habita sobre todo en regiones desérticas y gusta de la región del Bajío.  En donde se comunica  con el ser humano, pero no con cualquiera, sólo con quien es capaz de ver el mundo con una perspectiva mágica y sobrenatural. Hay en sus cuentos un entendimiento con seres fabulosos: los Sahuares, a decir de la escritora, son las almas de los seres que por diferentes razones fueron atrapadas por el desierto.
            En el cuento Sus Pasos en el Desierto el protagonista  establece una comunicación con el mítico personaje y nos sumerge en un ambiente metafísico, cuando este se encuentra visitando a la Momia con quien tiene un entendimiento útopico, como cuando "el canto del Sahuar lleva plegarias y sueños".
Su obra poetica es reflexiva, toca temas de amor filial y desamor.  La naturaleza tiene un papel primordial pues parece fundirse en ella  como "el torrente de inquietas olas  hacia el suspenso de finitud".  Sus versos tienen musicalidad y sentimiento,  como "huella latente de una estrella fugaz, como luz pasajera en el ocaso gris de la exstencia".

            Así, la poesía de la maestra Guillermina nos transporta dentro de nosotros mismos para reencontrarnos con sentimientos y recuerdos abandonados, removiendo vivencias que nos hermanan con su sentir.



HUELLA Y AÑORANZA
Guillermina Carreño Arreguín

En el torrente
de inquietas olas
se consagró mi juventud,
viajó en el eco de la fragancia
hacia el suspenso de finitud.

No hay esperanza
la llevó el viento sobre sus hombros
en esas aguas de atardecer.

+++++++++++++++++++++++++++++++++++

HUELLA LATENTE
Guillermina Carreño Arreguín

Juventud, estrella fugaz
en ese espacio azul del firmamento
luz pasajera, reflejo del océano
que se guardó con el eco
en el ocaso gris de la existencia.

+++++++++++++++++++++++++++++++

PUESTA DE SOL
Guillermina Carreño Arreguín

El sol atesora al mar
en cada ocaso se dibujan
los  destellos de colores
Para vestir al atardecer.

+++++++++++++++++++++++++

OFRENDA
Guillermina Carreño Arreguín

El encanto entre mar y sol
en la cuesta se detiene
hace brillar las olas
para regalarle a la tarde
un adorno de colores.

+++++++++++++++++++++++++++++

DE PASO
Guillermina Carreño Arreguín

Una ráfaga de viento
pasó por mi corazón
se llevó el poco amor
que habitaba en mi pecho.

+++++++++++++++++++++++++++++

DEDICATORIA
Guillermina Carreño Arreguín

A mis noches de insomnio.
A mis días de soledad
Dedico este clamor de silencio.

++++++++++++++++++++++++++++++++

HABLAS
Guillermina Carreño Arreguín

Tus palabras hieren mis sentidos
cuando escucho tu voz
sentenciar mi destino.

+++++++++++++++++++++++++++
           
CONTIGO
Guillermina Carreño Arreguín

Cada lluvia que se aleja
lleva mi corazón aferrado a tu ser
hacia el ocaso de mi primavera.




SUS PASOS EN EL DESIERTO
Guillermina Carreño Arreguín

El Señor de los  sahuares  me visita.  Viene para que lo acompañe a la Cañada de
Caracheo.  Cuando algo le atormenta en su corazón,  recurre a mí,  lo comparte y de esta forma  encuentra solución.  Aprovecha el  lugar,  cambia el  Desierto por la  grandeza del Bajío,  donde encuentra la mano de sus amigas las momias y para él,  es también un reino.
            Con palabras de cariño me saluda, él sabe de la emoción que me causa su presencia. Le interesa relacionarse con los restos del sacerdote mártir que se encuentran en este  pueblo. La Cañada de Dolores,  como lo llaman ahora,  está anclada  en la  falda del cerro de Culiacán. Un pueblo empedrado, limpio y hace poco logró dos calles de pavimento: la entrada y la salida a las ciudades cercanas, Salvatierra y Cortázar. En el caer de la lluvia, las lajas se lavan con el escurrir de agua que baja del cerro. El caserío se perfuma, despide un  aroma a humedad, a hierba  fresca y  limpia,  única en la región.  Sus costumbres están arraigadas al pasado. La mayoría de los hombres trabajan en la Unión americana. Las  mujeres viven  por lo regular  solas,  con sus hijos o algún  otro familiar,  entre  casas vacías, abandonadas. Hay quienes emigran, se van familias completas.  Pero todos conservan en su credo un rasgo del padre Elías del Socorro Nieves Castillo.            Sus restos fueron sepultados, primero en el cementerio del lugar, después  los cambiaron a un costado del altar mayor, en la Parroquia de la Virgen de los Dolores. Beatificado y ya canonizado, reposan al pie del altar, en la Parroquia mencionada, donde él ofició la misas a sus fieles.
            A partir de su Canonización le están construyendo su propia Iglesia. El padre  Elías Nieves, fraile de la orden de San Agustín, fue sacrificado en tiempos de la persecución Sacerdotal que inició en el año de 1926. Murió al darles el perdón y bendecir a sus asesinos -un regimiento  federal-,  quienes lo fusilaron  bajo  un  mezquite,  en la salida de Cortázar rumbo a la Cañada.  El día 10 del mes de  marzo del  año de 1928. Por esto  en los monumentos que lo representan, su brazo está en señal de bendecir.
            El Señor de los sahuares me dice:
            ─ Vienen dos autobuses de Oaxaca,  la gente desea  venerar y agradecer,  al Varón de la Cañada.  Como misionero su labor ha caminado en varios estados del país.
            Me habla de un tráiler conducido por polleros o coyotes, quienes abandonaron en pleno desierto a un grupo de hombres dentro de la caja principal, bien cerrada, sin aire ni luz,  al amparo del  calor que produce el lugar,  donde iban más de treinta braceros, la mayoría eran hombres. Se les terminó el agua, perlados en sudor, sin alimento, cansados a punto de desfallecer rompieron en  gritos desesperados:
            ─¡Abran por piedad!
            ─ ¡Sáquenos de aquí!
            ─¡Abran por favor, nos ahogamos.
            Arañaban las paredes de acero, otros se retorcían al  implorar en la esperanza de conservar la vida. Uno de ellos sacó de su cartera la imagen del Padre Nieves. Con trabajos se arrodilló  y  sacando aire de no quién sabe dónde,  gritó:
            —¡Padre Elías del Socorro Nieves, no nos abandones, sácanos de aquí!
            A su lado, otro rezaba:
            —¡Santo Padre Elías Nieves, escucha, escúchanos!
            En silencio rezaban el Credo. De repente se escuchó un estruendo, algo así como un rayo. Las puertas de la caja se abrieron de par en par. Rodando y en desorden pudieron lograr el aire. Los primeros en salir dieron fe de que un hombre vestido de fraile,  descalzo,  se deslizaba  sobre la arena cálida,  movida a su  paso por el desierto. Los demás fueron testigos de su sombra. Un resplandor con forma humana, se perdía en las lejanías del halo, donde parecía unirse el temblor del sol, con la arena movida por el viento.
            Los dos hombres, quienes invocaron al sacerdote Elías del Socorro, eran de la Cañada. Viajaban siempre al abrigo del Santo Varón. Todos se abrazaron,  incrédulos de estar vivos, a la vez que agradecían al cielo por el milagro.  La estampa del padre agustino pasó por todas las  manos de los que iban a la frontera.  La mayoría  venían de Oaxaca,  otros de  Chiapas, Michoacán, Guanajuato y unos cuantos centroamericanos que pasaban por oaxaquitas.
            El Señor de los Sahuares, respiró profundo y comentó:
            —Cosas del desierto, quienes lo retan, pasan a ser, en el reglamento,  un Sahuaro más, anclado al tiempo. En esta ocasión nadie pereció, gracias al milagro bendito. Hay quienes no tienen la misma suerte, quedan sobre arena traicionera o son sepultados por las dunas guiadas por el viento.
            ”Los autobuses que venían de aquel lejano lugar, traían las familias para agradecer y venerar, llenas de fervor, con oraciones, cantos y rodillas. Entregaron medallas y figuritas de oro,  retablos y flores,  además de otros adornos, para colocarlos en donde reposan los restos del fraile agustino, por haber salvado a sus hombres, padres y hermanos de perecer en el abandono.  El santo varón no descansa. Día y noche sale a proteger a todos los que lo llaman, creen y confían en él, ese día también dejó su huella entre la arena.
           
            Al regresar de la Cañada, el Señor de los sahuares, pasó a despedirse de las momias que habitan en el panteón municipal de mi tierra, mientras agrega:
            ─Tengo en mi corazón, este clima y los paisajes del Bajío. Les robo un poco, para llevarlo al refugio donde moran los que en el desierto se quedan a vagar sus almas, con el sueño dorado y su intento de cruzar la frontera. 



*Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.
**Fotografías tomadas de:
https://mulieres.com.mx/2016/01/25/soledad-gusto-o-necesidad/
https://tucson.com/entertainment/outdoors/photos-of-tucson-s-quirkiest-saguaros/collection_73459bac-3f97-11e5-a11c-2fe0fdbbd870.html#9
A saguaro appears to embrace the sunset in Sabino Canyon along the final stretch of a hike on the Phoneline Trail. Photo taken January 10, 2015. Doug Kreutz / Arizona Daily Star



domingo, 23 de septiembre de 2018

OCHENTA KILOS DE ALEGRÍA



JULIO EDGAR MÉNDEZ
Por. Guillermina Carreño Arreguín

Conocí a Julio Edgar Méndez hace años en diciembre del 2007. Obtuvo el Primer lugar en poesía, en  los  Primeros Juegos Florales de Celaya. Me llena de orgullo compartir su gran talento, ahora como coordinador del grupo Diezmo de Palabras.
            He leído y escuchado parte de su obra literaria. Poca, quizás, por darnos primero el lugar para corregir nuestros trabajos de narrativa y poesía, los miércoles de cada mes.
            Tengo ante mis ojos tres trabajos suyos. Disfruto la manera en que sus personajes llevan a la cama a tres mujeres, seducidas finamente hasta lograr el propósito. Son temas donde  resalta la  preocupación del autor  por la figura estética y antiestética de la mujer y el hombre con algunos kilos de más. Delinea sus personajes con detalle y esmero. Deleita la lectura al usar frases coloquiales como: “ochenta kilos de alegría”.
            El ambiente donde se desarrolla De lomo, de tinga y de cabeza, es un puesto de tacos. Imagino a la mujer cuando el texto dice: “ella se movía con gracia de ballenita”. Marianelo, el galán del cuento, le  fue llegando a “la musa de los glotones” suavecito,  con palabras  empalagosas; la invita a ver películas. Él, flaco y bigotón como era, conquista a la mujer y la lleva a la cama.
            En Calzón hervido, se desarrolla la trama en una oficina burocrática. La mujer, por amor, fue capaz de utilizar el brebaje y el hechizo para atraer a Manolo, funcionario mediocre deseoso de ascender. En dos meses logra hacerlo su esposo, con la toma de  yerbas mezcladas con ropa  interior. Gladiola, con “cintura de barril de pulque”, es descubierta por el compadre de Manolo, quien se lo comunicó haciéndolo objeto de burla y por Susana, la cual utiliza otros recursos para quedarse con Manolo.
            En La señora López, describe a un hombre gordo, lonjudo, ladino y  degenerado sexualmente. Este gordo enamora a la señora, de más de sesenta años, quien se dejó  inquietar y  puso su corazón y sus ojos en Pancho Benavidez, el cual tiene “cabeza grasosa con media raya en el pelo y media nalga salida por fuera de los  pantalones”. Un  vividor cualquiera, desempleado, cincuentón, de muy bajos modales, quien conquistó a la flaca  viuda. Los hechos van de lo normal a lo placentero, como detalles cotidianos que se viven en la esfera social y aparentan pasar desapercibidos.
            Las letras de Julio Edgar Méndez, son recomendables por sus personajes bien definidos y reales.
       


DE LOMO, DE TINGA Y DE CABEZA
Julio Edgar Méndez

No es que estuviera tan gorda, sino que la felicidad se le desbordaba por los cuatro costados. Ciento ochenta kilos de pura alegría, si hubiera tenido un cascabelito alrededor de su inmenso chamorro, aquella mujer lo hubiera hecho sonar como un despertador.
            Capitaneando el navío de su puesto de tacos, se mueve con la gracia de ballenita. Simpaticona, con su rostro bonachón maquillado al estilo de las estrellas de tevenovelas. Siempre fiel a los principios del Cosmopolitan, sin que las flacas modelos andróginas mellen su ánimo en lo más mínimo, ni en lo menos máximo.       Al fin que para ella el mundo no se contempla a través de un espejo, sino del rostro sonriente de cada comensal que le alaba sus guisos, sus salsas; sus piernotas y senos oriundos del monte del Chichonal. Los ojos de sus parroquianos le dicen lo que ella ya sabe: “estás buena, gordota, lástima que no tenga los tamaños pa’ tirarte los perros”. Esos perros que mantienen los prejuicios latentes.        ¿Cuántos hombres podrían presumir a esa tonina con carita de ángel? Pero a la maja del comalón todo eso le vale madres. Ella se ríe, departe con machos y machas, degusta su desayuno (el primero de tres) con la fruición de niño con mamila.

            Aquella mujer era la musa de todos los glotones con un gusto gourmet por los tacos de lomo, de tinga y de cabeza. Jamás nadie le preguntó por su vida privada, sus quehaceres after hours, sueños y amores que en su caso debían ser bastante grandes y pesados. ¿A quién pitos le importa lo que hace una gorda con su tiempo libre? Sin embargo, a Marianelo del Niño Jesús le importaba. Y mucho.
            La miraba despacio, relamiendo su bigote de perro de aguas, saboreando mentalmente cada corte fino de la epidermis (la mucha epidermis), de su amor secreto.
            “Quién fuera delantal para estar sentadito en esas piernotas”, piensa con lujuria el carapendejo de Marianelo. Y pide otros dos con todo. Los besa como besando los cachetes de la taquera que deben saber a salsita martajada en molcajete. Cuando se los baja (los tacos) con un Boing de tamarindo, imagina que le chupa los pezones, que seguro son como monedas de a cien de las antes y a lo mejor hasta saben igual. A plata caliente, a héroe de la nación, a manos y manos que vuelan atrás en el tiempo. “¡Ay gorda!”.
            Dicen que hasta el acero se quiebra a fuerza de tiempo y constancia, cuánto más fácil fue que la gorda Marilú se quebrara. Marianelo le fue llegando suavecito: “oiga usté, qué ricos tacos, qué salsas, qué mano tan suavecita, casi ni se sienten los callos (y ni siquiera se alcanzan a ver las uñas), póngame otros tres de cabeza, no, no se ría, no lo digo en albur, lo digo de corazón. Sus tacos me ponen de buenas pa’ todo el día, subo a la combi y me importa poco que me empujen, en el trabajo me dicen que ando cacheteando las banquetas por usted Marilú, ya casi ni como si no pasan mis tacos primero por sus manitas, mire, no me lo tome a mal, pero yo quisiera invitarle al cine, ¿le gustan las películas de los Almada? ¿Ya vio usté esa dónde le rompen su madre a todo el pueblo de vaqueros, que resultaron ser travestis extraterrestres? ¿No? ¡Hombre! si es casi casi de colección, venga conmigo el sábado en la tarde. Ande, no sea usté mal pensada, yo soy hombre de bien, ni tan pobre ni tan honrado, pero yo la respeto y aunque no niego que me gustaría mucho besarle esa boquita color caramelo de fresa, primero me mocho una mano que faltarle al respeto”.
            A la gorda se le iba en suspiros a cada palabra. No, si este flaco carajo tenía más lengua que bigote y eso que su bigote le cubría tres cuartas partes de cara. Y ahí fue la gorda, al cine primero, a los mariachis después y a la cama con todo y botella de vino -tinto tinto, pero más bien coloradito con tapa de rosca-, tres citas más tarde. Aquello fue de película y no precisamente por lo bien actuado, sino por lo pornográfico del asunto. La gorda montada en Marianelo del Niño Jesús, a quien casi le quiebra la espalda y le troncha el único adminículo de ser hombre. Marianelo cabalgando a la taquera: “¡Dime vaquero, dime vaquero!” Y aquellos sesentaynueves combinados con setentaydoces a los que el flaco era tan adicto. No, si ya lo sospechaba, esa Marilú tenía de kilos lo que le faltaba en pudor, hasta besos de nies  practicaba. Y a la hora del orgasmo, gritaba como locomotora: “¡Hay de lomo, de tinga y de cabeza!”
            Por dos meses corridos los amantes se viven de la cama a los tacos, de los tacos a la bailada, de la bailada a la cama y vuelta a empezar. Se relamen los labios cada que se ven con ojos de coito. Al flaco le brincan las ojeras de tanto guayabo, y a la gorda le brillan los ojos detrás de sus pestañas Pixie. Se tocan, se mandan besitos con guiños cachondos. Nadie sabe, ni se imagina, que los dos se dedican a darse hasta con la cubeta durante las noches. ¿A quién le importa un flaco bigotes de perro y una gorda taquera? Y ellos la gozan, la sufren (sobre todo él, que cuando la gorda quiere ella encima, le deja todos los huesos molidos).
            Así pasa cuando sucede, nadie sospecha lo que detrás de las puertas suena a motor diesel, a ballena varada, a mujer en celo y a hombre en orgía. Y nadie sospecha cuando la gorda desaparece de su puesto y tres días después, se abre otra taquería con el nombre de “Tacos La Gorda”, de lomo de tinga y de cabeza, aunque la cabeza más que de puerco parece de puerca, con todo y sus pestañotas Pixie.



LA SEÑORA LÓPEZ
Julio Edgar Méndez

¡Pobre señora López! Mira que venir a enamorarse, a sus sesentaypico años, de una bola de sebo prieto como Pancho Benavidez. ¡Ah, Pancho!, el galán de barrio, todo un gato prieto entre las gatas, cabeza grasosa con la media raya en el pelo y media raya de nalgas salidas por fuera de los pantalones a media panza. Dizque de cadera caída, decía él, más bien de sebo desfajado.
            Cuando Pancho bailaba en las posadas de la colonia, sus caderotas de barril se movían al lado opuesto de su prominente y sexy barriga. Así, sexy, como se oye. Dicen que a algunas mujeres les parecen excitantes las pancitas cheleras, así que la de Pancho debía hacerlas tener hasta orgasmos. Lo cual explica por qué doña Mariquita López fue flechada esa infausta noche de diciembre. Había en el aire un olor a frío, mezclado con ponche mezclado con frutas mezclado con tequila mezclado con los eructos del gordo sexy, quien tenía los prietos ojos puestos en los huesitos de la doña. Huesitos que, además, estaban llenos de carne sesentona dispuesta a dirimir en la cama las eternas dudas sobre si a los ancianos todavía se les debe permitir tener sexo. El hecho de que fuera viuda y con un poquillo de dinero producto de la usura, no estaba de más, sobre todo tomando en cuenta que el prieto Benavidez no tenía un centavo, sólo la mesada que su octogenario padre aún le pasaba fielmente. Era un junior de cincuenta años, ciento veinte kilos de peso y tres manos. Dos manos como todo mundo y la de chapopote que Dios le puso en la piel. Pero Pancho, feliz de la vida. Todas las mañanas le empezó a caer a Mariquita para desayunar, más tarde también a comer y al paso de dos semanas, ya de plano nomás le faltaba quedarse a dormir. Usaba la casa de la beata y enamorada mujer como si fuera la suya.
            Las cuentonas de teléfono que el gordo le dejaba a la doña, casi le mataban el deseo, pero ella sólo veía esas carnitas con ojos de lujuria, y lo demás era lo de menos. Que si Pancho quería unos chilaquilitos, que si unos huevitos divorciados, que si huevos prensados a la valenciana, que si los tamalitos en la noche, la arrachera para comer; acompañado todo por un seis de Soles. Soles que a la mujer se le hacían más calientes al verles resbalar por la colosal garganta del junior sexy. La babacheve bajaba voluptuosamente del pico de la botella hasta la panza de tambor que sonaba hueco, igual de hueco que el cerebro de su dueño.        Pero la señora López ya soñaba con verse convertida en sangüich. Pancho en un lado, la cama del otro y ella en medio, sin más aderezo que sus gemidos: “¡Ya bájate, gordo, que me matas!”. Y al fin se le hizo, después de haber puesto a más de cuatro San Antonios de cabeza.
            Esa noche llegaron en el viejo auto de ella hasta el motel Risueño, sitio de menos tres estrellas lleno de golfas estrelladas en la realidad de ser golfas sin estrella. Pero la doña, ni en cuenta, sólo veía todo color rojo. Como sus pantaletas rojas, su corpiño rojo, sus medias rojas y su gordo rojo, rojo, de tanto tomar cheves. Entraron y ella pagó el cuarto, of course, luego todo fue como si el averno se hubiera convertido en película tres equis. El gordo, todo dizque lleno de pasión, le desgarró el vestido a la sesentona con un grito de: “¡Ora sí vas a ver lo que es bueno!”. Pero nunca lo llegó a ver doña Mariquita, que estaba toda pintada de rojo y Pancho rojo de ira porque la doña le exigía lo que al buen galán no le funcionaba.    Aquello era patético, ella besando las orejas del gordo y diciéndole con voz cavernosa: “¡ándale Pancho, que ya me urge!” y Pancho que nomás no sabía dónde meterse porque no podía meter lo que le exigían. ¡Pobre gordo! Cualquiera que haya estado metido (o más bien salido) en esa situación, sabe de la desesperación que afecta al susodicho. Pero no el gordo, ¡no!, él comenzó a darle de madrazos a Mariquita mientras le gritaba: “¡Pinche bruja, algo me hiciste! ¡Yo siempre puedo hasta de a dos y tres sin zacatecas! ¡Eso me pasa por meterme con cacatúas!”. Y la señora López nomás agarrada a las piernas y calzones mal fajados de Pancho: “¡No me pegues, Pancho! ¡Mira que esas cosas pasan! ¡Si quieres nos quedamos quietos viendo la tele con esas mujeres que te gustan y hacen todas las cosas que dijiste que me ibas a hacer! ¡Pero ya no me pegues!”. Pero al gordo nadie le sonaba la campana, ni a ella le arrojaban la toalla, hasta que se cansó y la dejó en el suelo más roja que cuando llegaron.
            Afuera, en la triste noche del motel de noche, los grillos siguieron cantando, los autos arribando con parejas más disparejas conforme entraba la madrugada y las golfas siguieron golfeando, porque a fin de cuentas, que le peguen a una mujer no tiene nada de novedad y menos en ese lugar. En todo caso, la novedad sería que de tanto golpear a la mujer, ella se comenzó a excitar y Pancho también, hasta que ambos gemían a cada golpazo y la doña gritaba: “¡Más abajo, Pancho! ¡Más nalgadas, mi rey!”. Así fue como los dos terminaron en el suelo todos sudados y sin aliento. Cuando Mariquita se durmió, el cincuentón junior aprovechó y le vació la bolsa. Sólo traía quinientos pesos, en puros billetes mugrosos de veinte y cincuenta, azules y rosas, ni modo, con eso le alcanzaría. Eso, las llaves del auto y las llaves de la casa que ahorita sí estaba seguro de que se hallaba sola. Se vistió y salió dejando a la señora roncando como sierra eléctrica medio encuerada y medio pendeja por haberse dejado timar por un Pancho más tranza que gordo.
            Cuando la doña abandonó el motel, con el vestido todo rasgado, las medias rotas y el rímel corrido, bajo las risas y miradas de lástima de la gente, tuvo que caminar hasta su casa, sólo para llegar y encontrarse con que ya no había muebles. ¡Nada! Ni siquiera los clavos en donde colgaba las fotos del prieto Pancho, vestido de Niño Dios, que aquél le regalara para recordarle lo buena gente que era, cuando en su cocina devoraba los chilaquilitos en salsa verde hechos con tanto amor, con tanta cebolla y tantos frijoles refritos. Refritos como los sueños de la señora López; aquellos geriátricos sueños olvidados al lado de sus rojas pantaletas en el motel de las golfas risueñas, de una de tantas ciudades de paso.




Julio Edgar Méndez - Enciclopedia de la Literatura en México

*Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.
**Grabado de Mario Reyes
***Pintura de Fernando Botero

LA FICCIÓN COMO CIENCIA

LA FICCIÓN COMO CIENCIA Por: Julio Edgar Méndez Según Oscar Wilde, «ningún gran artista ve las cosas como son en realidad; si lo...