domingo, 25 de marzo de 2018

SOPITA DE CARACOL



Sopita de caracol
Por: Enrique R. Soriano Valencia

Eran las tres y media de la mañana, toda la familia dormía, cuando alguien llamó a puerta. De inmediato me levanté y mi esposa me dijo:
            —No abras. Asómate por aquí.
            Frente a la casa estaba un vehículo. Abrí la ventana. Desde la planta superior, no lograba ver la puerta de entrada. La oscuridad y una cornisa lo impedían. Con voz alta y firme reclamé:
            –¿Quién es?
            —¡Licenciado! –una voz alcoholizada respondió. Se retiró de la puerta para alcanzar a vernos–. Licenciado, soy yo, tu cuate y vengo con un compañero.
            —¡Ah!, hola. Deja me pongo algo y bajo a abrirte.
            —¿Quién es? –preguntó mi esposa.
            —Es un muy buen amigo, viene con otro de la oficina –respondí mientras me calzaba unas pantuflas y me ceñía una bata.
            —¿Y qué se les ofrece a esta hora?
            —Vienen hasta la coronilla del alcohol. Ya sabes cómo son con copas.
Bajé a abrirles. Tambaleantes, entraron a casa.
—Tengo tequila –les dije–, porque de las otras bebidas, no tengo con qué combinarlas.
—No venimos por eso… –dijo el compañero–, ¡hic!, pero te acepto el tequilita.
Casi en cuanto los serví desaparecieron de la mesa.
–Queremos hablar contigo, ¡hic! –dijo mi cuate.
–Es muy importante –asintió el amigo, con los ojos a medio cerrar y la lengua hecha un nudo–. Por esta… –y besó el signo de la cruz hecha con el pulgar y el índice.
—Soy todo oídos.
—Queremos que hagas las paces con el Güero –me explicó mi cuate.
—Nunca he peleado con él.
—Lo sabemos, ¡¡hic!! Eres muy decente para eso –intervino el compañero–. Pero es que no se llevan bien.
—Cierto. No simpatizamos mucho, pero trabajamos. Jamás me niega los servicios de su área, ni yo limito algo de la mía… aunque a veces siento que pudo atenderme con mayor celeridad.
–Somos un equipo –arremetió mi cuate–. Debemos estar unidos con nuestro jefe, ¡hic! El Jefe es nuestro líder. Él nos apoya y protege de las demás áreas, ¡hic! Por eso debemos ser como uno.
—Jamás lo he visto diferente. Incluso, defendí al Güero de quejas de otras áreas en una reunión en la que no estaba y reclamaron fuerte a su subordinado.
—También los sabemos… –respondió mi cuate, sin terminar su idea, por la interrupción del compañero.
—¡Pero le haces caras!, ¡hic!
—Perdona, tampoco le voy a sonreír si no me nace. Su trato es muy agresivo…
—¡Pero no es de mala fe! –interrumpió de nuevo el compañero–. ¡Es su vieja que ni el desayuno le hace!
Cerca de media hora fue darle vueltas al asunto: que si el equipo del jefe, que si el trato del Güero, que si mis caras, que una cosa y la otra.
—¡Bien! –quise ya detener tantas vueltas a lo mismo–. Mañana lo invito a comer…
—¡No! –de nuevo el compañero me impidió terminar–. No. Mejor, ¡hic!, en caliente.
—¿Pero cómo lo voy a despertar ahora? De por sí me odia, como para ir a levantarlo.
—Si no lo vas a levantar… –quiso tranquilizarme mi cuate.
—Ah… ¿En qué bar está?
—No. Lo traemos con nosotros, lo dejamos en el autor por si no lo querías en tu casa.
—¡Por Dios! ¿Cómo hacen eso? –y salí corriendo hacia el automóvil.
Lo encontré dormido, igual de alcoholizado que los otros.
—¡Güero! –lo desperté con algunas pequeñas sacudidas en el hombro; estaba muy oscuro–. Perdona, no sabía que estabas aquí. Por favor, pasa a la casa.
Me hizo señas de que no pretendía moverse mientras seguía recostado. Voltee a ver a los otros, que ya estaban detrás de mí.
—¡Ora, güey! –le gritó mi cuate–, no te hagas, ¡hic!, que ya lo habíamos hablado. Además, el licenciado tiene tequila.
Siguió sin hablar, me pareció que tampoco sin abrir los ojos, y negó con la mano.
—Oye, Güero –le dije–. Mañana te invito una copa. Nos vamos a comer y…
Se incorporó de inmediato y me acercó su rostro. Pude notar ahora que ahora sí abrió los ojos.
—Ahorita –dijo y con la yema del dedo índice se tocaba repetidamente la rodilla.
—Es muy tarde. Debe estar todo cerrado –insistí.
—Ahorita –insistió sin dejar de tocarse la rodilla con el dedo.
—Bien –admití.
Subí presuroso para no hacerlos esperar. De inmediato, en mi habitación empecé a ponerme la ropa.
—¿Qué haces? –preguntó mi esposa extrañada.
—Voy a tomar una copa a… a… algún lugar.
—¿Tú? Pero si en tu vida has bebido.
—Está la persona con la que menos simpatizo en la oficina. Lo hago más para reducir algún problema a mi jefe. Es mi amigo y debo apoyarlo.
—Pues, con cuidado.
Al salir pedí las lleves del auto por ser el único sobrio. Di muchas vueltas por la ciudad, en especial por los bares que sabía estaban cerrados ya a esa hora.
—Lo ven. Deberemos dejarlo para mañana –concluí y enfilé a casa para que me dejaran. No había recorrido veinte metros cuando el Compañero dijo:
—¡El Tejaban! El Tejaban no lo cierran hasta las 07:00 de la mañana, ¡hic!
—¡Sí, el Tejaban! –gritaron los otros dos entusiasmados. Para allá me enfilé.
Cuando llegamos al antro quedé estupefacto, todos eran rostros conocidos: gente de oficinas gubernamentales con las que me relacionaba por la oficina a mi cargo, profesores universitarios, empleados de empresas e industrias y hasta algún taxista al que solicité servicio.
—¡Licenciado!
—¡Licenciado!
—¡Licenciado!
Yo solo saludaba de lejos y a gritos explicaba que iba con mis compañeros de trabajo, que después de un rato pasaría a sus respectivas mesas.
—¡Uóóórales!, Licenciado. Eres muy conocido aquí, ¡hic! –dijo mi cuate.
—Es gente con los que me vinculo por mi trabajo.
—No, sí, claro. Si hasta el de la taquilla te saludó muy cordial.
—Es hermano de la muchacha que nos ayuda en la limpieza de la casa.
La explicación fue de más. Al tomar asiento, de inmediato prestaron atención al camarero para ordenar las bebidas. En el momento que iba a pedir, me interrumpió:
—A usted ya me dijeron en aquella mesa que le sirva algo especial.
Voltee a ver el lugar señalado. Entre la penumbra alcancé a distinguir al subgerente del banco donde tenía mi cuenta. Levantó su copa en señal de brindis. Respiré profundo e hice señas de agradecimiento y que más tarde iría a saludarlo.
Entre tanto, la variedad hizo su anuncio.
—Su centro solciaaal Elll Tejabaaaan tiene el honor de presentaaar a la excelsa belleza directamente traída desde Pueeerto Riiico, la reina de los jibaritooos, recibamos con un fuerte aplauso a Vaaannesssaaaa.
Todas las luces de colores empezaron a girar de un lado a otro. La gritería de los parroquianos opacó a la música. De inmediato unos guardias con el torso desnudo se apostaron al derredor de la pista elevada. De uno de los extremos salió una despampanante morena con un diminuto traje amarillo con cientos de lentejuelas y un enorme penacho, con plumas del mismo color.
Las bebidas llegaron. El mesero sirvió las copas a los demás y a mí me dejó al último, a pesar de ser el más cercano a él. La bajó de la charola con mucho cuidado. Poco a poco la dejó frente a mí. Los cinco, extrañados, volteamos a ver la cara del chico. Se sonrió y me guiñó el ojo.
Algarabía en la mesa. Todos empezaron a hacer exclamaciones al ver al muchacho retirarse también con marcados contoneos.
            —Ja, ja, ja. ¡Ora sí, Lic.! Ya tienes adónde ir cuando se enoje tu vieja.
            No presté atención al comentario del Compañero. Levanté mi vaso en señal de brindis. El resto hizo lo mismo.
            —Por nuestro jefe.
            —Por nuestro jefe, ¡Salud! –respondieron en coro.
            Al dar el trago a mi bebida me di cuenta que no tenía alcohol. De inmediato busqué la mesa donde se halla el subgerente. Estaba observándome, pero ahora con una muchacha sentada en sus piernas. Levantó su copa, hice el mismo gesto y agradecí con una ligera inclinación de cabeza.
            Mientras tanto, la puertorriqueña ya no llevaba prendas encima. El público enardecía por secciones cada que giraba y su trasero los apuntaba. El Compañero no se contuvo, nos dejó para sentarse en la barra que rodeaba la pista.
No tardó mucho en que una persona se acercara al Güero para pedirle fuera a otra mesa donde varios lo llamaban. Aproveché y le dije a mi cuate que iría a saludar al subgerente del banco.
Cuando me senté junto a quien me había mandado la bebida, me di cuenta que en nuestra mesa ya no había alguien. Agradecía mucho la deferencia y no juzgué necesario hacer más que marcharme. Buscar a mis compañeros me entretendría en más de una mesa, con toda seguridad.
Al llegar a casa, mi esposa de inmediato me preguntó por la ocasión.
—No tienes una idea: terminé en El Tejabán.
—¡Por Dios! ¿Cómo se te ocurre meterte ahí?
—No pasa nada. Ahora cuando necesite a alguien, ya sé dónde buscar.



El fin de semana siguiente debíamos ir a una boda a una ciudad vecina. Después de la ceremonia religiosa, decidimos tomar un café, antes de llegar a la recepción. A mi esposa le incomoda ser de los primeros en llegar al salón de fiestas. Además, en apariencia no conocíamos a más personas que al novio.
            En el café nos topamos con unos compañeros de trabajo de mi esposa y alargamos nuestra estancia en el lugar.
            Cuando llegamos, la boda estaba en pleno apogeo. Nos recibieron en la puerta los novios y decidieron acompañarnos hasta la mesa que nos fue asignada. En efecto, todos eran desconocidos.
            —Y ahora, para ustedeeesss… –anunció uno de los integrantes del grupo que amenizaba–, ¡Sopita de caracol!
            Una exclamación se escuchó en el salón. De inmediato decenas de parejas se aprestaron a bailar la rítmica pieza de moda.
            —Wata negui consup –todos coreaban al tiempo que movían el cuerpo. Niños, jóvenes y viejos unidos por el ritmo en la pista–. Wuli wani wanagá –pero en medio de aquel coro generalizado se escuchó:
            —¡Licenciado! –de la masa rítmica salió uno de tantos bailarines para dirigirse a donde estábamos–. Éntrale, Licenciado, ¡hic! ¡Está rebuena la música! –dijo ya a un lado mío.
            —Ah, hola –lo saludé. Los requiebros de cintura le salían muy bien a pesar de traer más alcohol que una jeringa–. Qué gusto verte.  
            —¡Ánimate, Lic., a bailar! No te hagas de la boca chiquita. Si el otro  día bien que te vi todo desnudote y aventando la ropa allá en El Tejabán –gritó con gran emoción. Todos en la mesa lo escucharon.
            —Por cierto –de inmediato lo increpé con un marcado tono–, mira, te presento a mi esposa.
            La borrachera pareció bajársele. Cambió de color su rostro y de inmediato asumió un papel formal. No obstante, el alcohol le hizo seguir exagerando sus movimientos.
            —Je, je. Señora, miiis reeespetooos –tomó la mano de mi esposa y la besó–. Je, je. Lo del Tejaban, ¡hic!, es broma, es broma, je, je. Así me llevo con el Lic., es mi amigo. Pero mis respetos, ¿eh?, mis respetos, je, je, ¡hic!
            Mi esposa no perdió la compostura, ni se sorprendió en absoluto.
            —No se preocupe, joven. Supe que mi esposo estuvo en El Tejabán hace unos días y, se lo digo sinceramente, no me preocupa, ni me molesta en absoluto.
            El muchacho se sorprendió, de inmediato apareció una expresión de desconcierto.
            —¿De verdad, ¡hic!, señora?, ¿de verdad? –y abrió desmesuradamente los ojos.
            —¡Claro! Confío totalmente en mi marido. Él me cuenta todo lo que hace. Así que supe cuándo fue, la razón y lo que hizo.
            El muchacho seguía sin convencerse. Volvió a besar la mano de mi esposa y al retirarse, se llevó su propia mano la boca. Hizo una mueca de preocupación por lo indiscreto y se fue a seguir bailando Sopa de Caracol.
            En la mesa los comensales empezaron a intercambiar comentarios. No faltó el que preguntó por ese lugar de la ciudad vecina.
            —Es un bar muy desagradable –respondí, pero mi eufemismo no fue suficiente.
            —Es un puticlub –corrigió mi esposa sin el menor reparo. Un murmullo de escándalo corrió entre las señoras de la mesa–. Sé muy bien cuándo fue mi esposo y la circunstancia en que debió ir. Ahí vio a ese muchacho. No tiene la mayor relevancia.
            La boda se desenvolvió como sucede en acontecimientos sociales de poblados pequeños. En la mesa ya no hubo mucha conversación con nosotros. No obstante, seguí conversando animadamente con mi esposa de los temas tratados con sus compañeros en el café.
            En un momento, no muy tarde, sugirió irnos, para evitar a los borrachos en los caminos de regreso. Iniciamos entonces las despedidas de las personas de la mesa. Sentí que las señoras estrechaban mi mano más por compromiso que por gusto.
            Nos acercamos a los novios. Estaban rodeados de familiares. Dimos los respectivos parabienes y en ese grupo nos topamos de nuevo con el bailarín. Me estrechó la mano y, sin decir algo, hizo una mueca de que en verdad sentía su comentario. Ahora la cantidad de alcohol había subido.
            De nuevo se inclinó ante mi esposa y besó por tercera ocasión su mano.
            —Señora, mis más profundos y sinceros respetos, ¡hic! Es usted una gran dama… y… y… lo… lo del Tejaban… je, je, ¡hic!, era broma, le juro que era broma al Lic.
            —Deje de angustiarse –respondió mi esposa–. Se lo digo sinceramente, no me preocupa en lo más mínimo.
            Otra vez la cara de desconcierto.
            —¿De verdad, pero de verdad, no le molesta?
            —Se lo juro que no.
            —¿Serio, serio, serio?, ¡hic!
            —Le doy mi palabra que no es un problema.
            El alivio lo invadió. Mi esposa le otorgó una sonrisa. Ya nos marchábamos cuando dijo:
            —Pero sí lo vi, ¿eh?



*Texto publicado en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.
**Enrique R. Soriano Valencia, Chispitas de Lenguaje:

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