domingo, 17 de abril de 2016

NIÑOS CUENTA CUENTOS 2016

NIÑOS CUENTA CUENTOS 2016
-Celaya, segunda parte-

El taller literario Diezmo de Palabras reconoce el talento de los pequeños cuenta cuentos, quienes han tenido un papel destacado en todos los concursos de la región. Esta es la segunda parte, que los disfruten.

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EL MURCIÉLAGO ASUSTADO
Joshua Alexander González Laiseca
Escuela: Melchor Ocampo

Érase una vez un murciélago que siempre decía: “¡Soy el más malvado! ¡Soy el más malvado!”
Un día se le olvidó cerrar la puerta, no hizo caso y se fue toda la noche a buscar presas diciendo: “¡Soy el más malvado! ¡Soy el más malvado!”.
Después vino la lombriz, la lombriz se metió dentro de la cueva y después de cinco horas regresó el murciélago, vio su casa y dijo: “Mmm ¿quién está ahí,  dentro de mi cueva?”  La lombriz dijo: “¡Madre mía me va a comer, veré si lo consigo asustar!”, entonces agarró aire y dijo: “¡soy el animal más fuerte de la selva!, quien pisa al rinoceronte, al elefante y hace caca de vaca a todos los animales de la selva”.
Al murciélago, muy asustado, se le ocurrió una idea: llamar a su mejor amiga la ssss  serpiente, entonces la serpiente se metió dentro de la cueva y dijo: “ssss ¿Quién anda ahí, dentro de la cueva de mi amigo el murciélago?, si no sales en este momento te sacare de las orejas”, y entonces la lombriz dijo: “¡madre mía veré, si la consigo asustar!” agarró aire y dijo:  “¡Soy el animal más fuerte de la selva quien pisa al rinoceronte, al elefante y quien hace pedacitos a todos los animales de la selva. Entonces la serpiente asustada mejor se fue a su casa”.
Después al murciélago se le ocurrió otra  idea, llamar a una amiguita, a la señora gallina. La señora gallina se metió cacaraqueando dentro de la cueva y dijo: “cocoroco, cocoroco, cocoroco. ¿Qui, quién anda ahí, de dentro de la cueva de mi amigo el murciélago? Cocoroco, cocoroco” y la lombriz dijo: “¡Madre mía, me va a comer, veré si la consigo asustar!” agarró aire y dijo: “¡Soy el animal más fuerte de la selva, quien pisa al rinoceronte, al elefante y quien hace caca de vaca a todos los animales de la selva”.
Entonces la gallina, muy astuta, dijo: “¿Sa sabes que las gallinas comemos lo lombrices?” Entonces la lombriz ya no pudo fingir y mejor decidió salirse de la cueva. La gallina le fue a contar al murciélago y a la serpiente que quien los había asustado ere una simple lombriz y así supimos que era el animal más fuerte de todos.



EL PASATIEMPO DE RAQUEL
María José Pescador Martínez.
Esc. Prim. Rural INDEPENDENCIA

Había una vez una mujer llamada Raquel, ella era una madre soltera quien vivía muy feliz en su casa con sus tres hijos. El más grande llamado Alejandro, el mediano llamado Natividad y el pequeño  Mauro. Ella les daba mucho amor  y alegría  y estaba con ellos todo el tiempo que le era posible. Pero al igual  que muchas mujeres tenía un pasatiempo y era que le gustaban mucho los libros y a lo largo de su vida había recopilado una gran colección, que ella quería mucho.
Un día cualquiera cuando estaba haciendo sus quehaceres uno de sus hijos, el más pequeño de los tres, fue a donde se encontraban los libros de su mamá y como todo niño curioso tomó el libro que más le llamó la atención, sin saber que ese era el favorito de su mamá; lo abrió, lo hojeó, lo leyó un poco y ese poco bastó para darse cuenta de que ese libro trataba de aviones y sin pensarlo dos veces el pequeño empezó a arrancar las hojas y comenzó a hacer muchos avioncitos de papel, ya que él imaginaba que podía volar en uno de ellos.
Raquel, quien acostumbraba sentarse en su sillón todos los días por la tarde y leer uno de sus tantos libros, de repente sintió el deseo de leer su libro favorito y entonces lo buscó donde acostumbraba dejarlo, pero no lo encontró. Se le hizo raro, lo buscó en su recámara, debajo de su cama, dentro del ropero y hasta en el baño, pensando que por error ahí lo habría olvidado y en su búsqueda encontró pequeños aviones de papel que al seguirles el rastro la llevaron hacia la recámara de su hijo…
¡Y cuál fue su sorpresa al ver su cuarto repleto de avioncitos de papel regados por todas partes! Raquel se puso furiosa, hervía de coraje y de inmediato llamó a todos sus hijos y les preguntó:
—¿Quién rompió mi libro?
Y después de un largo silencio el más pequeño a punto de llorar le dijo:
—Fui yo mamá.
Raquel, sin preguntar más le dijo:
—¡Te irás a dormir sin cenar tus galletas de chocolate que tanto te gustan!
Al día siguiente que regresaba de dejar a sus  hijos en la escuela encontró en la mesa un pedazo de papel; se trataba de una carta escrita con letra de su hijo pequeño en la que decía:
—Mamá, no fue mi  intención haber roto tu libro, te pido perdón y te prometo que de ahora en adelante pediré permiso para tomar algo que no me pertenezca. Te quiero mucho, mami.
Su mamá, con  una sonrisa en el rostro, salió de su casa en busca de su hijo y cuando lo encontró lo abrazó  y le dijo:
—Gracias, hijo, por entender que lo que hiciste no estuvo bien, que cada persona tiene algo que le gusta; como a ti te gusta tu triciclo a mí me gusta leer mis libros porque hacen volar mi imaginación y debes de aprender a respetar las cosas que no son tuyas.
Y para festejar, Raquel llevó a sus hijos a pasear al parque y mientras tomaban una limonada  les dijo:
—Hijos, de ahora en adelante juntos leeremos los libros que tanto me gustan.
Y desde entonces cada tarde se les puede ver a Raquel y a sus hijos en la cochera de la casa, sentados, leyendo e imaginando todas las aventuras que están escritas en cada uno de sus libros.  



EL DÍA DE MAX
Rubén Antonio Rodríguez Corona

Érase una vez una familia integrada por cuatro personas: el papá, la mamá y el pequeño hijo, y como en toda familia hay una pequeña mascota en esta familia había una mascota llamada Max. Una mañana Max empezó a ladrar con mucha desesperación, cuando el padre de Miguel estaba descansando antes de ir a trabajar, se despertó con un gran coraje y furia desesperada el papá de Miguel y gritó: —¡Max! ¿Qué haré con ese perro? -Se pregunto a sí mismo. Cuando de repente le vino una gran idea a su cabeza, gritó: —¡Miguel! -Miguel estaba descansando en su alcoba, cuando oyó el grito de su padre se despertó de un gran brinco y salió de su alcoba  y se  dirigió a la recámara de sus padres.  
 Miguel le preguntó a su papá —¿Qué te pasa, papá, porque me gritas así?, ¿te he hecho algo para que me grites?
—No es eso, hijo, lo que sucede es que todas las mañanas cuando estoy descansando tu perro empieza a ladrar muy fuerte,  ¡hijo sácalo a pasear¡
Miguel contestó —de acuerdo, papá, yo lo sacaré a pasear,  tú descansa un poco y relájate.
 Miguel se dirigió rápidamente a su alcoba, se cambio y tomó la correa de Max, salió de su casa y le dijo a Max:  —¡Muchacho, te voy a sacar a pasear! Le puso la correa a Max y empezaron a caminar por toda la montaña hasta que llegaron a la ciudad,  cuando de repente  por un pequeño callejón obscuro, vacío y lleno de basura,  oyeron el maullido de un gato, —miau.  Max quería soltarse pero Miguel no lo dejaba, estaba tan preocupado de que si lo soltaba nunca más tendría una mascota, tan pensativo estaba cuando de repente por otro pequeño callejón escucharon el mismo maullido —miau.
Max quería soltarse y tenía tanta fuerza que Miguel soltó la correa y salió corriendo como una gran flecha veloz. Miguel mientras tanto estaba lamentando lo que había hecho.  —¿Qué hice,  por qué solté a mi perro?, soy un mal dueño. Cuando de repente por ese pequeño callejón escuchó el ladrido de Max, —guau… Miguel preguntó —¿Max, eres tú? Miguel  siguió el ladrido de su perro hasta una divertidísima montaña, llena de muchos juegos, lamentablemente Miguel estaba triste y desconsolado, vio una pequeña banca y se  acercó, lamentando lo que había hecho, pero detrás de esa banca había un arbusto y detrás de ese arbusto estaba Max escondido. Viendo la tristeza de Miguel salió por un lado moviendo su cola, se acercó y se acercó.  Miguel gritó… —¡Max, qué alegría!,  por fin  te he encontrado, no sabes lo preocupado que he estado. ¡No te volveré a perder¡
Así que  Miguel tan contento volvió a sentarse en la banca, pero esta vez acariciando a Max como un suave oso de felpa. Después de lo sucedido empezaron a jugar muchos y divertidísimos juegos: las escondidas, la traes, con los columpios y con las resbaladillas también.
Cuando Miguel vio que habían pasado cinco horas desde que salieron de su casa, volvió a tomar la correa y se la puso a Max, comenzaron a caminar por toda la ciudad hasta llegar a la enorme montaña por donde vive, donde su madre ya los estaba esperando, Miguel le contó a su mamá todo lo que le había sucedido, la mamá de Miguel le dijo: —¡qué bien que te divertiste, hijo!,  tu padre ya no está  tan gruñón como siempre, ahora mismo está reparando todo lo que destruyó Max. Miguel contestó: —¡Qué bien pude divertirme con mi mascota! Y además mi padre ya no está enojado como siempre. ¡Este fue un gran día!



JOSHUA Y LAS PIEDRAS EN EL RÍO
Abraham Saúl Ramírez Nava
Esc. Josefa Ortiz de Domínguez

Había una vez en el centro de África un niño moreno y cabello chino,  que se llamaba Joshua. A Joshua le encantaba correr y jugar a la pelota.
Un día Joshua salió a buscar paja para su choza, pero en el camino pisó una piedra —¡AAAAAAAAAAA!  -gritó Joshua. Al escuchar esto todos los animales fueron a ver qué le pasaba a Joshua, pero el elefante, con sus orejas grandes, su trompa larga y como era muy pesado, pisó a la rana y la rana como era muy viscosa ¡salió volando hacia una nube!, la nube se espantó y gritó: —¡AAAAA! una rana verde, viscosa. La pobre nube se espantó tanto que hizo llover, tanta lluvia hizo que las hormigas tuvieran que salir de su hormiguero porque se inundaba, pero la gallina las vio y le preguntó a su pollito: —Clo clo clo ¿qué te parece si nos comemos a esas hormiguitas?
Una hormiga, al escuchar esto, picó al pollito y la gallina muy enojada volteó y preguntó: —Clo clo clo ¿quién pico a mi pollito?
La hormiga con valentía le contestó: —¿Quién ha querido comernos?
La gallina le respondió: —Clo clo clo pero yo no tengo la culpa de que ustedes sean tan deliciosas.
La hormiga le respondió: —Tiene razón señora gallina, la culpa la tiene esa nube que hizo llover.
La nube sorprendida les dijo: —¿Yo?, ¡no!, yo no tengo la culpa, la culpa la tiene esa rana fea y viscosa que salto sobre mí, y como yo me espanté mucho, hice llover.
La rana les dijo: —Yo no tengo la culpa, el elefante me pisó, él es el que tiene la culpa.
El elefante dijo: —Yo sólo vine a ver que le pasaba a Joshua, como todos los demás.
Joshua dijo: —Es que yo iba por paja para mi choza y pisé esa piedra, la culpa es de la piedra.
La piedra vio a todos enojados y les dijo: —Yo no tengo la culpa, Joshua me pisó,  él es el que tiene la culpa, pero si quieren pueden lanzarme al río.
Desde entonces, cuando Joshua ve una piedra, la toma y la lanza al río.


EL CIEMPIÉS BAILARÍN
Ramsés Salazar Nieves
Escuela: José Vasconcelos

Había una vez un ciempiés llamado Jimmy y su gran afición era bailar  tap.
Cuando él quería agarraba su sombrero, su bastón y sus zapatos, aunque se tardaba un  ratooote en amarar sus agujetas ya que eran 50 pares, pero cuando terminaba,  bailaba y bailaba sin cesar pues el tenia las patitas ágiles como las plumas. Le encantaba subirse encima del hormiguero y empezar a taconear. Era muy molesto oír tantos pies retumbando en el techo del hormiguero. Las hormigas se asustaban y salían a ver qué pasaba y el ciempiés seguía cantando: —¡Ya está aquí el mejor, el más grande bailador! Entonces las hormigas llamaron a la hormiga jefe. —¡Otra vez, Jimmy! -decía la hormiga jefe-, ¡no podemos trabajar ni dormir! ¿No puedes ir a bailar a otro lugar? La hormiga jefe ordenó a sus tropas que llevaran a Jimmy a otro lugar. —¡Ya me voy! -dijo Jimmy.
Entonces Jimmy empacó y se fue caminando y caminando hasta que encontró un buen lugar para bailar y desempacó su sombrero, su bastón y sus zapatos y se puso a bailar.  Pero Jimmy cometió el mismo error, sólo que esta vez el problema era más grande pues debajo de él  estaba la casa del Sr. Topo y se puso a taconear cantando su canción: —Ya está aquí el mejor, el más grande bailador.
El señor topo, enfadado, salió y le dijo: —¡Jimmy, estoy ciego pero no sordo! ¿No puedes ir a otro sitio a bailar?
Entonces, Jimmy, muy triste porque en todas partes molestaba, agarró sus maletas y se marcho de ahí. Empezó a caminar y caminar hasta que estaba tan cansado que no tuvo más opción que descansar bajo un árbol y se quedó dormido, y al siguiente día una sorpresa lo esperaba. Estaba en un campo lleno de flores. —¡Éste será mi nuevo hogar! -dijo el ciempiés. Se entusiasmó tanto que no se dio cuenta de que un gran cuervo estaba encima del árbol. Jimmy  se puso a taconear con tanta emoción que llamó la atención del cuervo.  El cuervo inclinó el cuello y vio a Jimmy taconeando. ¡Pobre Jimmy! El cuervo se lanzo sobre él con gran rapidez y se lo tragó. El ciempiés gritaba: —¡Socorro, socorro!
Un cazador que andaba por ahí observo el cuervo volando y a él no le gustaban los cuervos, creía que eran de mala suerte. Hizo un disparo al aire para asustarlo. El cuervo soltó al ciempiés que al caer se dio tremendo mazapanazo.

Esto le sirvió de lección. Aprendió a ser más responsable y a fijarse donde se ponía a bailar. Buscó un lugar seguro y allí danzaba y bailaba. No molestaba a nadie ni lo molestaban a él. Así fue como el ciempiés empezó a ser respetado por todos.


domingo, 10 de abril de 2016

NIÑOS CUENTA CUENTOS 2016


NIÑOS CUENTA CUENTOS 2016
-Celaya, primera parte-

En el marco del Concurso regional de niños cuenta cuentos, tuve el honor de ser considerado parte del jurado calificador. Todos los niños participantes destacaron por su frescura, confianza, sentido del humor y emotividad. Como un regalo del Diezmo de palabras a tan destacados pequeños, publicaremos algunos de los cuentos que se presentaron. No todos son originales, pero los niños los hicieron suyos al contarlos a su manera. Felicidades y un reconocimiento a la labor de sus maestros y al apoyo de sus padres, así como a la Delegación Regional de Educación y a los compañeros de las bibliotecas públicas de Celaya.
Julio Edgar Méndez



CUENTO DE UNA MANZANA
Angélica  Guadalupe  Hernández  Echeverría
Jardín de niños “Juan Enrique Pestalozzi”

Había una vez una manzana que estaba muy triste porque nadie la quería, pues tenía un lado podrido y los niños solo agarraban las más bonitas y jugosas.
–¡Nadie me quiere, seguro me tirarán  a la basura! -decía tristemente la manzana.
Un día por la mañana la mamá de los niños vio que en el frutero había quedado una manzana y vio que estaba podrida, la agarró, la lavó y le quitó lo podrido.
–No te puedo echar a la basura cuando hay tantos niños que no tienen qué comer… ¡ya se! Contigo voy a preparar un postre.
La manzana se puso muy feliz y cuando estaba en la cocina, una cazuela le dijo: –me encantan las manzanas, soy la primera que las prueba pues en mí preparan los postres.
–Somos deliciosas y nutritivas, a los niños les encantan llevarnos en sus lonches -dijo la manzana.
Después de un rato llegaron los niños de la escuela y entrando dijeron: –mm… huele a deliciosa tarta de manzana.
–Sí, -dijo la mamá de los niños- la preparé con la manzana que nadie quería.
Después de comer, disfrutaron de una tarta de manzana compartiéndola con sus amigos. Mientras ellos comían el postre, la mamá les platicaba que cuando ella era niña había un manzano en el jardín de su casa, era un árbol grande y frondoso que daba unos frutos rojos y dulces  todas las primaveras y bajo su sombra su abuelo se sentaba a contarle cuentos.
Su cuento preferido era el de la canasta mágica porque trataba de una niña que tenía una canasta que llenaba de manzanas y, cuando las partía por la mitad, aparecían con el centro en forma de una pequeña flor de cinco pétalos.
–Es muy emocionante mamá -dijeron los niños- y nosotros que no queríamos la manzana, tú también hiciste magia porque   la convertiste en una tarta.
Los niños aprendieron que no hay que tirar la comida a la basura.



EL AFILADOR
Sergio Santiago Morales Reyes
Escuela Primaria “Leyes de Reforma”

Esta historia existió  en un pueblito que está cerca del volcán Popocatepetl y se llamaba San José, en honor del afilador del pueblo. En San José,  vivía  Arnulfo el Herrero.  Arnulfo tenía 5 hijos  de los cuales José Timoteo era el mayor de ellos. Pepito, como era conocido, desde muy  jovencito  le ayudaba a su papá en el taller de la herrería.  El papá de Pepito lamentablemente se encontraba muy enfermo y Pepito se quedaba solo trabajando en el taller.
Un día Pepito le preguntó a su padre:
—Papá, ¿cómo era mi abuelo?
Su padre lo tomó entre sus brazos y sentándose en una banca vieja le dijo:
 —Tu abuelo era una persona muy inteligente y  querida por todo el pueblo de San José, él me enseñó a trabajar en la herrería haciendo  ventanas, puertas, barandales y machetes. Además el era comerciante y andaba de pueblo en pueblo comprando y vendiendo todo lo que podía. Un día, bien lo recuerdo, llegó a casa con esta vieja afiladora.
—¿Una afiladora?
—Sí, mira, Pepito, te enseño. Tomando un cuchillo, su papá empieza  a   sacarle filo.
Timoteo, entusiasmado al ver  las luces que salían del roce del metal con la piedra, empieza a gritar con emoción que sin pensarlo  gritó en repetidas ocasiones:
—¡Quiero ser afilador, quiero ser afilador, quiero ser afilador! Enséñame, papá.
Y así fue como en aquel momento nacía para siempre, en San José,  el nuevo  José “Timoteo, el afilador”. Cuenta la historia  que su papá le enseñó cómo afilar, pero con una condición.  “Que nunca dejara de estudiar”.
Su papá le toma el hombro y le dice: —Mira, Pepito, pero promete que nunca dejarás de estudiar, a pesar de lo lejos que está la escuela. Persigue tus sueños, se constante y, sobre todo,  responsable y la recompensa será muy grande.
Timoteo como era muy inteligente, pronto  dominó la técnica de afilar y revivir cuchillos.  Para Pepito, estos metales sin filo eran como un cuerpo sin vida. Fue así como todos los días por las tardes después, de la escuela y de trabajar en el taller, se escuchaba por las calles:
“¡Llegó Timoteo, el afilador, reviviendo cuchillos, machetes, navajas, tijeras y todo metal sin filo que tenga!”
Cuando José tenía 15 años muere su padre y él se hace cargo de su familia y del taller. Así por la  mañana estudiaba, a media tarde atendía en el taller  y por la tarde salía  a afilar, escuchándose por las calles:
“¡Llegó Timoteo, el afilador, reviviendo cuchillos, machetes, navajas, tijeras y todo metal sin filo que tenga!”
Los años pasaron y  José  se convirtió  en un reconocido ingeniero. Gracias a su oficio de afilador y a que era una buena persona, preocupado siempre por el mejoramiento de su querido San José, ayudando a todo aquel  que lo necesitaba,  llegó a ser la persona más conocida y querida del pueblo. No había quien no hablara de la simpatía, nobleza y generosidad de José Timoteo “el afilador”. Así nuestro afilador en poco tiempo se convirtió en un exitoso empresario, haciendo de su pequeño taller de herrería, una gran afiladora con sierras eléctricas y con máquinas electromecánicas,  siendo el principal afilador de la industria de toda la región. Don Timo, como era conocido por todo San José,  contribuyó al desarrollo y crecimiento del pueblo; siendo su afiladora la principal fuente de empleo para todos. Las ganancias de la afiladora eran tan grandes que le permitieron ayudar en la construcción del pequeño hospital y de la primer escuela de San José, haciendo con ello realidad el sueño de su padre que hubiera en el pueblo escuelas y centros de salud. A pesar de su riqueza y  de todos sus éxitos  don José Timoteo no perdió su sencillez y humildad y no dejó de salir  por las tardes a afilar escuchándose siempre:
“¡Llegó Timoteo, el afilador, reviviendo cuchillos, machetes, navajas, tijeras y todo metal sin filo que tenga!”
Así lo hizo hasta el último día de su vida.
Moraleja: no importa el oficio o carrera que tengas en la vida; siempre que lo hagas con amor y respeto. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.



LA HISTORIA DEL PEQUEÑO BÁBACHI
Autora: Helen Bannerman
Gloria Estefanía Ramírez Rosales
Escuela Librado Acevedo Ulloa

Había una vez en la India un niño que se llamaba Bábachi.
Y su mamá se llamaba Mámachi.
Y su papá se llamaba Pápachi.
Y Mámachi le cosió una preciosa casaca roja y unos preciosos pantalones azules.
Y Pápachi fue al bazar y le compró un parasol verde muy bonito y un par de lindos zapatitos de color púrpura con las suelas y el forro de color carmesí.
¡Qué elegante estaba nuestro Bábachi!
Así pues, con la ropa nueva y parasol, salió a dar una vuelta por la jungla.
Paseando, paseando, Bábachi se encontró con un tigre. Y el tigre le dijo: -Bábachi, ¡te voy a comer!
Y Bábachi le contestó: -Oh, por favor, señor tigre, no me coma y le daré mi preciosa casaca roja.
Y el tigre le respondió:
-Muy bien, por esta vez no te comeré, pero me tendrás que dar tu preciosa casaca roja.
Y en un santiamén, el tigre se puso la preciosa casaca roja del pobre Bábachi, y se alejó diciendo:
-Ahora soy el tigre más elegante de la jungla.
Y paseando, paseando, Bábachi se encontró con otro tigre. Y el tigre le dijo:
-Bábachi, ¡te voy a comer!
Y Bábachi le contestó:
-Oh, por favor, señor tigre, no me coma y le daré mis preciosos pantalones azules.
Y el tigre le respondió:
-Muy bien, por esta vez no te comeré, pero me tendrás que dar tus preciosos pantalones azules.
Y en un santiamén, el tigre se puso los preciosos pantalones azules del pobre Bábachi, y se alejó diciendo:
-Ahora soy el tigre más elegante de la jungla.
Y paseando, paseando, Bábachi se encontró con otro tigre. Y el tigre le dijo:
-Bábachi, ¡te voy a comer!
Y Bábachi le contestó:
-Oh por favor, señor tigre, no me coma y le daré mis lindos zapatos púrpura con las suelas y forro carmesí.
Pero el tigre le respondió:
-¿De qué me sirven tus zapatos? Yo tengo cuatro patas, y un solo dos. Con un par de zapatos no tengo suficiente.
Pero entonces Bábachi le sugirió:
-¿Por qué no se los pone en las orejas?
-Pues claro –exclamó el tigre-. Es una gran idea. Dámelos y por esta vez no te comeré.
Y en un santiamén el tigre se puso los lindos zapatitos púrpura con las suelas y el forro carmesí y se alejó diciendo:
-Ahora soy el tigre más elegante de la selva.
Y paseando, paseando, Bábachi se encontró con otro tigre. Y el tigre le dijo:
-Bábachi, ¡te voy a comer!
Y Bábachi le contestó:
-Oh, por favor señor tigre, no me coma y le daré mi bonito parasol verde.
Pero el tigre le respondió:
-¿Cómo quieres que coja el parasol, si para caminar necesito las cuatro patas?
-¿Por qué no lo sujeta con un nudo en el rabo? – le sugirió Bábachi.
-Tienes razón –dijo el tigre-. Dámelo, y por esta vez no te comeré.
Y en un santiamén, el tigre cogió el parasol del pobre Bábachi y se alejó diciendo:
Ahora soy el tigre más elegante de la jungla.
Y el pobre Bábachi se fue llorando, por que aquellos tigres crueles le habían quitado su ropa nueva.
De repente oyó un ruido horrible, que hacía una cosa así como ‹‹ Gr-r-r-r-r-rrrrrr››, y que cada vez se oía más y más fuerte.
-¡Ay, mamaíta! –exclamó Bábachi-. ¡Son los tigres, que vuelven para comerme!
¿Qué puedo hacer?
Así que corrió hasta una palmera, se escondió detrás del tronco, y asomó la cabeza para ver qué pasaba.
Y vio a todos los tigres peleándose y discutiendo sobre cuál de ellos era el más elegante.
Y llego un momento en que estaban todos tan enfadados que se levantaron de un salto y se quitaron la ropa nueva, y comenzaron a darse zarpazos, y a morderse con sus grandes dientes blancos.
Y a fuerza de trompazos y volteretas, los tigres llegaron a los pies de la palmera donde se escondía Bábachi, pero este dio un salto y se escondió detrás del parasol.
Y cada tigre agarró firmemente con los dientes el rabo de otro tigre, y todos ellos comenzaron a sacudirse y atizarse, hasta que se encontraron formando un corro alrededor de la palmera.
Luego, cuando los tigres se veían muy pequeñitos y muy lejanos, Bábachi salió de detrás del parasol y les grito:
-Eh, tigres, ¿por qué os habéis quitado la vuestra ropa nueva? ¿ Es que ya no la queréis?
Pero los tigres sólo respondieron con un ‹‹ Gr-r-rrrrr››.
Entonces Bábachi les dijo:
-Si queréis las prendas, decidlo, porque, si no, me las llevo.
Pero los tigres no estaban dispuestos a soltar el rabo de sus compañeros, y lo único que podían decir era:
¡Gr-r-r-r-r-rrrrrr!
Así que Bábachi se puso de Nuevo su preciosa ropa nueva, cogió el parasol y se fue.
Y los tigres se enfadaron mucho,
Muchísimo, pero ni aun así soltaron el rabo de sus compañeros.
Y estaban tan, tan enfadados que se pusieron a correr alrededor de la palmera, cada uno de ellos intentando comerse al tigre de adelante, y cada vez corrían más y más deprisa…
… hasta que eran como remolino que giraba tan rápido que ya no se les podía distinguir las patas. Y cada vez corrían más y más deprisa.
… hasta que acabaron por derretirse, y de ellos no quedó nada más que un charco de mantequilla fundida (o ghi, como la llaman en la india) alrededor del tronco de la palmera.
Y resulta que Pápachi había acabado de trabajar y se dirigía a casa con una enorme olla de latón en los brazos, y cuando vio lo que había quedado de los tigres dijo: -¡vaya, qué hermoso charco de mantequilla fundida! Me la llevaré a casa, y así Mámachi la podría utilizar para cocinar.
Así que la puso toda en la enorme olla de latón, y se la llevó a casa para que Mámachi la utilizara para cocinar.
¡Qué contenta se puso Mámachi cuando vio la mantequilla fundida!
-Esta noche –dijo-, tendremos tortitas para cenar.
Así que cogió harina y huevos y leche y azúcar y mantequilla, y preparó una enorme bandeja llena a rebosar de deliciosas tortitas. Las frió en la mantequilla fundida en que se habían convertido los tigres y le salieron unas tortitas amarillas y pardas como los tigres pequeñitos.
Y se sentaron todos a cenar.
Y Mámachi se comió veintisiete tortitas y Pápachi cincuenta y cinco.
Pero Bábachi se comió ciento sesenta y nueve, porque tenía mucha, mucha hambre.
  

domingo, 3 de abril de 2016

DE ARENA Y BRUMA


DE ARENA Y BRUMA
-Adan Morgan, desde el Itsmo-

“El amor es una especie de fe,
exclusiva para quienes la confianza los
desborda desde sus entrañas”.
Adan Morgan

El saber de dónde vienes para saber a dónde vas es un dicho conocido por todos, pero aplicado por pocos; en la literatura este asunto no es la excepción. Algunos prefieren adornar sus letras o ponerles las mismas máscaras que usan en la vida diaria quienes las escriben que plasmar en ellas el pasado, la raíz, el origen.
Blanquear el mestizaje, occidentalizar las emociones ya de por sí con la lengua impuesta es el pan de cada día, pero siempre habrán de florecer las semillas de poesía resilentes bañadas con agua de mar y nacidas a pie de monte; de estas semillas se desprenden los olores y colores del pueblo, sus sueños y también sus pesares. En un país repleto de diversas culturas indígenas, lleno de tradiciones y lenguas surge de vez en cuando alguien que les da voz a sus ancestros, alguien que no oculta el bronce de su piel, de su origen ni de sus letras; mismas que se mecen con el vaivén de las olas, que atrapan recuerdos entre sus redes y huelen a sal tal como las nubes en un atardecer lluvioso.
Adan Morgan habla por su abuelo, por los pescadores, por los zapotecas y por su propia voz cubierta de arena y bruma. Así es como él mismo se describe:
“Soy indígena zapoteca del istmo, nací en un pueblito de pescadores que se llama Bernal Díaz del Castillo, a las orillas del “mar muerto”, Municipio de San Pedro Tapanatepec, Oaxaca. Hijo de madre zapoteca, de Unión Hidalgo, y de padre zapoteco, de Juchitán. Soy y sigo siendo de esa generación que gesta y cree profundamente que las alternativas, esas nuevas formas de hacer las cosas, de hacer mundos posibles, las hacemos nosotros. “Nosotros en primera persona”, quienes vivimos a tiempo y destiempo la injusticia, la discriminación y la desigualdad. Somos sujetos históricos. Soy y sigo siendo de esa generación en la que la responsabilidad, el cuidado, el acogimiento y el compromiso con los otros, son nuestras versiones humanas, las hacemos propias, perdemos la calma, ¡no podemos quedarnos quietos!”
Paola Klug


DE PÉRDIDAS Y RENACIMIENTO
Adan Morgan

Hablemos a distancia.
Con nuestras pérdidas como única veta. Con o sin remordimientos. Hay en la distancia atisbos de esperanza, el interminable juego de la vida donde todo cabe.

Juguemos a ser dioses.
Esclavos, miserables o demonios, con nuestros sueños como recurso, con los miedos terrenales, medianamente distraídos, posiblemente olvidados, con nuestras promesas, con o sin argumentos.

Hablemos a distancia.
Con nuestras pérdidas inmediatas, con o sin palabras, buscando entre tantas cosas un encuentro cercano.

Hablemos a distancia.
Llenándonos con el silencio de la madrugada, de la algarabía de los pájaros al amanecer, del aliento melancólico del medio día, del ámbar de las tardes al caer el sol, de luces y candiles, de luciérnagas y búhos al anochecer.

Y cuando todo termine. En cuanto las venas se vacíen, en cuanto estemos a punto de desfallecer. Entonces y sólo entonces…Habrá que llenarse de la cordialidad de un abrazo, de la sonrisa de un niño, de la mirada del anciano, de noches sin estrellas, de mañanas soleadas, de tardes de lloviznas, volver a renacer.

Habrá que llenarse de las horas, segundos, del etéreo rostro del tiempo, de flores y margaritas que se erigen sin miedo al sol.

Habrá que llenarnos de nosotros, llenarnos con el “otro”, sin el “otro”, habrá que llenarse de esta vida, de nuestras distancias, de la posibilidad del amor.

Y cuando todo acabe, cuando por fin se escape el último aliento, cuando el viento deje de acariciar, volvamos a ser aves, surquemos nuestros cielos, volviendo a renacer.

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SERIE AL ABUELO
Adan Morgan

Enseñanzas del abuelo
(1)
Estuve ahí, ¿Lo recuerdas? Montaba una estrella junto a ti. Entonces los dos soñábamos, imaginábamos en ser conquistadores del universo infinito.

¿Recuerdas como era en ese entonces?
Los dos estábamos boca arriba recostados sobre las redes que estaban dentro de esa barca que avanzaba lenta en ese mar tranquilo, era media noche y las estrellas parecían lentejuelas, saltaban con sus luces, formaban figuras.

¿Tienes que recordarlo? No pudiste olvidarte, el motor del la maquina con su sonido hacia cosquillas en el oído, te reías y me abrazabas; yo te apretaba fuerte a mi pecho, no quería que el frio te calara los huesos, te inventaba historias sobre dragones, duendes y extraterrestres.

Me encantaba ver el destello en tus ojos, era como si la luna de octubre se hubiera posado en tu frente, sabía que no te quedarías recostado en esas redes para siempre, sabía que en cualquier momento domarías dragones, que no sería tu estancia eterna en estas tierras, en estos mares, que tu conquista atravesaría esas montañas que señalabas con tus dedos.

¡Tienes que recordarlo! Tienes que recordarme, no pudiste olvidar, no pude borrarme tan de repente de tu memoria.

¿Aún sigo en tus aventuras?

(2)
Abuelo, cuánta razón tenías, hacemos de nuestros miedos los laberintos con los que recorremos el mundo.

Desatamos tormentas, destruimos puentes, develamos historias pasadas, hacemos más dura la coraza... somos cada vez más fundamentalista, aunque lo fundamental no tenga sentido en nuestra existencia.

Ahora mismo me descubro cuidando los pasos que no me he atrevido a dar, de las palabras que no he dicho, de la mirada que no he podido dirigir, del abrazo que no logra coincidir.

Ahora mismo intento desatar los nudos que aprisionan este cuerpo mío, intento que el amor sea mi continuidad, no quiero seguir tejiendo historias que se desbaratan fácilmente con la inseguridad.

Abuelo, ahora mismo quisiera navegar en esos ojos tuyos que no dejaron de amar, en tus labios que no dejaron de besar, en tus manos que no dejaron de acariciar, en tu mirada nunca dejó de soñar.

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ABUELO…
Adan Morgan

Cuánta razón tenías abuelo, la culpa es de uno, que pone en las manos del otro esperanzas, promesas y crucifijos que no le corresponden.

Siempre puse atención, pero escuché canónicamente, como tú decías: ¡escucha el interior de tu alma!, tus ojos secos me lo dijeron, tu boca absorta me lo advertía.

Estar sólo no es bueno, ni malo, me decías, detrás de la niebla hay algo claro, después de la noche el día siguiente saluda, la lluvia también se marcha con la luz del horizonte.

Es encrucijada el tiempo abuelo, también me advertiste, que es necesario detenerse cuando la brújula gira sin encontrar rumbo fijo, que el reflejo de las cosas puede indicar el destino, que no siempre es coincidente la experiencia, que en la negación y lo incierto todo es posible.

No paro de hacer esto abuelo, en eso nos parecemos, escribiste todos los días algo nuevo en el tuétano de mis huesos, me hiciste soñar en las líneas de tus manos, cabalgué en el eco de tu voz mis aventuras, sigo sentado abuelo, arrullándome en tus brazos.

Quizá soy ciego abuelo, no alcanzo a distinguir el amorfo mundo, sólo distingo las arrugas de tu cuerpo, los últimos registros que tengo, esas dunas que recorrieron mis dedos, los mapas con los que me enamoro, cuando me distingo en la sinceridad de una mirada.

Abuelo, me dijiste que el principio y fin son los ciclos que todos cumplimos, que hay veredas por donde marchamos al invierno, que en los ciclos de la luna hay una oportunidad de enamoramiento, que si el sol quema, también es cierto que es cobijo, que si llueve mucho es tiempo de doblar el tallo de la milpa.
Aún escucho tu voz abuelo, hablo contigo por la madrugada, a medio día, en las noches, o en esas tardes lluviosas, hay pájaros que te llaman abuelo, escucho en ellos tu nombre, te aseguro abuelo que no lo invento.

Quiero amar abuelo, prometo adiestrar las palomas de mis manos para que sepan acariciar, prometo no dejar pasar el ocaso, o la helada madrugada para inventar una nueva palabra, prometo abuelo, escuchar con atención el canto del clarinero, el wisch, la calandria cuando cortejan, cómo tu me decías: ¡Escucha con atención hijo, ellos se esfuerzan con su canto!.

Abuelo, también el madresal te extraña, llora de madrugada, sus hojas secas a medio día melancólicas te nombran, caen sus hojas en abril cuando el viento las acaricias, hacen una larga fila en la salina siguiendo la corriente, te buscan, así como yo te busco en estos días de desconsuelo.

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UTOPÍA
Adan Morgan

El abuelo me contó que nunca fue a la escuela, nunca supo si existían. Cuando le dijeron que era necesario defender la tierra, sólo pensó en algo "como viviré si me quitan lo que me alimenta", no pensó en nada más, tomó un machete, su sombrero y se amarró un pañuelo rojo en el cuello. Llegó al punto de reunión y en silencio se marchó dejando en el empolvado camino las escasas esperanzas de retornar con vida.

Los meses pasaron, las esquinas de las casas humedecieron, las calles se fueron tapando con el zacate que fue creciendo, mi abuela dejó de asomarse por la ventana y los niños dejamos de jugar por el miedo que se impregno y paralizó nuestro cuerpo.

Cambió el tiempo, mi abuela decía que la estación del año dejaba sus secuelas, que los meses más difíciles se acercaban, el invierno no eran ningún motivo para festejar con tantas pérdidas. No entendí sus palabras hasta el día que llegó por mí junto al Guanacaste, me acaricio el rostro, levanto mi barbilla y con su voz dulce me dijo: -el abuelo no vendrá hijo, vamos a casa.

El aire de invierno secó los esteros, el lodo se fue partiendo, se hicieron pequeñas grietas, las mismas que se marcaron en mis labios de tanto nombrarlo. Intenté seguir su rastro en las huellas que dejaron los pájaros sobre la playa, esperé su consejo con el silbido del aire entre los árboles, noté que mis manos comenzaban a tener arrugas y el brillo en mis ojos se había borrado.

El abuelo me contó que nunca fue a la escuela, eso lo decía con desencanto, sus ojos llenos de lágrimas miraban al horizonte. La salina quieta como un espejo reflejaba su rostro sin ondulaciones. Sonreía cada vez que me hablaba, lo miraba fijamente mientras acariciaba su cabello blanco, limpiaba sus lágrimas y en silencio me acurrucaba en su pecho, me quedaba dormido sin entender sus palabras.

Ayer volví a estar con él mientras observaba la salina, era medio día y el fresco aire de noviembre me recordó sus palabras. Lo mire de frente como esos días cuando estaba conmigo, acaricie su rostro y susurré a su oído: - Abuelo, la escuela sigue siendo una utopía que no ha logrado cumplir con los ideales por los que nunca regresaste.

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NOCTÁMBULO
Adan Morgan

Noctámbulo,
sempiterno sobre las avenidas,
con la nostalgia entre las costillas,
descifrando tu aroma,
desafiando el petricor del suelo mojado,
en los primeros destellos del alba.

Noctámbulo,
desafiando el espesor de la noche,
te busco en los rincones,
en los efímeros y clandestinos grafitis,
en los no-lugares,
ahí donde estoy seguro de no encontrarte.

Noctámbulo,
perenne de tu ausencia,
constante sobre la avenida,
esperando siempre,
buscando que la noche caiga,
renacer contigo,
noctámbulo bajo la luna.

Noctámbulo me acompaño
de los recuerdos,
del calor de tus manos,
del aroma a tierra recién llovida,
de los pretextos para no encontrarnos,
de maldiciones que cargo en los bolsillos.

Noctámbulo,
seguiré buscando sobre las avenidas,
ahí donde fue efímera tu presencia,
y eterna la despedida.

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*Paola Klug es una escritora veracruzana radicada en Celaya. Dirige el colectivo artístico La ciudad de los violines. Colabora con varias revistas y diarios. Ha publicado Cuentos Tejidos / IV Tomos de cuentos (Antología de Cuentos rurales y prehispánicos)  y Mnémosine / Poemario.


**Fotografía de Frank Coronado: 3er Encuentro de Danza de la Pluma realizado en Tlacochahuaya, esta es una danza tradicional de los Valles Centrales de Oaxaca.

***Este texto se publicó el domingo 3 de abril de 2016 en El Sol del Bajío, sección cultural. 

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