domingo, 26 de febrero de 2017

LOS PROVEEDORES


LOS PROVEEDORES
-Una historia de amor y respeto-

“Así pasa cuando sucede”
El filósofo de Güémez

Felipe De la Torre

Leonardo llegó a su casa, bajó del auto y lentamente introdujo la llave en la cerradura de la puerta. Al escuchar el ruido, Rosa Isela, su mujer, se levantó del asiento, se acomodó el pelo y se limpió el sudor. Su compadre, Aldo, agarró su playera y con el torso desnudo corrió a la cocina, se hincó debajo del fregadero y empezó a aflojar una llave de paso.
            —Se me olvidó mi laptop y allí tengo los exámenes de mis alumnos. ¿Qué tienes? ¿Por qué estas sudando y tan agitada? ¿Estás enferma? -preguntó Leonardo.
            —No, mi amor, estaba…
            —¿Qué es ese ruido que se oye en la cocina?
            —Es el compadre, Aldo -respiró fuerte y se acomodó la falda- ¿no te acuerdas que iba a venir a arreglar el fregadero?
            —Pero, ¿qué no lo había arreglado la semana pasada?
            —No, ése fue el lavabo del baño.
            —Bueno, ha de ser eso, ya me voy, ya se me hizo tardísimo.
            —¿No quieres un juguito?
            —No ya me voy, salúdame a mi compadre.
            —Yo te lo saludo –dijo, limpiándose el sudor y haciéndose una cola de caballo en el pelo- ¿no me das un besito?
            Leonardo se acercó a su mujer, le dio el beso y salió corriendo. Al subir a su auto se sintió incomodo por las miradas retadoras de las vecinas, quienes como moscas se juntaban frente a su casa. Cuando pasó frente de ellas, alcanzó a escuchar el murmullo “está re guey, yo pensé que los iba a matar, ¿hasta cuando se dará cuenta?, ha de ser joto”.
            Pasaron unos días y Leonardo regresaba a su casa más temprano. Las clases se suspendieron a consecuencia de una junta sindical. Leonardo era un catedrático ejemplar y estaba acostumbrado a cumplir sus horarios de siete de la mañana a cuatro de la tarde. Ahora con estos cortes de clases le atrasaban sus proyectos.  Avanzaba manejando su carro por la avenida México-Japón, quiso detenerse en un supermercado para hacer unas compras aprovechando el tiempo que le sobraba, pero decidió mejor llegar a su casa. Se adentró en la colonia Los Naranjos hasta llegar a su domicilio. Todavía no apagaba el motor, cuando doña Pánfila salió de su tienda y varias vecinas se acercaron con una mirada fría y enojada. Leonardo introdujo la llave en la cerradura y al entrar, encontró a Rosa Isela recargada en el loveseat limpiándose el sudor y con una bata sobrepuesta, por la sorpresa no se dio cuenta de que no se alcanzó a tapar uno de los senos rositas y con el pezón hinchado.
            —Tápate -le dijo su esposo, mientras guardaba su portafolios y, con la mirada furiosa, retaba al apuesto joven que se encontraba sentado frente a su cónyuge. Rosa Isela se ajustó la bata y siguió a su marido.
            —¿Sí te acuerdas que nos iban a leer la biblia?
            —No lo recuerdo.
            —Mira, ven -cariñosamente lo tomó de la mano y se sentaron frente al joven. Rosa Isela le hacía gestos y la mirada la clavaba en el cierre del pantalón; el joven disimuladamente se lo subió y retomó la biblia.
            —Dad de beber al sediento, dad de comer al hambriento y amor a la prójima, dice la palabra de Dios.
            Leonardo no le ponía atención a las palabras del Aleluyo, él estaba pensando en el proyecto de sus alumnos y un poco le taladraban los rumores de las vecinas, que aseguraban que su mujer lo engañaba.
            El Aleluyo cerró su biblia y se ajustó el cinturón, se relamió el pelo y salió de la casa.
            Rosa Isela subía las escaleras cuando oyó el grito de su marido.
            —¿¡A dónde vas!?
            —Voy bañarme.
            —Ahorita no es hora de bañarse, quiero hablar contigo.
            —Ya voy -bajó las escaleras contoneándose como una gata ronroneando y tímidamente se metió entre los brazos de su marido, quien la esperaba sentado.
            —¿Por qué siempre te encuentro con hombres en la casa? ¿Qué acaso me engañas?
            —Son proveedores que vienen a hacer arreglos a la casa, como mi compadre Aldo. Son diferentes hombres, si tuviera un amante sería un solo hombre. Además, a mí no me gusta salir de la casa por las viejas chismosas que tenemos por vecinas. Pero si me tienes desconfianza -llorando prosiguió- instala cámaras.
            —No es necesario, mi amor, yo confío en ti.
            —¿No te quieres bañar conmigo?
            —Ahorita no, mejor después. Si quieres, tú báñate, estoy haciendo el proyecto de los jóvenes que van a concursar en Japón.
            Leonardo presentía que su mujer lo engañaba, pero no lo podía creer, porque ella era una dama que siempre lo quiso. Un día, en la escuela, le contó las cosas a su amigo Carlos, un compañero docente quien ya llevaba tres divorcios.
            —Yo siento que tu mujer te engaña -le dijo el ingeniero Carlos- así me pasó a mí. Yo me las madreaba y hasta les quise poner un cinturón de castidad, pero todas me mandaron a la chingada.
            Leonardo era un profesor emérito por su talento en Mecatrónica y Robótica. Estuvo pensando todo el día en el cinturón de castidad.
            Al llegar a su casa iba ensimismado en sus pensamientos, entró en la tienda de doña Pánfila y se tomó un refresco.
            —Usted es un hombre muy bueno y no se merece lo que le hace su esposa.
            —¿Qué hace? -contestó al momento en que ya había diez vecinas rodeándolo.
            —Aunque me deje de hablar toda la vida, yo le digo que su esposa lo engaña, y no con uno sino con muchos hombres.
            —Sí, es cierto -en coro contestaron las otras vecinas.
            —Pero ¿ustedes la han visto? -replicó Leonardo.
            —Eso es lo que nos da más coraje, que mete a los hombres, pone música bien cachonda y ella les baila –dijo doña Pánfila, quien levantándose sus enaguas y su mandil, entrelazó sus piernas en el palo de la escoba que traía para enseñarle como se movía en el tubo- y cuando se empiezan a besar, cierra las cortinas y ya no vemos nada. Sólo se oyen gritos y pujidos ¿verdad, muchachas?
            —Eso es lo que más coraje nos da, que ya no nos deja ver -gritó una vecina embarazada, que cargaba un niño y traía dos en la otra mano sujetados como trenecitos.
            Leonardo pagó el refresco y de lejos vio al tortillero, quien salía de su hogar y al intentar prender la moto se le atoraron los calzones en el arranque, porque con las carreras se los puso en una sola pierna. Leonardo entró a su casa, le dio un beso a su mujer, se fue a la parte de atrás y se metió en su taller particular. Allí se encerró toda la tarde y parte de la noche. Pasaron semanas, emulando a José Arcadio Buendía, quien no salió del cuarto hasta que descubrió que la tierra era redonda y que Macondo no estaba en la orilla del mundo. Cuando terminó el experimento, Leonardo, sentado en el asiento de la sala, le dijo a su esposa:
            —Quiero hablar muy seriamente contigo.
            —Lo que tú digas, mi amor –dijo, subiéndose arriba de él con las piernas abiertas- ¿para qué soy buena?
            —Siéntate a mi lado.
            —Está bien, mi amor -acomodándose el pelo negro y con rayitos morados y mirándolo fijamente con sus ojos color violeta- ¿de qué se trata?
            —No sé cómo decirlo… lo que dice la gente que aquí entran muchos hombres cuando no estoy.
            —Ya lo discutimos mi amor, aquí sólo entran proveedores, aquí no entra gente extraña.
            —Pero la gente ha dicho que se oyen gritos y pujidos y que cierras las cortinas.
            —Ay, mi amor, ¿le vas a hacer caso a la gente?
            —No, yo creo en ti, pero ya me metieron la duda, por eso he pensado en colocarte un cinturón de castidad.
            —No chingues, mejor vamos a separarnos.
            —Pero no es un cinturón como los que usaban en el renacimiento, éste es muy moderno. Es más chiquito que un dispositivo anticonceptivo. Mira, ven, vamos al taller para que lo veas.
            —Nada más porque te amo y para taparle la boca a la gente, ¿cómo funciona?
            — Es sencillo. Este pequeño microchip te lo voy a implantar junto a la T de cobre que tienes, va a ser como una máquina registradora. Va a contar las veces que te penetro.  Cuando acabemos de hacer el amor, yo, con mi celular, voy a capturar el número de metidas y cuando regrese de trabajar te checo con mi cel que tiene un lector láser, como el de los ultrasonidos.
            —Esto es humillante, pero por todo el amor que te tengo y para callarle la boca a esa gente chismosa, acepto.
            Rosa Isela se acostó en el sofá, puso una pierna brincando el respaldo y la otra le llegaba al piso. Con los dedos de las manos se hizo a un lado el vello púbico y abrió sus labios inferiores. Leonardo empezó a acariciarlos con su dedo grande para que se dilataran. Rosa Isela cerraba los ojos y se mojaba los labios con la lengua, en tanto Leonardo le metía el microchip y se lo colocaba con un micro ganchito en la T de cobre. Cuando sacó el dedo se desabrocho el pantalón. Rosa Isela sintió la penetración. Al estar a punto de llegar al orgasmo Leonardo se paró rápidamente, tomó su celular y lo pasó sobre su piel a la altura del microchip. El aparato tomó la lectura como las cajeras de un centro comercial. Para la alegría de Leonardo en la pantalla apareció el número 22. Después le indico que se pusiera de chivito en precipicio. Se subió otra vez y estuvo menos tiempo y se salió, con el fastidio de su mujer. El celular marcó 32, lo metió otra vez y marcó 37.
            —Sí funciona, mi amor -le dio un beso en la mejilla, agarró su celular y se fue a dormir, sin escuchar el rompedero de platos que hizo su mujer, insatisfecha y enfurecida.
            A la mañana siguiente Leonardo llegó muy feliz su trabajo, platicaba con su amigo Juan Carlos de su invento formidable:
            —Ya estoy tranquilo porque aquí traigo la cuenta de lo que hace mi mujer.
            Leonardo estaba dando su última clase del día.  Mientras sus alumnos copiaban su tarea, él revisaba su celular y pensaba en su esposa. Mientras tanto, en su casa, Rosa Isela también se apuraba. Desnuda y como vocalista de mariachi, cantaba:
            — Me encanta masturbar adolescentes, que me la metan por atrás, por la boca, por las orejas, entre los senos, por los hoyitos de la nariz, por las comisuras de mis codos y rodillas; menos por la vagina, porque respeto a mi esposo.
            Terminó de atenderlos y Rosa Isela se quedó dormida sobre el sofá. Cuando llegó Leonardo iba saliendo el Aleluyo, el tortillero y el de la basura; el que vende tamales, el taxista, Lucy la lesbiana, dos estudiantes de secundaria, un vieneviene, un Síndico del Ayuntamiento, un alumno del Conservatorio de música y el Párroco de la Iglesia de colonia.
            Leonardo les dijo adiós a los proveedores. Al entrar, aprovechando la desnudez de su mujer y lo cansada que estaba, la volteó boca arriba, le limpió su piel batida y pegostiosa. Intrigado y nervioso, le pasó el celular sobre su piel, donde felizmente aparecieron las 37 metidas.
            —Mi gran amor está bien cansada del trabajo de la casa, pinche gente chismosa.
            Le dio un beso en la frente y la dejó dormir.


*Texto publicado en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.

domingo, 19 de febrero de 2017

EN ESTA CARTA QUE VOY A ESCRIBIR 2ª Parte


EN ESTA CARTA QUE VOY A ESCRIBIR
2ª Parte

“Mi ángel, mi todo, mi yo mismo... por qué este profundo dolor...” Escribió Ludwig van Beethoven a su “amada inmortal”, a quien no identifica en la carta y él solo firmó con “L”. Tal vez eso era parte del maravilloso ritual de la correspondencia epistolar, que se ha perdido casi por completo. Escribir con lápiz, pluma o bolígrafo sobre un papel donde aparecían pequeñas manchas llamadas letras y verlas llenar hoja tras hoja formaban la magia de transmitir nuestros pensamientos y emociones a un elemento que mutaba –como piedra filosofal- de papel a oro. Oro que se enviaba por correo con la incertidumbre de cuándo llegaría a su destino o incluso si alguna vez llegaría (ya conocemos la calidad del servicio). Pasaban semanas o meses para conocer si nuestro anhelo del corazón tenía correspondencia o la emoción era solamente una ruta en un solo sentido. A veces no se firmaban las cartas, el destinatario debía saber o intuir quién era el remitente. Era un eterno juego de adivinar sin adivinar. Por eso hemos pedido a compañeros escritores que envíen cartas de amor a quien corresponda. Es para ti, estimado lector, lectora, de parte de quien usted imagine. Vale.
Julio Edgar Méndez



ARCHIDUQUESA
Antes de que se vaya, quería decirle: la quiero. Pero no lo tome en serio, cójalo como quien le profiere indiferencia en el camino o le lanza un piropo en la calle. Pretendía lo supiera sin que quede constancia de ello porque no espero repuesta, ni siquiera consideración. Aunque nunca la voy a tener, ni como patética esperanza, con solo pensarla, la quiero y le expongo mi desventura: Me enamoré de usted como se enamora el agua de una gota de aceite a la cual envuelve toda sin perturbarla, sin confundirse con ella, solo para en la cercanía descifrarla, olerla, sentir su roce y al final, dejarla ir. Se me metió hasta la cocina y lo sabe, lo que ignora es la vana voluntad que puedo desgastar por olvidarla sin fortuna y para al final decidir mejor dejar su recuerdo intacto.
Pero nuevamente antes de alzar el vuelo debo repetirle cuanto la quiero y que la necesito al igual que el arrebol al cielo para existir. Por eso solo le pido un consuelo al partir: camine del lado del sol. No aspiro a que cuando se me seque su recuerdo, sea porque se me oxidó la memoria de tanto llorarla. Y anhelo, si es posible, al llegarle la indiferencia, un diluvio universal le inunde de nuevo de mí la memoria. De tanta humedad le nacerán rosas a mi tristeza para que si regresa, pueda regalarle un ramo de lágrimas. Si vuelve, juro que se hermanarán conmigo todas las alegrías del mundo y hasta le pondrán mi nombre a la locura.
Nunca debe dudar también que con solo recordarme: la quiero. Por eso no me olvide.
Antes de que me vaya quería reiterarle: la quiero.
Su atento y seguro servidor.
Victor Hugo Pérez Nieto



CARTA A MI HERMANA:
¡Hola, Manita! Te escribo en mi cumpleaños para decirte que me haces mucha falta. Hubiera sido genial tenerte cerca para contarte mis cosas. ¿Te imaginas? A diario podríamos platicar de los amigos, de las clases o del vecino que me gusta.
A lo mejor allá donde estás no te enteras de las broncas que hay en la casa. ¡Qué te va a  importar nuestra vida! Por el trabajo de papá nos cambiamos muy seguido de ciudad. Cada vez debo acostumbrarme a una nueva escuela, a otros compañeros y a dormir en un cuarto diferente. Siempre extraño lo que dejé atrás. Mi mamá sigue de pleito con papá porque él es muy coscolino. Ella dice que tiene que hacerle “marcaje personal”. Significa que debe cuidarlo mucho. Lo aclaro pues seguro no entiendes sus dichos. Ella se convirtió, para ti, en una desconocida. 
¿Sabes lo que dicen de los hermanos gemelos? Que tienen una conexión muy especial. Me hubiera gustado comprobarlo, sentir lo mismo que tú, adivinar tus pensamientos y tú los míos.  Imagino que por nuestro parecido físico nos confundirían. Claro que yo sería la más bonita. Las personas nos harían bromas tontas como que yo soy Clara y tú eres Yema.  Tal vez,  presentarías el examen de álgebra en mi lugar. ¡Qué divertido sería engañar a los maestros!  ¿No crees?
No te ofendas pero, pienso que fuiste muy cobarde por abandonarnos. Tuviste miedo de formar parte de esta familia, que aunque disfuncional, somos una familia. De aquí nadie te corrió, te corriste sola. Hubiéramos sido cómplices y grandes amigas. Yo tendría con quién pelear cuando estuviera de mal humor por la regla. Y por las noches,  nos reiríamos de tonterías  hasta que nos doliera la panza. Luego, mamá gritaría: “¡Ya apaguen la luz y duérmanse!”. Te perdiste la diversión por tu cobardía. Escuché que cada uno decidimos si nacemos o no. Tú no quisiste hacerlo y me dejaste sola en el vientre de mamá. Tan campante te marchaste, dejándome ser la única gemela sobreviviente. 
Patricia Ruiz Hernández



Celaya, Gto., a 13 de febrero de 2017.
A mi peor enemigo:
Estoy sentada frente a la computadora y he tardado un mundo de tiempo en poder atreverme a escribirte esta carta.
En primer lugar, no sabía si decirte todo lo que he sentido durante estos años, en los que las ofensas hacia mi persona han sido constantes. 
No sabía si debía guardarme alguna o decirlo todo.
Además, quería conocer el motivo real para dirigirte esta carta.  Me preguntaba, al mismo tiempo, si hacerla en la computadora o escribirla de mi puño y letra para darle más fuerza y veracidad. Pero, me he decidido y aquí estoy comenzando a decirte todo lo que siento.
Mi propósito más íntimo es que, con las revelaciones y reproches que te voy a externar, pueda limpiar mi alma de todos estos malos sentimientos que albergo en relación a ti. En realidad, te culpo de todo el mal que me has hecho, tal vez inconscientemente, pero al final el daño se llevó a cabo.
Recuerdo cuando era niña y me comparabas con mis hermanos. Para ti resultaban mejores estudiantes, más guapos, menos rebeldes, más queridos y aceptados por los abuelos y los tíos.
También, viene a mi mente cuando me decías que la profesión que quería estudiar no me daría para vivir. Pero, aún así, la amaba.
Te acuerdas todas las veces que me recriminaste al querer hacer algo nuevo y no podía hacerlo de óptima manera; me recalcabas lo inútil que era y que jamás lograría la perfección.
No olvidaré esa noche, en casa de mi tía Juanita, me pusiste un adjetivo que me da pena repetirlo en esta carta, por tan sólo querer volar y ser libre como el viento.
Por fortuna, llegó el momento en que no me importaron tus juicios. Entonces inicié el oficio de la escritura; aunque desconfiabas de mi destreza y mis errores los remarcabas cada vez con más dureza.
Segura estoy que no te convenía que, por primera vez, no te hiciera caso y tratara de abandonarte, aunque fuera con la imaginación.
Sin embargo, me quedé y te reté. Comencé a borrar todos esos conceptos preconcebidos con los que me calificaste. Y, cuando te me acercabas al oído para criticarme, me enfrenté a ti y en lugar de fastidiarme como antes, me hacías más fuerte.
Ahora, sin embargo, te doy las gracias porque debido a la continua descalificación que vertiste sobre mí, soy la persona que soy.
Por último, quiero decirte que te perdono y que nada me debes.  Al contrario, te agradezco toda la vida que has pasado a mi lado, aunque si este dolor lo hubiese canalizado por otro conducto, hubiese sido mejor para ambos.
Me despido de ti, mi peor enemigo.
Con gratitud, Soco Uribe.
PD: En este momento enviaré a mi correo electrónico esta carta para mañana, que es día del amor y la amistad, abrirla y perdonarme por todo lo que me he hecho.



QUERIDO HIJO:
Posiblemente te estés preguntando porque hice lo que hice. Seguro dirás que fui una cobarde y el dolor ahogará tu pecho, no te dije nada de mi partida, si te lo hubiese dicho tú  no lo hubieras permitido y eso no era posible. Tenía que irme.
 Te dejo esta carta de despedida, sé que no aliviará tu sentir pero quiero decirte que te amo más que nadie, aunque tú no lo entiendas en este momento. Desde que naciste me juré hacerte feliz y es lo que estoy haciendo, te regalo vida para que realices tus sueños, no podré ir a tu graduación pero estaré feliz de que cumplas una meta, no te llevaré al altar cuando jures amor eterno a quien te dará  hijos. No celebraremos juntos tu cumpleaños, pero lo importante es que los celebrarás y yo, desde donde esté, seré feliz por ti. No llores por mí, lo que hice lo hice por ti y por el gran amor que te tengo, déjame decirte que eres lo más bello y lo más importante que me pasó en la vida. Por eso te regalo mi corazón que  vivirá dentro de ti, ya no vivirás esos ataques de ansiedad y taquicardia que tanto te debilitaban, ahora estarás fuerte y seguirás viviendo para cumplir anhelos. Hasta pronto amado hijo, en otra vida nos volveremos a encontrar, ahora ve y disfruta de ésta y se feliz que tu felicidad es la mía, porque vivo en ti.
ATENTAMENTE
Tu mamá.
Vero Salazar
P.D. No sufrí, todo fue meticulosamente planeado.



EL TÍTULO DE ESTE POEMA
Podría ser cualquier parte de tu cuerpo,
tus ojos, tus labios.
Tu cintura o tus piernas.
El título de este poema podrías ser tú.
Tus problemas o los míos.
Incluso lo menguante de la luna.
Éste poema es para ti,
tanto como es mío.
La curva de tu sonrisa,
el bailar de tus caderas.
Algo que al leer
sepas que es tuyo.
Puede ser el sonido de tu voz.
La sensación de tus besos en mi rostro,
tus manos sobre las mías.
Tu cuerpo junto al mío.
Tu caminar o tu sonrisa nerviosa.
El peinado sin esfuerzo.
Podría alargar este título,
tanto como las cosas que veo en ti.
Tu nombre, letra por letra.
La talla de tu camisa,
la marca de tu pantalón.
O el café que tanto te gusta
Puedes ser un desastre en mí.
Un tornado o una tormenta.
Lo extraño es
que siempre tengo calma.
Este huracán tiene nombre,
apellido y número telefónico.
El título de este poema eres tú.
Por: Víctor Manuel García




VOLVER A VERTE
es tocarle las alas a un ángel
tomar agua fresca desde los espejismos
nadar entre tiburones abstemios.
Pero tocarte, mirarme de nuevo en tus pupilas
es igual a besar en la boca al dios de todos los ritos.
Mujer manzana, mujer vino
crisol en cascada de oro
llama de nube
relámpago
sueño.
Una ausencia de siglos
un candil encendido por siempre
vereda, río, océano donde derramo mi savia.
Mujer árbol, mujer planta
mujer sueño.


Para Mayra, desde entonces y hasta siempre. JEM


*Textos publicados en El Sol del Bajío. Celaya, Gto.

domingo, 12 de febrero de 2017

EN ESTA CARTA QUE VOY A ESCRIBIR


EN ESTA CARTA QUE VOY A ESCRIBIR
-Correspondencia desde lo profundo del alma-

“No escribo esta carta para poner amargura en tu corazón, sino para sacarla del mío. Por mi propio bien debo perdonarte.”
― Oscar Wilde, De Profundis


A MI AMADA:
Te escribo nuevamente, desde aquella última noche de luna llena. Hoy se vuelve a posar sobre mí la luz de la luna y mis deseos por reunirme a tu lado van en aumento.  En ocasiones logro cubrir tu ausencia inhalando tu aroma, impregnado en el paliacate, en tu cajón días antes de mi partida. Otras veces los recuerdos se me arremolinan y así, sin más, mis ojos se vuelven un río. Y mi desesperanza me consume. Aún recuerdo la última ocasión en que te vi.  Tus cabellos caían sobre tus hombros mientras dormías tranquilamente. Yo te observaba desde la puerta de la recámara y en silencio veía el hoyuelo de tus mejillas. Notorio cada instante en que sonreías. Aquí, cada noche, cuando todos duermen, me imagino tu sonrisa mientras observo las constelaciones que iluminan el cielo. La distancia no ha sido impedimento para dejar de pensarte. Cada día que transcurre aquí es un día menos en el calendario de la distancia entre nosotros. Anhelo la hora de volvernos a ver. Quizá me encuentres con la barba crecida y con más años encima, pero con un alma y corazón renovado para seguirte amando como hasta ahora. Sé que muy pronto llegará ese día y para ello he reservado lo mejor de mí, para ti y nuestro idilio.
¿Sabes?, ya es tarde y la vela que me alumbra para escribir esta carta está pronta a extinguirse.  Me quedaré a obscuras y te pensaré a cada instante. Acariciaré tu cuerpo en el imaginario y te haré el amor a la distancia, dentro de mis sueños.
Ha llegado la hora de despedirme, no sin antes recordarte que te llevo en mis pensamientos y que pronto nos reencontraremos. Mientras tanto te seguiré pensando cada vez que el viento toque mi rostro como lo hacían tus manos, o cuando los girasoles florezcan sobre los campos. Créeme, siempre habrá algún pretexto para pensarte. Desde la distancia, tu eterno enamorado:
Maurick Ilich
México 2017
Postdata: No te pido nada, sólo que aguardes mi llegada.



SOPHI
Ahora que recibo esta carta tuya, tan desconcertante, me viene a la mente la vez que intercambiamos las primeras palabras. Fue en la tasca La Cova Fumada, en la Barceloneta. Cuando llegué el lugar estaba totalmente ocupado. Sólo quedaba una mesa individual en el  fondo. El camarero me condujo ahí y me dejó la carta del menú. Antes de elegir, paseé la vista alrededor. No lo podía creer, en la mesa vecina, a dos metros de distancia estabas tú. Me quedé extasiado. ¿Cómo sería mi mirada que tú la sentiste y levantaste la vista? Me sorprendiste admirándote. Intrigada, me preguntaste: ¿Me conoces? ¿Nos hemos visto antes?
Hice un esfuerzo para vencer mi timidez -o sería el calor del verano, o las dos copitas de aperitivo que tomé previamente en el chiringuito de enfrente- y te contesté: ningún hombre cabal puede olvidar nunca ver a Venus emergiendo del mar. Tu respuesta fue una mirada indescifrable. Enseguida, una sonrisa iluminó tu cara. Luego preguntaste: ¿Quieres compartir conmigo este vino francés?
Fue allí y en ese momento, que supe que la palabra es un poder que puede dar felicidad y abrir puertas y voluntades. Me senté en tu mesa. Como para  romper el hielo, sin perder la sonrisa insististe: Dime ¿dónde nos conocimos? Te respondí: tú no me conoces, yo conozco tus senos turgentes y bronceados, tus nalgas respingonas doradas por el sol,  la sal y el yodo del Mediterráneo y el rubio triángulo de tu vello púbico.
Quedaste callada. El color miel de tus ojos destellaba luz de ira, duda y curiosidad. No te enojes ni te sorprendas –te dije, preocupado por tu reacción-. Ayer te vi en Arenys de Mar, en una playa nudista de la Costa Brava catalana. Ibas saliendo del mar, con las olas a tus pies.
Ya. Ahora me acuerdo de ti, -me contestaste en un tono más relajado- porque eras la única persona vestida con bañador entre toda la gente en la playa. Entonces tú eres el papanatas que ayer andaba bobeando a todo el personal. Te salvaste que te sacaran con una patada en el trasero, oí a varios nudistas decir con mucho enojo: ¿Quién es ese morboso gilipollas que nos está espiando? Está prohibido lo que hiciste.
Te juro –repliqué apenado- no sabía que esa playa es privada y nudista. Yo no soy de aquí. ¿De dónde eres?  Preguntaste curiosa.
Soy de México –te respondí con cierto orgullo- . ¡Oh, de México! Tengo muchas ganas de conocer tu País. He oído que tiene playas muy hermosas. Yo soy de Barcelona pero ahora radico en París. Trabajo en una empresa de cosméticos, en el departamento de publicidad. Paso mis vacaciones en La Costa Brava.
Y proseguiste contándome cosas de tu vida, que yo ya no escuchaba, fascinado por el embrujo de los reflejos áureos de tus ojos y el perfume francés de tu cuerpo. Terminamos la comida y el vino. Afuera  un chubasco veraniego salpicaba los cristales y dejaba a la calle Baluart con charcos que reflejaban las primeras estrellas de la noche.
¿Te acuerdas, Sophi? Me dijiste que te sentías un poco ebria, que no querías conducir sola hasta tu casa. Antes de que yo respondiera alguna palabra, me pusiste las llaves de tu coche en mi mano. Llegamos a tu apartamento. Me invitaste a subir a tomar un café. Ya en tu alcoba, iniciamos el ritual del amor, no como dos extraños que intentan conquistarse, sino como dos viejos compañeros que tras una larga ausencia vuelven a encontrarse. Sobre tu cama reinventamos la efímera eternidad y el diálogo de las pieles sedientas de caricias y amor. Todo resultó tan sencillo, que los dos estábamos un poco sorprendidos de lo bien que resultó la batalla del amor.
Disfrutamos el resto del verano como en una luna de miel. Acordamos en escribirnos para madurar un plan para encontrarnos en París o en la ciudad de México e iniciar un destino en común. Cuatro mensajes intercambiamos con sus respectivas respuestas  y ahora que leo la que supongo es tu última epístola, me escribes que te casarás dentro de quince días con el jefe del área de publicidad.
¿Sabes qué te diré, inolvidable Sophi, en lo que será mi postrer misiva?  Que está muy bien. Deseo  recibas mucha felicidad, porque tú sabes dar mucha felicidad. Lo nuestro fue un hermoso amor de verano y su término un hecho inevitable. Ambos lo columbrábamos desde hace cuatro cartas.
En este momento me vienen a la mente tus hermosos ojos color miel y una estrofa de una canción de Joan Manuel Serrat, (mi ídolo musical): “Con la resaca a cuestas / vuelve el pobre a sus pobrezas /   vuelve el rico a sus riquezas / y el señor cura a sus misas /  Se despertó el bien y el mal  / la zorra pobre al portal / la zorra rica al rosal / y el avaro a sus divisas.”
Con todo el amor que nos dimos y el eterno agradecimiento de tu amigo: Alberto.    
(Rafael Aguilera)



DESQUICIO
Mi amor…
En la mañana, como si estuvieras presente, puse otro cubierto y me senté contigo a la mesa. Vinieron a mi mente las cuantiosas veces que incansables hicimos el amor, en la cama, en el piso y en el espacio. Desnudos, vestidos, despiertos y adormilados. Pero, sabes, aquí ya ni el tiempo es como antes. Todo es oscuro. Me desconocen y los desconozco.  A veces me enfermo de extrañarte. Me aliviaría mucho saber de ti… pero cómo es posible que no reciba ni una línea tuya y este frío que no cesa.
¿Será que no existes, que todo fue un amor anónimo no consumado?
No lo creo. Aunque me griten loca a cada momento. Alguien leerá esta carta, puede ser que tú también.
Diana Alejandra Aboytes Martínez


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CARTA DE UN AMOR INCIERTO
 Encontré tu fotografía, y no pude evitar que me gotearan los recuerdos de las manos. Te plasmé en letras y desahogué momentos trastornados, donde la pasión envolvió nuestros cuerpos juveniles. Aunque hace mucho tiempo adormecí el ayer, se despertó también ese sabor agridulce en mis labios, el viento de tu adiós que desató el frio de muchas noches en tu ausencia. Juré no volver a verte.  Y hoy no puedo negar que tu presencia no le es indiferente a los sentidos.
 El ayer y el hoy son enemigos. ¿Por qué has llegado a mí con la esperanza de lo incierto? Sé que hay elogio en tu mirada y si en mis ojos no encuentras la respuesta, te confieso que la llaga está abierta. Y resucitar aquello no podrá ser. Quisiera decirte que te amo y para ello me remonto en el tiempo a tus caricias, a tu perfume varonil y a aquellos besos. Solo así puedo imaginarte, caballero de mis noches de insomnio. Yo vestida de amor y tú tocándome sin tiempo, sin reservas.
Tal vez no vuelva y aniquile lo poco que me queda para darte. ¿Para qué despertar de nuevo lo que prohibido está para mi alma? No debo, no puedo. Y es que a ese placer no estoy abierta, pero negar no puedo: te quiero.
Laura Margarita Medina




AMOR
Sé que dirán que no tengo edad para hablar de amor. Dirán que soy muy pequeña y sólo es algo pasajero. Pero ellos, ¿que saben?  Sin embargo, el amor puede llegar a cualquier edad. Lo sé porque esto que ahora siento no es como antes, cuando pensaba que lo material contaba como amor
El amor, se siente con tan solo un suspiro, una mirada, un abrazo, una sonrisa; todo esto puede cambiarlo todo y hacerme la más feliz, sin yo misma explicármelo.
No necesito de besarle todos los días, no necesito estar con él todo el tiempo; es más, no necesito de él y eso es lo bonito. No lo necesito, esto lo siento sin que esté conmigo. Sin hablar con él siento esa sensación tan hermosa como cuando me tomó de la mano por primera vez.  También cuando me dijo todo lo que sentía por mí y después me abrazó tan fuerte como nadie lo había hecho.
 No sé cómo pasó, es más, no me importa. Sólo sé que estamos aquí sonriéndonos mutuamente. Haciéndome sentirlo TODO sin decirnos NADA.
Por primera vez he cambiado mi perspectiva del amor. Ahora sé que sientes al  lado de esa persona. Cómo puedo ser  yo misma sin necesidad de sentirme juzgada y quizá para ti no lo sea, pero, ¿sabes?: cualquier persona tiene una visión del amor, no todo lo vemos igual; algunos ven perfecto lo que es imperfecto y otros ven lo imperfecto en lo perfecto. Y hoy lo entiendo: todo enamorado escribe o dice su sentir en el momento en que en su alma se enciende esa chispa llamada amor. Y ¿sabes?, hoy soy un alma más.
Deni Rodríguez
(14 años)



DESDE RUE VILIN:
Durante la noche soñé que llovía; las nubes flotaban pesadas y negras dejando caer las más gruesas gotas que vi jamás justo allí, adonde nos conocimos; al despertar, salí de la casa con el estómago vacío, me envolví con tu capa y tomé tu vieja sombrilla. El sol brillaba como nunca, y mientras caminaba por la calle adoquinada comencé a sentir calor; los vecinos me veían como si estuviese loca: no era por la lana ennegrecida de tu abrigo, por el paraguas roto o por mi caminar; lo que los desconcertaba era mi mirada, la forma en que tarareaba nuestra vieja canción y miraba al cielo buscando la tormenta de mis sueños. A nadie le gustan las certezas ajenas, Jerome… a nadie le gustan.
Canté para ti, para nosotros mientras descendía por la avenida; mientras el humo ligero de las chimeneas y los hornos se elevaba al cielo invocando su propia libertad. Fue entonces que se escuchó el primer trueno y los niños que jugaban sobre la alcantarilla se quedaron quietos y en silencio mirando hacia arriba como yo; lentamente, las gotas de lluvia comenzaron a caer. El cielo ya no estaba azul y el humo grisáceo se había perdido entre las nubes oscuras que acababan de nacer. La gente corría de aquí para allá tratando de cubrirse de la lluvia; los comerciantes colocaban pedazos de periódico y tela sobre sus mercancías maldiciendo una y otra vez su mala suerte. La lluvia Jerome, comenzó a bajar por las escaleras como si fuese una cascada y los adoquines se ahogaron entre los charcos de agua y aceite.
Mis pies estaban mojados y mi corazón feliz; las gotas se prendían de tu abrigo y mi cabello por igual. Abrí el paraguas y canté y canté más fuerte hacia el agujero en su interior; era yo invocándote y evocándote.
Miré a mi alrededor, todos habían desaparecido de la Rue Vilin; la calle me pertenecía por completo a mí y a tu recuerdo; tal y como aquella mañana en donde te vi por primera vez. ¿Dónde estás, Jerome?, ¿en qué gota de lluvia?, ¿en qué nube de tormenta?, ¿en qué estrella?
Los faroles comenzaron a prenderse, la luz cálida en su interior contrastaba con la oscuridad a mi alrededor; cerré el paraguas y caminé de nuevo calle arriba. Mientras lo hacía recordé tu muerte. ¿Por qué ningún sueño predijo este dolor? Al llegar a casa comencé a escribirte esta carta; irá con el resto de las otras a la caja de madera que me regalaste una vez. Sé que no la leerás nunca, que ya no existes, que ya no necesitas ojos, ni palabras, ni amor; sé que tu alma se evaporó como la lluvia lo hará una vez que pare. Eres libre como el humo, mi amor, pero yo sigo atrapada entre los sueños de lo que será y las eternas escalinatas de un destino incierto. Llueve feliz, Jerome, llueve libre, llueve, por favor sigue lloviendo.
Con amor, tu triste y solitaria, Laïla…
Paola Klug



*Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.

domingo, 5 de febrero de 2017

AL PETER PAN QUE TODOS LLEVAMOS DENTRO


AL PETER PAN QUE TODOS LLEVAMOS DENTRO

—Pan, ¿quién y qué eres?— exclamó roncamente.
—Soy la juventud, soy la alegría —respondió Peter por decir algo—, soy un pajarillo recién salido del huevo.”
Peter Pan, J.M. Barrie.

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CAMPANITA
Víctor Hugo Pérez Nieto

El barrio siempre fue el mismo en aquella ciudad calurosa que tenía un puerto de altura; sus casas construidas de madera con techos de zinc le daban el toque a la colonia de pescadores que así había permanecido, inalterada, desde que la comenzaron a construir con los tablones de naufragios virreinales. Pero un día algo cambió: se mudó a la casa de al lado Efraín, quien venía de la capital.
Él era algo inusual, reservado igual a los niños de tierras altas, nada mal hablado como nosotros los costeños, que, a pesar de que sólo teníamos diez años y usábamos aún pantalón corto, heredamos la lengua de los marineros (todos éramos hijos o nietos de alguno). Él, en cambio, parecía una especie de autista índigo o lo que los psiquiatras calificaban como idiot savant. Su familia no se dedicaba a la mar: prestaban dinero a rédito. Aunque ya era un poco grande para ello, a Efraín le encantaban los globos de helio, jugar a las canicas, volar aviones de poliestireno expandido; pero tenía una peculiaridad: Campanita. Por lo regular los amigos imaginarios desaparecen antes de los seis años, luego de esa edad le llevan a uno con el loquero si continúa viendo tulpas. El caso es que Campanita lo secundaba siempre. Si jugábamos a las escondidillas ella le revelaba nuestras guaridas, en las cascaritas de futbol le metía el pie al portero. Seguido entablábamos batallas samuráis con nuestras catanas de hule sobre caballitos de palo, protegidos bajo caparazones de fichas entretejidas con cáñamo; si alguien del ejército contrario quería darle un sopapo a Efraín, seguro acababa con el ojo color cinabrio sin que él moviera un dedo. Aunque fuera de eso y uno que otro moretón, todos finalizábamos las guerras intactos.
En verdad que ese chico taciturno se dio a querer, sobre todo por mí. Nos hicimos inseparables cuando descubrí que aunque parecía bobalicón, por dentro era un verdadero guerrero oriental con armadura.
Dicen los psicólogos que los niños aprenden patrones familiares nocivos y los repiten de adultos formando hogares disfuncionales. Pues bien, seguramente al papá de Efraín lo golpearon mucho de pequeño y por eso él le pegaba seguido a la mamá, hasta que un día le puso también un tunda al hijo tan despiadada que le rompió la pierna. La mujer no soportó más y de madrugada se escapó con mi mejor amigo -todavía escayolado- en brazos. Salieron tan de prisa que no se llevaron más que las ropas que portaban, olvidaron incluso sus sueños; el chico, por ejemplo, pareció renunciar a su amiga imaginaria. Jamás regresaron.

Creía que Efraín dejó a Campanita para que cuidara de su padre, a pesar de todo, pues éste se quedó habitando con ella la casa de al lado algunos meses hasta que una tarde comenzó a oler feo. Encontraron al señor muerto de tristeza o arrepentimiento, qué iba yo a saber a esa edad, aunque algunos dijeron que lo habían ultimado deudores. Nadie conoció la verdad porque ya estaba muy descompuesto el cuerpo cuando le hicieron la necropsia.
Al ver desposeída a Campanita la convidé a vivir en mi casa. Fuimos cófrades inseparables por cinco años más; platicábamos a solas del colegio, del futbol, de las indómitas ganas que me embargaban por dejar de usar pantaloncillos cortos e irme a recorrer el mundo… ¡sí!, ¡soñaba ser Marco Polo y algún día reunirme con Efraín en Manchuria!, cosas de niños.
Pero un esplendor me empezó a excitar muy de repente. De pronto dejé de verla a través los ojos de un imberbe y le encontré cosas en las cuales no había reparado: el color de su rostro era el de una flor bajo el rocío. Con su minifalda, sus piernitas bien torneadas y los pechos de jarrones helenos sentí el calor de la pasión.
<>, me dijo Efraín antes de irse, un día que yo temblaba de miedo con los relámpagos de una tormenta. Descifré el significado aquel día.
Esa noche seduje a nuestra amiga: Campanita se metió bajo mis sábanas, retozamos felices con irrefrenable deseo. Nos dijimos las palabras de amor más bellas, esas que se expresan a solas; luego, la mañana siguiente, desapareció para siempre de mi vida dejándome una notita en el buró: <>. Un pantalón largo descansaba sobre el respaldo de la silla desmadejado como marioneta sin hilos. Un portentoso recuerdo dejó su partida y de la de mi niñez.
Seguí viviendo en el mismo barrio de la misma ciudad calurosa que tenía un puerto de altura, en la misma casita de madera con techo de zinc hecha de los restos de un naufragio, pero algo mutó.
Hoy las arrugas de mi cara están escritas a mano, todas y cada una tienen su historia labrada con sal. Verme al espejo es un recordatorio de que las guerras se libran con dolor, sin la certeza de salir intacto como cuando niño. Al adulto las peores cicatrices se las dejan los sueños de infante malogrados.
Mientras, Efraín, indudablemente debe seguir siendo un Peter Pan de cincuenta años que blande su sable de goma gracias al síndrome de Asperger, una bella forma de revelarse, para no adaptarse como cualquier ordinario a la vida. La anormalidad social es la singularidad de un hombre genial.
También aprendí desde aquel día que el desengaño tiene apariencia bella, y llega de la mano de la adultez al cerrarse la brecha en el tiempo que un día abrió la ilusión de la simplicidad con la cual cuentan todos los niños del mundo, y únicamente los pocos adultos que siguen siendo niños.


* Víctor Hugo Pérez Nieto fue ganador del XV Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia en el 2012 con su novela Feralis y ha publicado los libros Tesoros de México, La noche de los orfelunios, Del chiquistriquis y otros demonios y ha participado en diferentes antologías de narrativa. En Alebrije de palabras, antología de minificción, comparte espacio con los ciento diecisiete mejores escritores mexicanos vivos. También es médico.



APRENDER DUELE
Soco Uribe

Esa sensación de asombro y orgullo que sentía Luisa muy pocas veces la había experimentado.  Se había dado cuenta de que después de asistir por unos cuantos meses al primer grado de la escuela primaria, por fin había aprendido a leer.  Diariamente se regocijaba leyendo los anuncios de las tiendas, los almacenes, cines, teatros, de los nombres de las calles y, al mismo tiempo, iba descubriendo un sinnúmero de novedades en su cotidiano recorrido hacia la escuela primaria, cuando viajaba en el autobús, por las transitadas calles de la Ciudad de México. Aún no cumplía siete años y su vivacidad era asombrosa.  Gustaba de preguntar las definiciones de las palabras que nunca había escuchado; mientras su padre, para alentar la curiosidad de la pequeña, le contestaba que las buscara en el diccionario y que eso le ayudaría a ampliar su vocabulario.  En un principio, la consulta en el pesado diccionario, mal llamado según ella, “Pequeño Larousse” se hacía casi imposible; sin embargo, con la ayuda y dirección de su padre, pronto lo pudo lograr.  Ese hombre era esencial en su vida; era como el polen para las abejas. Además, simbolizaba la imagen paterna y materna al mismo tiempo ya que, debido a las continuas estancias de su madre en el hospital, Luisa iba considerando sus ausencias más comunes y éstas entraban dentro de su día a día, al igual que en el de toda la familia.
En casa de Luisa, no se hablaba mucho acerca de la enfermedad de su madre, ya que su padre consideraba que ella y sus hermanas eran muy pequeñas para entender la magnitud del problema. Para la pequeña, la escuela era una manera natural de olvidar y de hacer pasar el tiempo más de prisa para que se llegara el fin de semana y poder regresar al hospital cada domingo y ver de nuevo a su madre.  Durante varios meses esa fue su rutina de vida hasta que, una tarde, a Luisa la vistieron con una falda de cuadros azul cielo y una blusa blanca como las nubes.  Sus hermanas vistieron sus faldas tableadas de color negro tristeza, con cuadros grises de melancolía y sus blusas blancas, tan blancas como sus pequeñas almas.  Así, con ese atuendo, esperaron una señal que les mostrara la finalidad de tan oscuro silencio. La tarde se alargó, en espera de que su papá recogiera a las niñas, sin saber éstas, de antemano, a dónde las llevaría. Después de unas horas de incertidumbre, su padre por fin llegó.  Tomó a sus tres niñas, las subió a un taxi y las llevó a ver a su mamá al hospital. Por lo menos, eso fue lo que él les respondió, cuando sus hijas le preguntaron insistentemente que a dónde las llevaría,  y no abundó más en detalles.
Durante el camino Luisa no pudo leer, como ella hubiese querido, los letreros del largo recorrido al hospital, ya que el taxi se desplazaba con más rapidez por las calles de la ciudad que el rutinario camión y sentada en el asiento centra trasero del taxi, la dificultad era aún mayor. En realidad, su avidez por la lectura era grande comparada con su corta edad. Al bajar del taxi, se alcanzaba a ver desde ahí la puerta principal del hospital, tan familiar para ellas, aunque en esta ocasión entraron por otra puerta, ya que su padre las condujo por un largo pasillo hacia una pequeña sala en donde se reunirían con la mamá de Luisa.
Al entrar, su asombro fue grande. Su madre era la única interna que se encontraba en esa sala; la única de entre las tantas mujeres que la acompañaban en el pabellón de enfermos del hospital cuando la visitaban los domingos. Al acercarse, descubrieron que se encontraba acostada dentro de una caja de color gris perla, con el semblante tranquilo, los ojos cerrados y rodeada de unas flores que no ayudaban en nada para alegrar el lugar. Luisa, sin aún saber lo que pasaba, se acercó para verla; pero, por más que se ponía en puntillas no alcanzaba ni siquiera a ver una parte de ella. Entonces, su padre tomó a la pequeña entre sus brazos, la levantó para que lograra ver a su madre y ahí, paralizados como estatuas, permanecieron todos juntos por varios minutos; callados, con lágrimas en los ojos y con un aire de profunda tristeza. Los cuatro se veían entre sí lastimosamente. Luisa, quien a su corta edad no comprendía la magnitud de ese episodio, con gesto inocente, rompió el silencio diciendo:
—Despiértenla y díganle que ya nos vayamos, porque aquí está muy oscuro y frío. 
En ese instante, su padre rompió en llanto, puso a Luisa de pie en el suelo, abrazó de nuevo a sus tres niñas y tomados todos de la mano, se dirigieron hacia la puerta de salida del hospital, después de haber recorrido ese largo pasillo arrastrando sus recuerdos, que ni la lluvia de esa tarde pudo lavar; por el contrario, las lágrimas que derramaba el cielo acentuaron las manchas de tristeza de sus almas.
Estando afuera del pequeño edificio de tan sólo un piso de altura, Luisa volteó hacia arriba y vio un letrero, que decía: Velatorio. Lo leyó lentamente y fue repitiendo en su mente, las cuatro sílabas de la palabra durante todo el recorrido para tomar el taxi y, en ocasiones, hasta imprimiéndole un cierto ritmo melódico.
En el camino de regreso a casa hubo sólo silencio. Nadie hizo preguntas, ni comentario alguno. Luisa, mientras tanto, seguía con sus pequeños dedos el curso que tomaban las gotas de lluvia que resbalaban sobre los cristales del taxi, al mismo tiempo que repetía, melodiosa e insistentemente, las sílabas de esa nueva palabra.  Mientras tanto, su padre no podía ni hablar y sus otras dos hermanas parecían haberse fugado en mente, hacia otro planeta distante y desconocido. 
Por fin, llegaron todos a casa y Luisa fue, rápidamente, a buscar el diccionario para consultar la palabra que había leído afuera de la sala dónde había visto a su madre por última vez. Después de una larga búsqueda, la encontró y pidiendo a todos que pusieran atención la leyó en voz alta, aunque con torpeza:
—Ve-la-to-rio,  ac-ción de ve-lar un ca-dá-ver; a-com-pa-ñar el ca-dá-ver de u-na per-so-na re-cién muer-ta.
Entonces, soltó el diccionario, como si hubiese recibido de él una descarga eléctrica; en seguida, corrió, abrazó a su padre y a sus hermanas y, por varios años, no volvió a leer en voz alta.


UN ÁNGEL SUBIÓ AL CIELO
Lupita Rivera

Hoy contaré una historia. Sucedió en un barrio humilde, de esos que llamamos “olvidados”, donde los niños aprenden a sobrevivir. Y es aquí donde vivió Ángel, un chico que vendía periódicos, pan o gelatinas, con tal de llevar un poco de dinero a casa. Un mes de diciembre en Ángel y sus hermanos surgió la luz de la ilusión, se acercaba La Navidad. Pero no era sólo la  alegría de las piñatas y los dulces que en más de una posada les darían, era la ilusión de ver a su papá.
Al llegar la Nochebuena, se encaminaron a la iglesia. Con mucha devoción depositaron una carta, que entre borrones y letras mal trazadas decía:
“Querido niño: Mamá dice que a los pobres, los reyes no les traen regalos; pero queremos pedirte que papá venga a visitarnos. Prometemos portarnos bien, obedecer a mamá y estudiar mucho en la escuela”.
Al llegar el Día de Reyes, tenían la esperanza, sin duda, de que verían a papá. Ángel salió a vender pan, pero su hermana quiso ir con él. A pesar de estar bajo los rayos del sol, el peso de la canasta y sus pies apenas protegidos por unos zapatos rotos y desgastados un brillo le iluminaba el rostro. Ángel terminó su cometido. Comenzó a contar su venta y algunas propinas. Distraído en sus pensamientos no se dio cuenta de que su hermana subió al puente peatonal, que estaba en reparación.
— ¡Ten cuidado! -le gritó Ángel-, ¡fíjate donde pisas!
Ángel subió rápidamente, la tomó de la mano y logró ponerla a salvo, mas no a su propia vida. Ángel cayó, su frágil cabeza cedió ante la dureza del pavimento. Se reunieron muchos curiosos, a gritos pedían una ambulancia.
Ya en un cuarto de hospital, los médicos se sorprendieron. Tenía el cráneo destrozado, ciego, sin  poderse mover…Pero, tal vez, sí escuchaba las palabras cálidas que sólo una madre puede dar y ante sus sollozos, Ángel, sólo atinaba balbucear: papá. Su madre, desesperada, trató de localizarlo, fue inútil su esfuerzo. Después de una semana, Ángel murió. Al despedirse sus labios murmuraron: —Adiós  manitos, adiós mamá, papá.

Un sueño tuve después. Soñé con un ángel entre los brazos de su padre.


*Textos publicados en El Sol del Bajío. Celaya, Gto.

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