domingo, 25 de febrero de 2018

DIDO Y ENEAS



DIDO Y ENEAS
—Rosario y Herminio—

“Yo, que en la tenue flauta campesina toqué de joven, y dejando luego las selvas, obligué a los vecinos campos a que obedeciesen al ávido labriego, ahora canto las terribles armas de Marte y el varón que, huyendo de las riberas de Troya por el rigor del Hado, pisó el primero  Italia y las costas Lavinias. Largo tiempo anduvo errante por tierra y por mar, arrastrado a impulso de los dioses, por el furor de la rencorosa Juno. Mucho padeció en la guerra antes de que lograse edificar la gran ciudad y llevar a sus dioses al Lacio, de donde vienen el linaje latino y los senadores Albanos, y las murallas de la soberbia Roma.
Musa, recuérdame por qué causas, dime qué decreto de su divina voluntad violado tanto dolió a la reina de los dioses que  impulsó a un varón insigne por su piedad  a arrostrar tantas aventuras, a pasar tantos afanes. ¡Tan grande  ira cabe en celestiales pechos!”
La Eneida, Virgilio. Libro 1.


Las naves de los troyanos que surcan el mar de Sicilia son arrojadas a las costas africanas por una violenta tempestad que Juno les envía. Venus le informa a su hijo, Eneas, que se halla en tierras de la fenicia Dido, reina de Cartago. Venus, para proteger a su hijo, hace que Dido se enamore de él. Ésta le ofrece un banquete a Eneas rogándole que le cuente sus aventuras. El troyano relata con detalle los últimos días de la Guerra de Troya, luego que los griegos lograron introducir el caballo de madera en la ciudad. Dido escucha maravillada cada palabra del relato, enamorada ya del troyano. El poder de las diosas (Juno y Venus) hace que Dido se decida por la pasión que le inspira el troyano.
Herminio Martínez, nuestro maestro fundador del Diezmo de Palabras, le da voz a Eneas en respuesta al desgarrador poema de Rosario Castellanos, a quien el dolor hizo eterna. Vale.


INVOCACIÓN DE ENEAS
Herminio Martínez

Yo soy aquel que en otros días modulé cantares
al ritmo de los aplausos y las cítaras,
mientras escanciábamos el mejor vino de tus cavas
y nos embriagábamos de las más finas esencias.
Obediente y sumiso al llamado de la diosa,
me hice a la mar,
opulento y bravísimo en el arte del amor y de la guerra,
cobarde y tendencioso,
de acuerdo a tres o cuatro
que en tus dominios poco me quisieron.

Hoy canto mi aventura,
aquí donde no sé ni cómo referirme  a aquel instante
en que te abandoné,
reina de la desolación y las espumas,
en hora en que supuse que dormías.
Ignoro cómo evocar,
sin remordimiento, los reproches
que amorosa me hiciste
toda la noche, disuadiéndome,
ni cómo re empezar estos lamentos.
Me expongo a la tristeza:
avispa que me persigue con un aguijón
que mucho tiene en común con el insomnio,
desde que con un solo propósito abrí el alba
para ocultar las intenciones
de dejarte en el lecho donde unas horas antes,
quemándonos la piel, nos habíamos metido.

Arbitro de las lluvias y de las tempestades,
el hombre también brama con un dolor de monte desmontado,
principalmente aquel que, al igual que yo,
abandona la alcoba
en la que nada más manda el empuje
como rey de las delicias y los sueños.
Cuánto te habrás arrepentido
de haberme dado el trago de agua fresca de tu boca
la mañana en que,
harapientos y sin ninguna otra oportunidad,
los teucros y yo
fuimos resucitados en tus playas.
Lo narro con la conciencia
de quien elevó una muralla de silencios
frente a las razones de la amada.
Por tantas tardes y noches
en que, desnudos, permitías
que mi lengua, ávida de otras fuentes,
buscara el bienestar
en la rosada cumbre de tus senos.
Quizá así lo tenían hilado ya las Parcas.
Quizá el Destino
lo había asentado ya en la hoja de sus cuentas.
Pero aun esto es mera excusa debido al rudo golpe
que debió de haber sido para tu corazón esta huida,
que, desde la oscuridad, planeaba con los míos.
Y ahora he de decirlo:
no me importaron ni los votos
de la mujer que ardía en amor,
ni esta inseguridad en que ahora navegamos
y que desde ayer nos cubre los sentidos
al ofrecer la proa a cada golpe.
Los hados sabrán por qué nos exponemos.
A lo mejor es mentira de que en mis venas
ya cabalgan las huestes del imperio
que, según los augures, será el amo del mundo.
Acaso nada de esto sea verdad.
Quizá lo único cierto era la tibia alcoba, Dido,
y tus manos inquietas
jugando con las mías en la terraza.
Y aquel cuello de cisne
ceñido por el fulgor de la blancura.
Y tus piernas magníficas.
Y tu cintura breve, ¡ay!, tan a la medida
de mis alabanzas y mi abrazo.





LAMENTACIÓN DE DIDO
Rosario Castellanos

Guardiana de las tumbas; botín para mi hermano, el de la corva garra de gavilán;
nave de airosas velas, nave graciosa, sacrificada al rayo de las tempestades;
mujer que asienta por primera vez la planta del pie en tierras desoladas
y es más tarde nodriza de naciones, nodriza que amamanta con leche de sabiduría y de consejo;
mujer siempre, y hasta el fin, que con el mismo pie de la
sagrada peregrinación
sube —arrastrando la oscura cauda de su memoria—
hasta la pira alzada del suicidio.

Tal es el relato de mis hechos. Dido mi nombre. Destinos
como el mío se han pronunciado desde la Antigüedad con palabras hermosas y nobilísimas.
Mi cifra se grabó en la corteza del árbol enorme de las tradiciones.
Y cada primavera, cuando el árbol retoña,
es mi espíritu, no el viento sin historia, es mi espíritu el que estremece y el que hace cantar su follaje.

Y para renacer, año con año,
escojo entre los apóstrofes que me coronan, para que resplandezca con un resplandor único,
éste, que me da cierto parentesco con las playas:
Dido, la abandonada, la que puso su corazón bajo el hachazo de un adiós tremendo.

Yo era lo que fui: mujer de investidura desproporcionada con la flaqueza de su ánimo.
Y, sentada a la sombra de un solio inmerecido,
temblé bajo la púrpura igual que el agua tiembla bajo el légamo.
Y para obedecer mandatos cuya incomprensibilidad me sobrepasa recorrí las baldosas de los pórticos con la balanza de la justicia entre mis manos
y pesé las acciones y declaré mi consentimiento para algunas —las más graves—.

Esto era en el día. Durante la noche no lo copa del festín, no la alegría de la serenata, no el sueño deleitoso.
Sino los ojos acechando en la oscuridad, la inteligencia batiendo la selva intrincada de los textos
para cobrar la presa que huye entre las páginas.
Y mis oídos, habituados a la ardua polémica de los mentores,
llegaron a ser hábiles para distinguir el robusto sonido del oro
del estrépito estéril con que entrechocan los guijarros.

De mi madre, que no desdeñó mis manos y que me las ungió desde el amanecer con la destreza,
heredé oficios varios; cardadora de lana, escogedora del fruto que ilustra la estación y su clima,
despabiladora de lámparas.

Así pues tomé la rienda de mis días: potros domados, conocedores del camino, reconocedores de la querencia.
Así pues ocupé mi sitio en la asamblea de los mayores.
Y a la hora de la partición comí apaciblemente el pan que habían amasado mis deudos.
Y con frecuencia sentí deshacerse entre mi boca el grano de sal de un acontecimiento dichoso.

Pero no dilapidé mi lealtad. La atesoraba para el tiempo de las lamentaciones,
para cuando los cuervos aletean encima de los tejados y mancillan la transparencia del cielo con su graznido fúnebre;
para cuando la desgracia entra por la puerta principal de las mansiones
y se la recibe con el mismo respeto que a una reina.

De este modo transcurrió mi mocedad: en el cumplimiento de las menudas tareas domésticas; en la celebración de los ritos cotidianos; en la asistencia a los solemnes acontecimientos civiles.

Y yo dormía, reclinando mi cabeza sobre una almohada de confianza.
Así la llanura, dilatándose, puede creer en la benevolencia de su sino,
porque ignora que la extensión no es más que la pista donde corre, como un atleta vencedor,
enrojecido por el heroísmo supremo de su esfuerzo, la llama del incendio.
Y el incendio vino a mí, la predación, la ruina, el exterminio
¡y no he dicho el amor!, en figura de náufrago.

Esto que el mar rechaza, dije, es mío.
Y ante él me adorné de la misericordia como del brazalete de más precio.
Yo te conjuro, si oyes a que respondas: ¿quién esquivó la adversidad alguna vez? ¿Y quién tuvo a desdoro llamarle huésped suya y preparar la sala del convite?
Quien lo hizo no es mi igual. Mi lenguaje se entronca con el de los inmoladores de sí mismos.

El cuchillo bajo el que se quebró mi cerviz era un hombre llamado Eneas.
Aquel Eneas, aquel, piadoso con los suyos solamente;
acogido a la fortaleza de muros extranjeros; astuto, con astucias de bestia perseguida;
invocador de númenes favorables; hermoso narrador de infortunios y hombre de paso; hombre con el corazón puesto en el futuro.
La mujer es la que permanece; rama de sauce que llora en las orillas de los ríos.

Y yo amé a aquel Eneas, a aquel hombre de promesa jurada ante otros dioses.

Lo amé con mi ceguera de raíz, con mi soterramiento de raíz, con mi lenta fidelidad de raíz.

No, no era la juventud. Era su mirada lo que así me cubría de florecimientos repentinos. Entonces yo fui capaz de poner la palma de mi mano, en signo de alianza, sobre la frente de la tierra. Y vi acercarse a mí, amistadas, las especies hostiles. Y vi también reducirse a número los astros. Y oí que el mundo tocaba su flauta de pastor.

Pero esto no era suficiente. Y yo cubrí mi rostro con la máscara nocturna del amante.
Ah, los que aman apuran tósigos mortales. Y el veneno enardeciendo su sangre, nublando sus ojos, trastornando su juicio, los conduce a cometer actos desatentados; a menospreciar aquello que tuvieron en más estima; a hacer escarnio de su túnica y a arrojar su fama como pasto para que hocen los cerdos.
Así, aconsejada de mis enemigos, di pábulo al deseo y maquiné satisfacciones ilícitas y tejí un espeso manto de hipocresía para cubrirlas.

Pero nada permanece oculto a la venganza. La tempestad presidió nuestro ayuntamiento; la reprobación fue el eco de nuestras decisiones.

Mirad, aquí y allá, esparcidos, los instrumentos de la labor. Mirad el ceño del deber defraudado. Porque la molicie nos había reblandecido los tuétanos.
Y convertida en antorcha yo no supe iluminar más que el desastre.

Pero el hombre está sujeto durante un plazo menor a la embriaguez.
Lúcido nuevamente, apenas salpicado por la sangre de la víctima,
Eneas partió.

Nada detiene al viento. ¡Cómo iba a detenerlo la rama de sauce que llora en las orillas de los ríos!

En vano, en vano fue correr, destrenzada y frenética, sobre las arenas humeantes de la playa.

Rasgué mi corazón y echó a volar una bandada de palomas negras. Y hasta el anochecer permanecí, incólume como un acantilado, bajo el brutal abalanzamiento de las olas.

He aquí que al volver ya no me reconozco. Llego a mi casa y la encuentro arrasada por las furias. Ando por los caminos sin más vestidura para cubrirme que el velo arrebatado a la vergüenza; sin otro cíngulo que el de la desesperación para apretar mis sienes. Y, monótona zumbadora, la demencia me persigue con su aguijón de tábano.

Mis amigos me miran al través de sus lágrimas; mis deudos vuelven el rostro hacia otra parte. Porque la desgracia es espectáculo que algunos no deben contemplar.

Ah, sería preferible morir. Pero yo sé que para mí no hay muerte.

Porque el dolor —¿y qué otra cosa soy más que dolor?— me ha hecho eterna.



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