domingo, 27 de agosto de 2017

DESDE UNA VENTANA


DESDE UNA VENTANA

El maestro Herminio Martínez nos enseñó a asomarnos al mundo desde las ventanas de la imaginación. Cada semana, en nuestra reunión del taller Diezmo de palabras, las lecturas extendían sus alas para que pudiéramos remendar nuestras plumas y corregir el vuelo de las metáforas en prosa o en poesía. Para honrar su memoria, a tres años de su fallecimiento, le dedicamos esta página en nuestro querido Sol del Bajío con algunos textos de nosotros -sus alumnos-, que han sido seleccionados en concursos tanto en México como en España. Gracias, Herminio.
“Desde una ventana / cualquiera puede fotografiar los talones de la luna”. H.M.
Vale.
Julio Edgar Méndez



LA BREVEDAD DEL SER
Patricia Ruiz Hernández
Antología de Editorial Letras con Arte, España

El barco recién salió del puerto, a bordo lleva un pasajero. Navegará por las frías aguas del océano. Le esperan gratificantes experiencias, rutas jamás exploradas y bellos atardeceres. Por supuesto también habrá tormentas, pero sabrá enfrentar tales vicisitudes. Con seguridad será un viaje agridulce,  como la vida misma.
Al poco tiempo de zarpar la corriente lo arrastra, ¡algo pasa!, el barco presenta una inclinación peligrosa, parece que la embarcación se hunde, el casco está dañado, se observa humedad por todos lados.  El naufragio es inevitable y finalmente se va a pique.
Breve fue la existencia de un muñeco y su barquito de papel. 



PALABRA ESCARLATA
Diana Alejandra Aboytes Martínez
Antología Diversidad Literaria, España

Sobre el paisaje se extendió la espesa noche. En el balcón, las cortinas se ondulaban caprichosamente por el viento, la llama de una vela bailaba en el interior atenuando la iluminación; no obstante, era utilizada por el escritor; quien pluma en mano escribía otra de sus novelas oscuras, su género literario preferido.
Entrada la madrugada, el hombre pausaba su labor sólo para beber sorbos de café. Taza en mano, se llenó de asombro al detectar movimiento en su texto. Extrañamente era una palabra que saltó del papel a su escritorio. Sin darle tiempo a reaccionar, las letras corrieron por su brazo hasta meterse a su oído. El dolor era tan fuerte que el escritor se apretó con ambas manos la cabeza, sus tímpanos eran roídos a mordiscos. Comenzó a gritar pero pronto su voz se apagó…sus cuerdas vocales habían sido devoradas.
Las letras seguían torturándolo. Sus ojos comenzaron a sangrar, experimentaba tal suplicio, que en su desesperado intento por defenderse; se arrancó el globo ocular que rodó por el piso dejándolo embarrado de sanguinolenta viscosidad. El hombre cayó al suelo desangrándose.
Esa escena era igual a la descrita en su reciente novela.
Las letras ocuparon su lugar en el texto, juntas formaban la palabra “venganza”… ahora resaltaban por su color escarlata.




PRIETO PICUDO
Julio Edgar Méndez
Relatos Cortos El Grifo, León, España

Siempre había querido recorrer el Camino de Santiago pero nunca se decidió a emprenderlo. Hasta ahora, ya en el ocaso de su vida, se animó a llevarlo a cabo. Como no tenía la menor idea de dónde empezar, decidió llegar hasta la ciudad de León, en Castilla, para darse una idea de las distancias y derroteros a seguir. No quiso desaprovechar la oportunidad para degustar los vinos de la región. Lo primero que buscó, recién se hospedó, fue un bar para calmar la sed. Le dijeron que visitara el barrio húmedo y hacia allá se encaminó. No le prestó mucha atención a la maravillosa catedral y a unas pocas cuadras encontró Casa Benito, un bar muy tradicional. Calmó su sed, pero el Prieto Picudo, las tapas y la vista de tanta chica estudiante le dieron otro tipo de hambre...  Los primeros tragos de vino fueron tal como lo ponderan: fresco, seco, extenso y persistente. Los siguientes ya no supo definir a qué sabían. Departió con peregrinos y peregrinas en ese pequeño bar con paredes de piedra y mesas al exterior. No se despegó de su banco en la barra toda la tarde. Pronto estuvo tan a gusto que intentó conquistar a cuanta chica se sentara junto a él y, como ya se sentía fresco, seco, extenso y persistente y no era mal parecido, el destino le preparó un peregrinaje al cuerpo de quien ni el nombre llegó a conocer. Todo el peso de una vida sorteada en blanco y negro se le vino encima cuando ella le habló del Facebook, de bloguear y dejarse un Twitt de pocos caracteres en el alma, de postear y subir videos, de  shows on-line y apps para dirimir las irrealidades de la postmodernidad. Ella tenía pareja, él  ya tenía hasta nietos, pero el calor de los cuerpos es un  termostato sin ojos. Ella, empujando apenas los diecisiete con todo el ímpetu de sus senos erguidos y él, arrastrando sesentaypico con cuerdas y clavos de hambre de vida, ginseng y vaselina. Pero el deseo apretujado entre vinos y tapas, Prietos y Rufetes, no perdona al más tieso. Era una noche propicia, ¿hay de otras? Era tan chica, tan bella; eran sus ojos, sus labios: almohadas abiertas al infinito horizonte de cama maldita. Todas sus décadas juntas querían hacer nido entre las piernas endurecidas de la mujer casi niña, a quien su novio miraba con ojos de borracho sin chispa. El muchachito no era competencia para este lobo feroz de mares extintos, catador de tintos, rosados y de todos los colores; recuerdos ganados en tantas batallas de sábanas cloreadas cada dos horas, sin distinciones de clases, que él había encendido a fuerza de besos y embrujos de un hombre con todas las mañas sabidas y si no, inventadas.
            Platicaron, se liaron las manos, cruzaron miradas de abajo hacia arriba, tocaron por unos instantes los cuernos de una luna impostora, ni siquiera preguntaron los nombres. Sería por curiosidad, sería el alcohol, sería el bulto imprudente que trepidaba a cada mirada de los senos adolescentes, o el hambre en las seniles pupilas gastadas de ver a tantos y a tantas mujeres perderse en el anonimato de un bar; pero la chica aceptó la propuesta. Su joven galán ni se inmutó con el bye de su pareja cuando ésta le dijo que se mudaba de sitio. Ya estaba acostumbrado a los gustos cambiantes y arteros adioses de su novia. Sólo una advertencia le hizo:
            —¡Vas a tener que cambiarle el pañal al viejito!
            Salieron en busca de lo que hallaron: él, su destino; ella, su farsa. En el hotel los miraron con ojos de sueño y reproche
            Voces destempladas y falsos gemidos salieron del televisor cuando lo encendieron junto con las luces del cuarto. Las atenuaron antes de descubrirse antagónicos, y mientras la paloma se quitaba las plumas sin más trámite que sus ganas y sus alcoholes, nuestro don Juan pedía una botella de vino. Tinto no había y a ella le daba lo mismo, así que se conformaron con un Albillo.
            Él era todo un seductor de oficio; la joven, una ignorante por puro gusto. La alcanzó en la cama justo antes de que ella tirara la última pluma de tela que le cubría apenas lo que con alegría atisbaba entre piernas. La abrazó, la besó en la frente, le lamió los párpados, le sorbió los labios. Sabía a cigarro, a sudor, a espanto de mujer ante un hombre con ojos sin prisa. Recorrieron juntos todos los valles, montes y cuevas que encontraron sin opuestas barreras.  Brindaron con dos, con tres, con cuatro, con diez tragos que ella no supo cómo fue que se resbalaron por todo su cuerpo. Empapada en alcohol, creyó que soñaba la lluvia de espejos que repetían cada retrato, mientras trataba de sobrevivir sin ahogarse en el mar del hombre experto, del hombre que nunca había siquiera soñado que existiera.
            Fue su instrumento en ese concierto de sexo, delicia tras delicia, fue la noche robada al futuro que no volvería. Mil vueltas le dieron al ruedo, cien sombras les mandó la mustia luna para cubrirlos. Esa madrugada inventaron su propia utopía. Una historia de cuentos contados a ras de un colchón entre ciento y diecisiete imposibles posturas y una ambulancia que recogió los restos del hombre más feliz de todos los muertos levantados esa semana en el Camino de Santiago.



EL ENVIADO
Laura Margarita Medina
Érase una vez un Microcuento, Cuentos del Sótano, Editorial Endora

Como cada día, Rachel salió de la catedral. Un atractivo seminarista se acercó para pedirle un poco de dinero para su colecta. Ella se ruborizó y bajó la mirada. Pensó que Dios la había escuchado, sin imaginar que el nuevo enamorado, era solo un mensajero del diablo.




UNA VAQUITA MUERTA
Guillermina Carreño Arreguín
Lotería de Cuentos del Grupo Editorial Planeta

Nos envolvió a los seis con lo de una vaquita, comprada el día seis de diciembre, un mes antes de los reyes Magos, a las siete de la tarde y que terminara en seis para anotarle un triunfo a Santa Claus. El as del mal contra los reyes de la caridad, el seis mil seiscientos sesenta y seis contra la bondad. Todo humanamente calculado, donde no hubo seis fue en donde nos pidió la coperacha, aquí cortamos el seis, aquí estuvo la mera movida que nos llevó, tenía la delantera con toda la alevosía y ventaja en la punta de la nariz. A ella le dimos el efectivo y resultó ser la Sota de Espadas, se fue a la mera capital y con nuestro capital a comprar el entero, el mero bueno, ella por ser el número siete del grupo, el que significa la justicia, ¡justicia! Cómo se reirá de nosotros o quizás nos bendiga por confiados, por más conjeturas que me haga caigo al mismo terreno. Hace años y aún lo recuerdo, es difícil borrarlo del pecho, las jugadas de la suerte laceran bien los pensamientos, ella es la directa culpable de lo que las ladinas nos hacen, ¡carajo! ¡suerte! Cómo olvidar esta gachada, siendo hombres nos durmió una vieja. A estas alturas yo ya fuera millonario y no tendría que estarme toreando la crisis con una tilma, al contrario, me estaría riendo  de ella bien forrado y pueda ser que hasta con un carrazo del año. Muy feliz estará la Angelita y toda su esfera de retoños y hasta el Monke, bien millonetas a nuestras costillas y los que confiamos en su cochina conciencia, nos pudrimos apestados de rencor y resentimiento, lo hemos comentado y a los seis nos llevó el veneno vengador. Pero la Angelita sí que supo hacerla con el entero y su narizota metida en todo y nada infantil como la de pinocho, sino aguilucha, elefantosa y fálica, nos olió lo tarugo la indina. Ella pagó la otra parte, los viáticos, eso si es que le costó algo. Ya habíamos realizado otros papelitos con reintegro y nunca nos la hizo igual a ésta, vimos la cosa tan normal que le entramos, le dimos al mayor, aunque no tuvimos el papel en la mano nos apuntó el número, sí terminó en seis, tenía todos los datos que ella nos dijo. En la noche, lo supimos por los aparatos de comunicación, nos arrulló la llegada de la riqueza con planes y soluciones de lo más hermosas. Ilusos llegamos al trabajo de verdad puntuales para comentar que el número, nuestro número era el bueno, nos abrazábamos, no podíamos poner la mente en el trabajo, hacíamos planes locos de gusto, acordamos ir a cobrarlo a la mera Lotería, nuestras risas crecían a cada instante y se pegaban en los muros, en las máquinas. Solicitamos el permiso, los que no dieron sus múltiplos estaban llenos de envidia, lamentosos por no haberle entrado.  Se hizo tarde, los ratos también ya eran pesimistas, un mal presagio mordía nuestras lenguas, la Angelita no llegaba, los malestares ya salían de nosotros hasta por los poros, estábamos a punto del infarto. El superior recibió una llamada de Angelita, era de México, decía: Tengo permiso para cobrar un préstamo, les avisa a los compañeros que esperen, yo les llevaré su parte, aprovecharé el viaje para cobrar el premio, gracias. “¡El Premio!” gritamos todos entusiasmados y más nos la creíamos, la íbamos a celebrar en grande, afuera sueños quiméricos, no cabía duda, los seis éramos ricos, bailamos e hicimos teatro toda la tarde, todo se nos permitió en honor a nuestra riqueza, dejaríamos el trabajo por un negocio, un viaje por los mares, sus playas tendrían las familias. Ése fue el día más inolvidable de mi vida, todo me parecía de paraíso, la felicidad es hermosa, lástima que nos duró un día, sólo unas horas en las 24 de un reloj. Al pardear la tarde, acordamos visitar la casa de Angelita. Íbamos contentos, hasta un seis de cervaza se agitaba entre las manos.

La vivienda vacía, por las cerraduras dejaba ver los cuartos desocupados, se nos paralizó al corazón cuando alguien habló: “Nomás cobró la lotería, llamó a su esposo y todos salieron con maletas”. Por la noche murió nuestra vaquita y no dejó rastro.



*Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.

domingo, 20 de agosto de 2017

CORRIÓ EL RUMOR


CORRIÓ EL RUMOR
Herminio Martínez
 13 de marzo 1949 – 17 de agosto 2014

“Quiero bailar contigo en cualquier parte.
Tu lumbre no me espanta hija del viento,
tampoco el Diablo con sus cocodrilos.
Quieres venir, lo leo en los renglones
de tus pómulos.
En tu nariz con hambre de la mía.
Me moriría si yo no te llevara
como un escapulario en el pescuezo.
Conoces mis derrotas, pulmonaria,
vámonos pues, ahora, licopodia.
Verás bajar un ángel de su peana
para invitarte a ver el espectáculo.
Vámonos pues, ahora, flor de mirto,
vámonos a almorzar o a lo que gustes,
que animales de amor es lo que somos
y animales de amor siempre seremos.
Estírate, respira, resplandece,
ponte ya el corazón o la persona.
Ponte tu ojo de liebre, Salomé,
y baila aunque me corten la cabeza.”
Animales de Amor, Herminio Martínez

CORRIÓ EL RUMOR
Herminio Martínez

La lluvia de aquella noche había refrescado un poco el alba, mas en cuanto salió el sol, el clima volvió a ser el  mismo de antes, que oprimía a los pueblos de toda la región, metidos entre la hierba roja de las llanuras desoladas y los campos huérfanos de esplendorosas épocas. A cualquiera, el cielo le hubiera parecido una cazuela al revés, donde las nubes se freían como pedazos de algodón hechos de carne blanca, sólo el aire se presentía estático, al menos en aquélla hora, como si lo sujetaran con alambres y así lo retuvieran mientras los hombres conversaban. La gente sobrevivía de lo que el río iba dejando, pero jamás habían matado a nadie que no fuera una rana, una tortuga o un pez de los que abundaban ente los arenales de la orilla. Algunos tenían huertas de chirimoyos y guayabos; a otros les daba por cultivar limones, cilantro, calabacitas y pepinos para el consumo familiar. La sombra de los sabinos era de un verde deslumbrante y, al amanecer, a todos los despertaba la algarabía de tantos pájaros, que, perseguidos por la luz, se iban volando.
 El hombre estaba allí, entre la pared y quienes lo escuchaban predecir la dicha, mirándolo sostener una libreta roja en una de sus manos. Entre las sombras, sus ojos bizcos fulguraban, lanzándose miradas, como si el odio los impulsara a hacerse daño el uno al otro; tosía e intentaba fijar la vista ya en algún habitante, ya en el sacerdote Ángel Romero, a quien había pedido que lo acompañara a dirigirse a aquéllos seres, a los que él insultaba con el sobrenombre de ¡Apachitos”, en un último intento de convencerlos para que aceptaran el trato de irse con él a la nación del Norte. Era un señor altivo, de los que nunca o casi nunca alguien hubiera visto por ahí; fuerte, con una musculatura de cemento, pulseras de oro y ostentosas cadenas en el pecho como las de los narcotraficantes que de vez en cuando pasaban por ahí. Se presentó ante todos como el representante legal de una fábrica que prometía trabajo por sólo diez mil pesos de entrada y otros tres mil cuando hubiesen cruzado la frontera. A las mujeres se les imaginó un malvado, porque su cara, por el color de las hojas podridas del pantano, más que de buena gente, tenía esa otra actitud y el tono de la voz también lo denunciaba. Lo dijeron entre ellas, fundiéndose en preguntas, y él lo supo después y así le contestó al padre Romero cuando éste le comentó que las esposas dudaban de que su presencia allí tuviese otra intención:
—Piensan que usted es un hipócrita -le dijo-. Es lo que creen en este pueblo y otros… Lo sienten tan frío, que cerca de su sombra se enfermarían de gripa. Suponen que usted está hecho con la misma madera de aquel Jefe de Estado  que alguna vez ordenó bombardear las nubes con cloruro de plata para hacer llover, sólo que a la hora de la hora el experimento le falló, porque el muy bandido se robó la plata y sólo utilizó el cloruro.
—Algunas almas, como los lirios venenosos, florecen para matar con su hermosura –susurró, entornando los ojos, que ahora se le tornaron de mirar perruno.
—Estas personas han sufrido… No están acostumbradas a eso que usted anuncia. Sus tiempo han sido un puro navegar y padecer para volver a navegar.
—No vale la pena recordar los años ¿para qué?, ¿qué caso tiene? Todos se parecen a los otros.
—El corazón de algunos se encoje a veces de tal manera, que se queda duro para siempre como una nuez o un hueso de aguacate.
—Para eso estoy aquí: para ablandárselos. Ayúdeme. Dígales que les conviene, que van a hacerse ricos. Vendrán diez autobuses de primera clase para todos los que quieran irse.
Y la tarde, que entraba al templo por las rendijas de la cúpula, envolvió a la gente con una luz extraña, porque en cada casa, cada callejón, cada ser vivo, se tenía ya ese presagio.
—Piensan que usted es más que un mentiroso… –continuó-. Así me lo han venido repitiendo desde hace una semana.
—Y tienen toda la razón, porque tengo que parecer y ser enérgico en la selección de las personas: hombres que sepan y puedan trabajar en Alabama y Washington, Texas o California. Tocante a las mujeres, por lo que escucho, no pasan de ser unas perdidas… –agregó, burlándose-. Pero las mujeres perdidas son las más buscadas, ya verá usted cuando sus “Apachitos” se hayan ido. A estas vírgenes con los huesos de hombre les sobrará clientela –se quedó pensando, como si masticara vidrios.
—Una cosa es que la necesidad las obligue a sufrir al lado de ellos y otra, muy distinta, eso que usted supone o imagina.
—¡Ja! ¡Ja! –expresó, abriendo la libreta en una de las páginas-. Aquí va el corte –dijo-. Dígales que siguen ellos –y volvió a escupir-. Se volverán tan ricos, que en menos de dos años no encontrarán galera, casa o banco donde guardar tanto dinero.
—En esta comunidad los muertos pesan, sobre todo cuando estos insisten en hablar de cosas que sólo tienen cabida en un cajón de palo. Con decirle, que aquí ya ni los entierran, sencillamente lo echan al pantano.
—¿Qué cosa?
—Olvídelo
Un manchón de cuervos pasó gritando groserías como si también a ellos los hubieran ofendido, ofreciéndoles una felicidad que sólo se hallaba en el papel y no en el aire.
Los dos se vieron, como midiéndose su capacidad de persuasión: el padre Romero era un pastor querido, sabía escuchar y hacerse oír por todos desde la Encarnación hasta Tres Luises; Cruces Vivas  y El Rejalgar de Enmedio; Chilares, El Tule y El Dormido. El otro, ante los demás, no pasaba de ser un extranjero venido a proponer algo que a algunos les encendía el espíritu con la ilusión de conseguir empleo, pero a la mayoría los insultaba con sus números:
—Diez mil de entrada y el resto cuando crucemos la frontera –repitió, apenas diez segundos antes de que le cayera encima el primer golpe de los diez mil con que, sumando los rodillazos que el padre Ángel Romero le propinó en la nuca, lo echaron de este mundo.
—Los tres mil –murmuraron- los guardaremos para cuando otros como tú crucen la frontera para venir a hablarnos.
Y las mamás ya no se preocuparon, y el aire se soltó, y, ensombrecido, vigilaba su amor a cada instante, mientras los esposos y los hijos, al regresar de las parcelas, continuaron reuniéndose a la sombra de las casuarinas y los juncos, a recordar a aquél señor extraño venido al pueblo con sus ojos bizcos y la novedad de una esperanza, sepultado apenas a unos pasos de donde se cruzaban los caminos.


“Corrió el rumor de que una mujer y yo toda la noche ardimos y que hasta me persiguieron por el arroyo del Varal. Lo supieron en la Congregación de los Fulgores y en los Lloraderitos de Tres Tablas; también en El Pilar y en La Redoma,  allá donde se juntan los linderos de La Gavia y la Mocha. Algunos se atrevieron a regar por ahí que probablemente su desaparición haya tenido algo  que ver conmigo, porque qué casualidad que el personaje se esfumó así, cual si lo hubiese devorado la corriente, antes de que corriera aquel rumor. Pero no vayan a creer que lo buscaban para ponerlo a salvo, ¡qué va! Deseaban verlo para cobrarle sus mentiras, y aquel rumor juntó veredas para llevarlos hasta mí -desde Yuriria y Villagrán- y con ellos la orden de aprehensión que acá me trajo. Desde que Dios exprimió el universo para formar la tierra ¿ustedes creen que al verme así cualquiera hubiera pensado diferente? Soy un hombre que viene de la lluvia y de los pájaros, por eso sé contar la luz y el canto de cada amanecer. La vida está en los ojos y no en esas palabras que insultan con sospechas. Desde mi adolescencia mi gusto es andar por ahí nomás vagando, entonando canciones, comiéndome un melón, una sandía o hablando con el viento, asándome una ardilla, pero yo no participé en aquélla muerte ¡Dios me libre! Ustedes me trajeron aquí para acusarme, pero nada más. Uno se va haciendo viejo y los cansancios se acumulan: los de ayer y los de hoy con los de siempre. A veces duermo donde me cae la noche, como y bebo lo que hallo en los baldíos. Ando lejos, pero esa tarde me encontraba allí, aunque en la comunidad todos o casi todos piensan que no estoy bien y a lo mejor por eso ni se apuraron que estuviera viéndolos sepultar lo que quedó del hombre. Es verdad que lo vi quebrarse como un cántaro y derramar la vida como el agua podrida del pantano que llevaba dentro; sucedió que, de otras rancherías, andaban buscándolo para reclamarle sus engaños y al encontrarme a mí, en la carretera del Terrero, más de alguno insistió en que yo podría saber algo y me llevaron de una oficina en otra, siempre con la amenaza de que me iban a ahogar con una bolsa si no les decía para dónde se había marchado el individuo. Por supuesto que yo jamás les dije que estaba sepultado por ahí, cerca del río; dejé que hicieran y deshicieran su curiosidad y tanto enojo por el fulano a quien nadie, ni siquiera Ángel Romero, mencionaba. Era como si todo el mundo hubiese acordado nunca más hablar del mal recuerdo. Y yo me daba cuenta porque estaba allí, parado entre don Consuelo Albor y doña Petra Alfaro. Desde la mañana me había salido por ahí a buscar lombrices y me topé con unos tordos con quienes me puse a platicar del mundo antes de dejarme caer sobre un prado a oír crecer la hierba y sentir que todo mi cuerpo se vestía con esa piel de cosquillas que en el verano son las flores. ¿De qué se ríen? Más tarde, tras un sueño de perros y machetes, me fui con los borregos de Zenaido el “Mano de Chiva” hacia la “playita” donde se revuelca el río y allí volví a soñar y asé unos cangrejos y comí sabroso mirando tantas nubes, que me obligaron a dudar si no sería el rebaño de Zenaido echando carreras en el cielo. Fue cuando escuché las maldiciones, allí nomás enfrente, entre los sabinos de Teodoro la “Linternita Blanca” y el huerto de la iglesia; vi al padre Ángel Romero con un señor al lado, quien anotaba en un cuaderno y se reía de la gente que lo observaba como quien mira al diablo. Yo alguna vez lo he visto, por eso puedo decir lo que se siente y cómo hay que pararse cuando él te quiere abrazar con las llamaradas de sus ojos. El primer garrotazo se le dejó ir El Tijerillo y hasta el Mano de Chiva ya se encontraba allí, encabronadísimo; también el Pico Chulo, el Jajajá, El Coyote, los Amargos, Anastasio y  Juan Manuel, Zeferino Almanza y unos chavalillos con una maroma de paloencruz en cada mano. No hubo quien se quedara sin pegarle, aun el señor cura, que agarró una tarria para atajarlo a puros demoniazos. Yo continuaba allí, a dos nalgas, entre don Consuelo Albor y doña Petra Alfaro, saboreándome el último cangrejo en medio de las dos carreras: la de los borregos en el cielo y la de los habitantes de mi tierra; arriba los contendientes eran blancos, hechos de nube y agua; abajo, de sombrero y huaraches, hechos de rabia y gritos. Y no me retiré sino hasta que lo metieron al pantano, cerca de las casuarinas de don Meme Luna y los pirules viejos de mi tío Rosario”.


domingo, 13 de agosto de 2017

ÚLTIMO PEÓN DE LA PALABRA


ÚLTIMO PEÓN DE LA PALABRA
-Para Herminio Martínez-
13 de marzo 1949 – 17 de agosto 2014

Una nube eres tú. Mis quehaceres diarios. Mis escritos que aún no he tallereado y sigo esperando poder hacerlo algún día.
Contigo la luz de una metáfora nos incendiaba hasta los huesos.
Contigo hasta el viento era ese hermano perdido a quien abrazábamos.
Ya no tengo tus consejos ni tus llamadas de atención.
Y en este salón donde la magia germina como luz de luna, aún continúa un vientecillo gélido como tu ausencia.
Gracias te doy por la paciencia con la que moldeabas nuestras letras.
Gracias, maestro, por enseñarnos a navegar en ese embravecido mar de la vida.
Gracias, último peón de la palabra.
Martín Campa



PRIMAVERA EN MI ALMA
Martín Campa

Hermano, eterno habitante de "Machigua".
A estas horas el aire viene chicoteando
con su incesante silbido;
viene gritando, descalabrándose
contra la rudeza de los mezquites.
Viene la lluvia con sus lamentos
y sus hojas verdinegras.
Desde que te fuiste
punza una bocanada de tristeza
en mi pecho.
Recuerdo cuando me preguntabas,
después de tejerle la historia a mi sombra:
"¿Tú sabes a dónde van los ángeles
cuando el poeta canta el triunfo
de la primavera?"
La única respuesta era el silencio.
Y ahora estoy aquí, en tu pueblo,
buscándote en la humildad de tu gente.
Mírame, soy un soldado de las letras,
pues tú para eso me entrenaste.
Ahora vivo enamorándome del sol,
ese viejo astro que deslustra
a quienes siguen presos del insomnio;
y bebo las palabras que murmura el polvo,
quizá ahí pueda encontrarte.
Es primavera en mi alma, te digo,
y tengo heridas que aún no sanan.
Magulladuras por la noticia de tu muerte.
Me dueles como las cicatrices
que nos hace el mundo.
Me dueles como esas cenizas
que nos heredó la noche.
Te regalo mis acentos y un mar de congojas,
esa ciudad a la que acecha
la herrumbre del destino,
esa sed astillada que tienen los arroyos,
la soledad y sus goteras.
Sigues siendo un torbellino
que clava sus espinas en nuestros nombres.
Un recuerdo que estremece corazones.
Regresa, ven a derrumbarte entre nosotros
como un grito de amor.
A desbordarte en la tarde
con tus hierbas y alas de tordo.
Vuelve para que bautices la oscuridad
de las urbes.
Llueve ahora, Herminio,
pero tú ya no estás para asombrarte
con el vaivén de los aires de "Machigua".
Llueve y en la lejanía,
Dios esconde su brújula y moja sus dedos
en las pupilas de los hombres.

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SEMPITERNA ELOCUENCIA
Martín Campa

Partió una mañana gris.
Una mañana llena de pésames.
Y es que él ya quería conocer
a ese señor de camisa limpia
y manos descascaradas que es Dios,
y a las mujeres que se untan en los sueños
el olor de las manzanas.
Él ya quería ser parte de las novas,
asteroides y palabras luminosas
que rasgan el infinito.
Aquí nos dejó los nombres de sus difuntos
y el río nocturno
donde aún se ahogan sus fulgurantes anécdotas.
Las yerbas que sirven para sobrevivir en el mundo.
Y solo puso en su maleta
- debajo del satín de sus fiestas -
la hamaca donde se mecía
como los hilos extensos que tiene la inmensidad;
el bolígrafo
con el cual dibujaba en los atardeceres
pájaros de color verde, rojo o azul;
el humo verdinegro de su memoria
y hasta sus pantuflas de verbo sempiterno.
Sí, casi todo se lo llevó.
Mas no la fuerza de esas raíces
que lo hacían más sol, mezquite;
más tinta y hombre humilde.
Nos dejó esas raicillas húmedas
que son las que ahora nos sanan
de esta extraña oscuridad
que nos va pudriendo el alma desde su muerte.



¿QUIÉN SOY YO?
Martín Campa

UNO
¿Quién soy yo para llamarte
a estas horas en que el mundo
es un arcoiris que agoniza?
¿Quién para pedirte que vuelvas
a pulir ese aire que es mi alma?
Te fuiste porque en el paraíso
alguien necesitaba platicar con tu sombra
o quizá deseaba darte un abrazo.
Ya el cielo luce su máscara gris.
Esas letras que alguna vez me diste
son las que ahora trazan mis sueños.
Ahora soy un hombre desconsolado,
un triste poeta que sigue la ruta
de los recuerdos que olvidaste aquí.
Pero, ¿quién soy yo para molestarte
en tu sueño de vientos y nardos?

DOS
Este que está aquí,
acomodándole la camisa a la tarde,
es aquel que alguna vez
dejó abierto el zaguán de su existencia
para que entrara tu ánimo
a recortarle las palabras
y me quedo con mis lágrimas,
esperando a que venga alguien
a explicarme el por qué de tu ausencia,
y a ponerle un candado a esta tarde
que se volvió melancólica desde tu partida.
Y me sigo preguntando:
¿quién soy yo para perturbar tu sueño
que ahora está repleto de tordos
y vientos trasnochados?

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PÓCIMA INCONCLUSA
Martín Campa

Hasta el arcoiris me interroga
para saber si aún te recuerdo.
¿Cómo olvidar a quien me enseñó
a andar otros rumbos y dolencias?
¿Cómo romper la luna con mis latidos?
Además, ¿por qué habría de olvidarte?
si tú me enseñaste a no ceder ante el relámpago
ni a quebrarme con la ira que expulsan las tormentas.
He caído, sangrante, ante el embate
del invierno, pero no renuncio.
Fui pócima inconclusa, nube errante,
y hoy estoy aquí
de pie como los titanes.
Con el pecho encendido cual antorcha
o lava surgiendo de los volcanes.
Soy parte de ti, perpetuo mezquite.
Un poeta que continúa cultivando tu historia
para que tu recuerdo, en el corazón del viento,
siga madurando.

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IN MEMORIAM
Martín Campa

UNO
Hoy las letras se nos caen solas,
mientras la tarde
(muchacha de sonrisa infinita)
pareciera seguir hipnotizada
oyendo las pláticas de los hombres.
El mundo se ha llenado de luces
y música de tristes acordes.
La lluvia vino a recordármelo:
ya no estás aquí,
y un ligero golpe en la memoria
avisa que sigues doliéndonos.
Dueles como el soñador
que hoy no tiene qué comer
y al día siguiente tampoco.
Dueles como esa congoja
que aroma las salas de espera
en los hospitales.
Dueles en las pocas fotografías
que conservo de ti.
Dueles en los pasillos de tu estudio,
en tus hijos, en tus canciones preferidas,
en los ojos de quienes no te conocieron,
en las espléndidas hojas del recuerdo.
Dueles en la piel de tus ancestros.
Dueles como esa última plática
que le obsequiaste a tu esposa.
Dueles como debe doler la eternidad.

DOS
La palabra es un artilugio
que uso para que no duela tu ausencia.
Ahora soy un hombre
que cincela tu recuerdo
con el destello de algún ángel.
Quisiera tenerte frente a mí
para que escucharas
lo que sigo escribiendo
en mis constantes locuras.
Le grito a mi musa, como tú me enseñaste:
abrázame fuerte hasta que le hagas
una hendidura a mi esqueleto.
Estremece mis recónditas metáforas.
¿O acaso el amor no tiene huesos?

TRES
Sobre mí ha caído la sentencia del silencio
Los enemigos de tus letras
vienen a patear mi historia.
Tú me dijiste que ser poeta
no sería una tarea fácil.
Y más cuando la humedad crece
como los versos que un día perdiste
y ahora circulan, se esconden,
despellejan su tinta
sobre los libros de tu estudio
donde bebías café
mientras tu voz era sombra recién abierta,
rosa empapada de sol.

CUATRO
Hoy volví a viajar a Machigua.
Busco el aroma que es tu fantasma.
Tu recóndita palabra estremecida
donde la ciudad grita desnuda,
hambrienta como sus hijos.
Los grillos que hablan el dialecto
de la llovizna y los tordos.
Los itinerarios de tu sed.
La sencillez de los nopales
y la incomparable rugosidad del mezquite.
El puente donde las pupilas enverdecen
y se unen los labios enamorados.
El bosque donde las muchachas
recargan la seda de sus muslos.
Volví nuevamente
a caminar por estas calles,
buscando mitigar el dolor de tu partida.
Volví para sanarle a mi alma
sus incesantes dolencias.
Volví por si no recordabas
que el amor, al romperse,
solo es una sombra descarrilada.

CINCO
El viento pasa con sus pies polvosos
arrastrando la noticia
de un próximo aguacero.
Es tiempo de partir
antes de que la noche
deshoje tus historias
que huelen a nostalgia.
Vete y déjame el corazón
repleto de buenos recuerdos.
Vete, hermano,
pues ya viene la lluvia
latigueando la tarde.




*Invitación a lectura de la obra del Maestro Herminio Martínez, en su tercer aniversario luctuoso. Jueves 17 de agosto a las 7 de la noche. Sala Hermilo Novelo de la Casa de la Cultura de Celaya. Entrada libre.

*Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.

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