domingo, 15 de julio de 2018

EN EL HUECO DE LOS DESEOS



EN EL HUECO DE LOS DESEOS



BOLERO
Rafael Palacios

Un salón enorme. Recordando tu tacto suave, mientras escarbabas caminos por mi piel y con un rastro tibio e indeleble por toda mi geografía vertebral. Navegando rio abajo, por los vados de tus orillas. Moviéndome de forma egoísta por cada centímetro del piso de mosaico que me lleva de manera hipnótica hasta ti. Lenta, como una bocanada de humo, emergiendo apaciblemente por tu boca, tras una densa bruma que luego hace que todo comience en tus labios, siempre es así, tus labios son el principio y final de mi abismo. Evasiva, casi como un chorro de agua que huye por entre mis dedos, bajo un fuego de descargas infinitas mientras te me escapas de las manos; mientras corre por todo mi ser un toque eléctrico que me disminuye hasta quedar postrado y de rodillas.
            La noche estaba abierta de par en par. Volverla a ver fue como internarse dentro de un calidoscopio inmenso. Sentirse atado de pies y manos, con ojos vendados y con las náuseas a flor de boca, sintiendo como un terrible vórtice estrujaba el corazón contra mis pulmones. Estaba de regreso, definitivamente las noches de verano me excitan más que cualquier otra. Soy calor atrapado en un cuerpo oblicuo, sesgado por los rayos del sol y por la luz de la luna de julio. Caminaba por una calle iluminada con suavidad, con reverberaciones de luz de neón; con mis ganas contenidas, pero reptando amenazadoras, lista para saltar e hincar sus colmillos en tu boca purpurea. Mis pies me pesan. A medida que avanzo la fisonomía de la calle muta, se metamorfosea en cuadras y cuadras de asfalto gris, con pequeñas flores creciendo en escollos que nunca pude imaginar. La música se entre mezcla con los sonidos salvajes. “La más vieja de tu casa es la que cobra eso”, “si tienes un hondo pesar, piensa en mí”, “por media hora en este cochino cuchitril, tienes razón, mejor le doy el dinero a mi abuela”, “si tienes ganas de llorar, piensa en mí”.
            Era muy temprano cuando alguien de la oficina lo propuso. “En la noche nos vamos de putas. En la calle de las Princesas siempre soy bien recibido”. Luego, para medio día, después de que terminábamos un almuerzo, el mismo que lo había propuesto, reculó. “Mi hermano, ya le arreglé el asunto con la Princesa del Norte, pero tendrá que ir solo. Me acaban de informar que soy persona no grata en esa calle, no sé si fue por la madrina que le acomodamos al galán de la Reina, o por el tequila adulterado que les dimos a las demás princesas.” Y así me encontré en soledad por parajes desconocidos, por callejuelas húmedas y malolientes que me recordaban lo cerca que se puede estar de la miseria humana. A segundos de ti, a escasas puertas de metal y timbres semejantes a la alarma de los bomberos.
            A mi edad y todavía creyendo en cuentos de princesas. Me sentía un adolescente ansioso, me sentía Rimbaud buscando inspiración. Pero, ¿por qué querría ella ser inspiración?, ¿inspiración de quién? Por lo que había visto las noches anteriores, ella no se sentía mal entre la sordidez de la casa de las Princesas, incluso había aceptado sonriente, aquello de Princesa del Norte, sólo por venir de Guaymas.
Buscándola por todas partes, por todas las casas, por debajo de las piedras, entre las grietas de los muros, entre las tapaderas de las alcantarillas, detrás de los botes de basura de los callejones; buscando su sonrisa reflejada en algún charco en medio de la calle. Entonces entrar a la casa y seguir el camino amarillo. Una larga tira de focos del 50, que hacen palidecer la piel de cualquiera que se aventurara a trasladarse a ese umbral profundo llamado noche.

            Tomaste sólo retazos de mi vida. Te filtraste entre mis venas, corres dentro de mí. Infectaste mi existencia de la tuya, de buenos deseos e intenciones de sentir. Te colaste, tú mismo y sin mi autorización. Me llenas, me colmas, me desbordas de una desventura irremediable. Te alojaste en mi viejo corazón, tomando como nicho ese hueco clausurado desde la última desgracia que me hizo dinamitar mis sentimientos; sin embargo estás ahí, te quedaste sin que yo te lo pidiera. Me habitas, caminas incesantemente a lo largo de mis abrazos. Y por la madrugada, despareces furtivo y con mucho miedo. Todo esto por quinientos pesos la noche.

            Estaba muy mareado cuando mis pasos me llevaron de nuevo a ese salón de baile. Sonando solamente el ritmo del dinero. El amor que viene desde un bolero por todos conocido, pero no por eso, dejando de sorprender. “De aquel sombrío misterio de tus ojos,  no queda ni un destello para mí…” Caricias impersonales, miradas inquisidoras, cabello con aroma a Marlboro rojos y besos sabor Cuervo Especial. “No te debía querer y te quise, no te debía olvidar y te olvidé…” Y los dos ahí, encontrados, enfermos del mismo mal. Con las piernas en perfecta sincronía, aprisionándonos desde la mirada y siéndonos imperfectos extraños, colmados de motivos, aderezando nuestras ganas con limón y sal. Cuanto más bailábamos, más rígidas nos parecían nuestras existencias. Sometidos a una luna glacial, a un clima especialmente destinado para ser y para estar. Si el mundo no me pareciera tan mundo, si esperar por la muerte, no me pareciera una pérdida de tiempo; si imaginar qué tú, estando tan distante, me respiras muy cerca, si nuestra vida no se asemejara tanto a un bolero, seguramente no nos conoceríamos; y yo, vago de rumbos inhóspitos, cazador ocasional de princesas, buscaría la redención en otros brazos que no me quemaran como lo hacen los tuyos.

“Por qué te hizo el destino pecadora, si no sabes vender el corazón. Por qué pretendes odiarte quien te adora, porque vuelves a quererte quien te odio…”

Y así estuvimos siendo uno. De un ritmo largo y frenético, después a uno más corto y sugestivo. Es casi media noche y la cuenta empieza a correr. Un brandy o tal vez dos, tres líneas perfectas e inmaculadas, a manera de veneno espiritual. Conviene empezar a desquitar los quinientos pesos. Las manos demandan perfección, recorren un cuerpo lejano a la delicadeza, buscando el defecto vulnerable, la enfermedad especial y el vacío. Es este el clima asfixiante necesario para la lógica del deseo. El embrujo de la luna veraniega, el borde de un abismo intenso. Y en ese abismo penetrante, la danza de la piel, las fuerzas inhumanas que nos mantienen de pie y a ojos cerrados jalando la soga de la cordura, ahuyentando el último atisbo de la mala suerte que nos perseguía desde la mañana. Soy Ícaro volando hacia el astro rey, eres el convincente Dédalo enviándome a volar con alas que tú misma derrites. La noche crece, la oscuridad todo lo devora para luego vomitarlo en un infinito de estrellas que hoy, se distribuyen a voluntad y capricho nuestro. Soy un espacio cargado de vacío en el que la angustia crece y se multiplica. La cabeza de la Hidra de las perversiones, un llanto que estremece la madrugada, la astilla clavada en el medio de la frente. Haces la danza de la peligrosa Salomé, para después pedir mi cabeza servida en un recipiente de plata. Nos desfallecemos vacíos, desnudos y brillantes. La nada toma sentido cuando una piel toca otra piel y la mancilla para después honrarla. Estamos aquí, los brandis sabían a mierda, pero los quinientos pesos han valido la pena.
            Tú, siempre tú en el hueco de mis deseos. Nunca tuve tal miedo por los insomnios, porque estaba segura que te escabullirías cuando mi voluntad derrotada, te diera tregua y razón para escapar. Tú y siempre tú, viéndote del otro lado del espejo. Eres sustancia hecha de sueños, me provees de lo esencial, inscribes mi propia muerte en alguna parte del tiempo y el especio. Mi perversión preferida, mis ojos cerrados, los quinientos pesos que más me cuesta recibir.





El Devorador De Estrellas
J.A. Aguilar Ramírez

Las estrellas habían comenzado a desaparecer desde seis meses atrás y los gobiernos de todo el mundo nos advirtieron del exterminio de nuestro planeta desde hace dos. Los científicos habían descubierto con sus poderosos telescopios “algo” que se comía las estrellas. Aquel fenómeno era una incógnita para toda la población mundial, nunca pasaron fotos en la T.V. de aquello que se movía velozmente por el espacio; simplemente lo bautizaron como “el devorador de estrellas”.
Todo fue caos en el mundo entero, revoluciones, suicidios masivos, toda clase de barbarie se podía ver por las noticias de la noche. El mundo entero estaba loco, creo que lo mejor hubiese sido calmarnos y respirar profundamente mirando el cielo esperando el fin, o al menos eso era lo que yo creía, pero no, todos los habitantes del globo estaban paranoicos, derrumbaban iglesias, mataban gente, destruían las tiendas.
El día dispuesto para el fin del mundo sería un domingo. Los científicos calcularon minuciosamente la trayectoria de aquel devorador de estrellas y se  predijo que el fin del mundo era  el domingo de la resurrección de Cristo, era una burla.
Por mi parte, había renunciado a mi trabajo de esclavo en una fábrica de autos y con lo que me dieron de finiquito me alcanzaba para beber cerveza todos los días que me quedaban de vida. De vez en cuando le invitaba a mi papá a beber una conmigo en el balcón de mi cuarto, viendo las estrellas desaparecer una por una.
Nadie en el mundo trabaja ya, ¿para qué? Si el mundo estaba a punto de ser devorado por un no-sé-qué.
Todos los días desde aquel cuando dieron la noticia de nuestra destrucción, me la pasaba bebiendo con mis amigos y con la gente que más quería, pero había algo que debía hacer antes de que el mundo se acabara.
Podría hablar de Viridiana, escribirle un libro de quinientas hojas o más si la inspiración lo pide. Viridiana estaba molesta conmigo, no me hablaba ya desde hacía tres meses, en Navidad me mandó felicitaciones, pero yo me porté grosero con ella porque estaba borracho. Días antes de navidad por milésima vez le había declarado mi amor eterno y ella por milésima vez me había rechazado rotundamente.
Mandé mensajes a Viridiana antes de que llegara el último domingo, ella me contestó, me sorprendió y me sentí muy agradecido por aquel acto. Viridiana nunca fue grosera conmigo, siempre se preocupaba por mí, aunque ya no tuviéramos relación alguna. “¡Ya no quiero que me llames ebrio¡”, me decía todos los sábados de borrachera y luego colgaba. Dejaba de escribirle por semanas y luego caía de nuevo en el cariño que aún le tengo. “Te agradezco que aún me escribas cosas, Antonio, pero quiero que me saques de tu cabeza”, me dijo un día. O la ya clásica frase “deberías dejar la planta y ponerte a estudiar”. Creo que por eso la amaba tanto. Aún tenía el periódico donde publicaron un cuento que le escribí y que nunca compró, aunque sabía que lo iban a publicar.
El domingo del fin del mundo por fin llegó y mi familia (mi madre, mi padre y mis dos hermanos), no escatimamos en gasto alguno para celebrar el día. Compramos carne de fino corte con anticipación, cuando aún los supermercados sobrevivían; cervezas y pastel, como lo hacíamos en cada cumpleaños. Yo bebía con  descontrol y solo pensaba en volver a ver los ojos de Viridiana. Le mandé un mensaje ya cuando las cervezas habían comenzado a nublarme la vista. Obtuve respuesta. Me dijo que el último día de su vida se quería sentir como yo, así que estaba demasiado ebria afuera de su casa vomitando (no es algo normal en un ángel, pero que puede saber un pobre diablo como yo de ángeles). Lo medite por una media hora, ¿dejaría a mi familia en el fin del mundo por volverla a ver? Sabía quién tenía la respuesta a esa pregunta, mi padre. El viejo sabía todo sobre la vida, así que él tendría la solución para esta encrucijada. Mis hermanos trataban de pasar el último nivel de su video juego favorito, reían y maldecían como todos los días. Bajé a la sala, ahí estaba mi padre con mi hermosa madre. El viejo estaba borracho y se sentía un galán teniendo en las piernas a mi mamá, la besaba con ternura, con amor, y pude verme así con Viridiana.
“Papá”, le dije, “hay una chica que quisiera ver antes de que esto acabara”. Mi padre apretó las quijadas, le dolía que me fuera por última vez, pero el anciano tenía un enorme corazón, al igual que mi madre y me dio las llaves de la camioneta y preguntó “¿qué tan borracho estás?”.
La situación en las calles era un desastre, parecía la tercera guerra mundial. Había muertos por todas partes, borrachos, fuego en todas las casas y gente teniendo sexo con cualquier desconocido en avenidas públicas. Supuestamente las noticias que sonaban en la radio, solo nos quedaba una hora de vida y luego de eso los seres humanos seriamos una historia más entre millones en el universo; me apresuré, pisé el acelerador para llegar a la casa de Viridiana, una casa de gente con dinero. El cielo se pintaba de un rojo obscuro, casi escarlata. Cuando llegue, ella estaba ahí sentada en la banqueta, con un vestido de color plata brillante, el cabello recogido y la cabeza recargada en sus piernas. “¡Oye,  Viridiana!, ¿te encuentras bien?”, le pregunté, tomándola de los brazos. Ella me miró a los ojos, como cuando éramos novios. Entrelacé mis manos con las suyas, aún seguían frías como la última vez que las tomé. “Hace cuatro años éramos novios ¿te acuerdas, Antonio?”, le sonreí, “siempre lo recuerdo”, contesté. “Mis papás están adentro, en la casa, están llorando y yo estoy aquí afuera, vomitando, como tú lo hiciste durante cuatro años por mí; ahora siento lo que tú sientes”, me dijo triste mientras el cielo se ponía oscuro. “El devorador de estrellas se acaba de comer el sol, Viridiana”, le informé, mientras en todo el mundo se escuchaban gritos de pánico. “¿Sabes algo, Antonio?”, comenzó ella mirándome fijamente, sabiendo que eso me volvía loco. “Nunca he hecho el amor en mi vida y no quisiera morir sin sentir el amor de una persona. La casa de enfrente, esa que tiene un gran patio, está vacía, la gente que habitaba ahí se fue a ver al devorador de estrellas a Holanda. ¿Qué te parece si vamos?, antes de que mi padre se dé cuenta de que hago falta en la familia”.
Brincamos el barandal y entramos quebrando una ventana. Ella subió rápidamente por las escaleras de caoba, quitándose aquel vestido color plata en el camino. Se acostó en la cama del matrimonio y yo le quité su lencería de encaje. La besé como nunca, la besé con verdadero amor y no por carnalidad. Le confesé lo mucho que la amaba y mi necesidad de estar con ella. Cuando entre en su cuerpo, ella abrió sus ojos completamente acompañados con un gemido. Estudié sus ojos y pude ver que ella era la que se había robado las estrellas del cielo.






*Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.

domingo, 8 de julio de 2018

POR LOS RECUERDOS DE SU PRIMER VIDA



POR LOS RECUERDOS DE SU PRIMER VIDA

Guillermina Carreño Arreguín es una prolífica escritora. Su obra poética se ha publicado en diferentes libros y antologías. También ha incursionado en la narrativa, donde creó al personaje -“amigo personal”, dice ella- el Señor de los sahuares. Es sobre las historias que este amigo le ha contado a la maestra Guillermina que compartimos este Diezmo con usted, apreciado lector.
            Nuestra amiga entrañable y valiosa integrante del Diezmo de Palabras ha sido galardonada en Lotería de Cuentos, de Editorial Planeta, Juegos Florales de Celaya y de los Trabajadores del Estado, Premio Raúl Oto. Sus publicaciones incluyen las antologías del 1º al 8º Encuentro Nacional de letras populares Margarito Ledesma, de Comonfort, Gto. Crónica de la Muchacha del Este, En la Raíz de los Escombros y De el Sahuar y la Momia.

            Patricia Ruíz Hernández también se desempeña en el sector educativo. De manera paralela gusta de la literatura y escribe principalmente cuentos. Ha sido seleccionada para varias antologías: Predicción, Brevedad del ser y Fuera de este mundo. Así mismo, por la Editorial El Sótano con el cuento La Refranera y en la antologia Tótem: Minificciones Guanajuatenses con varios micro-relatos. En el Foro el Tintero fue finalista con el cuento Retorno al hogar. Es otra de las invaluables compañeras del Diezmo de Palabras. Compartimos una pequeña historia muy actual. Vale




RECUERDOS DE LA PRIMER VIDA
Guillermina Carreño Arreguín

En ocasiones veo a Glasia deambular por las calles, en silencio, atenta a un hálito que cubra su mente y satisfaga su memoria. La encuentro en el cerco de un lote vacío,  de la Secundaria general cinco. Oculta, por temor a que pase alguien con cualidades especiales y se impresione al verla, me acerco a saludarla, la invito a Baja California. El gran Sahuar me espera en el Valle de los Sahuares. De momento se anima, sus ojos se iluminan. Hace una prolongada pausa; me contesta que la disculpe, no puede ir. Prefiere sus citas para tomar su alimento diario.
            Allá por mediados de mil novecientos setenta y cinco, Glasia laboraba en la  Escuela  secundaria general: “Gral. Francisco Villa”  la número uno,  por ser la primera de este tipo, fundada en la ciudad. Pues bien, en ese año, a las 7:40 de la mañana se presentó de repente un movimiento sísmico, nadie lo esperaba, claro, como la escuela quedó asentada en un ala de la falla conocida como de San Andrés y esta atraviesa gran parte de la ciudad. El temblor fue más notorio y agudo, todos los grupos en su respectivo salón tomando clase, a la hora del siniestro, se escuchó un grito en todas las aulas, como si les  hubieran contado a la una, a las dos y a las tres, ¡AAAYYY! ¡Grito! A una sola voz, uniforme, fue un sonoro de poder, de juventud, potente y audaz. Luego, silencio, nadie se movió hasta el toque de salida.
            El aula donde daba la clase Glasia, al entrar ese día estaba al ras del suelo del patio y al momento de salir ya tenía un escalón más alto que el piso normal. En los oídos de Glasia queda ese grito, para ella muy atinado y agradable, hermoso y de unión. Lo comentaba incansable a los compañeros de trabajo y a toda persona que la escuchara.
            Al jubilarse, se valía de algún pretexto para visitar a alguien de  sus conocidos, llevándoles un presente, para escuchar ese vibrar de los jóvenes, al estar en clase de deportes u otra actividad que les permitiera. “Es mi pan de cada día”, su “alimento”, lo llamaba otras veces. Después así lo comentaba a sus hermanas las momias, quienes, solamente la escuchaban. Ella, incansable, ¡lo pregona al viento!
            Si pasas por alguna secundaria general, pon atención a ese eco, se guarda en los oídos, como están en los de Glasia, ese ritmo, sugiere, enseña y te hace razonar.
            Entiendo a Glasia,  me despido, le digo: “Nos vemos, adiós”. Ahora, le comento el rato al Señor de los sahuares, con el rosicler de la Laguna Salada, acomodados en un risco a la orilla, se compromete y promete acompañarme a visitar a Glasia al Panteón Municipal de Celaya, Guanajuato. Sonrío, le agradezco, mientras pienso... “a ver si no anda en alguna de sus citas”.



SUS PASOS EN EL DESIERTO
Guillermina Carreño Arreguín

El Señor de los  sahuares  me visita.  Viene para que lo acompañe a la Cañada de
Caracheo.  Cuando algo le atormenta en su corazón,  recurre a mí,  lo comparte y de esta forma  encuentra solución.  Aprovecha el  lugar,  cambia el  Desierto por la  grandeza del Bajío,  donde encuentra la mano de sus amigas las momias y para él,  es también un reino.
            Con palabras de cariño me saluda, él sabe de la emoción que me causa su presencia. Le interesa relacionarse con los restos del sacerdote mártir que se encuentran en este  pueblo. La Cañada de Dolores,  como lo llaman ahora,  está anclada  en la  falda del cerro de Culiacán. Un pueblo empedrado, limpio y hace poco logró dos calles de pavimento: la entrada y la salida a las ciudades cercanas, Salvatierra y Cortázar. En el caer de la lluvia, las lajas se lavan con el escurrir de agua que baja del cerro. El caserío se perfuma, despide un  aroma a humedad, a hierba  fresca y  limpia,  única en la región.  Sus costumbres están arraigadas al pasado. La mayoría de los hombres trabajan en la Unión americana. Las  mujeres viven  por lo regular  solas,  con sus hijos o algún  otro familiar,  entre  casas vacías, abandonadas. Hay quienes emigran, se van familias completas.  Pero todos conservan en su credo un rasgo del padre Elías del Socorro Nieves Castillo.            Sus restos fueron sepultados, primero en el cementerio del lugar, después  los cambiaron a un costado del altar mayor, en la Parroquia de la Virgen de los Dolores. Beatificado y ya canonizado, reposan al pie del altar, en la Parroquia mencionada, donde él ofició la misas a sus fieles.
            A partir de su Canonización le están construyendo su propia Iglesia. El padre  Elías Nieves, fraile de la orden de San Agustín, fue sacrificado en tiempos de la persecución Sacerdotal que inició en el año de 1926. Murió al darles el perdón y bendecir a sus asesinos -un regimiento  federal-,  quienes lo fusilaron  bajo  un  mezquite,  en la salida de Cortázar rumbo a la Cañada.  El día 10 del mes de  marzo del  año de 1928. Por esto  en los monumentos que lo representan, su brazo está en señal de bendecir.
            El Señor de los sahuares me dice:
            ─ Vienen dos autobuses de Oaxaca,  la gente desea  venerar y agradecer,  al Varón de la Cañada.  Como misionero su labor ha caminado en varios estados del país.
            Me habla de un tráiler conducido por polleros o coyotes, quienes abandonaron en pleno desierto a un grupo de hombres dentro de la caja principal, bien cerrada, sin aire ni luz,  al amparo del  calor que produce el lugar,  donde iban más de treinta braceros, la mayoría eran hombres. Se les terminó el agua, perlados en sudor, sin alimento, cansados a punto de desfallecer rompieron en  gritos desesperados:
            ─¡Abran por piedad!
            ─ ¡Sáquenos de aquí!
            ─¡Abran por favor, nos ahogamos.
            Arañaban las paredes de acero, otros se retorcían al  implorar en la esperanza de conservar la vida. Uno de ellos sacó de su cartera la imagen del Padre Nieves. Con trabajos se arrodilló  y  sacando aire de no quién sabe dónde,  gritó:
            —¡Padre Elías del Socorro Nieves, no nos abandones, sácanos de aquí!
            A su lado, otro rezaba:
            —¡Santo Padre Elías Nieves, escucha, escúchanos!
            En silencio rezaban el Credo. De repente se escuchó un estruendo, algo así como un rayo. Las puertas de la caja se abrieron de par en par. Rodando y en desorden pudieron lograr el aire. Los primeros en salir dieron fe de que un hombre vestido de fraile,  descalzo,  se deslizaba  sobre la arena cálida,  movida a su  paso por el desierto. Los demás fueron testigos de su sombra. Un resplandor con forma humana, se perdía en las lejanías del halo, donde parecía unirse el temblor del sol, con la arena movida por el viento.
            Los dos hombres, quienes invocaron al sacerdote Elías del Socorro, eran de la Cañada. Viajaban siempre al abrigo del Santo Varón. Todos se abrazaron,  incrédulos de estar vivos, a la vez que agradecían al cielo por el milagro.  La estampa del padre agustino pasó por todas las  manos de los que iban a la frontera.  La mayoría  venían de Oaxaca,  otros de  Chiapas, Michoacán, Guanajuato y unos cuantos centroamericanos que pasaban por oaxaquitas.

            El Señor de los Sahuares, respiró profundo y comentó:
            —Cosas del desierto, quienes lo retan, pasan a ser, en el reglamento,  un Sahuaro más, anclado al tiempo. En esta ocasión nadie pereció, gracias al milagro bendito. Hay quienes no tienen la misma suerte, quedan sobre arena traicionera o son sepultados por las dunas guiadas por el viento.
            ”Los autobuses que venían de aquel lejano lugar, traían las familias para agradecer y venerar, llenas de fervor, con oraciones, cantos y rodillas. Entregaron medallas y figuritas de oro,  retablos y flores,  además de otros adornos, para colocarlos en donde reposan los restos del fraile agustino, por haber salvado a sus hombres, padres y hermanos de perecer en el abandono.  El santo varón no descansa. Día y noche sale a proteger a todos los que lo llaman, creen y confían en él, ese día también dejó su huella entre la arena.
           
            Al regresar de la Cañada, el Señor de los sahuares, pasó a despedirse de las momias que habitan en el panteón municipal de mi tierra, mientras agrega:
            ─Tengo en mi corazón, este clima y los paisajes del Bajío. Les robo un poco, para llevarlo al refugio donde moran los que en el desierto se quedan a vagar sus almas, con el sueño dorado y su intento de cruzar la frontera.   




EL CANDIDATO
Patricia Ruiz Hernández

En plena campaña electoral, los habitantes de aquel paupérrimo pueblo esperaban la visita del candidato a Gobernador, quien en la búsqueda de los votos no escatimaba esfuerzos al adentrarse en  territorio desconocido. Gran algarabía reinaba en el jardín principal por la multitud de ciudadanos que aguardaban el arribo del aspirante. La espera terminó con la llegada de un lujoso automóvil con chofer-guarura incluido. Enseguida, bajó un individuo carirredondo y bigotón, que portaba una guayabera blanca y un sombrero a manera de disfraz, pues a todas luces se veía que sólo lo llevaba para estar ad hoc con el lugar. El visitante fue recibido como si se tratara de Dios en persona o cuando menos del mismísimo Papa. Hombres, mujeres y niños se acercaban para tener el honor de saludarlo. Y como si fuera su hada madrina le hacían numerosas peticiones. Había quien le ofrecía gallinas u otros sencillos obsequios. Después de algunas horas de discursos atropellados por parte del visitante y de las autoridades locales, pasaron al deseado huateque. De pronto, la banda calló de sopetón por la aparición de un ostentoso vehículo que interrumpió el convivio. Del automóvil descendió un individuo que, de acuerdo a los carteles que bullían en las calles, tenía una  fisionomía muy similar al homenajeado. El recién llegado regañó al impostor por usurpación de funciones y abuso de confianza. La gente no comprendía nada y por poco agreden al aguafiestas. Hasta que alguien más entendido les informó: “Acaba de llegar el verdadero señor candidato. El otro, como quien dice, nomás le toca estar de huele pedos de su patrón”.






*Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.

domingo, 1 de julio de 2018

SIETE VIDAS EN CADA HISTORIA



SIETE VIDAS EN CADA HISTORIA
Los gatos son dueños de su misterio, de su silenciosa presencia y también tienen el don de la desaparición o de la prestancia. Si son perezosos se puede suponer que es parte de esa naturaleza de ser encantadores. Los gatos han logrado fascinar a genios como Poe, y formar parte de sus escritos y esto tal vez porque su mundo está secretamente dominado por el encanto felino. Una vez que vemos ese angosto pero nítido mundo al modo de la pupila felina ningún obstáculo nos impide caer de pie, acosar silenciosos, dejar que un sutil ronroneo nos lleve al sueño o que nos crispen los nervios esos intrusos que quieren invadirlos. Aprender el misterioso oficio de ser gato incluye, claro, un exacerbado amor combinado con un constante desdén al ser humano, más y mucho más que la fingida enemistad con los perros o con cualquier otra cosa. Esta vez los colaboradores nos dicen de estas hermosas y sorprendentes criaturas su opinión, una que busca dejar de una vez bien dicho que los gatos no son de este mundo.
HÉCTOR ORTEGA




MI GATO ES BRUJO
María Rita

Los chismosos de la cuadra dicen  que mi gato es brujo,
El elige las noches de luna llena para pasear en los techos.
Con sus ojos colorados y una  mirada hechizante,
A mi gato lo que le sobra es mucho amor.
Él ha elegido ser de  color negro carbón,
Encrespando los pelos del lomo y la cola,
En su maullido profundo a la lechuza le roba el corazón.
Con las sombras tenebrosas de la noche,
Él se transforma en un ocurrido paseante.
Disfrazado y discreto con voz que retumba,
En ella la pócima que seduce a las almas.
En ellas atenúa los grandes males infectados,
Solo el,  el gato brujo de la cuadra.
Él es tan tierno y cálido que hasta  poesía recita,
En sus maullidos versos  acomodando,
Provocando éxtasis el no necesita palabras.
Si lo miras feo un hechizo te puede lanzar,
Y hasta sin orgasmos te puedes quedar.
Es mi gato un felino misterioso,
Con caricias sutiles me siento atraída.
Pues la chismosa de doña chole asegura,
Que seguro es un espíritu de mi enamorado.
Con cambiantes humores a el psiquiatra
He pensado en llevarlo.
Jugando siempre esta es mi gato,
Él es un torbellino andando.
La bruja de la montaña afirma,
Que él es mi guardián  a mi alma cuida.
Sin duda alguna de mí él ha  cuidado,
En mis enfermedades él siempre está a mi lado.
Cuando muera prometo embalsamarlo,
Con perfumes dulces e inciensos
A mi gato yo lo seguiré cuidando.
Recordando  sus místicos maullidos,
A mi gato brujo seguiré amando.

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UN GATO ENAMORADO
Esperanza Julia Ayala Ramírez

Un gato subió al tejado
a contemplar a la luna,
lo tenía muy hechizado
y  un tanto enamorado.
Le gusta el plenilunio,
la luna redonda y bella,
hasta quería ser estrella
para estar cerca de ella.
El gato maúlla triste
quiere llegar a la luna,
ama con amor felino
desea tenerla consigo.
Día a día vive su sueño
al ver el cielo estrellado,
la luna es todo en su vida
la quiere pronto a su lado.
Ha intentado de mil formas,
alcanzar al astro hermoso
desea volar al universo
para poder acariciarlo.
Un día al observarla
sufrió una gran decepción,
en su redonda figura
un conejo observó.
Ahora está deprimido.
su corazón lastimado,
no puede estar a su lado,
su sueño no se cumplió.
La luna tiene un conejo,
el felino ya no cabe,
se conformará con verla
en sus diferentes fases.
Un amor ha fracasado,
un gato triste quedó,
maullará toda la vida,
sin la luna se quedó.




AL GATO
Berenice Salvio

Al gato yo he envidiado su desenfadada forma de vivir,
pues con tantas vidas cuenta el afortunado
que puede ser quien él quiera durante el día
y cuando se cansa sin pena poder dormir.
Las siete vidas del gato las he querido vivir
cada una de ellas y con ninguna sufrir.
Más tengo la certeza de que si las tuviera en mis manos,
el gato de mí se burlaría, pues con la que tengo no he podido sonreír...
Vivo esclavizado al sistema y una forma de vivir,
que por más vidas que tuviera no sabría a donde ir.
Por eso el gato es feliz, porque puede ir y venir,
y cada vez que regresa a casa, el ladino se burla de mí.

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EL NAGUAL DE LA NOCHE
J Luz Sierra

De nadie, sin hogar, sin canto para arrullar a la luna, me transfiguro cada vez que fenece el día, soy el nagual de la noche, mitad gato, mitad silencio.
La oscuridad es mi guarda para maullar en estos callejones vacíos, con mis ojos de color púrpura y mi pelambre ocre con motas negras, camino en silencio por los balcones de los recuerdos.  Busco a la gata blanca, la del hechizo, la del conjuro, la que maulló esta maldición que me araña y me obliga a deambular por la locura.
Soy el nagual de la noche, mitad gato, mitad tristeza, el que propone una tregua en el caserío dormido, en el umbral de cada espacio donde vagan mis penas, en cada casa, en cada piedra donde se asientan mis ganas por aparearme, no soy un gato azul en la oscuridad, soy un nagual mitad gato, mitad yo, mitad mía.

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EL SUEÑO DE SOMBRA
Marco Antonio Regalado Reyes

Aquí está la tarde sin más sueños que un gato llamado Sombra
alguien me habla desde el fondo de mi pensamiento
es el sueño de Sombra y es la tarde olvidada en otra realidad
la vida no va a ninguna parte ya que también es un sueño
que está soñando el espejo que vive al fondo de la habitación
esperar que la realidad exista sería creer en la existencia de dioses
esperar que Sombra o el espejo nos alivien la vida
que quizá sea imposible
Sombra ahora sueñe la noche y grillos cantando
esperar que su ronroneo sea el que venga a despertarnos
de la realidad a la que no le hemos dado la cuerda necesaria
para que sea distinta en este pozo donde caemos sin fondo
y donde el hombre viene arrojando su humanidad no es posible
el sueño de Sombra es el único viaje posible a esta tarde
permanecemos en el sueño del gato y la vida existe
hay cosas reunidas alrededor de la última línea de esta historia
donde la tarde de hoy no volverá a llevarnos consigo en su viaje
en el sueño de este gato llamado Sombra ya habrá más tardes
que solamente existan al paso de sus sueños que nos sueña
el gato ya despierta y frota su lomo contra la vida que se aleja
que habita en esta escritura para tejer mejor la realidad
su sueño es un ir y venir entrecruzándose hasta lograr este tejido
donde esperar en su sueño era el gusto de lo soñado por Sombra.





EL GATO
Fabiola Grabielle

Con tu aura de misterio
y tu sigiloso andar,
mi puerta te atreviste a tocar.
Preguntaste:
¿te gustan los gatos?
Con tus ojos brillosos
y meneando tu cola sensual
sin más ni más, te deje entrar.
¡Bienvenido!
Porque fiel a mí siempre serás.
Rechinando el piso con afiladas uñas,
subiste la escalera
y hasta mi recámara
fuiste a dar.
Veo que eres de carácter indomable;
en mi cama siempre querrás estar.
Te recuestas en mis piernas
y empiezas a juguetear.
Me miras fijamente
y me invitas a jugar,
olfateando mi cuerpo
y meneando tu cola
empiezas a maullar.
Y justo cuando mi cadera
pretendías eclipsar,
tomaste mis cabellos con fuerza
y colocando tu lengua
en el epicentro de mi afecto, dije:
¡Me gusta más tu rasposa lengua!
Ven y lame,
ven y dame
tus besos de gato
hasta el hartazgo.

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EL ENAMORADO DE LA LUNA
Cleo Gordoa

Este era una vez un gato
que se enamoró de la luna,
todo el día se acicalaba
y ronroneaba a su  amada.
Si la luna se escondía,
él subía por la escalera,
se asomaba despacito
a ver si la sorprendía.
Un día le dijo la luna:
“No puedes amarme así,
nos separa un gran abismo
y nunca podrás subir”.
Tom no sabía de distancias,
ni de amores imposibles,
él con su luz se bañaba
y  eso lo complacía. . 
Y así pasaron los años,
el minino envejeció,
y una noche desvelada
hasta su luna voló.

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SIAMÉS
Bertha Cárdenas

Siamés de elegante figura y ojos de intenso color dentro de la chimenea escucho tu ronroneo, vienes de calles y lares maullando tu desconsuelo, quieres susurrar lindos versos a tu felina amada, expresarle tu amor y tu furia, tanto tiempo no alcanza, tantas vidas no son nada, para bajarle las estrellas a tu linda enamorada; un zapatazo te han dado y tu inspiración cortaron. A un siamés se le respeta con alma, vida y corazón, pues desde tiempos milenarios en todas las casas han maullado.





*Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.
**Imagenes tomadas de 19 Gatos melancólicos miran por la ventana...

EN EL HUECO DE LOS DESEOS

EN EL HUECO DE LOS DESEOS BOLERO Rafael Palacios Un salón enorme. Recordando tu tacto suave, mientras escarbabas caminos...