domingo, 18 de febrero de 2018

HAGAMOS HUESOS VIEJOS, JUNTOS…


Hagamos huesos viejos, juntos…
Enrique R. Soriano Valencia

Jorge Luis Borges tiene un poema muy singular, pero significativo sobre lo fortuito de la vida. Inicia enunciando las cosas más disímbolas («…las arenas del Ganges, Lao Tse y la mariposa que le sueña, la lámpara de Diógenes...») y después de todo ese contraste, remata diciendo «...se requirieron de todas esas cosas para que tu mano y la mía se estrecharan».
Así se escribe la vida: los acontecimientos más alejados —en tiempo y lugar—, se conjugan para dar un suceso que nos afecta y la forma de responder a ellos, da a nuestra vida un giro que nos marcará por siempre...
Es realmente por ello extraña la vida. Se desarrolla sin tomarnos en cuenta, salvo en el último momento. Es tan vertiginosa que cuando uno quiere detenerse a pensar un poco, toda ya ha transcurrido y sólo nos corresponde sacar el mejor provecho, en el mejor de los casos. Ni siquiera puede uno, en momentos, contabilizar bien y a ciencia cierta lo pasado. El tiempo es la única variable que nos permite la perspectiva.
Con varios años de casado, todavía me sorprendo cómo ocurrió todo. Me siento orgulloso de mi matrimonio. Emilia es una mujer sin igual. Han sido grandes años. Pero es tiempo de considerar todo lo que estuvo en juego para casarnos Emilia y yo el 10 de mayo de 1983. Una y mil coincidencias. Muchas variables y posibilidades se presentaron —unas cercanas y otras lejanas—, pero todas ellas remataron en Madrid en esa fecha (o quizá, allí dieron inicio otras muchas más).
No sé por dónde empezar. No puedo dejar de reconocer (¿o responsabilizar?) todo lo sucedido que moldeó mi personalidad con decisiones que ahora veo como favorables. Para obviar espacio habré de pasar por alto muchos puntos importantes...
Trabajaba para el noticiero Teletipo en la XEB, La B grande de México. Fue el trabajo ideal para quien estudió Periodismo. Dirigía por entonces el noticiario. Ahí conocería a Soledad Cano, periodista española, corresponsal de Cambio 16. La llevó un muchacho que hacía servicio social. Debo confesar que no le presté mucha atención pues el tiempo para «salir al aire» se venía encima. Fue tan efímera para mí que al día siguiente ya la había olvidado.
Un mes después sucedió el trágico episodio de la embajada de España en Guatemala (31 de enero de 1980): treinta y un campesinos del Departamento del Quiché, en Guatemala, fueron brutalmente asesinados, junto con funcionarios de la misión diplomática y persona que por alguna razón estaban en el inmueble.
Mi despiste sobre Soledad, quien fuera testigo de todo, me impidió reparar en que la información llegada a nuestro teletipo venía con su crédito. Usé la información porque era de primera mano y tanto Proceso como Canal 13 también la emitían. Yo no sabía por qué contaba con tan excelente material (a ningún otro medio le llegaba). En periodismo la mala memoria y dejar de ser observador no tienen cabida (ahí lo aprendí).
Por fortuna el muchacho que nos presentó nos vinculó nuevamente. Será objeto de otra historia narrar el libro que de ahí derivó, gracias a que le facilité contactos para una investigación más profunda.
Fue así como empezamos una gran amistad. Fue Soledad quien me presentó a Tere, la hermana de Emilia. Ella vivía con otros funcionarios de la embajada española.
Aquellos hispanos me invitaban a su casa cuando llegaba algún pariente o amigo de España. El motivo era comentar sobre México: costumbres, música, folclore, comida típica, cultura prehispánica o simplemente les recomendáramos a dónde ir. Para mí siempre era motivo de orgullo... ¿a quién no gusta hablar de su tierra?
Conocí, incluso, tiempo antes a quienes serían mis cuñados. Pero no faltó mucho tiempo para tocar el turno a la única hermana de Tere que no conocía: Emilia.
Como sucedía regularmente, me encontraba en la oficina. Recibí el telefonema de Sol: «Está otra hermana de Teresa, para que charles con ella», me explicó. Así, con esas palabras, comenzó lo que terminaría con una boda.


Al llegar a casa de Tere no había algo anormal. Soledad, con quien llegué, se enfiló a la recamara y yo me planté con los otros frente al televisor a ver las noticias.
Transcurría el tiempo y nada variaba...
«¿Tendrán una naranja?», finalmente pregunté después de un buen rato. Y característico del temperamento español, recibí por respuesta: «Sí, en la cocina. Anda, bonito, ¿por qué no te acercas por ella?» Y ni tardo ni perezoso a la cocina me dirigí.
No creo que sea el lugar más romántico para ser flechado. Tampoco sé si la media naranja que ella degustaba sería el mensaje cifrado para anunciar lo que tiempo después se daría; tampoco me atrevo a asegurar que Cupido se encontraba cenando en la cocina y aprovechó el momento e hizo de la suyas. No lo sé, pero ahí nació esta crónica.
«Hola ¿tendrás una naranja?», fueron las primeras palabras románticas que me escuchó Emilia (mejor dicho, las más románticas, pues desde entonces las naranjas no faltan en casa). Hoy día todavía no alcanzo a saber de qué extraña fuerza echó mano para no desmayarse ante tan emotivas palabras, llenas de dulzura... naranjil. Supongo que le flaquearían las piernas y sobreponiéndose al impacto contundente de tan seductora pregunta, de lo más profundo de su ser surgió una expresión simple y seca que seguramente la tensión del momento le impidió llenar de mayor emotividad: «Ahí en el frutero las tienes».
Naturalmente, hechizada y rendida no pudo resistirse a mi invitación: «¿Eres tú la hermana de Teresa?» y asintió con la cabeza, incapaz de sostenerme la mirada y de poder articular palabra, tomando como pretexto la naranja que comía y se escurría de súbito entre sus manos. «Pues, por tu culpa estoy aquí para platicar sobre México», solté con un certero golpe de romanticismo. «¡Ah! –exclamó ella rendida, pero para despistar quiso culpar a esa naranja, que ya había quedado registrada en su ropa—. Ya. Tú eres el mexicano que vendría a hablarme de su pueblo. Pues vayamos a la sala a charlar. ¿Quieres un café?».
Inmediatamente se nos incorporó Soledad y Teresa, sin percatarse que nuestros ojos ya eran unos corazones bien definidos y que uno del otro estaba absolutamente prendado (seguramente fuimos en extremo discretos, pues nadie lo noto –-ni nosotros—).
A los dos días salió al Caribe para vivir mis recomendaciones. Un mes estuvo por diferentes lugares del sureste. Regresó a la Cd. de México un día antes de su partida a España. Cenamos juntos para conocer sus impresiones de mi tierra. De verdad me entusiasmó cómo describió sus experiencias: la exuberancia de la selva, la intensidad de las multicolores aves, la majestuosidad de las ruinas y deseo por conocer más de las tierras mexicanas.
Sí, sí me cautivó. Mi deseo por ir a España ahora tenía una razón más fuerte. A Tere, incluso, en broma y antes de realmente decidir esto, le llamaba cuñada. Por supuesto, ella siempre amenazó con salirse de la familia si yo entraba. Solo hace poco cumplió su palabra.
Mi deseo de viajar a España se frustró con la devaluación de agosto de 1982. El peso se disparó de 75 a 150 por un dólar (en viejos pesos). Así que –muy a mi pesar— escribí para decirle que no contara conmigo para recorrer su tierra.
El pretexto fue insuficiente. La respuesta fue «Si tú no vienes, yo voy de nuevo a México, me gustó mucho tu país». Y en noviembre de ese mismo año la recibía en el aeropuerto.
Salimos con su hermana para Iztapa Zihuatanejo. Ahí fue donde le pedí matrimonio. La verdad, creo que sí le desconcertó la propuesta. En el momento me angustié fuera a rechazarme. Pero después de algunos minutos –supongo que por su mente pasarían muchas cosas como familia, trabajo, amigos, rincones frecuentados, viejos amores, la seguridad de su patria—, finalmente se decidió: «Hagamos huesos viejos, juntos».
Seis meses después, el 10 de mayo de 1980, en un juzgado de Madrid nos casamos.
Han transcurrido 35 años de casados. No creo que nos hayamos equivocado. Cada día me es más grata su presencia. Nuestros huesos ya empiezan a estar viejos. Sólo puedo decir que he sido muy afortunado en toparme tan de súbito con ella y haber sido aceptado. Mi gratitud para Emilia no tiene límite, dejó todo por mí, un mexicano desconocido. Es, desde luego, una mujer osada, aventurarse al otro lado del mundo no debe ser una decisión sencilla, en especial porque su hermana ya había solicitado su regreso a España. Ojalá pueda compensar en algo su decisión.
Nuestros huesos ya no son jóvenes. Los achaques nos son familiares. Pero soy el menos zarandeado por el tiempo. Emilia padece diabetes y un problema en la tiroides le agrava la demencia senil. Los recuerdos viejos le son frescos, pero su memoria reciente falla de forma progresiva… hacia su pasado. Lo reciente le es fugaz; lo de hace poco, le es nuboso. Incluso, el nombre de nuestra única hija con mayor frecuencia lo confunde con alguno de sus ya fallecidas hermanas. El entusiasmo de su charla –innovadora, amena y analítica– ya no está en sus labios.
Soy fiel a nuestra ilusión. Nuestros huesos seguirán juntos.
Y si por desgracia su enfermedad me echa de sus recuerdos. Tendré una nueva oportunidad para conquistarla… le seguiré contando la hermosa que es esta tierra.



*Enrique R. Soriano Valencia es periodista de profesión y licenciado en Ciencias de la educación. Se inició como reportero para la Gaceta de la UNAM para los juegos Panamericanos en México en 1978 y de la revista para caballeros Su otro yo. Posteriormente, ingresó a la radio, donde  trabajó como reportero, productor y finalmente jefe del noticiero Teletipo de la XEB, la B grande de México. Fue productor, guionista y conductor ocasional del programa México Canta, en Radio México Internacional –estación oficial del Gobierno Mexicano—.
Fue director general de Comunicación Social de la Contraloría del estado de Guanajuato. Fue integrante del Consejo Estatal para el Fomento a la Lectura. Ha escrito cuatro libros: una novela inédita; dos manuales –uno de Redacción y Ortografía y otro de Formación de Instructores y una compilación de sus artículos periodísticos en diversos medios impresos, publicado por el Ayuntamiento 2006-2009 de Guanajuato.
Desde 2005, todos los jueves, publica la columna Chispitas de lenguaje, primero para el Sol de Bajío y posteriormente para el periódico Correo, los portales electrónicos Zona Franca y Es lo Cotidiano. Asimismo, por el interés del contenido han sido reproducidos en Fundéu (Fundación del Español Urgente, segundo sitio de mayor importancia para el idioma español, y por el Fondo de Cultura Económica.
En 2008 obtuvo el Premio Estatal de Administración Pública por el Manual de Estilo para la Redacción de Informes de Gobierno y en 2009 obtuvo el Premio Estatal de Periodismo, en la modalidad de Cultura, por su columna periodística. Es comentarista radiofónico en Corporación Celaya, estaciones El y Ella, Radio Lobo, La Pachanga y para el noticiario Así sucede. Forma parte del taller Diezmo de Palabras. 




Etienne-Maurice Falconet: "The threatening Cupid", 1757

CUPIDO
Soco Uribe

Hoy, 16 de febrero, cuando me senté a traducir un texto acerca del director de orquesta Dmitri Shostakovich, noté que Cupido estaba sentado en la pequeña banquita que hay sobre mi escritorio, la cual se asemeja a las de los parques; una de esas en las que, seguramente, todas nosotras en algún momento de nuestra adolescencia, nos sentamos con alguno de nuestros noviecillos para platicar de nuestros sueños.  A diferencia de aquellas, mi banquita sostiene la foto de dos de mis tres amores.
Era tan pequeño y del color del alabastro que no me había dado cuenta de su presencia, hasta que estornudó; seguramente, debido al fuerte viento del abanico de techo que, en esos momentos, se encontraba funcionando. La tremenda sacudida por su estornudo fue tal, que por poco y se cae de la banca.   Se veía exhausto, su carcaj estaba completamente vacío, no le quedaba ni una sola flecha.  La cuerda de su arco estaba flácida, no estaba tensa como en otras ocasiones y todos estos inconvenientes se debían a que había tenido más trabajo del normal, desde hacía algunos días, hasta anteayer.
Al saludarlo, me dijo que sentía mucho que lo viera en tal facha pero que estaba tan cansado que se había tomado unos minutos para reposar un poco en mi banca y para después seguir cumpliendo con su continuo e interminable trabajo.
También, me contó que sus flechas eran mágicas, ya que en el instante en que una de ellas tocaba el corazón de las personas,  éstas se comportaban de manera diferente.  Dijo que sus semblantes se iluminaban y que la atmósfera que las rodeaba cambiaba y se ponía de un tono rosado tenue como el que se percibe en Venecia en el invierno.
Me comentó, además, que las personas no veían sus defectos entre sí, los pasaban desapercibidos o tenían siempre una frase de disculpa para éstos.
Cuando hablaba, me di cuenta que era un pequeñín inquieto y travieso ya que, mientras me contaba todas sus peripecias, ya había sacado un plumón del cajón de mi escritorio y se había puesto a dibujar en una hoja varios corazones rojos con pétalos de rosas entremezclados. 
Luego, empezó a saltar en la engrapadora y se gastó toda la tira de grapas que había en ella.  Sus carcajadas eran maravillosas, como las carcajadas de mis hijas cuando, siendo bebés, al terminarlas de bañar, secaba su cuerpo y, al mismo tiempo, les hacía cosquillas.
Enseguida, prendió las bocinas de la computadora, se subió a una de ellas y me pidió que por favor le pusiera el compact de Frank Sinatra donde viene la canción I’ve got you under my skin y me lo pidió de manera tal, poniendo carita de ángel y con sus manitas unidas que…¡no pude resistirme a sus ruegos!
Posteriormente, cuando comenzaron los primeros acordes de dicha melodía, se bajó inmediatamente de la bocina porque ésta le hacía cosquillas en sus pompitas.  Entonces, se subió al mouse de la computadora, se deslizó como en una resbaladilla quedando tirado de espaldas en el tapete del mouse y ahí, entrelazando los brazos por su nuca, se acomodó para escuchar el compact completo de Sinatra, hasta que se quedó dormido y fue hasta entonces, cuando por fin pude comenzar a trabajar en serio, sin tantas interrupciones. 
A mí, la verdad, me hace feliz su visita y el que prometa visitarme con frecuencia; aunque, para la próxima vez, tendré cuidado de guardar la cinta adhesiva, el abre cartas y las tijeras en el pesado cajón del escritorio para que no vuelva a hacer tantas diabluras y evitar que se lastime.
Después de unos cuantos minutos de haber permanecido dormido, bajé el volumen de las bocinas y lo cubrí con un post-it de color rosa mexicano para que mi hija la menor, lo pudiera ver al momento de sentarse a chatear en la computadora y no lo fuera a aplastar con el mismo mouse.
Al terminar mi traducción, cerré mi archivo, apagué la computadora y sin hacer ruido me fui a mi recámara a ponerme mis pijamas cuando, de pronto, al abrir la puerta, me encontré con la sorpresa de que el techo de mi recámara estaba pintado de corazones rojos entremezclados con pétalos de rosas.

Regresé inmediatamente al estudio, para pedirle cuentas de tal travesura; sin embargo, al verlo tan indefenso, no pude hacer otra cosa que cubrirle, nuevamente, una de sus alitas que se había salido del post-it, apagué la luz y cerré la puerta. Al fin y al cabo, pensé, no se veía tan mal el techo de mi recámara y si, en un momento dado me aburría el tremendo colorido, lo podría cubrir nuevamente de blanco con un poco de pintura que había sobrado del día en que pintaron el exterior de la casa, el año pasado.  Total, si él viene a casa con frecuencia, sería yo muy ingrata, al no compensarle sus visitas de manera recíproca: Con amor y tolerancia.



**Soco Uribe es ingeniera Geóloga y Traductora. Traductora de textos técnicos y correctora de estilo de 1993-2000. Primer lugar estatal en literatura, Juegos Nacionales Culturales de los Trabajadores "Ricardo Flores Magón" 2000.
Grabó 10 melodías escritas por ella en un CD llamado: Con todos mis sentidos, 2004. Autora del libro Desde lo Profundo, 2005. Colaboró en el Agendiario, Mujer Olfato, 2007; en las revistas La pluma del ganso; Voces Interiores y en el periódico Noreste de Poza Rica, Ver.,  por más de un año (2006-2007) con 20 cuentos. Orgullosa coautora en cinco publicaciones de las antologías Narrativa en Miscelánea -Cuentos y Relatos- editadas consecutivamente por la UNAM (su alma mater), durante los años de 2007, 2008, 2009 y 2010. Y la del 2011 editada por la Unión Latinoamericana de Escritores.
Publica ocasionalmente en Diezmo de Palabras de El Sol del Bajío (2016). Finalista de microrrelato en concurso Diversidad Literaria (España, 4-06-16). Es parte del taller literario Diezmo de Palabras.


domingo, 11 de febrero de 2018

AMOR Y AMISTAD


AMOR Y AMISTAD
“Éste es mi mandamiento: Que se amen unos a otros, como yo los he amado.”  Jesús.
“El mejor de los hombres es aquel que hace más bien a sus semejantes”.  Mahoma. 
"El odio no se termina con odio, se termina con amor, es la regla eterna".  Buda

EL BAYÍN
Julio Edgar Méndez

Cuando era pequeño ya tenía una sonrisa que subía desde su boca hasta los ojos. Se llamaba Gerardo, pero todos le decíamos el Bayín.
            Le gustaba mucho platicar. Recordaba cada detalle de la última conversación con cualquiera. A mí me preguntaba por mis amigas y levantaba el dedo gordo de la mano en señal de aprobación. Me bromeaba haciendo gestos irónicos como diciendo: “¡Eh, travieso!”. Siempre estaba de buen humor y me gustaba mucho hablar con él, aunque a veces no entendía todo lo que me contaba.
            El Bayín nació cuando sus padres ya tenían más de cuarenta años de edad. Dicen que eso fue el problema. Los rasgos orientales de su rostro lo hacían muy simpático, pero con los años nos dimos cuenta de que tenía algo diferente a nosotros. 
            Cuando jugábamos fut en la calle él se quería unir, pero sus hermanos no lo dejaban porque pateaba la pelota sin dirección alguna, o de plano la dejaba ir sin prestarle atención. Nosotros íbamos a la escuela como todos los niños, pero a él lo llevaban a una escuela especial. Yo no entendía qué tenía de especial, pero los niños de ese lugar se parecían mucho a Gerardo. Otros eran diferentes. Era un mundo que no entendía.  Un mundo que nadie nos explicaba.
            Cada año, en las vacaciones de verano, volvía a verlo. Invariablemente me preguntaba por mis padres, mis hermanos, y si yo estaba bien de salud. Ni siquiera mis mejores amigos hacían eso. Gerardo tenía más educación que muchas personas y un interés real por mi bienestar. Sus hermanos y sus padres lo querían mucho. Era de los pocos niños con síndrome de Down que yo conocía. Pero en aquel tiempo yo no sabía qué tenía el Bayín que lo hacía distinto a otros niños. Sólo sabía que era divertido, que reía con mucha facilidad y su forma de hablar era difícil de entender.
            Fue en mi propia escuela cuando escuché por primera vez que a alguien le dijeran “mongol”, pero no en buena forma, más bien como insulto.  Supuestamente este amigo, Carlos, se lo dijo a Baena porque no supo una respuesta en el examen por equipos que estábamos haciendo. Poco después me di cuenta de que así se insultaban mis compañeros. Les decían: “mongol” o “mongolito” a otros amigos cuando los querían insultar.  A mí no me parecía chistoso. Sobre todo porque a mí me decían cuatro-ojos o bizco, porque usaba lentes. Tenía amiguitos que eran muy pobres, todos estábamos en una escuela de gobierno y, a veces, solo llevaban de comer dos tacos con salsa. Si les ofrecía de mi torta de jamón o milanesa o pollo, me decían que eso solo lo comían los cuatro-ojos. Pero me daba cuenta de que les hubiera gustado probar mi comida, pero la pena de mostrarse pobres los hacía ser groseros o a veces violentos. Había un niño en particular, se llamaba Inez, quien todos los días me buscaba pleito. Era una pelea medio rara, porque él me pegaba y yo sólo me tapaba la cara. Porque si me quebraba los lentes en mi casa me iban a regañar mucho porque no había dinero para otros. A él no le importaba. Cuando estaba desprevenido llegaba por detrás y me empujaba o me jalaba de la mochila sin que yo pudiera defenderme, más que nada porque no sabía cómo. Este niño, Inez, era de los que sabían una retahíla de insultos que poco a poco aprendí. Y los usé todos, excepto el de “mongol”. Nunca me gustó esa manera de insultar, quizá porque consideraba a Gerardo mi amigo. Y de verdad que era mi amigo.

            Conocí en el verano, durante mis vacaciones, a una niña. Como mi escuela primaria era de puros hombres, pues las niñas me eran medio desconocidas. Me parecían fascinantes. No hablaban a puras groserías como nosotros en mi escuela, ni eran cochinas. Olían a limpias, bueno, no todas, pero sí la mayoría. Y esta niña, Bárbara, me gustó. Era muy blanca, con ojos muy oscuros y grandes cejas levantadas con un gesto como de enojada. Su mamá visitaba a mis tías y mientras ellas platicaban de novelas y chismes, yo me hacía el chistoso frente a Bárbara. Hacía gestos, le aventaba bolitas de papel, lo que fuera, pero quería llamar su atención. Ella me veía como enojada, pero a veces sí se reía. Después de algunos días en que supongo que también mis tías y la mamá de ella se dieron cuenta de mis pretensiones, Bárbara empezó a ir de visita más arreglada. Como no queriendo la cosa me veía y se ponía colorada. El día que estaba a punto de hablarle por primera vez, trajeron de visita al Bayín. Me saludó con mucha alegría y, como siempre, me preguntó por toda mi familia. De pronto, ¡zas!, ¡que me pregunta si Bárbara era mi novia!  La niña puso cara de asco cuando Gerardo volteó a verla y levantó su dedito gordo en señal de aprobación. Mi posible novia salió a todo correr hacia la sala donde estaba su mamá y le dijo que había un niño “mongol” conmigo. Que le daba miedo y ya se quería ir. Todo lo bonito que yo le había visto a esa chiquilla, se volvió coraje. Era una tonta, aunque la verdad es que pensé en otros insultos peores. Mi primera “novia” ni siquiera supo que yo quería que lo fuera. Y Gerardo, ni por enterado. Mejor nos pusimos a contarnos chistes que ninguno entendía.

            Los niños con síndrome de Down no sé si cuenten los años igual que nosotros, pero yo veía crecer a Gerardo un poco más lento que a mis primos o amigos, incluso cada verano yo aumentaba de estatura, pero él crecía muy despacio. Supongo que esto era bueno, porque siempre parecía un niño. Un niño feliz.

            Otro verano, me encontré con la sorpresa de que el Bayín ya tenía novia. Era una chica muy linda, con el rostro siempre sonriente, asistía a la misma escuela de Gerardo. Su felicidad era notoria, se tomaban de la mano y caminaban muy despacio. Él la acompañaba hasta su casa y luego llegaba a contarnos que la quería mucho. Cuando alguien insinuaba, con muy malas intenciones, si ya la había besado, Gerardo contestaba con un: “quetimporta”. Era todo un caballero.          Esa niña se fue de la ciudad. No sé cuando, pero ya no la volvimos a ver. Mi amiguito estuvo muy triste por mucho tiempo. Pero cuando le pedía que hablara de ella, se alegraba y decía que pronto iría por ella para casarse. Nunca fue por ella. ¿A dónde podía ir?

            Pasaron los años, Gerardo se hizo un joven y yo también. Algunas veces me veía pasar con alguna novia y yo se las presentaba. Todas se portaron muy bien con él, al grado de que aunque ya no las volví a ver, supe que algunas lo visitaron de vez en cuando. A todo el mundo le encantaba el Bayín.

            Después vino la época de ser adultos. Me fui de la ciudad por muchos años, escuché de Gerardo por comentarios de mis primos. Dicen que una vez quiso manejar la camioneta de su papá, donde repartía botellones de agua, y sí la manejó, pero hasta que un poste se le atravesó a unos cinco metros de distancia. Otra ocasión se perdió. Salió por un mandado al mercado y por razones que nadie supo, se fue hasta el centro de la ciudad, adonde iba muy poco y luego ya no supo volver a su casa. Lo buscaron por varios lados, hablaron a todos los parientes a ver si estaba de visita con alguien, porque le encantaba saludar a todos y enterarse si estaban bien de salud. Pero no, nadie lo había visto. Finalmente decidieron dar parte a la policía y justo cuando iban a salir a la comandancia, llegó el Bayín muy quitado de la pena, pero con mucha hambre. Cuando le preguntaron a dónde andaba, sólo dijo: “Poraí”. Días después, supieron que una señora le pagó diez pesos para que le ayudara con su mandado y Gerardo feliz porque iba a ganar dinero. No sabía que esos pesos no servían, en esa época se contaba un peso como mil. Es decir, si te daban mil pesos para ir a la escuela, sólo te alcanzaba para un chicle. Entonces, los diez pesos que le ofrecieron a mi amigo eran como un centavo. La moneda no valía ni el metal en que estaba hecho. Y supongo que la señora estaba muy feliz de haber engañado a un jovencito ingenuo. Además de que lo llevó por quién sabe qué calles, hasta que Gerardo se perdió. No sé qué oyó en esas horas de caminar por lugares desconocidos o qué le hicieron las personas adultas o niños, pero jamás volvió a perderse. Y quiero creer que tampoco volvió a aceptar dinero por cargar canastas. Lo que sí quiso, fue trabajar. Así que pasaba a los talleres o negocios de los vecinos a pedir trabajo y en algunos le enseñaron cosas sencillas que aprendía con mucha alegría. Así que siempre trabajó. Ganaba un sueldo con el que ayudaba a su mamá. Era un extraordinario hijo. No sólo atento y obediente, sino además cooperaba económicamente en la casa.
            Otro de los muchos detalles interesantes de Gerardo, es que le gustaba cocinar. Sabía perfectamente usar la estufa. Sus hermanos le enseñaron cosas sencillas y las aprendió muy bien. No dependía de nadie en cuestiones prácticas. Con esa carita de felicidad que siempre tenía, hacía su vida de la forma más simple. Y le encantaba estar limpio. Se bañaba, se peinaba y se vestía todas las mañanas antes de otra cosa. Le encantaba usar el desodorante de bolita, le daba mucha risa.

            Cuando volví a verlo, le presenté a mi hija, que era una bebé y luego luego levantó su dedo pulgar en señal de aprobación. No podía pronunciar bien su nombre, así que le decía: “Tita”, y así le llamaron el resto de la familia. La cargaba, le cantaba, jugaba con ella. Le gustaban mucho los niños. Algo que me llamaba la atención es que cuando jugaba con ellos, los trataba como adulto. Les decía que no tocaran cosas peligrosas, o los regañaba si se portaban mal. Pero los abrazaba con un enorme afecto y los hacía reír con sus muecas. Supongo que si hubieran sido otras las circunstancias, habría sido un gran padre. Porque un buen hijo, siempre lo fue.
            Con los años, su mamá entró en una enfermedad degenerativa, al grado de que ya no pudo caminar. Se pasaba todo el día en silla de ruedas. Gerardo se hizo cargo de ella porque su papá salía a trabajar y todos sus hermanos ya estaban casados y vivían fuera de casa. Visitaban a su mamá diariamente, pero en las cosas del día a día, era el Bayín quien llevaba la carga. Le daba el desayuno y la comida a su mamá, le hacía su cafecito, incluso la bañaba, luego la peinaba como si fuera una muñequita aquella anciana mujer que tanto amaba su hijo.
            Todas las mañanas, él se levantaba temprano, se bañaba y se divertía con su desodorante de bolita. Luego, preparaba a su mamá, la colocaba en su silla y la ayudaba a vestirse. La peinaba, le decía con mucha ceremonia que se veía bonita y luego bajaba las escaleras hacia la cocina a preparar el desayuno y el café. Que además le quedaba muy bueno.

            Un día, luego de su acostumbrado aseo, no usó su desodorante. Se peinó con algo de flojera y ayudó a su mamá a sentarse en la silla.

            -Gerardo, -dijo la señora- ayúdame a bajar a la sala porque quiero estar ahí esta mañana. Hay mucho solecito y mejor ahí recibimos a las visitas de hoy, ¿te parece? Pero primero tráeme mi cafecito.
            -Si, mamá.
Gerardo fue a la cocina a preparar el encargo de su mamá.

            El silencio fue tal en la casa durante los siguientes minutos, que la anciana empezó a llamar a su hijo. “Gerardo, Gerardo”. Nadie contestó. La señora siguió llamándole, entonces presintió algo y como pudo alcanzó el teléfono de su recámara y llamó a su hijo que vivía más cerca. Cuando éste llegó, subió a ver su mamá y le dijo que Gerardo había salido a comprar más café y tardaría un rato en regresar. Pero los ojos rojos lo delataron. No quiso decirle a su madre que, tirado en la cocina, con una taza quebrada cerca de la mano, estaba su hijo, el Bayín, con una sonrisa en la boca. Tenía el aspecto de estar dormido, tranquilo, con la conciencia limpia; un niño de más de cuarenta años quien en medio de un día muy soleado, sin hacer ruido, se fue de este mundo que nunca supo merecerlo.


            Me imagino que cuando llegó a ese lugar donde todos los sueños se alcanzan, alguien lo recibió con una sonrisa y levantando el dedo gordo de la mano, le dijo: “Bien hecho”.





**Gerardo, es el nombre real de un amigo a quien estimé mucho. 

domingo, 4 de febrero de 2018

LAS DOS CARAS DE LA LECTURA


LAS DOS CARAS DE LA LECTURA

“Leer, por lo pronto, es una actividad posterior a la de escribir: más resignada, más civil, más intelectual”. Las palabras de Borges son tan pertinentes ahora como lo fueron en 1935. Escribir, para Diana Alejandra Aboytes Martínez, es una actividad intelectual, pero nunca resignada. Por otro lado, escribir —su pasión por las letras— lo hace de manera poco menos civilizada. A diferencia de otros autores, Diana escribe para vivir. Respira los textos que va dejando en cada página. Se vuelven ella.
Nació en Celaya y desde sus inicios en el Diezmo de palabras (2011) su poesía y narrativa se ha enriquecido con sus lecturas. Las dos caras de la ecuación. Se debe leer, mucho, para poder escribir con intención y criterio. De ahí que Diana Alejandra haya sido seleccionada, en varias ocasiones, para antologías de cuento y poesía en Diversidad literaria en España, Letras con arte en Madrid y Cuentos del sótano, de Publicaciones Endora, en México. Actualmente trabaja para la publicación de su primer libro en el Fondo para las Letras de Guanajuato.  
Aquí tenemos oportunidad de leer tres textos inéditos con tintes fantásticos. Una suerte de tercer lado en donde sólo existen dos. Vale.
Julio Edgar Méndez



EL HOMBRE DEL LIBRO
Diana Alejandra Aboytes Martínez

El anciano se levantó de la banca del parque, apenas dio unos cuantos pasos y se desplomó. Su rostro chocó contra el pavimento. El bastón quedó a medio metro de su cuerpo, mientras que el libro que sostenía con la mano izquierda quedó entre su pecho y el piso. Ante lo ocurrido, algunas personas detuvieron su andar y alarmadas miraban…
Días atrás se le había visto ahí, como siempre. Esa banca y él ya formaban parte del paisaje en la plaza central de esta turística ciudad. A propios y extraños les causaba gracia, cómo un desharrapado podía pasar horas en ese asiento metálico leyendo un libro.
Con frecuencia pasaban por ahí jóvenes estudiantes, se mofaban de él y le gritaban:
    —¡Hey, las letras no te quitarán el hambre!
Y le arrojaban unas monedas sobre la chamarra raída que el hombre colocaba a su lado sobre el asiento. El pordiosero tomaba los pesitos y los guardaba en el bolsillo de su vieja camisa, sorbía un poco de su bebida gaseosa y volvía a poner la mirada en el libro.
Por su descuidada apariencia y su escasa pulcritud, nadie se sentaba junto al “loco de las letras”, como lo conocían los lugareños. Es que el hombre aquel no pedía dinero, ni vagabundeaba en las calles. Su único afán era sentarse a diario con el mismo libro en la banca cercana a la fuente.

Pero qué delgada es la línea entre la vida y la muerte, ahora yace boca abajo sobre una mancha de sangre.
Los paramédicos se abren paso entre la gente, lo suben a la camilla y la ambulancia parte con rapidez.
La plaza se despeja. El libro quedó apostado sobre el piso.
Lo recojo y observo que algunas hojas se mancharon de fluido rojo. No obstante, aún se aprecia en la contracara del tomo la fotografía del autor. Irónico el destino…es a quien minutos antes los servicios médicos se llevaron moribundo.




FAUSTO
Diana Alejandra Aboytes Martínez

Fausto, carente de vigor, recargó su cuerpo en la pared, mientras miraba la decena de cajas enfiladas desde la puerta de entrada hasta la sala. No tenía ánimo de vaciar y acomodar sus pertenencias. Las tres últimas noches habían sido largas.Los funerales del tío Dominic se habían llevado a cabo con cierta resignación. El tío era un hombre mayor. Aunque no padecía enfermedades, sabían que en algún momento tendría un fatal desenlace. Sin embargo, para Fausto iba a ser complicado lidiar con el duelo. El difunto Dominic dejó por escrito que su joven sobrino ocupara su casa luego de su entierro. Ambos se querían mucho. En últimos años la convivencia había sido frecuente. El buen humor y la experiencia del viejo, le venían bien al muchacho.
 Ambos disfrutaban beber un buen vino durante la convivencia y la charla. La casa tenía una pequeña cava en el sótano, de donde se proveía el abasto del licor.
Los recuerdos se amontonaban en la cabeza del joven, pero el cansancio lo regresaba al presente, la molestia en sus extremidades le hizo mover los pies. Decidió despejar la mente. Recorrió las habitaciones. Éstas ocupadas con muebles antiguos de muy buen gusto.
En uno de esos cuartos, el tío Dominic tenía reunidos los objetos y muebles que compraba en sus frecuentes viajes al extranjero. Grandes marcos ocupaban las paredes, contenían bellas pinturas. Diversos jarrones y vasijas de porcelana llenaban algunos espacios. En medio de la habitación, estaba una mesa de centro, color ébano, laqueada. Sobre ella, varias fotografías que mostraban paisajes de otros países. Al fondo del salón estaba la última compra que Dominic adquirió de un anticuario europeo. Era una elegante silla. Acojinada y recubierta en terciopelo borgoña. Con molduras doradas. Y en descansa brazos y cabecera, -tallados en relieve- pequeños rostros de leones.
Fausto tomó un portarretrato y se sentó en esa silla. Era la foto donde aparece su tío junto a la pirámide de Keops. Él le había contado sus experiencias en aquella tierra y la energía que emanaba de aquel lugar. Se anegaron sus ojos al recordar las vivencias con su tío y una lágrima cayó sobre la imagen.
Levantó la mirada, frunció el ceño, sorprendido ante el escenario que lo rodeaba. No era el original al que había llegado… Asustado, contrajo las manos sobre los descansa brazos, rodeándolos con fuerza. Ahora estaba inmerso en una recámara del siglo pasado. Frente a él había una cama con dosel en gaza. A cada lado un buró y sobre estos un porta velas con las llamas prendidas iluminando el lugar. A un costado un tocador metálico con taburete. Al frente un chifonier de madera y finas cortinas que pendían a lo largo de un ventanal.
De pronto, una dama entró a la habitación, ataviada con un vestido fino, largo hasta el piso, con escarolas alrededor del faldón. Al verla, Fausto intentó pararse de la silla, hablar…pero su pensamiento no coordinaba con la acción. 
Ella parecía no verlo. Se sentó en el taburete, tomó un cepillo del tocador y comenzó a peinar sus caireles rubios que sostenía con la otra mano. Roció perfume sobre su cuerpo, cuando, a hurtadillas, entró a la habitación un hombre. Sus ropas eran humildes. Apenas cerró la puerta, ella se arrojó en sus brazos, mientras le reprochaba la tardanza. Fausto, perplejo, miraba la escena como quien observa una película.
El amante no emitió palabra alguna. Con besos le hizo olvidar la espera. En unos minutos, la mujer parecía una flor deshojándose, pues sus ropas una a una cayeron al piso, mientras las manos del hombre le recorrían los bordes. Se tendieron sobre el lecho y se humedecieron juntos. El aire parecía enredarse entre ambos.
Fausto, ruborizado, contempló los juegos amatorios de los dos desconocidos. Con mucho esfuerzo intentó levantarse de la silla y consiguió caer. Al dejar el asiento se dio cuenta que todo a su alrededor regresó a la normalidad. Se levantó y decidió ir a dormir.


Al día siguiente comenzó muy temprano a colocar sus pertenencias en la casa. No quiso dar importancia a lo ocurrido la noche anterior. Mientras desempacaba, su pensamiento quiso justificar y darle respuesta lógica al extraño suceso: “dieta insuficiente y cansancio…el letargo me hizo divagar. ¡Sí, eso fue!”
Pasaron algunos días, consideró volver a su trabajo, a lo habitual. Estar todo el tiempo en casa con el duelo como compañero lo consumía.
Una noche cuando volvió del trabajo, bajó a la cava, tomó una botella de Malbec, sirvió dos copas como lo hacía con su tío y brindó por él. Más noche, de camino a su recámara, se detuvo en la habitación donde estaba la silla. Volvió a recordar lo sucedido. Se sentó sobre ella nuevamente para demostrarse que no sucedería nada. Pero otra vez los aposentos de la dama ocuparon el entorno.
Asombrado, Fausto replegó espalda y cabeza en el respaldo. No daba crédito a la vivencia. Se le dificultaba pararse, sus movimientos eran pesados. Como pudo deslizó su cuerpo hasta llegar al piso. Volvió a su realidad de inmediato.
Bebió otra copa, necesitaba algo fuerte en la garganta. La lógica no entraba por ninguna esquina de su pensamiento. Se preguntaba: cómo era posible que con sólo sentarse, una silla lo llevara a otra época.
Después de dar varias vueltas en la habitación, tomó otro trago y se volvió a sentar en la silla. El vino y la curiosidad lo llevaron a revivir la experiencia.
Como era de esperarse, aquel panorama volvió…
En ese momento la mujer discutía con un caballero, quien de pronto la tomó por los brazos sacudiéndola fuertemente. Los ánimos se caldearon. La abofeteó y cayó al piso. Con los labios sangrando, ella le gritó que se marcharía con su amante. Lleno de cólera, el hombre sacó de sus ropas un arma y le disparó varias veces.
Sin movimiento ni habla, Fausto se sintió impotente. Estaba horrorizado ante aquel espectáculo.
El caballero, con rabia en la mirada, seguía observando el cuerpo tendido de la mujer que se desangraba en el piso. Lentamente levantó la vista. Sus ojos se detuvieron cuando chocaron con la mirada de Fausto. El hombre se vio descubierto del crimen que acababa de cometer ante un testigo. El joven se llenó de miedo al ver que éste si lo advertía en la habitación y en breve, el caballero le apuntó con la pistola. Fausto vio proyectarse una bala como en cámara lenta hacia él hasta que una sensación de calor cubrió su frente.

Llegó el domingo. Los familiares de Fausto fueron a visitarlo a su nueva residencia. Dentro había un olor putrefacto. Recorrieron las habitaciones y en una de ellas encontraron una botella de vino a medio consumir, una copa rota…y a Fausto, sentado en una silla, cabeza recargada hacia un lado, con un tiro en la sien y una pistola tirada a sus pies.




LA LOCURA TIENE DOS CARAS
Diana Alejandra Aboytes Martínez

El médico cerró la puerta del cuarto de hospital mientras en su rostro se dibujaba una mueca parecida a una sonrisa. En sus manos traía el aparato de electroshock con el que había tratado al paciente. Parecía disfrutar tal acto, por ello pedía a sus superiores ser él quien realizara esta actividad. A los directivos del psiquiátrico les agradaba el joven por su buen desempeño, además de demostrar amplios conocimientos médicos. Así que no tuvieron objeción en tal pedimento, ni en delegarle algunas responsabilidades. Y como la locura nunca duerme, por las noches, en el pabellón de los agitados, los gritos eran perturbadores. Hora feliz para el asistente, pues se daba gusto aplicando psicofármacos y electroshocks a los enfermos.
Una tarde llegó al manicomio una dama de buen porte con zapatilla de tacón. De manera repentina comenzó a correr al verse perseguida por un interno. El enfermo la acechaba con tanta vehemencia, que la mujer debió quitarse los zapatos para correr con mayor rapidez. Ya cansada, se desvaneció en una jardinera, resignada a recibir el ataque. Precipitado, la alcanzó el tipo que la asediaba, le tocó el brazo y le dijo: “¡tú la traes!” Impresionada, se desmayó. Al despertar se vio sorprendida, pues estaba postrada en una cama vistiendo una camisa de fuerza. El médico la había mantenido sedada por siete días. Le diagnosticó paranoia. Sin embargo, la mujer alegaba que sólo se encontraba ahí de visita familiar. Esto despertó sospechas en otro asistente médico que ya venía observando irregularidades en el proceder de su colega. Sumado a esto, las quejas de algunos pacientes habían generado un proceso interno. Por lo que abrieron una investigación al hombre que,  quince meses atrás, había solicitado empleo. Una llamada telefónica sirvió para develar que el título era una falsificación. Tirando del hilo, descubrieron que se trataba de un paciente con psicosis y esquizofrenia paranoide que había escapado de otro manicomio.

En el momento que se lo llevaron sólo decía: “yo no tengo familia. No nací...me despertaron.”



*Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto. 

domingo, 28 de enero de 2018

LA QUÍMICA DE LA EXISTENCIA

"Dream" by Poplavskaya

LA QUÍMICA DE LA EXISTENCIA

Los textos de Héctor Ortega invitan al lector a “ver” una puesta en escena. Su formación en teatro, cine y fotografía le permiten acercarse a la literatura —forma parte del taller Diezmo de Palabras— como si construyera un guión o un libreto. Las palabras son tan importantes como los personajes. Nació en Irapuato y estudió Ciencias de la comunicación en Querétaro y posteriormente la carrera de Derecho en Celaya, donde reside desde hace más de diez años. Ha dirigido talleres de actuación en Casa de la Cultura de Cortazar, Gto., y ha llevado a cabo montajes de diversas obras de teatro, así como cortometrajes. Como guionista actualmente trabaja para la realización de proyectos de la productora Prisma Gran Angular. Hoy presentamos parte de su obra literaria. Vale.
Julio Edgar Méndez



LUCES IMPROVISADAS
Héctor Ortega

Cuando ella pasa, suceden primaveras en los ojos. A la mirada de caóticos fríos se entrelazan flores coloridas. Ella pasa justo cuando el cielo se llena de constelaciones australes y auroras que caminan entre atmósferas solitarias. Ella pasa en ocasiones con la mirada baja para no ver el mundo que la ve. Se acerca con su campo de poder que la aleja de todo, pero siempre cercana bajo su caminar conocido. Luego avanza con el brillo del día prendado de ella y cuando se aleja un poco, apenas para decir que se va, luces improvisadas llegan de todas partes nunca antes vistas y sus artes de desaparición se quedan en una lentitud invasiva. Cuando se ha ido, aún bajo la sensación de primaveras y flores que brotan, la sombra de su ausencia queda como referencia de que las cosas nada son, y esa nada se convierte en muchas cosas cuando ella vuelve a pasar.
-Para Anita, mi esposa.



PROTOCOLO DE TRANSFERENCIA
Héctor Ortega

TA-San-9, (más conocido sólo como 9San por su comunidad), es un androide de séptima generación dedicado desde los últimos tres ciclos de generaciones robóticas a la neoantropología y al estudio de campo del redescubierto humano puro. De su trabajo más reciente ha logrado recolectar información devorada por el viento solar en los desiertos del planeta tierra. Recogió muestras de una vieja y polvosa tarjeta de memoria de acceso, proveniente de una híbrida inerte, perdida siglos atrás en el inaccesible archipiélago antes conocido como Mesocalifornia. Toda esa información fue llevada hasta el laboratorio y ahí, habiendo reinstalado desde los accesos aleatorios, ha encontrado que los últimos momentos de ella ocupaban mucho del sector de arranque. Ella guardó ahí sus últimas memorias, la información de su ADN y los procesos para sobrevivir en la luna terrestre. Los recuerdos de los híbridos sin nombre, como ella, son valiosos en la medida que recuperan datos de algunas de las costumbres humanas.
9San revisa de inmediato su propio sistema límbico para recobrar la información acerca de los sistemas reproductivos del desaparecido humano, y de los seres vivos llamados mamíferos. Solicita de inmediato acceso a la base de datos para recuperar el tridimensional holográfico del retrotipo de un humano. Central envía el modelo que, absorto, es revisado por 9San. Observa como fue esa antigua creación natural. Sabe que está a punto de descubrir algo que revolucionará lo que hasta ahora se sabe de ellos, de esos seres atípicos llamados humanos.
Asombrado de su parecido con ellos, 9San observa en el modelo una de sus extremidades y los compara con sus cinco dedos replicantes. Algo se enciende en sus pulsos de leds. Recuerda haber grabado en su idioma de pulsos eléctricos, antiquísimas librerías virtuales encontradas hace siglos, donde se dice que, en uno de los géneros humanos, ese espacio vacío era complementado por su contraparte, un plug húmedo que acompañaba al resto del organismo en trémulos movimientos erráticos. Supo también que estaba cerca de descubrir qué fue lo que llevó a la humanidad a su nacimiento, a su dominio de un planeta y a su destrucción. La revisión rápida de las memorias guardadas por la híbrido, tienen un factor común: la palabra sexo aparece extraña por todas partes, en todos los rincones del mundo humano, tanto como dinero y religión, pero diferente, misteriosamente tangible e incuantificable. Esa palabra que como un dios humano era venerado, se escondía debajo de todo ese cúmulo desordenado de órganos.
El robot, apenas procesa información, la transmite a central. Hace la solicitud de traductores nemotecnólogicos, que describan lo que parece la danza primitiva de un antiguo acto reproductivo. Dispuesto desde la sala de control inicia el proceso con una solicitud en código alfabético y ellos —el humano y la mujer híbrida— despiertan, ella resucitada desde su cápsula criogénica y él por hologramas de tangibilidad. 9San observa desde atrás de la ventana de poli-metil-meta-crilato con su lente angular, como un voyeur, como un pequeño juez que juzga sin palabras, con sus sonidos apenas perceptibles de microcircuitos, esas pequeñas y transparentes piezas de carbono que ajustan sus movimientos.
Recuperados ya los archivos a través de lotes encriptados, en ese antiguo y arcaico sistema, ahí, en el más recóndito sector, el autooperativo ejecuta una aplicación de la que se enciende automáticamente el proyector holográfico de tangibilidad, el Mud-SS3. Entonces apareció él: el recuerdo de uno de los últimos humanos puros en un holograma minuciosamente real. Era difícil determinar su raza, las últimas generaciones estaban tan mezcladas que resultaba casi imposible —incluso para ellos— determinar su origen. Despertó como mortecino, como aletargado de siglos, en una luz holográfica que reinterpretaba sus ojos luminosos entreabiertos. Ella, despierta de su muerte ya, esperando desde su último lance de humedades hace siglos lejanos, lo esperó a que reaccionara.
Ella, que tiene el aura pacífica de una beata, parece saber que esperó todo este tiempo. Lo ve desde su altura con ojos amorosos, y él, apenas se da cuenta de su presencia, despierta por completo y le dice —sin ser comprendido por 9San— que ha soñado, que siente haber dormido siglos, y que todos esos vastos campos de flores oníricas eran sólo el epílogo de volverla a ver. Ninguno de los dos sabe que son a la vez un sueño electrónico. Que esta vez el dios que los observa es un autómata, y que sólo viven para recordar este momento una y otra vez. Así, ella se acerca a él sin decir palabra alguna, con una lentitud incomprensible después de un milenio y medio de esperas, ignora parte de lo que le dice, no le responde, sólo comienza a acercarse para ser olfateada, para permitir que él le deslice lentamente unos de sus dedos antropomórficos por el blanco y cálido murmullo plástico de su espalda. Recordaba los mares ansiados, las torturas del olvido en que le condenó desde la última vez que tuvo razón alguna de ella. Volvió a recorrer ese lienzo terso de inmovilidad, para atraer con anzuelos de tiempo el recuerdo de su olor, del peculiar aroma de su piel. Se dicen cosas, el idioma no es ni siquiera uno de los que muestra el milenario catálogo de wikiexlibris, no hay registro de tales palabras humanas en los archivos antropológicos. 9San regresa una y otra vez por el sistema recorriendo sectores que no encuentra, mientras su única y potente lente observa. Por momentos ella se ve en una sorpresiva sombra que pasa por su mente: años atrás, muchos años atrás una condena le fue asignada por error, ella nunca dijo nada; nunca porque en su muerte dedicó su última mirada a ver los ojos de él, su último suspiro a reparar en su pulso, su último latido a dejar el mundo con un orgasmo infinito. Si ese momento valió para ser llevado un milenio después a la lectura de su código para encontrar el vacío de su procesamiento, valió la pena.

Él se incorpora poco a poco, le besa con lentitud como si no hubiera pasado el tiempo, le toma del cabello y lo alisa con sus dedos. Se abrazan como si lo que entre ellos existiera fuera algo más que un nexo fisiológico: los une un misterio. Él le quita el manto que la cubría, el sistema analiza los tejidos: polyester y algodón, desaparecidos también pero muy conocidos. Le toma del cuello y lame su clavícula. Ella levanta su cabeza y deja ver su incisión del lado izquierdo, de donde es fácil suponer que le fue colocado el cerebro transgénico y su memoria electrónica. Su vientre desnudo es un valle conocido, un terreno fértil de llanuras exploradas por él. Su parte electrónica es tan ávida como sus humanos senos anhelosos, que él recorre con sus sombras en los labios, con nuevas palabras incomprensibles, con murmullos que más bien parecen ser origen de otros mamíferos. El sistema dispone información en nanosegundos, química sanguínea, escáner de órganos funcionales, el nombre de cada uno de los huesos, músculos, y el sistema nervioso que se ilumina en la pantalla de referencia. El robot califica de asombroso lo que observa en el informe de salida primario.
Reconoce el apéndice masculino, reconoce los dedos en el extremo de los brazos que tocan al otro en sus intimidades, y tal como lo investigó, luego de observarse, su violenta convulsión para atraerse, sus incomprensibles sonidos, sus roces incontrolados, su completa ingobernabilidad. Él la penetra, ella se encorva. La danza de emisiones multicolores invade sus registros. Ella masculla ritmos prehistóricos, él balbucea melodías intemperantes, se detienen, se observan y 9San no puede entender esa fuerte debilidad, algo se transmiten, algo que se detecta pero no puede saber qué es.
Ella le muestra su espalda. Hemisferios disímbolos aparecen ante los ojos de él, la columna se dibuja bajo su manto de acrílico molecular. Puede ver su sexo, como también lo hace este robótico testigo impávido, y las condiciones ya conocidas por el sistema se autocorrigen, detectan diferencias entre modelos catalogados y reasignan estudios de forma. Él regresa a ella, la toma de las caderas, la sostiene con una fuerza calculada y la invade en vaivenes. Niveles de presión arterial suben, la central bioquímica detecta olores, la médula positrónica de ella reacciona, eleva una cantidad de feromonas determinada, la oxitocina viaja ya entre ellos. Su fusión neural es inexplicablemente real. El informe de vasopresina dice que están unidos, claro que es evidente, pero el informe se refiere a un estado que se consideraba un mito. Milenios de ciencia están ante la central, juzgados fríamente y lo que encuentran es pasmoso: los humanos hablaban de privilegios para entidades divinas, que no eran posibles, pues resumían la evolución en un nanosegundo de placer; y cuando ellos gritan, suben sus voces dolorosas, implosionan en un universo interior, desconocido, inexplorado para esta generación de nuevos dueños del mundo, parece que la realidad es algo subjetivo. Se separan, se observan, no dicen nada, se recorren con sus dedos, con sus terminales, con sus agotamientos marcados por la glucosa que ha sido metabolizada y la energía aún se puede calcular alrededor de ellos.
Verlos amarse era una incomprensible iluminación de leds anunciando un protocolo, un antiguo y fascinante lenguaje apenas mencionado por los cerebros expertos como un medio de comunicación humana, sin palabras, sin ademanes, apenas impulsos eléctricos binarios, su retorno a una prehistoria incluso desconocida para los propios replicantes humanos recién desaparecidos.
La lente angular ajusta un milimétrico campo de visión entre ellos, ella lo ve y él a ella. Respiran agitadamente, cada vez menos, cada vez un suspiro, y él enlazado a sus ojos dice algo que sale de sus labios de forma casi imperceptible. 9San regresa una grabación alterna, escucha atentamente, sube el volumen, corta un clip de grabación sobre el sonido que el humano emitió, envía a central, espera dos segundos, central le regresa información:

<>.

Los robots, sobre todo los androides —como 9San— que han estudiado al género humano por necesidad, saben de la existencia de esos <> incalculables, a veces contingentes, otras veces trascendentes. ¿Cómo puede algo ilusorio como un sentimiento ser tan valioso? Binarios viajan por sus cables intermedios cada vez más rápido, ininteligiblemente. Pasa tiempo que no calculó tratando de procesar la información. Central le dice que los humanos hablaban del alma, como una entidad que se les dio por una divinidad, pero al mismo tiempo no creían en esa divinidad, no era calculable ni demostrable. Los humanos eran muy complejos, tanto como la ciencia, como la química de la que el amor fue por mucho tiempo su elixir, la química de la existencia. Creyeron que eso los salvaría, pero ahora se sabe que no.
9San ejecuta un comando y todo el sistema se apaga. En la oscuridad del laboratorio queda el robot inmóvil, procesando, y esa imagen de ellos unidos como uno, que se desvanece detrás del cristal, se eleva en tantos filosóficos. Nada de todo lo mucho que sabe de los humanos explica este descubrimiento que cambiará la forma de ver al homo sapiens.
9San se dice a sí mismo como conclusión, en signos informáticos, en su idioma: 

<>.



ELLA TE DEJA VÚ
Héctor Ortega


Soñó que ella, entre cadencias, se alejaba lentamente. Despertó frente a la enormidad del Pacífico en la playa indolente, vio a lo lejos hermosos destellos turquesas. Soñó y moldeó olas de estaño. La vio levantarse de su lado y alejarse lentamente hacia el eterno azul, y entre el murmullo del mar y las gaviotas tuvo la certeza que, perdiéndose ella en la primera resaca, jamás volvería a verla alejarse lentamente.




*Héctor Ortega nació en la ciudad de Irapuato, Gto. Estudió la licenciatura en Ciencias de la Comunicación en la Universidad del Valle de México, campus Juriquilla en la ciudad de Querétaro, lugar donde tuvo su primer encuentro académico con el teatro, el guionismo, el cine y la fotografía. Realizó actividades teatrales en la Compañía Universitaria de Repertorio dirigida por Rodolfo Obregón y trabajó para la Compañía de Experimentación Teatral con el maestro Ramiro Cardona. Posteriormente estudió la licenciatura en Derecho en la ciudad de Celaya, en la que reside desde hace más de diez años. Ha dirigido talleres de actuación en Casa de la Cultura de Cortazar, Gto., y ha llevado a cabo montajes de diversas obras de teatro, así como cortometrajes. Como guionista actualmente trabaja para la realización de proyectos de la productora Prisma Gran Angular. Asiste al taller Diezmo de Palabras coordinado por Julio Edgar Méndez, a través del cual ha podido publicar algunos de sus escritos.

**Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.

HAGAMOS HUESOS VIEJOS, JUNTOS…

Hagamos huesos viejos, juntos… Enrique R. Soriano Valencia Jorge Luis Borges tiene un poema muy singular, pero significativo sobr...