domingo, 30 de septiembre de 2018

EL CANTO DEL SAHUAR



EL CANTO DEL SAHUAR
Por: Georgina Gómez Chavarín

Guillermina Carreño Arreguín, maestra de profesión, escritora y poeta, es miembro de la asociación El Sabino de los Poetas, que agrupa artistas de diversa índole y ella aporta en tales eventos su prolífera obra.  Participa como expositora en ferias del libro de la ciudad de Celaya y en otros eventos culturales. Cuenta con publicación de libros propios y antologías con diversos autores. Además, fue  pionera de grupos literarios en la ciudad. Actualmente es integrante del Taller literario Diezmo de Palabras.
            Rescata las costumbres y el folklore de México para darles forma de cuentos. Tiene gran capacidad para crear metáforas que integra a su narrativa. Crea personajes fantásticos y los trae a nuestra realidad para coexistir con seres de carne y hueso. Tal es el caso de su personaje el Señor de los Sahuares, quien habita sobre todo en regiones desérticas y gusta de la región del Bajío.  En donde se comunica  con el ser humano, pero no con cualquiera, sólo con quien es capaz de ver el mundo con una perspectiva mágica y sobrenatural. Hay en sus cuentos un entendimiento con seres fabulosos: los Sahuares, a decir de la escritora, son las almas de los seres que por diferentes razones fueron atrapadas por el desierto.
            En el cuento Sus Pasos en el Desierto el protagonista  establece una comunicación con el mítico personaje y nos sumerge en un ambiente metafísico, cuando este se encuentra visitando a la Momia con quien tiene un entendimiento útopico, como cuando "el canto del Sahuar lleva plegarias y sueños".
Su obra poetica es reflexiva, toca temas de amor filial y desamor.  La naturaleza tiene un papel primordial pues parece fundirse en ella  como "el torrente de inquietas olas  hacia el suspenso de finitud".  Sus versos tienen musicalidad y sentimiento,  como "huella latente de una estrella fugaz, como luz pasajera en el ocaso gris de la exstencia".

            Así, la poesía de la maestra Guillermina nos transporta dentro de nosotros mismos para reencontrarnos con sentimientos y recuerdos abandonados, removiendo vivencias que nos hermanan con su sentir.



HUELLA Y AÑORANZA
Guillermina Carreño Arreguín

En el torrente
de inquietas olas
se consagró mi juventud,
viajó en el eco de la fragancia
hacia el suspenso de finitud.

No hay esperanza
la llevó el viento sobre sus hombros
en esas aguas de atardecer.

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HUELLA LATENTE
Guillermina Carreño Arreguín

Juventud, estrella fugaz
en ese espacio azul del firmamento
luz pasajera, reflejo del océano
que se guardó con el eco
en el ocaso gris de la existencia.

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PUESTA DE SOL
Guillermina Carreño Arreguín

El sol atesora al mar
en cada ocaso se dibujan
los  destellos de colores
Para vestir al atardecer.

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OFRENDA
Guillermina Carreño Arreguín

El encanto entre mar y sol
en la cuesta se detiene
hace brillar las olas
para regalarle a la tarde
un adorno de colores.

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DE PASO
Guillermina Carreño Arreguín

Una ráfaga de viento
pasó por mi corazón
se llevó el poco amor
que habitaba en mi pecho.

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DEDICATORIA
Guillermina Carreño Arreguín

A mis noches de insomnio.
A mis días de soledad
Dedico este clamor de silencio.

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HABLAS
Guillermina Carreño Arreguín

Tus palabras hieren mis sentidos
cuando escucho tu voz
sentenciar mi destino.

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CONTIGO
Guillermina Carreño Arreguín

Cada lluvia que se aleja
lleva mi corazón aferrado a tu ser
hacia el ocaso de mi primavera.




SUS PASOS EN EL DESIERTO
Guillermina Carreño Arreguín

El Señor de los  sahuares  me visita.  Viene para que lo acompañe a la Cañada de
Caracheo.  Cuando algo le atormenta en su corazón,  recurre a mí,  lo comparte y de esta forma  encuentra solución.  Aprovecha el  lugar,  cambia el  Desierto por la  grandeza del Bajío,  donde encuentra la mano de sus amigas las momias y para él,  es también un reino.
            Con palabras de cariño me saluda, él sabe de la emoción que me causa su presencia. Le interesa relacionarse con los restos del sacerdote mártir que se encuentran en este  pueblo. La Cañada de Dolores,  como lo llaman ahora,  está anclada  en la  falda del cerro de Culiacán. Un pueblo empedrado, limpio y hace poco logró dos calles de pavimento: la entrada y la salida a las ciudades cercanas, Salvatierra y Cortázar. En el caer de la lluvia, las lajas se lavan con el escurrir de agua que baja del cerro. El caserío se perfuma, despide un  aroma a humedad, a hierba  fresca y  limpia,  única en la región.  Sus costumbres están arraigadas al pasado. La mayoría de los hombres trabajan en la Unión americana. Las  mujeres viven  por lo regular  solas,  con sus hijos o algún  otro familiar,  entre  casas vacías, abandonadas. Hay quienes emigran, se van familias completas.  Pero todos conservan en su credo un rasgo del padre Elías del Socorro Nieves Castillo.            Sus restos fueron sepultados, primero en el cementerio del lugar, después  los cambiaron a un costado del altar mayor, en la Parroquia de la Virgen de los Dolores. Beatificado y ya canonizado, reposan al pie del altar, en la Parroquia mencionada, donde él ofició la misas a sus fieles.
            A partir de su Canonización le están construyendo su propia Iglesia. El padre  Elías Nieves, fraile de la orden de San Agustín, fue sacrificado en tiempos de la persecución Sacerdotal que inició en el año de 1926. Murió al darles el perdón y bendecir a sus asesinos -un regimiento  federal-,  quienes lo fusilaron  bajo  un  mezquite,  en la salida de Cortázar rumbo a la Cañada.  El día 10 del mes de  marzo del  año de 1928. Por esto  en los monumentos que lo representan, su brazo está en señal de bendecir.
            El Señor de los sahuares me dice:
            ─ Vienen dos autobuses de Oaxaca,  la gente desea  venerar y agradecer,  al Varón de la Cañada.  Como misionero su labor ha caminado en varios estados del país.
            Me habla de un tráiler conducido por polleros o coyotes, quienes abandonaron en pleno desierto a un grupo de hombres dentro de la caja principal, bien cerrada, sin aire ni luz,  al amparo del  calor que produce el lugar,  donde iban más de treinta braceros, la mayoría eran hombres. Se les terminó el agua, perlados en sudor, sin alimento, cansados a punto de desfallecer rompieron en  gritos desesperados:
            ─¡Abran por piedad!
            ─ ¡Sáquenos de aquí!
            ─¡Abran por favor, nos ahogamos.
            Arañaban las paredes de acero, otros se retorcían al  implorar en la esperanza de conservar la vida. Uno de ellos sacó de su cartera la imagen del Padre Nieves. Con trabajos se arrodilló  y  sacando aire de no quién sabe dónde,  gritó:
            —¡Padre Elías del Socorro Nieves, no nos abandones, sácanos de aquí!
            A su lado, otro rezaba:
            —¡Santo Padre Elías Nieves, escucha, escúchanos!
            En silencio rezaban el Credo. De repente se escuchó un estruendo, algo así como un rayo. Las puertas de la caja se abrieron de par en par. Rodando y en desorden pudieron lograr el aire. Los primeros en salir dieron fe de que un hombre vestido de fraile,  descalzo,  se deslizaba  sobre la arena cálida,  movida a su  paso por el desierto. Los demás fueron testigos de su sombra. Un resplandor con forma humana, se perdía en las lejanías del halo, donde parecía unirse el temblor del sol, con la arena movida por el viento.
            Los dos hombres, quienes invocaron al sacerdote Elías del Socorro, eran de la Cañada. Viajaban siempre al abrigo del Santo Varón. Todos se abrazaron,  incrédulos de estar vivos, a la vez que agradecían al cielo por el milagro.  La estampa del padre agustino pasó por todas las  manos de los que iban a la frontera.  La mayoría  venían de Oaxaca,  otros de  Chiapas, Michoacán, Guanajuato y unos cuantos centroamericanos que pasaban por oaxaquitas.
            El Señor de los Sahuares, respiró profundo y comentó:
            —Cosas del desierto, quienes lo retan, pasan a ser, en el reglamento,  un Sahuaro más, anclado al tiempo. En esta ocasión nadie pereció, gracias al milagro bendito. Hay quienes no tienen la misma suerte, quedan sobre arena traicionera o son sepultados por las dunas guiadas por el viento.
            ”Los autobuses que venían de aquel lejano lugar, traían las familias para agradecer y venerar, llenas de fervor, con oraciones, cantos y rodillas. Entregaron medallas y figuritas de oro,  retablos y flores,  además de otros adornos, para colocarlos en donde reposan los restos del fraile agustino, por haber salvado a sus hombres, padres y hermanos de perecer en el abandono.  El santo varón no descansa. Día y noche sale a proteger a todos los que lo llaman, creen y confían en él, ese día también dejó su huella entre la arena.
           
            Al regresar de la Cañada, el Señor de los sahuares, pasó a despedirse de las momias que habitan en el panteón municipal de mi tierra, mientras agrega:
            ─Tengo en mi corazón, este clima y los paisajes del Bajío. Les robo un poco, para llevarlo al refugio donde moran los que en el desierto se quedan a vagar sus almas, con el sueño dorado y su intento de cruzar la frontera. 



*Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.
**Fotografías tomadas de:
https://mulieres.com.mx/2016/01/25/soledad-gusto-o-necesidad/
https://tucson.com/entertainment/outdoors/photos-of-tucson-s-quirkiest-saguaros/collection_73459bac-3f97-11e5-a11c-2fe0fdbbd870.html#9
A saguaro appears to embrace the sunset in Sabino Canyon along the final stretch of a hike on the Phoneline Trail. Photo taken January 10, 2015. Doug Kreutz / Arizona Daily Star



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