domingo, 30 de julio de 2017

NAHUALLI


NAHUALLI
-Novela de Miguel Sánchez-

El Instituto Estatal de la Cultura del Estado de Guanajuato creó a partir del 2015, el Fondo para las Letras Guanajuato. Creó seminarios de novela, cuento y poesía. En su primera generación, el seminario de novela estuvo dirigido por el escritor Eusebio Ruvalcaba y tuvo una duración de diez meses. Participaron veintiún escritores del estado, provenientes principalmente de los municipios de León, Guanajuato y Celaya. Al finalizar el seminario, cada autor presentó el trabajo que hizo a lo largo del tiempo de tutoría para ser considerado como material publicable. Editorial la Rana consideró que la novela Nahualli de Miguel Sánchez, integrante del taller literario Diezmo de Palabras, que sesiona en la Casa de la Cultura de Celaya, tenía los merecimientos suficientes para ser publicada. Es la primera novela que se publica bajo este nuevo sistema de selección.
Nahualli es del género fantástico, está plagada de aventuras, es para público tanto juvenil como adulto. Es una novela que rescata la creencia mesoamericana del nagual, que es un ser sobrenatural o un brujo que ha poseído el cuerpo de un animal salvaje, además hay referencias a los dioses mexicas y algunos de sus personajes tienen nombre náhuatl.
En plena revolución mexicana, en el sureste del país, unas bolas de fuego aparecen volando sobre los cerros. Durante este fenómeno los animales comienzan a tener un comportamiento extraño y agresivo. El chamán del pueblo considera que se están presentando las señales del Chulel y que vendrán tiempos muy peligrosos. Después aparecen naguales dispuestos a depredar a los pueblos. A través de las páginas acompañamos a los personajes de raigambre indígena en sus aventuras huyendo de ellos y enfrentándolos. Algunos se ven separados de sus familias y entre tanto peligro harán todo por reunirse con sus seres queridos, mientras otros irán hacia Mictlán, que es el lugar de los muertos, para hacerles una ofrenda a los dioses con la finalidad de que los protejan de los naguales. “Somos partícipes de una trama de acción, misterio y terror, en una historia que conjuga igualmente la magia de los arcanos, la voluntad de lucha y la carrera contra el tiempo” escribe Aleqs Garrigóz para la contraportada del libro.  


NAHUALLI
Miguel Sánchez
(Fragmento)

Ohtonqui abrió los ojos. A través de la maleza que lo cubría vio la luna. Se había acostado cuando declinaba la tarde. Se sentía repuesto. El fresco de la noche lo alentaba a mover las piernas. Aliado con las sombras caminaba con seguridad por una llanura. El aire soplaba, al sentir la tierra en sus fosas nasales inclinó la cabeza. Metió la diestra en su morral, agarró un recipiente de barro, lo agitó. Una sonrisa se delineó en su rostro al comprobar que todavía contaba con algo de líquido. Escuchó una voz masculina:
—Muchacho.
Ohtonqui volteó con celeridad descolgando su arco. A unos metros de él vio a un hombre. Llevaba sombrero. Bajo su gabán se distinguía pantalón y camisa de manta. El individuo dio un paso, con la mano derecha  arrastró algo.
—Los tiempos no están para andar solo en estos caminos de Dios –dijo el desconocido.
Ohtonqui miró atrás del hombre, no vio a nadie más. Volvió a colgar el arco en su hombro. El individuo dio otro paso con mucha lentitud. Intentó mover el bulto con su mano derecha, no le fue posible. Sólo con las dos manos consiguió arrastrarlo un poco. Ohtonqui se le acercó. Se acentuaban las arrugas del desconocido por el esfuerzo. Ohtonqui levantó el bulto, lo cubría  una sábana atada en sus cuatro esquinas Se lo colocó en el hombro. Frunció las cejas al comprobar que no era tan pesado. Después miró al sujeto de rostro cansado, sus mejillas las cubría una barba blanca.
Avanzaron. Otilio con la mirada baja. El viento persistía, levantaba la tierra.
—Yo soy Gaspar Curtidor –se presentó el anciano– ya no me resulta tan sencillo caminar. A través del tiempo las décadas se acumulan en las rodillas. Cada vez me cuesta más trabajo dar un paso, la tierra parece que me jala. ¡Qué le vamos a hacer! Polvo somos y en polvo nos convertiremos.
El viejo levantó la cara y observó el cielo.
—Pero no camines tan rápido muchacho –continuó el desconocido– tenemos todo el tiempo por delante. Yo nací en Chamula. Crecí entre cerros y mírame entre montes sigo.
La voz del anciano era clara, sus palabras fluían firmes como el afluente de un río.
—¿Cómo te llamas?
—Ohtonqui –respondió mientras se cubría la boca con ambas manos.
—Eres muy joven, muchacho. Hay muchas cosas que no has visto, que jamás verás. A mí con los años se me ha afilado el instinto. La vida ya no me hace pendejo. Se distinguir una calamidad aunque venga disfrazada de algo venturoso. Esto que le llaman experiencia no se consigue gratis, muchacho. El buen juicio se logra mientras se te arquea la espalda, la vista se te cansa y los huesos se te debilitan –el anciano miró hacia el cielo– hay que estar todo el tiempo alerta.
Ohtonqui se tapaba los ojos con las manos y miraba al viejo. No entendía cómo podía hablar entre esa ventisca. La tierra le impedía verle con claridad la cara al hombre.
—El que la tierra entre a tus ojos es un mal menor –continuó el viejo– cuidado con las luces, muchacho. Esas ruedas de fuego son el verdadero peligro. Mientras se desplazan en las alturas escupen su maldición. Si no quieres terminar convertido en una bestia carnívora debes mantenerte alejado de esas luces. Debes creerme, muchacho.
—Tomaré en cuenta sus palabras, gracias, cof, cof... He visto tantas cosas raras en los últimos días que ya todo me resulta posible, cof, cof, cof.
—Tras esa hilera de montañas –el anciano señaló hacia el frente– se encuentra mi casa. Mi adorado pedacito de tierra donde aguardan mi llegada mi mujer, un hijo, mi nuera y tres nietecitos.
Ohtonqui levantó la vista, pero no pudo ver nada entre la obscuridad plagada de tierra.
—Algo se mece en ese árbol –dijo el viejo– sin duda es un ahorcado. No recuerdo una temporada de sosiego en estas tierras. Todo el tiempo nos estamos matando porque el mundo no gira a nuestro antojo. ¿Has combatido en alguna batalla?
—No.
—En el ejército antes de enseñar a los soldados a disparar un arma, les endurecen el corazón. Nunca hay lágrimas suficientes para que se los ablanden. Yo le pedía al coronel con las manos muy pegaditas al pecho que me dejara ir. Mi familia me esperaba. Me comía las lágrimas mientras suplicaba. Pero el coronel me miró como se mira a un puerco antes de mandarlo con el carnicero. Escupió al suelo y dio la orden de que me colgaran.
Ohtonqui tragó saliva y volteó a ver a su acompañante en el momento en que éste miraba al cielo con detenimiento.
—Me pasaron tantas cosas por la cabeza en ese momento –agregó el anciano.
—Yo nunca he visto a la muerte tan de cerquita. No sé cómo reaccionaría ante algo así.
—¡Es terrible! Pensé que nunca volvería a ver mi casa. Hace tanto tiempo de eso. Apenas puedo creer que esté tan cerca.
—¿Ha combatido, cof, cof, en esta revolución? –preguntó Ohtonqui cambiándose el bulto al hombro donde llevaba su arco.
—Esta guerra, la de hace 20 años, la de hace 30 o la de hace 100 quizá sea la misma. Quizá no deberíamos contar el tiempo con años y décadas. Tal vez fuera mejor hacerlo con batallas y guerras, también son cíclicas y nuestras ambiciones eternas… Yo tenía mis convicciones, mis creencias, por eso me enrolé con la disidencia, pero tal vez fue porque la vejez me había llenado de telarañas el entendimiento y no supe lo que hacía.
Caminaron cerca de tres horas. El viento fue amainando. De trecho en trecho Ohtonqui miraba a su acompañante a la cara. Quería comprobar que la voz que escuchaba en verdad salía de su boca. Por momentos tenía la impresión de que ese fluir de oraciones las traía el vientos de un lugar lejano.
Llegaron a una loma. Al comenzar el ascenso Ohtonqui sintió una mano fría posarse en su brazo izquierdo, en el momento en que el anciano trastabilló.
—Ayúdame, muchacho, mis piernas ya no responden en estos terrenos tan desiguales.
Mientras subían, la sensación de frío en el brazo de Ohtonqui se intensificó.
—¡Ahí está mi casa! –dijo el viejo cuando estuvieron en lo más alto de la loma.
El anciano soltó a Ohtonqui. Debajo de su gabán sacó una cajita de mimbre, se la entregó.
—Para ti. Gracias por todo.
Ohtonqui vio su contenido y guardó la caja en su morral. El viejo  comenzó a descender. Abajo se veía las siluetas de unos muros. A pesar de que Ohtonqui descendía con rapidez, veía la espalda del viejo alejarse, como si se tratara de ropas que se las lleva un fuerte viento.
—Después de tantos años vuelvo a estar aquí –dijo el anciano e ingresó a la vivienda.
La casa no tenía puerta. Al entrar Ohtonqui pudo ver algunas estrellas por los varios agujeros que tenía el techo de la habitación, a falta de algunas tejas. Había una mesa y dos sillas. Ohtonqui pasó el dedo pulgar sobre la superficie de la mesa. Su dedo quedó negro. Igualmente las sillas presentaban una capa de polvo. En una esquina se hallaba un trastero con algunas vasijas de barro, cubierto todo con telarañas. El anciano no estaba.
—Gracias, muchacho. Sin ti nunca hubiera llegado.
Ohtonqui pasó a la siguiente habitación. Tuvo que agacharse porque los maderos que sostenían el techo se habían venido abajo. Andando entre los escombros volvió a escuchar a su acompañante:
—Estoy otra vez con los míos gracias a ti.
Ohtonqui salió de ese cuarto derruido. Llegó a los corrales. Estaban vacíos. No veía por ningún lado al anciano. El viento se había convertido en una leve brisa que le acariciaba el rostro. Dio una vuelta completa a la casa. Sus escrutadores ojos no podían localizar al viejo, sin embargo volvió a oír su voz. Eran como palabras que las hubiera traído el viento de un lugar lejano:
—Gracias por traerme, muchacho.
Ohtonqui bajó al suelo el bulto que le había dejado su acompañante. Lo desató. Quedó al descubierto un cráneo entre varios huesos humanos.


Miguel Sánchez Martínez (15 de diciembre de 1971, Cortazar, Guanajuato). Entre los talleres en los que ha participado se cuentan el de poesía impartido por Ricardo Yáñez, en la Casa de la Cultura de Celaya (Septiembre de 1994-agosto de 1995); Umbela, a cargo de Félix Meza, en la Casa del Diezmo de Celaya (septiembre de 1996-agosto de 1998); Taller literario Jorge Ibargoengoitia, a cargo de Javier Macías en la Casa del Diezmo de Celaya (septiembre de 2000-agosto de 2003); Taller literario Cortazar, impartido por Armando Gómez Villalpando. En el Centro Cultural Cortazar (julio-septiembre de 2011) además el Taller Literario Diezmo de Palabras, fundado por Herminio Martínez y coordinado por Julio Edgar Méndez (enero de 2011- julio de 2017), en la Casa de la cultura de Celaya.

Entre sus publicaciones, ha participado en las antologías: Descontar el hambre (Chile, FAO, 2010) y El oro de los trigos (Casa de la Cultura de Celaya, 2011). Publicó El libro de los terrores (12 Editorial) en 2015. 


*Texto publicado en El Sol del Bajío, Celaya, Gto. 

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