domingo, 19 de agosto de 2018

LA RISA ES UN ASUNTO SERIO



LA RISA ES UN ASUNTO SERIO

Patricia Ruiz Hernández


Con varios años de trabajo literario, la obra de Luis Eduardo Vázquez Gascón, escritor celayense, conocido como Lalo Vázquez, reúne una colección de poesías y cuentos. Sus versos tienen un fuerte contenido emocional mientras que la narrativa es trazada con gran comicidad.  Existe en él una predisposición natural para trasformar cualquier situación en un relato chusco.  Posee esa cualidad que le permite apropiarse del lado divertido de la vida y aprovecharla para el enriquecimiento de su escritura. 
            El humor en la literatura es una expresión humana que ha quedado plasmado en novelas, cuentos, leyendas y cualquier tipo de textos. Cada cultura tiene su propio sentido del humor. Las situaciones que hacen reír a un mexicano no son las mismas que divierten a un anglosajón; de igual forma hay diferencias generacionales y otras derivadas de la situación sociopolítica que rodea al lector. Se consideraba al humor, sobre todo por los teólogos de antaño, como frívolo y contrario a la virtud. En contraparte, en la actualidad es apreciado como un recurso sanador y liberador.
            La obra de Lalo Vázquez contiene situaciones graciosas, juego de palabras, construcción de personajes traviesos y actitud subversiva.  En la presente selección, los propios títulos invitan a la diversión, como es el caso de Casi mi novia, el cual sugiere una conquista amorosa a punto de alcanzarse. El título de El Mole verde refiere a un platillo mexicano muy popular preparado en las festividades. El de Los apodos versa sobre el tema de los alias o sobrenombres. Es costumbre en el país la de bautizar a familiares y amigos con motes ingeniosos. Con la lectura de estos cuentos nos adentramos a un terreno interesante que pueden provocar desde una leve sonrisa hasta una estruendosa carcajada. 
            Lalo Vázquez también se desempeña como conductor en diversos eventos. Esta actividad le ha dado soltura en el escenario y buen manejo de la palabra y la improvisación. En su papel como anfitrión en los cafés literarios el Rincón de los duendes y el Tinto café se ha convertido en promotor de escritores. En estos espacios da cabida a múltiples formas de expresión cultural en la ciudad de Celaya. Además, ameniza las tertulias con su otra pasión: la música, compartiendo canciones de su inspiración.

            Para escribir se nutre de hechos cotidianos y los trasforma en una narrativa fluida y juguetona. La inspiración parece provenir de su diario personal o de la observación del entorno. Se puede afirmar que reírse de sí mismo es una forma inteligente de humor y en el caso del autor con frecuencia asume el protagonismo de sus relatos. 
            En cuanto a la característica de la cotidianidad en sus cuentos, podemos observar lo siguiente: En el primer relato narra el romance incipiente de un hombre con la mujer soñada. Del aspecto de ella dice: “Su peinado de salón y el vestido color vino con lentejuela y canutillo dorado, largo casi hasta el suelo con el escote trasero a media espalda, zapatos dorados y una estola de peluche blanca”. ¿Se dará una situación ideal en la primera cita o le esperan contratiempos al enamorado? El autor lo cuenta con gran ingenio.  De igual forma, en el segundo cuento de esta selección, un empleado de oficina saborea con anticipación un platillo cuando es invitado por su jefe a una comilona. Dice que espera “...disfrutar al máximo tan delicioso manjar”. Por último, en el tercer relato se describen las experiencias de un hombre que tiene el hábito de identificar a sus amigos con sobrenombres ocurrentes. Algunos ejemplos mencionados son: Avestruz, Pollito, Muñe, Gusanito, Rorro y Ojitos”. Pero, ¿qué sucede cuando encuentra en la calle a un viejo amigo y decide llamarlo por el apodo de antaño? Enfrentará una situación de la que se puede esperar resultados sorprendentes.
            El común denominador en todas las historias es que se trata de vivencias ordinarias que el autor las convierte en extraordinarias.
            Por otra parte, cualquier acto cómico puede tener un toque trágico. Los personajes literarios muestran esas facetas tragicómicas.  Veamos. En Casi mi novia, las circunstancias en las que se desarrolla el idilio le son adversas al protagonista. Padece imprevistos que pondrán a prueba su interés por la chica. Al respecto cuenta: “Ella vivía en lo último, ultimo, ultimo de la ciudad, su calle sin pavimentar, llena de hoyos…”.  En el caso de Mole verde, el comensal hace sacrificios como ayunar varios días previos al banquete. Sin embargo, en el día señalado no todo sale de acuerdo a lo previsto. ¿Acaso se cumplirá el refrán de ir por lana y salir trasquilado? En un relato jocoso descubrimos la respuesta.  En Los apodos no se excluye de sufrimiento al protagonista, si bien no se trata de un padecimiento físico. Los aprietos provienen del encuentro desafortunado con un antiguo condiscípulo y son fuente de vergüenza social. 

            Más allá de una posible clasificación de la obra en humor blanco, negro, surrealista, escatológico, generacional o involuntario, se puede afirmar que tiene un poco de todo. Con su lectura seremos espectadores de las peripecias de los personajes, de sobra entretenidas.




LOS APODOS
Lalo Vázquez G.
           
La mayoría de las personas que están por recibir un bebé en su casa, lo primero que hacen es buscarle un nombre bonito; que llame la atención y que no sea motivo de burla cuando él o la bebé sean mayores. Si es niño, el papá rápido impone su marca diciendo:
            —Se va a llamar como mi papá.
            Y la mujer, que no quiere quedarse atrás, opina que entonces también lleve el de su papá y el niño queda con cada nombre... (Aristeo Heraclio, Uriel Herlindo, Ponciano Anacleto, o por el estilo), y tienen que cargarlo hasta el final de sus días.
            Si es mujer, la misma cantaleta, solo que con los nombres de las mamás. (Venustiana Jazmín, Felicitas Xiomara, Kimberly Engracia...
            Ya que por fin les pusieron su nombre, por si fuera poco, en su misma casa, todavía él o la bebé no se vale por sí mismo, cuando ya tiene apodo.
            —A none ta pollito, ken esh mi osito.
            Y si no es pollito, es el muñe, el gusanito, el rorro, ojitos o titito.
            Así que, dentro de su mismo hogar, ya tiene tres nombres y si tiene muchos tíos va a tener más, porque cada uno le dirá como le da la gana.
            Al entrar a primaria, ahí cambia la cosa, porque los compañeros, que son con los que va a convivir mucho tiempo, esos escuincles, le dirán como les da la gana sin pedirle autorización a nadie.
            Si tienes orejas grandes, "el orejón"; tienes pelo largo, "el greñas"; si comes mucho, "el puerco"; si no aprendes nada, "el burro"; si se te sale un pedo, "el pedorro"; si hablas y escupes, "el babas"; si eres flaco y alto, "la garza"; si eres gordo, "el elefante";  y así cualquier cantidad de apodos.
            En mi salón, en el tiempo cuando era pequeño, tenía un compañerito; güerito de pelo a media oreja, lacio, lacio, rubio de ojos verdes; no hablaba mucho y siempre subía los brazos al pupitre y recostaba su cabeza. En una ocasión le dijo a la maestra:
            —¿Me da permiso de ir al baño?
            Y la maestra, con su delicada voz, en tono de carcelero, le contestó:
            —¡Aguántate!, ya falta solamente media hora para salir al recreo.
            Así que, el pobre escuincle, aguantó mucho, pero su esfínter lo traicionó y el salón poco a poco se cubrió de aquel maravilloso aroma a caquita. Pero lo mejor de todo, fue que teníamos que salir a recreo y a nuestro compañerito lo mandaron a su casa con todo y sus residuos fecales incrustados en su ropita interior.
            Al día siguiente ya todo el mundo lo conocía por su bien ganado apodo de "el cagón" y, hasta la fecha, le siguen diciendo así. Es más, su nombre se olvidó.
            A mí y a otro compañero, llamado Roberto, nos decían los zurdos porque escribimos con la mano izquierda. A Agustín, como era muy femenino, le decían el Joto; a una compañera de piernas muy delgadas y largas le decíamos la Avestruz y a un compañero que tenía una nariz muy grande y que siempre la tenía llena de barros le decíamos "el Bolas"; además de que este compañero tenía la voz muy gruesa para su edad y aunque hablara quedito se escuchaba muy fuerte.
            Donde quiera que él me encontraba, agarraba aire y gritaba a todo pulmón, ¡¡¡Lalooo!!! Y lógicamente lo hacía con la intención de asustarme y así me viera a dos o tres cuadras de distancia me gritaba y eso lo agarramos los dos de costumbre. Cada que nos veíamos, él me gritaba Lalo y yo le gritaba, Bolas, en respuesta.
            La primaria terminó, la secundaria pasó, las hojas de los calendarios cayeron como confetis; cada uno de aquellos compañeros tomaron rumbos diferentes: unos, políticos; otros, dueños de algún negocio; algunos, maestros; aquellos, rateros y mi amigo, Bolas, se hizo taxista.
            Regularmente nos encontrábamos en los cruceros de alguna calle y gran cantidad de veces hizo que mis trusas se mancharan de heces del susto, o mejor dicho, que se acentuara más la famosa raja de canela por los sustos que me ponía al gritarme, ¡Lalooo!
            Así que me di a la tarea de que cada vez que yo me lo encontrara en la calle, ser el primero en gritarle a todo pulmón el apodo de "Boolaas". Nada me haría tan feliz, pero desgraciadamente todos mis intentos fueron fallidos, porque siempre me veía él primero.
            Pero, bendito sea Dios, llegó por fin el día tan esperado para mi venganza.
            Una mañana, al casi terminar de correr, vi parado al famosísimo “Bolas” a escasos veinte metros de mí. Sentí un escalofrío recorrer toda mi piel, como dice la canción. Y vi ahí la oportunidad de mi gran desquite, esperado por tantos y tantos años; hasta se me iluminó el alma. Seguí caminando y, ya casi por llegar hacia él, sentía un hormigueo en el cuerpo. Bien emocionado, como cuando era niño y jugaba a las escondidas, me fui acercando poco a poco como pantera y, al tenerlo muy cerca, inhalé todo el aire que pude y directo a su oreja le grité, no con la voz, fue con el corazón y con todo mi esfuerzo: ¡Boolaas!
            El señor pegó un pinche brinco como de dos metros y volteó con los ojos que casi se le salen de las órbitas, espantadísimo del susto que le di. Cuando volteó me di cuenta de que no era el Bolas, ¡era otro señor! Lo confundí, por Dios santo, pensé “este güey me va a madrear”, entonces lo que se me ocurrió hacer fue levantar las manos y volví a gritar pero ya con menor intensidad: ¡Bolas! y, en tono bajito, pero que me oyera el señor, dije:
            ─ ¡Ven, güey!, ¡ven!
            Hice una seña levantando el brazo, simulando que le hablaba a alguien, me pasé frente a él, seguí caminando y así, como no queriendo, corrí como loco y me fui, sin voltear para nada.




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