domingo, 2 de abril de 2017

ATRAPADOS POR ARTURO GRIMALDO


ATRAPADOS POR ARTURO GRIMALDO

Toda historia comienza por un principio. El escritor sabe que las primeras líneas son fundamentales para atrapar al lector. Herminio Martínez, nuestro maestro y escritor incomparable, solía decir: “Las primeras líneas vienen de Dios, las siguientes de la experiencia”. En los cuentos de Arturo Grimaldo el inicio nos atrapa. “Lo único que podía encender el pequeño Nati en aquella fría y oscura noche de Navidad, era la llama de la fe; porque en su casa no había para luces, regalos, ni esferas”. Cada una de las historias del nuevo libro de Arturo, CuentaLee,  se abre ante nosotros con sencillez, con un lenguaje directo, bello, a veces erudito, otras veces paternal, como Arturo. Su amplia experiencia como docente comprometido se revela en cada frase. En sus textos encontramos fábulas, historias de terror, un uso adecuado de la parábola y la paráfrasis, humor implícito o directo. La voz de Arturo es de quien ha encontrado el camino y lo sigue consciente de que cada día se puede mejorar sobre el mismo. Utiliza a los personajes para enviar un mensaje al lector. Éste puedes ser tú. Incluso cuando recurre a las fábulas con animales, los humaniza y nos muestra los valores universales propositivos, otro de los grandes méritos de su narrativa.
            La obra de Arturo es recomendable para cualquier edad, en cualquier momento. “Creí que nunca se iría de mi lado y tuvo que volar al infinito para seguir llenando de consuelo a corazones abatidos”, nos dice en Héroe mortal. Incluso cuando el terror es el género, o el leivmotiv un asustado protagonista que no acierta a ser tan malo como aparenta, el autor no pierde la oportunidad de proponer al lector que profundice en los personajes. Nadie es tan malo o bueno como parece. Igual que en la vida real. Y en este afán de mostrar en lugar de decir, yo tampoco quiero tomar más de su tiempo y los dejo para que disfruten la narrativa de Arturo Grimaldo, quien nos atrapa con sus historias. El siguiente cuento es parte de su libro CuentaLee, sueños y reflexiones; su narrativa es fluida, lineal y con un finísimo sentido del humor. Vale.
Julio Edgar Méndez



VUELO TORMENTOSO
Arturo Grimaldo Méndez

Don Anselmo Camarena estaba muy nervioso en el andén número nueve del Aeropuerto Internacional de Villa Bajío. Unos segundos antes se había anunciado a los pasajeros, con destino a los Estados Unidos, que deberían abordar el avión de la compañía Aero-Jet para despegar en media hora.
            Era la primera vez que viajaba en avión y los nervios comenzaron a traicionarlo. Su esposa Ofelia, en cambio, estaba un poco más tranquila, porque ya había vivido una  experiencia similar, cuando joven.
            Una maleta sin marca y medio vacía era todo el equipaje de cada uno. También  una pequeña mochila donde él llevaba sus cosas personales y un par de libros, era lo que le acompañaba. Mientras esperaban en el aeropuerto, escuchó las noticias del clima y vio las imágenes en la televisión, en donde indicaban que las condiciones atmosféricas para ese día no eran muy buenas. Eso contribuyó para que se incrementaran sus inquietudes.
            ─Espero que este aparato aguante todas las inclemencias de allá arriba y si no, que Dios me agarre confesado  −pensó−,   mientras subía la escalera de la aeronave.
            Una vez en el interior, y explicado a los pasajeros todo el protocolo de cómo actuar en caso de accidente por parte de las azafatas, el señor Camarena se acomodó en el asiento del lado a la ventanilla y justo en esa dirección, podía observar el ala del avión.
            El ruido de los motores y un leve movimiento, fueron los signos de alerta de que el despegue estaba por iniciar. Primero de manera lenta, luego mayor velocidad y por último, un desplazamiento muy rápido. Todo eso hacía ver que los objetos, las casas, los árboles y las personas, se alejaban muy de prisa de los pasajeros. El espectáculo se fue haciendo cada vez más emocionante, porque atrás quedó en miniatura todo lo que tenía raíces y  ahora, solo las nubes eran quienes brindaban su mejor color. Por un momento, pareció que el avión quedaba suspendido en el espacio y ya no fue posible calcular la velocidad, pues nada pasaba frente a la mirada expectante de los curiosos, que, como don Anselmo, iban viendo el exterior de la aeronave.
            Varios minutos después de iniciado el vuelo, don Anselmo preguntó:
            ─Oye, vieja ¿Qué aquí no darán nada de comer? Ya tengo hambre.
            ─Parece que no. Creo que todo te lo venden  −le respondió doña Ofelia.
            Sin importar que los demás pasajeros se le quedaran mirando con enfado, don Anselmo le gritó a una de las azafatas que acompañaban en el viaje.
            ─Señorita Zapata, ¿A qué hora nos van a dar de comer?
            ─Perdón, señor, pero todos los productos los ofrece la compañía de aviación a precios módicos. ¿Desea tomar algo?
            ─Pues claro que sí, deme una torta o unos tacos, o lo que caiga primero.
            ─Discúlpenos pero ya solo traemos refrescos, agua y galletas.
            ─¿Y cuánto cuesta cada cosa? –volvió a preguntar don Anselmo.
            ─Cuarenta y cinco pesos cualquier producto.
            ─¡Queeé!  si en mi rancho esas galletas cuestan seis pesos, señorita. Esto es un abuso. Muchas gracias, mejor me quedo así como estoy.
            Unos minutos después, su esposa le corregía  −para que en otro momento no se equivocara y la hiciera quedar mal ante los demás.
            ─Viejo, no se dice señorita Zapata, es Azafata.
            ─Sea como sea, de todas formas dan muy caras las galletas  −le dijo−; oye chaparra, a propósito, este avioncito va muy lento, ¿no? ya llevamos mucho tiempo de camino y no llegamos. Ni que el pueblo de Tijuana estuviera tan lejos. Yo traigo en mi reloj las ocho de la noche y todavía andamos en las nubes.
            ─No, viejito, recuerda que de México a Estados Unidos hay una diferencia de horario y como Tijuana es frontera, tiene el mismo horario que allá. Llegaremos a tiempo, no te preocupes.
            Y como si se tratara de un sueño, no bien se había acomodado para leer, dormir o lo que ocurriera primero, unas indicaciones por el altavoz del avión indicaban que en ese momento comenzaría el descenso de la aeronave.
            Ya en la sala de espera y de llegada, don Anselmo se mostraba inquieto y se dirigió a su esposa:
            ─Aquí me esperas, mientras voy a bajar las maletas del avión.
            ─No, viejito, tú no tienes qué bajar nada, ahorita nos las entregan en otra área. Llegarán solas, en una banda que las trae.
            ─¡Cómo que en una banda! ¿Qué es eso?. Yo tengo que ir por las maletas. ¿Qué tal que se las roban?
            ─No se las pueden robar, están marcadas y tienen nuestros nombres –le respondió su mujer.
            ─Pues yo no estoy muy convencido de eso, pero si tú lo dices…
            Unos minutos más tarde, las maletas de los pasajeros comenzaron a dar vueltas en la banda transportadora y don Anselmo, asombrado por aquel invento, tomó las de ambos. Se dirigieron a la salida del aeropuerto, donde los esperaba su sobrino, Rogelio, en una camioneta, para llevarlos a su casa.

            Después de los saludos y abrazos por la alegría que les ocasionaba que su tío estuviera de visita,  su sobrino y su esposa comenzaron un breve viaje de dos horas para llegar al domicilio.
            ─Han de tener hambre, tío, vamos a llevarlos a comer algo aquí en la frontera –les dijo su sobrino.
            ─Pos la mera verdad sí tenemos hambre, Roge. En el avión vendían puras galletas…
            Saciada el hambre tan agobiante, emprendieron el regreso al domicilio de los anfitriones y durante el mismo, don Anselmo casi no hablaba, iba “pegado” al cristal del automóvil mirando todo lo que podía, como asombrado por estar en tierra extraña. Todo era nuevo para él.
            ─Llegamos, tío. Esta es mi casa  −le dijo Rogelio.
            ─Qué bonita casa tienes, sobrino, te felicito por tu esfuerzo y dedicación para lograr tus sueños. Creo que ha valido la pena estar tantos años lejos de tu país, de tu familia y de tus amigos para conseguir esto.
            Una vez  instalados en la recámara asignada, se dispusieron a cenar y luego a descansar. Las sorpresas del día siguiente los esperaban. Por la mañana, un rico desayuno y la primera  impresión llegó.
            ─Tío, nos vemos más tarde, se quedan en su casa. Mi mujer y yo nos vamos a trabajar.
            ─¿Cómo está eso? ¿Y qué vamos a hacer aquí encerrados mi mujer y yo? ¿Qué no vamos a platicar, a convivir, a tomarnos unas cervecitas bien frías, como allá en el rancho?
            ─Será por la tarde, o en la noche, cuando regresemos, tío.
            Sus familiares se fueron a toda prisa para llegar a tiempo al trabajo. Luego de unas horas, don Anselmo ya estaba un poco fastidiado y daba vueltas en la sala, como mapache en cautiverio.  Se salía al jardín, prendía y apagaba la televisión y nada calmaba sus nervios. Intentó leer, pero hasta las letras le sabían desabridas en un país donde el tiempo es oro, en donde la rapidez para hacer las cosas, para desplazarte de un lugar a otro, es el pan de todos los días; También la poca convivencia con las personas ajenas era común entre todos.
            El condado donde vivía su sobrino le pareció muy bonito, y sin saber que no era el Rancho “El Tepozán”, sino el Estado de California, donde se encontraba, al día siguiente, salió a la calle a dar un paseo.
            ─Gud mornin  −le dijo a una “güera”.
            ─Good morning  −le contestó amablemente la señora.
            ─Yu spic inlish?
            ─Yes, of course. What do you need?
            ─I not onderstan. Yo espic spanish. Tenkius  −le dijo−,   intentando darse a entender con la señora que amablemente le preguntaba si podía ayudarle o necesitaba algo.
            Sin más, dio la media vuelta y se alejó un poco apenado por no poder continuar con la plática. Regresó a la casa de su sobrino con dificultad, pues la distancia que había recorrido era considerable. Luego de varios minutos reconoció la fachada del domicilio de sus familiares.
            ─¿Dónde andabas viejo? me tenías con preocupación −le dijo su mujer.
            ─Salí a buscar trabajo por aquí cerca, pero no me dieron porque dicen que mi inglés no es muy bueno −le contestó a doña Ofelia.
            ─¡Qué trabajo, ni qué trabajo! vinimos a conocer los Estados Unidos y a descansar unos días, no a trabajar  −volvió a decir ella.
            ─Pues será el sereno, pero yo después de estos cinco días ya me siento muy aburrido y me quiero regresar a México, a mi rancho, viejita.
            ─No seas tan desesperado, Anselmo, mira que tu sobrino nos va a llevar el fin de semana a conocer el centro de la ciudad de los Ángeles, a la calle esa tan conocida donde están las estrellas de los artistas y personajes más famosos del mundo.
            ─Bueno, pues que sea lo último que hacemos aquí porque yo extraño mucho el rancho, las vacas y la parcela.
            Llegado el fin de semana, puestos sus huaraches nuevos,  bermudas hawaianas, lentes oscuros y su cámara fotográfica en mano, se dispusieron a conocer la Avenida de las Estrellas y cuanto lugar atractivo se les atravesara. Quedaron encantados, pero muy pronto se les borró la sonrisa, cuando recordaron que al día siguiente, luego de cinco días de estancia entre gringos y mexicanos, tendrían qué regresar a su patria.
            ─Pero una cosa sí te digo, viejita. Yo en avión no me regreso. Prefiero devolverme en camión. Ese avioncito en el que nos vinimos por poco y deja mi columna sin movimiento.
            ─Pero viejo, en camión haremos como dos días de camino. 
            ─No importa. Yo no me subo más a ese pájaro de fierro.
            Y no pudiéndolo convencer de las grandes distancias y de un viaje tan largo por carretera, don Anselmo y su señora Ofelia emprendieron su regreso al rancho. Él, con los ojos cerrados y pensando en voz alta para sus adentros, se saboreaba la comida que ya lo esperaba en su casa.
            ─Hambuguesas, ¡Bah!...Un birote con frijoles y su chile en vinagre, qué. Pollo kentoqui,  mis polainas… mi caldo de gallina de rancho, cómo no. Ay sí, ay sí, pan blanco Woonder para  comer… yo quiero mis tortillas hechas a mano, vieja. Uy, uy, salsa barbiquiur. Ya sueño con mi chile de molcajete, como tú lo sabes hacer. Y qué tal sus papas, agua y galletas en el avión… Cómo extraño el itacate que me pones cuando voy en mi carro de mulas a la pastura. Esto es vida y no gringaderas, mi chula, ¿O no?

            Doña Ofelia ya no le respondió. El sueño y las emociones vividas un día antes, le habían vencido. Movía sus labios de manera extraña. Tal parecía que intentaba pronunciar correctamente la palabra H o ll y w o o d.


*Arturo nació en la Comunidad de la Esperanza, municipio de Dolores Hidalgo. Es el antepenúltimo de quince hijos. Estudió el bachillerato en el Seminario Diocesano de Celaya. Estudió  la  carrera de Licenciado en Administración de Empresas y posteriormente  cursó  una Maestría en Desarrollo Docente en la misma Universidad, ESCACE. Es miembro del Taller Literario Diezmo de Palabras y amante de la lectura. Ha publicado los libros: Mis dos amores, Flores del paraíso y CuentaLee, Sueños y reflexiones, antología de cuento corto.

**Todas las ilustraciones son obra de la artista celayense, Rosaura Tamayo, y fueron hechas expresamente para el libro CuentaLee, de Arturo Grimaldo. 

***Texto publicado en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.

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