domingo, 26 de junio de 2016

AL PADRE QUE YA NO VEREMOS


AL PADRE QUE YA NO VEREMOS

“Déjame reposar,
aflojar los músculos del corazón
y poner a dormitar el alma
para poder hablar,
para poder recordar estos días,
los más largos del tiempo”.
Jaime Sabines, Algo sobre la muerte del Mayor Sabines

Los compañeros del Diezmo de Palabras compartieron textos dedicados a los padres en las últimas dos ediciones de nuestro periódico de casa, El Sol del Bajío. Cada uno de los poemas y narrativas fue de enorme emotividad por la carga sentimental que supone desnudar el alma.  Esta es la tercera parte de los mensajes. Mujeres y hombres que escriben a ese padre que ya no veremos. Un padre que murió tal vez en su cama, mientras dormía; otro que no murió cerca de los suyos; otro que fue muerto por manos asesinas, manos que debieron defenderlo, según entendemos la Constitución de nuestro país. Algún padre que se perdió en ese agujero negro de la frontera norte. Uno más que a la mejor era un maestro luchando por sus derechos laborales y desapareció dentro de una camioneta de la policía.
Todos hemos tenido padre, no siempre el que nos engendró, pero sí alguien que todos los días se levantaba temprano y, sin molestar a los demás, salía a trabajar durante horas para llevar alimento a la casa. A la mejor no le decía a nuestra madre que la quería, ni le llevaba flores, ni era “detallista”, pero sacrificaba sus propios sueños para que sus hijos pudieran cumplir los suyos. Tal vez aborrecía su trabajo y las humillaciones que quizás padecía, pero sus hijos pudieron ir a la escuela y su esposa siempre tuvo un techo decente y un apoyo moral. No todos los héroes son conocidos, pero seguro que tu padre lo fue y ni cuenta te diste. Por eso, hoy dedicamos este Diezmo al padre que ya no veremos, pero siempre estará en nuestro corazón. Vale.
Julio Edgar Méndez



DON GÜERO
Berenice Patiño Roa

En los ojos del abuelo se encontraba el mar,
yo no sé si él lo sabía porque sus oídos,
hacía tiempo, habían dejado de escuchar.

Don Boni iba de rancho en rancho vendiendo medias, servilletas, peines y  agujetas, cuando regresaba a casa sus nietos corríamos a su encuentro para ayudarle a cargar (arrastrar) las cajas de cartón a cambio de unos chicles. Es inevitable pensar en las canicas, en los yoyos, en cómo nos enseñó a bailar el trompo, en las historias que nos contó bajo el mezquite, en la ceja blanca y la ceja negra, la enorme sonrisa y aquel sombrero que conservo. El Güero fumaba sus Faros, aun cuando el humo ya había hecho estragos en la salud, se sentaba en la entrada de la casa y “escondía” el cigarro para que no sospecharan que seguía fumando, cosa curiosa, porque en su espalda una estela gris lo delataba.
Abuelo, las cajas de cartón siguen arriba del ropero y tus nietos e hijos seguimos hurgando en ellas, pero ninguno desata los nudos porque nos da miedo no poder hacerlos de nuevo.
A mi padre le sigue doliendo tu ausencia, qué falta me hace mi padre, a cada paso que doy, dice la canción; y en sus ojos descubro que la huella de tu nombre provoca el mar en su mirada. Te cuento que Manuel,  don Güero, como también lo llaman, sigue siendo un hombre extraordinario, el blanco comienza a cubrir parte de su cabello y las horas de trabajo se convirtieron en pequeñas líneas que iluminan su rostro; a pesar de eso, es un hombre fuerte y nos ha enseñado que se puede reír y llorar sin miedo. Ha soportado a las tres mujeres que tiene en sus días y que, sin que se dé cuenta quizá, me ha hecho valorar a toda mi familia a través del amor que le tiene a la suya. Sé que estarías orgulloso de tu hijo, así como yo lo estoy de mi padre.



CARTA A MIGUEL
Maurick Ilich

Compañero:
Le escribo desde la distancia geográfica.  Ya hace años desde aquella tarde, en la cual leí una nota para mí, en un pequeño papel escrito con su puño y letra.  Ahora ha pasado el tiempo, el innegable, el mismo que nos hace viejos; devuelvo a usted la deferencia.
Indudablemente nos perdimos de muchas cosas, las cuales suelen hacer la mayoría de los padres con sus hijos. Me refiero a los paseos en el parque, a las tardes de jugar futbol, así como otras tantas que quizá por falta de tiempo no pudimos compartir. El trabajo en aquellas viejas escuelas, casi siempre era un impedimento para ello. Sin embargo, le agradezco a usted que compartiéramos otras vivencias, tales como: ensuciarme con la tinta de aquel mimeógrafo negro y viejo en el cual imprimían usted y su compañera, sus materiales de trabajo. Aprecio cada una de las cosas que compartió con nosotros, si bien no caminamos en el parque, caminamos por las calles formando parte de un contingente, en una marcha en defensa de sus derechos laborales, o de igual manera recorrimos a pie el barrio donde nació. Así como esas vivencias, podríamos recordar tantas otras, las cuales siempre a pesar de la edad que tenía en esos años, me brindaron alegría.
Aún recuerdo ese mes de marzo, cuando por primera vez lo observé doblegarse ante la ausencia de su hermano. Sepa usted que entendí siempre su dolor, su rabia, su tristeza. Nunca se lo dije, pero me hubiera gustado abrazarle para reconfortarle.
Compañero Miguel, no puedo despedirme sin decirle a usted, que ha dejado en nosotros, sus hijos, una de las mejores herencias la cual tenemos la obligación de transmitir a nuestras futuras generaciones, a saber y parafraseando un tanto a Guevara: La capacidad de poder sentir y hacer nuestra cualquier injustica cometida en contra de cualquiera, además de tener la rabia para no rendirnos jamás. Creo que puede estar tranquilo y saber que cada día, mientras podamos ver el sol seguiremos su ejemplo y fundaremos nuevamente sus enseñanzas.
¡Reciba usted un abrazo!
Atentamente.
Su hijo y compañero.
México, mes de junio, año 2016


VÍCTIMAS COLATERALES
Víctor Hugo Pérez Nieto

— ¿Acaso eres idiota? -Dijo el niño a la salida del colegio -, él no vendrá.
— ¡Si vendrá! -Contestó el más pequeño -, todos los viernes pasa.
El hermano mayor, que ya entendía un poco más del mundo, había visto a su madre llorar frente al televisor cuando trasmitieron la lista de 43 desaparecidos, mientras se derretían las lágrimas de una veladora sobre la imagen de papá.

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YO TE RECUERDO
Ana Bick (Azul Violeta)

Ha pasado el tiempo, el viento y la brisa
me llenan de nostalgia y el alma de tristeza.
Tu recuerdo y tu mirada distante siguen aquí dentro,
dentro, muy dentro de mi corazón.
Te fuiste cuando más te necesité,
tu ausencia borró mi sendero y perdí el rumbo
por mucho, mucho tiempo.
Te alejaste en silencio, así, sin palabras,
sin consejos, sin caricias...
Ahogado en tus penas y dolor,
te convertiste en polvo de estrellas,
regresaste al origen sin despedirte.
Yo te recuerdo,
no sólo hoy, sino cada vez que necesito un abrazo,
un consejo, una palabra de aliento.
A veces, las notas de alguna guitarra lejana,
me hacen ver tu imagen borrosa,
esa delgada figura tuya, perdiéndose en la nada,
evaporándose entre la neblina del tiempo.
Yo te recuerdo, mi viejo,
en una mano  el cigarro y en la otra el tinto,
y esa mueca por sonrisa que siempre te acompañó.
Duele la ausencia.
Duele la soledad.
Duelen los brazos vacíos.
Duelen los ojos sin lágrimas
y las palabras no dichas.
Yo te recuerdo, Padre mío,
en el ocaso de mis días.



¡¡SE LLAMABA RAMÓN GÓMEZ NÚÑEZ, Y SIGUE SIENDO MI PADRE!!
Berta Gómez Ojeda

Hace 47 años (casi medio siglo) te fuiste; quince años vivimos juntos, dicen que te fuiste para siempre, yo no lo creo... reconocería tu voz entre todas; tu apacible mirada en la mía.
Del amor, del ingrediente más fuerte entre tú y mi madre... broté en la primavera de 1954; uno de mis hijos camina como tú, otro es paciente como tú, no se irrita jamás; el otro es el vivo retrato de mi tío-abuelo: Jesús; y mi hija aún no encuentra su centro, pero heredó lo fuerte de mi carácter.
Cada vez que oigo la música de viento, busco tu figura y tu trombón y me detengo al escuchar: “Lindo capullo de alhelí”, “Varita de nardo”, el “Adiós de Carrasco”, “Peregrina”, “Cuatro milpas”, “El sauz y la palma”, el corrido de “El hijo desobediente”, el corrido de “El agrarista”, “El Sinaloense” y el “Amor de mis amores” que en aquella serenata azul le dedicaste a mi madre.
Al pasar por “Aguas y manantiales del Culiacán”, tu antiguo trabajo, te imagino embotellando los refrescos... y por la ventana, tu madre -mi abuela, Timotea Núñez, la mejor fondera de Acámbaro, asomándose.
Volteo al sauz llorón de la “Acequia Regadora” donde nos esperabas para almorzar, portando tu gabán humedecido de rocío, mientras confeccionabas para mí, juguetonas figuras labradas, del corazón de la caña del maíz.
He recorrido tu región: Acámbaro, Salvatierra; de Yuriria, La Tinaja de pastores, la laguna desde todos sus ángulos, en donde atrapabas mosquitos para los pájaros... allá en tu tierna edad; y la ruta de Cupareo a la Puerta del Monte, hasta llegar al corazón de mi madre en Jaral del Progreso, y la estación del ferrocarril, de donde acarreabas maletas; y he recorrido todo el verdor de esta región tan generosa como tu corazón.
En un siglo tu herencia genética se ha extendido a setenta descendientes; unos llevan tu nombre, otros tu apellido; uno de mis hijos es músico, otros llevan tu bondad.
Cuando tomo el caldo de res que tanto te gustaba, escucho tu voz diciendo: “Ándale, hija, tómate tu caldito. Hija, a ti nunca te va a doler la cabeza”. Así mismo recuerdo aquella tu jarra con aquel café “Tupinamba”, servido muy caliente, con tablilla de chocolate machucado, y sopeado con esos largos panes llamados “Ingleses” que en todo Jaral aún saboreamos... y aquellas sardinas con “Pico de gallo” y tu preferido: caldo de pescado blanco, en caldo blanco, y guisado como en tu natal Yuriria.
Recuerdo además cuando me llevabas la mano sobre el cuaderno, para corregir el trazo del número tres, el que dibujaba haciendo gasa en el medio, y tú, con aquella ternura y paciencia que te caracterizaban, decías con cálida voz:
--Así no, hija, mira...
Y me guiabas la mano de niña escolapia hasta que aprendí a trazarlo correctamente.
En la última semana de ti -aquí con nosotros- pediste que me llevaran a tu presencia, junto con Raquel (mi hermana) y a cada una nos bendijiste; yo me lancé a tu pecho pidiéndote que no te murieras, y tus ojos se nublaron... me volviste a bendecir.
Al salir del cuarto-hospital, volteé, vi tu rostro mirándome lleno de lágrimas, y fue lo último que vi de ti.
Ahora, cuarenta y siete años después, mirando la espada de tus antepasados –que son los míos-- que me heredaste y que yo heredé a mi primogénito, sigo recordando que tu bondad te llevó a ser compadre de medio pueblo y amigo de la otra mitad, fundiéndote a la familia de mi madre: Ojeda Quintana, como la tuya propia. ¿Ya ves que para mí no has muerto?
Cordial y cariñosamente:

“Tu Güera”, Berta. Junio de 2016


*Textos publicados en El Sol del Bajío, domingo 26 de junio de 2016. Celaya, Gto.

domingo, 19 de junio de 2016

DÍA DEL PADRE


DÍA DEL PADRE

¡Qué padre escribir por este motivo!
La mayoría de las personas escribimos algo para celebrar a las madres el Diez de Mayo, pero pocas veces para el día del padre. El padre es la figura más importante de una familia, pero no sería así si no tuviera la cercanía de una madre. El padre es quien tradicionalmente lleva el sustento para los hijos, esto no sería posible de no haber una mamá a quién agradecerle por esas vidas. El papá es el hombre fuerte, que protege y da seguridad a todos los miembros de su familia, pero también pide ayuda a su esposa cuando no sabe cómo hacer algo. Es también quien usualmente repara los desperfectos que hay en casa, pero casi siempre motivado por agradar y ayudar a la mamá. Es una persona trabajadora, con un sueldo o ingresos por un oficio, pero lo comparte con su esposa quien -si no tiene también un empleo- no recibe una remuneración económica por todo lo que hace en casa. El padre es firme en sus decisiones, pero algo débil cuando da permiso a sus hijas para ir a una fiesta. Es un héroe para sus pequeños, pero igual tiene que ir al baño. Es un roble a la hora de llamar la atención a sus hijos, pero también llora cuando alguno de ellos sufre. Por eso y por lo que desconocemos de nuestro papá… regalémosle un ramo de flores. También ellos tienen sentimientos. Cantemos las mañanitas, él también disfruta de la música. ¿Por qué no un pastel?, sin duda alguna él también ayuda en la cocina. ¡Que la igualdad en el amor no haga distinciones! Digámosle que le amamos. Honremos su memoria, al saber que fue elegido para darnos vida por parte de El Eterno. Démosle gracias, siempre, por su existencia y retribuyamos con amor sus desvelos. Démosle la mano, cuando su andar se vuelva lento. Con paciencia aceptemos sus fallas cuando las fuerzas le abandonen. Imitemos sus virtudes para fortalecer nuestras carencias. ¡Felicidades, papá!
¡¡¡MUCHAS FELICIDADES  A TODOS LOS PAPÁS DEL MUNDO, EN SU DÍA!!!
José Arturo Grimaldo Méndez

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LA GUITARRA GUARDARÁ SILENCIO
Lalo Vázquez G.

La guitarra guardará silencio.
Hace apenas unos segundos
tu corazón latía
y ya estás tan lejos,
muy fuera de mi alcance.

Tu cuerpo tibio permanece aquí,
pero ya no estás para moverlo.
La hermosa sonrisa de tu rostro
no volverá nunca más.

Mi corazón se derrite como una vela
casi por extinguir su luz.
El mundo entero se ve triste
y más grande aún el vacío.

Lloraré cada vez que te recuerde,
cuando alguien pregunte por ti,
cuando lea tus versos,
y escuche tus canciones.

Extrañaré tu voz y tu alegría.
Tus gritos y reclamos.
Los acertados consejos
y los merecidos regaños.

La guitarra guardará silencio.
Tus poemas tomarán fuerza.
Mis lágrimas brotarán calladas.
Y mi amor se quedará guardado.

Lo triste no es que te vas,
lo triste es que me quedo a llorarte.
No puedo irme contigo.
Lo triste, es que me quedo sin ti.



UN HÉROE MORTAL
José Arturo Grimaldo Méndez

Creí que nunca se iría de mi lado y tuvo que volar al infinito para seguir llenando de consuelo a corazones abatidos. Pensé que no escucharía más la voz de mi conciencia y ahora es cuando más responde a las interrogantes del por qué ya no está entre nosotros. Sentí que el mundo se me vendría encima al no tener sus brazos para sostenerlo, en cada dificultad y embates del viento cargado de presagios y sinsabores. Imaginé verlo aún por los senderos de la vida, asoleando sus penas y fracasos; recogiendo  triunfos e ilusiones. Vi que la fuerza del alma abandonaba su templo y era conducido al Tabernáculo eterno. Contemplé su desesperanza y apego al amor terreno, a las flores y al cariño de sus brotes de olivo. Conocí sus gustos y aficiones por el aire a campo libre, por la diversión y la salud del cuerpo y del espíritu. Supe de sus noches de desvelo ante la incertidumbre de los buenos tiempos; de sueños no conciliados por los gritos de faenas desesperadas de amor. Contemplé las bofetadas que le dio el implacable tiempo: En el rostro, en sus manos, en sus pies y en el alma. Me llenó de orgullo su valentía y su honestidad. La paciencia y su ternura. La sabiduría que le dio la vida. La lealtad robada al amigo verdadero. Saciado quedé de su paciencia y satisfecho de su confianza en lo supremo. Mi padre es un  héroe de carne y hueso al que intento imitar. No usa antifaz porque nada oculta. Vuela sin capa, porque Dios le dio unas alas. Lucha por mi felicidad y está presto a mi llamado. Es mi amigo, mi confidente, mi ejemplo. Me dio del origen de mi existencia. Fuente de inspiración en mi actuar. Por eso y por todo lo que no le dije, que el mundo perdone mi atrevimiento de gritar en toda dirección y a pulmón abierto: ¡¡¡Te amo, papá!!! Te quiero, amigo. ¡Te necesito, mi héroe mortal!

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AUSENCIA
María Guadalupe Rivera Núñez

A la memoria de mi padre: Juan Rivera Nieto

Mi alma se duele de amor… no del que toma mi cuerpo para llevarlo a la pasión y cuyo abrazo me seduce hasta perder la consciencia. No por el amor que derrama mis lágrimas con la indiferencia y condiciona su entrega a ser correspondido. Sufro, no por la voz dulce ladrona de mis deseos, o por los ojos que cautivan mi mirada para conducirme hacia una realidad de misterio y espejismo. Hoy lloro por la presencia que me tomó del brazo para enseñarme a caminar y secó mis lágrimas después de una caída. Extraño la palabra que apartó de mi mente la confusión de ideas y plantó mis pies en tierra firme… Ya no siento la mano consejera, compañera y amiga en la búsqueda de mi destino. Ansío el beso febril depositado en mi frente para despejar el dolor en mi vida. Suspiro por el fervor maestro de mis luchas y la explosión de alegría al vencer una batalla. Sufro el abandono del abrazo en la derrota y la pérdida de la conmoción espiritual a nunca rendirse. No puedo mirarme en esa visión mezcla de paciencia y rectitud. Ya no tengo sus frases para replicar en mis versos, mas me quedan sus canciones para alimentar mi alma. ¡Muero en su ausencia!... Debo seguir… su amor prevalece en mí, en mis recuerdos, en mi actuar… con cada latido de mi corazón, vivirá. Llevo su huella en mis entrañas pues soy su hija, él fue y es… mi padre.

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UN GRAN HOMBRE
Rosaura Tamayo Ochoa

Mi padre, ya con 65 años, no dejaba de trabajar. Diario viajaba a Irapuato y llegaba ya en la noche. Un día le pregunté:
— Papá, ¿por qué vas a Irapuato diario?, podrías ir sólo unos días. Allá se encarga tu hijo Eduardo de todos los pendientes, así sólo irías a supervisar. —y me contestó:
—No puedo dejar de ir, me necesitan en el trabajo.
Pasaron un par de años, yo le volvía a cuestionar los viajes diarios y él me contestaba lo mismo. Un día el médico le dijo que manejaba un tráiler con el motor de un Bocho, que le bajara a su ritmo de trabajo. Y finalmente le dio una embolia. A los quince días llego el trágico desenlace que nadie esperaba. Murió un 12 de Diciembre. Se fue con el festejo de la virgen de Guadalupe. Ella sabía de su devoción y cada año siempre la festejaba. Ese día el festejo fue en su regazo, con mañanitas y flores celestiales. Después de un tiempo de llorar sin consuelo su pérdida y partida, de quedarme sola con mis hijos, comprendí que el motor que lo llevaba a viajar diariamente eran precisamente sus hijos. No quería dejarlos desamparados. Quería darles mucho más de lo que sus fuerzas le dieran. Ese era mi padre, un hombre trabajador, altruista, humano, hijo ejemplar con un enorme amor a su esposa e hijos. Siempre quise a mi padre mucho. Decían que mi carácter era parecido al de él. Ahora, a casi 20 años de su partida, siento que lo quiero aún más y que vive siempre en mi corazón. En este corazón lleno de cariño a ese padre que lo movía principalmente el amor a los hijos y a su familia.



ESTAS LLUVIAS NO SON COMO LAS DE ANTES
Rafael Aguilera Mendoza

Ahora que mis días son un río
y mi mente paloma de un diluvio,
agarro mis recuerdos con mi dientes.
Recuerdo aquel solar con sus nopales
donde tamborileaba a paso de hombre
el aguacero célibe de mayo.
El aguacero de mis días, un río
que hacía brotar con su fulgor de magia
verdores que a mi infancia perfumaron:
dientes de león, retamas, higuerillas.
Y mis ojos tan niños se asombraban
del vuelo por radar de los murciélagos.
Y cómo en una noche me danzaron
al compás de su lumbre las luciérnagas.
Estas lluvias no son como las de antes,
llegan tarde y se van antes del alba,
pero aún así sus brisas me transportan
al tiempo de mis años infantiles
a mirar a mi padre en sus afanes
en su zapatearía montando aquellas hormas.
Y el martillo golpeando sus rodillas.
Lo siento ahora aquí y en carne propia.
¡Dulce dolencia de no haberle dicho
a tiempo y en su tiempo que lo amaba!

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POR SIEMPRE
Laura Margarita Medina Vega

Padre, cuando era niña le pedí al universo un puñado de estrellas. Y que cada una de ellas fuera un regalo para ti. El deseo que más le pedí fue que nunca murieras. Y esto lo hice día a día antes de irme a dormir. Nunca imaginé que hoy tendría el valor de recordarte sin que mi corazón rodara por el suelo. Pero es difícil desenterrar los recuerdos que desmoronan cada célula de mi ser. Dentro de mi inocencia, de niña, pensé que tú lo lograbas todo y que nada te pasaría. Mas los años debilitaron tu salud y tu paso por la vida se volvió lento.  Llevarte de mi brazo me llenaba de orgullo. Escuchar tus historias alegraban mis tardes, y verte sentado en el sillón donde leías, me daba paz. Era muy feliz a tu lado, hasta que una noche una nube negra desató la peor tormenta de mi corazón, te vi muy enfermo. Desde la ventana de la habitación le rogué al cielo que te dejara conmigo, nadie me escuchó. El tiempo reclamó tu cuerpo. Se quedó en una lápida fría en una tarde de invierno. Y te dije: “hasta luego”. No lloro porque tu amor no se ha ido. Está en el consuelo de la espera de volverte a abrazar de nuevo y besarte mil veces. Desde donde estés sabes que sonrío cuando miro tu foto, porque algún día estaremos juntos de nuevo, y esta vez… por siempre.

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CHARLA POSTERGADA
Javier Mendoza

Papá, ¡cuántas veces dejamos para después esta plática!  Era lógico, el maldito trabajo y el cansancio no te daban tiempo para mí.  Hoy por fin, en medio de esta quietud se nos da esa oportunidad, aunque ya pasaron mi niñez y juventud, en donde no tuve en tu persona un amigo o un confidente.  Ahora lo entiendo, fuiste educado en otra época, bajo el machismo y ese miedo a demostrar los sentimientos.  Como todo un líder, tenías que gritar y con voz firme guiar un hogar, pero creo que se te olvidó que yo sólo era un niño, que más que una orden o un castigo, necesitaba una palabra de cariño.
            Cuando crecí y fui padre comprendí lo ingrato que es ser el jefe de la casa, siempre opacado por el enorme y natural amor que surge para la madre y mujer; presionado por la sociedad que impone roles, en ocasiones tan injustos como inquebrantables.  En el caso de un hombre, el deber de ser fuerte y hasta insensible.  Todo aunado a inmisericordes gastos y necesidades que obligaban a un esfuerzo extra.  Quizá por eso tu gran ausencia se sentían tanto en el hogar; largas horas de cansancio en un esclavizante trabajo, al que odiaba tanto porque borraba la sonrisa de tu rostro.  Lo más lamentable fue cuando, sin percatarnos, tu privilegiado lugar fue ocupado por ese adictivo aparato llamado televisión.
            ¿Recuerdas mi adolescencia?  Etapa difícil que nos llevó a enfrentarnos contantemente por permisos, diferencias y un abismo que había entre nuestras generaciones.  Fue imposible tener un amigo en ti, sin embargo, con qué facilidad nos convertimos en enemigos.  Confieso que en algún momento creí odiarte.   Y sinceramente, no sé si ya lo superé.
            La juventud me hizo un tanto indiferente a tus primeras canas y arrugas, mucho más a tus consejos.  Creí que necesitaba fiestas, amigos y mujeres; no las palabras de un padre.   
            ¡Qué ironía que después los años me hayan dado madurez, y a ti, pesadez y el tiempo de sobra para sentarte con calma en el sillón, deseando tanto hablar conmigo!  Pero créemelo, mis niños, el trabajo, las ocupaciones… no tenía oportunidad.

            Hoy aquí, frente a tu tumba, hay el silencio suficiente para por fin dirigirme a ti y decirte lo que nunca antes pude: que te quiero papá.  Desearía quedarme a conversar un poco más contigo, pues hay mucho que quisiera que escucharas, pero mis hijos me esperan y no debo postergar una charla con ellos. 


*Textos publicados en El Sol del Bajío, domingo 19 de junio de 2016.

domingo, 12 de junio de 2016

MI PADRE, MI HÉROE


MI PADRE, MI HÉROE

La mayoría de los países latinos festeja el día del padre el tercer domingo de junio.
El padre es parte fundamental del núcleo familiar. Muchos niños, en lugar de llamarle padre, le dicen papá, pá, apá y hasta “jefe” (como dicen en la actualidad los jóvenes). No conozco a ningún hombre que por muy macho o valiente que sea no se haya quebrado ante esa vocecita que le dice, papá. Es una de las cosas más hermosas que la vida te regala, pero no todos tenemos ese privilegio.
El papá es el encargado de llevar el sustento a casa y por lo tanto su tiempo se ve limitado a permanecer con la familia. Ahora, ya con la modernidad, han cambiado muchas cosas y los papás pueden convivir más tiempo con su familia.
El papá es el héroe de la película, de nuestras historias, es un ejemplo a seguir, es la perfección.
Muchos padres ya se nos adelantaron en esta carrera de la vida y partieron dejándonos sus enseñanzas, secretos y vivencias. Otros continúan cuidando y educando a sus hijos, a semejanza de lo que ellos mismos vivieron. Y hay papás que llevan el doble trabajo al no tener ningún apoyo.
Hoy les rendimos un homenaje a todos los padres o papás del mundo, uniendo nuestras letras para festejarlos. Ésta es la primera de dos partes.
Grandes escritores, compañeros y amigos, aportaron algunos textos que escribieron con el corazón para compartirlos en esta edición especial.
Con cariño y admiración de parte del Taller Literario Diezmo de palabras:
¡MUCHAS FELICIDADES Y UN ABRAZO A TODOS!
Lalo Vázquez G.




DE UN FAUSTO ACONTECIMIENTO
Félix Meza García

Sobre tu tumba, padre,
sobre la lápida de tu tumba que cubre tus despojos
en este septiembre inimaginado,
el correo personalizado de tus maestros
del "Esfuerzo Campesino",
te dejó su mensaje docente
con los crisantemos blancos
del primer aniversario de tu ausencia
de este planeta contradictorio.

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EL NEGRO DE COYOACÁN
Paola Klug
A mi padre

Él se llamaba Leopoldo, su piel era del color del cacao y sus cabellos, barba y bigotes eran blancos, tan blancos como la espuma que se forma en la orilla del mar. Sus manos olían a café y a tabaco y tenía un lunar en su mejilla izquierda, muy por debajo de los labios. Lo olía desde lejos, mucho antes de que caminara por el pasillo que conducía a su habitación, el olor del puro con la loción de flor de naranjo evidenciaba su presencia en la casa; jamás salía al trabajo sin bolear pulcramente sus botines de piel, siempre con su uniforme limpio e impecablemente planchado.
Era un hombre de hábitos, incapaz de dejar sus modos ni sus costumbres. El “negro” le decían algunos, el “mayor” le decían otros, para mí solo era mi padre; el mejor, el más grande, el único.
Me enseñó a jugar ajedrez y a preparar café; me contó historias sentado sobre las escalinatas de aquél lugar en Atotonilco y caminó siempre a mi lado entre la arena ocre de mi Veracruz. Él nunca me dejó sentirme sola.
Pero entonces se fue…
Una mañana nublada, de algún mes, de algún año, cerró sus ojos para no abrirlos jamás. De su rostro moreno habían desaparecido todas las arrugas; todas esas marcas de dolor por la muerte de Monchis, por la muerte de sus padres, por la muerte de la tía Esperanza se habían desvanecido de repente. Sus recuerdos entre el río y el empedrado de la Calle Progreso se fueron junto a él.
La muerte le arrebató las lágrimas lloradas en el desierto, la esperanza que encontró en ese lejano valle del que nadie conoce el nombre. Le quitó los años y el peso que cargó en sus anchos hombros cada uno de ellos; se llevó consigo sus culpas, sus secretos, sus remordimientos.
A mí me dejó un hermano, la misma carne y la sangre mulata, me dejó sus recuerdos y cartas viejas en papel de estraza; me dejó la calidez de sus manos, sus pasos de baile y aquella sonrisa que esbozaba cada atardecer. Me heredó la vista fija sobre los volcanes nevados, la trenza de la abuela Ricarda y la mirada coqueta del abuelo Ramón; me heredó los ojos de la tía Chuchita y la lengua floja de la tía Raquel. Él es la raíz y yo soy el árbol.
Mi padre me dio amor y me enseñó a amar y esa fue su más grande lección.  Sé que mi padre vive en mí y que yo viviré siempre en mi padre.

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SIEMPRE TAN MAL ENTENDIDO SU TRABAJO DE PADRE
Noradino Rodríguez Ayala

Nunca platiqué de esto con mi padre porque lo veía tan atareado, tan ocupado siempre en llevar el sustento a la casa. Mi madre se encargaba de la organización y distribución de los menajes. Ella era quien nos cuidaba, regañaba, bañaba, lavaba la ropa, cocinaba, etc., sin embargo, nada hubiera podido hacer ella sin el esfuerzo y la fortaleza de él.
Alguna vez lo vi sentado junto a mi cama. Yo me hacía el dormido pero lo veía por el rabillo del ojo, para que no se diera cuenta. Lo vi tocándose con una mano la palma de la otra. Y le escuché cuando dijo bajito: —Cada dolor de estas manos ha valido la pena-. Lo vi acercarse a mí y suavemente, como si temiera lastimarme con lo áspero de sus encallecidas manos, me tocó la mejilla. Esa fue la caricia más suave que jamás he vuelto a sentir. Después acercó sus labios a mi frente y me plantó un gran beso. Algo que salió de sus ojos me mojó la cara. Cuando salió del cuarto tomé esa lágrima y la besé hasta que desapareció.
Él no lo sabe porque nunca se lo he platicado, pero cada noche espero su visita. Cada noche espero su caricia, sus amorosas lágrimas. Cada noche lo quiero y admiro más.




DESEMPOLVANDO RECUERDOS
Diana Alejandra Aboytes Martínez

Aplastando lo que a su paso encuentra, el tiempo corre. Parece que fue ayer cuando mi padre me llevaba de la mano procurando que mis pies no tropezaran.
No sé si sea mi buena memoria o a qué deba mis recuerdos de edad muy temprana. Pero ese compendio de remembranzas me es clave entre las piezas del rompecabezas de mi vida.
En esos años sólo éramos mi hermana de ocho años y yo, de tres. Recuerdo que solía recibir a mi padre con efusividad cuando volvía del trabajo. Él extendía sus manos, yo corría para caer sobre ellos, me levantaba y arrojándome por los aires yo volaba segura sabiendo que sus brazos aguardaban para sostenerme. ¡Entonces él era mi máximo! Era la etapa en que las niñas tenemos por ideal a nuestro padre como referente masculino.  
En cierto momento enfermé de anginas y precisaron intervenirme quirúrgicamente. La vida me mostró por primera vez el lado del miedo. Pero yo no podía defraudar a papá y mostrarme cobarde, más aún cuando él siempre me decía:
—Recuerda, tú eres valiente.
Yo tenía que mostrar valor, debía hacerlo. Pero en el momento que me llevaban en la camilla rumbo al quirófano, precisé decirle:
—¡Papá!... ya no quiero ser valiente.
Él me sonrió infundiéndome valor con la mirada. Después de la operación mi voz había desaparecido debido al dolor. Distinguí poco a poco a papá y mamá sosteniendo el pianito de juguete que me habían prometido. El médico se aproximó, besó mi mejilla y felicitó a mis padres por tener una hija valerosa… He intentado seguir siendo osada ante los retos, pero muchas veces he querido decir:
—¡Papá!...ya no quiero ser valiente.

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YO NO HE MUERTO
Cleo Gordoa

Yo no he muerto para ti,
sigo corriendo por tus venas,
en los rincones de tus pensamientos
y en cada nota de tu corazón que palpita.

Estoy en cada recuerdo atesorado,
en el lugar vacío que quedó sin mi presencia,
en tus oraciones que elevas cada noche
y en tus despertares, luego de los sueños.

Yo no he muerto para ti
porque eres parte de mí en esta vida,
y estoy a tu lado en tus momentos tristes,
y estoy contigo en cada carcajada.

Tú eres mi huella en el camino,
eres mi historia para siempre,
eres un poco de yo desde tu nacimiento
y eres mi reflejo en tu vivir continuo.
Por eso no he muerto para ti,
no llores con amargura por mi ausencia,
no te lamentes de haberme perdido,
yo vivo en ti y tú lo sabes.

Estoy entre esas paredes que nos refugiaron,
en los caminos que recorrimos juntos,
en tu piel porque tienes mis abrazos
y en tu alma, porque ella está conmigo.

Estoy cuando dices mi nombre
y el eco lo lleva hasta otras dimensiones,
estoy cuando solo me piensas
y vienen las añoranzas
y vuelvo a estar contigo.

No, no he muerto solo me he ido por un rato,
pero caminaré contigo en los años,
en todas tus experiencias nuevas
y quizás hasta los dos tropecemos.

Y seguiré siendo tú y seguiré estando en ti,
y lloraremos a veces, luego nos consolaremos,
yo cuidaré de tus pasos desde un espacio lejano
y yo vivo estaré, si me sigues recordando.

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A MI PAPI, LALO VÁZQUEZ
Dulce Alejandra Vázquez

Qué bonitas las mañanas con tu peculiar saludo: —Buenos días, Cochinilla.
Papá, ¿qué sería de mí sin ti? Sin tus consejos, tus pláticas, tus canciones, tus poesías, esa chispa y todo lo que te caracteriza.
Aunque han pasado los años, sigo siendo tu pequeñita y me sigues consintiendo como el primer día que llegué a tus brazos. Qué satisfacción tan grande tenerte como padre. Qué orgullo me daba cuando te veía llegar a las juntas de mi escuela. Me acuerdo que me gustaba presumirle a todos que tú eras mi papá. Les contaba que tú nos hacías pasteles, galletas y muchos postres deliciosos. Todos decían que querían tener un papá como tú, y hasta la fecha mucha gente que conoce de ti y de todo lo que nos preparas para comer, me dicen que les gustaría que sus papás fueran así, como eres tú. Pero lo mejor de todo es que solo yo puedo disfrutar lo maravilloso que eres. Jamás me cansaré de agradecerle a la vida por elegirte a ti como mi papá.
Gracias a ti ahora soy la mujer que soy, pero quiero seguir siendo tu pequeñita.
Estoy tan orgullosa del doble trabajo que haces como padre y madre. Lo haces parecer muy fácil, pero sabemos lo difícil que es hacerse cargo de tres chiquillos, no cualquiera lo puede hacer.
Por eso y muchas cosas más, eres el mejor papá. ¡¡¡Felicidades en tu día!!!



HOMBRO CON HOMBRO
Verónica Salazar G.

Papá, caminas despacio con tus años cansados y tus pasos firmes. Ya te duele la espalda y tus rodillas crujen al andar. Ondea al viento tu escaso cabello blanco. Tu mirada perdió el brillo y mira que no mira, como si estuviera nublado.
Creo que son tus recuerdos los que hacen que llores, como si no quisieras el paso del tiempo. Aun así, sacas fuerzas de ese tu pasado cercano que se quedó rezagado en tu memoria. Cargas tus sueños en una maleta, preparado para ese viaje que algún día realizarás. Tienes toda una vida llena de añoranzas. Yo me cobijo a tu sombra de viejo roble. Recibo de tus ramas ese abrazo que me consuela y tu sombra alivia el calor de mi existir.
Me enseñaste a soportar la más cruel de las tormentas sin que mi tronco se doblara. Me dijiste cómo regar la semilla para que germine en buenos frutos. Tu ejemplo de vida es mi bandera.
Vamos tranquilos, hombro con hombro. Tú adelante, yo contigo siguiendo cada paso que das. Me sonríes con dulzura y serenidad, luego dices: —Todo va bien, todo está en paz.


*Textos publicados en El Sol del Bajío, domingo 12 de junio, Celaya, Gto.

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