martes, 18 de noviembre de 2025

El cuento que no escribí

El cuento que no escribí

Julio Edgar Méndez

Oculta entre las grietas abisales de su propia estirpe, la sombra, agazapada sobre su vieja y leal Olivetti Lettera 32, parafraseaba los textos de grandes autores. Quería ver si de esa manera, aunque fuera por ósmosis inversa o contagio creativo inveterado, lograba textear algo que valiera la pena, algo que le diera el consuelo de recibir un reconocimento –al menos una vez en la vida–, a su testaruda insistencia de sentirse un autor de verdad.

Vincent era un escritor que nunca lograba ver su nombre impreso en los libros. Su vida, marcada por el deseo insaciable de ser reconocido, estaba sumida en el fracaso. Pasaba sus días escribiendo sin descanso, pero nunca enviaba sus obras a editoriales que jamás lo llamaban, o peor, que ni siquiera le responderían. El pensamiento que lo torturaba era uno solo: “¿Qué debo hacer para ser publicado?”.

Una noche, el diletante soñador decidió que ya no podía más. La desesperación lo había consumido. Tomó una botella de licor de cajeta, novedad entre los círculos literarios –agarrar una dulce borrachera–, se acomodó frente a su escritorio y, entre lágrimas y risas nerviosas (solo le faltó el amor), comenzó a escribir en su cuaderno con una mano temblorosa:

“Si tan solo pudiera obtener la oportunidad de ser reconocido, haría lo que fuera”.

En ese preciso momento, la habitación se oscureció, como si una sombra hubiera descendido sobre ella. Vincent, asustado, vio que la figura de un hombre apareció frente a él. No era un hombre común. Sus ojos eran como pozos sin fondo, su piel parecía estar hecha de sombra misma, y su sonrisa, torcida y maliciosa, irradiaba una extraña energía.

—Me llamaste y me presento. Me llamo Valedorian, si tú lo deseas puedo ser tu servidor.

—¿Yo te llamé? ¿Cómo? ¿Cuándo?

—¿Qué es lo que deseas? —preguntó la figura con voz profunda, casi resonante en la oscuridad.

Vincent, sorprendido, vaciló por un momento. Tenía miedo, sabía que no era el alcohol porque no había bebido ni siquiera una copa entera.

»¿Qué es lo más anhelas? Aquello por lo que estás dispuesto a hacer cualquier cosa.

La desesperación lo embargó nuevamente. ¿Qué tenía que perder? Ya no importaba nada. Le seguiría el juego a este coso que lo miraba con ojos de una oscuridad impenetrable.

—Quiero ser un escritor famoso. Que mis historias sean admiradas por todos. Haré lo que sea necesario para lograrlo —respondió, sin pensar en las consecuencias.

La figura sonrió con más amplitud.

—¿Incluso leer? Ya sabes, usualmente los escritores son devoradores de libros.

—…bueno, no sé, no lo había pensado así. No creo que sea necesario, digo, si se supone que eres un ser sobrenatural, capaz de cumplir deseos, ¿qué más da si leo o no?

—Entonces, haré un trato contigo. Te daré lo que deseas: la obra perfecta, una obra que hará que todos te reconozcan como el escritor que no eres. Pero a cambio, me entregarás lo único que tienes que ofrecer: tu vida.

—¿No se supone que debes pedir mi alma?

—¿Para qué quiero tu alma? No seas tonto, lo único que vale la pena es el aquí y el ahora. Usaré tu vida para completar la mía.

—Ayúdame a ganar un concurso literario, para empezar. Así sabré que eres real y puedes obrar milagros.

—De acuerdo, solo dame el tema.

—Quiero un cuento sobre los usos, costumbres, tradiciones, acontecimientos históricos y sociales de mi pueblo.

—¿Nada más? Pensé que sería algo difícil. Usos y costumbres… ¿la costumbre de la impuntualidad y la falta de formalidad? ¿O la costumbre de hacer como que se hacen programas sociales y culturales, pero en realidad solo se gasta el presupuesto en nóminas que se dispersan entre cuates?

—Claro que no, debe ser algo serio y bien escrito, con esa crítica lo van a rechazar. Mejor algo tradicional.

—¿La tradición de apuntalar los cargos con las vigas caídas de gobiernos anteriores?

—No, menos, olvida ese tema, no sabes nada de Celaya.

—¿Eso crees? ¿Acaso quieres una crónica sobre su agotado tema del Domingo negro? Todos saben, si es que saben, porque a la mayoría el tema les es ajeno, que los verdaderos culpables quedaron impunes, protegidos por sus aliados entre las autoridades. Digo, no me malentiendas, a mí me gusta que triunfe el mal. ¿Prefieres que sea un cuento sobre los personajes del folclor urbano? La dama del turbante y su omnipresencia –el mismo día y a la misma hora, los taxistas juraban haberla visto en distintos lugares–, yo mismo la puse un día a girar junto al tren, allá por la harinera. O del Señor de los gatitos, que cuando menos lo esperabas salía de entre las sombras de los arbustos con su famosa arenga: “gatitos, gatitos”. El siempre amable y despistado Tavo, con su perenne buen humor. No dejemos sin mencionar a La endemoniada del templo del Carmen, mi favorita. Nadie la vio, pero todos juran haberla visto. Es más, hasta te puedo hacer una novela sobre La emparedada de la Casa del Diezmo.

—¡Basta!, si eso es lo mejor que puedes hacer, el texto va a ser un fracaso.

—¿Prefieres poesía al estilo cursi sobre pajaritos, perros y las mariposas que revolotean en la cabeza de los poetas de la cajeta? Eso también lo puedo hacer. Tú tienes la palabra, yo obedezco.

Vincent dudó. Aquel trato parecía la única salida, una última esperanza. Y así, sin reflexionar, aceptó el pacto. En ese instante, Valedorian desapareció, y Vincent, casi sin saber cómo, se sintió inundado por una energía extraña. Esa misma noche, sobre la mesa, apareció un cuento escrito de forma impecable, en una caligrafía perfecta, lleno de poesía y simbolismo. No eran solo palabras; era una obra maestra. Al menos así lo quiso creer, porque este pequeño cuento, tampoco lo leyó.

Era un texto corto, de solo cinco páginas, pero cada palabra parecía estar cargada de una sabiduría y una belleza que le eran ajenas.

Había referencias al poeta Efraín Huerta:

“Un grito de agonía, una blasfemia

vuelve grises tus senos,

y mi sueño,

y esa noble fragancia de tu sexo.

¿Qué esperamos, hermana,

de esta reciente aurora

que nos fatiga tanto?…”

 

También al escritor Herminio Martínez:

“Ahora cualquier cura apachurrado de odio

te va a querer juzgar.

Cualquier ratón

ha de querer morderte los testículos.

Ángeles que se sientan en su trono

anal de triduos y conceptos áridos

querrán crucificarte entre sus canas.

Pobres lenguas lamiéndole al vocablo

la sal de alguna fe que ya no existe.…”.

 

Y al poeta Eugenio Mancera:

“Tu imagen de otro tiempo,

de otros días u otras tardes,

sobrevive y tiene aliento;

quizás tenga el aire o la vigilia

de esas noches perdidas.

Es la imagen tuya, la distante,

que me reservo y guardo

para mi amor de siempre.…”

Y otros autores de los que Vincent jamás había leído algo. La obra era tan pulida, tan profunda, que casi parecía que hablaba directamente desde el alma de esos escritores. Cada metáfora, cada giro, cada referencia a la tragedia humana, era como un reflejo de los más grandes del arte literario.

Pero el suspirante escritor no entendía nada de eso. No le gustaba leer. Solo soñaba con ser escritor, pero nunca se había sumergido en la profundidad de los textos de aquellos que realmente marcaron la historia literaria.

Decidido, Vincent envió el cuento a un prestigioso concurso literario. “Total, –dijo para sí mismo–, yo no seré quien pierda, sino Valedorian”. Pasaron unos días y, para su sorpresa, fue seleccionado como ganador. Estaba en el séptimo cielo. Finalmente, se sentía como un verdadero autor.

La noticia fue como un rayo que iluminó su vida. Había ganado el concurso. El comité le ofreció un premio en efectivo, una edición especial de su cuento, y, lo más importante, la oportunidad de presentar su obra en una gran ceremonia literaria. El sueño que tanto había ansiado estaba a punto de hacerse realidad.

El día de la ceremonia, Vincent se presentó en un gran auditorio. Llegó vestido como él pensaba que debe lucir todo escritor: en fachas, con chanclas, despeinado su poco pelo, con una barba rala y mal cortada, incluso sin bañarse durante tres días seguidos para dar la apariencia de no darle importancia a las cosas mundanas.

La gente lo rodeaba, los periodistas tomaban fotos, y todos los ojos estaban puestos en él. Subió al escenario con una sonrisa nerviosa, esperando que su vida cambiara para siempre. Los convocantes y las autoridades de su pequeña y cajetera ciudad tomaron cada cual su turno para perorar sobre las bondades de los concursos literarios. Ellos sabían que después de que dieran el premio y publicaran los textos finalistas, poco a poco o veces de fregadazo, los autores quedarían de nuevo en el olvido o en el no me acuerdo.

Cuando le tocó el turno de pasar a recibir su premio, algo extraño ocurrió. La luz del auditorio se atenuó y una sombra se proyectó sobre el escenario. Una figura alta y oscura apareció entre el público.

Vincent, en su arrogancia, comenzó a caminar hacia el micrófono.

Valedorian se interpuso, le arrebató el micrófono y comenzó a hablar con voz grave y profunda. El público estaba atónito.

—Este hombre no escribió el cuento. Lo hice yo –un murmullo se elevó entre el público hasta formar una ola de gritos ininteligibles–, Vincent no solo me ha entregado su vida a cambio de un texto, también me entregó su sueño, y ahora, yo soy quien se llevará la gloria.

La sombra levantó una mano, como si fuera un dios que reclamaba el sacrificio.

Vincent, que había estado en un mar de confusión hasta ese momento, sintió cómo una sonrisa astuta comenzó a formarse en sus labios. No era la sonrisa de un hombre derrotado. Era la sonrisa de alguien que había estado esperando su momento.

—Es curioso, Valedorian —le dijo, su voz baja y cargada de una calma inquietante—. Pensaste que este cuento era solo tuyo. Pensaste que habías hecho todo, que habías tomado el control de mi destino. Pero lo que no sabes es que yo también jugaba mi carta.

La sombra se detuvo en seco, sus ojos se estrecharon con desconfianza.

—¿Qué estás diciendo? —dijo Valedorian.

Vincent dio un paso hacia adelante, su cuerpo ya no temblaba de miedo. Se sentía como si hubiera tomado el control de la situación, como si el poder hubiera cambiado de manos.

—Lo que no sabes, Valedorian, es que todo fue un juego de palabras… algo más profundo. Una trampa que tú mismo no pudiste prever.

La multitud murmuró, algunos comenzaron a especular.

El hombre continuó, disfrutando de la confusión de su acusador.

—Yo nunca te pedí solo un cuento. No era solo eso lo que necesitaba, no solo el reconocimiento. Lo que realmente quería… lo que tú realmente me diste, fue algo que siempre quise.

Valedorian frunció el ceño, sin comprender completamente.

—No… no entiendo. —Su voz tembló ligeramente.

Vincent, con una sonrisa enigmática, comenzó a explicar.

—Tú me ofreciste lo que yo deseaba, a cambio de mi vida, ¿verdad? Pero yo también supe que algo de ti se encadenaría a este pacto. Y lo que no imaginaste es que, al dártelo todo, no solo te estaba entregando mi futuro, sino que tú también me entregaste el tuyo. Ahora somos uno mismo.

La revelación lo golpeó de lleno. La astucia del escritor había sido pensar en el trato desde un ángulo completamente distinto. Al firmar el pacto, no solo había permitido que el demiurgo cumpliera sus deseos, sino que su deseo fuera su propia trampa.

Vincent quiso seguir hablando, pero la voz se le ahogó. Carraspeó, tosió y cogió el micrófono. Lo dejó caer y cuando lo levantó sintió cómo alguien lo tomaba del brazo y lo jaló hacia abajo del escenario.

            El Vincent que se puso de pie tenía una sonrisa burlona. Con gran seguridad comenzó a hablar.

 —No me gusta leer. No entiendo los textos literarios. Solo repito lo que otros dicen. Escucho la radio y los programas culturales me aburren. Tengo tan mala ortografía que ni yo puedo descifrarme. Pero quiero ser escritor, quiero ser publicado, quiero ser famoso. Pienso que esto justifica cualquier falla de mi personalidad.

»¿Quién de ustedes puede acusarme de ser falsario? Se pasan el día subiendo memes a las redes sociales, sus fotos son mentiras, sus historias son falsas, su felicidad no existe. Ni siquiera viven o viajan a donde presumen. ¿Qué tiene de malo que yo no escriba y a pesar de esto gane un concurso literario?

»Porque yo no escribí este cuento. Lo hizo la sombra que noche a noche trabaja encorvada sobre mi máquina de escribir. Es ella la que se desvela, la que insiste en hurgar dentro de sus recuerdos y recorrer mentalmente las miles y miles de páginas que ha leído de cientos de autores, para intentar no repetir lo que otros han escrito. La misma sombra que habita dentro de cada uno de ustedes y los mira desde el espejo de la frustración.

Vincent soltó el micrófono. Bajó del escenario y despacio, sin mirar hacia atrás, salió del auditorio. A su lado, siempre junto a él, en las buenas o en las malas, Valedorian le echó el brazo sobre los hombros y lo acompañó hacia la salida. Siempre serían una sombra desesperada por reconocimiento y un hombre perdido en el tiempo y el espacio.

Esto de participar en concursos literarios tampoco resultó estimulante. El personaje del inicio de este texto, “la sombra agazapada”, sacó el papel de la máquina, lo arrugó entre sus manos, lo botó al cesto de basura; se levantó de la silla, bostezó con aburrimiento, apagó la luz y dejó que su vida se fundiera en el olvido.



Julio Edgar Méndez es coordinador del Taller Literario Diezmo de Palabras.

Imágenes generadas con AI Bing

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https://diezmodepalabras.com

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