El cuento que no
escribí
Julio Edgar Méndez
Oculta entre las grietas abisales de su propia estirpe, la sombra, agazapada sobre su vieja y leal Olivetti Lettera 32, parafraseaba los textos de grandes autores. Quería ver si de esa manera, aunque fuera por ósmosis inversa o contagio creativo inveterado, lograba textear algo que valiera la pena, algo que le diera el consuelo de recibir un reconocimento –al menos una vez en la vida–, a su testaruda insistencia de sentirse un autor de verdad.
Vincent era un escritor que
nunca lograba ver su nombre impreso en los libros. Su vida, marcada por el
deseo insaciable de ser reconocido, estaba sumida en el fracaso. Pasaba sus
días escribiendo sin descanso, pero nunca enviaba sus obras a editoriales que
jamás lo llamaban, o peor, que ni siquiera le responderían. El pensamiento que
lo torturaba era uno solo: “¿Qué debo hacer para ser publicado?”.
Una
noche, el diletante soñador decidió que ya no podía más. La desesperación lo
había consumido. Tomó una botella de licor de cajeta, novedad entre los
círculos literarios –agarrar una dulce borrachera–, se acomodó frente a su
escritorio y, entre lágrimas y risas nerviosas (solo le faltó el amor), comenzó
a escribir en su cuaderno con una mano temblorosa:
“Si tan
solo pudiera obtener la oportunidad de ser reconocido, haría lo que fuera”.
En ese
preciso momento, la habitación se oscureció, como si una sombra hubiera
descendido sobre ella. Vincent, asustado, vio que la figura de un hombre
apareció frente a él. No era un hombre común. Sus ojos eran como pozos sin
fondo, su piel parecía estar hecha de sombra misma, y su sonrisa, torcida y
maliciosa, irradiaba una extraña energía.
—Me
llamaste y me presento. Me llamo Valedorian, si tú lo deseas puedo ser tu
servidor.
—¿Yo te
llamé? ¿Cómo? ¿Cuándo?
—¿Qué es
lo que deseas? —preguntó la figura con voz profunda, casi resonante en la
oscuridad.
Vincent,
sorprendido, vaciló por un momento. Tenía miedo, sabía que no era el alcohol
porque no había bebido ni siquiera una copa entera.
»¿Qué es
lo más anhelas? Aquello por lo que estás dispuesto a hacer cualquier cosa.
La
desesperación lo embargó nuevamente. ¿Qué tenía que perder? Ya no importaba
nada. Le seguiría el juego a este coso que lo miraba con ojos de una oscuridad
impenetrable.
—Quiero
ser un escritor famoso. Que mis historias sean admiradas por todos. Haré lo que
sea necesario para lograrlo —respondió, sin pensar en las consecuencias.
La figura
sonrió con más amplitud.
—¿Incluso
leer? Ya sabes, usualmente los escritores son devoradores de libros.
—…bueno,
no sé, no lo había pensado así. No creo que sea necesario, digo, si se supone
que eres un ser sobrenatural, capaz de cumplir deseos, ¿qué más da si leo o no?
—Entonces,
haré un trato contigo. Te daré lo que deseas: la obra perfecta, una obra que
hará que todos te reconozcan como el escritor que no eres. Pero a cambio, me
entregarás lo único que tienes que ofrecer: tu vida.
—¿No se
supone que debes pedir mi alma?
—¿Para
qué quiero tu alma? No seas tonto, lo único que vale la pena es el aquí y el
ahora. Usaré tu vida para completar la mía.
—Ayúdame
a ganar un concurso literario, para empezar. Así sabré que eres real y puedes
obrar milagros.
—De
acuerdo, solo dame el tema.
—Quiero
un cuento sobre los usos, costumbres, tradiciones, acontecimientos históricos y
sociales de mi pueblo.
—¿Nada
más? Pensé que sería algo difícil. Usos y costumbres… ¿la costumbre de la
impuntualidad y la falta de formalidad? ¿O la costumbre de hacer como que se
hacen programas sociales y culturales, pero en realidad solo se gasta el
presupuesto en nóminas que se dispersan entre cuates?
—Claro
que no, debe ser algo serio y bien escrito, con esa crítica lo van a rechazar.
Mejor algo tradicional.
—¿La
tradición de apuntalar los cargos con las vigas caídas de gobiernos anteriores?
—No,
menos, olvida ese tema, no sabes nada de Celaya.
—¿Eso
crees? ¿Acaso quieres una crónica sobre su agotado tema del Domingo negro?
Todos saben, si es que saben, porque a la mayoría el tema les es ajeno, que los
verdaderos culpables quedaron impunes, protegidos por sus aliados entre las
autoridades. Digo, no me malentiendas, a mí me gusta que triunfe el mal.
¿Prefieres que sea un cuento sobre los personajes del folclor urbano? La dama
del turbante y su omnipresencia –el mismo día y a la misma hora, los taxistas
juraban haberla visto en distintos lugares–, yo mismo la puse un día a girar
junto al tren, allá por la harinera. O del Señor de los gatitos, que cuando
menos lo esperabas salía de entre las sombras de los arbustos con su famosa
arenga: “gatitos, gatitos”. El siempre amable y despistado Tavo, con su perenne
buen humor. No dejemos sin mencionar a La endemoniada del templo del Carmen, mi
favorita. Nadie la vio, pero todos juran haberla visto. Es más, hasta te puedo
hacer una novela sobre La emparedada de la Casa del Diezmo.
—¡Basta!,
si eso es lo mejor que puedes hacer, el texto va a ser un fracaso.
—¿Prefieres
poesía al estilo cursi sobre pajaritos, perros y las mariposas que revolotean
en la cabeza de los poetas de la cajeta? Eso también lo puedo hacer. Tú tienes
la palabra, yo obedezco.
Vincent
dudó. Aquel trato parecía la única salida, una última esperanza. Y así, sin
reflexionar, aceptó el pacto. En ese instante, Valedorian desapareció, y
Vincent, casi sin saber cómo, se sintió inundado por una energía extraña. Esa
misma noche, sobre la mesa, apareció un cuento escrito de forma impecable, en
una caligrafía perfecta, lleno de poesía y simbolismo. No eran solo palabras;
era una obra maestra. Al menos así lo quiso creer, porque este pequeño cuento,
tampoco lo leyó.
Era un texto
corto, de solo cinco páginas, pero cada palabra parecía estar cargada de una
sabiduría y una belleza que le eran ajenas.
Había
referencias al poeta Efraín Huerta:
“Un grito
de agonía, una blasfemia
vuelve
grises tus senos,
y mi
sueño,
y esa
noble fragancia de tu sexo.
¿Qué
esperamos, hermana,
de esta
reciente aurora
que nos
fatiga tanto?…”
También al escritor Herminio
Martínez:
“Ahora
cualquier cura apachurrado de odio
te va a
querer juzgar.
Cualquier
ratón
ha de
querer morderte los testículos.
Ángeles
que se sientan en su trono
anal de
triduos y conceptos áridos
querrán
crucificarte entre sus canas.
Pobres
lenguas lamiéndole al vocablo
la sal de
alguna fe que ya no existe.…”.
Y al poeta Eugenio Mancera:
“Tu
imagen de otro tiempo,
de otros
días u otras tardes,
sobrevive
y tiene aliento;
quizás
tenga el aire o la vigilia
de esas
noches perdidas.
Es la
imagen tuya, la distante,
que me reservo y guardo
para mi amor de siempre.…”
Y otros autores de los que
Vincent jamás había leído algo. La obra era tan pulida, tan profunda, que casi
parecía que hablaba directamente desde el alma de esos escritores. Cada
metáfora, cada giro, cada referencia a la tragedia humana, era como un reflejo
de los más grandes del arte literario.
Pero el suspirante escritor no entendía nada de eso. No le gustaba leer. Solo soñaba con ser escritor, pero nunca se había sumergido en la profundidad de los textos de aquellos que realmente marcaron la historia literaria.
Decidido, Vincent envió el
cuento a un prestigioso concurso literario. “Total, –dijo para sí mismo–, yo no
seré quien pierda, sino Valedorian”. Pasaron unos días y, para su sorpresa, fue
seleccionado como ganador. Estaba en el séptimo cielo. Finalmente, se sentía
como un verdadero autor.
La noticia fue como un rayo que iluminó su vida. Había ganado el concurso. El comité le ofreció un premio en efectivo, una edición especial de su cuento, y, lo más importante, la oportunidad de presentar su obra en una gran ceremonia literaria. El sueño que tanto había ansiado estaba a punto de hacerse realidad.
El día de la ceremonia,
Vincent se presentó en un gran auditorio. Llegó vestido como él pensaba que
debe lucir todo escritor: en fachas, con chanclas, despeinado su poco pelo, con
una barba rala y mal cortada, incluso sin bañarse durante tres días seguidos
para dar la apariencia de no darle importancia a las cosas mundanas.
La gente
lo rodeaba, los periodistas tomaban fotos, y todos los ojos estaban puestos en
él. Subió al escenario con una sonrisa nerviosa, esperando que su vida cambiara
para siempre. Los convocantes y las autoridades de su pequeña y cajetera ciudad
tomaron cada cual su turno para perorar sobre las bondades de los concursos
literarios. Ellos sabían que después de que dieran el premio y publicaran los
textos finalistas, poco a poco o veces de fregadazo, los autores quedarían de
nuevo en el olvido o en el no me acuerdo.
Cuando le
tocó el turno de pasar a recibir su premio, algo extraño ocurrió. La luz del
auditorio se atenuó y una sombra se proyectó sobre el escenario. Una figura
alta y oscura apareció entre el público.
Vincent,
en su arrogancia, comenzó a caminar hacia el micrófono.
Valedorian
se interpuso, le arrebató el micrófono y comenzó a hablar con voz grave y
profunda. El público estaba atónito.
—Este
hombre no escribió el cuento. Lo hice yo –un murmullo se elevó entre el público
hasta formar una ola de gritos ininteligibles–, Vincent no solo me ha entregado
su vida a cambio de un texto, también me entregó su sueño, y ahora, yo soy
quien se llevará la gloria.
La sombra
levantó una mano, como si fuera un dios que reclamaba el sacrificio.
Vincent,
que había estado en un mar de confusión hasta ese momento, sintió cómo una
sonrisa astuta comenzó a formarse en sus labios. No era la sonrisa de un hombre
derrotado. Era la sonrisa de alguien que había estado esperando su momento.
—Es
curioso, Valedorian —le dijo, su voz baja y cargada de una calma inquietante—.
Pensaste que este cuento era solo tuyo. Pensaste que habías hecho todo, que
habías tomado el control de mi destino. Pero lo que no sabes es que yo también
jugaba mi carta.
La sombra
se detuvo en seco, sus ojos se estrecharon con desconfianza.
—¿Qué
estás diciendo? —dijo Valedorian.
Vincent
dio un paso hacia adelante, su cuerpo ya no temblaba de miedo. Se sentía como
si hubiera tomado el control de la situación, como si el poder hubiera cambiado
de manos.
—Lo que
no sabes, Valedorian, es que todo fue un juego de palabras… algo más profundo.
Una trampa que tú mismo no pudiste prever.
La
multitud murmuró, algunos comenzaron a especular.
El hombre
continuó, disfrutando de la confusión de su acusador.
—Yo nunca
te pedí solo un cuento. No era solo eso lo que necesitaba, no solo el
reconocimiento. Lo que realmente quería… lo que tú realmente me diste, fue algo
que siempre quise.
Valedorian
frunció el ceño, sin comprender completamente.
—No… no
entiendo. —Su voz tembló ligeramente.
Vincent,
con una sonrisa enigmática, comenzó a explicar.
—Tú me
ofreciste lo que yo deseaba, a cambio de mi vida, ¿verdad? Pero yo también supe
que algo de ti se encadenaría a este pacto. Y lo que no imaginaste es que, al
dártelo todo, no solo te estaba entregando mi futuro, sino que tú también me
entregaste el tuyo. Ahora somos uno mismo.
La
revelación lo golpeó de lleno. La astucia del escritor había sido pensar en el
trato desde un ángulo completamente distinto. Al firmar el pacto, no solo había
permitido que el demiurgo cumpliera sus deseos, sino que su deseo fuera su
propia trampa.
Vincent quiso
seguir hablando, pero la voz se le ahogó. Carraspeó, tosió y cogió el
micrófono. Lo dejó caer y cuando lo levantó sintió cómo alguien lo tomaba del
brazo y lo jaló hacia abajo del escenario.
El Vincent que se puso de pie tenía una sonrisa
burlona. Con gran seguridad comenzó a hablar.
—No me gusta leer. No entiendo los textos
literarios. Solo repito lo que otros dicen. Escucho la radio y los programas
culturales me aburren. Tengo tan mala ortografía que ni yo puedo descifrarme.
Pero quiero ser escritor, quiero ser publicado, quiero ser famoso. Pienso que
esto justifica cualquier falla de mi personalidad.
»¿Quién
de ustedes puede acusarme de ser falsario? Se pasan el día subiendo memes a las
redes sociales, sus fotos son mentiras, sus historias son falsas, su felicidad
no existe. Ni siquiera viven o viajan a donde presumen. ¿Qué tiene de malo que
yo no escriba y a pesar de esto gane un concurso literario?
»Porque yo no escribí este cuento. Lo hizo la sombra que noche a noche trabaja encorvada sobre mi máquina de escribir. Es ella la que se desvela, la que insiste en hurgar dentro de sus recuerdos y recorrer mentalmente las miles y miles de páginas que ha leído de cientos de autores, para intentar no repetir lo que otros han escrito. La misma sombra que habita dentro de cada uno de ustedes y los mira desde el espejo de la frustración.
Vincent soltó el micrófono. Bajó del escenario y despacio, sin mirar hacia atrás, salió del auditorio. A su lado, siempre junto a él, en las buenas o en las malas, Valedorian le echó el brazo sobre los hombros y lo acompañó hacia la salida. Siempre serían una sombra desesperada por reconocimiento y un hombre perdido en el tiempo y el espacio.
Esto de participar en
concursos literarios tampoco resultó estimulante. El personaje del inicio de
este texto, “la sombra agazapada”, sacó el papel de la máquina, lo arrugó entre
sus manos, lo botó al cesto de basura; se levantó de la silla, bostezó con
aburrimiento, apagó la luz y dejó que su vida se fundiera en el olvido.
Julio Edgar Méndez es coordinador del Taller Literario Diezmo de Palabras.
Imágenes generadas con AI Bing


No hay comentarios:
Publicar un comentario