jueves, 28 de abril de 2022

LA ARAÑA EN LOS OJOS AZULES DEL GATO

 

LA ARAÑA EN LOS OJOS AZULES DEL GATO

Julio Edgar Méndez

Vivo en el último piso de un edificio muy viejo, tan viejo pero tan viejo, que las paredes tienen arrugas y tosen constantemente. En este departamento donde vivo le llaman penthouse, no sé por qué, pero es menos feo que los demás. Tengo una terraza o patio en la azotea, desde donde puedo ver gran parte de la ciudad de San Miguel de Allende. Se ve la parroquia, con sus torres picudas, que se parecen a la iglesia donde vivía el jorobadito Quasimodo, sólo que acá no hay gárgolas que hablen con alguien. A veces me imagino a alguno de los políticos rateros que tenemos en todo el país pidiendo asilo en la parroquia y columpiándose de algún cable gritando: “Asilo, asilo”. Pero me desvío de lo que te quiero contar. Como la terraza es muy grande, mis papás pusieron una mesa con sombrilla y varias sillas para salir por las tardes a tomar un refresco y jugar dominó o mi mamá se junta con sus amigas a hablar de puras cosas que a mí me parecen aburridísimas. Yo la uso como hotel para los gatos callejeros. Cuando nadie usa la terraza, los gatos la usan para dormir. Quién sabe dónde viven, o de dónde vienen, pero son muchísimos, como cien. Empezaron llegando uno o dos, y yo les dejaba leche en un platito, que la verdad ni se la tomaban, hasta que les empecé a dejar las sobras de la comida. Les encantaron, sobre todo el pollo. Al poco tiempo ya no eran dos o tres gatos, sino montones. Unos chiquitos, otros medianos y uno enorme, que al principio me daba miedo. Se notaba que los otros gatos lo respetaban, hasta se quitaban de la sombrita para que ese gato se acostara a dormir en el mejor lugar. Era curioso que me dejaran acercarme, pero no me dejaban tocarlos. No me atacaban, pero sí me ahuyentaban con algún gesto de incomodidad. Como no hacían travesuras, ni ensuciaban el lugar y hasta los ratones y ratas ya ni se aparecían por ahí, mi mamá y mi papá no se molestaban por tanto gato. Todos los días andaban por la terraza, excepto cuando había gente. Eran muy listos, a la mejor se daban cuenta de que tenían tantos privilegios precisamente por no dar lata. Ese enorme gato un día ya no volvió, a la mejor se aburría de tanta calma.

            El departamento tenía muchas puertas. Cada cuarto tenía al menos dos de cada lado. Mi habitación tenía tres. Una era de la sala, otra comunicaba con el cuarto vecino, que era el estudio. La tercera puerta salía a un patiecito donde estaba la lavandería. De la lavandería hacia la terraza no había puerta, se pasaba de un lado al otro sin problemas, excepto por un pequeño muro en el suelo. Mi papá me dijo que se llamaba sardinel y es para que el agua de la lavadora no se vaya de un patio al otro. Lo curioso es que en este patiecito nunca entraban los gatos, ni de día ni de noche. Muchas veces les puse comida en ese lugar, pero la dejaban sin tocarla. Ya no puse sobras en ese lugar, pero a veces encontraba huesitos bien limpios, algunos huesos eran más grandes, como de animal mediano o de ratota. A la mejor los traían los gatos de otras casas. Como no sucedía todos los días, nunca se lo dije a mis padres. Lo que sí me llamaba la atención era que los gatos no se acercaban a ese sitio y cuando yo andaba por ahí, se me quedaban viendo con curiosidad.

            Lo que te quiero contar pasó el sábado por la noche. Mis papás se fueron a una fiesta y me dijeron que no me preocupara, que me durmiera porque ellos iban a llegar hasta la madrugada. Como esto pasa cada dos o tres semanas, pues ya me acostumbré, así que me preparé a pasar una noche padrísima viendo pelis de terror. Como no tenemos canales de televisión, porque mi papá dice que la tele vuelve mensas a las personas, tenemos muchos videos, cientos. Yo tengo mi propia colección. Escogí una de unos tipos que viven en el polo norte y como hay una tormenta terrible tienen que abandonar las instalaciones, pero alguien anda asesinando a todos sin que sepan quién es el culpable. Lo que me gusta de esa película, es la investigadora, jajaja. Dice mi mamá que es muy grande para mí, y qué, de todos modos ni me conoce ni la conoceré nunca, mi mamá de plano cree que no me doy cuenta de que los artistas son como sueños bonitos que no hacen daño a nadie. Se vale soñar, ¿o no?

            No sé a qué hora me dormí, ni cómo me fui a mi cuarto. Pero cuando más calientito estaba, empecé a escuchar un ruido nuevo. Digo nuevo porque hay ruidos a los que ya nos acostumbramos de tanto que se repiten, como los quejidos de las paredes, como son tan viejas... Pero este ruido era nuevo. Como arañazos en la puerta. En MI puerta. La que da al patiecito donde los gatos nunca entran. A la mejor era un gato nuevo y tenía hambre. Los arañazos sonaban suavecitos pero constantes. Al principio quise volver a dormir, pero no pude. Ya me estaba fastidiando el ruidito. Como la puerta está bloqueada para que no entre el frío, tuve que salir de mi habitación por el lado de la sala, ir hacia la cocina y abrir por esa puerta, que queda a un lado de la otra, la de mi cuarto. Seguía escuchando los arañazos suavecitos, así que pensé en darle algo de comer al nuevo gato. No había sobras del día, así que tomé una salchicha del refri y abrí la puerta. De espaldas a mí estaba una cosa enorme, peluda, con muchas patas. Una arañotota que levantaba una de sus patas rascando mi puerta. Me quedé helado, mudo, con la sangre brincando dentro de mi cabeza. La puerta de la cocina era tan vieja que también rechinaba, así que con el ruido que hizo, esa cosa volteó a verme. Tenía una cabezota peluda y en lo que era como su boca, traía colgando a ese enorme gato que parecía el líder de los demás y hacía mucho que había desaparecido. Pensé que se lo había comido o estaba comiendo. Del miedo me oriné en la pijama. Cuando estaba a punto de soltar un grito, la araña soltó al gato y me di cuenta de que estaba vivo. La cosa peluda se empezó a hacer para atrás, hasta que desapareció en alguna grieta de la pared detrás de la lavadora. El gato estaba lastimado, se lamía una pata. No sabía si gritar, si llorar, si darle la salchicha o qué. Prendí las luces de afuera y vi la cara del gatote. En realidad tenía una cara muy bonita, unos bigotes enormes, los ojos azules y tiernos. Le di la salchicha y se la comió despacio, todavía acostado. Me fijé que en su pata tenía atorado un alambre. De alguna manera se había enrredado con eso o alguien, una mala persona, se lo había puesto. Se lo quité con cuidado, despacito. Se lamió su patita e intentó pararse pero no pudo. Fui al baño y traje mertiolate, ese líquido rojo que mi mamá me pone en los raspones. Le dije al gatote que no se fuera a enojar, porque ese mertiolate duele. Parece que entendió porque se quedó quieto. Cuando terminé de hacerle la curación me miró con sus ojos azules y parece que tenía lágrimas, a la mejor le dolió pero se portó muy bien. En un ratito se quedó dormido. Le puse encima un trapo de la cocina y lo dejé descansar. Cerré la puerta, apagué las luces y me fui a dormir. Me cambié la pijama y los chones y me acosté como si todos los días me pasaran cosas raras.

            Por la mañana me levanté y rápidamente fui al patio a ver qué había pasado. Ya no estaba el gato. Me fijé detrás de la lavadora y no había grietas.

            Aquel enorme gato ha vuelto a tomar la sombra junto a los demás animales. Me huyen menos ahora, incluso el gatote se me acerca y me roza las piernas. Lo curioso es que siguen sin acercarse al patiecito. Los huesitos siguen apareciendo y mi papá dice que efectivamente son de ratotas. Cree que los gatos me los traen como regalo, como una prueba de que me aprecian y me respetan. Quién sabe, lo curioso es que ahora he notado que entre los gatos también empiezan a salir a tomar el solecito unas arañas enormes, que tienen los ojazos azules y tiernos.

 *Cuento publicado en Cien Puertas al Abismo, de Editorial La Rana, de Guanajuato. 

julioedgarmendez.com

martes, 8 de marzo de 2022

PARA NADIA

 


PARA NADIA

“Con mucho dolor les comunico que mi hija fue víctima de un asesinato, estoy destrozado, aún no lo puedo creer”. Con estas palabras escritas en el muro de FB de mi amigo Bernardo, inició un día que marcaría un antes y un después para una familia… para una ciudad, para todo un Estado.

            ¿Cómo se reacciona a semejante texto? No se puede dar un like o usar imagen alguna, tampoco escribir un mensaje solidario en tan pequeño espacio. Mensaje que, además, se pierde en el anonimato de una red social que cada vez sirve para socializar menos. Mi amigo no podía creerlo, su esposa tampoco, ni la sociedad entera. Era un domingo de marzo del año 2020. Irónicamente el día 8, cuando en todo el mundo se conmemora el Día de la mujer.

            Conocí a Nadia cuando era una niña. Tenía una gran sonrisa y un rostro noble. Sus ojos denotaban inteligencia, curiosidad por la vida. Muchos temas le llamaban la atención. Tenía ganas de vivir. Igual que casi todas las personas, hombres y mujeres por igual, veía hacia adelante. Estudiaba y se divertía igual que cualquiera. Reflexionaba y se comprometía, tal como muchos adolescentes lo hacen cuando deciden qué van a estudiar o a hacer con su vida. Pero en algo sí era única. Era hija de sus padres, solo de ellos. Y la perdieron. Alguien dirá que la única condición para morir es estar viva. Pero nadie espera que te arrebaten a una hija de manera violenta, irracional, con un sin sentido aberrante. Un día se encuentra celebrando la vida en una fiesta con amigos y compañeras de la universidad y al siguiente ya no volverás a escuchar su voz. Ya no podrás decirle buenos días, ¿qué se te antoja comer?, te amo. No se puede dialogar con el viento. Porque tu hija ya no va a volver. No está de vacaciones en la playa, no fue de campamento, no está en una manifestación a favor de la no violencia contra las mujeres –una de las causas que con tanto entusiasmo y compromiso Nadia abrazaba–, no. Está muerta. Le arrebataron la vida como si fuera una estadística.        Los periódicos en todo el estado de Guanajuato y en el país entero publicaron la noticia: “Nadia Rodríguez Saro Martínez, tenía 22 años, era estudiante de la licenciatura de Relaciones Internacionales en la Universidad Iberoamericana. La madrugada del 8 de marzo fue asesinada mientras viajaba en su vehículo a su casa en Salamanca”. 

            ¿Quién o quiénes fueron los asesinos? No se sabe. Nadie sabe. Las autoridades no saben. No hay respuestas, que de todos modos no van a devolver la vida a Nadia, pero al menos sus padres y la sociedad entera encuentren algo de paz al saber la causa. ¿Fue una equivocación? ¿Estaba en el lugar incorrecto en un mal momento? Tal vez nunca se sabrá. Lo más preocupante es que así ha sucedido y sigue ocurriendo con otras mujeres de todas las edades en todo México.

            ¿Qué nos pasó? ¿Cuándo perdimos la humanidad, la moral, el amor al prójimo? ¿Dónde quedaron los consejos de nuestros padres: a la mujer no se le toca ni con el pétalo de una rosa? Como sociedad tenemos mucho que reprocharnos, somos indolentes ante el embate de la violencia de todo tipo. Aunque la que más duele sea la que afecta a nuestros hijos.  Y no es un tema de políticos ni de partidos, ni siquiera es de ahora. 

            Esta actitud de indiferencia tiene años campeando en nuestro entorno. Las canciones, los programas de televisión, películas, redes sociales y hasta en los propios colegios de todo tipo y clases sociales hacen apología de la sexualización de niñas y niños como objetos. Se hacen chistes referentes a la edad mínima para iniciar en la vida de los adultos. No se respeta a jovencitas, ni a mujeres, ni a las ancianas. Somos, como sociedad, un fracaso en este sentido. Aunque también en otros más. 

            A Nadia le gustaba comprometerse con las causas en donde pudiera hacer una diferencia: los derechos de las mujeres, los derechos de los animales. Su solidaridad con las víctimas de violencia le impulsó a simular su muerte a través de un mensaje que también colocaban otras mujeres en sus redes sociales, para atraer la atención del mundo entero y crear conciencia del grave problema que sigue empañando a todos los países. Pero al parecer estamos sordos. Mujeres siguen muriendo en forma violenta, muchas veces a manos de personas cercanas y nadie hace algo.

            “Mami, papi y hermanos, si algún día soy yo, quédense con la mejor imagen de mí, recuérdenme como yo a ustedes los recordaré, porque no soy un cuerpo tirado y lastimado, porque mi ser no vive en la foto que pasan los medios de comunicación creando morbo y mucho menos hagan caso a comentarios machistas que hablarán de mí en las redes sociales. Si algún día soy yo sepan que jamás me rendí, que pelee hasta mi último aliento y su imagen siempre estuvo presente. Que disfruté de mi vida, que reí y bailé hasta cansarme, que amé todo lo que hacía, que alcé mi voz y no me quedé callada, que realmente pensaba que el mundo podía cambiar, pero terminó quitándome la vida. Si algún día soy yo, por favor cuiden con el alma a mi sobrina porque yo quise ser un ejemplo para ella y, sobre todo, enséñenle a no vivir con miedo y a luchar por su vida, PORQUE SI ALGÚN DÍA SOY YO, QUIERO SER LA ÚLTIMA”. Publicó Nadia en su muro de FB días antes de su muerte. 

            ¿Qué se le dice a un amigo, hermano, que ha perdido a su hija? ¿Cómo se consuela a una madre, a Blanca, que ya no volverá a ver a la niña que le tomaba de la mano para cruzar la calle y sentirse protegida? No hay palabras. Tal vez, acaso con el tiempo, decir lo siento ya ni siquiera signifique algo. Pero lo siento.    Siento el desánimo de mis amigos porque su vida no volverá a ser igual. Siento su coraje por no encontrar respuestas. Siento su esperanza de que la muerte de Nadia al menos conmueva y remueva las conciencias de quienes siguen violentando a las mujeres y niños. Siento que no todo está perdido cuando veo a los compañeros de Nadia escribir cartas a su amiga de la universidad y publicarlas en un libro a su memoria. Siento orgullo de mi amigo Bernardo quien, en medio de la tragedia, promueve el recuerdo de su hija en eventos de motonáutica, donde gana premios que le dedica a Nadia… a su recuerdo. A ese recuerdo indeleble que siempre estará presente en sus padres, en su hermano, en su familia toda y, sobre todo, en la mente y el corazón de quienes la conocimos y la quisimos. 

            No nos quedaremos callados, han pasado dos años de su muerte prematura y seguiremos insistiendo en que el mundo puede cambiar, que su muerte y la de otras mujeres no ha sido en vano.

            A tu memoria…

            Julio Edgar Méndez

            Celaya, 8 de marzo 2022. 

jueves, 3 de marzo de 2022

Entrevista a Julio Edgar Méndez sobre el taller literario Diezmo de Palabras

Entrevista a Julio Edgar Méndez sobre el taller literario Diezmo de Palabras

 

miércoles, 16 de febrero de 2022

EL ARTE NO TIENE FRONTERAS



EL ARTE NO TIENE FRONTERAS

Por Verónica Salazar García

Tiempo atrás quedé fascinada con la imagen de una pintura que es una flor, pero también es el rostro de una mujer y no podía discernir si era flor o era rostro.  Pensé sobre la gran sensibilidad del autor, su inteligencia y el talento de sus manos. Nunca imaginé que en otro punto de este planeta, Sylvia Fabiola, una mujer sensible, políglota y a quién le encanta el arte en todas sus modalidades, tendría la misma experiencia.

            Desde los dieciocho años escribe, gusto que comparte con el yoga y el baile. También le encanta la naturaleza y se regocija con las caminatas por el bosque en compañía de sus hermanos y amigos sin importar las temperaturas bajo cero del clima Alemán. Sylvia es una mujer sencilla, le encanta la escritura o contemplar por horas una obra de arte, lo que la hace inmensamente feliz.


            Al conocer la obra del Maestro Octavio Ocampo, quedó deslumbrada con su arte y forma de pintar. Lo que la motivó a conocerlo más y aunque no lo ha podido ver en persona; sí lo ha conocido a través de llamadas telefónicas, por whatsapp y por correo electrónico. Los une una bella amistad desde hace cuatro años en que su comunicación ha sido constante.

            Para Sylvia fue un gran impacto conocer las pinturas del Maestro Ocampo y siendo una mujer sensible, no dudó ni un minuto en plasmar en letras el sentimiento que le provocó los cuadros del Pintor. Y así, absorbiendo con la mirada cada obra de arte, fue naciendo en Sylvia Fabiola la necesidad de inmortalizar los sentimientos que le provocaron. Al ser una gran poeta con obras ya publicadas se dio a la tarea de plasmar en tinta y papel lo que cada pintura le hacía sentir.


            Sylvia logra su cometido y en el libro El Arte de la Metamorfosis, consigue de tal manera dibujar con palabras las pinturas del Maestro Octavio Ocampo que, al observarlas  y leer los poemas y textos tal parece que lo hicieron al unísono. Es tal su armonización que si no es porque ellos lo dicen no se creería que hasta ese momento no se conocían los autores. Por tal motivo es imperdible leer el poemario de Sylvia Fabiola y disfrutar de sus letras amalgamadas con las pinturas del Maestro Ocampo.


Verónica Salazar García, nacida en Angangueo, Michoacán y radicada desde hace 22 años en Celaya Guanajuato. Integrante del Taller Literario Diezmo de Palabras. Ha participado en antologías en diferentes países, en lecturas y como juez de concursos. Ha sido publicada en el periódico regional El Sol del Bajío y en  revistas literarias. Participante del grupo Tertulias Literarias. En 2016 fue publicada en Voces de Laja, poesía y narrativa. En 2018 participó en la antología Umbral, muestra de escritores celayenses y en 2019 fue publicada en La Risa, remedio casero infalible, de Editorial Los Otros Libros. En 2021 publicó su poemario El tiempo eterno de un instante.


lunes, 7 de febrero de 2022

LA SINCRONICIDAD EN LA PERSPECTIVA DEL ARTE

 


LA SINCRONICIDAD EN LA PERSPECTIVA DEL ARTE

Diana Alejandra Aboytes Martínez

Sin fronteras ni barrera de idioma, la conexión que surge a través del arte hasta conmover y a su vez, mover  hasta la provocación de crear versos y reflexiones en pos de una serie de pinturas del reconocido pintor celayense, Octavio Ocampo. Es a lo que la escritora se vio expuesta después de la vorágine visual en el recorrido por cada una de las obras.

            Es sorprendente cómo se desenvuelve la palabra en comunión con la pintura, similar a una entrega, a un hacerse el amor… Como si ambas –obra y verso- hubiesen nacido para cohabitarse. Y después de un apareamiento artístico naciera, El arte de la metamorfosis. Libro con el que los dos artistas, en la forma, color y metáforas, dan muestra por separado de su talento.

            La publicación es un bocadillo sutil, con el que se sacian las apetencias por la pintura y la poesía. Podría decirse que es un alimento integral, de vasta nutrición artística para despertar los sentidos y así darse el gusto por el placer que otorga.

            Dar inicio con la pintura titulada, Conjunción de mariposas, acompañada de la poesía, Morfología de una mirada, parece ser muy afortunado. Porque al abrir el libro, las palabras revolotean y se posan en cada una de las obras, germina la palabra y las metáforas florecen. Entonces cada página es una constante primavera. 

            Para los de insuficiencia imaginaria, leerlo no representa ningún reto, la escritora Sylvia Fabiola tiene el arte de llevarlos hasta la cima y desde ahí obsequiarles un bello panorama textual. Ahora bien, para los de imaginación sustanciosa, ofrece una experiencia inmersiva, multisensorial. Finalmente, los lectores agradecerán la calidad de su adquisición.

            Es notorio el trabajo en conjunto por el acompañamiento que, vía remota tuvo la escritora con el maestro Octavio Ocampo, porque ambos al redescubrirse dentro del arte, permitieron observar al ser humano dentro de su mística. Es así que la poeta pintó con las mejores palabras lo que observó en cada una de las obras, contemplando también al mítico hombre que es el maestro Ocampo. Esto lo demuestra en cada poema y reflexión que propone en estas 145 páginas que contiene el libro.

            Es de admirarse y agradecerse que, Sylvia Fabiola, siendo de origen alemán, haya escrito este libro totalmente en español y se haga acompañar de la obra pictórica de uno de nuestros orgullos celayenses, el artista Octavio Ocampo.

            Me parece imprescindible invitarles a dejarse llevar, abandonarse a sus sentidos en el deleite entre lo que observen y lean. Las consecuencias solo serán al concluir las páginas y el hambre de querer más sea inminente.

 

                               Diana Alejandra Aboytes Martínez

                                           Escritora y poeta.

                                Celaya, Guanajuato. México. 2022 

 

Diana Alejandra Aboytes Martínez. Originaria de la ciudad de Celaya. Narradora y poeta. Desde 2011 miembro activo del Taller Literario Diezmo de Palabras. Ha participado en concursos literarios nacionales e internacionales.

http://diezmodepalabras.com/dianaalejandra.html

https://www.sylvia-fuehrer.de/buech6/pedidos/

 

LA ARAÑA EN LOS OJOS AZULES DEL GATO

  LA ARAÑA EN LOS OJOS AZULES DEL GATO Julio Edgar Méndez Vivo en el último piso de un edificio muy viejo, tan viejo pero tan viejo, que...