domingo, 31 de diciembre de 2017

DE CORAZÓN, GRACIAS


DE CORAZÓN, GRACIAS

Se termina el año 2017 y comienza otra vuelta alrededor del Sol. Gracias a ustedes, apreciables lectores, por permitirnos continuar con esta aventura de llevar algo de entretenimiento hasta sus hogares. Somos afortunados en contar con este medio, El Sol del Bajío, para difundir la literatura local, principalmente, pero también de otros estados y hasta de otros países gracias a la red de contactos que hemos creado en los últimos años. Además de la exposición en prensa, hemos recibido más de 93,000 lecturas en nuestro blog de internet a lo largo de nuestra historia virtual. En la red social “caralibro” somos más de 600 miembros activos en el taller literario, de los cuales ninguno ha sigo agregado, cada uno ha solicitado su ingreso. Ya estamos de forma permanente en la Enciclopedia de la Literatura Mexicana como el taller de literatura más antiguo del centro del país. A la fecha, han sido seleccionados los siguientes compañeros en el Fondo para las letras Guanajuato como candidatos a publicación editorial: Rosaura Tamayo, Javier Mendoza, Soco Uribe, Miguel Sánchez (ya se publicó su primera novela, Nahualli), Paty Ruíz, Diana Aboytes, Lupita Rivera y Enrique R. Soriano Valencia (ya se publicó su libro de relatos Tlaquetzalli). La obra de estos compañeros es en parte fruto del trabajo que hacemos en el taller de cada miércoles.
Terminamos el año con textos de Arturo Grimaldo, cuyo libro de cuentos CuentaLee va por la segunda edición y de nuevo estará a la venta en las principales librerías de la ciudad; Diana Aboytes y Verónica Salazar.
Gracias por acompañarnos los 52 domingos de este año 2017 y los esperamos en el 2018. Reciban un enorme abrazo de todos nosotros. Vale.



UN REGALO ESPECIAL
José Arturo Grimaldo Méndez

Los preparativos para recibir la Navidad en la casa paterna de la familia Giménez, habían comenzado desde los primeros días del mes de diciembre. En la casa, teníamos por costumbre pintar, escombrar, limpiar, desechar los objetos inservibles o de poco uso y cambiar la ubicación de los muebles,  año con año. Desde luego, no podía faltar la decoración con otros motivos navideños y la elaboración del altar o pesebre con las imágenes de pastores, ovejas, el buey,  la mula, San José, la virgen  María, y  el niño Jesús.
Sin embargo, ni la llegada de las posadas, los aguinaldos y las piñatas, fueron motivo suficiente para quitarnos de la mente, la ausencia del mayor de los cinco hermanos varones, quien desde hacía muchos años, le había dicho a su esposa -y ella a nosotros-, que no venía porque estaba un poco enfermo. Trabajaba en el Estado de Texas y cuando alguien le preguntaba que por qué le gustaba ir al  “norte”, decía que no era por gusto, sino por necesidad, pues quería darle a su familia una mejor vida, pues  esta era numerosa.
También el mayor de sus muchachos se encontraba por aquellos rumbos y era por éste sobrino, como nos enterábamos de su papá. La noticia más reciente que tuvimos de él, fue a mitad de este año, cuando el mayor de sus hijos nos informó que su padre sería operado de un tumor y que los médicos no le daban muy buenas noticias. Él se comprometió a mantenernos informados de la situación de su padre y nosotros ofrecimos orar por su salud.
Llegado el veinticuatro de diciembre, y un poco antes de iniciar la tradicional ceremonia  de “arrullar al niño Dios”, entonar cantos, villancicos y recibir  la bolsa con dulces, galletas y colaciones, conocida como “aguinaldo”, la esposa de mi hermano nos dio una noticia que cimbró a toda la familia reunida para tan especial ocasión.
─¡Juvenal ha muerto!
─¿Qué dices? –preguntaron varios de mis hermanos y yo al mismo tiempo.
Por unos instantes se hizo un silencio generalizado, en el que se podía escuchar el suave viento de la noche, que más parecía un lamento que presagiaba tristeza. El llanto le impidió dar más explicaciones antes de desplomarse en el viejo sillón que quedaba a corta distancia de ella.
Volvió en sí con la ayuda de algunas de nosotras, pues de  inmediato le colocamos alcohol en la nuca, toallas húmedas en la frente y algodón impregnado de alcohol para que oliera. Luego, con dificultad,  volvió a tomar la palabra:
─Mi hijo Raymundo está haciendo los trámites necesarios para traerlo de regreso a casa.
Ante la falta de palabras, uno de mis hermanos, con la voz entrecortada se dirigió a todos los presentes:
─Familia: El destino de cada uno está trazado desde la eternidad y nosotros no hemos decidido que las cosas pasaran de esta manera. Los invito celebrar con la misma alegría con la que nuestro hermano Juvenal vivió estas fiestas cada año.
Ofrezcamos esta tristeza a quien tiene la potestad para dar y quitar; de cambiar los planes humanos y transformar lo perenne en infinito. Ofrezcamos esta pena a Dios niño. Arriba los corazones y que nuestro ánimo no decaiga. Si nos mantenemos unidos, seremos fuertes, si nos dejamos vencer por el individualismo y somos egoístas, seremos débiles ante el embate del mundo.
Cada quien escuchaba mis palabras, pero tal vez en el fondo de su corazón había una resistencia natural a creer lo que salía de mi boca. Dimos inicio al festejo de Navidad y en ese mismo instante, las campanas del templo de la localidad “doblaban” en señal de duelo, situación que confundía a los demás habitantes del lugar, pues todos sabían perfectamente cuál era el sonido que anunciaba el  nacimiento del Redentor. Desde ese momento se apoderó de nosotros una gran incertidumbre e impotencia por no saber con exactitud cuándo y a qué hora recibiríamos aquel “regalo fraterno”.
Al día siguiente, veinticinco de diciembre, hubo pocas noticias y mínima comunicación al respecto. Para estos momentos, ya todas las personas de la comunidad sabían la noticia y visitaban a mi cuñada para acompañarla y darle una palabra de consuelo. Nosotros y sus hijos más pequeños, también estábamos lo más cerca de ella. Algunos, daban la impresión de no entender la justa dimensión de un acontecimiento como ese. Fue hasta entrada la noche de ese día, cuando se  comunicó a la familia que el hijo ausente llegaría el día veintiséis. La casa de mi hermano  estaba llena flores, como quien espera al novio para la boda, como una fiesta que se ha preparado con antelación. También había muchas personas conocidas; amigos, familiares y algunos que no habíamos visto nunca, pero que  tenían lazos de amistad con él.
El veintiséis de diciembre a medio día, por fin llegó a la tierra que lo vio nacer y que lo recibiría de nuevo en sus entrañas. Hubo aplausos, porras, vivas, cantos, y llanto, pero también alegría por recibir al hijo, al hermano, al amigo, al esposo, al padre, al compañero de trabajo. Era llevado en hombros, como un héroe que regresa a casa, ceñido con el laurel de la victoria.
Una vez colocado en el trono del reposo, una ancianita de quien todos estábamos al pendiente y temerosos de que no pudiera soportar aquel acontecimiento de dolor, se acercó lentamente hasta el lugar donde se encontraba su querido hijo, demostrando una fortaleza interior, para muchos desconocida y antes de que cualquier otra persona lo hiciera, lo contempló por unos instantes, le dio la bendición final y dijo:
─ Señor, tú me lo diste, tú me lo quitaste, bendito seas.
Dio la media vuelta y se alejó.  Al pasar frente a mí, comentó en voz baja:
─Esta caja contiene el mayor regalo que pude haber recibido en Navidad.
Aún no puedo olvidar esa mirada tan limpia y sincera de mi madre, que quedó grabada en mi alma. Tal vez ese gesto de confianza, de fe y de aceptación de algo que viene de lo alto, sirvió para que muchos de nosotros, hermanos de aquel hombre inerte, aprendiéramos una lección más de vida. Nada ni a nadie se le puede reprochar un acontecimiento como el que vivimos en ese “entonces”, de muerte y de vida al mismo tiempo, porque al vivir una experiencia como esta, el hombre tiende a ver sólo despojos humanos, cuando en verdad, hay una prueba enorme de la presencia del Dador de la vida.
Es el dualismo existencial de muerte y vida; tristeza y gozo, presencia y ausencia, fin y eternidad, polvo e incorrupción, tierra y cielo. Han pasado muchos años de su partida y aún siento que le extraño, porque su alegría contagiosa, su personalidad y su optimismo para enfrentar la vida me hacen falta.
También, reconozco que en ocasiones es necesario saber que hay cosas que están lejos de nuestro alcance y que somos incapaces de cambiar, pero que están allí para aprender de ellas y vivir cada día como si éste fuera el último de nuestra existencia. Cuando mi hermano Juvenal se fue cargado de ilusiones, nunca pensé que regresaría vacío; tampoco me imaginaba que unas personas lejanas le robarían sus fuerzas a cambio de unos cuantos billetes con otra denominación e idioma desconocido.
Muchas veces he oído decir a su esposa: Es que yo se los entregué “vivito y coleando” y ellos me lo regresaron en un cajón… y de inmediato se le vuelven a llenar de lágrimas sus ojos. Tal vez por eso me he atrevido a expresar este sentimiento que estaba atorado allí en mi pecho. Reconozco que soy la menos indicada para hacerlo, pero creo que tengo derecho y autorización por el hecho de ser una de sus hermanas.
También sé, que hoy, un sueño americano duerme en tierra mexicana.



Y LO DIJO EL RECUERDO
Diana Alejandra Aboytes

Todos se pusieron de pie para ovacionar al escritor. La presentación de su reciente obra había sido un éxito. Entre la muchedumbre una joven avanzó para adquirir un ejemplar del libro titulado: “Te espero detrás del verano.” Novela de corte romántico que prometía una lectura de emociones efervescentes y nudo en la garganta. Después de la compra, la joven mujer se aproximó al autor…
—¿Usted escribe libros? –preguntó un tanto en broma para restar formalidad al momento.
Éste giró al oír la voz de la fémina detrás de su espalda, mientras firmaba el último ejemplar.
—Bueno, a veces escribo historias bonitas -respondió intentando ser amable. El autor observó que las sutiles manos femeninas sostenían su obra literaria-. ¿Quiere que le firme el libro?
—No -la dama replicó firmemente bajando la mirada- yo sólo quiero que escriba un cuento para mi madre. Le pagaré.
—Ah, una historia de amor y con final feliz -asintió el escritor mirándola a detalle… El parecido con la chica era tal, que el pasado volcó en su memoria al verse proyectado en ella.
Al instante, la mujer levantó sus anegados ojos respondiendo…
—Será suficiente que sea una historia con otro final.



RECUERDOS DORMIDOS EN UNA TARDE
Vero Salazar G.

A veces lo inexplicable nos parece irreal
se siente lo que no se quiere,
como andar entre nubes de humo.
Quisiera que pasara el tiempo
que las cosas no fueran, pero existen;
no hay sentimiento ya eso es lejano,
el cariño se estacionó donde no hay algo.
Con la bruma los recuerdos
se vuelven agua en las manos y se van.
Quisiera detener la vida, el dolor, 
la impotencia me deje una media sonrisa,
convierta mi vida en viento
viaje al cielo de la esperanza que muere…
muere en la tarde dormida en los recuerdos
que se quedan guardados en mí, ahí están,
estáticos, insensibles.
Hay momentos que se pierden, se van, nada se puede hacer.
Ante lo inevitable: dolor, silencio, soledad.
La ausencia no se sentirá
se queda en la sonrisa de recuerdos maravillosos
eso ayuda, eso alivia, es tangible,                                 
como tu recuerdo y tu partida.   

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SABOR AÑEJO
Vero Salazar G.

Sigo a la espera en ese rincón
donde el sol hace su nido.
El café se endulzó con anhelos.
Está helado y desabrido.
Me conformo con la humedad de tus besos
que moje estos sentimientos
negados a olvidarte. 
La bata que me cubre se luye
por el paso indolente del tiempo,
ya no me verás hermosa.
Las ganas de adentrarme en tu cuerpo
se quedaron dormidas.
Las viejas cortinas no dan paso a la luz.
la penumbra ocultará las arrugas de mi piel.
Pero mira, tengo el alma lisa como un diamante.
Amor, el lecho perdió la fragancia de tu tierra mojada,
en la esquina de la habitación te espera una mesa
con un florero desnudo, una vela y dos copas polvorientas.
La flor perdió su encanto, se marchitó,
la vela se consumió a la espera de un regreso añorado.
Solo queda la botella de vino,

por cierto... éste ya está añejo.

domingo, 24 de diciembre de 2017

EN VÍSPERA DE NAVIDAD


EN VÍSPERA DE NAVIDAD

Una vez más, estimados lectores, hemos llegado a la víspera de Navidad. Deseamos que la paz de Dios encuentre lugar en sus corazones y su hogar se llene de bendiciones. De parte de todo el Taller Literario Diezmo de Palabras y el maravilloso equipo de editores de El Sol del Bajío les enviamos un abrazo fraternal y pedimos para ustedes una feliz Navidad.

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JESÚS, EL DULCE, VIENE…
Juan Ramón Jiménez

Jesús, el dulce, viene…
Las noches huelen a romero…
¡Oh, qué pureza tiene
la luna en el sendero!

Palacios, catedrales,
tienden la luz de sus cristales
insomnes en la sombra dura y fría…
Mas la celeste melodía
suena fuera…
Celeste primavera
que la nieve, al pasar, blanda, deshace,
y deja atrás eterna calma…

¡Señor del cielo, nace
esta vez en mi alma!



LA MEJOR COMPAÑÍA PARA LA NAVIDAD
Javier Alejandro Mendoza

Era Nochebuena, la mansión estaba llena de luces y muebles caros, pero muy falta del calor humano.  Don Arturo Montes era un hombre rico y ya mayor.  Vivía casi solo.  Lo acompañaba la servidumbre.  Para esa noche, desde muy temprano, el patrón les pidió que prepararan deliciosos platillos, que serían acompañados con vinos finos y una gran cantidad de postres.  Toda la casa fue decorada con adornos de la ocasión.  Un pino y un nacimiento engalanaban la estancia.  Arturo esperaba recibir a sus hijos y nietos, para que llenaran con sus risas el enorme espacio que deja la soledad.
Mientras tanto, como lo hacía todos los días, salió a dar un paseo.  Era una costumbre que llevara consigo un trozo de pan, para dárselo de comer al perro que en la esquina de su calle vivía bajo una camioneta.  Tan pronto veía venir la pesada figura, el fiel animal movía la cola en señal de agradecimiento.  Así correspondía el pan y el cariño.
Muy cerca de ahí había un jardín público.  En una de sus bancas, el señor Montes se sentaba a darle de comer arroz o un poco de moronas a las palomas que muy nerviosas se acercaban a él en busca de alimento.
El pequeño Luis, un niño sucio y mal vestido, también se acercaba a él, pero para lustrarle los zapatos.  Mientras el jovencito cepillaba el calzado, hablaba con una linda sonrisa en su boca.  A su gran amigo le contaba sus sueños y las alegrías que hay en la vida, incluso de alguien tan carente de recursos.
En realidad, don Arturo no necesitaba del servicio, pero dejaba que el chiquillo realizara su trabajo para pagarlo en una forma por demás generosa.  
Antes de despedirse, de todo corazón, el señor le decía:
—Ya sabes donde vivo.  Búscame cuando necesites algo.
Luis sonreía satisfecho y le aseguraba esperarlo ahí mismo el día siguiente.
Antes de volver a su casa, Arturo entró a una iglesia.  Con alegría dirigió su vista al altar, para agradecer que en esa noche tan especial contaría con la compañía de los seres que en verdad lo amaban, así como él a ellos.
Desde hacía muchos años, cuando enviudó y los niños crecieron, don Arturo pasaba la Navidad solo.  Sus cuatro hijos contaban con trabajos, compromisos y otra familia.  No podían ir con el viejo que les dio todo lo que tenían.  Por su parte, los muchachos preferían las fiestas ruidosas, muy lejos de los mayores.  Casi se habían olvidado de la casa de los abuelos, donde corrieron sin ninguna restricción; ahí, donde fueron tan felices y tan consentidos por los padres de sus padres.  De los nietos más pequeños ni hablar.  En realidad no conocían al abuelo, un hombre al que veían en algunas fotografías viejas.  El mismo que ansiaba cargarlos y llenarlos de besos. 
Luego de varios intentos fallidos, la familia se volvería a reunir.  Esa Nochebuena sería especial.  Los cuatro hijos de Arturo, con todos sus hijos, ya habían confirmado su asistencia.  Luego de años de espera, el viejo gozaría de la mejor compañía en la Navidad.   
 


Todo parecía ideal, hasta que un poco más tarde varias llamadas acabaron con la felicidad.  Desde lejos, uno a uno, los hijos de Arturo le fueron deseando feliz Navidad, para luego excusarse, ya que otros compromisos, la distancia y hasta el clima impedirían su asistencia.
El señor fingió normalidad mientras despedía por esa noche a la servidumbre, para que fueran a sus hogares a pasar la fecha.  Todos se marcharon, excepto Isabel.  Ella era una empleada leal, con tantos años de servicio, que ya se había convertido en parte de la familia.  Entre Isabel y Arturo había ese cariño que hace hermanos a dos personas que no llevan la misma sangre.
Al contemplar su realidad, Arturo no pudo contener las lágrimas.  Isabel puso su mano sobre el hombro del patrón para recordarle que no estaba solo. 
En ese momento alguien tocó el timbre.  La empleada atendió.  Al instante regresó acompañada por el pequeño Luis.  Recién bañado y con su mejor ropa le preguntó a su viejo amigo:
—¿Me invitas a cenar?
Arturo se llenó de alegría.  Con entusiasmo les pidió a la señora y al niño que se sentaran a la mesa.  Él se encargaría de atenderlos.  Pero antes de eso tenía que ir por un invitado más.  De inmediato salió de su casa.  Con un silbido llamó al perro de la esquina, para que entrara al calor de su hogar.  Una vez que el animalito estuvo dentro, su nuevo amo colocó en el suelo, junto al lugar que él ocuparía, un trozo grande de pavo.
Al sonar las doce se abrazaron y brindaron, mientras escuchaban villancicos. 
Antes de iniciar la cena, tal y como lo hizo esa tarde en la iglesia, don Arturo agradeció al Cielo, que en esa fecha tan especial, en la que se conmemoraba el nacimiento de Jesús, contaba con la compañía de los seres que en verdad lo amaban.
El pequeño Luis se rascó la cabeza antes de preguntar:
—Si nomás somos tres, ¿por qué hay cuatro platos en la mesa?
Con fe en sus palabras, Arturo le contestó:
—Porque esta noche, querido amigo, Dios está aquí.



DIOS SE LO PAGUE
Patricia Ruiz Hernández

Un pordiosero estaba sentado bajo una cornisa, en su trono de pavimento. Formaba parte del paisaje urbano al igual que muchos otros que deambulaban por las calles de la gran ciudad. Aguardaba la caída de alguna moneda en el mugriento bote, o en el mejor de los casos, el arribo de un billete. Repetía frases prediseñadas como: “Una caridad por el amor de Dios” o “Lo que sea su voluntad, hermanos”. A veces, balbuceaba palabras ininteligibles por la repetición constante. A ratos, se quedaba callado y permanecía con la mano extendida, cual faquir que espera dominar la mente sobre el cuerpo. Era socorrido por personas que motivadas por la compasión, se desprendían de un poco de dinero. Algunos transeúntes lo ignoraban desviando la mirada a la contemplación de los aparadores. Había quien le ofrecía una mirada rápida a su aspecto: barba entrecana, cabello enmarañado, rostro sucio, zapatos dispares y harapos.
Un grupo de bulliciosos jóvenes como cachorros juguetones, pasaron a su lado. Uno de ellos se inclinó hacia el bote. El pordiosero escuchó un sonido diferente al de una moneda al caer.  
—¡No es basurero! ¡Méndigo! —exclamó al descubrir que el joven había depositado una tuerca.
—¡No estaba dormido! ¡Ya se enojó! —dijo el bromista, al tiempo que se alejaba rápidamente con sus amigos ante la cólera del limosnero.
En otras ocasiones, con un extraño sentido del humor, las personas le habían obsequiado piedrecillas o tornillos.
—Una limosnita, muero de hambre —imploró a una mujer que disminuía sus pasos, acercándose al rincón perfumado con orines y efluvios de alcantarilla. 
—Te ofrezco algo para comer, buen hombre —dijo la mujer, entregándole un pan. Él recibió la donación, mas no pronunció palabras de agradecimiento. Las aportaciones en especie no eran de su agrado, las prefería en metálico. Ella se retiró con la satisfacción de haber realizado una buena acción, aun sin recibir el esperado “Dios se lo pague”.
Más tarde, llegaron dos señoras, integrantes de un grupo altruista que ayudaban a personas en situación de mendicidad.
 —Acércate. Estamos ofreciendo comida en aquella camioneta —dijo una de ellas, señalando un vehículo que contenía una gran olla y un canasto con pan  para obsequiar refrigerio a los indigentes.
—También te invitamos a pasar la noche en un albergue, si no tuvieras en donde dormir. Hay cama y cena para ti. No pagarás nada —explicó la otra señora—, sólo una condición: no debes llegar embriagado —agregó, refiriéndose al inequívoco aroma que desprendía. En respuesta, el limosnero hizo mutis alejándose deprisa, dejando perplejas a las mujeres. Después, se detuvo a cierta distancia para esperar a que las señoras se marcharan de “su” esquina. Le inquietaba que otros ganaran su puesto. Regresó hasta que las filantrópicas damas se retiraron. Tal como lo temía, ahí estaba el gangoso con quien tenía una rivalidad de antaño. Aquel hombre poseía una ventaja competitiva: cantaba canciones populares y melodías religiosas, con lo que ganaba la simpatía de la gente.
—Adabare, adabare, adabare a mi señooor… —berreó cortos versos, ofreciendo a los peatones un popurrí de cantos-. Gradias, do que sea su voduntad, que no afedte su ecodomía.
—¡Largo! —gritó iracundo al usurpador— ¡Es mi lugar! 
Como animal territorial que defiende su espacio, amedrentó al antagonista con violencia física y verbal, mostrándole su faceta perruna. Al final, el rival atemorizado se retiró y el limosnero, triunfante, recuperó su espacio.
 

Cuando el día menguaba, dio por terminada la jornada laboral y acudió, como de costumbre, a la tienda donde canjeaba la morralla por billetes. Aquel fue un buen día. El monto de lo recaudado equivalía a varios tantos el sueldo de cualquier empleado. Ya sin el peso de las monedas, caminó ligerito, entró a un baño público, se lavó la cara y las manos, se despojó del disfraz que guardó en una mochila, de la misma donde sacó ropa limpia, zapatos y un abrigo. Enseguida, se trasladó a la central de camiones para viajar a la población donde radicaba. Ahí lo esperaba su confortable casa, una deliciosa cena y un buen whisky. Abordó el camión y se acomodó en el asiento, sacó una botella pequeña y empinó su contenido. Fingir lo que no se es, no resultaba fácil, requería adormecer los sentidos y anestesiar la conciencia. Sintió un dolor intenso en el abdomen, sufría náuseas y una gran fatiga. Se lo había advertido un doctor, eran los síntomas irreversibles de una enfermedad etílica.   
A punto de iniciar el trayecto, se confirmó aquello de que el mundo es un pañuelo, pues para su mala suerte, subió al autobús la misma señora que ese día le regaló un pan. La observadora dama lo reconoció.
—¡Tú eres el que pide limosna! ¡Reconozco tu cara, aunque no traigas los harapos! Soy buena fisonomista ¡Eres un mentiroso!
—No sé de qué habla. Me está confundiendo.
—Mira que aprovecharte de la buena fe de las personas ¡Pero hay un Dios!
—¡Chofer! Esta mujer me está molestando —señaló el profesional del engaño.
Los pasajeros miraban la escena desconcertados, sin atinar a quien favorecer en credibilidad. 
—Señora, por favor tome asiento o deberá bajar del autobús  —ordenó el chofer.
Ella no tuvo otra opción que sentarse, aunque visiblemente molesta continuó murmurando: “El gobierno debería hacer algo contra estos estafadores. ¿Por qué las autoridades permiten que nos timen estos haraganes?” Lo decía con la utópica idea de que la clase política puede o quiere solucionar los males de los gobernados. Por su parte, el pordiosero pirata se quedó reflexionando en que el contratiempo lo obligaría a cambiar de lugar o de ciudad, no debería correr el riesgo a ser desenmascarado. Podría regresar a la entrada de cierto casino para abordar a los apostadores antes de que salieran despojados del palacio del juego. Un plan alterno sería asistir al atrio de una iglesia, donde los feligreses son aleccionados a que el cobijo a los pobres es una forma de ganar el favor divino.


Horas más tarde, llegó a su moderna morada, adquirida con sus habilidades en el arte de la simulación. Un cansancio supremo lo venció y sin buscar la cena que cada noche le preparaba la ayudante doméstica, se desplomó en el sillón. Alcanzó un vaso, lo llenó con whisky. Después de tomarlo se quedó profundamente dormido, soñando con su arca desbordante de monedas. 


*Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.
**Patricia Ruíz y Javier Mendoza son integrantes del Taller Literario Diezmo de Palabras.

domingo, 17 de diciembre de 2017

ALCANCEMOS NUESTRO SUEÑOS


ALCANCEMOS NUESTRO SUEÑOS
-Cuentos infantiles-


EL PUEBLO DE LAS TORTUGAS
Herminio Martínez

Mele era un niño pobre, acaso el más pobre de toda la región. Sus padres, honrados campesinos, todos los días le pedían a Dios por sus ocho hijos, para que se los cuidara mientras ellos se iban al trabajo. Mele era el mayor y acostumbraba recorrer los campos en busca de flores, frutillas y algunas raíces comestibles, para llevarle comida a sus hermanos, quienes, por supuesto, tampoco podían ir a la escuela, porque vivían lejos, muy lejos de cualquier ciudad.
—Mmmm –decía el menor-, qué rico, qué rico. Quiero más.
—Y yo… -hablaba algún otro.
—Y yo también… -continuaban los pequeños.
—Mañana les traeré miel silvestre. Iré hasta la barranca de las rocas aullantes  o tal vez un poco más allá.
Por la tarde, cuando los padres regresaban, sabían que su buen hijo tenía bien atendidos a sus siete hermanos, porque Dios lo apoyaba y un ángel de la guarda le iba marcando los caminos. Los ángeles de la guarda, en ocasiones, asumen la forma de animales para comunicarse con los niños. Éste fue el caso:
Un día, mientras Mele vagaba por ahí, escuchó un lamento. Triste, muy triste. Una especie de queja que desgarraba el corazón.
—¿Quién es? -preguntó.
—Yo –respondió una joven tortuga-; estoy atrapada en las espinas. Ayúdame, por favor, no puedo liberarme.
—Claro –respondió inmediatamente el joven-, ahora mismo, amiguita; no te muevas para que no te lastimes más.
Y diciendo y actuando, en unos instantes se lanzó hacia las púas donde la pequeña criatura luchaba por salir, doliéndose, desesperada, por no poder ni siquiera ponerse boca abajo, como andan siempre las tortugas.
—Ya casi, ya casi… -le decía, sin dejar de hacer lo que mejor le convenía por no lastimarla más-. Sólo un poco más. ¡Caramba!
—Qué tonta fui; no sé cómo vine a meterme entre estas rocas.
—No te preocupes. Ya casi está…
Al rato, cuando por fin la tuvo entre sus manos, le habló compadecido:
—Ya puedes irte, amiguita. Y ten mucho cuidado con estas plantas espinosas. Son como los gatos o… los tigres –agregó.
—¡Gracias! ¡Gracias! –exclamó emocionada la tortuga-. Y ahora, ¿cómo y con qué he de pagarte? Estoy lejos de casa.
—Me alegro que estés a salvo, amiguita -le habló Mele-; con esto me es más que suficiente. Yo también me hallo lejos de casa; todos los días salgo a buscar algo para que coman mis hermanos.
—Lo sé.
—¿Tú? –se sorprendió el muchacho.
—En realidad, en el pueblo de las Tortugas todos lo sabemos: chicos y grandes no hacen sino hablar bien de ti.
—Entonces tengo que irme, ya sabes cuál es mi obligación. Apenas comenzaba a recoger algunas hierbas.
Bueno, ¿y si te invito a casa? A mis padres les dará un enorme gusto conocerte. Comes con nosotros y después te vas.
—Oh, no. A tu paso nunca llegaríamos. Mis hermanitos no pueden esperar; además, mis padres regresan por la tarde.
—¿Y quién dice que iremos a mi paso?
—¿Entonces?
—Al tuyo. Tú me cargarás. Además, estoy muy fatigada y si me quedo aquí me comerá una zorra.
—Es que…
—¡Nada! ¡Nada! Cárgame ahora, ya.
—De acuerdo, pero nos iremos rápido.
—A tus pasos.
Mele la tomó en sus brazos: parecía tan frágil, tan pequeña.
—Tengo frío, arrópame -le pidió, temblando-. El niño la juntó a su pecho como si fuese un pajarito, una flor o una paloma enferma.
“Pobre de ella –pensó-, en verdad es una tortuguita muy hermosa. La llevaré a su casa y enseguida continuaré buscando qué comer.
—¿Por dónde me voy? –le preguntó.
—Por el camino amarillo –respondió ella.
Mele se dio cuenta que ante sus ojos había tres caminos diferentes: uno azul, otro negro y el tercero era amarillo, como el dorado de los trigos a la hora de la tarde o el cabello de las hadas cuando las peina el viento.
—Toma esta medalla –le dijo la tortuguita, bostezando-, ella te indicará por dónde irte cuando yo ya no pueda contestarte, porque me habrá vencido el sueño. Estoy tan fatigada, mmmmmm.
—Descansa, amiguita; tú no te preocupes. Total, unas horas más que mis hermanitos se aguanten las ganas de comer, no importan.
La tortuguita no le respondió más, pero el niño sintió cómo vibraba la moneda en su bolsillo.
—¿Qué? -hizo.
Y no terminaba de asombrarse, cuando se halló, de pronto, en un inmenso valle rodeado de arboledas oscuras y un horizonte azul, que a ratos destellaba, como si en él jugaran los relámpagos.
—¿Eh?
—¿Qué sucede? ¿Ya llegamos? –apenas si abrió un ojito la tortuga.
—No lo sé.
—Entonces continúa. Hazle caso a la moneda de oro. Estamos ya en el pueblo donde radicamos las tortugas.


La llanura parecía estar hecha de espigas cuando las ha madurado el tiempo. Y sí, había muchas tortugas, que por donde quiera se asomaban, charlando, comentando.
Al rato, la moneda dejó de estar inquieta y la tortuguita abrió los ojos para decirle al niño:
—Ya llegamos, bájame aquí.
—De acuerdo. Ya era hora.
—¡Mamá! ¡Papá! –gritó.
Dos enormes tortugas aparecieron a la entrada de una pequeña cueva.
—¡Hijita! –le dijo su mamá.
—Ven acá, pequeña –le habló el papá.
—Aquí está tu moneda –le dijo Mele.
—No, es para ti –respondieron las tres tortugas.
—¿Mía?
—Sí, para que ya no tengas que salir a buscar raíces entre las rocas y los vientos. De ahora en adelante, cada vez que necesites algo, bastará que frotes la moneda y expreses tus deseos.
—¿De verdad?
—Prueba –le dijo la tortuguita, sintiéndose muy feliz entre sus padres-. Sujétala como si la fueras a rodar y expresa lo que más anhelas.
—De acuerdo –respondió el niño-: Quiero estar en una hermosa casa, con mis papás y mis hermanos, delante de una enorme mesa de comida, frutas y agua fresca.
—Gracias por todo –alcanzó a escuchar decir a las tres tortugas e inmediatamente se halló sentado ante la mesa de sus sueños, en una casa que también parecía estar hecha de sueños, compartiendo con sus papás y hermanos un banquete jamás imaginado, ni siquiera en sueños.
Y a partir de entonces, aquella familia inició una existencia diferente. Cada vez que necesitaban algo, bastaba con pedírselo a la moneda mágica y ésta les indicaba qué hacer o qué no hacer, como, por ejemplo, si convenía viajar a otro país, visitar ciudades, ir al mar, socorrer a los más necesitados. En todo los complacía, porque ellos eran buenos y habían sufrido y nunca dejaban de ayudar a los necesitados de la tierra.


PEPE
Rosaura Tamayo Ochoa

Su nombre es Pablo y tiene un árbol al que le puso por nombre, Pepe. Lo plantaron hace muchos años en el patio de su  casa. Hay veces que se le queda viendo y casi siente que le habla. Un día se quedó dormido en una banca junto a él. Dormido como estaba, escuchó una voz fuerte que le decía:
— Pablo, despierta, hay muchas cosas de las  que tenemos que hablar.
Medio despertó y movió la cabeza, escuchaba una voz diferente que no había oído jamás. Volteó para todos lados y no vio a nadie, en eso se escuchó la voz nuevamente.
—Pablo, no busques a una persona que te habla, soy yo, Pepe, el árbol. ¿Recuerdas que muchas veces te arrimaste a mí y me contabas tus penas y tristezas y hasta sentías que mis ramas y hojas te abrigaban? Si, en efecto, te abrazaba con tanto cariño. Te he visto desde niño cómo has crecido y en el jovencito que te has convertido.
Pablo apenas podía creer lo que estaba escuchando y le dijo:
—Pepe, no esperaba que un día me hablaras, lo que si creía es que me escucharas en algún momento. Te tengo más que cariño.
Pepe contestó:
—Ojala y todos los niños escucharan nuestras palabras, si fuera así te aseguro que les cambiaría la idea sobre la naturaleza y más aún de nosotros los árboles.

Se escuchó el viento que movía las hojas. A lo lejos el sol salía saludando a la mañana, los pájaros volaban sobre el árbol con sus trinos como una melodía casi estudiada. Y Pepe continuó:
—Pablo, eres tan afortunado como todos los tuyos. Mira, yo tengo numerosas ramas pero no alcanzo a tocar mucho. Sin embargo, tú tienes unas manos más cortas pero puedes desplazarte todo lo que quieras y alcanzar hasta los sueños. Ve tus delicadas manos con sus dedos, puedes hacer con ellos proezas. Logras acariciar, demostrar el amor con solo tocar. Ustedes los humanos tienen una labor en la vida tan diferente a la nuestra, cuentan con una inteligencia privilegiada capaz de mover al mundo y, sin embargo, nos ven a los árboles como un objeto que sólo da sombra. Todos tenemos un trabajo en este mundo y el nuestro es dar vida y oxígeno para que ustedes y todas las especies puedan respirar. Aparte damos frutos, resguardamos a las aves, algo tan simple y valioso como eso y sin embargo nos talan sin piedad. Nos mutilan  por “estética”, cortan nuestras hojas por gusto o por jugar y aunque gritemos simplemente no nos escuchan, se cambia la tierra por pavimento y ahí ya no podemos vivir, solo estorbamos.

Pablo escuchaba con atención a Pepe y la gran razón que tenía y sobre todo la poca cultura que se tiene en el respeto a la naturaleza. Se sintió en ese momento poderoso. Volteó a ver sus manos y sus dedos, con ellas escribía, tocaba la guitarra y tomaba todo lo que quería. Tocó sus pies fuertes con los que podía desplazarse, correr, saltar, nadar y ese cerebro que demuestra lo valioso de la raza humana. Un desperdicio para muchos que solo lo usan para malos actos y vandalismos.

Pablo contestó:
—Tienes tanta razón, Pepe, nos consideramos tan superiores y creemos tener el derecho de arruinar la  naturaleza por un supuesto “vivir mejor” y poco a poco la estamos destruyendo. Hay árboles que sólo crecen un metro en mil años y a nosotros nos toma tan poco tiempo cortarlos. Aquellos bosques enteros que quemamos solo por descuido de una colilla de cigarro o una fogata mal apagada. O cuántos árboles cortamos por construir fraccionamientos o por hacer casas sobre los cerros.
Pepe estiró una rama con sus delicadas hojas para abrazar a Pablo, el muchacho abrazo el grueso árbol como quien abraza a un abuelo lleno de sabiduría y amor.


Pablo despertó en las faldas de Pepe, cobijado por sus hojas y con una lección de amor a los árboles y a la naturaleza que jamás olvidaría.


*Rosaura Tamayo es parte del Taller Literario Diezmo de Palabras, en Celaya, Gto. Ha sido publicada en docenas de antologías en México y España. Es acuarelista y su obra se enfoca en el amor a la naturaleza. 

**Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto. 

domingo, 10 de diciembre de 2017

ENTRE ESTUDIANTES Y PATADAS


ENTRE ESTUDIANTES Y PATADAS
-Narrativa de César Rivera Martínez-


UNA BROMA PESADA
César Rivera Martínez

Héctor Frías era el compañero más divertido del Instituto. Le gustaba hacer bromas. Recuerdo que el día que se presentó en una dinámica organizada por un maestro, dijo que se llamaba Ambrosio y que venía de la comunidad de Tejupilco. Como iba de huaraches y chaleco bordado,  le creímos unos y dudaron otros.
Tenía dieciocho años, igual que todos nosotros, pero parecía mayor, sobre todo si se ponía lentes y se vestía formal. En la primera semana de clases, una chica, desorientada, se acercó a nosotros a preguntar dónde quedaba la biblioteca. Héctor se esmeró en darle indicaciones lo más falsas posibles, diciéndole a la izquierda cada vez que debía doblar a la derecha; le daba las señas con una seriedad absoluta, de modo que ella no podía más que creerle, así que, en lugar de mandarla al fondo del Instituto, donde estaba la biblioteca, la mandó para la salida.
            Una vez que fuimos a almorzar, Héctor fue a la barra de la cafetería por la comida, y aquello fue un caos: adrede, le llevó quesadillas al que pidió tortas, comida completa al que sólo encargó un refresco, de chorizo con huevo para el que pidió pierna, y papas fritas al que había ordenado sincronizadas. No podía dejar de reírse de nuestras caras cuando tuvimos que comernos lo que llevó.
            Héctor era un buen estudiante, muy inteligente, pero lo que más le interesaba en la vida era divertirse. Al grito de “¿Te las tomas, Frías?” se iba a tomárselas bien frías con un par de compañeros, a veces desde el jueves, y reaparecían hasta el lunes en la escuela, a veces crudos y a veces todavía alcoholizados. Uno de esos lunes en que llegó Héctor con sus lentes oscuros que, más que ocultar, revelaban su estado etílico, estábamos en la clase más difícil, Matemáticas IV, con el maestro Peralta, un sádico de los números, que buscaba siempre el problema más difícil de cada tema en el libro, y lo anotaba en el pizarrón para acalambrarnos. Pasaban diez, quince minutos sin que nadie supiera ni por dónde  empezar  a  resolverlo, y entonces  nos  decía    “Ay, niñitos, ¿y así quieren llegar a ser ingenieros?” y se paseaba por todas las sillas viéndonos a los ojos, disfrutando de nuestro sufrimiento. Cuando terminaba su recorrido de terror, se ponía, muy satisfecho, a escribir pausadamente la respuesta en el pizarrón. Pero ese día, ese lunes en particular, no. Cuando Peralta escribió su tradicional problema-reto, y apenas iba a comenzar a desafiarnos, Héctor se levantó y, sin quitarse sus gafas negras, empezó a anotar números y más números, signos y más signos hasta casi llenar el pizarrón. No sabría decir quién estaba más asombrado, si Peralta o nosotros. Cuando por fin terminó de escribir, Héctor se quitó del pizarrón y pudimos ver el procedimiento que había escrito. Era una sarta de estupideces sin orden ni sentido, una pura payasada que no iba a ningún lado. Volteé a ver a Peralta, quien en ese mismo momento se estaba dando cuenta; se puso todo colorado y con una vena en el cuello que parecía que iba a explotarle,  se apresuró a borrar las incoherencias del pizarrón, pero el daño estaba hecho: las sonrisas y los susurros cundían por el salón, hasta una carcajada estalló al fondo del salón, que Peralta acalló con una de sus miradas asesinas. Héctor no estaba en su lugar, hábilmente siguió la ruta del pizarrón a la puerta, sin que la mayoría nos diéramos cuenta. Las tres semanas que quedaban del curso, Héctor no volvió a poner un pié en Mate IV, y se resignó a recursar la materia el próximo semestre. Con otro profe, claro.


            Cuando ya éramos veteranos de séptimo semestre, Héctor tuvo una ocurrencia. Juntó a los más desmadrosos y atrevidos del grupo, y armó un plan de bienvenida para los alumnos de primero.
A las ocho de la mañana del primer día de clases, estaban citados en el salón treinta y siete todos los alumnos de primer semestre. Parecían cortados por la misma tijera. Todos volteaban a ver el número en la puerta, y luego la hoja doblada que tenían en la mano: su horario. Algunos más inseguros todavía preguntaban a los ya sentados “¿Sí es aquí Introducción a las Ciencias?” Aquí es, muchachito, siéntate y disfruta la función, pensábamos los cuatro alumnos de séptimo que nos habíamos infiltrado al grupo de novatos.
A las ocho en punto llegó Héctor, vestido de profesor joven: camisa planchada y saco sport, lentes sin montura, pantalón de mezclilla y, claro, un grueso libro de ciencias bajo el brazo.
            –Buenos días, jóvenes
            –Buenos días –contestaron algunos, mientras Héctor escribía su nombre en el pizarrón
            –Éste es mi nombre. Grábenselo muy bien, porque soy quien va a hacerles el favor de informarles que están en el lugar equivocado. La mayoría de ustedes no tiene lo necesario para ser ingeniero.  Muchos  de  ustedes  ni  siquiera  saben  por  qué  están aquí. Tú –dijo señalando a uno de ellos – ¿Por qué estás aquí?
            –Quiero ser ingeniero. Me gusta resolver problemas.
            –¿Problemas? Eso es lo que tienen ustedes, muchachitos: problemas.
Dejó de hablar por un rato. Empezó a caminar por el salón, despacio, mirándolos. Algunos bajaban la mirada. La tensión llenaba el lugar, nadie se movía. Regresó al pizarrón y escribió dos preguntas: ’¿Cuál es el paradigma fundamental de la ciencia?’ y ‘¿Cuáles son los cuatro pilares de la ciencia Ptolomeica?’
            –A ver, ¿quién puede contestar estos cuestionamientos?
Varios compañeros de séptimo observaban la escena sentados afuera, en una jardinera, a un par de metros de las ventanas. Adentro, todos estaban nerviosos, volteaban a verse, pasaban saliva. Después de un minuto largo, una mano levantada.
            –Adelante, hable.
            –Pienso que el paradigma se refiere a la manera en que se hacen las cosas. En el pasado las cosas se hacían de un modo y pues hoy se hacen…
            –¡No! –gritó Héctor, mientras golpeaba el escritorio con la palma– ¡Qué estupidez! No tiene usted ni idea de lo que le pregunto. Salga del salón inmediatamente.
Mi compañero Alfonso recogió su mochila y se fue con la cara más apenada que pudo poner.
            –¿Alguien más? –preguntó, amo y señor del aula.
Esperó unos momentos más, y luego escribió que debíamos hacer un largo trabajo de investigación, que implicaba la lectura de dos capítulos de un libro, y un estudio comparativo entre el método de Bacon y el de Descartes. Anotó la fecha de entrega: para mañana mismo.
Otro de mis compañeros, Isaac,  se puso de pié y le dijo:
            –¿Pero qué le pasa? ¿Cómo cree que vamos a tener todo eso para mañana? Si es nuestro primer día de clases –se quejó Isaac, poniendo en palabras lo que todos estaban pensando.
            –Si no puede manejar la presión, no tiene nada que hacer aquí.
            –¿Quién se cree que es? ¿Está loco o qué?
            –Jovencito, salga de mi salón, ahora mismo.
            –Pues claro que me voy, voy a la dirección a quejarme de usted.
Mientras Isaac se iba, los otros, mudos, volteaban a mirarse, estaban realmente desconcertados, no sabían qué hacer. Una chica junto a mí tenía los ojos a punto de las lágrimas. Otro tenía ambas manos en la cabeza. Ahí ocurrió lo más sorprendente: un chico se levantó y empezó a decir, con voz suave pero firme
            –Maestro, perdone, yo no sabía que esto iba a ser así. Estoy muy apenado por no saberme sus preguntas, pero denos otra oportunidad, nos vamos a esforzar por ser buenos estudiantes, ya no nos grite por favor, yo soy una persona muy nerviosa.
Héctor se echó a reír, para gran sorpresa de los presentes. Nos llamó al frente al par de infiltrados, y mis compañeros de la jardinera entraron aplaudiendo al salón. Isaac y Alfonso regresaron, sonrientes.
El jefe de grupo les explicó que éramos alumnos avanzados de ingeniería, que estábamos haciéndoles una broma de iniciación con permiso de su verdadero maestro, y que eran bienvenidos en el Instituto. Pasado el susto, algunos se reían, otros decían groserías al “profe” Héctor y otros aceptaban nuestro saludo cuando pasábamos a sus lugares a estrechar sus todavía sudorosas manos.
De eso hace ya veintidós años. No había visto a Héctor en todo ese tiempo, hasta hoy que, por decirlo de algún modo, lo vi. Iba caminando por la calle, cuando me encontré la cara de Héctor, más avejentada pero con la misma sonrisa, en una pancarta atada a un poste: es candidato a diputado por el octavo distrito, del partido en el poder, el favorito para llevarse las elecciones. Si Héctor gana, ésta será su broma más pesada.






CABO
César Rivera Martínez

I
En cuanto la moneda entraba en el agua, salía disparado tras ella, como jalado por un hilo. Cabo podía aguantar hasta cuatro minutos bajo el agua casi transparente del arrecife. Una vez le cronometraron seis minutos y medio, según dicen, pero nunca tardaba tanto en encontrar el dinero, casi siempre bastaban un par de minutos para que emergiera victorioso, primero el brazo y luego todo el mulato, sonriente, con una dentadura más blanca que las monedas que los turistas le lanzaban.
Había gringos, franceses, alemanes y también brasileños. Pero sobre todo gringos, había una fiebre por visitar Bahía y todas las playas brasileiras desde que la Samba y el Bossa Nova se habían esparcido por el mundo entero. Y eso había cambiado los cruzeiros por valiosos dólares americanos. Por eso, había aumentado también el número de Arpones, como llamaban entonces  a los clavadistas.
Pero Cabo era sin duda el mejor Arpón. Lo era ahora que tenía catorce, pero no siempre había sido así. La primera vez que se tiró, a los ocho, estuvo a punto de ahogarse por neciar y neciar para encontrar los cruzeiros, salió  tosiendo  y  manoteando, y lo peor de todo, con las manos vacías.


II
México era muy diferente a todo lo que se pudiera haber imaginado. La comida era picosísima, el clima de lo más loco, mucho frío o mucho calor, las muchachas más bonitas aunque menos voluptuosas que las bahianas, y el dinero que le pagaban era el triple del que ganaba en Sao Paulo. Como hacía años que se había ido de su casa, se había acostumbrado a estar solo, y se había hecho a la idea de estar sin compañía en un país extraño; pero no,  no había un momento del día o de la noche que lo dejaran solo. Primero, con el pretexto de instalarlo en su nuevo departamento, sus compañeros le organizaron una fiestecita que duró dos días. Y luego, después de su primer partido y su primer gol, siempre había alguien junto a él con un vaso en la mano, dispuesto a celebrar por horas.
Su adaptación fue inmediata. Diecinueve goles en su primer año lo confirmaron como uno de los mejores delanteros de la liga, con sus consiguientes diecinueve celebraciones, estruendosas y frenéticas. A lo que no podía adaptarse era a la música. Los mexicanos ponían canciones  rancheras a la menor provocación, y todos las cantaban; todos menos él, que no se las sabía.
El segundo año fue una locura: treinta y cuatro goles, campeón goleador lejísimos del segundo lugar y volverse un ídolo a tal nivel que no podía salir a la calle sin que puñados de fanáticos lo reconocieran y le pidieran un autógrafo en su playera, en el mejor de los casos, o sus zapatos, un beso o un mechón de su cabello, que ya era demasiado.
“¿Cuál es el secreto de su éxito?” le preguntaban. “Yo sólo juego para divertirme, como cuando era niño. Lo demás viene solo” decía, aunque nunca le creyeron. Las estadísticas indican que más de la mitad de sus goles los anotó en la última media hora de partido, cuando la mayoría de los delanteros solían más bien anotar poco, debido al cansancio. Esos 181 goles representan el 58% de sus 312 goles totales, una marca histórica que parece imbatible en el país. Quizá lo prolífico le viene de familia, pues en su casa eran catorce hermanos, seis hombres y ocho mujeres. Aunque su papá tuvo, en total, veintiséis hijos.
“No es que fuéramos pobres, es que como éramos muchos en mi casa, no había dinero que alcanzara” recuerda sin tristeza. Por eso iba a la playa a vender pescado a los turistas, y luego empezó con los clavados. Había que tirarse de inmediato para alcanzar la moneda antes que llegara al fondo, si no, sería mucho más difícil encontrarla. Los tres o cuatro minutos, que era el máximo que podía soportar bajo el agua, le fueron dando con los años, una capacidad pulmonar mucho mayor que la de los demás, incluida la de los futbolistas profesionales.

III
Cabo no entendía cómo su mamá estaba siempre de buen humor, con tanto chiquillo, cómo no se volvía loca. Ella lo quería mucho, igual que a sus demás hermanos. Debía lavar ajeno para poder alimentar a tanto hijo, pues sólo los más grandes aportaban algo a la casa. Cabo llevaba lo que podía a la mamá, y le gustaba platicarle lo que había hecho en el día, antes de dormir. De lo que más le gustaba hablar a ella era de tener una casa más grande, donde cada uno pudiera tener su propia cama. La acompañaba por las tardes al cuartel de la zona militar, donde entregaba la ropa limpia a los soldados. Algunos le regalaban dulces, y le preguntaban si quería ser soldado, cuando fuera mayor, y lo llamaban Cabo, Cabinho. En secreto, Cabo pensaba que él, y no sus hermanos más grandes, le iba a comprar una casa nueva a la mamá en cuanto pudiera. No tenía manera de saber que a ella le quedaban ya muy pocos años.

IV
Regresó a Bahía para su cumpleaños cincuenta. Está solo, después de su segundo divorcio. Nada está igual. La zona turística ha sido modificada por completo. Un complejo hotelero rodea ahora la zona donde él jugó de niño tantas veces. La casa y toda la colonia que había habitado ha sido demolida y convertida en zona comercial. Ni siquiera siente nostalgia. Vuelve al hotel  y  se  cambia  para  ir  a  la  alberca. Entra al agua bajando los escalones y,  sin cerrar los ojos, se sumerge y comienza a aguantar la respiración, y cuenta en su mente para ver cuánto puede soportar.



Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.

* Evanivaldo Castro Silva, Cabinho, es un ex-futbolista brasileño que se desempeñó como delantero; desarrolló la mejor parte de su carrera en México. Es el máximo anotador de la Primera División de México, anotando 312 goles y consiguiendo ocho títulos de goleo, cifra que también significa un récord, jugó entre 1974 y 1988 para los equipos de la UNAM, Atlante, León y Tigres.


**César Rivera Martínez es integrante del Taller Literario Diezmo de Palabras en Celaya, Gto. Es ingeniero en computación y tiene una licenciatura en Letras Hispánicas.





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