domingo, 13 de enero de 2019

COMO SI ANDUVIERA EN LAS NUBES



COMO SI ANDUVIERA EN LAS NUBES
-Dos historias atemporales-




EL ZAPATO PARA LA CARTA A LOS REYES MAGOS
Enrique R. Soriano Valencia y Leticia Soriano Álvaro

Para saber a dónde vas, debes saber de dónde vienes…
(basado en un hecho real)

«La manera en que una persona toma las riendas de su destino
es más determinante que el mismo destino.»
Karl Wilhelm Von Humboldt

Doña Severita reunió a sus cinco hijos frente a su cama. 
            —A ver niños, escuchen, si hoy no vienen los Reyes Magos no se vayan a poner tristes, recuerden que deben visitar muchas casas y en cada una dejar juguetes. Si no pasan aquí, no los vean mal; sean compartidos. Otros niños los necesitan más.
            —No se preocupe, ma’–dijo Cata, la mayor de los hijos–. Sabemos que los Reyes son Magos, pero tienen sus límites y no siempre les alcanza el dinero para comprar lo necesario.
            —Además –dijo Carmen, la segunda de las hermanas, que también tenía suficiente edad para comprender la situación– si les llegan juguetes a otros niños es porque los Reyes dan más a los que no reciben atención, así tienen algo para no extrañar a sus padres. Aquí, nuestro pa’ y usted, siempre están con nosotros. Si los Reyes Magos no dejan regalos, nosotros lo entendemos.
            De los ojos de doña Severita saltaron algunas lágrimas que intentó evitar. Pepe y Luis, los menores de la casa, se miraron entre sí. 
            —No llore ma’ –dijo Lipa, la tercera hermana y tiró de los pequeños para que todos juntos dieran un abrazo a su madre. Así permanecieron un tiempo unidos, hasta que don José, el padre de los niños, los llamó para que le ayudaran con los labores propias de la portería. El día avanzaba y había mucho quehacer en la  vecindad. 
            De inmediato, las hijas salieron para barrer los patios y limpiar los baños comunales; don José revisó las conexiones eléctricas de los adornos que los vecinos colocaron para las fiestas navideñas; Pepe y Luis, los pequeños de nueve y ocho años respectivamente, limpiaban paredes y regaban las plantas de la vecindad: macetones de pie y botes colgados en las paredes. 
            Lejos de sus hermanas mayores y de su padre, el pequeño Luis preguntó a su hermano:
            —Pepe, ¿crees que no pasen por aquí los Reyes Magos?
            —Pooos… no sé –dijo mientras ayudaba a Luis a subir a un banco para regar una planta en un tiesto de pared–. El año pasado lo mismo nos dijo ma’ y no nos trajeron nada; pero al vecino, sí. A lo mejor se pasaron de largo porque no pusimos el zapato.
            —No teníamos zapatos el año pasado, apenas nos los trajo esta Navida’ el Niño Dios –Luis  bajó y acercó el banco a otra maceta, ahora correspondía a Pepe encaramarse para echar agua a otro bote colgado–. ¿Crees que esté bien si los ponemos hoy?
            —¡Ni los traemos! En Navida’, los tuvimos y sólo pa’ misa los bajaron del ropero. ¡Pero hoy, Luisito, es una noche especial!, al rato iremos a la Alameda a ver el desfile de Reyes, cuando regresemos ya no se los damos.
            —¡Zaz!
            Los niños se vistieron con su mejor de su ropa, aunque con trabajo sacaron lustre a sus zapatos de segunda mano. Un delgado suetercillo cubría a cada cual, pero a ninguno le importó por la emoción de ver a los Reyes Magos.

            La Alameda Central de la Ciudad de México estaba algo lejos de la colonia San Rafael, donde vivían los niños. No les desagradó la caminata, sentían orgullo de sus zapatos lustrosos. Los adornos multicolores de calles, ventanas y balcones también fueron una poderosa distracción. Les emocionaba ver las largas tiras llenas de faroles con lucecillas en cada calle, con serpentinas y globos colgados.             Era muy raro encontrar una casa o vía sin motivos navideños. La ciudad lucía de mil colores.
            La avenida Juárez era un mar de gente. Las hermanas ubicaron a los niños entre ellas y se tomaron todos de la mano para evitar extraviarse. Lograron un buen lugar, al inicio de la banqueta y esperaron largo tiempo por los Reyes. En la espera Pepe y Luis se perseguían uno a otro.
            Los carros alegóricos por fin empezaron a circular. Personajes disfrazados los montaban. De los vehículos llovían dulces para la gente. Cada carro tenía un motivo y paquetillos promocionales de la empresa que los financiaba. Fue la delicia de los chiquillos. Muy pronto los bolsillos de Pepe y Luis estuvieron llenos de caramelos y chocolates, así que pidieron a sus hermanas auxilio para almacenar sus golosinas.
            De regreso abordaron un tranvía. El trayecto no fue largo, pero Luis se durmió. Bajaron en la parada del cruce en De las Artes y Manuel Altamirano, cerca de la vecindad. Tres calles debieron caminar para llegar a casa, todo el tiempo con las protestas de Luis que no soportaba el sueño.
            Al llegar, desvistieron al pequeño y lo introdujeron ya dormido a su cama. Pepe no olvidaba la visita de los Reyes Magos. Mantuvo su plan: esperó a que sus hermanas se fueran a dormir. Lento, se desvistió, dobló la ropa cuidadosamente y se quitó los zapatos con mucho sigilo… aguardaba con paciencia a que las luces de casa fueran apagadas.
            También quiso esperar a que su padre, el portero, regresara, pero esa noche tenía mucho trabajo, debía abrir y cerrar la puerta. Por alguna razón, todos los vecinos salían y entraban con regularidad. A Pepe le fue imposible esperar a que acabara el trasiego, así que bajó de la cama sin despertar a su hermano: no disponía de los zapatos de Luis, se los llevaron al ropero.
            —¡Ya está, usaré el mismo! los Reyes son magos y lo saben todo, así que lo entenderán. Sacó dos hojas de papel, las metió en su zapato y arrastró con mucho cuidado una silla para alcanzar la ventana.  Una gruesa tela impedía la entrada del frío y de las miradas indiscretas hacia el interior de su casa. Colocó su zapato de forma que sólo podría verse desde el patio interior de la vecindad, fuera de su casa. Si los Reyes Magos llegaban a la de enfrente, seguro verían su carta.
Regresó feliz a la cama.

            Por la mañana un grito de otro chiquillo despertó a Pepe.
            —¡Ya llegaron los Reyes Magos! ¡Ya vinieron!
            Sus hermanas ya estaban en la cocina, el olor a chocolate y a pan caliente invadían la casa. De inmediato se trepó a la silla para alcanzar de nuevo la ventana… y se llenó de sorpresa.
            Sin mayor demostración, llegó ya vestido a la mesa para desayunar. Doña Severita, don José y sus hermanas estaban en la mesa, incluso el pequeño Luis. Pepe desayunó despacio, en silencio y triste. Estaba por dar el último sorbo a su chocolate cuando escuchó al niño que vivía en la casa de enfrente. Con desconsolado llanto, gritaba a sus padres: les pedía que se quedaran a jugar con él. Ambos debían salir a trabajar… regresarían hasta ya muy noche y lo sabía el chiquillo. Entonces, su hermana Carmen preguntó a Pepe si deseaba más chocolate. Todo a su derredor pareció nublarse y ser invadido por el silencio. Se mantuvo sin reacción unos instantes. No escuchó la insistencia para beber más, pero era evidente cómo todos los de su familia charlaban y reían unos y otros.
Volteó a ver a Carmen que con una gran sonrisa le acercaba la jarra a su taza: toda su familia estaba ahí, reunida, feliz, riendo unos con otros…
            Ya no quiso. Apuró el trago que le faltaba e invitó a Luis a salir para ir con el vecino y estrenar sus juguetes. Ahora, sólo debía esperar hasta la siguiente Navidad para que el Niño Dios le completara su par de zapatos.




ATRACO DE BUENA FE
José Arturo Grimaldo Méndez

Los primeros días de diciembre de mil novecientos sesenta, los  ocho Tiraboleiros oficiales de la antigua Catedral de Santiago de Compostela, fueron cambiados de forma inesperada. Era la festividad de la Inmaculada Concepción y el número de fieles congregados en tan importante Santuario, era numeroso. Un poco antes, dos hombres se refugiaron en dicho lugar al ser perseguidos por unos policías, luego de realizar un asalto en calles cercanas. Con una actitud sumisa, como de falsa piedad, tuvieron que soportar el sermón del cura y la última parte de la ceremonia,  -por necesidad- pues de haber salido antes, la autoridad los hubiera reconocido fácilmente.
            Les llamó poderosamente la atención el ritual de incensar el recinto y la coordinación con la que lo hacían los encargados del Botafumeiro. Por unos instantes, sus miradas se cruzaron.
            ─¿Estás pensando lo mismo que yo, Lalo?
            ─Pero ellos son ocho  -respondió el amigo.
            ─No seas bruto. Me refiero a lo que pasaría si en lugar de incienso ponemos otra sustancia al contacto del carbón. Sólo tendríamos que reunir a seis amigos más  para que nos ayudasen a realizar toda la maniobra.
            Martín y Lalo se dedicaban a realizar cuanta actividad ilícita se les atravesaba. Sin embargo, éste último no comprendía aún los planes de su compañero. Terminado el “sacrificio” de haber oído casi la totalidad de la Misa, salieron del lugar y para su fortuna, ya no había vigilancia. Por el camino, Martín le explicó a su cómplice el plan maquiavélico que se le había ocurrido. Reunieron a los otros vándalos; les dieron detalles sobre el plan y cuáles serían las posibles ganancias; señalaron la fecha y la hora. Acordaron llegar puntuales, no levantar sospechas y actuar con mucha precaución.  Poco antes de comenzar la ceremonia, uno a uno entró al lugar donde se preparaban los Tiraboleiros oficiales. Los golpearon hasta dejarlos inconscientes. Los despojaron de las vestiduras propias de la ceremonia y amordazados, los encerraron en un pequeño almacén,  mientras llevaban a cabo su fechoría.
            Discretamente se colocaron en la nariz un tapón para evitar respirar el humo de la sustancia que colocarían  en lugar del incienso. Encendido el carbón, pusieron unas pastillas de Cocaloidina, cuyos efectos fueron, en esta ocasión, diferentes. Con los  primeros desplazamientos de aquel artilugio,  el lugar se llenó de una nube intensa que cubrió cada uno de los rincones de la catedral.  La gente extrañada, percibía un olor distinto, pero jamás se imaginaría que lo que estaban oliendo les ocasionaría un rápido y pesado sueño. Acto seguido, cuando ya todos  habían sido vencidos por un extraño cansancio y sopor desconocidos, dos de los malvados cerraron las puertas de acceso principal y con toda tranquilidad -como quien le quita el dulce a un niño-,  se dieron a la tarea de despojar de sus pertenencias a cada uno de los feligreses. Dinero en efectivo, relojes, celulares y todo tipo de joyas, fue lo que más recolectaron de cada una de sus víctimas.
Luego, con la mayor desfachatez del mundo, tomaron algunos objetos religiosos de gran valor y salieron por otra puerta.
            Para cuando los parroquianos despertaron del sueño y de la sorpresa, aquellos “finos” ladrones ya se encontraban muy distantes de allí y se disponían a contar el botín. El mayor robo de la historia en un lugar sagrado se había consumado.  El padre, aún aturdido y confuso, sólo se encargó de finalizar el acto religioso, como de costumbre:
            >>La bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo esté con todos ustedes. Podeis ir en paz, la misa ha terminado<<
            Lo curioso del caso, fue lo que algunos comentaban al salir del templo. “¡Qué raro!, hoy me siento como si anduviera en las nubes… más ligero y en paz conmigo mismo”.




*Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.

lunes, 7 de enero de 2019

UMBRAL



UMBRAL
Taller Literario Diezmo de Palabras

“La variedad de líneas y sucesos que pueblan estas páginas son prueba clara de ello, pues mientras unos nos llevan a los abismos de la indignación por los olvidos de siempre, otros nos hacen entender mejor las razones del cuerpo. Escriben como viven. Se parecen a sus palabras. A golpes de lenguaje nos recuestan y a golpes de lenguaje nos levantan de una brisa otoñal que resuena sus hojas como su dentadura un muerto”.
Herminio Martínez.

Todos los miércoles, un grupo de aprendices de brujo nos juntamos a la sombra del Maestro Herminio Martínez, quien falleció hace cuatro años, para continuar con su incansable labor: leer, corregir, dar y recibir sugerencias, consejos y opiniones sobre los textos que cada aspirante a escritor comparte con los demás colegas de armas.
            Con la convicción de que algún día podamos mejorar lo que escribimos, empuñamos la pluma del corazón y del alma para crear los textos que habrán de ser tallereados. Cada vez que algún compañero expone una parte de su intimidad creativa, la obra es tratada con respeto y honestidad. De esta manera todos aprendemos de los demás. Así nos enseñó nuestro Maestro. Así queremos continuar.
            “Poco a poco nos hemos ido acoplando, entendiendo, haciéndonos a la idea de que todos los hombres y las mujeres para algo hemos nacido: algunos nada más para acumular bienes materiales, otros para batirse a muerte en la arena de la política o de lo político; pero otros más, como nosotros, quizá para cavar a punta de alma nuestro destino en la cantera de la ilusión, buscando la belleza. ¿O qué otra cosa si no hace el poeta?”, escribió Herminio sobre el taller.
            Por esta razón, cuando el escritor Juan Manuel Ramírez Palomares nos invitó a que participemos para la publicación de un libro con textos originales del grupo Diezmo de Palabras, con la solidaridad que nos une y nos reúne cada semana, decidimos que todos tenemos derecho a colaborar con una parte de nuestra modesta obra literaria. Algunos escritores ya han sido publicados en antologías, libros individuales, periódicos y revistas; otros aún siguen picando piedra intentando sacar sangre de las lajas literarias. Pero casi todos, por primera vez, estamos reunidos en una obra que está dedicada a nuestro Maestro, Herminio Martínez, en su cuarto aniversario luctuoso. 
            Diezmo de Palabras está considerado como el taller literario vigente más antiguo y uno de los de mayor prestigio en Guanajuato y México. Durante los más de 28 años de trabajo continuo, todos los miércoles, de seis a nueve de la noche, en el pequeño espacio que ahora nos ofrece la Casa del Diezmo de Celaya, llueva o truene, abrimos las puertas para recibir el corazón de quienes anhelan reinventar el mundo. La ficción se vuelve realidad, la realidad se abre a otras dimensiones y todos, pero como si fuéramos uno, caminamos hacia ese lugar donde las ideas convergen para luego derivar en prisma que ilumine a otros aspirantes a brujos. Cada quien en la longitud que le tiene reservado su propio bagaje formativo.
            Atravesemos confiadamente este Umbral de intenciones y, sin prejuicios, dejemos que cada texto hable por sí mismo. Compartimos con ustedes parte de la sección de poesía publicada en nuestro libro más reciente. Vale.
Julio Edgar Méndez



VIOLÍN DE CUERDAS HÚMEDAS
Martín Campa Martínez

Los cuervos roban la tarde
y alguien maldice mis palabras.
La lluvia danza
para entretener a los difuntos
mientras el silencio ilumina nuestros pesares.
Soy vasija de barro malcocido,
bebo licores mezclados con el viento
o acaricio el espinazo que es la noche.
Dios es un violín de cuerdas húmedas
que solo suena entre mis manos.

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GOLPES DE HURACÁN EN LA MEMORIA
Diana Alejandra Aboytes Martínez


De tu mirada salen los silencios y las voces
faros intensos,
contraseñas del alma,
notas sueltas.
Golpes de huracán en la memoria
estremecimiento de ánimos en un grito retenido.
De tu mirada sale el hambre y el miedo
las hadas y los duendes,
ángeles y demonios.
Crece la noche, el día y los milagros…
La nostalgia que se oculta entre las zarzas
florecidas en la oscuridad.
De tus ojos nacen los versos que vuelan hacia dentro
mariposas encerradas en huertos solitarios,
en intento de encontrar compañía.
Es tu mirada la llave de mi historia
hecha con raíces de eternidad,
frutos y ríos que atraviesan el vientre del amanecer.
En tu mirada soy entraña de este tiempo sin tiempo
el más allá, las realidades, los ocasos.

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CITA EN EL PARQUE UNA TARDE DE NOVIEMBRE
Rafael Aguilera M.

La fuente musita la plegaria de la tarde.
La paloma abreva los últimos rayos del sol,
los  bosteza con vahos  matices mandarina.
El fantasma de Juan Rulfo, en la banca vecina
me mira con sus ojos tristes y melancólicos.
Le hago una reverencia respetuosa,
declama: “como la mariposa en la crisálida
el futuro está en el hoy y en el pasado,
van tomadas de la mano la vida y la muerte”.
Luego se desvanece en la bruma vespertina.
Un viento frío pasa cargado de nostalgia,
mariposas negras, ebrias de incienso,
vuelan inseguras, se pierden en el follaje.
Atrás de los setos, muchachas y muchachos beben
y apuran besos, rones y tequilas baratos.
Yo estoy impaciente, mi amiga tarda en llegar.
La inspiración también se aleja, huye de mí.

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DE AMOR
Georgina Gómez Chavarín


Te amo, te amo... te amo,
mil veces te lo digo y siempre
mi corazón lo siente.
Te amo de esa forma simple en que llega la lluvia
cuando nadie la espera,
como al aire que respiro sin preguntar
de donde viene.
Como al soplo del viento eterno viajero.
como a un rayo de luz, como a la noche.
como a mi libro más querido,
como el gusano ama la tierra
el niño el pecho que lo alimenta,
como el pie ama al camino.
Por todo y por nada, porque si, porque no.
Porque siempre...

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VISITA DE ALEJANDRA
Antonio Leal


Te besé en la clavícula un domingo no sé cómo
Pero sé que era perfecta,
la anatomía no se deduce
se ve.
Fue un domingo casi casi como otros
lento de familia y comida.
Te pedí un beso torpe y dijiste que, a pesar de todo
a pesar de mí, sí.
Te besé, como aquella vez
locos en un bar de otra vida de donde salimos en un taxi
a buscar nuestro cuerpo, sólido líquido de fuego.
Acaricié tu mano y seguí al cuello, no sé cómo.
Quizá como un caracol porque fue lento y hubo baba
(no sabía que eso te gusta)
y en tu boca habita el cielo, lo sentí con mi bigote.
Qué pequeño es todo en un momento
luego la nada de tus ojos de ave como si nada fuera nada de verdad.
Un beso, luego otro hasta que, a pesar de mí
dijiste sí, sí quiero un domingo lento no sé cómo.

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CICLOS
Soco Uribe


Olas de mi pasado giran en espiral.
Se deslizan sobre la arena.
Socavan mi quietud.
Vuelcan sobre mi playa dorada. 
Unas rompen en sonidos estridentes.
Otras, en suaves notas musicales.
En vaivén monótono, resurgen.
Emana la espuma del presente.
Su regocijo se esparce.
Penetra en la arena.
Se esfuma.
Retornan las olas.
Inundan el futuro incierto.
Lo ahogan sin piedad.
Y, en este ciclo sin fin quedo inmersa.

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ES DEMASIADO EL TIEMPO
Vero Salazar G.


Vivo sin lograr calmar el dolor
de mi corazón.
Remiendo el tiempo infinito.
El sentimiento se hace interminable
me abraza despacio en esta soledad.
Las lágrimas ruedan silenciosas, lentas,
se hace un nudo en mi garganta,
el dolor se eterniza en un lapso sin límite.
¿Por qué te diluiste
en esa mañana sin retorno?
No lo sé.
Me siento como un cristal roto
zurcido por el recuerdo,
solo existo para verte en la eternidad.

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AMIGO
Guillermina Carreño Arreguín

La sonrisa del viento llena mi espíritu
Hoy trajo de un callejero remolino
un granito de arena
para acariciar mi piel
y se aleja en una gota cristalina
atado al silencio del árido desierto.

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SOY VIENTO
Leticia Romero González

Soy viento, nube viajera, murmullo de mar.
Eco de tu voz que grita nuestros nombres
cuando subo al cielo infinito.
Voy como un arcoiris hasta otro punto del mundo.
Mi llanto cae sobre la arena,
granos de sal sobre más sal que viene del mar.
Se borran nuestros pasos sin dejar apenas huella.

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DESTRUCCIÓN
Salomón Figueroa Hernández

Todo es una dulce ilusión rota por los ojos del alma,
espejo desmoronado que tirita en las últimas galerías del cielo deshojado,
concentración de lágrimas esparcidas como rocío en flores muertas,
una creación de fango en galerías de cuadros descoloridos,
carta de suicidio sobre una mesa polvorienta con sangre fresca,
grave sonido de pistola y de cuchillo que rasga las entrañas.
Es casi una caricia dentro de las tripas que gritan hacia afuera
dolor de ancianos que reposan en la sombra de los hospitales.
Ya nada parece tener sentido, ni trayectoria, ni visión del futuro.
Es una línea que empieza con un llanto y se reduce poco a poco
hasta volverse un incómodo sonido de rezos amarillos.
Todo evoluciona, hasta destruirse, todo se vuelve cenizas dentro de urnas metálicas,
todo parece cruzar el umbral de la tortura antes de desmoronarse en silencioso suplicio.
Ahora solo la fe, parece ser la última gota de agua en el páramo de la vida,
una gota de amor dentro de este mar de desgracia, nos hace diferentes, humanos,
solo una gota nos hace sentir felices y plenos
mientras nos volvemos polvo en el ciclo de la vida.




domingo, 30 de diciembre de 2018

REGALOS INOLVIDABLES



EL REGALO DE MIS PADRES
Javier Alejandro Mendoza González

En vísperas de Navidad hay luces y esferas por todo lugar.  La gente da abrazos, regalos y nobles deseos.  Parece ser que por unos días un buen sentimiento nace en el corazón de los seres humanos.  Sin embargo, la alegría de fiestas y villancicos no es para todos. 

            Recuerdo que cuando era un niño veía la temporada de fin de año con cierta indiferencia.  Para mí y mis hermanos no había regalos ni pavo.  La habitación en la que vivía con mi familia –una pieza fría y sencilla, que era a una sola vez recámara, comedor  y cocina– era adornada por un pesebre, hecho con palitos de paleta, y una rama encalada, de la que colgaban heno y algunas esferas.  En ese tiempo mi padre no tenía trabajo; en la mesa había poca comida.  Seguramente que nuestra cena de Nochebuena, como siempre, sería pan y atole.
Luego de ir al mercado con mamá, mis hermanos llegaron a casa con una bella sonrisa.  Con gran ilusión, como la tienen los niños pequeños, me contaron la agitación que se vivía en toda la ciudad en vísperas de la Navidad; había movimiento y muchas ventas.  Los aparadores estaban llenos de ofertas y productos de la temporada.  En otros hogares, en esa noche tan especial había deliciosos platillos y, alrededor de un arbolito coronado con una estrella, muchos regalos.
            Sin dejar su alegría expresaron el deseo de que, por acto de magia, al sonar las doce del día veinticuatro, ellos también tuvieran un regalo.  Mi hermanito pidió un carro de control remoto; la niña –la menor–, quiso una muñeca, de esas que al apretarlas decían algunas palabras.  Yo era el mayor de los tres, ya me daba cuenta de la realidad, así que no pedí nada, aunque mi único par de zapatos ya estuviera roto.
            Papá se puso de rodillas para estar a la altura de los niños.  Con un tono suave nos explicó el verdadero sentido de la Navidad. 
            —No se trata de fiestas ni comida, ni de regalos y compras –nos dijo señalando el nacimiento que estaba en el rincón—.  Se trata de recordar que, en una noche fría, Dios vino a nacer en este mundo sobre un pobre pesebre para darnos un mensaje de amor y esperanza.
            Mamá complementó, mientras acariciaba mi cabeza:
            —Somos afortunados por pasar la festividad juntos y tener algo para comer.  Ya vendrán tiempos mejores.
            Cuando papá se puso de pie se tomaron de la mano.  Sus anillos de matrimonio chocaron.  Eran un regalo que tuvieron en su boda y lo único de valor que quedaba en la casa.  Se miraron fijamente.  Como lo saben hacer los que se aman, se entendieron sin hablar.
            Ese veinticuatro de diciembre, por un par de horas fui el hombre de la casa.  Papá y mamá salieron.  Antes de hacerlo me dejaron al cuidado de mis hermanos.  No debía dejarlos salir ni que hicieran travesuras.  Me pareció una tarea sencilla.  Pero tan pronto nos quedamos solos, los niños corrieron y brincaron; lloraron y pidieron todo.  En ningún momento le hicieron caso a las órdenes de su hermano mayor.
            Mi suplicio terminó pronto, cuando mis padres volvieron… con comida y cajas de regalos.  No fue por arte de magia que esas bolsas estuvieron sobre la mesa; fue por un acto de amor, que en su momento tal vez no supimos valorar.  ¡Éramos niños!  La emoción fue incontenible.  Hubo brincos, aplausos y sonrisas, pero tuvimos que aguardar unas horas más para abrir los obsequios.

            Al sonar las doce arrullamos la figura del Niño Dios.  Luego lo colocamos en el nacimiento.  Nos abrazamos, cantamos la letanía y escuchamos música alegre.  En la mesa hubo pollo rostizado, ensalada y ponche.  Luego de cenar, la niña abrió su regalo.  Se trató de la muñeca que quería.  El de mi hermano fue un carro de control remoto, y el mío, claro, unos zapatos.  Quedó por ser abierto el obsequio de mis padres.  Dijeron que lo harían después, ya que su mejor regalo era la felicidad de la familia.  Esa noche la disfrutaron como nunca. 

            Tal y como lo dijo mamá, con el paso de los años vinieron tiempos mejores, en los que ya no faltó el dinero ni la comida.  Mis hermanos crecieron; mis padres envejecieron.  La casa fue más grande.  En las fiestas decembrinas abríamos sus puertas de par en par, siempre conservando el verdadero sentido de la Navidad que cuando fuimos niños nos explicaron.
            En cada Nochebuena, alrededor de la mesa hay más gente y alegría.  A los pies del arbolito se colocan muchos regalos.  A pesar de que mi madre ha recibido vestidos, zapatos y demás, aún conserva la vieja caja de cartón forrada con papel llamativo y un gran moño; la caja, que entonces dijo, fue su regalo y el de papá, una caja vacía que nos dio alegrías e ilusiones, pero que nunca fue abierta. 
            Sin temor a equivocarme puedo decir que aquella fue la mejor de mis navidades… y la última vez que vi los anillos de matrimonio de mis padres.  Aún hoy les doy las gracias por su regalo.       



UN AMIGO INOLVIDABLE
Laura Margarita Medina

Los aparadores con sus luces de colores anunciaban la Navidad. Los pequeños se acercaban con sus padres a mirar con deleite la gran variedad de juguetes que eran exhibidos. Chucho, el único hijo de Ana, se acercó también.
       —¡Mira, mami, mira, ahí está el perrito Snoopy!
            —Mi amor, es muy caro, con el poco dinero que gano no me va a alcanzar -le dijo con dulzura.
            —Mami, se te olvida que se lo voy a pedir al niño Jesús. Mi maestra me dijo que se lo pida.
            La mujer, sin decir más, lo tomó de la mano y lo alejó de allí. Al día siguiente amaneció muy preocupada, faltaban escasos cinco días para la Nochebuena y no tenía dinero para comprarle algo a su hijo. Decidió encargar al niño con  una amiga, para ver si podía sacar algo de dinero haciendo alguna limpieza de casa, pero nadie le dio empleo y muy abatida caminó hacia a la vecindad donde vivía. En el camino, pasó por una tienda de telas y vio que había cortes de oferta. Compró algunos y pensó que con algo de imaginación podría elaborar ella misma el tan anhelado obsequio.
            Cuando su hijo dormía, ella con amor cosió cada trozo, imaginando el gusto que le daría a su pequeño.
            El día 24 de diciembre llegó, cenaron un pedazo de pollo y durmieron temprano. El día 25, casi al amanecer, se escuchaban los pasos de Chucho por todo el cuarto.
       —¡Mami, mami, despierta, despierta! Al niño Jesús se le olvidó venir, no me trajo nada -dijo desesperado y triste.
       —Busca debajo de la cama -contestó ella, somnolienta.
            El niño asomó  su cara y con su pequeña mano extrajo una deteriorada caja de zapatos. Al abrirla, su cara fue de asombro al ver el contenido.
       —¡Te dije mami, te dije!
            Ana se levantó y sonrió con satisfacción. Su niño estaba feliz con su Snoopy de trapo, el que se volvería su amigo inseparable.

            Chucho cumplió nueve años. Su madre ya tenía un empleo fijo y pudo organizarle una fiesta. Así que invitó a sus vecinos. Todos en el gran patio comieron y disfrutaron de la alegría del festejo. Ya de madrugada se retiraron todos. Ana, por el cansancio, se quedó dormida de inmediato, pero un ruido la despertó.
        —¿Qué haces, hijo? Vete a dormir, es tarde.
        —No puedo, estoy buscando a Snoopy y no está.
            La mujer se levantó de prisa y, efectivamente, el pequeño amiguito de su hijo había desaparecido. La noche fue larga para ambos en espera de preguntarles a los vecinos si alguien lo había visto. Todos dijeron que no. Chucho cayó en depresión. Su madre ofreció regalarle uno mejor, de fábrica, más caro, que hablara. Pero fue inútil, él solo quería el perrito que se había perdido.
            Navidades pasaron y ningún juguete fue mejor que ése. Chucho cumplió diez y ocho años. Desde ese día inició su gusto por el alcohol, mientras su madre lo veía crecer solitario. En su rostro siempre reflejaba nostalgia, que ella le atribuía al abandono de su padre. Duda que se desvaneció el día que encontró en un cajón una nota de su hijo que decía: “Snoopy, amigo, no sabes ¡Cuánto te extraño! ¿Dónde estás? ¿A quién le platico lo que siento? ¿Quién me escuchará como tú lo hacías? ¿Y dormirá a mi lado?”.
            Las lágrimas de Ana fueron incontenibles. Era evidente el gran valor que tenía aquel regalo, a pesar de todos esos años transcurridos y la invadió un sentimiento de impotencia.
            Diez años después ella murió dejando a su hijo solo. Esto incrementó un alcoholismo que más tarde lo llevo al hospital. Desgraciadamente, el día que se ingresó víctima de una ulcera gástrica, casi no había personal que lo atendiera por ser día festivo.
            “Qué mala suerte -pensó- todos divirtiéndose y yo, sin nadie”. De pronto la puerta de la habitación se abrió y entró un enfermero empujando una camilla. Dejó en la cama próxima a un pequeño niño, el cual era acompañado por una madre joven. Esta escena le hizo recordar su niñez y el gran amor recibido de su progenitora.
            —Mira, hijo, te traje algo para que te acompañe -dijo, depositando algo bajo la sábana.
            El joven, al ver el gesto de paz que le produjo el juguete que le depositaron a su lado, comentó:
            —Sé lo que es tener un buen amigo, yo tuve uno.
            —¿Quieres ver el mío? -preguntó el pequeño, con mirada inocente.
            Chucho no contestó y estiró su mano para mirarlo de cerca. Sintió luego cómo su corazón comenzó a latir con fuerza mientras las manos le temblaban por la emoción. ¡Era él, su Snoopy!, que parecía corresponderle con la mirada. Lo abrazó con fuerza y dejó que las lágrimas hablaran de su sentimiento, sin importar que lo miraran. Lo reconoció a pesar del color desgastado de la tela, de estar rasgado de las patas y, sobre todo, porque en una de sus pequeñas manos, él había escrito con tinta: "Chuchín".
            El niño, al ver la emoción de su compañero de habitación expresó con emotividad:
            —Te lo regalo, mi mamá dice que, si me dejo operar, el niño Jesús me traerá mi carro de bomberos.
            —Gracias, mil gracias, sé que así será -dijo, mientras un intenso rayo de luz iluminó la estancia aquel 25 de diciembre.



CENA DE NAVIDAD
Lalo Vázquez G.

            —A ver, niños, dejen de estar jugando y desocúpenme el horno. Saquen todo lo que hay ahí. José Juan, saca todos los moldes de panqué. Gustavo, saca harina y huevo de la alacena. Laura, pásame la mantequilla del refrigerador. Israel, tráete el bote de la azúcar. Eduardo, vete a la tienda por un kilo de huevo, color vegetal café, kilo y medio de azúcar y un kilo de mantequilla La Gloria, pero que sea La Gloria, porque si no, no me sirve. Córrele, pero ya estás aquí de regreso.
            Todos en acción y la mamá hace y dirige la orquesta.
            Caminando entre la gente, un enorme perro raza Collie, llamado Rubi, se paseaba por la cocina, como si también ayudara en las labores. De pronto, la mamá con un grito dijo:
            —¿Qué haces aquí, Rubi?, salte, salte, ándale.
            El perro, muy educado, se salió, se dio la vuelta y se volvió a meter.
            —Aquí está lo que me pediste de la tienda, mamá y aquí traigo tu cambio.
            —A ver, Lalo, con ese dinero que te sobró, ve otra vez a la tienda y te traes dos latas de lechera, cien gramos de bolitas plateadas de dulce y medio kilo de cocoa. Pero vuélale, ya estás aquí de regreso.
            Y así desde la mañana, todas las manos ocupadas en una u otra cosa, haciendo sopa, guisados y pasteles. La mamá fue elaborando con toda paciencia un pastel con forma de trineo y, a todo detalle, diseñó a Santa Claus y sus renos, cubierto con betún de chocolate, de tamaño muy grande. Además espagueti, bacalao y una riquísima ensalada de manzana, sin faltar el delicioso pavo navideño jugoso y doradito. El hermoso pastel se acomodó en la inmensa mesa del comedor junto con la vajilla, la cristalería y los cubiertos que obviamente los acomodaron entre todos, atropellándose unos con otros y hasta el perro, que con un grito lo corrían del lugar.
            Todos a bañar y arreglarse para salir rápidamente al templo que quedaba a solo unos pasos de la casa. Muy devotos, la mamá y sus hijos, con sus mejores vestimentas, salieron a misa. Contentos escucharon los villancicos y admiraron el bonito nacimiento que arreglaron en la iglesia y, al término de la celebración, regresaron a casa para disfrutar de la cena y con muchas ansias de abrir sus regalos. En la entrada de la casa los esperaban primos, tíos y abuelos. Todos se saludaron y, al entrar a la casa, muy grande fue la sorpresa.
            Todos se quedaron petrificados, el comedor estaba abierto, la mesa hecha un desastre; platos rotos, servilletas y cubiertos en el suelo; el pastel todo mordisqueado. Los guisados, uno a la mitad y, lo que quedó del pavo, tirado en el suelo. La ensalada volteada; el hermoso mantel blanco, decorado con nochebuenas pintadas a mano, tenía bien grabadas por todos lados las huellas del único culpable, el Rubi. Se había servido con la cuchara grande.
            Todos voltearon a ver al perro y el animalito echó sus orejitas para atrás. Y moviendo la cola, empezó a ladrar, como dando las gracias por sus sagrados alimentos.






*Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.

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