SEGUÍA SU CUENTO LA FUENTE SERENA
Yo escucho los cantos de viejas cadencias
que los niños cantan cuando en corro juegan
y vierten en coro sus almas, que suenan,
cual vierten sus aguas las fuentes de piedra:
con monotonías de risas eternas,
que no son alegres, con lágrimas viejas
que no son amargas y dicen tristezas,
tristezas de amores de antiguas leyendas.
En los labios niños, las canciones llevan
confusa la historia y clara la pena;
como clara el agua lleva su conseja
de viejos amores que nunca se cuentan.
Jugando, a la sombra de una plaza vieja,
los niños cantaban...
La fuente de piedra vertía su eterno
cristal de leyenda.
Cantaban los niños canciones ingenuas,
de un algo que pasa y que nunca llega:
la historia confusa y clara la pena.
Seguía su cuento la fuente serena;
borrada la historia, contaba la pena.
Los
cantos de los niños, Antonio Machado.
Enero
es un mes de principios. Todo es cuesta arriba y adelante (cliché viejo y
manoseado ad nauseam pero válido). Los dos autores de quienes compartimos su
obra en este diezmo de palabras nos transportan a ese tiempo cuando todo era
principio, todo hacia arriba y con el futuro por delante. La niñez y sus
reminiscencias es un tema siempre fresco porque para todos es distinto. Dijo
Machado que la fuente serena sigue su cuento, tal como la vida. Un cuento que
fluye mientras tengamos algo para contar. Vale.
Julio
Edgar Méndez
EL
ZAPATO PARA LA CARTA A LOS REYES MAGOS
Enrique
R. Soriano Valencia y Leticia Soriano Álvaro
Para saber a dónde vas, hay que saber de dónde vienes…
(basado en un hecho real)
«La manera en que una persona toma las riendas de su
destino
es más determinante que el mismo destino.»
Karl
Wilhelm Von Humboldt
Doña
Severita reunió a sus cinco hijos frente a su cama.
—A
ver niños, escuchen, si hoy no vienen los Reyes Magos no se vayan a poner
tristes, recuerden que deben visitar muchas casas y en cada una dejar juguetes.
Si no pasan por aquí, no lo vean mal; sean compartidos. Otros niños los
necesitan más.
—No
se preocupe, ma’-dijo Cata, la mayor de los hijos-. Sabemos que los Reyes son
Magos, pero tienen sus límites y no siempre les alcanza el dinero para comprar
lo necesario.
—Además
-dijo Carmen, la segunda de las hermanas, que también tenía suficiente edad
para comprender la situación- si les llegan juguetes a otros niños es porque los
Reyes dan más a los que no reciben atención, así tienen algo para no extrañar a
sus padres. Aquí, nuestro pa’ y usted, siempre están con nosotros. Si los Reyes
Magos no dejan regalos, nosotros lo entendemos.
De
los ojos de doña Severita saltaron algunas lágrimas que intentó evitar. Pepe y
Luis, los menores de la casa, se miraron entre sí.
—No
llore ma’ -dijo tiernamente Lipa, la tercera hermana y tiró de los pequeños
para que todos juntos dieran un abrazo a su madre. Así permanecieron un tiempo
unidos, hasta que don José, el padre de los niños, los llamó para que le
ayudaran con los labores propias de la portería. El día avanzaba y había mucho
quehacer en la vecindad.
De
inmediato, las hijas salieron para barrer los patios y limpiar los baños
comunales; don José revisó los adornos que los vecinos colocaron para las
fiestas navideñas; Pepe y Luis, los pequeñitos de nueve y ocho años, limpiaban
paredes, regaban las plantas de la vecindad: macetones de pie y botes colgados
en las paredes.
Lejos
de sus hermanas mayores y de su padre, el pequeño Luis preguntó a su hermano:
—Pepe,
¿crees que no pasen por aquí los Reyes Magos?
—Pooos…
no sé -dijo mientras ayudaba a Luis a subir a un banco para regar una planta en
un tiesto de pared-. El año pasado lo mismo nos dijo ma’ y no nos trajeron
nada; pero al vecino, sí. A lo mejor se pasaron de largo porque no pusimos el
zapato.
—No
teníamos zapatos el año pasado, apenas nos los trajo el Niño Dios esta Navida’.
Luis
bajó y acercó el banco a otra maceta, Pepe resolvió encaramarse para echar agua
a otro bote colgado.
—¿Crees
que esté bien si los ponemos hoy?
—¡Ni
los traemos! En Navida’, los tuvimos y sólo pa’ misa los bajaron del ropero.
¡Pero hoy, Luisito, es una noche especial!, al rato iremos a la Alameda a ver el
desfile de Reyes, cuando regresemos ya no se los damos.
—¡Zaz!
Los
niños se vistieron con su mejor de su ropa, aunque con trabajo sacaron lustre a
sus zapatos de segunda mano. Un delgado suetercillo cubría a cada cual, pero a
ninguno le importó por la emoción de ver a los Reyes Magos.
La
Alameda Central de la Ciudad de México estaba algo lejos de la colonia San
Rafael, donde vivían los niños. No les desagradó la caminata, sentían orgullo
de sus zapatos lustrosos. Los adornos multicolores de calles, ventanas y
balcones también fueron una poderosa distracción. Les emocionaba ver las largas
tiras llenas de faroles con lucecillas en toda la calle, con serpentinas y
globos. Era muy raro encontrar una casa o calle sin motivos navideños. La
ciudad lucía de mil colores.
La
avenida Juárez era un mar de gente. Las hermanas ubicaron a los niños entre
ellas y se tomaron todos de la mano para evitar extraviarse. Lograron un buen
lugar, al inicio de la banqueta y esperaron largo tiempo por los Reyes.
Los
carros alegóricos por fin empezaron a circular, personajes disfrazados los
montaban. De los vehículos llovían dulces para la gente. Cada carro tenía un
motivo y paquetillos promocionales. Fue la delicia de los chiquillos. Muy
pronto sus bolsillos estuvieron llenos de caramelos y chocolates, así que
pidieron a sus hermanas auxilio para almacenar sus golosinas.
De
regreso abordaron un tranvía. El trayecto no fue largo, pero Luis se durmió.
Debían bajar en la parada de la calle de las Artes y Guillermo Prieto, cerca de
la vecindad. Tres calles debieron caminar con las protestas de Luis que no
soportaba el sueño.
Al
llegar a casa, desvistieron al pequeño y lo introdujeron ya dormido a su cama.
Pepe no olvidaba la visita de los Reyes Magos. No dejó de lado su plan, espero
a que sus hermanas se fueran a dormir. Lento, se desvistió, dobló la ropa
cuidadosamente y se quitó los zapatos con mucho sigilo… esperó con paciencia a
que las luces de casa fueran apagadas.
Quiso
esperar a que su padre, el portero, regresara, pero esa noche tenía mucho
trabajo, debía abrir y cerrar la puerta. Por alguna razón, todos los vecinos
salían y entraban con regularidad. A Pepe le fue imposible esperar a que
acabara el trasiego, así que bajó de la cama sin despertar a su hermano: los
zapatos de Luis se los habían llevado al ropero,
—¡Ya
está, usaré uno mío! los Reyes son magos y lo saben todo, así que lo
entenderán. Sacó dos hojas de papel, las metió en su zapato y arrastró con
mucho cuidado una silla para alcanzar la ventana. Una gruesa tela impedía la entrada del frío y
de las miradas indiscretas hacia el interior de su casa. Colocó su zapato de
forma que sólo se podría ver desde el patio interior de la vecindad, fuera de
su casa. Si los Reyes Magos llegaban a la de enfrente, seguro verían su carta.
Regresó
feliz a la cama.
Por
la mañana un grito de otro chiquillo despertó a Pepe.
—¡Ya
llegaron los Reyes Magos! ¡Ya llegaron!
Sus
hermanas ya estaban en la cocina, el olor a chocolate y a pan caliente invadían
la casa. De inmediato se trepó a la ventana y se llenó de sorpresa…
Sin
mayor demostración, llegó a la mesa para desayunar. Doña Severita, don José y
sus hermanos estaban ya a la mesa, incluso el pequeño Luis. Pepe desayunó en
silencio, triste. Estaba por dar el último sorbo a su chocolate cuando escuchó
al niño que vivía en la casa de enfrente. Con desconsolado llanto, gritaba a
sus padres. Les pedía que se quedaran a jugar con él. Ambos debían salir a
trabajar… regresarían hasta la noche. Entonces, su hermana Carmen le preguntó
si deseaba más chocolate. La contempló unos instantes, en realidad ni la había
escuchado ahora, pero tenía razón, toda su familia estaba ahí. Ya menos triste,
apuró el trago que le faltaba e invitó a Luis a salir a jugar con los vecinos.
Ahora
sólo debía esperar hasta la siguiente Navidad, para que el Niño Dios le
completara su par de zapatos.
*Enrique R. Soriano Valencia nació en la Ciudad de México, el 6 de enero
de 1956. Egresó de la licenciatura de Periodismo y Comunicación Colectiva de la
UNAM, generación 75-79. Fue presidente de su generación. También obtuvo la
licenciatura en Ciencias de la Educación, mediante el Ceneval, en 2008. Es especialista en gramática de la lengua española.
EL
ESPÍRITU DEL VIENTO
Paola
Klug
Habíamos
caminado durante horas enteras sobre la carretera mientras una brisa ligera
caía sobre nuestras cabezas; de cada lado se alzaban enormes los pinos y los
abetos repletos de musgo y pequeños hongos blancos. A lo lejos se escuchaba la
canción del río y los susurros de los fantasmas acurrucados entre la maleza y
las cruces de madera; algunos habían muerto allí, sobre nuestros pasos. Otros
habían dejado su último aliento entre las hojas secas y los acantilados mucho
tiempo atrás, cuando el rostro de Tláloc había sido grabado entre las piedras que
ahora cubrían celosamente las enredaderas.
Subimos
por la presa hasta llegar al último dinamo; aspiramos el aire frío que soplaba
sobre nuestros rostros. Las copas de los árboles estaban cubiertas por la
niebla matinal, froté mis manos varias veces antes de continuar.
Dejamos
atrás el nido de víboras y también la cueva del diablo; esa en donde dicen que
los españoles enterraron algo del oro que pudieron rescatar en la noche triste.
Con
cada paso entre la hojarasca, uno termina olvidándose de sí mismo y se
convierte en rama, en nube, en las pequeñas piñas que caen de los abetos. La niebla bajó de entre los árboles
cubriéndonos a nosotros en la más húmeda oscuridad, recordé cuanto miedo le
tenía mi padre a eso: Decía que las veces que perdió su espíritu fue a causa de
ella; sin embargo, el que la niebla robara mi espíritu me hizo sentir bien.
Caminaba sin alma, sin nombre ni sombra entre las entrañas del bosque; un
bosque que mi papá temía y que yo amaba más que a nada.
En
silencio llegamos a la parte más alta, la hierba verde y húmeda había
desaparecido dejando en su lugar un sinfín de maleza quemada por el frío; había
vida por doquier disfrazada de muerte, pero ella también estaba presente…
La
vi entre las cuencas vacías del cráneo de una pequeña serpiente que yacía sobre
unas piedras rodeadas por un círculo de tierra.
—No
toques eso -me dijo- solo las brujas vienen hasta acá para hacer sus hechizos
en la noche. Ven, acércate.
Miré
una vez más entre los ojos de la muerte para después caminar hasta donde estaba
él. Me tendió la mano y me ayudó a subir al peñasco en donde se había trepado. Los
dos estábamos por encima de la niebla, de las nubes, de los árboles, del mundo
entero. Debajo se veían las salientes piedras de la pared montañosa, filosas y
pacientes esperando la sangre para su ofrenda. Las copas de los pinos parecían
triángulos pequeños y distantes y el río una serpiente que zigzagueaba más allá
del horizonte para perderse entre las entrañas de la tierra negra.
No
había nadie por encima de mí y sin embargo yo era lo más pequeño que podía ver.
Lloré al entender mi grandeza, pero también mi insignificancia; ambos conceptos
tenían sentido para mí estando allí.
El
espíritu del viento me llamaba, parecía tan fácil seguirlo. ¿Era un canto o el
hechizo dejado por las brujas para hacerme parte de ellas?
Él
me detuvo con firmeza. Era mi primera pinta y no podía morir, no todavía.
Me
quedé absorta mirando hacia abajo, hacia los lados, hacia arriba. Cada nube que
rozaba mis manos, cada movimiento que el aire causaba en mi cuerpo, las
pequeñas gotas de rocío que no dejaban de caer y se aferraban a mis cabellos y
también a sus largas y oscuras pestañas me hacía estremecer.
No
quería bajar, no quería irme; quería ser como las bolas de fuego que volaban en
el bosque cada noche, como el cráneo blanquecino de la serpiente, como la
sangre seca sobre las piedras. Si la niebla había robado mi alma, la había
escondido allí. Sin embargo, debíamos partir, regresar a la escuela, a la
normalidad.
Nunca
he vuelto a sentir aquello; ningún silencio me ha parecido tan perfecto,
ninguna oscuridad tan bella, ningún reflejo tan similar. Pero a lo largo de los años he muerto varias
veces en ese bosque, en esas cumbres, en ese río, en esas piedras.
Mi
alma sigue allí, entre las copas de los abetos cubierta por la niebla. Vuela
entre las noches sobre las cruces de madera podrida y arde entre los ojos de la
muerte; se hizo parte del río y de los murmullos que espantan a los viajeros.
Volveré
siendo ceniza, más allá de la cueva del diablo y el nido de las serpientes;
volveré para ser tan grande como aquella montaña y tan insignificante como las
palabras que uso para describir su magia, seré la canción y el espíritu que la
entone hasta el final de los tiempos.
**Paola Klug es una escritora veracruzana radicada en la ciudad de
Celaya, Gto. En este enlace puedes visitar su blog. https://paolak.wordpress.com/
***Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.
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