domingo, 3 de abril de 2016

DE ARENA Y BRUMA


DE ARENA Y BRUMA
-Adan Morgan, desde el Itsmo-

“El amor es una especie de fe,
exclusiva para quienes la confianza los
desborda desde sus entrañas”.
Adan Morgan

El saber de dónde vienes para saber a dónde vas es un dicho conocido por todos, pero aplicado por pocos; en la literatura este asunto no es la excepción. Algunos prefieren adornar sus letras o ponerles las mismas máscaras que usan en la vida diaria quienes las escriben que plasmar en ellas el pasado, la raíz, el origen.
Blanquear el mestizaje, occidentalizar las emociones ya de por sí con la lengua impuesta es el pan de cada día, pero siempre habrán de florecer las semillas de poesía resilentes bañadas con agua de mar y nacidas a pie de monte; de estas semillas se desprenden los olores y colores del pueblo, sus sueños y también sus pesares. En un país repleto de diversas culturas indígenas, lleno de tradiciones y lenguas surge de vez en cuando alguien que les da voz a sus ancestros, alguien que no oculta el bronce de su piel, de su origen ni de sus letras; mismas que se mecen con el vaivén de las olas, que atrapan recuerdos entre sus redes y huelen a sal tal como las nubes en un atardecer lluvioso.
Adan Morgan habla por su abuelo, por los pescadores, por los zapotecas y por su propia voz cubierta de arena y bruma. Así es como él mismo se describe:
“Soy indígena zapoteca del istmo, nací en un pueblito de pescadores que se llama Bernal Díaz del Castillo, a las orillas del “mar muerto”, Municipio de San Pedro Tapanatepec, Oaxaca. Hijo de madre zapoteca, de Unión Hidalgo, y de padre zapoteco, de Juchitán. Soy y sigo siendo de esa generación que gesta y cree profundamente que las alternativas, esas nuevas formas de hacer las cosas, de hacer mundos posibles, las hacemos nosotros. “Nosotros en primera persona”, quienes vivimos a tiempo y destiempo la injusticia, la discriminación y la desigualdad. Somos sujetos históricos. Soy y sigo siendo de esa generación en la que la responsabilidad, el cuidado, el acogimiento y el compromiso con los otros, son nuestras versiones humanas, las hacemos propias, perdemos la calma, ¡no podemos quedarnos quietos!”
Paola Klug


DE PÉRDIDAS Y RENACIMIENTO
Adan Morgan

Hablemos a distancia.
Con nuestras pérdidas como única veta. Con o sin remordimientos. Hay en la distancia atisbos de esperanza, el interminable juego de la vida donde todo cabe.

Juguemos a ser dioses.
Esclavos, miserables o demonios, con nuestros sueños como recurso, con los miedos terrenales, medianamente distraídos, posiblemente olvidados, con nuestras promesas, con o sin argumentos.

Hablemos a distancia.
Con nuestras pérdidas inmediatas, con o sin palabras, buscando entre tantas cosas un encuentro cercano.

Hablemos a distancia.
Llenándonos con el silencio de la madrugada, de la algarabía de los pájaros al amanecer, del aliento melancólico del medio día, del ámbar de las tardes al caer el sol, de luces y candiles, de luciérnagas y búhos al anochecer.

Y cuando todo termine. En cuanto las venas se vacíen, en cuanto estemos a punto de desfallecer. Entonces y sólo entonces…Habrá que llenarse de la cordialidad de un abrazo, de la sonrisa de un niño, de la mirada del anciano, de noches sin estrellas, de mañanas soleadas, de tardes de lloviznas, volver a renacer.

Habrá que llenarse de las horas, segundos, del etéreo rostro del tiempo, de flores y margaritas que se erigen sin miedo al sol.

Habrá que llenarnos de nosotros, llenarnos con el “otro”, sin el “otro”, habrá que llenarse de esta vida, de nuestras distancias, de la posibilidad del amor.

Y cuando todo acabe, cuando por fin se escape el último aliento, cuando el viento deje de acariciar, volvamos a ser aves, surquemos nuestros cielos, volviendo a renacer.

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SERIE AL ABUELO
Adan Morgan

Enseñanzas del abuelo
(1)
Estuve ahí, ¿Lo recuerdas? Montaba una estrella junto a ti. Entonces los dos soñábamos, imaginábamos en ser conquistadores del universo infinito.

¿Recuerdas como era en ese entonces?
Los dos estábamos boca arriba recostados sobre las redes que estaban dentro de esa barca que avanzaba lenta en ese mar tranquilo, era media noche y las estrellas parecían lentejuelas, saltaban con sus luces, formaban figuras.

¿Tienes que recordarlo? No pudiste olvidarte, el motor del la maquina con su sonido hacia cosquillas en el oído, te reías y me abrazabas; yo te apretaba fuerte a mi pecho, no quería que el frio te calara los huesos, te inventaba historias sobre dragones, duendes y extraterrestres.

Me encantaba ver el destello en tus ojos, era como si la luna de octubre se hubiera posado en tu frente, sabía que no te quedarías recostado en esas redes para siempre, sabía que en cualquier momento domarías dragones, que no sería tu estancia eterna en estas tierras, en estos mares, que tu conquista atravesaría esas montañas que señalabas con tus dedos.

¡Tienes que recordarlo! Tienes que recordarme, no pudiste olvidar, no pude borrarme tan de repente de tu memoria.

¿Aún sigo en tus aventuras?

(2)
Abuelo, cuánta razón tenías, hacemos de nuestros miedos los laberintos con los que recorremos el mundo.

Desatamos tormentas, destruimos puentes, develamos historias pasadas, hacemos más dura la coraza... somos cada vez más fundamentalista, aunque lo fundamental no tenga sentido en nuestra existencia.

Ahora mismo me descubro cuidando los pasos que no me he atrevido a dar, de las palabras que no he dicho, de la mirada que no he podido dirigir, del abrazo que no logra coincidir.

Ahora mismo intento desatar los nudos que aprisionan este cuerpo mío, intento que el amor sea mi continuidad, no quiero seguir tejiendo historias que se desbaratan fácilmente con la inseguridad.

Abuelo, ahora mismo quisiera navegar en esos ojos tuyos que no dejaron de amar, en tus labios que no dejaron de besar, en tus manos que no dejaron de acariciar, en tu mirada nunca dejó de soñar.

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ABUELO…
Adan Morgan

Cuánta razón tenías abuelo, la culpa es de uno, que pone en las manos del otro esperanzas, promesas y crucifijos que no le corresponden.

Siempre puse atención, pero escuché canónicamente, como tú decías: ¡escucha el interior de tu alma!, tus ojos secos me lo dijeron, tu boca absorta me lo advertía.

Estar sólo no es bueno, ni malo, me decías, detrás de la niebla hay algo claro, después de la noche el día siguiente saluda, la lluvia también se marcha con la luz del horizonte.

Es encrucijada el tiempo abuelo, también me advertiste, que es necesario detenerse cuando la brújula gira sin encontrar rumbo fijo, que el reflejo de las cosas puede indicar el destino, que no siempre es coincidente la experiencia, que en la negación y lo incierto todo es posible.

No paro de hacer esto abuelo, en eso nos parecemos, escribiste todos los días algo nuevo en el tuétano de mis huesos, me hiciste soñar en las líneas de tus manos, cabalgué en el eco de tu voz mis aventuras, sigo sentado abuelo, arrullándome en tus brazos.

Quizá soy ciego abuelo, no alcanzo a distinguir el amorfo mundo, sólo distingo las arrugas de tu cuerpo, los últimos registros que tengo, esas dunas que recorrieron mis dedos, los mapas con los que me enamoro, cuando me distingo en la sinceridad de una mirada.

Abuelo, me dijiste que el principio y fin son los ciclos que todos cumplimos, que hay veredas por donde marchamos al invierno, que en los ciclos de la luna hay una oportunidad de enamoramiento, que si el sol quema, también es cierto que es cobijo, que si llueve mucho es tiempo de doblar el tallo de la milpa.
Aún escucho tu voz abuelo, hablo contigo por la madrugada, a medio día, en las noches, o en esas tardes lluviosas, hay pájaros que te llaman abuelo, escucho en ellos tu nombre, te aseguro abuelo que no lo invento.

Quiero amar abuelo, prometo adiestrar las palomas de mis manos para que sepan acariciar, prometo no dejar pasar el ocaso, o la helada madrugada para inventar una nueva palabra, prometo abuelo, escuchar con atención el canto del clarinero, el wisch, la calandria cuando cortejan, cómo tu me decías: ¡Escucha con atención hijo, ellos se esfuerzan con su canto!.

Abuelo, también el madresal te extraña, llora de madrugada, sus hojas secas a medio día melancólicas te nombran, caen sus hojas en abril cuando el viento las acaricias, hacen una larga fila en la salina siguiendo la corriente, te buscan, así como yo te busco en estos días de desconsuelo.

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UTOPÍA
Adan Morgan

El abuelo me contó que nunca fue a la escuela, nunca supo si existían. Cuando le dijeron que era necesario defender la tierra, sólo pensó en algo "como viviré si me quitan lo que me alimenta", no pensó en nada más, tomó un machete, su sombrero y se amarró un pañuelo rojo en el cuello. Llegó al punto de reunión y en silencio se marchó dejando en el empolvado camino las escasas esperanzas de retornar con vida.

Los meses pasaron, las esquinas de las casas humedecieron, las calles se fueron tapando con el zacate que fue creciendo, mi abuela dejó de asomarse por la ventana y los niños dejamos de jugar por el miedo que se impregno y paralizó nuestro cuerpo.

Cambió el tiempo, mi abuela decía que la estación del año dejaba sus secuelas, que los meses más difíciles se acercaban, el invierno no eran ningún motivo para festejar con tantas pérdidas. No entendí sus palabras hasta el día que llegó por mí junto al Guanacaste, me acaricio el rostro, levanto mi barbilla y con su voz dulce me dijo: -el abuelo no vendrá hijo, vamos a casa.

El aire de invierno secó los esteros, el lodo se fue partiendo, se hicieron pequeñas grietas, las mismas que se marcaron en mis labios de tanto nombrarlo. Intenté seguir su rastro en las huellas que dejaron los pájaros sobre la playa, esperé su consejo con el silbido del aire entre los árboles, noté que mis manos comenzaban a tener arrugas y el brillo en mis ojos se había borrado.

El abuelo me contó que nunca fue a la escuela, eso lo decía con desencanto, sus ojos llenos de lágrimas miraban al horizonte. La salina quieta como un espejo reflejaba su rostro sin ondulaciones. Sonreía cada vez que me hablaba, lo miraba fijamente mientras acariciaba su cabello blanco, limpiaba sus lágrimas y en silencio me acurrucaba en su pecho, me quedaba dormido sin entender sus palabras.

Ayer volví a estar con él mientras observaba la salina, era medio día y el fresco aire de noviembre me recordó sus palabras. Lo mire de frente como esos días cuando estaba conmigo, acaricie su rostro y susurré a su oído: - Abuelo, la escuela sigue siendo una utopía que no ha logrado cumplir con los ideales por los que nunca regresaste.

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NOCTÁMBULO
Adan Morgan

Noctámbulo,
sempiterno sobre las avenidas,
con la nostalgia entre las costillas,
descifrando tu aroma,
desafiando el petricor del suelo mojado,
en los primeros destellos del alba.

Noctámbulo,
desafiando el espesor de la noche,
te busco en los rincones,
en los efímeros y clandestinos grafitis,
en los no-lugares,
ahí donde estoy seguro de no encontrarte.

Noctámbulo,
perenne de tu ausencia,
constante sobre la avenida,
esperando siempre,
buscando que la noche caiga,
renacer contigo,
noctámbulo bajo la luna.

Noctámbulo me acompaño
de los recuerdos,
del calor de tus manos,
del aroma a tierra recién llovida,
de los pretextos para no encontrarnos,
de maldiciones que cargo en los bolsillos.

Noctámbulo,
seguiré buscando sobre las avenidas,
ahí donde fue efímera tu presencia,
y eterna la despedida.

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*Paola Klug es una escritora veracruzana radicada en Celaya. Dirige el colectivo artístico La ciudad de los violines. Colabora con varias revistas y diarios. Ha publicado Cuentos Tejidos / IV Tomos de cuentos (Antología de Cuentos rurales y prehispánicos)  y Mnémosine / Poemario.


**Fotografía de Frank Coronado: 3er Encuentro de Danza de la Pluma realizado en Tlacochahuaya, esta es una danza tradicional de los Valles Centrales de Oaxaca.

***Este texto se publicó el domingo 3 de abril de 2016 en El Sol del Bajío, sección cultural. 

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