domingo, 31 de julio de 2016

ALEGORÍA DE LA CAVERNA


ALEGORÍA DE LA CAVERNA

“Imagina una especie de cavernosa vivienda subterránea provista de una larga entrada, abierta a la luz, que se extiende a lo ancho de toda la caverna, y unos hombres que están en ella desde niños, atados por las piernas y el cuello, de modo que tengan que estarse quietos y mirar únicamente hacia adelante, pues las ligaduras les impiden volver la cabeza; detrás de ellos, la luz de un fuego que arde algo lejos y en plano superior, y entre el fuego y los encadenados, un camino situado en alto, a lo largo del cual suponte que ha sido construido un tabiquillo parecido a las mamparas que se alzan entre los titiriteros y el público, por encima de las cuales exhiben aquellos sus maravillas”.
Platón, Alegoría de la caverna, República VII.


Imagina, dijo Platón, una especia de cavernosa vivienda. Y entonces comenzamos a escribir.
Cada miércoles nos reunimos los compañeros del Diezmo de Palabras a compartir textos y comentarlos. En ocasiones hacemos ejercicios como el que nos propuso nuestra colega Rosaura Tamayo, quien además de escribir maravillosas historias cargadas de emoción, es también una artista muy completa que privilegia la acuarela, pero igual utiliza otros medios para mostrarnos su visión del mundo. Este ejercicio propuesto por ella es muy sencillo. Imagina una caverna. Tienes diez minutos para escribir lo que ves y sientes. Adelante, estimado lector, tú también puedes hacerlo. Te invitamos a leer lo que en el taller escribimos. Que te diviertas. Vale.
Julio Edgar Méndez

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FESTÍN DE AMIGOS
Rosaura Tamayo

El topo siente la lluvia y las hojas sobre las hierbas por todos lados, no encuentra su cueva. La ardilla lo mira desde el árbol y trata de subirlo para que no quede nadando entre tanta agua. Por fin llegan a una rama no muy gruesa que ya está ocupada por un par de pajaritos y una paloma que sacuden sus alitas y les dejan espacio para que suban. El topo les dice preocupado que no encuentra su refugio.
Todos desde el árbol tratan de buscar la cueva sin ningún resultado. Y con el peso de los cuatro la rama se mueve de un lado a otro. La lluvia ha aminorado su fuerza, el topo comienza a silbar y brincar. La ardilla le sigue con un baile con su simpática cola mojada. La paloma canta y el par de pajarillos se dan un beso. No atinan a llegar a la cueva, pero se encontraron nuevos amigos.

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LA CUEVA
Javier Mendoza

Un estruendo derrumbó las rocas, obstaculizando la entrada.  Al asentarse el polvo, el miedo y las tinieblas lo invadieron todo.  La reacción de los exploradores fue entendible.  Entre la gente nativa de aquella recóndita región se decía que en el fondo, aparentemente inalcanzable, se encontraba lo que cada quien buscaba o merecía: un tesoro, oro incrustado o la fuente de la vida; creaturas monstruosas, maldiciones temibles o la muerte.  Quizás sólo se trataba de un simple refugio. 
Los miembros de la expedición vacilaron en dar un paso más entre lo desconocido.  Pero, sin opción a la marcha atrás, siguieron adelante.  Al final cada cual encontraría su destino o simplemente el inicio de la cueva.   

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MARATÓN MATUTINO
Jessica Escobedo Méndez

Me levanté temprano para ir a correr. El cielo aún no aclaraba y el viento, un tanto fresco, acariciaba mi rostro de forma casi cariñosa. Cuando llegué al parque me di cuenta de que estaba abarrotado de gente. “Estúpidos propósitos de año nuevo -pensé-, ya me gustaría verlos así de entusiasta a mediados de julio”. Total, hice mi primer coraje del día y me largué a correr a otro lado. Caminé durante unos veinte minutos sin rumbo fijo y llegué a un baldío que me dio la impresión de estar completamente abandonado.
—Si ya decía yo que Diosito me tenía que ayudar, pues si para eso me levanté bien tempranito. Y sin más, me dispuse a correr.
Conforme avanzaba, me encontré con una pendiente que se inclinaba cada vez con más fuerza y terminaba desembocando en una cueva.
—Bueno, un mal menor. Y me aventuré a penetrar en su interior, nada iba impedir que finalizara mi maratón matutino.
Más tarde, cuando llegué a casa y mi esposa me vio, me preguntó con un hilo de voz:
—Justo… ¿Dónde has estado?
—Fui a correr
—¿¡Diez años?!  -Me gritó enfurecida y entre sollozos-.

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LA CUEVA
Lalo Vázquez G.

Me puse mi traje de Batman y salí corriendo a la cueva, mejor conocida como la baticueva. Es allí donde guardo el batimovil, la batibicicleta, el batihelicoptero y muchas otras cosas más. Es un lugar hermoso lleno de murciélagos. Tiene aparatos con la más alta tecnología. Tengo que decirles que no desaproveché ni un hoyito de las paredes, todo funciona a base de botones. Incluso hay piedras que abren y cierran para que pueda entrar o salir. La iluminación es sensacional. Al encenderla parece un poema. Al llegar hasta ese bello lugar ya me esperaban inquietos mi fiel amigo Robin -un chico muy fiel pero muy estúpido- y mi mayordomo de toda la vida, Alfred, compañero de siempre. Rápidamente tomé mi lugar en el batimovil y nos fuimos por los batitacos pues los tres nos estábamos muriendo de hambre.

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LA CUEVA DE GUADALUPE
Vero Salazar G.

Fue un doce de diciembre cuando la descubrieron, por eso la festejan ese día. Le
dibujaron una virgen a la entrada para que fuera doble el festejo.
La boca del cerro de Guadalupe es una gran cueva. Chica en su entrada, se va
haciendo grande conforme se va avanzando. La garganta  es un paso angosto
que lleva a lo profundo. Por miedo nunca quise seguir a ver como estaba hasta el
fondo, dicen que no tiene fin. Imaginé siempre que esa cueva me tragaría y en lo
profundo de sus entrañas de piedra me iba a morir.


LAS CUEVAS DE DON ANTONIO
Soco Uribe

Nacieron distintas. Compuestas de diferente material rocoso acarreado de un sinnúmero de lugares. Tanto de variados minerales suaves, como de material de dureza extrema.  Dispares en todo; sin embargo, con la misma herencia itinerante de sus hacedores.
Sus enigmáticas e ilimitadas profundidades sugieren adentrarse en su interior, para conocerlas de extremo a extremo y percibir su encanto… único en su género. 
Poseen una gran fortaleza y a pesar de que fueron expuestas a pruebas extremas de erosión, corrientes de agua, de hielo y desastrosos procesos geológicos a lo largo de su vida, aún se mantienen hermosas.
Mi alma se regocija con su divinidad. Al observarlas, evoco la fortaleza de aquellas gigantescas cuevas donde el hombre primitivo se refugió para resguardarse de todo mal e iniciar su tránsito nómada por la superficie del planeta.
Así es como mi Ser se resguarda en el suyo para continuar  mi camino. Bendigo al cielo por cubrirlas de estrellas por las noches. Y de un manto de luz azul durante el día.
Son mis hermosas hijas… Las Cuevas de Don Antonio.

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EGO
Julio Edgar Méndez

En el vientre abandonado de la penumbra rocosa, encuentro el recuerdo fugaz de mi pasado.
De la bóveda insondable se desprenden retazos alados que buscan -sin ver- y encuentran lo que no esperaban.  No tocan el presente que soy ni el futuro que no he de alcanzar.
Hacia el fondo, me muevo siempre hacia el fondo.
Es mentira que al final se ve una luz, yo solo veo el interior de mi mente. El pequeño universo cambiante según abra o cierre los párpados. Cortinas incansables del alma.
Ahí, al fin, tal vez encuentre respuestas. La solución al enigma mayor:
Quién soy y qué hago aquí.

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VOUYERISMO
Diana Alejandra Aboytes Martínez

Los dos lo sintieron en el mismo instante. Química innegable. Las manos caminaban. El deseo se transformó de inmediato en pasión.
Los acogió el sofá, el dormitorio quedaba demasiado lejos. Las caricias y las bocas les envolvían. Resbalaron sus cuerpos el uno hacia el otro, naciendo de la misma tierra, teniendo un mismo origen. El tiempo se quedó suspendido en ese instante…
Mientras tanto, yo sólo observaba desde la cueva de mis ojos.

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INCERTIDUMBRE
Martín Campa

Eso de buscar tesoros en cuevas alejadas, no es buen negocio. Bueno, no al menos para mí. El compadre Timoteo me dijo que rumbo a la Congregación de Canoas había una cueva embrujada, llena de centenarios y objetos valiosos. Pero que tuviera cuidado pues estaba muy difícil llegar al mentado lugar. Y que, conforme avanza uno, la oscuridad se te mete hasta por los poros de la piel y falta el aire. Ahora que estoy aquí, en el mencionado sitio, la angustia me rasga el corazón, y mientras voy bajando por este túnel húmedo y ya casi sin oxígeno, la vista se me ha nublado, y algo me jala hacia lo incierto. ¡Ah, qué mi compadre Timoteo!, se le olvidó mencionar que a esta cueva jamás le han hallado el fondo. ¿Quién sabe si podrán encontrarme a mí...?

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LA CUEVA DEL LAGO
María Guadalupe Rivera Núñez

Aquí en la región del Bajío Mexicano es reconocido el Cerro de Culiacán, no sólo por su belleza natural sino por las diferentes historias y leyendas que existen alrededor de él. Algunas de ellas hablan de las cuevas que hay en su interior. Pero hoy me referiré sólo a la llamada Cueva del Lago. Esta cueva posee en su interior una especie de cenote que según la tradición de los pobladores del lugar está conectado por medio de un río subterráneo con la alberca de Valle de Santiago (llamada así porque es un volcán apagado y el interior de su cráter está lleno de agua). Se dice que hay sobre ella una maldición. Ya que en el principio de los tiempos, era utilizada por una mujer nahual como un santuario para realizar ritos sagrados. Esta mujer al hacer su ritual se convertía en una culebra de agua.

Se cuenta que existía una doncella hija de un líder la tribu otomí  y un valiente guerrero de origen chichimeca,  comprometidos en matrimonio. Por azares del destino un día entraron a esta cueva para jurar amarse eternamente. La nahual bajo su forma de serpiente presenció aquel amor. La entrega del hombre la sedujo y quedó perdidamente enamorada de él. Tras varios intentos por conquistar al joven, sin lograrlo, juró vengarse de ellos.  Transformada en serpiente esperó a que se encontraran de nuevo en la cueva y al tenerlos frente a ella, lanzó un conjuro, se enredó en el cuerpo de aquel que nunca correspondió a sus deseos y azotó las piedras de la caverna, de donde brotó con fuerza bruta una corriente de agua que inundó la cueva arrastrando a los enamorados. Jamás se encontraron sus cuerpos. Desde entonces el alma de aquella nahual enreda su cuerpo en todo el que osa entrar en estas aguas, para asfixiarlo. Y utiliza la fuerza de la corriente del agua para absorber los cuerpos. Es por eso que a todos los que entran en esas cristalinas aguas no se les vuelve a ver jamás.

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“Examina, pues -dije-, qué pasaría si fueran liberados de sus cadenas y curados de su ignorancia, y si, conforme a naturaleza, les ocurriera lo siguiente. Cuando uno de ellos fuera desatado y obligado a levantarse súbitamente y a volver el cuello y a andar y a mirar a la luz, y cuando, al hacer todo esto, sintiera dolor y, por causa de las chiribitas, no fuera capaz de ver aquellos objetos cuyas sombras veía antes, ¿qué crees que contestaría si le dijera d alguien que antes no veía más que sombras inanes y que es ahora cuando, hallándose más cerca de la realidad y vuelto de cara a objetos más reales, goza de una visión más verdadera, y si fuera mostrándole los objetos que pasan y obligándole a contestar a sus preguntas acerca de qué es cada uno de ellos? ¿No crees que estaría perplejo y que lo que antes había contemplado le parecería más verdadero que lo que entonces se le mostraba?”
Platón, Alegoría de la caverna, República VII.




*Textos publicados en El Sol del Bajío, domingo 31 de julio, Celaya, Gto.

**Si quieres saber más sobre la Alegoría de la Caverna, de Platón, puedes seguir estos enlaces:

domingo, 24 de julio de 2016

LA TEORÍA DE LOS MUNDOS POSIBLES


LA TEORÍA DE LOS MUNDOS POSIBLES

“La teoría de los mundos posibles sostiene que toda ficción crea un mundo semánticamente distinto al mundo real, creado específicamente por cada texto de ficción y al que sólo se puede acceder precisamente a través de dicho texto. Así, una obra de ficción puede alterar o eliminar algunas de las leyes físicas imperantes en el mundo real (como sucede en la ciencia ficción o en la novela fantástica), o bien conservarlas y construir un mundo cercano -si no idéntico- al real (como sucede en la novela realista. Según esta teoría los únicos ‘requisitos’ para crear un mundo posible es que éste pueda ser concebido y que una vez concebido mantenga una congruencia interna.”(1)
            Accedamos pues, a dichos mundos en la voz de nuestros compañeros del Diezmo de Palabras. Vale. 



EL SUEÑO DE LAS ESTRELLAS
Enrique R. Soriano Valencia

Después de un buen rato, los muchachos empezaron a extrañar a Carl…
—¿No se tarda mucho?, -preguntó Isaac.
—¿A dónde fue?,-lo preguntó Albert.
—No sé -respondió Henry, el más pequeño, como si la pregunta fuera para él- creo que fue a regar un árbol.
—A mí no me dijo adónde iba, pero lo mejor será ir a buscarlo. Le pudo haber pasado algo -propuso Albert- está muy oscuro, es una noche sin luna y posiblemente no encuentra el camino de regreso.
—¿Por aquí hay leones?, –inocente, preguntó Henry.
—No, tonto -lo reprendió Isaac- pero en la oscuridad pudo haber tropezado con algo y pegado en la cabeza, por eso no grita.
—Nos va a regañar mi papá -empezó a gimotear el pequeño Henry.
—¡No te pongas a llorar, niño chillón!, -le reprendió Albert- como sigas así nos vas a poner a todos nerviosos y terminaremos por llorar. Hay que ir a buscarlo.
Los chicos sacaron de su mochila sus lámparas y empezaron a gritar por los alrededores del campamento a su compañero. Todos juntos caminaban por la oscuridad de la noche, lanzando sus luces en diferente dirección.

            Lo hallaron acostado en la ladera del cerrillo de enfrente a la fogata, con las manos detrás de la nuca...
—Mil ciento veintitrés, mil ciento veinticuatro, mil ciento veinticinco...
—¿Pero qué haces?, -preguntó Albert, verdaderamente desconcertado-.
—¡Mil ciento veintisiete! ¡Mil ciento veintiocho!... -subió la voz.
—¿Te pegaste en la cabeza y por eso dices sólo números?, -cuestionó Albert, con tono molesto-.
—¡Tonto! ¡Me hiciste perder la cuenta! , -gritó Carl.
—¿La cuenta de qué?, -preguntó Henry- ¿viste muchos leones?
—¡No digas tonterías, Henry! ¡Aquí no hay leones! ¡Lo que contaba eran estrellas!
—¿Qué?, -exclamó Isaac, al tiempo que volteaban hacia el cielo- ¿no es una tontería eso? Hay muchísimas... ¡millones! ¿Y las querías contar todas? Eso es algo muy tonto.
—No, yo no lo creo así. Hay miles de millones. Tan sólo en el vecindario hay cuatrocientos mil millones de sistemas solares.
—¡¿Qué?!, -gritaron todos al mismo tiempo.
—¡Ay! Yo no sé de lo que están hablando, pero a mí me da miedo estar aquí ¿Por qué no nos vamos otra vez para allá, donde no hace tanto frío.
—Espera, Henry. ¿Ves eso que parece nubes?
—Sí.
—Pues no son nubes, es la Vía Láctea.
—Sí, bueno, pero ¿y si la vemos desde allá?, -respondió Henry, señalando la fogata-.
—No podrías verla desde ahí; la luz del fuego no te dejaría ver tantas estrellas y a la Vía Láctea, menos.
—No entiendo qué es eso de la Vía Láctea -dijo lloroso, Henry-.
—Pues es la galaxia donde vivimos -le respondió Carl- y es una de las cien mil millones de galaxias del Universo.
—¿Alguien me quiere decir a qué vienen tantos números?, -protestó Isaac-.
Carl no hizo caso de la pregunta. Abrazó a Henry y lo tiró junto con él, boca arriba, en la ladera.
—¿Te imaginas, Henry? ¿Poder ir hasta allá y ver lo que nadie ha visto?
Henry no contestó, sólo se trataba de algo que veía todos los días por las noches, pero que nunca había pensado en qué era. Los demás chicos se recostaron también, les gustaba ver a su derredor y tratar de entender todo.
—Todos esos son otros planetas, otros mundos. Algunos quizá tendrán vida...
—¿Leones?
—Pues a lo mejor, parecidos; pero no iguales. Todos esos lugares son diferentes a la tierra. Algunos tendrán otro tipo de atmósfera y diferente temperatura, por lo que si existiera vida, tendría que ser muy diferente, muy distinta a la que conocemos aquí.
—¿Y si nos atacaran?, -preguntó Isaac-.
—Es difícil, -respondió haciendo una torsión para ver Isaac- ningún animal te ataca si no se siente amenazado o si no tuviera necesidad de comer. Y si existieran otros seres, trataríamos de no molestarles y de entenderlos. Así sería muy extraño que te hicieran algo. De cualquier forma, nunca dejaríamos de tomar precauciones.
            Carl se recostó nuevamente sobre sus manos detrás de la nuca.
 —Eso que parece nube, no lo es: son miles de millones de astros; millones de sistemas solares con planetas girando alrededor de algún sol; pocos parecidos al nuestro y mucho más grandes y de distinto color, por el tipo de combustión. Así que sólo unos cuantos podrían tener mundos como el nuestro. Cuando sea grande, me las ingeniaré para mandarles un mensaje. Ojalá me respondan. Quisiera ser de los primeros que conozca otras vidas. Como medida de precaución les enviaré una máquina con un mensaje que todavía no sé cómo escribirlo, pero tendría que decir algo como: «No están solos. Los hemos buscado por mucho tiempo. Permítanos ser sus amigos».
—¿Como un mensaje de Navidad?, -preguntó inocentemente Henry.
—Sí, como un mensaje de buena voluntad a todo el Universo.

            *A la memoria de Carl Sagan, científico, divulgador, asesor de la NASA y quien siempre tuvo la esperanza de encontrar vida en otros lugares del Universo. Redactó el texto que fue enviado en la zonda Voyaguer, que se dirige al centro de la Vía Láctea desde hace ya muchos años.



SÓLO A VECES
Por Rafael Palacios


A veces imagino a un hombre sentado frente a una hoja de papel. Lleva, desafiante, una pluma en la diestra. El hombre intenta, desesperado, desprenderse de aquello que lo agobia y lo aniquila. Necesita del blanco del papel para sacarlo. Se angustia, enloquece, quiere matar a los diablos que viven en su interior. Tiene los ojos fijos a lo que hay frente a él, aprieta su mandíbula y lleva las manos frías y el semblante pálido. Siente que lo van a fusilar. Sus dedos son largos y delgados, huesudos, de pianista de bar; ellos esperan impacientes el devenir, que el ritmo se suelte y ellos queden libres. Pasan minutos eternos, las manos comienzan a desdoblarse, haciéndose notar con raras articulaciones que lo hacen temblar hasta las uñas. De pronto los dedos infames se sienten en una primigenia libertad y comienzan a moverse acompasados sobre el blanco del papel. La esquiva inspiración ha llegado y posa su tinta pervertida en aquella superficie que siente la necesidad de ser violada. Las grafías bailan con fuerza brutal, instantánea, mágica y oscura, asesinando la virginidad de ese papel y quebrando el ritmo de la noche. El hombre escribe durante varios minutos y luego lee en voz alta:
            «A veces imagino a un hombre sentado delante de un teléfono público. Hace frío, esta helando. El hombre aguarda impaciente que el aparato repique. A veces se aleja un poco, pero imagina escuchar el retumbar en sus oídos del teléfono y corre a contestarlo desesperado, no es así; su mente juega con él otra vez. Lleva ojeras de varias noches sin sueño y su mirada ausente es del que hace mucho dejó de habitar en esta tierra. Tiene las manos entrecruzadas en actitud de espera o de súplica. Los perros ladran al enemigo imaginario y la mujer de la vida fácil que al llegar la noche es difícil, va llegando a su casa. Ella para frente a él y lo interroga con la mirada, quiere saber el por qué de la espera del hombre frente al teléfono. Él llora amargamente y un sobresalto de felicidad lo alerta cuando por fin el aparato suena, lo descuelga y alguien detrás de la línea susurra:
           
            «A veces imagino a un hombre sentado en las frías butacas de un auditorio viejo. Lleva las nalgas tristes de estar esperando el acto final, le duele enormemente el corazón. Sus ojos pelean contra su cerebro y no pierde detalle de la farsa que se representa frente a él. Es único público en ese mar de madera y latón. Desde hace tiempo espera esa puesta en escena y desea que dure poco, que acabe rápido. Tiembla e imagina qué será cuando baje el telón, es un invitado involuntario y él sólo cuenta los minutos para que aquello termine y aplaudir de pie, salir corriendo. Pero la protagonista del recital, termina de manera intempestiva su parlamento, besa al único público tiernamente en los labios y le dice al oído:
            «A veces imagino a un ser humano tumbado en el catre de algún hospital psiquiátrico. Revisa una y otra vez un retrato de mujer en blanco y negro. A la vez repite una y otra vez el nombre de esa mujer. Sus ojos recorren el rostro femenino buscando respuestas que no llegan. Besa en su  fantasía los labios de ella, besa sus parpados tristes, escucha su respiración agitada y termina por acariciar sus cabellos en la fotografía, todo aquello guardado por un marco de madera. Imagina que es demasiado y explota la imagen maldita en su cerebro, se retuerce por dentro y aguarda lo que sigue, callado. Intenta apartar los recuerdos de un manotazo y con el rostro desencajado mira el rostro de una mujer imaginario. Los enfermeros lo someten y colocado boca abajo, con correas de cuero sujetan sus manos y pies a la tubería del catre. El paciente derrama lágrimas de amargura porque se siente despojado de su libertad de ser y de amar.
            A veces imagino el rostro de un hombre, iluminado por una pantalla de un monitor, y me sorprende enormemente, que por extraño, intrincado y retorcido que parezca, ese hombre, a veces, resulte ser yo.



“BUITRES”
Una versión de Julio Edgar Méndez

"La literatura es siempre una expedición a la verdad." Franz Kafka

“Érase un buitre que me picoteaba los pies.” Pero me amaba. Me amaba al punto de no dejar que nadie más se acercara. Ya había desgarrado mis pies, los muslos, las rodillas; la parte más baja de lo más bajo de mi vida. Se ensañaba con mi ignorancia, me usaba para presumir su osadía. Era insoportable ver la forma en que se burlaba de mis gritos, del amor desesperado con el que yo arremetía de vuelta a sus picotazos.
            Alguien me dijo que no tenía por qué soportarlo, pero, ¿acaso no entienden? No es el dolor lo que me pesa, es el atrevimiento de sus ataques, de sus burlas. Tener los pies desgarrados ni siquiera es noticia de primera plana. Hace tiempo me defendía, pero ahora no tiene sentido. Ni siquiera me muevo ya del mismo lugar.
            ¿Matarlo? ¿Qué clase de arma puede derribar lo que no vemos? Además lo amo. Amo esa manera insufrible de mirarme con tanta condescendencia, como algo inferior, algo sin alas, sin metas, sin sueños. Vivo sólo a través de sus ojos.
            Me han convencido de darle un tiro.
            Han ido por un arma de las que disparan quimeras y eliminan incertidumbres. No sé cuánto puedan tardar en ir y volver, ni siquiera sé si vuelvan. La paciencia no es una de mis virtudes. Este buitre negro de mis emociones lo sabe mejor que yo.
            No sé si me escucha o lee mis pensamientos. Pero desde hace un rato me mira con sorna. Con la lucidez de saber las respuestas. Me mira y me desconcierta esa mirada tan parecida al pasado, tan presente en mis días más tristes. Lo veo retroceder y tomar vuelo desde la distancia, donde las nubes son borrones de pasiones atrabiliarias. Sus ojos se han quedado fijos en los míos que lo contemplan con pena a través del espejo salado de la inconsciencia. Ha decidido acabar de una vez con todo y resuelto desciende en picada directamente hasta mi boca, donde los cristales se arremolinan justo donde la confusión pinta de rojos colores los retazos dispersos de mi alma atormentada, que apenas ahora conoce la paz...


** El buitre había escuchado tranquilamente nuestro diálogo y había dejado errar la mirada entre el señor y yo. Ahora vi que había comprendido todo: voló un poco, retrocedió para lograr el ímpetu necesario y como un atleta que arroja la jabalina encajó el pico en mi boca, profundamente. Al caer de espaldas sentí como una liberación; que en mi sangre, que colmaba todas las profundidades y que inundaba todas las riberas, el buitre irreparablemente se ahogaba.** Buitres, de Franz Kafka.

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+Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto. 24 de julio de 2016.
++Imagen de Buitres: Rik Wielheesen
(1) https://es.wikipedia.org/wiki/Ficci%C3%B3n

domingo, 17 de julio de 2016

LA FLOR DE LA PALABRA


LA FLOR DE LA PALABRA
-Textos de Maurick Illich-

Desde hace tiempo hemos compartido este espacio que tan amablemente nos brinda El Sol del Bajío, gracias a don Argimiro González, su director, con escritores que no asisten con nosotros al taller literario en Casa de la Cultura de Celaya. Debido a su calidad literaria, su calidez y compañerismo, así como su apoyo a la difusión de la obra de otros escritores en ciernes, en esta ocasión publicamos la obra de Maurick Illich. Entre el romanticismo y su inseparable taza de café, nos trae recuerdos de otros tiempos; que tal vez “vienen y van como recuerdos pasajeros”.
“Mauricio S. S., Nació en el D.F., en 1976. Radica en la ciudad de Querétaro. Incursionó en el mundo de las letras en el medio de la comunicación comunitaria o independiente mediante la publicación de varios esfuerzos editoriales. Ha editado 4 publicaciones bajo el sello de  la Nopalera Ediciones, con títulos como: Tormentas y días trémulos, Mujeres, las que hacen la historia, Voces a doble respiración volumen I y II; estos últimos en colaboración con Niurka Chávez, así como una pequeña participación en la antología La poética del café.
Considera que es de suma importancia en la actualidad no dejar morir “La flor de la palabra” y, para ello, considera primordial el apoyo a la creación de nuevos autores con la finalidad de privilegiar la palabra escrita”.



DEJA VU
Maurick Illich

Y allí, estaban ellos, caminando incansables, con su mirada perdida, con sus andares errantes y sus pensamientos ajenos, sumergidos en una catarsis, en un mundo ajeno al que hoy vivimos. Creo haberlos visto también en un sueño, quizá en alguna imagen repetida como deja vu que asoma en mi mente discontinua. Me miran, yo los miro, no sé quiénes son pero creo conocerlos, no parecen conocerme, sólo vienen y van como recuerdos pasajeros.

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A LA MUJER DE PIEL BLANCA
Maurick Illich

Estabas ahí, entre siluetas y nubarrones, entre girasoles y soles. En silencios y noches de agonía, permanecías sentada, inmóvil, despierta; permanecías inmutable, como queriendo sólo acariciar el instante. Llegaste con el invierno, como llega la nieve, y ahí te quedaste con tu piel blanca, aguardando mi llegada sin reparo, sin reserva, sin venderme nada, sin cambiarme nada, sólo esperando que la nieve se fuera y dejarme perder en tu piel y recuperar los instantes perdidos, las noches de insomnio y caminar contigo por el sendero dónde intento recuperar mi sueño.

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FUNDIDOS EN TU NOMBRE
Maurick Illich

Me he despertado entre gotas de lluvia, entre abismos sin retorno. Me he levantado con tu ausencia, con la espera de ti. Me dirijo como desde hace años a intentar beberte, a tratar desesperadamente de olerte o de simplemente imaginarte; en una representación que hago con mi mente sobre el espejo que guarda dentro aquella vieja taza servida con café. De la cual bebo todas las mañanas en que te recuerdo, allí, sentada sobre la cama con tu mirada profunda e iluminada, mientras recorría con mis manos el cabello que caía sobre tus hombros esperando la hora en que nos acercáramos y sin tapujos ni palabras preparatorias nos fundiéramos en uno sólo, como ahora lo hacemos en tu nombre. Yo y el intenso aroma a café.


TORMENTAS
Maurick Illich

Fin de semana después de la semana de los amorosos, los que aún siguen juntos, los que se toman de la mano y caminan por las calles frías y mojadas por la lluvia que aún sigue cayendo en algunos momentos. Se asoma el sol en el cielo, pero también siento la tormenta, la misma que viene cada ocho  días a provocarme días trémulos, inquietos, insostenibles. La misma que se cierne sobre mí para recordarme que aún me estremezco cuando te veo y más cuanto te siento. Tormentas con truenos, lluvia, vientos y ráfagas de recuerdos. Tormentas de fin de semana que golpean mi calma, mis recuerdos mis nostalgias. Tormentas de fin de semana que se van cuando de repente vienes y tomas forma de hojarasca y vuelas entre las nubes bajas para llegar a mi lado y calmar mis ansias. Tormentas de fin de semana, tormentas que se acaban en cuanto tú, sol, llegas a tocar mi alma.

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VENGO POR TI
Maurick Illich

Vengo por ti esta noche, entre el silencio de las calles que rodean tu casa y el estruendo de las gotas de lluvia que mojan el asfalto que pisas diariamente. Vengo con ansiedad de ti, con necesidad de ti. Vengo desde lejos, desde donde nacen los girasoles para dejarte un beso, para dejarte un abrazo, para ver mis ojos reflejados en los tuyos. Vengo por ti esta noche para despedirme definitivamente de ti.

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TOCAR EL CIELO
Maurick Illich

Aún no me has entendido, después de tantos años de delirio. Entiendo ahora que no me has comprendido. Que a veces con mirarte y con tocarte puedo tocar el cielo y sentirme pleno y rejuvenecido. Espero ahora entiendas que sólo busco un pretexto para ver tus ojos, acariciar tu cabello para sentirme un tanto vivo

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AMANTES
Maurick Illich

Un día de esos, de esos que traen consigo
frío, te conocí. Me vi reflejado en esa mirada
tan tuya, que irradiaba. Te volviste una estrella
que centelleaba en mi universo, te convertiste
en esa acompañante que todo amante
necesita. Fuiste una Venus de Milo: sucumbí
ante tus formas y ante tus geografías
inconclusas. Aprendí a leer con mi tacto cada
uno de tus mapas. Hasta que un día decidiste
escaparte de todo lo que tuviera olor a mí.
Ahora, sin más pretexto que volver a probar
nuestros besos, nos escondemos tras un
pilar, nos fragmentamos en uno,
escondiéndonos del otro e intentando
simplemente escaparnos de nuestra mal llamada realidad.


INTUITI PERSONAE
Maurick Illich

Hay situaciones cotidianas como una palabra que se hace verso, un beso que se hace viento e historias que llegan a convertirse en cuento. Estas historias se tejen entre las nubes, sin tapujos, sin cortapisas. Se hacen algodones que cruzan el cielo, el mar y se montan en una estrella para hacerse un secreto entre personas.

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ROSAURA
Maurick Illich

Con su mirada firme y con su sonrisa que es alegría ambas las
enmarca con sus labios siempre humectados, que hacen juego
con todos los lunares que decoran su rostro. Su caminar, es
lento, pero siempre firme. Añora, llora y extraña a su hermano
que como miles de mexicanos han caminado hacia el norte.
Rosaura siempre está sonriente, a veces se sonroja por alguna
mira lasciva que la sorprende durante el día. Pareciera no
cansarse de estar de pie, ni siquiera pareciera inmutarse por
ello. Pero al finalizar el día después de írsele la vida en trabajar,
sale corriendo, se despide efusivamente y clava sus
pensamientos en quizá no regresar de nuevo.

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GRACIELA
Maurick Illich

Su nombre es Graciela. Es una madre que lucha constantemente
por sus hijos. Ella se desangra en vida por ellos, mientras zurce
historias desde una máquina de coser. Se desvela por sus hijos
así como se desvela por sus interminables tareas que le reditúan
algunos pesos para comer.
Ella ha visto cómo México se desangra mientras busca a sus
hijos en una mañana de octubre, pensando que si los vuelve a ver
será sólo por última vez.
Ella es una madre que lucha interminablemente mientras
se desangra lentamente en su interior con la única
intención de ver a sus hijos crecer.

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FLOR EN OTOMÍ
Maurick Illich

Su nombre es Deni, como el de una flor. Su piel es como el del color
de la tierra. Sus sueños son como el de cualquier niño o niña de
este tiempo. Su esperanza esta puesta en un arco iris multicolor,
en dónde los sueños se pueden conjugar en todos los tiempos
existentes (presente, pasado y futuro). Pero precisamente el
futuro es de ella y de ellos, de los que caminan mientras sueñan y
de esta forma, se hacen uno mientras sin quererlo ellos y ellas hacen historia.


*Textos publicados en El Sol del Bajío, domingo 17 de julio de 2016.

domingo, 10 de julio de 2016

AIRES LÚDICOS


AIRES LÚDICOS

“-Perdone usted -le dije-, ¿no podría contarme brevemente lo que ha ocurrido en la pantalla?
-Sí. Daniel Brown, a quien ve usted allí, ha hecho un pacto con el diablo”.
Juan José Arreola, Un pacto con el diablo.


EXVOTOS Y PROFILÁCTICOS
Julio Edgar Méndez

El Cristo de madera que cuelga todo chueco, alumbrado por cientos de velas, no da crédito a sus ojos. Ahí, entre tantos exvotos y milagritos dejados a los pies de Santa Elpidia del Pubis Negro, hay un preservativo abierto del sobre, pero sin usar. El condón resalta entre la miríada de objetos de cierto precio, precisamente por su escaso y profiláctico valor económico. Hay que ser  muy pobre -o muy tacaño- para no desear los hijos que Dios manda a cada pareja, amarrada con cintas blancas bajo la tutela y bendición de la Santa Madre Iglesia.
           
            El día que Arquímedes Mota conoció a la Chachis, se dijo a sí mismo que esas debían ser las curvas mejor diseñadas dentro de todo el club campestre. Un par de senos de medida exacta -deben caber en las manos, ni más ni menos-, unas caderas aguitarradas y la cintura más breve que los pensamientos útiles de nuestro presidente de la nación. Todo ello adornado por algunos milloncitos de pesos, cortesía de los bancos defraudadores del pueblo y que el padre de la Chachis -banquero profesional- se había visto obligado a dejar en su propia cuenta bancaria, no se lo vayan a robar los políticos.
            Arquímedes vivía con su madre. La gran señora era hija y nieta de notarios ilustres de aquella ciudad del Bajío, quienes a base de mucho trabajo sucio lograron despojar a incautos poseedores de terrenos y propiedades, para hacerse de grandes extensiones de tierra. Que dilapidaron gracias a una sed constante de viajes al extranjero y compras estúpidas de ropa, muebles, cosas inútiles y drogas. Para aligerar, tal vez, el desorden mental de vivir siempre con miedo de que alguien llegase a ajustarles  las cuentas.
            A la sazón, sólo les quedaba a Arquímedes y a su madre, una casa llena de fotos y muebles viejos en uno de los mejores barrios de la ciudad. Pero tenían un apellido ilustre: Mota. Y por eso eran recibidos por los nuevos y viejos ricos pretenciosos con apellidos sin alcurnia. Esa fue la razón por la cual, cuando le puso el ojo a la Chachis, a todos les pareció lo más natural. Un nombre y apellido bastan y sobran para conquistar a una mujer sin más posesiones en la tierra que un cuerpazo y un dineral esperándole como dote al afortunado poseedor de sus encantos.
            Pero como nada en la vida es perfecto, la Chachis tampoco era perfecta. Al principio le dio entrada al galán, pero pronto se vio que la prisa de Arquímedes por conquistarla e ir asegurando su porvenir, era inversamente proporcional a las ganas de ella de dejarse conquistar por él. Aquel joven intentó todo lo imaginable para meterse bajo las sábanas con la Chachis. Le dijo que la amaba más que a nadie en el mundo, -lo que debía tener alguna verdad, puesto que no amaba nada. Que nada más verla le derretía el palo de la paleta con el que solía enfriarse la lengua. Que le dejara demostrarle cómo el amor sabe más a amor con las pieles rozando sin ropa de por medio; hasta le dijo que no era sólo deseo, sino por prescripción médica que las mujeres debían tener sexo, porque si no lo hacen, se vuelven amargadas y sangronas. Pero nada, la Chachis era de una pieza. El sexo era sólo para reproducirse, como dice la Santa Madre Iglesia. Así que, como ella no tenía la más mínima intención de tener hijos por el momento, pues ni hablar. Arquímedes debía buscar otra estrategia, ya que para ella el matrimonio era el requisito para tener hijos, pero como aún no los quería, pues tampoco deseaba casarse. Difícil y apremiante situación para el joven, ya que su estado económico pasaba a la etapa alarmante, ésa en que nadie te presta y todos te cobran. Así que puso manos a la obra, se dio una vuelta por el mercado de chucherías, donde lo mismo encuentras una cura para la gripe, que una sarna para tu enemigo más odiado. En ese mercado la curandera más famosa era la Manosanta, una señora de edad indescifrable con cara de mono y risa de hiena, que le dio el secreto para enamorar mujeres: una gota de esperma de Judas Iscariote.
            Aquella solución mágica había sido preservada milagrosamente por siglos y siglos, como la Manosanta le explicó a Arquímedes,  y que gracias al celo de los parientes de Judas, que rogaron a Dios le perdonara su traición, en un acto de arrebatamiento místico le extrajeron el fluido vital. Sólo había un requisito que cumplir: podía usarse una sola vez y debía ser con fines de reproducirse. ¡Caray!, la Chachis no se iba a dejar de buena gana. Había que hallar una forma de hacerlo sin que ella se diera cuenta. ¿Cómo le hace uno para que una mujer no se dé cuenta? No, pues estaba muy difícil la cuestión. ¿Hacerse el moribundo y pedirle como última gracia que se dejara hacer el amor? ¿Decirle que la virginidad es causa de cáncer y uno es la cura?
            Ya tenía la solución, ahora sólo necesitaba administrarla. Con mucha astucia iba el joven abonando el terreno, hacía comentarios a todo el mundo sobre cuánto amaba a la Chachis, qué bella era, con qué fervor le daría gracias a Dios todos los días si ella aceptara ser su esposa. Hasta empezó a ir a misa todos los jueves para que su pretendida y la familia de ella lo vieran de rodillas, comulgando y pensando mientras chupaba la ostia: “¡Condenada Chachis!”
            Así pasaron quince meses, hasta que, de tanto ir a la fuente, el cántaro se quebró y Arquímedes se volvió devoto fiel y entusiasta de Santa Elpidia del Pubis Negro. Aquella santa mujer quien había muerto en olor de santidad, (dicen que huele como a ajo), virgen y mártir, ya que no permitió que el lujurioso esclavo negro que le había quitado la virginidad, violentando su entrada, pudiera retirar su pene una vez que la penetró, lo que técnicamente la mantuvo virgen, y así murieron los dos. A ella la hicieron santa (aunque con el pubis negro) y a él lo hicieron cachitos a puros machetazos por andar de caliente. A esa santa mujer le rezaba todos los jueves el joven Mota. Era tanta su devoción, que la Chachis empezó a creerle la fe y hasta él mismo se la fue creyendo.
            El día en que finalmente aceptó salir con él a cenar y bailar, aquél supo que la cosa ya estaba hecha en un noventa por ciento, o en un noventa y uno punto cinco por ciento, para ser más exactos. Arquímedes se acicaló lo mejor que pudo, le pidió prestado a un tío su auto nuevo y compró un condón marca Quietopancho, con el cual pretendía echar mano del remedio de la Manosanta. Por si las dudas, ese jueves no fue a ver a Santa Elpidia, no fuera siendo que la Santa se encabronara porque él le quería quitar la virginidad a la Chachis. A las nueve en punto pasó por ella. Cenaron y hablaron de muchas cosas intrascendentes -el tema favorito de ambos-  y se dieron cuenta de que en realidad se entendían. Ella carecía de cultura y a él le sobraba ignorancia. Luego se fueron a bailar. En medio de la pista, Arquímedes le dijo que ya sólo pensaba en ella, que todos los jueves le pedía a la Santa le concediera la dicha de ser el esposo de la Chachis, que era capaz hasta de trabajar por ella. La chica no era tan de piedra después de todo y ya hasta se le pegaba de cachetito, aunque fuera música electrónica la que oían, cuando al joven le llegó la inspiración. ¿Sería la Santa o sería Judas el de la idea? Le dijo muy suavecito al oído: Que le había prometido a Santa Elpidia, que el día que hiciera la prueba del amor -como ordena la Santa-, con la mujer elegida y ésta no diese señales de amarle en respuesta, él se volvería cura. Aquello funcionó, la Chachis no pensaba llegar tan lejos en su apatía, era medio fría pero sin exagerar. Le preguntó acerca de esa prueba de amor pensando en la clásica engañifa de irse atrás de los arbolitos, pero no: Arquímedes le explicó que era una cosa simple. Le dijo que en su dedo había derramado la santa una gota de sus lágrimas y ésta debía tocar el pubis de la mujer elegida -por supuesto que aquello era lo que ya sabemos-, lo cual no le pareció tan malo a la joven, quien como que de pronto sentía cosquillitas entre los dedos gordos de los pies, así que aceptó la prueba. Ahí mero, en medio de la pista -total, se hacen cosas peores y nadie se da cuenta-, el dedo medio del galán, (¿por qué siempre el medio, es el medio?), depositó aquella gota de recuerdos de Judas, entre las piernas de la chica, con tan buena puntería, que antes de un mes ya estaban casados con todas las de la ley.
            Ante los ojos atónitos del Cristo chueco, Arquímedes depositó tempranito, antes de la boda, el condón que nunca llegó a usar y llevaba preparado aquél día de la disco; lo dejó  a los pies de Santa Elpidia del Pubis Negro, por el favor concedido, y esa inspiración repentina que evitó que usara el arma matadora de bebés no nacidos.
           
            ¿Y funcionó la gota de esperma de Judas Iscariote? Quién sabe, porque apenas llevan cinco años de casados los señores Mota. Pero dicen las chismosas sirvientas que los cinco hijos del matrimonio, han sido todos por cesárea, ya que los médicos han detectado que cada bebé viene ahorcándose con su propio cordoncito umbilical.




LOS AIRES
Herminio Martínez (+)

A Enedina, la primera palabra se le clavó como una flecha en el costado izquierdo.
—¡Excelente! -le dijo el sacerdote, saltando como una vieja cabra, convencido de que sus necesidades no fueran a resolverse nunca.
 Había ido a ver el señor cura para que le escuchara una canción, y él ya la esperaba, porque desde que terminó la misa de las diez ella le preguntó que si, después de comer, podía ir a hacerle una consulta.
—No de pecados -le dijo-, sino de las tonadas que compongo. Nada más termino mi quehacer.
Al viejo lágrimas de cuervo le impresionó la voz... La felicitó con una mano seca y aun le pidió que repitiera el canto. Ella lo hizo y aunque en otras circunstancias aquel antiguo director de coros, con olor a tabaco y humedad, habría dicho que la tesitura de Enedina no era sino una carcajada rebuznante, con palabras de pato le anticipó:
—¡Qué bello cantas, Enedina! ¡Excelente! ¡Me gustas!
Al otro lado de la calle un hombre barría hojas. Nerviosas damas lo veían y, arrugando la nariz, cambiaban de banqueta. Adentro, la retórica de la ternura de su párroco era otra música, con sonidos más ásperos, que, como ovejas, en la ventisca se juntaban.
Hombre sudado y maldecido por más de un parroquiano y otros con quienes desde el principio, en sus cabales o aquellas borracheras de órdago, jamás tuvieron nada que decirse.
La volvió a saludar, mirándola como quien contempla la llanura:
—¡Qué hermosa melodía! ¿Ya tienes algún título?
—Los aires… –respondió ella.
—¿Los aires? –se sorprendió él- ¿Por qué los aires?
—Porque la compuse ayer, cuando soplaba el viento... Sentí que Dios Nuestro Señor me la inspiraba para protegerme de todos los malditos. Usted sabe cómo andan por ahí esos lobos y una es mujer sola, viuda, huérfana, sin nadie… La música me cuida.
“¿Y a eso le llamas música? –pensó el malsano-. Tu voz supera ¡en mucho! a los gruñidos de los cerdos. Pero lo que sea de cada quién: eres muy bella y eso merece un trago… Los aires han perdido la cabeza”.
—¡Vaya, pues, con los aires! –insistió.
—¿Quiere que se la cante nuevamente?
—Por favor; me haces estremecer e imaginar que subo al cielo. Realmente ando en las nubes. Sólo dame un instante, voy por un tequilita. Se va a necesitar. ¿O prefieres rompope? También tengo cervezas.
—Yo no bebo. Nada más agua y algún jugo.
—De todos modos se va a necesitar. Ahora vuelvo.
Enedina, inocente, repitió la tonada hasta convertirse en aire y ascender al cielo, dejando al hombre con el deseo de poseerla una vez que, cansada, le aceptara beber y descansar un poco en el salón de al lado, donde los fines de semana tres o cuatro mujeres daban el catecismos, mientras él las miraba y, desnudas, se las metía en la mente, esperando la noche, cuando lo visitaran para rendirle cuentas. Pero con Enedina le falló, porque, con la fatiga y tanta magia, ella se fue desintegrando poco a poco, como si un extraño poder la disolviera con la música de aquellos Aires tristes, que al pervertido tanto ilusionaran.

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*El Taller literario Diezmo de Palabras sesiona de manera gratuita todos los miércoles de 6 de la tarde a 9 de la noche con el auspicio de la Casa de la Cultura de Celaya. Dirigido durante más de 20 años por el fallecido maestro y escritor Herminio Martínez, se ha consolidado como uno de los mejores talleres del país. Actualmente lo coordina Julio Edgar Méndez y ha sido inscrito en la Enciclopedia de la Literatura Mexicana. Tiene más de 40 participantes que asisten de manera regular y casi 450 entusiastas en redes sociales.
**Texto publicado El Sol del Bajío, domingo 10 de julio de 2016

NOSTALGIA, POESÍA DEL DIEZMO DE PALABRAS

VIENEN DE LA MANO DE LA NOSTALGIA El Taller Literario Diezmo de Palabras está integrado por hombres y mujeres de plumas multicolor...