sábado, 23 de agosto de 2014

MI ÚLTIMO POEMA, Herminio Martínez. Sol del Bajío 24 de agosto 2014


MI ÚLTIMO POEMA

En la guerra de la vida
tarde o temprano ganamos o perdemos la última batalla,
después todo es silencio,
amaneceres tristes,
atardeceres desolados,
y acaso una mujer sentada llorando entre las flores.
Han dicho los doctores que en dos o tres años rodará
esta cabeza a los pies del enemigo poderoso,
mientras tanto, aquí estoy, de sol a sol luchando.
Herminio Martínez
13 de marzo 1949 – 17 de agosto 2014


PRESAGIO

Me moriré en silencio, como las hojas
en medio de verano sin ventarrones;
se morirán conmigo mis ilusiones
en el preciso instante de las congojas.
Se romperá el hilito que me sostiene
incorporado al árbol de la existencia,
y en un destello breve de trascendencia
saludaré a la muerte porque ya viene.
Eso será una tarde y en lejanía
muy distante de aquéllos que me han querido,
como soy candidato para el olvido
una callada muerte será la mía.
Y no tendrán sollozos mis funerales
ni escucharé el responso de los luceros;
sólo mis tenues pasos por los senderos
y un apacible viento por los trigales.

Amé, sufrí, gocé, sentí el divino
soplo de la ilusión y la locura;
tuve una antorcha, me la apagó el destino
y me senté a llorar mi desventura
a la sombra de un árbol del camino

Herminio Martínez

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A HERMINIO, AMIGO Y MAESTRO

            Se me ha otorgado el honor de escribir algo acerca de mi maestro, Herminio Martínez. Hay mucho que decir acerca de su obra, pero sobre todo mucho que decir acerca de él como persona.
            Herminio es un gran escritor, pero también era un gran lector. Profesor y maestro, fue guía, luz, manantial, amigo entrañable y forjador de lectores y aspirantes a escritores. Bajo sus enseñanzas se formaron profesionistas, poetas, narradores, muchos hombres y mujeres de bien. Herminio ha sido columna y trabe en este templo de enseñanzas donde nos hemos reunido cada semana, desde hace varios lustros, a beber de su fuente. Pero fue también buen esposo, buen padre, abuelo orgulloso, viajero incansable, narrador extraordinario con una memoria prodigiosa y una voz plena de matices, se podía escuchar al maestro sin sentir el paso del tiempo, con esa palabra siempre rica en expresiones lingüísticas, metáforas navegantes y buen humor. Mientras que personas más jóvenes recordábamos alguna frase o verso de cierto poema, Herminio lo podía recitar completo y con los matices adecuados a la intención original.
            Las intervenciones quirúrgicas lo postraron en lo físico, pero nunca en el ánimo; una mañana en que revisábamos la colaboración dominical para El Sol del Bajío, me dijo: “estoy consciente de que todos somos parte de Dios y algún día nos fundiremos a su luz como se funde el relámpago en la oscuridad o como se funde la última estrella del amanecer en la pupila de quien tiene la fortuna de mirarla. Yo siempre he sido un observador de las estrellas y desde niño, en las alturas del Culiacán, cuando yo sembraba tierras de temporal me imaginaba que Dios escribía mi nombre con estrellas en las profundidades de la Vía Láctea. He escrito y publicado muchos libros y he sido pionero de la nueva novela histórica mexicana lo cual me llena de satisfacción por haber sembrado en la literatura de México algo de lo más bello que puede tener el hombre”.
            Herminio decía acerca de su trabajo literario: “Lector asiduo, al poeta (ése de quien hablo) los libros lo incitan a crecer corriendo de cara a los crepúsculos. Sabe que el silencio es el ruido de las personas que trabajan. Se yergue, como el espantapájaros, en medio de una cultura corrompida, odiando todo aquello que los fundamentalistas tienen por verdad.
            “Asume el compromiso social no como una fuga al mundo esporádico de la fantasía sino como un modo de ser saludable frente a la rebeldía, cortando flores sobre los problemas fundamentales de la existencia humana, y sobre la gama de empleos y desempleos con que el poder adorna sus discursos. La ignorancia se aprende, dice, la ingenuidad se olvida. Recuerda que la palabra, en el pensamiento quevediano, ha de utilizarse como si fuera papel moneda, es decir, pesándola en oro, no en metal bajo. Y que la fatuidad es la respiración de la gente pequeña; y que la sencillez es la verdadera manifestación de la inteligencia. Entiende que no es de las hojas de la salvia la culpa de matar a quien las come, sino del sapo que las envenena; y que las espigas llenas se inclinan mientras las vacías se levantan”.

            Los siguientes domingos estaremos publicando parte del trabajo del maestro, como un pequeño homenaje al gran escritor que fue y seguirá siendo.
            Herminio Martínez, Cronista de la ciudad de Celaya; maestro, poeta, narrador, investigador de la historia, escritor y amigo, admiramos su dedicación, su esfuerzo y su valor. Hoy y aquí, pero como parte de un tiempo imperecedero que todos juntos formamos y el Diezmo de Palabras,  como anfitrión del universo literario donde usted ya tiene su estrella asignada, le damos las gracias.
Gracias, Maestro.

Julio Edgar Méndez


EL GESTO Y LA ESPINA

Herminio Martínez

Hoy amanecí sin ganas de vivir
y sin embargo me he puesto la camisa,
los pies, estos zapatos,
cada golpe en su sitio,
un gesto y esta espina
con la que a diario, de sien a sien,
 al pobre Dios la eternidad le cae de punta al alma.

Hoy amanecí sin ganas de vivir
y sin embargo
me aguanto las ganas de morirme,
me he puesto ya la luna
para que el ángel de la guarda se entretenga
mientras termina mi estirón,
todos los hilos de la espalda
para no perder ninguno de mis pasos.

Hoy amanecí sin ganas de vivir
y sin embargo me puse los defectos
para que la perfección no obstruya mis caminos.
Y los brazos, por si alguno de tantos
me considera digno de una amputación.

Me he puesto una sonrisa de perfil,
la angustia hecha jirones,
el bostezo para la boca del Poniente,
la indiferencia, por si la muerte me saluda,
los sentidos por ambos lados,
el huevo sentado en su amarillo
para la hora del almuerzo,
el humo en su columna vertebral,
la altura de quien vendrá después de mí,
el mundo a lo ancho de la gente,
el sudor que ha de techarme al rato la cabeza,
el ritmo, por si alguna música transita por mi cuerpo
y la luz por si a este domingo
lo roe alguna nube oscura.

Hoy amanecí sin ganas de vivir
y sin embargo me pongo este crepúsculo
que, haciéndose el dormido,
me anuncia un flaco atardecer
con tres gotas de lluvia.
La senectud,
para que, como todas las mañanas,
se arquee en mí
la pálida y salitrosa idea de la muerte,
la simpatía, por si el amor de alguno
me convierte en monedita de oro,
la misericordia,
para cuando me encuentre con mi prójimo,
la amargura echada al hombro
como un alado cuervo,
la locura,
por si alguna camisa de fuerza viene a mí
y un sentimiento de buen tamaño
para que a la hora de repartir el pan
mis comensales se vuelvan melodiosos.

Me pongo la palabra gallina
por si más tarde he de poner el verbo.
Un aire lácteo con sabor a madre,
el desconsuelo tallado por la voz
que tanto lo menciona,
el abrazo que ha de escarbar en cualquier pecho;
este modo de ser,
encharcado de luces con los ojos tristes.

Me pongo el rayo ya sin  trueno.
A mí también, Señor,
la eternidad me cae de punta al alma..

Me pego a la humedad
con el agua cansada de una lágrima.
El tamaño de la inminencia hecha de polvo,
para que el morado yugular del hambre
cada minuto en mí siga cantando.

Quebrado en gritos me pongo mi silencio,
me pongo la esperanza
ahora que el espíritu se apea
y cede a los contrarios;
ahora que el rencor saborea,
chupándose los dientes, sus victorias,
asomado al desfiladero de los nervios,
sobándose el criadero de los muslos
que cada día hacen más fuerte el sufrimiento
 aquí en la intimidad,
con un obispo en cada estrella,
pero sin la menor intención de ser amables.

Me gustaría comer algo
pero me temo que lo único que hay en casa es esta luz,
el día sentado en la mañana, esperándome,
su aire de lástima huele a desventura,
hace mucho las lluvias le deslavaron
el emblemático sabor a pan.

Hoy amanecí sin ganas de vivir
y sin embargo me abrocho la conciencia;
me estaba atornillando el ánimo,
el aliento como una lámina de penas
que pasa por los techos, golpeándose,
despedazándose en coros de chicotazos
y de perros.

Me he puesto ya la vida
sujeta a cada una de sus puntas,
el lado oscuro que tanto me entristece,
la esperanza en los hombros,
la fe como una estrella
sangrándome en la frente,
el pantalón de polvo, viejo como el olor
de aquel talco con el que, a mi mamá,
los ojos -cuando hacen agua- la recuerdan.
Me he puesto el tiempo
y estas orejas desoladas,
el ceño de quien captura órbitas,
mi figura de hueso,
el andar a media habla,
las encías con su ropaje blanco
y mucho frío en la dentición.

Hoy amanecí sin ganas de vivir
y sin embargo corro
hacia donde todos los días la muerte nos sonríe
y nos agarra de la tos,
y nos remuele como el tiempo a un hombre,
y nos abraza como funcionario público,
la hipócrita.

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ALMA MÍA

Herminio Martínez

La escucho y no la veo,
alma deshilachada nunca hubo otra
como la mía: gota de oscuridad,
lágrima amarga.

No tengo corazón para sentirla,
no tengo tierra ya para guardar su lluvia,
madura, de la piedra brotan siglos,
edades arrugadas, tiempos duros;
navego en el océano donde un grito
partió mi casa en dos, soy la materia
que se consume sola
por no herir de ceguera los rebaños
de caricias que pueblan mis recuerdos.

A veces, extendía la madrugada,
diciéndome: ahí tiene su camino,
debe marcharse ya, lo habla la ausencia,
no busque más en mí lo que está muerto.

Ante usted me hago a un lado
para no revestir el cuerpo en chispas
de esas, que, que como piedras al frotarse,
dejan correr el verbo y arde el mundo.

Esa carta de besos
que en verde y triste historia
le narraría mi vida,
ya no existe
ni en la estrecha cintura del relámpago,
ni en el pecho erigido a mi deseo,
sin embargo, señora, soy silencio
sin lengua, sin rocío,
me abrazo a la ola;
hecho vidrio de sal me arrastro muerto
y como si sufriera, resucito.

¿Quién como yo, resiste tanto polvo?
¿Quién como yo le duele tanto al día
cada vez que se toca los crepúsculos?

Soy una espiga huérfana de otoño,
alguien que se hospedó en el duro viento
que es la resignación hecha al olvido,
las manos derretidas de la lluvia,
el árbol de los hombres sin palabras,
los padres del maíz y mi silencio.

Vengo ya despidiéndome del aire
con un adiós a mano entre dos mundos
sin primavera, sólo ese traje sucio
que es el invierno en su temblor de nieve,
que es el morir en su fulgor sentado.

Dejé plantar por último una cara
que fue la mía cuando nos dimos manos
genitales en piernas y en estómagos,
allí donde crecía una enredadera
de lámparas con hijos en el fuego.

Por usted, alma mía,
vuelve la luz del sol
a nadar en el agua de mis ojos.

+++++++++++++

FRACTURADO

Herminio Martínez

Con el rocío de la tristeza yo regaba los años.
En mi corazón también pelearon
esperanzas que ahora reconozco,
mientras la pesadilla reinaba en su aposento.

Entonces temblé como un niño con frío
o igual que un potro
al que le mordiera los corvejones el fracaso.

Hostigada por el presentimiento y la neblina
llegó mi voz a este hoyo de vinagre.

Yo no subí entre resplandores a mi infancia,
sino por lar la desolación, golpeándome
con todas las manos del corazón el pecho.
Mis días andaba rencos donde un dolor se anticipaba
a decirnos a qué sabría el resto del año.
Entonces eché a andar la multitud de mis caminos
entre espinas que me pincharon el espíritu,
pero subí con aquel lastre
y llegué hasta donde la ciudad era un murmullo,
una  hoz para decapitar todo mi aliento,
una conspiración de sed contra el entorno
donde puse de pie tanto suspiro.

Estoy cansado ahora,
a punto de desnucar lo que me queda de vigilia.
No te detengas en el césped
de esta ciudad en la que me hincho
fracturado por todos los que cobran
en la nómina de la nación el sueldo de mis lágrimas.

Estoy cansado,
oyendo esa raíz que roe los cimientos
donde antes dormitaba la humedad.

Echa la cerradura para que puedas escucharme,
el vocabulario es un solo lamento,
arqueándose.  Han apagado ya mi luz,
ya no quemaba aceite su lámpara de poros;
ahora estoy vaciándome

por el canal de esta penumbra.


jueves, 21 de agosto de 2014

Gracias, Maestro.


HERMINIO MARTÍNEZ ORTEGA
13 de marzo 1949 – 17 de agosto 2014


PRESAGIO

Me moriré en silencio, como las hojas
en medio de verano sin ventarrones;
se morirán conmigo mis ilusiones
en el preciso instante de las congojas.
Se romperá el hilito que me sostiene
incorporado al árbol de la existencia,
y en un destello breve de trascendencia
saludaré a la muerte porque ya viene.
Eso será una tarde y en lejanía
muy distante de aquéllos que me han querido,
como soy candidato para el olvido
una callada muerte será la mía.
Y no tendrán sollozos mis funerales
ni escucharé el responso de los luceros;
sólo mis tenues pasos por los senderos
y un apacible viento por los trigales.

Amé, sufrí, gocé, sentí el divino
soplo de la ilusión y la locura;
tuve una antorcha, me la apagó el destino
y me senté a llorar mi desventura

a la sombra de un árbol del camino

lunes, 21 de julio de 2014

LAS TRES HADAS, EL ÁRBOL Y LA PIEDRA, SOL DEL BAJÍO, CELAYA

LAS TRES HADAS, EL ÁRBOL Y LA PIEDRA

Los sueños tienen magia. Y los integrantes de Diezmo de Palabras la usan para crear mundos donde viven seres como la mujer que llora su pena sobre un sofá, o la mujer que nos relata sus sueños y el sentir de su alma, la tristeza de perder a una mascota, o la breve vida de un insecto.
El Taller Literario Diezmo de Palabras coordinado por el maestro Herminio Martínez se complace en presentar a sus miembros que participaron en el concurso “Érase una vez… un microcuento II” organizado por la página web Diversidad Literaria, de España, quienes fueron seleccionados para ser publicados en una antología de microcuentos. Estos son los concursantes y las obras con que participaron: Diana Alejandra Aboytes Martínez, Bajo diván; Rosaura Tamayo Ochoa, Los sueños de Chonita; Margarita Medina Vega, El enviado; Luis Eduardo Vázquez Gascón, Mimí; y José Luz Rentería González, Más allá de los colores.
Tres hadas que esparcen el polvo de los sueños en las hojas de sus escritos; un hombre que como el árbol crece fuerte y lo soporta todo; y un elemental del reino mineral que sueña con el amor. Esta es la esencia de la página que hoy se les muestra a ustedes.
José Luz Rentería González



BAJO DIVÁN

Diana Alejandra Aboytes Martínez

Abrió la puerta y la abrazó, a manera de bienvenida, un aroma de soledad que disolvió sus ojos. Se postró en su diván sin fuerza para desatar el nudo de las palabras. Pasaron los días, y un fétido olor emanaba del lugar. Dos uniformados de la policía tiraron la puerta; y al entrar encontraron el cuerpo de una mujer en estado de descomposición. Un curioso, que se introdujo, preguntó: «¿De qué murió?». «Se asfixió con las palabras que nunca dijo».


MUJER

Diana Alejandra Aboytes Martínez

Debajo de sábanas blancas,
bañada de flores.
Olorosa, fragante…
Fragancia de miel,
anhelo y pasión.
Piel de satín;
fuego en los labios;
muslos labrados,
curvas moldeadas.
Redundancia de abismos,
secretos guardados.
Con todo lo bueno,
lo malo, lo etéreo.
Mujer de entereza
de fuerza, de coraje.
También de suspiros,
de sueños, de amores.


ESCRIBO

Diana Alejandra Aboytes Martínez

Me preguntas la razón.
Creo que ni yo misma
sé lo que me inspira…
Debe ser que en mi torrente
las palabras efervescen
y me hacen desvariar.
Los papeles blancos
cosquillean mis sentidos,
los tientan… los seducen.
Y la tinta de mi alma
se desvanece excitada
por el vaivén de mi mano.
Y en el éxtasis del mundo de las letras
muero y renazco en cada error,
en cada frase, en cada verso…
en cada poema que fecundo
cuando escribo.


LA MAREA Y TÚ

Rosaura Tamayo Ochoa

Veo la luna azul
oculta bajo la espuma de un mar,
y encuentro tu pelo tejido
en medusa con el pensamiento.
Buscando tus manos,
perlas escondidas en concha de sal y fuego,
siento un deseo profundo,
sin abismo, de mirar dentro de ti.
Escuchando tu voz
como tambores en el corazón,
miro tus ojos
como dos lunas ocultas en el sol,
y esa sonrisa
llenándome los instantes de respiro y vida.
Rescatando en lo profundo del océano
tu piel como sirena,
entre las rocas con marea
en un murmullo de amor.


ECO DE PALABRAS

Rosaura Tamayo Ochoa

Palimpsesto tiene trasfondo,
hace hueco con sonora palabra,
dejando libre la mano que aprieta
la madera con natural grafito.
Se calienta la noche con luz
mientras los gatos cantan a la luna
llamando al amor.
Las letras pasadas, escritas,
están fugaces como el viento,
se revisten de alegría y ternura
sin navegar en el olvido…
Las nuevas quedan en tierra firme
dejando el trotamundos en otra hoja.
En eso llega el verso a revivir la llama
en poesía, sacando fuego del corazón,
moviendo lo indescifrable.


RESPUESTA AL PALIMPSESTO

Rosaura Tamayo Ochoa

Dejo pasar la tormenta,
rayos y desasosiego
plenos de basura y suciedad.
Con ello, cáustico pensamiento
escupiendo maléfica palabra,
saca sal en llanto desértico,
arranca roto corazón…
Entierra vida pasada,
dejando en el cementerio
un cuerpo de ayer corrompido
con flores marchitas en agonía.
Dejo entrar melodía a mis oídos
lejos de ruido y sonido estridente,
como lluvia bañando prados,
agua que se eleva hacia las nubes,
gotas que alimentan arroyos,
manantial de alegría y felicidad.
Dejo que la lluvia moje sin lágrimas de sal,
soledad de infortunio, sólo amor.


EL ENVIADO

Margarita Medina Vega

Como cada día Miranda salió de la catedral. A sus espaldas, un atractivo seminarista esperaba una donación. Miranda volteó al sentir la mirada del hombre, al hacerlo se ruborizó y bajo la vista. «¿Será él, Dios me ha escuchado?». Se preguntó a sí misma. Pero no, el nuevo enamorado era sólo un enviado del diablo.


PETICIÓN

Margarita Medina Vega

Cubre con tu aroma el despertar de mis mañanas,
ahuyenta la soledad de un ayer irescatable.
Deja que tu aroma lo absorban mis sentidos
en el atardecer sombrío de mis entornos.
Alimenta mi alma con tu esencia,
acariciando con tu voz mi melodía.
Empapa de alegría mi pensamiento,
resucita el todo de un ser muerto.
Camina por las calles de mi vida
dejando la huella de tus dedos,
el aliento de tus ansias,
y en la mente el mejor de mis recuerdos.
Roba la fragancia que guardaba
en el viejo baúl de lo olvidado,
llévate lo no deseado
y entiérralo en la cima de la nada.


REGALO

Margarita Medina Vega

Revíveme esta noche,
con la miel de tus locuras
acaricia mis pétalos dormidos.
Aún huelo a rosas en otoño,
riégame la vida con tus besos;
no quiero
que se sequen mis raíces.
Volver a sentirme mujer
será el mejor de los regalos.


MIMÍ

Luis Eduardo Vázquez Gascón

Al regreso de comprar la comida para “Mimí”, mascota de doña Juanita, que tantos años ha estado con ella. Fue raro que no saliera a recibirla con brincos y ladridos. Y al verla tirada en el patio, con su lento andar por su avanzada edad, caminó hacia ella para darse cuenta que estaba muerta. Abrazándola volteó al cielo y gritó: «¡Por qué ella y no yo! ¡Llévame a mí!». Y soltó el llanto.


EL HOMBRE DE ENFRENTE

Luis Eduardo Vázquez Gascón

Se quedó mirando fijamente al hombre que estaba frente a él. Y en tono grosero le dijo que si eso era lo que él realmente quería ser. Con ese montón de canas, y esa colección de arrugas; con un mendigo rostro mal encarado, la mirada triste, y lleno de ojeras. Le dijo que ya no debía seguir así, que tenía que verse diferente en la próxima visita que hiciera a este mismo espejo.


DÍA NUBLADO

Luis Eduardo Vázquez Gascón

Contemplando un nublado día de mi vida
me llega una llovizna de recuerdos;
pequeñas gotitas inundan mi pensamiento,
y grandes relámpagos entran en mi cabeza.
Con los ojos empañados por la lluvia,
recuerdo tu partida como un día de nubes negras.
Después, unos rayos anunciaron el final de la tormenta;
el agua se calmó y el cielo, poco a poco, se despejó.
El bonito tono amarillo del sol volvió a brillar,
y mi corazón junto con él.


MÁS ALLÁ DE LOS COLORES

José Luz Rentería González

Una Mariquita nació con un caparazón gris y sin lunares. Un día llegó a la playa; se posó sobre una palmera y vio el panorama. En su alma brotó el anhelo de llegar al final del horizonte, lo intentó pero el intenso calor del sol y el vapor que se desprendía de la mar la aturdieron y cayó al agua. Todo a su derredor se oscureció y su alma se traslado a la tierra del más allá. Entonces volvió a nacer con su caparazón rojo y sus grandes lunares.


DESTELLOS DE UNA TARDE DE VERANO

José Luz Rentería González

El día despierta. Las grafías se siguen una a la otra formando una línea que se extiende hasta el infinito. Van en busca de metáforas; y una vez que las encuentran rehacen el camino hacia su lugar de origen. Con lo que han recolectado alimentarán al genio de la luz; el cual procreará pequeñas  larvas que con el tiempo se transformarán en cuentos y poemas que alegres volarán en una tarde de verano.


LAS PRENDAS DEL AMOR

José Luz Rentería González


Qué vida nos espera a todos los bienaventurados. Como esposa nos recibe coronada de virtudes y nos arropa con las prendas del amor; en su deleitable aroma nos eleva hacia el centro del conocimiento de la nada y del todo. Como madre nos lleva en su seno y nos reconforta con su candor. Para ella somos el fin y principio de todos sus anhelos, el hombre entre la virtud y el pecado, y el hijo muy amado…

martes, 29 de abril de 2014

MARTÍN CAMPA, otro cuento...


¡AH, QUÉ NECEDAD!
No, San Ignacio, te juro que yo no tuve nada qué ver con el embarazo de la hija de Chona, la rezandera; si ni siquiera me gustaba ni sentía algún motivo de querencia por ella.
¿Quieres otro chínguere?, digo, para seguirte platicando.
Mira, más bien la cosa estuvo así:
fue aquella tarde de serafines cuando me dirigía a dormir bajo las hebras de algún mezquite cuando, al pasar por el río Escondido, ese donde se han ahogado tantos, y que baja desde la punta de La Piedraviva anegando zurcos, acequias y algunos baldíos, que la vi ahí, agachada, cargando los traviesos rayos del sol sobre su espalda; lavando su ropa sobre esas piedras lajas; con la enagua arremangada hasta arriba de las pantorrillas.
Nomás vieras qué sabroso sentí ahí, donde el ombligo pierde su color, al verla tan delgadita, tan hermosa, tan mujer y más que, cuando terminó de lavar, comenzó a quitarse su medio fondo y la enagua, hasta quedar como la piel del viento, entonces fue cuando ya no pude más y atoré mis ansias entre las espinas de los huizaches para no desbocarme como lo hace el potro de la madrugada.
Sí, la verdad es ésta que te cuento, ¿quieres otro trago?, ándale; nadamás que no sé por qué los cabrones arcángeles te contaron ese chisme.
Salud pues, y deja termino de contarte.
Te decía que ella estaba bañándose cuando, entonces sí, perdí la noción del espacio y del deseo y, convertido en una fuerte y fecunda tolvanera, la saqué del agua para poder perderme en la frescura de sus besos pero, ¡la muy canija!, antes de que otra cosa sucediera, alcanzó a morderme un labio y yo, al sentir aquel dolor, tuve que esfumarme de volada.
Así que, mi querido cuate Nacho, ni me digas que me vas a expulsar del coro celestial y a cancelar mis tarjetas de crédito, mucho menos me amenaces con fustigarme con el filo de alguna tormenta si no cargo con el “muertito”, si me dijo tu compadre San Miguel, quien por cierto es igual de chingón que tú en el cielo, que esa vieja, desde antes que yo la conociera, ya era bien cusca; además, recuerda que puedo abstenerme de votar por ti en las próximas elecciones para elegir Patrón del Novenario y ya, no la hagas más de pedo, mejor vamos por otro pomo porque éste que compré yo, con la raya del sábado, ya chupó faros.
Martín Campa Martínez

jueves, 10 de abril de 2014


MUJERES DE PIEDRA

Cuento de Julio Edgar Méndez


Todas las tardes, cuando el sol es una tremenda bola de fuego sobre la ciudad de Celaya, regreso a mi casa después de salir de la escuela. Me gusta el camino de la calle Morelos, porque hay mucha gente y tiendas con tantas cosas que ver. Existe un lugar que era mi favorito, le llaman el Puente de las Monas. Yo no entendía por qué le llamaban así. A cada lado de la calle, hay un muro que se conserva desde hace muchos, pero muchos años. Sobre cada muro había una estatua con una figura de mujer. ¡Qué bonitas se veían con sus largos cabellos de piedra! Siempre ahí, solitas, con la mirada fija; una, mirando hacia donde nace el sol y la otra viendo hacia el frente. ¿Alguna vez te has preguntado cómo se hace una estatua? Yo creía que eran personas normales a quienes les echaban encima cemento y ¡listo!, se conservan para siempre. Claro que esto no explicaba lo de las estatuas gigantes. ¿Te imaginas a un hombre o una mujer de ese tamañote caminando por la calle? No cabrían por las puertas, chocarían con los semáforos, pisarían a los niños porque no podrían verlos desde semejante altura. ¿Puedes cerrar los ojos un momento y pensar en el tamaño de los zapatos de estos gigantes? ¡Serían como pequeñas lanchas! Pero yo pasaba a diario por el puente y sin saber cómo se hace una estatua, veía con tristeza a estas dos mujeres encerradas dentro de los muros maltratados que quedaban aún en pie sobre las banquetas. Tenían la cara llena de mugre y polvo porque nadie les limpiaba el rostro. Sobre las bardas, los jóvenes sin nada qué hacer, habían pintado lo que ellos llaman grafiti, ya sabes, un montón de rayas que no dicen nada, sólo ensucian las paredes, aunque a veces hacen dibujos muy bonitos. Las mujeres no podían voltear a ningún lado; aunque yo les silbara desde abajo, ellas no me veían, sólo miraban con sus ojos tristes y opacos, hacia el mismo lugar siempre. Con la mirada puesta en el infinito.

Un día, le pregunté a mi maestra del quinto año si conocía la historia de este puente de las monas y ella me contestó que no, que ni siquiera conocía el lugar. Entonces le pregunté a mi hermana la mayor, pero ella sólo me dijo que no le diera lata; luego, pregunté a mi hermanito, él nomás me pegó con su mamila y no dijo nada; seguí mis investigaciones con mi mamá, ella tampoco sabía la historia, aunque sí conocía el puente; y finalmente, mi papá me dijo que se llama así, Puente de las Monas, porque hace muchísimos años, un señor se ponía en ese lugar a tocar música con un cilindro; yo tampoco sé lo que es un cilindro, pero mi papá dice que es una caja de madera de la que sale música cuando le dan vuelta con la mano en una especie de palanca. Dice que el sonido es muy bonito, como un silbato chiflando canciones antiguas. El caso es que este señor cilindrero tenía dos monitas, o sea, dos changuitas vestidas con trajecitos de los que usaban las abuelitas, con todo y sus moñitos en la cabeza. Y que muy monas, -lógico, ¿verdad?-  pedían dinero con unos platitos a las personas que pasaban por ahí a escuchar la música. Por eso le llamaron el puente de las monas. A mí esto no me pareció muy verdadero porque entonces, ¿qué hacían ahí las dos mujeres de piedra? Así que sólo aumentó mi tristeza, porque nadie sabía sobre ellas y su origen, y además, ahí estaban siempre, solitas toda la vida.

Casi todos los días, luego de hacer mis tareas de la escuela, y mientras el sol se derretía como cajeta sobre el fondo de la ciudad, yo llevaba paletas para compartirles a las dos estatuas, pero no me hacían caso, sólo parecían hablar entre ellas. Pobres, ¡tantos años encerradas entre esas piedras!

Un día, después de pensarlo por muuucho tiempo, tomé un cincel, un martillo y una lamparita de la caja de herramientas de mi papá. Esperé a que fuera de noche y que todos en casa me creyeran dormido y entonces, salí sin hacer ruido por una ventana. Caminé algunas cuadras oscuras y llegué hasta el Puente de las Monas. No había mucha gente en las calles, así que trepé sin que me vieran por la barda de la mujer que mira hacia donde sale el sol. Una vez arriba, me acomodé sobre el muro y le di un golpe con el martillo y el cincel a la roca alrededor de la estatua. ¡No se escuchó ningún ruido! Al parecer toda la ciudad se había dormido también, porque no había sonidos, nada, ni siquiera grillos. Seguí golpeando la roca y ningún ruido despertaba a la noche. Pronto, dejé un hueco muy grande alrededor de la primera mujer. Bajé de la barda y me trepé sobre la otra pared hasta llegar junto a la segunda estatua, la que tenía un como escudo con unas figuras de personitas y ¡pam!, le pegué al muro con mi cincel y el martillo y así fui dejando un hueco grande para liberarla de la roca. Ni siquiera me di cuenta en qué momento terminé, porque creo que me quedé dormido sobre el muro.

Cuando desperté, estaba de vuelta en mi cuarto, en mi casa, y mi mamá tocaba a la puerta diciendo que ya era tarde para ir a la escuela. Me vestí y me lavé la cara pensando si todo habría sido un sueño. Como era tarde, mi papá me llevó en su bicicleta, así que toda la mañana estuve mordiéndome las uñas pensando en lo sucedido. ¿Cómo llegué de vuelta a casa? ¿Dónde quedaron el cincel y el martillo? ¿Ganaría mi equipo de futbol el campeonato? ¿Me alcanzaría el dinero para comprar otro dulce? Total que, toda la mañana yo con los nervios y la maestra con sus dictados, hasta que tocaron la campana de salida y corriendo, casi tropezando, me dirigí hasta el Puente de las Monas. Cuando llegué, me quedé con la boca abierta y los ojos de plato.

¡Un montón de personas se había juntado a ver los ahora sitios vacíos de las estatuas! Había reporteros del periódico, del radio, de la tele, policías, niños y niñas, en fin, muchísima gente. Unos decían:
"¿Quién habrá sido el malvado que se robó las estatuas?". Otros: "¡De seguro fue un político ratero que se las llevó al jardín de su casa!". Otros más decían: "¿Cómo nadie escuchó nada?".  Y otros más sólo movían la cabeza con tristeza.

No supe qué hacer, así que empecé a caminar hacia atrás muy despacio, temiendo que me vieran y sospecharan de mí. De pronto, ¡pum! choqué con alguien a mi espalda. Volteé para pedir disculpas y ahí, frente a mis ojos, estaban dos bellas mujeres vestidas con trajes de esos que hacen ruido cuando caminan con ellos. Tenían el cabello muy largo y brillante, los ojos que reflejaban mi cara asombrada eran verdes en una de ellas, y la otra los tenía negros. Me parecían conocidas, y supe que sí las conocía cuando una de ellas me dio un beso en el cachete y me dijo muy suavecito: "Gracias por liberarnos". La otra mujer también me besó y en seguida se dieron vuelta hacia donde el sol se mete y caminando como si flotaran, se alejaron de mi vista y del puente para siempre.




martes, 8 de abril de 2014

A LA CURIOSIDAD LA ENTERRÉ EN EL PATIO, obra infantil de Diana Alejandra Aboytes M.


FANTASMAS, ÁNGELES Y UN PUÑADO DE RECUERDOS
Por Diana Alejandra Aboytes Martínez

Los días eran iguales unos con otros… la ausencia dolía y el vacío pesaba.
Año de 1977, mi madre tenía algunos meses de haber fallecido. Huérfanos de su presencia quedamos: mi hermano recién nacido, mi hermana mayor y yo. Recuerdo que mi hermana temía que mi madre se apareciera en la casa, sin embargo, yo lo deseaba con fuerza. Debido a esto, mi padre decidió llevarnos a casa de mi abuela paterna para que ella se encargara de nosotras por un tiempo. Una de mis tías, hermana de mi madre, se encargó de mi hermano al ameritar más cuidado por ser bebé. Los domingos fueron nuestro día de convivencia para nuestra fracturada familia.
El remolino de cambios fue brusco… me envolvió en muy poco tiempo. Mi abuela era muy seca en su trato y debido a su edad muy poco consecuente. Mi lunch escolar, que anteriormente constaba de jugo Jumex, sándwich y fruta, se transformó en sólo un huevo cocido.
Llegaron las vacaciones y una mañana mi abuela me llevó con ella al mercado para hacer sus compras semanales. Debió ser lunes porque había mucha gente en el centro. Caminamos mucho, a mi abuela le gustaba “regatear”. El reloj de la torre del mercado anunció el medio día. Por fin terminamos de surtir el mandado y nos dirigimos a la parada de los urbanos, que en aquellos días en la ciudad de Celaya, estaba fuera de la abarrotera “La Balanza”. Nos metimos a dicha tienda en compra de último momento, como era de esperarse, había mucha gente. Mi abuela me dijo:
-Ya llegó el camión, fíjate si es en el que nos vamos, te subes y ahorita te alcanzo.
Corrí hacía el autobús, sólo contaba con cinco años, aún no sabía leer. Únicamente me cercioré de ver que tenía los colores característicos de la ruta que nos dejaba cerca de casa. Subí por la puerta trasera, me senté y aparté el lugar de al lado. Pasaron unos momentos y arrancó el camión… mi abuela no subió, me levanté del lugar y caminé por el pasillo hacia delante mirando lugar tras lugar buscándola. Mi rostro debió reflejar angustia porque una señora me preguntó:
-Niña ¿te perdiste?
Respondí que buscaba a mi abuela, mientras expuse la situación el urbano ya había dado vuelta por la calle Venustiano Carranza. La ruta era equivocada, éste iba al panteón y yo al barrio del Zapote. Por suerte se detuvo ante el rojo del semáforo. Un hombre joven se levantó y ofreció ayudarme.
-¿Dónde vives, nena? –preguntó.
-No sé, sólo sé llegar. –respondí.
Tomó mi pequeña mano y bajamos del transporte. Caminamos por largo rato sin decir palabra, rompió el silencio preguntando dónde estaban papá y mamá. Le conté lo sucedido, me miró con ternura y pasó su mano con cariño sobre mi cabeza.
Al fin llegamos, tocó la puerta. Mi tío y mi hermana abrieron, pero en ambos, la sorpresa se adueñó de su rostro al verme con dicho sujeto. De pronto llegó una patrulla, bajó mi abuela con el rostro casi transparente del susto y un policía tomándola del brazo. El joven señor explicó la razón de su presencia conmigo. Pidió no reprenderme, pues la confusión me había guiado.
Besó mi mejilla, se fue sin decir más…

A LA CURIOSIDAD LA ENTERRÉ EN EL PATIO
Por Diana Alejandra Aboytes Martínez

Inquieta y curiosa. Esa sería la respuesta de quien describiera a esa niña que fui en los setentas.
A la edad de tres años me gustaba trepar a la mesa donde mi papá reparaba licuadoras y planchas. La mesa era muy alta y en una de tantas veces me caí abriéndome el labio inferior. En otra ocasión, se me ocurrió meter un pasador para cabello en un enchufe, recibiendo una descarga eléctrica. Pero mi curiosidad me llevó a realizar la travesura más grande que recuerdo…
En el tiempo que tuve que vivir con mi abuela, en su casa vivían tres tíos solteros: Armando, Carlos y Antonio. Éste último por alguna razón usaba peluca. Para una niña de cinco años que todo cuestiona, situaciones como esta le incitan a indagar, pide respuestas y si no las obtiene las busca.
Pues bien, yo quería saber por qué la usaba y cómo se veía sin ella. Obviamente mi tío no me concedió ese capricho, así que busqué alternativas…
El tío Toño trabajaba en una empresa en el turno de la noche, se levantaba tarde. Observé que para dormir se quitaba el cabello artificial, dejándolo a un lado de su cama y se cubría con la cobija de pies a cabeza.
Una mañana antes de que yo partiera al colegio, entré a hurtadillas a su cuarto, tomé la peluca y me percaté de que nadie me viera. Corrí hacia el patio trasero y la enterré  debajo de un montón de arena. Salí  a la escuela deseando ya volver y ver su aspecto.
Al regreso, me asombró ver a mi tío peluca puesta otra vez, reprendiéndome por habérsela escondido.
Ese día probé por vez primera el famoso “pellizco de abuelita” que merecidamente me propinó mi abuela.
No quise ni preguntar cómo es que dieron con ella.


SILENCIO
A mi abuela
Por Diana Alejandra Aboytes Martínez

Camino las estancias de la memoria
cabellos de nieve
y piel donde el tiempo surcó caminos.
Me abrazo al recuerdo…
Sobre la tarde
tus dedos juegan con telas, hilo y aguja;
extiendes la ternura
y nace una muñeca que mis manitas abrazan.
Hoy la soledad de la tarde
serenamente bella,
anuncia el adiós.
Sin dejar de añorarte
me escondo entre las olas
y dulcifico el llanto
que brota en el suspiro.

Sepa la bola

  SEPA LA BOLA  Patricia Ruiz Hernández ¿Cuándo acabaría aquella lucha?, se preguntó Gabino mientras permanecía hipnotizado con la llama de ...