domingo, 28 de diciembre de 2014

GRACIAS

El Sol del Bajío, domingo 28 de diciembre 2014, Celaya, Gto.


GRACIAS
Para quienes formamos parte del Taller Literario Diezmo de Palabras, en la Casa de la Cultura de Celaya, este año 2014 fue de muchos cambios. Tuvimos la tristeza de ver partir a nuestro querido maestro, Herminio Martínez, quien nos acompañó en todas las reuniones que le fueron posibles. Lo hicimos reír mucho, eso le gustaba. Y le gustaba, sobre todo, que siguiéramos adelante. Lo hemos hecho. Gracias por el apoyo de todos los compañeros que cada miércoles asisten al taller con sus textos y sus opiniones. Gracias al Sistema Municipal de Arte y Cultura por el espacio. Gracias a El Sol del Bajío, su director, sus editores y los excelentes diseñadores. Gracias a usted, apreciable lector. ¡Feliz año nuevo!


EL HADA DE LOS LIBROS
Paola Juárez

Era una tarde gris, las nubes se posaban sobre la ciudad, oscureciéndolo todo.
Elena se aburría jugando dentro de su casa, no podía salir, una lluvia de invierno estaba próxima y no quería lamentarse después, al pescar algún resfriado. Solitaria y temerosa decidió tomar un libro, aunque los cuentos eran los mismos de siempre: Princesas, dragones, tesoros ocultos en islas misteriosas y uno que otro diccionario donde aprendía nuevas palabras. La biblioteca en casa era muy vasta y en vez de buscar en el apartado infantil, creado especialmente para ella, eligió buscar en una sección distinta, donde nunca le habían permitido meter la nariz, era el apartado para los libros de magia que coleccionaba su papá. Mientras su madre se ocupaba atendiendo llamadas de la editorial para la cual trabajaba, Elena, sigilosa, cuidando de que no la observara, pasó las manos sobre los lomos de los libros que yacían cubiertos de polvo, pues durante mucho tiempo, nadie los había vuelto a abrir. Había uno en especial que llamaba mucho su atención desde que era muy pequeña, era de color café con letras doradas. Su papá lo guardaba en el cajón de su escritorio, con llave; una llave dorada. En varias ocasiones preguntó la razón por la cual tenía prohibido tocar esos libros, sobre todo ese que, por ser tan misterioso, llamaba más su atención. La respuesta de su padre siempre era la misma:
-Cuando tengas edad suficiente y estés preparada para guardar un secreto, lo sabré y elegiré el mejor momento para que conozcas el contenido de este libro. Fue una herencia de tu abuela para mí. Ha pasado desde tiempos inmemoriales de generación en generación. Ahora eres muy pequeña para cargar con un secreto tan grande y maravilloso. Algún día, querida Elena, algún día tú también serás conocedora y portadora de este gran misterio y lo comprenderás -le sonreía mientras Elena hacía pucheros y su curiosidad aumentaba.
Lamentablemente su padre falleció y nadie, ni siquiera su madre, habían podido quitarle esa duda plantada en su mente y, cada vez que entraba a la biblioteca, el libro con letras doradas parecía llamarla entre susurros. Llegó el final del otoño y en esos días se encargó de ayudarle a mamá a colocar el árbol de Navidad, las esferas reflejaban la alegría de sus ojos, las tardes olían a ponche, a café y a chocolate que mamá preparaba para disfrutar con unas deliciosas galletas de nuez o panqué de mantequilla. Elena disfrutaba mucho ayudándole, pues eran momentos que compartían juntas en compañía de libros, villancicos y muchos arrumacos. En víspera de Noche Buena la casa lucía como inventada en un cuento; llena de luces, árboles, estrellas, renos y muchos adornos navideños, Elena se tumbó en la cama y pensando en cuáles serían este año sus regalos, se quedó dormida. Soñó que su padre le leía un cuento, como lo hacía todas las noches, la arropaba, le daba un beso y acariciaba su mejilla, fue un sueño tan real que al despertar, no fue tristeza sino certeza la que tuvo de que su padre, donde quiera que estuviese, se mantenía cerca, a su lado pero en silencio. Durante el día estuvo muy contenta, ella y mamá hicieron las compras, ultimaron detalles para la cena y, llegado el momento, la casa se llenó con los aromas de los ricos platillos que entre las dos prepararon. Por la noche Elena no podía dormir, estaba muy inquieta dando vueltas en la cama, encendía y apagaba las luces de su cómoda y escuchaba a los vecinos que continuaban celebrando. Los niños lanzaban cohetes en las calles, los adultos bailaban y cantaban, así pasó varias horas en vela, sin poder pegar el ojo, tenía la extraña sensación de que algo mágico estaba por ocurrir en su vida. A la mañana siguiente, bajó a la sala en busca de sus regalos, dos paquetes estaban destinados para ella; abrió el más grande que contenía algunos libros y juguetes que había deseado durante todo el año pero algo más llamó su atención: era un sobre blanco que tenía escrito, con la inconfundible letra de su padre, la siguiente frase: “Para mi querida Elena”. Extrañada y confundida, no pudo esperar un sólo segundo para abrirlo, rasgó el sobre y dentro encontró una carta que comenzó a leer sin pestañear. “Querida Elena: Si lees esta carta, quizá es porque ya no me encuentre contigo físicamente y eso significará que no me alcanzó el tiempo que debía esperar para contarte el secreto que por años te oculté. Aún recuerdo la primera vez que abriste el libro, todavía no sabías leer pero te gustaba ver los dibujos que dentro de él habitan, se iluminaba tu rostro al ver al personaje de la historia del libro, me gustaba ver tus ojos que eran los más hermosos luceros con los que me deleité día y noche, desde que llegaste al mundo, mi mundo, pequeña Elena mía. Quiero que sepas que jamás fue mi intención hacerte sentir mal ni mucho menos provocarte un enojo cuando llegó el momento de negarte que lo tocaras, siempre te dije que llegaría el momento ideal para revelarte un misterio; un secreto que, al igual que tú, tuve que ser paciente para llegar a conocerlo, así como mi madre, mi abuela, mi bisabuela y no sé cuántas personas más, tuvieron que esperar a su turno. Hoy te ha llegado el momento de conocerlo pero antes quiero que sepas que fuiste la mayor alegría de mi vida, que siempre deseé lo mejor para ti, hubiese querido estar contigo por más tiempo pero la vida es así y es ella misma y los libros quienes te ayudarán a ser la persona que algún día llegarás a ser. Recuerda que un secreto se debe guardar fielmente, así como guardas los recuerdos de los bellos momentos que vivimos juntos, en el cajón de la memoria y en los rincones de tu corazón. Ahora tienes diez años, ya eres una niña mayor y el secreto que ahora será tuyo, lo encontrarás dentro del mismo libro, él te revelará aquello que tanta curiosidad despertó en ti y tanto anhelaste saber y que te servirá siempre para el resto de tu vida. Cuida a tu madre, dile que la amo aún en el momento en que esto escribo. Por siempre a tu lado, tu papá”.
Elena no podía parar de llorar, las lágrimas caían humedeciendo la carta que su madre cariñosamente le quitó de las manos para poder abrazarla, ella sabía de la existencia de la carta, había sido un encargo que su esposo le había confiado desde el primer cumpleaños de Elena, por si, llegado el momento, él ya no estuviera presente. Juntas abrieron la caja pequeña, era el libro añorado, Elena acarició la pasta y leyó el título: “El hada de los libros”. Por un instante titubeó, dudaba entre abrirlo o no, había pasado tantos años esperando ese momento, que ahora, por la emoción tan grande, parecían sólo horas. Se sintió como en un sueño y no cabía en su asombro. Reía, lloraba, pensaba, ¡por fin!, es mío, podré abrirlo, descubrir lo que contiene y sabré el gran misterio que encierra pero... también tenía miedo, pues sabía que un secreto implica mucho más que guardar silencio. Decidió ir a la biblioteca, sentarse en la silla que ocupaba su padre frente al escritorio y a la cuenta de tres lo abrió...
“EL HADA DE LOS LIBROS. Hace muchos años, en un lejano país, existió un pequeño pueblo a orillas de un frondoso bosque al que llamaban ‘El bosque de papel’ pues sus habitantes, aparte de sus cosechas, se sostenían de la tala de árboles, los cuales vendían en la ciudad para convertirlos en hojas blancas. La gente de los alrededores comentaba que el bosque estaba encantado, pues los habitantes del pueblo eran muy amables y respetuosos, se dirigían entre ellos de manera educada, reinando, ante todo, la armonía en aquel lugar. Había cuentos y leyendas de seres mágicos: duendes, hadas, elfos y hasta brujas de magia blanca y más de alguno juraba haberlos visto. El pueblo prosperaba, pedían permiso y agradecían a la naturaleza antes y después de servirse de ella y así como cortaban árboles también crecían, creyéndose ayudados por la magia de estos seres. Libria era una niña huérfana a la que todos querían y apoyaban, nadie sabía absolutamente nada de ella, salvo lo poco que se había atrevido a contar. Había llegado una noche de otoño, cubierta de harapos, hambrienta y con la voz extraviada. Al correr de los días empezó a sentir confianza y, observando a los taladores y a las mujeres sembrando, en corto tiempo aprendió el oficio del lugar y aunque pequeña, buscó la manera de ganarse y arar su propia vida. Era servicial e inteligente, una niña despierta para su corta edad. Sabía leer y escribir y pronto se convirtió en maestra para los niños, les leía y contaba historias que inventaba, jugaba con ellos y pronto se ganó el cariño de los habitantes. Gracias a su trabajo y a la ayuda de todos, logró hacerse de una pequeña choza en un claro del bosque, vivía apacible y sonriente rodeada por la naturaleza, aprendió a cocinar y de vez en cuando invitaba a los pequeños a sus humildes festines. Pasaron los años y Libria se convirtió en una hermosa jovencita. En ese tiempo y con esfuerzo se hizo dueña de una notable biblioteca, pues su pasión era leer y escribir, aprender de los libros cada día para continuar compartiendo y enseñando a los niños más pequeños del pueblo. Todos seguían sin saber nada de ella, era muy reservada con su pasado y respetaban su silencio, les bastaba con saber que al igual que ellos, era una agradable y amable persona. Los chicos de su edad la asediaban, trataban de conquistar su noble corazón pero a ella le bastaban sus libros, la soledad de la noche y la sonrisa de los niños para ser feliz. Muchos años más pasaron y más niños fueron naciendo, ella siguió leyendo y enseñando, contando cuentos bajo un anciano árbol hasta que un día enfermó, nadie supo la razón ni la enfermedad que fatalmente cayó sobre ella y la silenció aunque no para siempre. Muchos dicen que murió siendo joven para no envejecer y ser inmortal, que el pueblo fue otro gracias a ella, que todo niño al que alguna vez le leyó, creció hechizado por la magia de los libros, que formó hombres y mujeres de bien gracias a sus enseñanzas y sabias palabras, a sus consejos, a sus sonrisas, atenciones y juegos. Otros cuentan que nació de una lluvia poética del cielo o de un rayo de luna, otros cuentan que era la tinta misma que ocultaba y escribía su misteriosa historia pero todos coincidieron en afirmar que era una hada, una hada mágica; el hada de los libros, los cuentos y las palabras; pues, al morir, se convirtió en un polvo dorado que se esfumó volando en un batir de alas por el viento y, en su tumba, llorando y sonriendo, grabaron: “Aquí yace, más no descansa, el hada de los libros, la niña eterna de las palabras mágicas, su lema fue siempre: Por favor, con permiso, perdón y gracias”.
Esta historia tiene su parte de fantasía pero guarda una gran verdad, el hada de los libros realmente existió y sigue habitando en cada voz, en cada palabra de todo aquel que por las noches, a sus hijos cuenta o lee un hermoso libro o una linda historia y si tú has leído o te han leído ésta, sé consciente que, desde hoy, ya formas parte de ella. El hada de los libros renace entre las palabras, entre la poesía que escriben tus ojos al leer y no dudes, jamás, de que también sonríe al ver surtir el efecto de su hechizo, en ti”.
Elena terminó de leer y al final, en la última página, encontró otra carta, también firmada por su padre, en ella le explicaba que todo lo que había leído era una historia real, que su familia descendía de aquel pueblo mágico y que conforme pasaron los años, en el lugar donde estuvo ubicada la choza del hada, se encontró un viejo y arrugado papel que decía: “Hace mucho, mucho tiempo, nací de una palabra, dotada de hermosas alas que brillan a la luz de la luna o de los rayos del sol. Nací vestida de letras, cargando una varita mágica. Estoy presente en cada cuento, en cada voz que por las noches sale de unos labios, a través de ellos vierto la magia y el poder que habita en las palabras. Soy protectora y hada de los libros, los cuido como el valioso tesoro que son, en ellos vivo, en ellos duermo, río y suspiro. Vivo en secreto, revelado de familia en familia, de generación a generación, pero muchos niños que me han conocido, me olvidan pronto, cuando descuidan al niño que llevan todos en su corazón. Al descuidarlo, al abandonarlo, olvidan los juegos y la alegría que les causaba tocar a la puerta de la alegría y la ilusión. Si vivo oculta, cubierta de misterio, es por una sola razón, no toda la gente logra comprenderme, intentan desaparecerme diciendo que soy un invento de la imaginación. Vivo entre papeles, añejos o nuevos, cada libro es como un cambio de estación, unos huelen a invierno, otros a primavera, a otoño o a verano de sol.
El gran secreto y la sabiduría que encierro, la descubres tú, no la digo yo”. Al finalizar, Elena sonrió, le sonrió a la vida, a los libros que la rodeaban, a los momentos vividos al lado de su padre, a los que ahora compartía con su mamá, a la enseñanza de las bellas palabras que revelaba el hada y al valor de la paciencia. También le sonrió a su vida, porque sin duda era la historia más valiosa e importante que estaba viviendo y leyendo a la vez.


HAIKUS DECEMBRINOS
Camelia Rosío Moreno

Nochebuena
pétalos rojos
buenas nuevas proclamas
gélido ciclo.

Piñata
dale de palos
engalanan su panza
siete pecados.

Nacimiento
dulces cánticos
anuncian su llegada
bajo una estrella.

Ponche
Té ígneo
lío de frutas
don que produce delirios.

++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++

A JUAN JOSÉ TABLADA
por David Rivera

La piñata
de estrella,
Estrella la estrella.

El tejocote
baila
en el hirviente ponche.

La mandarina
encierra
un agridulce regalo navideño.

Con la cola entre las patas,
en la pastorela,
un diablo va al infierno.

En un zapato cabe
toda la felicidad infantil
en el día de reyes.


domingo, 21 de diciembre de 2014

PAZ EN LA TIERRA

Sol del Bajío, domingo 21 de diciembre 2014, Celaya, Gto.

PAZ EN LA TIERRA

“—¡Pobrecito Cascanueces! —exclamó María a gritos, quitándoselo a Federico de las manos.
—Es un estúpido y un tonto —dijo Federico—; quiere ser partidor y no tiene las herramientas necesarias ni sabe su oficio. Dámelo, María; tiene que partir nueces hasta que yo quiera, aunque se quede sin todos los dientes y hasta sin la mandíbula superior, para que no sea holgazán.
—No, no —contestó María llorando—; no te daré mi querido Cascanueces, mírale cómo me mira dolorido y me enseña su boca herida. Eres un cruel, que siempre estás dando latigazos a tus caballos y te gusta matar a los soldados.
—Así tiene que ser; tú no entiendes de eso —repuso Federico—, y el Cascanueces es tan tuyo como mío; así que dámelo.”
El Cascanueces (fragmento) Ernst Theodor Amadeus Wilhelm Hoffmann.

Violencia es una palabra dura. Suena a dolor, rabia, pérdida, tristeza, desesperación. La escuchamos a todas horas. En los diarios, a través de la radio, televisión, en internet. Las personas sufren violencia y responden con violencia. ¿Quién habla de paz? Malala Yousafzai, la jovencita pakistaní y el activista indio Kailash Satyarthi han sido galardonados  con el Nobel de la Paz 2014 "por su lucha contra la opresión de los niños y los jóvenes y por el derecho de todos los niños a la educación". Ellos también sufrieron violencia e intolerancia, pero prefirieron hablar de paz. Tal vez el mundo sea intrínsecamente un lugar de violencia, después de todo hay que supervivir, a toda costa. Pero si damos un espacio a la paz, si permitimos que el perdón derrote al odio, entonces, quizás, estos tiempos disfrutemos de verdad a la familia, los amigos, los cuentos y las tradiciones. Cada cual a su manera, en su espacio, con tolerancia. Tal vez, entonces, este mundo pueda sanar. Y nosotros también.
Julio Edgar Méndez


DAR HASTA QUE DUELA

María Soledad Popper

Hay una pascua de mi infancia que permanece a través de tantos años en mis recuerdos, especialmente por la gran cantidad de imágenes que quedaron adheridas en mi mente, casi como un archivo fotográfico, y en esa memoria estomacal que se despierta al abrir cada impresión, entregando las emociones y sensaciones que las acompañan.
Tenía ocho años, vivía en mi país, Chile, y era el mes de diciembre en que haría mi primera comunión. Las tres monjas que colaboraban en la parroquia de la comunidad, organizaron una visita a un hospital infantil; la realizarían los niños del catecismo con sus familias, apoyados por todos los grupos de la iglesia. La idea era llevar a la práctica ese amor al prójimo del que tanto habíamos oído en la catequesis, y que en realidad, no relacionábamos con esa inclinación bondadosa, natural e inherente, que nacía de nosotros involuntariamente y en todo momento, tan sólo porque éramos niños. La idea resultó una genialidad, pues agarró los vientos de popa que normalmente suelen gestar los tiempos de pascua e impulsó la aventura de tal forma, que no sólo despertó el entusiasmo de los fieles asiduos al templo, sino de todo el vecindario circundante. Alguien contactaría a un vecino de muy buena voluntad, dueño de un bus, para el traslado del grupo, que con seguridad aceptaría. Otros tantos donarían las galletas, dulces y frutas para las sorpresas de pascua que se regalarían a los enfermos y al personal del hospital, que ya, a esas alturas, serían llenadas por un grupo de señoras muy bien dispuestas para el trabajo. Otro grupo, con habilidades para la pastelería, se juntaría en la casa de una de las señoras para cocinar la torta y, claro está, cada una de sus integrantes pondría uno o más de los ingredientes necesarios. Un señor que contaba con una camioneta se ofreció para trasladar la torta, las cajas con las bolsas de golosinas y todo lo que fuera más delicado de llevar. Otros también dispusieron dinero para pagar la bencina que el bus necesitaría para el viaje. También se propuso incluir a nuestro grupo infantil de baile folklórico, al cual pertenecíamos mis hermanos y yo, y que normalmente era acompañado por un grupo de jóvenes que dedicaban de su tiempo de estudiantes para enseñar a los niños los bailes y tocar en sus presentaciones. Mi mamá se hizo parte del grupo de señoras que recolectaría las flores cultivadas en los jardines de nuestras casas, cuyas dueñas donarían encantadas, y que se ofrendarían en el altar a la Virgen, dispuesto en una pequeña capilla del hospital. Finalmente, uno de los papás anunció que su aportación la dejaría como sorpresa para el día de la visita.
Las monjas sonreían y le agradecían al cielo tanta gracia moviendo corazones y al momento en que alguien preguntó por los regalos para los niños del hospital, ellas ya tenían la respuesta muy bien premeditada: cada niño de la catequesis donaría uno de sus juguetes, el preferido, el más querido para él y lo llevaría consigo ese día para regalarlo a uno de los niños hospitalizados. Hubo silencio. Alguien, por ahí, musitó desde un rincón indeterminado: “Dar hasta que duela”. Y cómo sufrí esos días previos a la aventura. ¿Debía desprenderme de mi ángel de la guarda, cocido en forma de oso, que me acompañaba y cuidaba desde la cuna? Pues no, ya estaba desgastado, con la nariz pelada y olía a muchos años de noches infantiles abrazada a él ¡Gracias al Cielo por su condición! A última hora llevaría un juguete, al cual no estuviera tan apegada y por lo demás, mis pasos de baile serían una ofrenda, más que suficiente, dada con alegría a los niños del hospital.
El bus nos esperaba puntualmente en el patio de la parroquia. Momentos antes el grupo juvenil de la iglesia lo había revestido con globos y guirnaldas de todos colores y había escrito frases alusivas a la visita al hospital. Cada niño que llegaba aplaudía y daba saltos de asombro y su alegría se sumaba a la de los otros, produciendo una gran algarabía en todo el lugar. La camioneta que llevaba la torta, las sorpresas, los ramos de flores e instrumentos musicales, y que también había sido prolijamente adornada, resultó otro gran espectáculo, cuando el papá que había dejado su donación para último momento, se subió a ella vestido de radiante Viejo Pascuero, cargando en su mano una ruidosa campana que había sido prestada por las monjas y saludando con la otra, blancamente enguantada, a toda la concurrencia. Uno a uno, los niños fuimos dejando emocionados en su gran saco, muñecas, osos de peluche, pelotas, arcos, pistolas, sombreros de vaqueros y un sinfín de juguetes, nuestros más íntimos y preciados tesoros.
La atmósfera del hospital pasó rápidamente de blanco silencio a bullicio colorido y multitudinario. Cada sala del hospital se llenó de flores, globos, música, baile, abrazos y risas. Mientras mis compañeros y yo bailábamos al son de bombo, quena, pandereta y guitarra, podía ver en imágenes furtivas a las enfermeras acomodando las almohadas para que los niños en las camas se sentaran o pasando a otros a sus sillas de ruedas o simplemente rodeando con sus brazos a los que no podían moverse. El carrito de la torta se desplazaba por los pasillos ofreciendo las deliciosas rebanadas; el Viejito Pascuero, sudando a mares en su abrigado disfraz rojo, se repartía hacia todas las camas y rincones entregando cariñosamente los regalos; las mamás, acompañadas de sus hijos, regalaban las sorpresas a niños y adultos. Los doctores que en esos momentos hacían su ronda habitual, también se sumaron con su alegría y nos acompañaron en los bailes.
La fiesta fue corta pero llena de vida. La alegría de nuestra presencia y la sonrisa de los niños hospitalizados quedaron vibrando intensamente en el lugar y en nuestros corazones.
De regreso a casa, a través de la ventanilla del bus, mis ojos se perdían serenos en el cielo y en el brillo del sol en el mar. En esa pascua no recibí la bicicleta que tanto esperaba año tras año, pues la primera comunión traía consigo perder la inocencia de creer en el Viejo Pascuero y dar espacio en mi ser de niña al nacimiento de Jesús. Sin embargo, fueron las fiestas navideñas más profundamente plasmadas que celebró mi infancia.

* Hacia el sur, en Chile, la nochebuena se celebra a la medianoche y es justo el momento de abrir los regalos. La comida que se prepara en ese día es a base de carne roja o blanca asada y acompañada con diferentes ensaladas, es también costumbre chilena comer el pan de Pascua (pan con pasas y frutas) y tomar cola de mono, una bebida hecha de pisco, café, leche, azúcar y canela. El 25 de diciembre los chilenos, sobre todo los niños, acostumbran salir a las plazas y parques para divertirse con los regalos que el Viejo Pascuero (Santa Claus) les ha traído.



LUCES Y ESTRELLAS

José Arturo Grimaldo M.

“Los ojos de la fe miran más allá de lo que nuestra vista puede descubrir… Que la Verdadera Luz ilumine el corazón de la humanidad”

Lo único que podía encender el pequeño Nati en aquella fría y oscura noche de
Navidad, era la llama de la fe, porque en su casa no había para luces, regalos, ni esferas. Hacía tres años que su padre los había dejado a él y a su mamá para ir a trabajar a los Estados Unidos y, desde entonces, nada sabían de él. Se había ido con la promesa de volver un día cargado de regalos y de ilusiones que les permitiera soñar con una nueva forma de vida.
-Ya es hora de ir a dormir, Nati, tu papá llegará más tarde -le decía doña Esperanza, al mismo tiempo que se le hacía un nudo en la garganta por tener que darle la misma explicación de cada año-.
-Pero él prometió llegar en Navidad, mamá y mi papá siempre cumple lo que dice -respondía el niño-. Además, lo he soñado nuevamente bajando de una estrella y trayendo los juguetes que me prometió -dijo nuevamente, al mismo tiempo que inclinaba la cabeza y obedecía a su mamá la indicación de ir a la cama-.
Ya muy avanzada la noche, una intensa luz iluminó la humilde casita donde vivían aquellos dos seres indefensos, como si una estrella se acercara desde el cielo y se posara sobre el techo. Sin embargo madre e hijo ya habían sido vencidos por el sueño, el hambre y la desesperación y no se percataron de aquel extraño fenómeno. De la intensa luz apareció un niño hermoso y radiante que entró en la casa para dejar algunos regalos y una carta sobre la pequeña mesa de madera en la que solían comer. Por mucho tiempo, aquel distinguido visitante estuvo velando el plácido sueño del pequeño Nati y su mamá. Luego, besó suavemente la frente de ambos, les bendijo y se dispuso a regresar de donde vino.
Doña Esperanza se levantó -como siempre-, muy de madrugada, vio los regalos y la carta, que comenzó a leer de inmediato.
“Para mi esposa, Esperanza y mi hijo, Natividad: Ante la imposibilidad de estar con ustedes físicamente, le he pedido al Niño Jesús que supla mi ausencia en casa y que les haga llegar todo el amor que les tengo y a mi hijo, los regalos que le había prometido. Luego de una larga enfermedad, Dios me llamó con Él y no pude resistirme ante el ofrecimiento que me hizo de darme una felicidad mayor que la del mundo. Además, me dio permiso de velar desde el cielo por ustedes dos.  Sé que estarán contentos al saber que he dejado de sufrir enfermedades, hambre, desprecios, frío, tristezas y angustias al vivir en una tierra ajena, y que ahora todo se ha convertido en una alegría eterna. Festejaré con ustedes cada Nochebuena y desde el cielo pediré a Dios que les mande una estrella a iluminar sus corazones.
Siempre cuidaré de ustedes para que nunca les falte nada. Espero que algún día podamos festejar la navidad todos juntos. Los quiere, Emmanuel’.
Y justo cuando su mamá terminaba de leer aquella carta y aún con lágrimas en los ojos, se despertó el pequeño Nati y acercándose a ella le dijo:
-¡Vino mi papá!, ¿verdad?
-¡Si, hijo! Pero se tuvo que regresar en la misma estrella, porque tenía mucho trabajo en el cielo -le contestó-.
-Te lo dije, mamá, mi papá no me podía fallar -volvió a decir el pequeño, al mismo tiempo que su rostro se iluminaba con la luz radiante que aún estaba esparcida por el interior de la casa- ahora sé que vendrá como lo había prometido –y, abrazando los regalos, volvió a la cama para seguir soñando-.


POSTAL APLAZADA

Patricia Ruiz Hernández

Con el inevitable pasar del tiempo se acumulan experiencias que brindan sabiduría y serenidad, a veces, reina la añoranza por los amigos ausentes que alguna vez caminaron junto a nosotros y tomaron otra senda. Estas reflexiones ocupaban mi mente al ser ya una mujer en la edad dorada. Así, en un frio día de invierno ocurrió un hecho por demás inesperado. Regresaba a mi hogar para refugiarme del gélido viento que soplaba, recogí la correspondencia del buzón, entré dispuesta a saborear un delicioso ponche y arroparme de pies a cabeza para continuar con la lectura de la novela Navidad en las Montañas. Rehuía el bullicio decembrino y los placeres que ofrece el consumo desmedido en esta época del año; hábitos que desvirtúan la verdadera esencia de la Navidad. Al revisar las cartas, sobresalía una que, por su singular apariencia, capturó mi atención. Se trataba de un sobre amarillento, un poco ajado, con timbres claramente antiguos y con el sello de la oficina postal fechado ¡treinta años atrás!, con impaciencia y mano temblorosa me apresuré a abrirlo… ¡Era una tarjeta de Navidad! De aquellas hermosas y antaño tradicionales, escrita con bella caligrafía. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que recibí alguna. Me la enviaba una entrañable amiga de juventud, de quien tenía años sin saber de ella… ¡Era increíble! Mi pensamiento se volvió confuso y la imaginación me llevó a especular que la misiva estuvo extraviada en la oficina de correos y tres décadas después finalmente la enviaron; aunque de inmediato deseché la idea por inverosímil.  Sin poder concentrarme en la lectura, pase el día cavilando el asunto. Tales pensamientos me llevaron a evocar lo común que era el intercambio de postales entre las personas, con los parabienes escritos de puño y letra del remitente. Algunas eran de manufactura casera, en las que se escribían frases personalizadas y creativas, en otras se expresaba el mensaje habitual de “Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo” acompañado de hermosos paisajes invernales o escenas del Nacimiento. Las familias atesoraban aquellas tarjetas colocándolas en el ya de por sí sobrecargado arbolito de Navidad; a la usanza antigua, éste consistía en una rama seca que se pintaba de color blanco, montada en un rústico bote –camuflado con papel de regalo-, se adornaba con pelo de ángel, esferas, luces, figuras de papel y la colección de postales. Si acaso algún amigo o familiar omitía enviar su tarjeta a cierta persona, podía significar una ofensa; el olvidadizo, a manera de justificación culpaba al servicio postal por aquella desatención, con frases como: “¿No te llegó mi tarjeta?, se debe haber extraviado en el correo, tienen mucho que entregar”, lo cual era cierto, los carteros tenían en esa temporada sobrecarga de entregas. Por la noche llegó mi hijo y le narré el inusual acontecimiento, haciendo énfasis en la antigüedad de la tarjeta.  Él la examinó con detalle. Para mi sorpresa, encontró una pequeña nota dentro del sobre, de la que no me había percatado, y me la entregó. Con ese descubrimiento me sentí un poco atolondrada. La nota decía:

Querida amiga: Guardé esta postal por treinta años, ya sabes que soy una acumuladora incurable. En aquel tiempo te la envié con un domicilio erróneo y el correo la regresó. Al revisar algunas cajas del desván, la encontré y me puse nostálgica, pues esta época me pone un tanto tristona, entonces decidí pasar a tu casa y depositarla en el buzón. Quería sorprenderte. Espero haberlo logrado.  ¡Feliz Navidad!

domingo, 14 de diciembre de 2014

NOCHES FRÍAS

Sol del Bajío, domingo 14 de diciembre, Celaya, Gto.
DIEZMO DE PALABRAS


NOCHES FRÍAS
Diciembre es un mes frío. O eso dicen. La verdad es que depende del lugar donde nos encontremos. Celaya es una zona relativamente templada. Aunque por las noches la temperatura llega a veces hasta grados de congelación. Pero en la literatura el frío es personaje principal. Se cuentan algunas historias que dejan frío. Como los sustos. O la tristeza de perder a algún ser querido en manos de quiénes deberían protegernos. Todo por mantener un control político que a claras luces ya nadie desea. Pero eso es otra historia de terror. Lo que tenemos en esta página es la colaboración de tres compañeros quiénes escriben literatura infantil y juvenil. Uno de los medios para motivar a la lectura a los futuros ciudadanos, es poner en sus manos historias interesantes. Curiosamente el suspenso es uno de sus temas favoritos.  Paola Klug, quien escribe cuentos basados en tradiciones mexicanas, nos presenta un personaje muy importante a quien seguramente todos hemos visto alguna vez. Estrella Méndez nos relata la historia de un pequeño gato y Julio Edgar Méndez nos ofrece una historia que a cualquier niño le ha pasado. Un poco de suspenso para compartir con la familia en estas noches frías.


EL SEÑOR CORTEZA

Paola Klug

Seguramente todos han escuchado alguna vez esa historia que dice que los juguetes cobran vida cuando no los vemos, y al amanecer o, cuando sienten que pueden ser descubiertos, toman de nuevo su forma original y se quedan quietos, justo en el mismo lugar en donde fueron dejados. Yo no sé si esa historia sea real, pero la que les voy a contar ahora lo es y no se trata de un muñeco, sino de un chaneque al que llamaré, Señor Corteza.
Para quienes no sepan que es un chaneque les diré que se trata de los pequeños duendecillos originarios de México, ellos andan entre los maizales y los montes, igual que entre las ruinas, las barrancas, las montañas, ríos y puertos. Los chaneques, como todos sus familiares repartidos en lo largo y ancho del mundo, tienen fama de hacer travesuras y de no tener muy buen humor cuando son descubiertos. Yo me encontré con el Señor Corteza por casualidad, y digo casualidad porque ninguno de los dos esperábamos encontrarnos, pero ésta, como todas las historias debe tener un inicio, así que empezaré por allí.
Ayer, un par de horas antes de que cayera la tarde, fui a caminar en el campo. La luz dorada del sol estaba bañando los maizales y las ramas largas del laurel que caían como cascadas sobre su tronco. La niebla había empezado a bajar muy lentamente desde los cerros y los pequeños montes que nos rodean, las sábilas, las flores silvestres y algunos nopales fueron los primeros en cubrirse con ella.
Mis pies se hundían entre la tierra negra, mi caminar era lento y un poco pesado entre los surcos espirales que habían llenado todas las parcelas. Caminé entre los bordos, junto a los guayabos, los eucaliptos  y el cedro blanco cuando algo llamó mi atención. A unos cuantos metros de distancia, entre las matas de zacate rosa y la paja algo se movía arrebatadamente. Al principio creí que era una serpiente atrapando una rata de campo, o quizá uno de los sapos que se bañan cada noche entre la acequia pero no, se trataba de algo completamente diferente…
Caminé lo más pronto que pude e hice lo posible por no hacer ruido, fue allí cuando mis ojos se toparon con los del Señor Corteza por primera vez. Su cuerpo era pequeño y rugoso, como la textura de un árbol, sus ojos eran grandes y del color naranja que a veces tiene el atardecer; el diminuto pie del Señor Corteza estaba atrapado debajo de una piedra. ¡Se movía tan fuerte porque no podía escapar! Me miró con miedo –el estigma del ser humano- lanzó un pequeño grito que retumbó en mi cabeza y me hizo taparme los oídos y allí, enfrente de mí, tomó la extraña forma de una raíz y dejó de moverse por completo. No voy a negar que sentí mucho miedo, pocas veces tiene uno la oportunidad de encontrarse con los chaneques de esta forma y pocas veces estos encuentros terminan bien, sin embargo algo dentro de mí me hizo seguir hacia adelante, justo donde estaba él. Lo miré con atención, sabía que detrás de esos huecos en la madera sus ojos naranjas me veían y que detrás de esa mueca en su boca terrosa quizá había un poco de esperanza por no salir dañado. Me presenté con él y le prometí no provocarle ningún otro inconveniente. Tomé la piedra en la que estaba atrapado y la coloqué a su lado con mucho cuidado tratando de no lastimar más su pie. La expresión del Señor Corteza no había cambiado, pero algo en el ambiente sí. Los rayos del sol dorados me parecieron más cálidos, el aire que silbaba entre la ceiba más fresco, los maizales danzaban de una forma diferente…
Me alejé lo más rápido que pude  para darle espacio al Señor Corteza. Me senté sobre una piedra en el otro extremo de la parcela y prendí un cigarro; el zacate rosa volvió a moverse pero de una manera mucho más sutil. Preferí girar la cabeza hacia el otro lado para dejarlo desaparecer con calma, después de todo aun tenía un pie lastimado. Cuando todo el movimiento cesó, regresé al mismo lugar adonde lo había encontrado. Solo hallé la piedra y un pequeño zapatito hecho con musgo que decidí plantar en el mismo lugar con la esperanza de cosechar el próximo otoño un hogar para los nuevos chanequitos que nazcan en el campo…




PURR

Estrella Méndez Méndez

El velador se estremeció ante el viento frio que pareció colarse entre las rendijas de su grueso abrigo para tocarle con manos heladas. Elevó su lámpara iluminando los pasillos oscuros de ese viejo cementerio. Hacía mucho tiempo ya que su corazón no brincaba ante cada murmullo o sombra que percibía en las noches tan lúgubres como ésta. Levantó la mirada cuando las nubes se abrieron, dejando ver una gran luna roja tiñendo de tonos rosados todo el pálido mármol del sitio. La caja que traía entre sus manos se estremeció un poco ante aquel efecto y, a pesar de la costumbre, en noches así, incluso alguien como él sentía su corazón estrujarse con una sensación intranquila. Echó andar con paso firme, intentando ignorar las sombras que se deslizaban sobre las tumbas, o los sonidos de pasos detrás de él como si alguien lo siguiera. Todo eso era normal, se decía una y otra vez; no era más que el viento, se repetía. Sus pies lo llevaron ante una tumba en particular, en la cual siempre hacía una escala antes de ir a dormir a su cabaña, era una hermosa lápida con una escultura de un ángel  con las manos extendidas como pidiendo un abrazo. Sintió su corazón latir un poco más tranquilo al verla y, con calma, dejó la caja a los pies de esa estatua al mismo tiempo que hizo un rezo silencioso y se retiró sin mirar atrás. Una pequeña cabeza asomó desde la caja. Un gatito negro, de ojos rojos, observó curioso a su alrededor y elevó la mirada cuando una silueta pálida se detuvo frente a su caja. Unas pequeñas manos blancas se inclinaron para recogerle en brazos, el felino ronroneó frotando su cabeza contra esa delicada figura sin percibir su frialdad, estaba tan fría como él.
El velador se detuvo bruscamente unos metros más adelante al escuchar un ronroneo seguido de una risa infantil; se volvió rápidamente y se le congeló la sangre al ver a una pequeña niña, de pie, frente a la tumba. No tendría más que unos ocho años, cabellos claros mecidos por el viento, con un sencillo vestido color crema y los pies descalzos que abrazaba con cariño al gatito negro. Apenas abrió los labios, tomando aire para hablarle, pero en medio de un parpadeo la niña y el gato habían desaparecido.  Iluminó los alrededores buscándolos, pero no los encontró; la luz de su linterna enfocó la caja que había dejado junto a la tumba, no esperaba movimiento alguno. Dentro de ella sólo se encontraba ese pequeño gato que había encontrado muerto en la entrada del cementerio envuelto en unos trapos sucios. Sacudió su cabeza pensando en lo que había visto. Decidió que en la mañana enterraría el pequeño cadáver, por lo visto había encontrado un buen lugar. Siguió su camino de regreso a su cuarto de velador y no quiso mirar hacia atrás de nuevo, no por esa noche al menos, ni siquiera cuando volvió a escuchar esa suave risa, un purr apenas audible y un ronroneo en el viento.


LA SOMBRA

Julio Edgar Méndez

Una noche, muy noche, me desperté porque sentí que alguien me estaba mirando. Mi cuarto estaba oscuro, pero había un poquito de luz porque la cortina era de tela delgada y afuera en la calle había un focote que duraba prendido hasta la mañana. En mi silla del escritorio que usaba para hacer las tareas, estaba sentada una sombra. Iba a gritar del susto, pero de mi garganta sólo salió un chillido como de ratón, una especie de soplidito rasposo, y eso que siempre he dicho que yo no tengo miedo de nada. Pero fue tanta la sorpresa, que me quedé como congelado.
La sombra no se movía de su lugar, le gustaba la silla o estaba cansada. No hacía ruido tampoco. Sólo estaba ahí, supongo que los fantasmas también descansan a veces. A la mejor lo pesqué dormido, o esta sombra o zombi o lo que fuera, se aburrió de esperar que yo despertara para asustarme. Pero de todos modos hizo bien su chamba porque yo estaba muy espantado.
Ese día me la había pasado jugando fut en la calle con mis vecinos, ya estábamos de vacaciones, así que jugamos hasta la noche. Nada más entramos a nuestras casas a comer y volvimos a salir a jugar hasta que nos dolieron los pies y la cabeza de tantos balonazos. Mi mamá me obligó a bañarme antes de dormir y no me dejó ver la tele porque ya era muy noche. ¿Y qué? Jejeje, mi hermana mayor me había regalado un celular con el que entraba a internet  sin que mi mamá se diera cuenta. Después del baño y la cena, me fui sin hacer bronca a mi cuarto. Me metí al Facebook con mi cel y me puse a subir memes de puras vaciladas junto con mis amigos. Ni recuerdo a qué hora me dormí, pero debió ser después de la una o dos de la madrugada porque a esa hora ya subían puras cosas raras al feis.
La sombra seguía quieta. Quería moverme pero no quería avisarle que ya estaba despierto. Quería ir al baño, me andaba de la pis, ya sentía que se me salía. La última vez que me hice pipí en la cama mi mamá me puso a lavar el colchón y las cobijas, así que ya me aguantaba hasta que salía corriendo al baño con los ojos todavía medio cerrados, pero ya no me hacía en la cama. Pero esta vez mi mamá se iba a enojar muchísimo porque yo ya sentía que iba a orinar como cien litros de pipí. Maldita sombra, no sólo me daba miedo, me estaba dando coraje no poder pararme, ni gritarle a mi hermana para que me ayudara.
La figura de la sombra no era muy grande y estaba dormida de lado, con la cabeza medio caída, como yo cuando voy en el bus y me aburro y mejor me duermo. Una vez desperté con la boca llena de baba y pegado al hombro del señor que iba en el otro asiento, lo bueno fue que no se dio cuenta de que le dejé llena de saliva la manga de su camisa. Y la sombra seguía ahí, como sombra.
El miedo es como un bumerang, no importa cuántas veces lo alejes de ti, siempre regresa. Me daba cuenta de que a lo mejor la sombra me visitaba todas las noches o al menos varias veces, pero como yo dormía como tronco no la había visto antes. Había algo familiar en su aspecto. Poco a poco los colores se distinguían y ahora ya no era toda negra, ni gris. Era parte azul, parte naranja. Extraño, sólo la cara seguía en la oscuridad total. Tenía un sombrero o gorro medio caído, por eso daba la impresión de estar descansando con la cabeza de lado. Mi cabeza dejó de retumbar, porque antes escuchaba un millón de tambores sin ritmo. Y eso que en mi clase de batería todos nos poníamos a molestar al maestro tocando al mismo tiempo sin seguir la pauta. Pues esto se escuchaba mucho peor. Pero cada vez menos. Tragué saliva, ya pude respirar con más calma. Empecé a perder el miedo. Ya se distinguían más cosas de mi cuarto. Los posters de rockeros y superhéroes. Las puertas del closet, como siempre, abiertas y con la ropa saliéndose como con ganas de huir para que no le diera la vida que le doy. Toda manchada, rota de las rodillas y los codos. Y no por vieja, sino porque no me dura ni dos semanas lo que me compran. La sombra se veía menos amenazante. ¿Qué hora sería? Mi cel estaba sin pila, me daba flojera cargarlo. Ni idea. Ya se oían otros sonidos, no supe si el perrito cachetón de la vecina había ladrado todo el tiempo o sólo ahorita que lo escuchaba. Ese perro ladraba todo el tiempo. La vecina decía que era porque tenía muchas cosas que decir pero nadie le entendía. Yo digo que lo lleve al sicólogo, o al bar, dice mi papá que por eso va con sus amigos al bar, que porque sólo ahí lo escuchan. Mi mamá se enoja y le pregunta que de qué quiere platicar, que platique con ella. Él le contesta que no, que hay cosas que sólo se hablan entre los hombres y me guiña un ojo. ¡Sepa la bola¡ Yo con mis amigos hablo de juegos de video o de música, y a la mejor tiene razón, ni modo que hable con mi mamá de mis bandas favoritas, ni las conoce.
La sombra no se movía. Yo empecé a sentir que mis piernas y brazos estaban listos para moverse, saltar, correr, lo que fuera. Moví la cabeza, ya podía respirar y seguro también hablar o gritar. Pero ya no tenía miedo. Esta vez el bumerang no regresó. Estaba comenzando a enojarme. Si esa sombra era un fantasma, más le valía desaparecer rápido porque empecé a bajar de la cama despacito, debajo tenía un bate de beisbol que me regaló mi tío Carlos. Me dijo que si no me gustaba el beis, al menos me serviría para alejar las pesadillas, que lo guardara debajo de mi cama. Esta era la primera vez que iba a alejar a algo a batazos. Lo que fuera. Ya me había hartado, ni se movía para asustarme ni se largaba. Me puse mis lentes y todo el panorama se aclaró.


Desde entonces me he vuelto más ordenado. Doblo mi ropa en el closet y cierro bien las puertas. Ya no dejo todo botado sobre la silla. En otra de esas se me vuelve a aparecer la sombra fantasma, que no fue otra cosa que toda mi ropa hecha bolas. Y yo que hasta terminé con la cama orinada.

domingo, 7 de diciembre de 2014

ARANDO LETRAS

Sol del Bajío, 7 de diciembre de 2014, Celaya, Gto.
DIEZMO DE PALABRAS



EL AMOR
Efraín Huerta, a cien años de su nacimiento.

El amor viene lento como la tierra negra,
como luz de doncella, como el aire del trigo.
Se parece a la lluvia lavando viejos árboles,
resucitando pájaros. Es blanquísimo y limpio,
larguísimo y sereno: veinte sonrisas claras,
un chorro de granizo o fría seda educada.

Es como el sol, el alba: una espiga muy grande.

Yo camino en silencio por donde lloran piedras
que quieren ser palomas, o estrellas,
o canarios: voy entre campanas.
Escucho los sollozos de los cuervos que mueren,
de negros perros semejantes a tristes golondrinas.

Yo camino buscando tu sonrisa de fiesta,
tu azul melancolía, tu garganta morena
y esa voz de cuchillo que domina mis nervios.
Ignorante de todo, llevo el rumbo del viento,
el olor de la niebla, el murmullo del tiempo.

Enséñame tu forma de gran lirio salvaje:
cómo viven tus brazos, cómo alienta tu pecho,
cómo en tus finas piernas siguen latiendo rosas
y en tus largos cabellos las dolientes violetas.

Yo camino buscando tu sonrisa de nube,
tu sonrisa de ala, tu sonrisa de fiebre.
Yo voy por el amor, por el heroico vino
que revienta los labios. Vengo de la tristeza,
de la agria cortesía que enmohece los ojos.

Pero el amor es lento, pero el amor es muerte
resignada y sombría: el amor es misterio,
es una luna parda, larga noche sin crímenes,
río de suicidas fríos y pensativos, fea
y perfecta maldad hija de una Poesía
que todavía rezuma lágrimas y bostezos,
oraciones y agua, bendiciones y penas.

Te busco por la lluvia creadora de violencias,
por la lluvia sonora de laureles y sombras,
amada tanto tiempo, tanto tiempo deseada,

finalmente destruida por un alba de odio.


ARANDO LETRAS

El colectivo literario Arando Letras, nació en el año 2011, producto de la reunión de unos cuantos entusiastas de la literatura, aunque sin una trayectoria pública y a partir de ese año deciden agruparse bajo un ideal de proyección y perfeccionamiento en sus estilos, formar una imagen reconocida en el medio cultural y reunir a más escritores que, como ellos, compartan el ideal del colectivo. A la fecha suman ya más de veinte elementos que de manera constante participan en los talleres que actualmente se realizan en cuatro ciudades de los estados de Guanajuato, Michoacán y Tabasco. El colectivo se organiza bajo un esquema de igualdad y responsabilidad compartida para los estudios y prácticas de taller, cuentan con casi una centena de presentaciones entre grupales y particulares, más de veinte publicaciones que bajo el sello del colectivo se han lanzado al público. En la actualidad ya producen sus propios libros bajo un sello editorial de compañeros fundadores, el cual está a disposición del público en general.
Arando no es sólo nombres, arando es producciones literarias y mensaje de variedad y libertad de estilos, siempre buscando dejar claro que la calidad que buscan conseguir, se demuestra con la calidad y la calidez en sus producciones y presentaciones. En esta colaboración tenemos una muestra de su trabajo.
++++++++++++++++++++++++++++++++++++
La Feria internacional del libro de Guadalajara (FIL) es una de las más importantes a nivel mundial y, para cualquier escritor, es un honor participar en ella. Enviamos un saludo a nuestros colegas de Celaya que participaron presentando libros: Macaria España, Alí Rendón, Jeremías Ramírez, Javier Malagón y Julio Edgar Méndez.

+++++++++++++++++++++++++++++++++++++++

SÓLO UNO

Erika Alonso

Dos, elementos necesarios para una fusión.
Coincidir bajo el manto sagrado,
ante el ojo del universo que conspira peculiarmente
para que los dedos acaricien la piel sin pensar,
sin detenerse hasta copular.

El péndulo y su vaivén cadencioso
marcan el momento de un  adiós
y caemos rendidos.
Tu pelo exhala gotas de sal que nos bañan
hasta quedar en delirio conspicuo;
lirios embriagan el aire
y respiramos  sabia de pino enajenante.

Dos, somos dos soldados,
olvidando la ruin guerra que azora nuestra procedencia.
Dos, hombre y mujer;
Adán formando cadejos de pasión con el pelo de Eva;
Soy esa Eva pecadora, ingenua,
que sólo tiene la vida inspiradora del sol quemante,
y de la luna que palidece para enamorarse
cada noche de su Adán.

Dos, sólo dos,
ocultos entre solares bañados con lluvia de estrellas,
emulsionando luz de plata que excita los cuerpos.

Dos; sólo tú y yo
viajando en cada encuentro hasta el mismo infinito,
a lo más profundo del mar, donde hierve la sangre mágica
confundida entre olas que se mezclan con arena,
dejando huellas que la marea roba para dar tregua
a unir una vez más a estos que somos: cielo, tierra.

Y renacemos de la nada y en todo;
del rocío, las centellas, la lluvia selenita,
del mar y su sal purificadora; cuando me veo en tus ojos…
Somos dos que se vuelven uno con el ocaso naranja,
que se hacen dos en el azul de la noche,
y al llegar el alba, son uno nuevamente…
¡Dos, se necesitan dos amantes para convertir el universo en sólo uno!
++++++++++++++++++++++++++++++++++

ACERTIJO DE AMOR

Ángel Báez

Has terminado de tomar el baño matinal.
¡Limpia de pies a cabeza!
Tu pelo huele a fragancias femeninas.
Tu sedosa piel, semeja la concha nácar.
Tu hermoso torso semidesnudo, se cubre con la toalla grande,
apartando tus encantos de miradas curiosas,
que quisieran penetrar la seguridad de tu cuarto.

Coquetamente cepillas tu pelo ¡y eso me excita!
Adornas tus ojos pequeños con líneas magistrales,
en trazos exactos. De pronto, sin mediar palabra,
vuelves tu rostro a mí, murmuras algo… no sé qué.
Me tomas entre tus manos.
Con ternura me acaricias y al hacerlo,
el mundo da vueltas.
Siento cómo tus dedos se deslizan por todo mi cuerpo
y reacciono con viril postura, provocando erótica respuesta.

Tu aliento consumo por la cercanía de tu boca.
Me derrito al contacto de tus carnosos labios,
entreabiertos…
                         húmedos…
                                             tibios…
Erecto recorro tu boca una y otra, y otra vez…
Ya no me puedo contener, me derrite el éxtasis de felicidad.

Estoy terminado… mi final se acerca…
¡Otro labial tendrás que comprar!

++++++++++++++++++++++++++++++++++++

EL MEJOR NARRADOR

Emilio García

Apago la luz en un encierro que no palpita ilusiones,
abandonaré las mil historias que contemplan mi verdad.
Paciente espero el devenir de las realidades gladiantes,
mentiras matizadas de cordero, devorando sus cómplices.

Leyendas contadas en tres actos hoy luchan por su vida,
pues de vivir disfrazado, desvisto ésta, mi alma aburrida.
Como juglar indómito logré forjar mi armadura brillante,
viviendo en el alambre, al filo de una realidad punzante.

Ya no busco cubrir mi cadavérica realidad de nula fortaleza,
trabajé en ello con celeridad y hasta bondadosa presteza,
para solo ver cómo de historias sobre mí se tejía el capullo,
fue a veces bueno, a veces terriblemente malo: REALIDAD.

No busco oídos capaces de escuchar tanta ingrata falacia,
si acaso éstos existieran, destazados por mis cuitas caerían;
sí, mentiroso siempre y todo, pero nunca un criminal sería.

...aunque de donde, y a lo que vengo:
¿alguno de ustedes me lo creería?
++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++

ATRAPADO TE TENGO

Aurora Amante

Me alimento de ti; te bebo gota a gota a través de mis sentidos; te transpiro. Se trasluce el afán de atrapar la eternidad, en un festín de amor tántrico santificarla.

Yo, intrépida al fin, me interno en el laberinto de tu cuerpo, siento latir sus paredes expectantes, te recorro, en órbita vertiginosa me asciende un torbellino a punto de estallar…

Y yo, tan atrevida como siempre, en un acto de absoluta entrega suavemente con un beso te despierto… me alimento de ti, te bebo, nos tenemos.
+++++++++++++++++++++++++++++++++

PASAJES DEL MIOCARDIO

Javier Aranda

I
Llega, plena, secreta
con obsesión de buscarnos,
con alas insaciables de tocar el cielo,
trepando sus sombras en el infierno que me toca
y más aún en el cruce del fulgor y avidez del silencio.

II
El corazón se abre y se desploma, iracundo.
El choque del agua con la roca, ruido y poesía.
El silencio se rompe y se desboca.
La búsqueda en un instante se consagra.
La oscuridad nos inicia.

III
La verdad es absoluta.
Vienes con el ejército invisible de tus manos.
Tus besos no ceden, me consumen.
(Somos una catacumba gozosa)

Abres mis ojos.
Las cuerdas de la desesperanza
caen con el flujo de nuestra agua,
caen en cascada.

Llamo su nombre,
me desvisten sus fantasmas,
sus ancestros toman asiento
para ver nuestro mundo, nuestro río.
La corriente de vida y muerte,
vencedora y brillante.

IV
Nos encontramos.
Fluimos en una agonía nocturna.
Muéstrame tu mar, tu danza, y dame tus adentros.

Eléctrica, la pasión, se posa violenta, gozosa.
El piso, paredes, caminos, trizados;
nuestra carne no es trivial, es heraldo cruel y enamorado.

V
Impasible, vuelve luminosa, rebelde, tu boca.
Furiosa, llega tu noche donde habitas.
Llegas, con la espalda frenética,
al encuentro de las artes milenarias,
de las vibraciones de los cauces.

Tiránica, domas el tiempo. Mi agua.
El peso bruto de la palabra, de las hojas pasadas.
Los violines. Los silencios caminantes sin sentido.
El campo de amapolas, su culpa, la ternura, expuesta.

Contigo, todo se destruye lentamente. Con los ojos abiertos.

VI
Soy. Nocturno. Tú, agua, luz. Tú sangre.
Ella. Fértil, flor en mi páramo. Amorosa, quiero.

++++++++++++++++++++

NUEVA VIDA

Javier Aranda

UNO
Voy a enamorarme de su sombra.
La voy a llevar a mi boca.
Voy a cortarla, comeré su fruto
le pondré el nombre de sus manos
para que firme con su luna
las hojas inmóviles de mi cuerpo.

DOS
Hemos hecho un pacto de silencio.
Nadamos en el mismo cauce.
Conocemos el manicomio de la vida.
Aún con los ojos cerrados
hemos de encontrarnos.

TRES
A veces hablamos con el café rancio.
Con el pan recién ordenado
y el periódico sin letras.
En la oscuridad también charlamos.
Le propongo matrimonio a sus sueños,
engendramos hijos con su tierno aroma.
La cuidaré del maullido nocturno,
de la falacia de la muerte
que es muda y sola porque no nos tiene.

CUATRO
Viene la calma.
Seguimos la misma luz y cauce.
Somos la penumbra de noche, de luna, de agua.
Comenzamos desnudos una nueva vida.

Pequeños Literatos de Guanajuato

Pequeños Literatos de Guanajuato   ¿Quieres escribir una historia? ¡Escríbela! Así comenzamos el taller de cuento para niños usuarios de...