domingo, 1 de febrero de 2015

QUE HABLE LA FANTASÍA

El Sol del Bajío, Celaya, Gto.


QUE HABLE LA FANTASÍA

“Todo lo que vemos desfilar ante nuestros ojos,
todo lo que imaginamos,
no es sino un sueño dentro de otro sueño.”
Edgar Allan Poe

Febrero es un mes especial. Es más corto que los otros meses pero tiene los días más largos. Al menos en apariencia. Conocido en algunos lugares como el mes del amor; los novios, amigos con y sin derechos, parejas de uno y otro sexo, con diferentes sexualidades, incluso compañeros de trabajo y los que se apunten para regalos, intercambios o apasionados encuentros en el “cinco letras”, algún café, bar, antro clandestino (que tanto abundan en Celaya, pero las autoridades desconocen), o donde los pesque el romance, este mes es de dar. Dar lo que se pueda, lo que alcance y a quien se deje o se ponga a la distancia de recibir. Sin embargo, todo comienza con la fantasía. El que da, cree que quien recibe lo hace con gusto. Quien recibe, piensa que le dan a cambio de algo. Pura ilusión. Y como este mes está lleno de ilusiones y fantasías, compartimos el trabajo de tres compañeros que nos brindan su visión fantástica. María Soledad Popper, Sol, es una mujer amante de la literatura, llegó desde el país hermano de Chile hasta Celaya. Su prosa cálida y su bagaje cultural le dan a sus textos un aire muy fresco, muy del Sur. En esta ocasión nos narra desde la perspectiva de quien disfruta con la cosmogonía de nuestros pueblos más antiguos. Josué Antonio es un joven de diecisiete años, originario del D.F., y vecino de Celaya. Uno de sus autores favoritos es Edgar Alan Poe, y con ese aire de misterio nos envuelve en una atmósfera que bien podría representar algún desafortunado acontecimiento de impacto nacional, pero con destreza nos vuelca en una metáfora del abandono. Nuestra buena amiga, Sugheit Ariela, quien es parte del Taller Literante, aquí mismo en Celaya, y ha participado en muchos eventos y publicado en antologías, nos lleva de la mano (igual que lo hace cuando disfrazada de Catrina nos cuenta leyendas de terror) por un camino de suspenso gótico con un desenlace que golpea los sentimientos. Pero dejemos que sea la fantasía la que hable. Que el amor puede esperar un rato.
Julio Edgar Méndez


BODAS EN CHAMACUERO

María Soledad Popper
         
Las siluetas de Chimalli y Tecolote suben la ladera del empinado cerro, rodeando una y otra vez los pequeños arbustos que le dan frescura al lugar, a pesar del intenso calor del medio día.
No saben exactamente dónde se detendrán; sólo intuyen que estarán allí a la hora determinada y en el lugar que el corazón de Tecolote les indique.
Una vez que el caserío queda atrás, un muro de piedras, cuidadosamente dispuestas, comienza a acompañarlos en el ascenso.
—¿Habremos subido lo suficiente? —pregunta Chimalli cada cierto tiempo.
—Presiento que ya falta poco, unos metros más —responde serenamente su compañera.
Tras unos minutos de ascenso, el cuerpo de Tecolote se detiene y gira hacia la derecha.
—Es por aquí —dice su voz conmovida, alegrándose íntimamente de esta comunicación que sostiene su ser con la vibración del lugar.
—¿Cómo sabrás dónde es? Nunca has estado aquí —musita Chimalli.
—Ella me lo dirá —sonríe Tecolote.
Tras desplazarse hacia la derecha en línea horizontal, aparece entre la vegetación una gran piedra negra, cuya forma  plana  recuerda un altar.
—¡Aquí es! —grita emocionada Tecolote, acelerando el paso hasta la roca; todo en ella le dice que es el lugar del encuentro.
Y es también la hora prevista: es  el momento en que el sol brilla implacable en el cénit.
Chimalli,  empujado por su curiosidad, decide continuar el ascenso  hasta la iglesia de El Señor de la Misericordia, construida no hace mucho en lo alto del cerro. Tal vez pueda entrar y resguardarse allí del intenso calor.
Sentada en la roca, Tecolote contempla el sosegado paisaje. El cielo azul, completamente despejado, enmarca las tierras cultivadas, separadas por delgados caminos de tierra. Desde allí se divisan algunas casas y animales pastando en sus alrededores.
Mientras subían la pendiente del cerro, Tecolote reparó en una alta pared de rocas, que parecía esculpida en el cerro en líneas verticales y que ahora acompaña con una suave curvatura, casi cobijando, la posición de la piedra donde está sentada.
Un perro blanco, salido inesperadamente de entre los arbustos, menea su cola saludando  y sigue con ligero trote su camino.
En la tranquilidad del lugar, Tecolote cierra sus ojos y abre sus oídos al canto de los pájaros y a los ruidos, antes imperceptibles, que hacen los animales al desplazarse entre las ramas y las hojas secas. Sorprendida y llena de alegría se percata de la multitud de seres invisibles que la acompañan. Incluso esa pared de rocas, erguida a su espalda, pareciera ahora vibrar de vida.
Cuando abre sus ojos,  una gran nube blanca  aparece rodeando el cerro desde su izquierda; se mueve a gran velocidad, empujada por un fuerte viento que también se adelanta a su llegada y levanta por los aires, como un torbellino,  la tierra suelta  y una gran cantidad de hojas arrancadas a la vegetación de la ladera.
Tecolote se tambalea sobre la roca. Es el momento del encuentro. Cierra los ojos y se abandona. Sus brazos son alzados hacia el cielo, en dirección al sol.  Aire y agua bajan desde lo alto  entrelazados y vibrando en un solo flujo;  entran  a través de  las manos de Tecolote, elevadas al infinito; atraviesan su cabeza, su tronco. Todo en ella es rojos, naranjos y amarillos, entremezclados en llamas de fuego. La piedra negra tiembla bajo su cuerpo. El río de energías  sigue su camino hacia las profundidades de la tierra: la horada, la estremece, la regocija, hasta fertilizar su centro de cristal. 
Las energías cósmicas han caído como un rayo; Tecolote ha sido el puente que ha enlazado el Cielo y la Tierra.
Su ser  está en calma, como todo lo que rodea el lugar. Las aves han vuelto a su canto y los animales rastreros a su quehacer. La nube blanca se ha disipado y el aire está  quieto.
—¿Viste lo que pasó? —Pregunta agitado Chimalli cuando regresa a la roca—. No pude  llegar hasta la iglesia como quería porque un fuerte viento, salido quién sabe de dónde,  me  arrancó la gorra y tuve que meterme entre los arbustos para recuperarla. ¿Estás lista?
Ambos  deciden que es tiempo de regresar al caserío.
El corazón de Tecolote se siente agradecido. Comprende que la experiencia vivida ha sido única. Cada cierto tramo algo la detiene y se vuelve conmovida.  El lugar la ha reconocido y le da la bienvenida, dejándola profundamente enlazada a él.
A sus espaldas, desde la pared de piedra, emergen grandes figuras, altas y delgadas, que celebran jubilosas el acontecimiento; son los Señores vigías de la Tierra,  testigos privilegiados  de las bodas sin precedentes, realizadas en el altar sagrado del Cerro de los Remedios, entre los centros divinos del Cosmos Celestial y de la Madre Tierra.



PEOR QUE MUERTE

Josué Antonio Reyes Villanueva

Errante se encontraba un guerrero fatalizado, arrastrándose entre miradas perdidas de inocencia, lamentándose en silencio, ahogado por las voces abruptas del abismo que lo rodeaba. Su alma lloraba al ver la sangre de su sombra extenderse en la penumbra.  Su cuerpo se hallaba desvirtuado a causa del fuego. Lo rodeaban los restos de sus compañeros calcinados. El ambiente gélido acariciaba cada milímetro de su piel, estaba cubierto de cenizas y así permaneció moribundo por largos días, agonizando, mudo. Hasta que un día trajo el destino una lágrima dulce que cayó sobre su lomo; un joven que vagaba en esos campos violentados le encontró mientras buscaba entre los escombros, le levantó con ambas manos y sopló la ceniza que no dejaba verlo con claridad. Corrió alrededor buscando ayuda y siempre mirando hacia abajo con la esperanza de encontrar algún otro sobreviviente, aun podían verse brasas encendidas debajo de tanto cadáver. El joven, sin encontrar otro signo de vida, lo tomó, lo llevó a su casa, le limpió y guardó, le puso a descansar pero ahí murió. No se volvió a abrir ese libro y enmudeció para siempre, en ese frío Seol de madera rodeado de muchos otros cadáveres que jamás habían visto vida, cuan peor fue para aquel libro jamás haber sido leído, hubiese preferido antes terminar como producto del fuego.


JULIETTE

Sugheit Ariela Laguna Almaraz

Esa noche de finales de julio la última luz de la casa se había apagado. El silencio era casi absoluto interrumpido ocasionalmente por el canto de un grillo, el roer de los ratones en la cocina y el sonido de la rama de un árbol seco en la ventana de la habitación de arriba. La tarde había sido tormentosa pero no había logrado amainar el calor y Juliette se revolvía incómoda en su cama con las sábanas pegadas a su pequeño cuerpo. Ni siquiera Mesie minino se había quedado en casa, en un descuido había saltado hacia la calle en busca de lugares con más frescura. La madre de Juliette estaba dormida sobre la lap top. Esperando el e-mail que nunca llegaba, aquel donde el padre de Juliette volviese a dar señales de vida pues hacía ya 3 años que había partido rumbo a la frontera y parecía como si se lo hubiese tragado la tierra. Desesperada por no poder conciliar el sueño, la pequeña decidió levantarse, no comprendía el afán de su madre por mantener todo en perfecto orden, sus muñecas tan acomodadas, su ropa guardada y hasta sus zapatos le eran difíciles de encontrar en su propia habitación. Pero el resto de la casa mostraba un descuido atroz, los trastes sucios estaban entre los limpios, la ropa de su madre esparcida por doquier, botellas de vino y cervezas se apiñaban por los rincones igual que las bolsas de basura. La pequeña trataba en vano de arreglar el desorden, pasaba en vela noches enteras recogiendo, caía rendida al amanecer, pero nunca terminaba y la misma escena se repetía la noche siguiente.
Su madre trabajaba todo el día así que la pequeña vagaba y jugaba por la casa en total soledad, comía alguna cosa que ya estuviera preparada y jugaba horas interminables con Mesie minino. Cuando el gato llegó a la casa ella tenía tres años de edad, fue amor a primera vista pues su mamá lo trajo en una cajita con un gran lazo rojo. Juliette la había abierto impaciente encontrándose con ese gatito pardo que le miraba con sus grandes ojos azules y balanceaba un cascabel más grande que él colgado en su cuello. Desde entonces no se habían separado ni un instante, hasta una noche en que la madre de Juliette había estado discutiendo con su padre, la misma noche en que él se fue.  Al poco rato su madre había entrado a la casa llorando, diciéndole que su padre las había abandonado y que era culpa de la niña, que jamás debió haber nacido. La madre de Juliette la abrazó pidiéndole perdón llevando en sus manos un juguito delicioso que le dio mucho, mucho sueño.

Al despertar, Mesie minino se quedó observando a Juliette por largo rato, se acercó a lamer sus deditos, se erizó y salió corriendo de la habitación; de eso hacía ya mucho tiempo y los restos mortuorios de Juliette seguían tendidos en la cama, la pequeña aún no se daba cuenta de lo que había sucedido, por eso, noche tras noche jugaba sin hacer ruido y, antes de despuntar el alba, se acercaba a su madre dormida sobre la lap top, la besaba en la frente y regresaba al dulce sueño del más allá.

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