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domingo, 2 de noviembre de 2025

Las hadas verdaderas son de madera y alambre



 Las hadas verdaderas son de madera y alambre

Julio Edgar Méndez


Un anciano rey estaba preocupado por las constantes quejas que llegaban de todas partes de su país. Era un reino muy pequeño. Se podía recorrer a pie, empezabas el lunes y lo terminabas el jueves. Había un bosque, tres lagos, seis montañas, dos valles sembrados con frutas, flores, legumbres y algodón de azúcar. No tenía mar, ni playas, ni barcos piratas.

Todos los habitantes vivían más o menos felices, porque unos cuantos ciudadanos vivían mejor que otros. Pocos eran ricos y muchos eran pobres. Así que al rey le llegaban quejas de los abusos de los ricos. Solo que, como estaba ya muy viejito, no podía ir a ver personalmente los problemas. Sus consejeros y las personas que ocupaban los cargos públicos casi no le informaban lo que pasaba, creían que era mejor dejarlo descansar en la ignorancia.

Se le ocurrió una idea: Les pediría a sus tres hijos, porque no tenía hijas, que recorrieran el país y observaran lo que sucedía y conocieran personalmente el motivo de las quejas de los ciudadanos. Para motivarlos, les dijo que ya era momento de pensar en la sucesión del reino. Así que, debían buscar una esposa, conocer bien el país y proponer soluciones para mejorar las condiciones de todos los habitantes. Así que llamó a sus consejeros, al primer ministro, al director del tesoro y a sus hijos para darles la noticia.

—Hijos míos –dijo el viejito con voz cansada–, ya es tiempo de que alguno de ustedes se haga cargo del reino. Voy a heredar mi trono a quien sea capaz de lograr el siguiente reto. Aquí están los testigos para que todo se haga conforme a la ley de nuestro país.

Los príncipes debían emprender un viaje recorriendo todo el reino. Empezarían en el bosque, luego los tres lagos, las seis montañas, los dos valles sembrados con frutas, flores, legumbres y algodón de azúcar. Y no tendrían que visitar el mar, ni las playas, ni los barcos de piratas porque en ese país no los había. Deberían documentar todo lo que vieran, lo bueno y lo malo, escuchar a los habitantes y conocer el motivo de sus quejas.

La única regla, muy importante, era viajar solos, a pie, sin sus guardias ni asistentes y, además, debían buscar una posible esposa. Al hijo que volviera con los mejores planes y una futura pareja, el rey le daría el reino cuando muriera.

Así que los tres príncipes salieron a recorrer el país entero. El hijo mayor comenzaría el lunes, el hijo mediano lo haría el martes y el más pequeño en miércoles.

El hijo mayor era muy valiente y siempre andaba en pleitos para demostrar su valor.

El hijo mediano siempre andaba muy bien vestido, comía en los mejores lugares y usaba los mejores y más finos caballos.

El hijo menor, que no le gustaban los pleitos ni gastar tanto dinero en caballos, comida o ropa, prefería estudiar y platicar con toda la gente porque decía que siempre se aprende algo de alguien.

Cuando el hijo mayor salió del castillo, se le olvidó llevar un mapa, y como estaba acostumbrado a que alguien le dijera por dónde ir, no tardó mucho en extraviarse. Andaba bien perdido y con más hambre conforme pasaban las horas. Pronto llegó la noche y no tenía la menor idea de dónde estaba y qué hacer para comer. Creía que sería fácil cazar un venado de los muchos que abundaban en el bosque, pero como no había quién asustara a los venados para que pasaran junto a él, pues no había visto ni cazado algo. Ni siquiera un conejo.

Desesperado y con hambre, empezó a maldecir a los árboles, que ni lo escuchaban, a los animales, que no se veían por alguna parte y, finalmente, se puso a llorar de coraje. Justo cuando estaba llorando y con rabia pateaba el suelo, escuchó una voz que le decía:

—¿Necesitas ayuda?

El príncipe se limpió inmediatamente las lágrimas y con voz firme, dijo:

—El hijo del rey no necesita nada, pero puedo comprarlo si tienes algo de comida.

—Tengo comida, pero no está en venta, no es dinero lo que necesito –dijo la voz–.

El príncipe seguía sin ver quién hablaba, pero era una voz de mujer, una voz muy suave.

—Entonces, ¿qué necesitas? Yo te puedo dar lo que quieras por comida.

—Solo quiero tu promesa de que me ayudarás a salir del bosque.

—Pues si estás perdida, no te puedo ayudar porque yo tampoco sé dónde estoy, pero tengo dinero y con él puedes pagarle a alguien más para que te saque de aquí, o más bien, nos saque a los dos de aquí.

—Yo sí sé cómo salir de aquí, el problema es que estoy atada con cadenas y no puedo moverme de este sitio. Aquí tengo de todo y hay mucha comida, que yo no necesito.

 

Entonces el príncipe se acercó hacia donde salía la voz y casi brincó de la sorpresa. Pero como era muy valiente no gritó ni se echó a correr. Ahí, frente a él, ¡estaba una mujer de palo! Parecía un espantapájaros con el pelo de alambre.

            Alrededor de los palos, que parecían las piernas, tenía una gran cadena que la sujetaba a un enorme aro de acero. Podía moverse a gran distancia, pero no muy lejos. Un poco hacia el fondo había una choza muy pequeña que debía ser la casa de esta mujer de palo. El príncipe le dijo que aceptaba el trato. Si ella le daba de comer, él la sacaría del bosque. Entonces la mujer, cojeando un poco por el peso de la enorme cadena, entró a la casa y trajo de vuelta varios platillos con una comida muy sabrosa.

Una vez que el príncipe comió, le pidió a Dru, que así le dijo ella que se llamaba, que le dibujara en la tierra el camino para salir del bosque.

—Así, mientras aprendo el camino -dijo el príncipe-, te quito la cadena y te saco del bosque.

Dru le hizo un dibujo y le dio las instrucciones para salir de ahí, mientras aquel hacía esfuerzos como de que intentaba zafar la cadena de la roca. Pero entonces, cuando vio por el mapita que no era tan difícil salir de ahí, aventó la cadena y le dijo a la mujer de palo con una gran carcajada:

—¡Ahí te quedas, espantapájaros! Eres tan fea que no sé para qué quieres salir de aquí. Ni para leña sirves por flaca.

Y siguió su camino.

 

El segundo príncipe, que empezó su viaje el martes, también se perdió y llegó al mismo lugar donde estaba la mujer de palo. Cuando el joven vio a Dru, comenzó a gritar y a decirle:

—¡Fuchi!, ¡fuchi! –como si fuera un animal–. Pero como tenía mucha hambre, también aceptó el trato de sacarla de ahí a cambio de comida y un mapa. Pero Dru le dijo que otro hombre le había prometido lo mismo y sólo se burló de ella, así que necesitaba su palabra de que sí la ayudaría. El príncipe le dio su palabra. Después de comer y que ella le dijera como salir de ahí, la aventó a un lado y la amenazó con quemarla.

—La única razón de que no te quemo –dijo el príncipe mediano–, es porque realmente tu comida es muy rica y cuando yo sea el rey voy a llevarte de esclava al palacio para que seas mi cocinera.

Y se fue.

 

 

El tercer príncipe, que amaba mucho a su padre, comenzó su viaje el miércoles. Pensaba en todas las cosas que la gente le comentaba sobre el reino. Aunque había tierras, no podían sembrar porque nadie les prestaba para comprar semillas. Había mucha agua, pero los ricos y los amigos de sus hermanos príncipes, la desviaban solo para sus tierras. Y muchos problemas más de los que el rey no se daba cuenta porque nadie le decía nada, pensando que era mejor que el viejito rey descansara en paz.

Como el jovencito conocía casi todo el reino, no se perdió igual que sus hermanos, pero decidió ir a una parte del bosque donde nunca antes había estado. Y también se encontró con Dru, la mujer de palo.

Ella le aventó piedras y le pidió que no se acercara porque le lanzaría un hechizo que lo volvería sapo. Pero como el joven príncipe no era temeroso, se acercó más y entonces la vio. Pobrecita cosa, parecía una escoba con ropa y cabello de alambre. Él Le preguntó por qué estaba así y ella dijo que no sabía. Dru no recordaba nada de su vida excepto estar encadenada en ese lugar.

Compadecido de la mujer, el joven le dijo que le gustaría ayudarla, a pesar de que tenía mucha hambre y estaba buscando algo de caza para poder comer. Entonces ella le dijo que podía darle de comer si él le prometía sacarla de ahí. El príncipe le dijo que no era necesario que ella hiciera algo por él, sólo la ayudaría porque no le gustaba ver a nadie sufriendo. Así que sacó de su mochila una pieza de fierro y con ella hizo palanca entre los aros de la cadena para liberarla de los pies. Cuando le tocó la pierna de palo, ella gritó de dolor.

—Si me tocan me duele muchísimo, por eso es que no puedo jalar yo misma la cadena, aparte de que me puedo quebrar muy fácilmente.

Entonces, con mucho cuidado, el joven comenzó a limar poco a poco los eslabones. Como tardarían mucho, Dru le dijo que ella le daría mientras de comer. La comida era muy sabrosa, conversaron un buen rato y entonces comenzó a llover.

—¡Rápido! –dijo Dru– métete a la casa, la lluvia me afecta muchísimo porque me hincho y me duele más la cadena.

Se metieron a la casa y entonces el príncipe quedó muy sorprendido. La casita estaba muy limpia y era muy linda. Con ramas, hojas, flores y pétalos la mujer de palo había construido una casita muy bella. Había nidos de pájaros, ardillas y mariposas que parecían pinturas. Un pequeño fuego dentro de una chimenea tenía una cazuelita donde estaba el guisado que ella le diera a probar.

—¿Como cazas la comida? –preguntó el príncipe–.

—No cazo la comida, lo que estás comiendo son hongos y vegetales que siembro aquí mismo, atrás de la casa. Yo no como, no puedo, preparo la comida por gusto y para los animalitos que siempre me visitan.

Así que siguieron platicando toda la tarde mientras llovía. Ella sabía mucho de animales y de siembras y le dijo que había descubierto que hay una relación entre los meses del año y la forma de sembrar. Conocía perfectamente cada planta, árbol, fruto o semilla de su alrededor. Incluso, le dijo, que observando a los animales se puede saber si una cosecha es buena o mala. Pero de ella misma no recordaba nada. Con cada tema que hablaban, el joven príncipe se interesaba más y más en Dru. Por momentos le parecía ver que sus ojos cambiaban de color. El cabello de metal parecía menos áspero y la voz más dulce.

Poco a poco se fue quedando dormido por el cansancio. Entre sueños veía a Dru muy distinta, el cabello era muy negro, los ojos de un café claro muy brillante y el cuerpo no era de madera, por el contrario, era un cuerpo normal, de una mujer muy linda. Al despertar, se dio cuenta de que Dru ya no tenía la cadena que la sujetaba y estaba cantando mientras preparaba el desayuno.

Ella le dijo que, como premio a su bondad, le había preparado comida para un largo camino y le diría a todos los animales que conocía, que estuvieran cerca de él por si llegaba a necesitar algo. El príncipe le preguntó que a donde iría ahora que era libre, pero ella no sabía qué contestar porque aún le parecía un sueño el ser libre.

 

 

El joven le dijo que lo acompañara a recorrer el reino ya que como ella sabía tanto y de tantas cosas le sería de mucha ayuda. Dru aceptó con mucho gusto y los dos salieron del bosque a los caminos.

Lo que no pensaron, es que Dru era tan extraña de apariencia, que la gente que los veía inmediatamente se alejaba gritando o les aventaba piedras sin darles oportunidad de explicar nada. Al acercarse a una pequeña aldea, la gente empezó a decir que estaban embrujados, que él era un hechicero y cosas así.

Les aventaron muchas piedras y la gente comenzó a pegarles. Dru gritaba mucho porque cuando la tocaban era un dolor muy fuerte. El joven príncipe le decía a la gente que él era el hijo del rey, pero no le creían, porque decían que ya habían pasado por ahí los hijos del rey y eran muy distintos.

—¡Ellos viajan con sus asistentes y en buenos caballos y tú pareces un pordiosero! –le gritaban–.

Así que el más pequeño de los hijos del rey se enteró de que sus hermanos hacían trampa.

A gritos, Dru les dijo que los convertiría en sapos si no los dejaban en paz y la gente se alejó, todavía les siguieron un tramo de camino hasta que se perdieron al internarse de nuevo en el bosque.

Todas estas cosas le hacían pensar al joven príncipe que algo estaba mal en el reino y es que tal vez la pobreza también era culpable de la ignorancia.

Mientras seguían caminando de nuevo, Dru le contó de los otros dos jóvenes parecidos a él, se habían burlado de ella cuando les pidió que la ayudaran. Pasaron los días y cada vez platicaban más de otras cosas, incluso ya la gente comenzaba a dejar de molestarlos al ver que Dru no era ni bruja ni mala, pero nadie recordaba haberla visto antes.

Y caminando, caminando, llegaron de vuelta al palacio. Una vez ahí, el Rey recibió a sus tres hijos, que ya habían vuelto todos y los dos mayores le presentaron a sus prometidas.

El Rey felicitó al hijo mayor porque trajo a una mujer muy rica, de otro reino. Al segundo también lo felicitó porque trajo a una mujer muy bella, de un reino algo más lejano. Pero al ver a la mujer que acompañaba al más pequeño, sólo le dijo:

—Ay, hijo, de veras que eres un buen muchacho, siempre ayudando a los débiles y a los pobres. En fin, ya veremos quién se queda con el reino.

No le dio tiempo al príncipe de explicarle que Dru no era su novia, sino que la trajo para que ayudara en las tierras con los campesinos. El Rey ya tenía todo preparado para las bodas y las pruebas que debían pasar las futuras esposas y sus hijos para heredar el reino.

El anciano rey decía que un hombre inteligente y capaz escoge una esposa igual, así que, para no dejarse llevar por el amor de padre, elegiría a su sucesor de acuerdo a la capacidad de sus futuras nueras. Les pidió que escogieran una propiedad, de las muchas que había cerca del palacio, la decoraran como la casa de un príncipe y le prepararan un banquete digno de ganarse un reino.

La mujer del hijo mayor escogió un palacio enorme y lleno de sirvientes. Decoró el lugar con muebles de oro y plata, con lujo y esplendor. Luego organizó un banquete al que invitó a todos los ricos de aquellas tierras y sirvieron la comida más cara que pudieron preparar sus muchas cocineras.

El rey dijo: —¡Qué gran fiesta!

La prometida del segundo hijo, escogió un palacio con muchas torres y lo llenó de muchos guardias, todos con uniformes muy bonitos y muy vistosos. Ella se compró vestidos de todo el mundo y a cada hora se cambiaba de ropa. Vinieron peluqueros de los más caros y la arreglaron con tanto esmero, que quedó como toda una reina. El hijo del rey, mientras tanto, se encargó de que en la cocina hicieran la comida más abundante que pudieran.

El día del banquete, el Rey dijo: —¡Qué gran comida!

 

 

Y el hijo más pequeño, que no sabía qué hacer porque ni Dru era su novia, ni le interesaban los banquetes y los lujos inútiles, le preguntó a la mujer de palo cómo iban a resolver todo este lío y aparte ayudar a su padre que ya era muy anciano y sus hijos mayores sólo estaban interesados en el dinero y el poder.

Ella le dijo que no se preocupara, pero él no estaba muy tranquilo. Ya con los días de conocerla había notado que de veras era muy inteligente y bondadosa y el joven se sentía muy bien con ella y Dru también lo veía con ojos distintos, pero esto no servía de nada porque seguía siendo de palo y de alambre. El joven príncipe decidió confiar en ella y mientras preparaba todo, él se fue a ayudarle a su papá a revisar el reino y los problemas que todos los días se presentaban. Sobre todo, ahora que trajo anotadas en su libreta cada una de las quejas de los ciudadanos y la manera de resolverlas.

Dru escogió una casa muy linda en una pequeña colina desde donde se veía el palacio del rey y casi todo el pueblo donde vivían. De esa manera, decía, podrían saber si al rey se le ofrecía algo o a alguna persona del pueblo. No buscó cocineras ni sirvientes, sino que se puso a decorar ella misma la casa. Pero como era tan amable y bondadosa, algunas mujeres le ayudaban de vez en cuando. Dru buscó muebles muy cómodos y que no fueran caros pero muy bonitos. Preparó una comida muy sabrosa y abundante, porque dijo:

            —Si le gusta al rey, seguro le gustará que también su familia y todo el pueblo la pruebe, sobre todo los pobres, que son muchos.

Así llegó el día del banquete y Dru le pidió al príncipe menor que invitara a sus hermanos y a sus futuras esposas y a todos los del pueblo que quisieran asistir. El Rey estaba algo desconcertado con tanta gente, pero al sentarse en los muebles del comedor le encantaron por cómodos y se puso de buen humor.

A los hermanos príncipes les disgustaba estar cerca de la mujer de palo porque se habían burlado de ella y consideraban a su hermano menor un tonto, por no haber hecho lo mismo que ellos y dejarla abandonada en el camino.

Las futuras esposas de los príncipes estaban molestas porque a una le chocaba la modestia de la casa, la falta de criados y la fealdad de Dru. A la otra le molestaba ver a los pobres comer con ellos porque le daban asco. Tenía miedo de que algo les pasara porque no había guardias cuidando la casa. Pero al hijo menor la comida le encantaba, la casa lo hacía sentirse muy cómodo y a gusto y le parecía correcto que también los invitados pobres tuvieran algo sabroso que comer en ese día especial. Y no le importaba que Dru fuese de palo, porque su corazón era suave y era dulce. El rey dijo:

—¡Qué buena comida, qué conversación tan agradable, qué casa tan linda y qué mujer tan amable! Mañana les diré mi decisión.

Al otro día, las futuras esposas llegaron al palacio del rey. La novia del hijo mayor venía llena de joyas para demostrar cómo debe verse una reina. La prometida del segundo hijo venia con muchos adornos en el pelo y mucho maquillaje en la cara, porque decía que así debe verse una reina. Y Dru, con el cuerpo de palo, como escoba, con los cabellos de alambre, venía con un vestido sencillo pero muy bonito y con una sonrisa muy contagiosa. Ella le dijo al príncipe más joven,

—Pase lo que pase, el Rey siempre tiene la razón.

Entonces el rey dijo:

—Hijos míos, he tomado mi decisión. El mayor de ustedes tendrá una esposa elegante que lo hará muy feliz con tanto lujo y derroche, por eso no le dejo el reino, porque no le duraría mucho tiempo. Mi segundo hijo será muy feliz con su bella esposa y tendrán hijos muy bonitos llenos de mucha seguridad, por eso no le dejo el reino, porque usarán tantos guardias para cuidarse que van a descuidar al pueblo. Y mi hijo pequeño, que siempre ha demostrado ser más inteligente, escogió a la mejor mujer porque es sabia, trabajadora, precavida, y quiere tanto a mi hijo, que a pesar de las burlas que todo el mundo le hace a ella y a él, Dru a todos los trata con amabilidad y se ha ganado el amor y la confianza de mi pueblo, aún más que yo mismo. El reino será para mi hijo menor.

Unos aplaudieron y otros se quejaron, pero la decisión estaba tomada.

Esa misma semana se casaron las dos parejas mayores, pero el más joven estaba un poco triste. Se había dado cuenta de que amaba a Dru, pero ella era como una escoba y ni siquiera podía tocarla porque le producía dolor.

Dru le dijo que ella se había enamorado de él, aunque entendía que no era posible que ellos fueran una pareja. ¿Cómo se vería que el futuro rey se casara con una escoba? Una noche, mientras todos dormían, la mujer de palo salió despacito de su casa y se volvió al bosque.

Cuando el joven príncipe se enteró, la fue buscar hasta que le encontró. Dru estaba sentada junto a un pequeño arroyo de agua cristalina. La luz del sol hacía brillar su cabello. El joven se acercó, incrédulo, porque en ese momento, los hombros de la joven se ensancharon, el cabello creció y se hizo de un color negro brillante. Dru volteó a verlo y su rostro ya no era de madera. Tenía los mismos ojos inteligentes, la sonrisa bondadosa y el cuerpo como cualquier mujer.

Tal vez solo era necesario ver más allá de lo aparente. Porque nadie encontró una explicación porqué Dru antes era de palo y dejó de serlo.

 

Esta historia me la contó mi mamá, Sarita, cuando yo era niño. Ella me enseñó que las hadas verdaderas también son de madera y de alambre, de cepillos, escobas y trapeadores, de sopa caliente en medio del frío, de risas, de besos y abrazos. De noches enteras cuidando a sus hijos enfermos, llenas de amor, de paciencia y de cuentos.

FIN




Julio Edgar Méndez es coordinador del Taller Literario Diezmo de Palabras. 

Este cuento forma parte del libro Cuentos para no caerse de la cama de 2024.


Disponible en Amazon.

También se encuentra publicado en el libro Las hadas verdaderas son de madera y alambre.


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www.julioedgarmendez.com

www.diezmodepalabras.com



jueves, 30 de octubre de 2025

Las muñecas

 


Las muñecas

Vaitiare Nieto Téllez

 

La noche estaba fría. Los perros no dejaban de ladrar. En el aire había un olor a pantano. Pocas personas se animaban a salir de sus casas.

            Hacía tiempo que quería conocer el Museo de las Muñecas, me dijeron que había muchas y con vestidos típicos de varias partes del mundo. Cuando llegué al museo las muñecas estaban fuera de sus exhibidores. Estaban de pie, en medio del patio, parecía que hacían un ritual, me vieron y me quisieron atacar. Yo salí corriendo hasta que llegué a mi casa.

            Entré a mi cuarto y vi una nota que decía. “Hola, hijo, te preparé una cena, te acabas todo”. Me di cuenta de que esa no era la letra de mi mamá. Escuché un ruido raro. Eran un monstruo del pantano y las muñecas del museo, estaban detrás de mí. Las esquivé y corrí hasta la plaza. Vi que eran las 3:00 de la madrugada. Grité y nadie me escuchó. Las muñecas eran amigas del monstruo. Había una playa cerca, corrí y corrí hasta que llegué a donde estaba un barco chiquito. Me subí y remé para alejarme. Las muñecas sabían nadar y me siguieron.

            Me alejé mucho, hasta que no vi mi pueblo. El agua se volvió negra. En el barquito había comida y agua. Comí, tenía hambre. Ya no veía a las muñecas, solo al monstruo, a lo lejos. Escuché una voz que me decía: “¿qué haces aquí?, esta zona es no es segura, ven, sube a mi barco”.  Cuando subí el bote se movió, estaba suavecito, parecía un colchón, me di cuenta de que todo era un sueño, en ese momento me desperté. Tal vez cené demasiado.


Cuento infantil escrito la niña Vaitiare Nieto, quien forma parte del Taller literario Diezmito de Palabras. Imágenes creadas con IA. Forma parte del libro Cuentos para no caerse de la cama de 2024. Disponible en Amazon. www.diezmodepalabras.com/diezmito.html

La gema oscura

 


La gema oscura

Victoria Vázquez Tirado

 

Erwin nació en Celaya. Era una niña con ojos y cabello del color de un cielo nublado. Aunque era linda y tranquila, sus padres la maltrataban, casi siempre le pegaban y le gritaban. Le daban de comer solo una vez al día, por eso ella comenzó a guardarles rencor.

            Al cumplir veinte años se escapó de su casa y se fue a vivir al bosque, a una vieja cabaña abandonada. Finalmente se sentía libre. Una tarde nublada cayó un meteorito tan rápido que no lo vio venir. El meteorito quemó todo el bosque, el incendio duró algunos días y cuando se apagó, decidió acercarse a ver el lugar. Cuando llegó hasta el sitio del impacto encontró medio enterrada una gema de un color negro como la noche. También había un metal brillante y muy duro junto a la gema.

            Cuando tocó la gema se formó un vapor que, moviéndose entre la gema negra y el trozo de metal, comenzó a entrar por su boca y nariz. Sus ojos cambiaron del color azul nublado a un amarillo verdoso. Su aspecto también cambió, era otra persona, con una mentalidad distinta. Comenzó a escuchar voces en su cabeza, que le daban instrucciones.

            Con el metal construyó un cetro y en la punta de arriba le colocó la gema. Lo agitó como prueba y de la nada cayó un rayo rojo justo en el lugar donde ella apuntó. Se dio cuenta de que la gema tenía un poder inmenso de destrucción.             Después de algunas pruebas más, se encaminó a la ciudad donde nació y comenzó a causar caos y destrucción en varias partes. El rencor hacia sus padres le hizo odiar a toda la ciudad. Pronto su sed de caos no paró y destruyó ciudades enteras, las autoridades intervinieron pero era imposible derrotarla, ya que su poder era inmenso.

            Sin saberlo, desde el día que cayó el meteorito a la tierra, otra persona también encontró una gema y parte del desconocido metal. La chica se llamaba Miranda. Ella también tenía un cetro, pero lo había mantenido en secreto hasta que supo de las terribles noticias por el desastre causado por Erwin.

            La gema de Miranda era de color azul celeste. Pensó que quizás esta era la razón de que encontrara la gema y el metal, porque descubrió que tenía poderes. Viajó desde los Estados Unidos, donde ella nació y buscó a Erwin. Siguió su rastro por varios días hasta que la encontró y la enfrentó. Comenzó una pelea que duró tres horas seguidas hasta que Erwin no aguantó más y terminó derrotada y las autoridades la arrestaron.

 


Ese no sería el final ya que se había quedado con un pequeño pedazo de la gema, el cual utilizó para escapar. Aunque el pedazo era pequeño, tenía el suficiente poder como para romper las rejas y unos cuantos muros, solo le faltaba encontrar el cetro que estaba en un laboratorio donde estaban examinando la gema y el metal. Usó el pedazo de la gema para infiltrarse y robar el cetro.

            Cuando de nuevo lo tuvo en sus manos salió rápidamente de ahí, pero en el camino se encontró con Miranda, su mayor enemiga hasta la fecha. Esta vez, en lugar de quedarse a pelear, se fue porque sabía que no era rival para ella. Salió corriendo al lugar donde cayó el meteorito y empezó a recolectar el resto de metal y también buscó otra gema, pero solo encontró más metal. Así que pensó en donde podría encontrar otra gema, y se le ocurrió que podría buscar otro meteorito.

            Buscó por todo México, sin éxito. Cuando estaba a punto de rendirse fue al lugar donde cayó el primer meteorito pero no encontró algo. En su lugar estaba la gema azul de su enemiga, Miranda y junto a la gema había una nota que decía: ¿Es esto lo que buscabas? y firmaba una persona llamada Ana.

            Extrañada tomó la gema, esta era de un color parecido al mar. Se fue a una casa abandonada a construir otro cetro aparte del que ya tenía, pero rápidamente descartó la idea y decidió unir las dos gemas para conseguir otra más poderosa.

            Después de unir las dos gemas usó el metal para construir un segundo cetro. Mientras tanto, Miranda estaba desesperada buscando su gema, pero por más que buscaba no encontraba nada, estaba completamente segura de que Erwin se la había robado, pero a la vez temía que si eso era cierto, sería el fin del mundo.

            También se preguntaba cómo le había podido robar su gema, ya que estaba resguardada en un lugar súper secreto, que además estaba lleno de trampas y de guardias. De pronto, de la nada se rompió la pared y apareció Ana. En ese momento Miranda no sabía que aquella chica se llamaba Ana, ni siquiera sabía quién era, entonces Ana le dijo su nombre y le entregó un pedazo de la gema de Erwin. Ana le dijo que tenía que usar ese pedazo para construir un arma y, antes de que pudiera decir algo, Ana se esfumó.

            Ahora Miranda tenía tres problemas, averiguar qué arma hacer, por qué razón Ana tenía un pedazo de la gema y por qué se la dio. Después de pensar un poco llegó a la conclusión de que esa chica le había robado su gema, pero… entonces ¿por qué le dio ese pedazo de la gema? ¿De qué lado estaba? No lo sabía, o quizás ella no fue la que le robó su gema, Todo era tan confuso, le dolía la cabeza de tanto pensar, pero tenía que hacer algo pronto.

            Mientras tanto, Erwin iba camino adonde estaba Miranda, en ese momento no pensaba en nada más que en ir a vengarse, iba tan rápido que parecía una estrella fugaz, en eso algo le cayó en la cabeza, alguien le lanzó una roca, se detuvo y qué gran sorpresa se encontró cuando vio a su madre, al parecer su madre sobrevivió al desastre que hizo en su ciudad. Su mamá le siguió lanzando rocas. Erwin la ignoró y siguió su camino, pero su mamá la empezó a perseguir y le siguió lanzando rocas:

            ̶ ¿¡Qué quieres!? -le dijo, desesperada-.

            ̶ ¡Quiero detenerte antes de que destruyas todo! -contestó su mamá rápidamente-.

            ̶ Pues sigue intentando, no lo vas a lograr. Después de que le dijera eso se fue directo a donde estaba Miranda.


            Cuando llegó al laboratorio entró rompiendo la pared, pero no encontró a nadie, avanzó un poco y una jaula de hierro cayó encima de ella, pero la destruyó fácilmente. Se enojó mucho más de lo que estaba y la siguió hasta llegar fuera del laboratorio, donde estaba la verdadera trampa. Ahí la estaba esperando Miranda. Antes de que Erwin pudiera hacer algo, Miranda la atrapó en una jaula de magia que hizo con su pedazo de gema. Aunque el pedazo de gema de Miranda no era suficiente para contener a Erwin. Rápidamente la chica rompió la jaula y le dio una paliza a Miranda. Miranda no podía defenderse, ya que su pedazo de gema no era nada contra el cetro de Erwin, así que no tuvo más remedio que retirarse y huir. Cuando la perdió de vista empezó a pensar en un nuevo plan, hasta que recordó algo.

            Le habían dicho que desde que Erwin tomó la gema, algo maligno entró en ella, así que si lograba sacar eso de Erwin, podría ganar la guerra. Necesitaba la ayuda de Ana porque ella era bastante sigilosa, tan sigilosa como para robar su gema que estaba resguardada con muchas trampas, lo malo es que no sabía dónde estaba y aparte no tenía ninguna pista sobre donde podría estar.

            Mientras pensaba en eso estaba corriendo para alejarse de Erwin. Cuando encontró refugio se calmó un poco y pensó que tenía que volver al laboratorio, donde podría haber alguna pista, aunque las probabilidades eran bajas. ¿Qué podría perder?

            Salió rápidamente de aquel refugio y corrió hacia el laboratorio y se escondió en un mueble que había sobrevivido a la pelea y afortunadamente encontró un pedazo de cabello de Ana, por lo cual podría encontrarla porque usaría su ADN como rastro. Al parecer ella vivía en Salamanca, pero estaba muy herida como para viajar. Rápidamente llamó a su mejor amiga, ella accedió a ayudarla y fue lo más pronto posible hacia allá. Tenía que ir discretamente y cuando llegó ni siquiera hizo ruido, Miranda se sorprendió por lo sigilosa que era. Mientras le contaba todo, su amiga reveló que ella era Ana, Miranda se volvió a sorprender, esto significaba dos cosas: que su amiga le había robado y que ya no tendría que viajar a otro país ¡Sí! ¡Qué bien! ¿Verdad?

            Le contó su plan, el cual era cansar a Erwin hasta el punto de que ya no pudiera atacar más, las dos sabían que no iba a ser tarea fácil. ¿Cómo la iban a cansar si tenía una enorme fuerza? Era más probable que ellas se cansaran más rápido.

            En el momento en que las dos llegaron al lugar, vieron que ya las estaba esperando Erwin, también las habían seguido unos helicópteros y aviones del gobierno, al parecer los Estados Unidos querían intervenir en todo esto, pero no les saldría muy bien.

            En el momento que llegaron, Erwin derribó los aviones y helicópteros y se distrajo, en ese momento Ana le pudo quitar su cetro y se lo lanzó a Miranda, aunque ella no lo pudo atrapar. El cetro cayó al piso y se rompió, hubo un gran estruendo, comenzó a salir vapor y en medio de todo el espíritu maligno. Se evaporó para siempre en medio de un torbellino.

            Erwin volvió a conocer la paz.


Cuento infantil escrito la niña Vicky Vázquez Tirado, quien forma parte del Taller literario Diezmito de Palabras. Imágenes creadas con IA. Forma parte del libro Cuentos para no caerse de la cama de 2024. Disponible en Amazon. www.diezmodepalabras.com/diezmito.html


José el ratón crea su consultorio

 


José el ratón crea su consultorio

Isabella  Zenaís Hurtado Arroyo

 

En la Universidad Autónoma de México, un ratón llamado José estudiaba la carrera de Odontología. Su mamá, la señora Mouse, no estaba de acuerdo con su decisión porque la gran mayoría de ratones querían estudiar la carrera de Odontología. Como todos sabemos, existe el ratón de los dientes y tendría mucha competencia. Aun así la señora Mouse apoyaba a José, porque era su único hijo y su gran orgullo.

            Un buen día José fue a visitar a su dentista, la doctora Aidé y le preguntó:

            —Doctora, yo quiero saber, ¿cómo logró poner su propio consultorio?

            La doctora le dijo que fue con esfuerzo, entusiasmo y paciencia. 

            Ella era muy joven, contaba con veinticinco años de edad y José solo con dieciocho. Cuando el ratoncito terminó su carrera decidió tomarse unas vacaciones para pensar bien en su futuro.

            Pasaron ocho años y José siguió el consejo de la dentista, con esfuerzo, dedicación, paciencia y entusiasmo, a la edad de veintiséis años el ratoncito José logró tener su propio consultorio.

            José tenía un gran anhelo, casarse con una hermosa ratoncita llamada Marijó, que conoció cuando él era estudiante.  La  ratoncita siempre lo rechazó  porque decía que José era muy dientudo. Él decidió no seguir molestándola. Eso lo llenó de tristeza al principio, pero luego decidió que de todos modos él sería feliz.

            Pasaron los días y en unas de sus citas en el consultorio, le tocó atender a Marijó porque se le había roto uno de sus  lindos dientes. José se sorprendió mucho pero aun así la  atendió. El ratoncito estaba muy cambiado, ahora era un joven guapo y menos dientón. Era amable y fue atento con la ratoncita.

            Marijó se sintió mal al recordar que lo había rechazado muchas veces. No sabía cómo hablar con él. José no le dio importancia al pasado y le pidió que fueran amigos, así empezaron a salir juntos a pasear.



Pasó el tiempo y ella se había enamorado de él. Era muy celosa, se molestaba cuando José salía con sus colegas a comprar  docenas de queso amarillo.

            En una de sus citas atendió a una ratoncita muy linda, se llamaba Flor. José y Flor se hicieron buenos amigos.

            Un 24 de diciembre salió con las dos amigas para la cena de Navidad  y les dijo:

            —Chicas, vamos a pasear a un lugar muy bonito.

            A Marijó no le gustó nada la idea. Se despidieron de sus familiares y salieron a pasear. Marijó quejumbraba y quejumbraba diciendo:

            —¿Ya vamos a llegar?, estoy muy cansada y estamos en un lugar muy feo  y me voy a manchar la ropa.

            Flor y José  se voltearon a ver entre ellos, haciendo una cara de enojo, porque Marijó no paraba de molestar. No se habían dado cuenta de que ya eran tarde y aún no habían llegado al lugar prometido por José.

            Cuando finalmente llegaron, Marijó dijo:

            —Oye, José, ¿dónde vamos a dormir?

            José dijo: —no sé, Marijó, pero por lo pronto hay que rentar dos cuartos de hotel por diez quesos.

            Flor dijo: —yo tengo treinta quesos y con lo que sobre podemos comprar un poco más de queso, por lo que suceda.

            Pagaron y se fueron a dormir. Al día siguiente, antes de que Marijó se despertara, José y Flor ya tenían planes. José se dio cuenta de que Marijó no era la ratoncita que él esperaba.

            El viaje terminó mal porque regresaron por distintos caminos. Marijó dejó de hablarle a Flor y se molestó mucho con José. El ratoncito dejó que pasara un tiempo, mientras se dedicó a atender a sus muchos pacientes en el consultorio dental.

            Al paso de algunos meses, José y Flor decidieron ser novios. Querían casarse en la iglesia de la ciudad, así que aprovecharon para ir a comprar el vestido y el traje. Invitaron a todo el mundo menos a Marijó. El día de la boda, que fue muy bonita, ya estaba a punto de terminar cuando Marijó llegó a interrumpir. Nadie sabía qué pasaba y Marijó amenazaba a flor con lanzarle un quesote y mancharle su vestido.

            Es que Marijó seguía enamorada de José, por eso estaba tan molesta. Uno de los invitados le llamó  a la policía y cuando llegaron, la agarraron con unas esposas de queso, pero no se las podía comer.  La sacaron de la iglesia y no la volvieron a ver.

 

Pasaron los años y José y Flor tuvieron una linda ratoncita. Cuando su pequeña ratona  tenía cinco años, descubrieron que al fin Marijó estaba en libertad. La habían perdonado y ella no los molestó nunca más. Al fin hubo paz y armonía y todos los ratones y ratonas vivieron felices en la extraordinaria ciudad Ratonil.


Un ratoncito decide seguir su sueño de convertirse en dentista. Cuento infantil escrito por una pequeña de nueve años, que forma parte del Taller literario Diezmito de Palabras. Narrado por ella misma. Imágenes creadas con IA. Forma parte del libro Cuentos para no caerse de la cama de 2024. Disponible en Amazon. www.diezmodepalabras.com/diezmito.html


martes, 15 de agosto de 2023

A la memoria de Herminio Martínez

 

 
Herminio Martínez, maestro, guía, luz, manantial, amigo entrañable y forjador de lectores y aspirantes a escritores. Bajo sus enseñanzas se formaron profesionistas, poetas, narradores, muchos hombres y mujeres de bien, narrador extraordinario con una memoria prodigiosa y una voz plena de matices, se podía escuchar al maestro sin sentir el paso del tiempo, con esa palabra siempre rica en expresiones lingüísticas, metáforas navegantes y buen humor.
 
 

EL PUEBLO DE LAS TORTUGAS

Por: Herminio Martínez

Mele era un niño pobre, acaso el más pobre de toda la región. Sus padres, honrados campesinos, todos los días le pedían a Dios por sus ocho hijos, para que se los cuidara mientras ellos se iban al trabajo.      Mele era el mayor y acostumbraba recorrer los campos en busca de flores, frutillas y algunas raíces comestibles, para llevarle comida a sus hermanos, quienes, por supuesto, tampoco podían ir a la escuela, porque vivían lejos, muy lejos de cualquier ciudad.

         —Mmmm –decía el menor-, qué rico, qué rico. Quiero más.

         —Y yo… -hablaba algún otro.

         —Y yo también… -continuaban los pequeños.

         —Mañana les traeré miel silvestre. Iré hasta la barranca de las rocas aullantes  o tal vez un poco más allá.

         Por la tarde, cuando los padres regresaban, sabían que su buen hijo tenía bien atendidos a sus siete hermanos, porque Dios lo apoyaba y un ángel de la guarda le iba marcando los caminos. Los ángeles de la guarda, en ocasiones, asumen la forma de animales para comunicarse con los niños. Éste fue el caso:

         Un día, mientras Mele vagaba por ahí, escuchó un lamento. Triste, muy triste. Una especie de queja que desgarraba el corazón.

         —¿Quién es? -preguntó.

         —Yo –respondió una joven tortuga-; estoy atrapada en las espinas. Ayúdame, por favor, no puedo liberarme.

         —Claro –respondió inmediatamente el joven-, ahora mismo, amiguita; no te muevas para que no te lastimes más.

         Y diciendo y actuando, en unos instantes se lanzó hacia las púas donde la pequeña criatura luchaba por salir, doliéndose, desesperada, por no poder ni siquiera ponerse boca abajo, como andan siempre las tortugas.

         —Ya casi, ya casi… -le decía, sin dejar de hacer lo que mejor le convenía por no lastimarla más-. Sólo un poco más. ¡Caramba!

         —Qué tonta fui; no sé cómo vine a meterme entre estas rocas.

         —No te preocupes. Ya casi está…

         Al rato, cuando por fin la tuvo entre sus manos, le habló compadecido:

         —Ya puedes irte, amiguita. Y ten mucho cuidado con estas plantas espinosas. Son como los gatos o… los tigres –agregó.

         —¡Gracias! ¡Gracias! –exclamó emocionada la tortuga-. Y ahora, ¿cómo y con qué he de pagarte? Estoy lejos de casa.

         —Me alegro que estés a salvo, amiguita -le habló Mele-; con esto me es más que suficiente. Yo también me hallo lejos de casa; todos los días salgo a buscar algo para que coman mis hermanos.

         —Lo sé.

         —¿Tú? –se sorprendió el muchacho.

         —En realidad, en el pueblo de las Tortugas todos lo sabemos: chicos y grandes no hacen sino hablar bien de ti.

         —Entonces tengo que irme, ya sabes cuál es mi obligación. Apenas comenzaba a recoger algunas hierbas.

         —Bueno, ¿y si te invito a casa? A mis padres les dará un enorme gusto conocerte. Comes con nosotros y después te vas.

         —Oh, no. A tu paso nunca llegaríamos. Mis hermanitos no pueden esperar; además, mis padres regresan por la tarde.

         —¿Y quién dice que iremos a mi paso?

         —¿Entonces?

         —Al tuyo. Tú me cargarás. Además, estoy muy fatigada y si me quedo aquí me comerá una zorra.

         —Es que…

         —¡Nada! ¡Nada! Cárgame ahora, ya.

         —De acuerdo, pero nos iremos rápido.

         —A tus pasos.

         Mele la tomó en sus brazos: parecía tan frágil, tan pequeña.

         —Tengo frío, arrópame -le pidió, temblando-. El niño la juntó a su pecho como si fuese un pajarito, una flor o una paloma enferma.

         “Pobre de ella –pensó-, en verdad es una tortuguita muy hermosa. La llevaré a su casa y enseguida continuaré buscando qué comer.

         —¿Por dónde me voy? –le preguntó.

         —Por el camino amarillo –respondió ella.

         Mele se dio cuenta que ante sus ojos había tres caminos diferentes: uno azul, otro negro y el tercero era amarillo, como el dorado de los trigos a la hora de la tarde o el cabello de las hadas cuando las peina el viento.

         —Toma esta moneda –le dijo la tortuguita, bostezando-, ella te indicará por dónde irte cuando yo ya no pueda contestarte, porque me habrá vencido el sueño. Estoy tan fatigada, mmm.

         —Descansa, amiguita; tú no te preocupes. Total, unas horas más que mis hermanitos se aguanten las ganas de comer, no importan.

         La tortuguita no le respondió más, pero el niño sintió cómo vibraba la moneda en su bolsillo.

         —¿Qué? -hizo.

         Y no terminaba de asombrarse, cuando se halló, de pronto, en un inmenso valle rodeado de arboledas oscuras y un horizonte azul, que a ratos destellaba, como si en él jugaran los relámpagos.

         —¿Eh?

         —¿Qué sucede? ¿Ya llegamos? –apenas si abrió un ojito la tortuga.

         —No lo sé.

         —Entonces continúa. Hazle caso a la moneda de oro. Estamos ya en el pueblo donde radicamos las tortugas.

         La llanura parecía estar hecha de espigas cuando las ha madurado el tiempo. Y sí, había muchas tortugas, que por donde quiera se asomaban, charlando, comentando.

         Al rato, la moneda dejó de estar inquieta y la tortuguita abrió los ojos para decirle al niño:

         —Ya llegamos, bájame aquí.

         —De acuerdo. Ya era hora.

         —¡Mamá! ¡Papá! –gritó.

Dos enormes tortugas aparecieron a la entrada de una pequeña cueva.

         —¡Hijita! –le dijo su mamá.

         —Ven acá, pequeña –le habló el papá.

         —Aquí está tu moneda –le dijo Mele.

         —No, es para ti –respondieron las tres tortugas.

         —¿Mía?

         —Sí, para que ya no tengas que salir a buscar raíces entre las rocas y los vientos. De ahora en adelante, cada vez que necesites algo, bastará que frotes la moneda y expreses tus deseos.

         —¿De verdad?

         —Prueba –le dijo la tortuguita, sintiéndose muy feliz entre sus padres-. Sujétala como si la fueras a rodar y expresa lo que más anhelas.

         —De acuerdo –respondió el niño-: Quiero estar en una hermosa casa, con mis papás y mis hermanos, delante de una enorme mesa de comida, frutas y agua fresca.

         —Gracias por todo –alcanzó a escuchar decir a las tres tortugas e inmediatamente se halló sentado ante la mesa de sus sueños, en una casa que también parecía estar hecha de sueños, compartiendo con sus papás y hermanos un banquete jamás imaginado, ni siquiera en sueños.

         Y a partir de entonces, aquella familia inició una existencia diferente. Cada vez que necesitaban algo, bastaba con pedírselo a la moneda mágica y ésta les indicaba qué hacer o qué no hacer, como, por ejemplo, si convenía viajar a otro país, visitar ciudades, ir al mar, socorrer a los más necesitados. En todo los complacía, porque ellos eran buenos y habían sufrido y nunca dejaban de ayudar a los necesitados de la tierra.

  


 

 
 

Sepa la bola

  SEPA LA BOLA  Patricia Ruiz Hernández ¿Cuándo acabaría aquella lucha?, se preguntó Gabino mientras permanecía hipnotizado con la llama de ...