domingo, 30 de abril de 2017

CUENTOS PARA CONTAR SIN APAGAR LA LUZ


CUENTOS PARA CONTAR SIN APAGAR LA LUZ
-Literatura infantil-

“El mejor medio para hacer buenos a los niños es hacerlos felices.”
Oscar Wilde  (1854-1900) Dramaturgo y novelista irlandés

“¿Cómo es que, siendo tan inteligentes los niños, son tan estúpidos la mayor parte de los hombres? Debe ser fruto de la educación.”
Alejandro Dumas  (1803-1870) Escritor francés


Querido lector, si tienes hijos, sobrinos, nietos o amigos que aún son niños, te pido de favor que les permitas a ellos leer esta presentación o tú la leas si es que ellos aún no lo hacen. Comienza justo en este momento... aquí abajito:

            ¿Te gustan los cuentos de miedo? A mí sí. Cuando yo era pequeño, un grupo de chicos nos juntábamos a contar historias de terror. Me preparaba un taco con azúcar y chocolate en polvo y me sentaba al lado de alguien más grande para sentirme más seguro por si acaso me asustaba. Se apagaban las luces y ponían una vela en medio del piso. La luz que nos pegaba en la cara nos daba un efecto de fantasmas. Si alguna vez lo has hecho sabes a lo que me refiero, pero si aún no lo haces inténtalo, te aseguro que te vas a reír, a menos que salgas corriendo del puro susto.
            Aquí tienes dos pequeños cuentos que puedes leer o alguien te los puede contar sobre dos personajes que seguro conoces: La llorona y el Coco o “Booggeyman”. Uno lo escribí yo y el otro mi hija. Espero que te diviertas... Pero si los lees en la noche, no apagues la luz. Vale.


LA LLORONA DEL PARQUE XOCHIPILLI
Julio Edgar Méndez

Ya todos sabían que, por las noches, la llorona paseaba dentro del parque Xochipilli de Celaya. Se escuchaba un llanto de niña chiquita, un llanto quedito que el aire llevaba por todos lados. De pronto se escuchaba  por el lago y de pronto se oía pegado a la barda. A veces se oía que daba vueltas a todo el parque. Hasta ahora nadie sabía de dónde salía ni por qué. Sólo sabían que era un llanto que daba miedo, pero a veces daba mucha tristeza. Todos los que iban a hacer ejercicio por las mañanas no escuchaban ese llanto. Durante el día no había ruidos, el parque se llenaba de luz y muchos niños y sus familias se divertían de lo mejor jugando a muchas cosas. Corrían entre los árboles, se escondían de sus amigos, visitaban a las avestruces, que tienen cara de chiste. Y así, todos los días lo mismo. Pero en la noche, otra vez ese llanto. Eran tantas las personas que escuchaban a la llorona, que los encargados del parque comenzaron a buscar por todo el lugar a ver si había alguien haciendo bromas. Pero no encontraron nada raro. El llanto seguía surgiendo por todos lados del Xochipilli y ya las personas comenzaban a formar grupos de búsqueda. Pidieron permiso para traer a un especialista en fantasmas y así fue como llegué a la ciudad de Celaya.
            Mi papá se ha dedicado a buscar fantasmas durante muchos años. Todo empezó porque un día, cuando yo aún no nacía, mi papá vio un barco flotando en el aire. Del barco bajaron muchas personas transparentes. Eran piratas, algunos con pata de palo, otros con parches en el ojo, uno con un garfio en lugar de mano, piratas, ya sabes, de los de las películas. Pero eso no fue lo importante, sino que le dieron a mi asustado papá una libretita. El tipo de escritura era desconocida, y le dijeron que ahí estaba el secreto para encontrar un gran tesoro. Los piratas no volvieron al barco, siguieron caminando a través del cuerpo de mi papá y luego desaparecieron. Hasta la fecha, mi padre sigue buscando el tesoro. Se ha hecho tan famoso por encontrar fantasmas en cualquier lugar, que ahora lo buscan y le pagan muy bien por cazar a estos espíritus y hacerlos volver a donde sea que viven los fantasmas, o sea, no sabemos a dónde se van, pero ya no molestan a nadie.
            Cuando llegamos a Celaya, nos recibió un grupo de personas en la Central de Autobuses. Mi papá y mi mamá saludaron a todos y luego de tomarse unas cuantas fotos, nos llevaron a un hotel justo enfrente del Parque Xochipilli. Nos contaron la historia del llanto que todos escuchaban, pero nadie había podido encontrar nada raro, ni habían visto un solo fantasma.
            Esa noche, mi papá me dejó acompañarlo porque le prometí no asustarme. Yo ya he visto fantasmas, así que no me espanto fácilmente. Pero por si las dudas, me llevé mi lámpara anti-fantasmas que mi papá me regaló cuando cumplí siete años. Ahora ya tengo diez y soy toda una experta en cosas raras.
            El parque estaba iluminado, pero muchas zonas quedaban en completa oscuridad. El señor velador, que se llama Herminio, nos guió por todos lados. Había patos y otros animalitos dormidos. ¿Soñarán los patos? De pronto, escuchamos un llanto quedito. El viento traía el sonido y no logramos ubicar de qué parte venía. Pero sí era un llanto. Se escuchaba como de una niña chiquita. Mi papá instaló un aparato que capta imágenes y sonidos muy bajitos y los amplifica en unos audífonos especiales. Se puso a escuchar y puso cara de sorpresa. "¡Es una niña muy chiquita!". Dijo. "Dice algo como -mami, mami. Y luego llora -cuñá, cuñá, bua, bua. Debemos localizarla porque a lo mejor la dejaron abandonada y se puede morir de hambre".
            Inmediatamente llamaron a los policías, que hacen ronda por las noches en esa zona, y todos se pusieron a buscar lugares ocultos. Mi papá les dijo que buscaran incluso dentro de las jaulas y casitas de los animales. Toda la noche trabajaron y no hallaron nada. Mi papá empezó a estar molesto porque no entendía lo que pasaba. "No es un fantasma", dijo. "Pero no sé qué es. Se escucha a veces en un punto y luego en otro, como si caminara".
            Al otro día, temprano, los encargados del Xochipilli pidieron a mi papá un informe y él les dijo que eso no era un fantasma. Mejor que la policía trajera perros y un grupo de rescate porque él creía que era una niñita atrapada en algún lugar muy escondido y a la mejor ya se la estaban comiendo las ratas. Tal vez se la comían de a poquito y por eso todavía estaba viva, pero la arrastraban de un lugar a otro porque sólo así se explicaba el hecho de que sonara su llanto en un lado y de pronto ya estaba en otro sitio.
            Rápidamente llegaron policías, bomberos y ambulancias de la Cruz Roja. Todos se pusieron a buscar a la niñita. Yo también. Le dimos otra vez vuelta a todo el parque. Algunos hombres se metieron al lago. Nada. Ni siquiera se escuchaba el llanto ahora. Pronto comenzó a oscurecer y ahora iba a ser más difícil encontrar algo. Trajeron unas lámparas grandotas y siguieron trabajando. En eso, mi papá dio un grito. Había estado escuchando con sus audífonos especiales y escuchó otra vez el llanto: "Mami, mami, buá, buá, cuñá, cuñá". Todos se pusieron como locos porque no veían nada. Pero ahora mi papi pudo localizar el lugar. Les indicó a todos que iluminaran cerca de la reja de las avestruces y hacia allá fueron las luces. Paso a paso y en una sola línea, todos empezamos a caminar hacia la malla de alambre. Ahora ya escuchábamos el llanto también nosotros. "Mami, mami, buá, buá, cuñá, cuñá". ¡Pobre niña!, estaba sufriendo. En eso, ¡escuché el llanto detrás de mí! Voltee rápido y ¡no había nadie! Pero estaba segura de que el llanto estaba detrás de mí. Un bombero también lo escuchó y con una lámpara muy grande iluminó el sitio. ¡Nada!, pero el llanto seguía ahí: "Mami, mami, buá, buá, cuñá, cuñá". Miré entonces hacia abajo y apenas alcancé a ver un brillito entre el pasto. Me agaché y del ¡brillito salía el sonido! ¡Era una cajita de plástico! Una cajita de esas, que usan pilas que se cargan con la luz del sol, de las que tienen adentro las muñequitas lloronas.



Booggeyman
Estrella Méndez M.

Esa noche no podía dormir. Se daba vueltas y vueltas en la cama intentando encontrar un punto cómodo, pero algo le inquietaba, su mente no dejaba de trabajar e imaginar figuras de manos enormes y tenebrosas en cada sombra. Sabía que no había nada, pero aun así su corazón se aceleraba ante cada sonido que le llegaba, por más mínimo que fuera.
            Debía de ser la combinación de dulces y películas de miedo que sus padres le habían advertido no era bueno mezclar en la noche, pero no podía evitarlo, así pasara más tiempo cubriéndose los ojos y los oídos que realmente viendo la película, le encantaba esa sensación de miedo que le provocaban. A sus 12 años ya se consideraba un amante de películas de terror.
            Todos los años, desde que tenía memoria, en Día de muertos se sentaban en la sala de televisión a ver varias películas, su madre y padre podían intentar convencerlo de ver solo películas bonitas, y de esas de caricatura, pero él siempre se las arreglaba para rentar alguna de miedo, de esas con mucha sangre y tripas volando. Su padre solo reía divertido de cómo su madre se cubría los ojos y se escondía contra él o pegaba gritos cuando las veían. Pero Fernandito no se refugiaba en brazos de nadie, ni de su padre ni su madre, pero sí se cubría los ojos. Aun así le encantaban.
            El problema venia luego de verlas, en las noches, siempre sentía a alguien observándole, sonriendo burlonamente desde las sombras, esperando a que se durmiera para atraparle. Era una tontería y Fer lo sabía, aun así no podía evitar esa sensación y, como de costumbre, esa noche se encontraba con los ojos bien abiertos fijos en la esquina en tinieblas de su habitación. Estaba seguro de que podía distinguir una silueta en esas sombras, alguien apoyado contra la pared sonriendo, mirándole, burlándose de él. Eso le irritaba bastante. Aunque sentía miedo, sentía aun más molestia y tenía ganas de pararse y enfrentarse a aquello.
            Por otro lado, seguía teniendo 12 años y era naturalmente algo cobarde, y prefería quedarse en su cama a salvo, temblando ligeramente de miedo.
            “Vamos, vamos, no es nada, duérmete ya” se ordenó a si mismo esperando a que su cuerpo obedeciera y cerrara los ojos para dormir, pero apenas parpadeó, percibió el sonido de las tablas de su cuarto crujir bajo el peso de alguien y los abrió rápidamente. Miró alrededor, nada, todo en silencio y aun esa oscuridad invadiendo gran parte de su cuarto.
            Fer se lamió los labios nerviosos, y miró de reojo la lámpara de su buró, el interruptor se encontraba cerca, podría prenderla y ver que no había nada ahí, eso le calmaría.
            “Solo es cosa de estirar el brazo” pensó nerviosamente, pero no encontró valor para sacar el brazo oculto debajo de la seguridad de las cobijas. “No seas niña”, se regañó y comenzó a moverse un poco para acercarse al buró, se estremeció cuando creyó ver moverse algo entre las sombras, inmovilizándolo en el acto como a un conejo bajo la luz de los faros de un auto.
            Su respiración se volvió casi inexistente. Intentó escuchar algo más que su corazón latiendo desbocado y el castañeo de sus dientes. Miró rápidamente hacia el interruptor y luego hacia las sombras, con un movimiento rápido se estiró y le dio un golpe al botón de la lámpara prendiéndola, la luz le cegó por un momento haciéndole parpadear rápidamente.
            Finalmente pudo dirigir su mirada hacia la esquina ahora iluminada. No había nada, ni nadie, sintió un alivio inundándolo por completo haciéndole soltar un suspiro; “ya ves, no era nada”, se dijo satisfecho, acostándose de nuevo en la cama y apagó la lámpara.
           
            Sintió un escalofrío recorrer su cuerpo al sentir a alguien justo detrás de él, sobre la cama, y un aliento cálido golpeándole la oreja, se volvió lentamente sintiendo cómo temblaba su cuerpo, topándose con un par de ojos brillantes y una sonrisa grande y macabra en una figura hecha de sombras, dientes afilados y brillantes, que a la luz de la luna comenzó a colarse por la ventana.



*Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.


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