domingo, 22 de abril de 2018

LA INFANCIA SON RECUERDOS



LA INFANCIA SON RECUERDOS

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.
Antonio Machado, Retrato.




LA CHICA DEL BALCÓN
Javier Mendoza González

Cuando era un niño, el mundo era tan pequeño como yo.  Recuerdo que de la mano de mi madre caminaba por algunas calles de una ciudad, entonces tranquila y segura.  Ni el mejor pintor hubiera podido retratar la imagen que tenía ante mí.  Las aceras eran angostas y empedradas.  En contraste, las puertas de madera parecían enormes.  A lo largo de las cuadras los balcones daban un poco de sombra.  A ellos llegaban las aves a posarse por docenas en las barandas.  De ellos caían las enredaderas, igual que chorros de vida.  Lo recuerdo bien.  Pero lo que más tengo presente de aquellos felices días de mi infancia, es la figura de una joven tan hermosa como las princesas de los cuentos que mamá contaba.  Para mí siempre estaba ahí, taciturna; recargada sobre sus codos en el barandal que desde lo alto resguardaba una entrada.  Su pelo, largo y liso como hebras de un hilo fino, se quería ir tras el viento que travieso lo jalaba.  Su dueña lo dejaba jugar.  Nada la sacaba de una posición inalterable.
            Entre las dudas de un niño que quiere saberlo todo había una que en secreto callaba.  Con todas mis fuerzas deseaba tener la altura de un gigante, para ver desde lo alto lo que la chica del balcón contemplaba.  Quizás a lo lejos veía perdido en el horizonte un reino con palacios de cristal, a los que les hacía falta una soberana.  Tal vez del infinito veía venir al caballero que la rescataría de su inmensa soledad.  ¡Qué tonto era!  Pero sólo era un niño, y eso es lo que pensaba.

            Llegaron los días de escuela.  Los libros y sus letras esclarecieron mil dudas, mas nunca aquella que mucho me inquietaba.  ¿Hacia dónde veía la chica del balcón? 
Con gran ansiedad esperaba la hora de salida.  A toda prisa pedaleaba la bicicleta para contemplarla desde una esquina.  Ahí seguía la joven de pelo rubio, fiel como la Luna; inerte como una escultura de mármol gris.  Jamás bajó su mirada.  Algo muy distante me robaba su atención.  El impulso sometido era el montar en mi corcel para ir en busca de eso que ella tanto aguardaba.  Al ocupar un sitio ajeno quizás su triste mirada también se fijaría en el chiquillo que la amaba.  Pero un poderoso motivo hacía que no me moviera.  Si una lágrima caía del balcón como gota de lluvia sobre el desierto, esa sería sólo para mí.

            Después vinieron los vigorosos días de juventud, con ellos se fue la inocencia.  Ya no había palacios ni princesas de cuentos.  Mi cariño puro se contaminó de celos.  Era todo un hombre, sin embargo la chica del balcón ni me miraba.  Yo en cambio, desde lejos la contemplaba.  Bajo la protección de un farol le pedía al humo que salía de un cigarrillo que ascendiera para acariciarla.  El tiempo había pasado, sin embargo, para mí seguía siendo fiel y hermosa.  Nunca vi arrugas en su rostro.  Las canas no dañaron el oro de su pelo.  Era una santa respetada por el tiempo.  Era un ángel que esperaba, no sé qué cosa. 
A diferencia de ella, yo estaba lleno de vida.  Un día, harto de esperar su atención tomé una mochila y la eché al hombro.  La impaciencia me impulsó a ir más allá de las fronteras, en busca de eso que mi amada observaba.
Lejos de mi tierra seguí pensando en ella.  Aprendí a extrañarla, tanto como la quería.  Desde el primer momento quise volver.  Cuando estuviera a sus pies, treparía por el balcón para robarle el aliento y la mirada.  Mas el regreso tuvo que aguardar.  Mi deseo se hundió en lo oscuro de noches infinitas.  El mundo me atrapó entre sus guerras y batallas. 
Con la distancia aprendí que el tiempo no espera.  Así llegó la inevitable madurez y, con ella, la oportunidad de volver.  Derrotado por la vida regresé al lugar donde dejé la cuna.  Mis pasos ya eran lentos y la figura cansada.  Sin importar que por ello me llamaran loco, en el barrio de mi infancia sonreí en soledad, igual que el niño, quien de la mano de mi madre caminó por esas calles empedradas.  Con esfuerzo logré levantar la vista.  Confundido observé el balcón, vacío como siempre.  Sin embargo, para mí ahí seguía la chica de pelo rubio, eternamente joven y hermosa.  Quizás sólo existió en mi imaginación.  Quizás al caer muerto a sus pies por fin me regaló su mirada.




EL PIANO DE MIS RECUERDOS
Soco Uribe

Ayer que pasaba por la casa de la maestra Carmelita vi cómo estaban sacando los muebles de su casa.  La verdad no sé si aún viva ahí o ya haya muerto porque como no vivo en esta ciudad, pues no tengo idea de lo que haya sucedido con ella y con la escuela de párvulos que dirigía hace unas cuatro décadas.
Comencé a ver los muebles que uno a uno iban sacando los cargadores de la mudanza y observé con nostalgia cada uno de ellos, pero al descubrir el viejo piano, me quedé parada en donde estaba y comencé a recordar aquellos días de alegría en los que el canto y el juego eran lo único importante para mí.  Entonces, mi mente se remontó a aquella época en la que yo asistía a esa escuelita de párvulos, como le llamaban mis papás y mis tías, en la que pasé momentos tan felices y también tan tristes de mi niñez. 
Ustedes se preguntarán qué momentos tristes puede tener una niña de tres años, si es difícil que los niños tengan esa clase de momentos a tan corta edad, ¡pues sí los hubo!, aunque solo fue uno, pero lo hubo.  Sin embargo, los momentos dichosos superaron en creces a los tristes y la verdad es que de esa escuela solo recuerdo uno que, a mi edad, no he podido olvidar.
Un día, uno de esos preciosos días en los que el sol brillaba y el clima de mi querida ciudad se mostraba maravilloso, mi mamá me puso un vestido blanco con cintas de color pistache y olanes de popelina en la bastilla, hechos con retazos de tela que habían sobrado de un vestido de mi hermana la mayor, pero que hacían juego con las cintas de listón; me peinó con una colita de caballo tipo fuente y así me condujo hasta mi clase en la que nos divertiríamos, como lo hacen los niños de tres o cuatro años, con cantos, juegos y pinturas de colores.
Recuerdo que llegó el momento de cantar mientras la maestra tocaba el piano y entonces los niños teníamos que hacer lo que ella nos decía:  Brincar con el pie derecho, luego con el pie izquierdo, dar saltitos como canguro, extender las manos simulando las alas de los pájaros, el cual era mi preferido porque cerraba los ojos y soñaba que volaba muy lejos y que conocía lugares muy lejanos para mí, como los que veíamos en los cuentos de hadas; pero, al llegar a la tarea de caminar en cuatro patas, como gatitos, ¿no sé cómo pasó? Pero le pisé los dedos de la mano al niño de atrás y se puso a llorar tanto que me espantó y me sentí culpable por mucho tiempo pero a la vez, sentía mucho coraje con ese chillón.  Yo, en aquella época,  no sabía que eso le podía ocurrir a cualquiera y que era de lo más común entre niños tan pequeños.  En seguida, sentí el rechazo de los demás niños y la atención que la maestra puso en ese chiquillo, pero nunca se preocuparon por mí y por mis sentimientos en ese momento.
En fin, todo pasó y ese día pensé que nunca más volvería a tener ganas de ir a la escuela, sin embargo,  al día siguiente, había algo que me llamaba… como a las abejas la miel.
Ese algo, era el momento en que la maestra Carmelita, ataviada con su vestido blanco de tablones, muy limpio y almidonado, su pelo bien peinado con olor a jabón de tocador y su blanca cara recién lavada e inmaculada tez,  descubría el piano al deslizar el paño que lo protegía.  No recuerdo que tipo de melodías cantábamos, ni la música que nos tocaba pero la magia de ambos era primorosa, encantadora y atrayente.  Era tal el encanto que no recuerdo haberme resistido, en ningún momento, a seguir asistiendo a la escuela de la maestra Carmelita y así disfrutar de los hermosos acordes su preciado piano,  que su madre le había heredado en vida para impartir las clases.
Al escuchar las notas del piano, mi ser percibía una inmensa alegría, como si algo mágico me atrajera, como si el tiempo no transcurriera y se detuviera para gozar de su sonido. Era algo inexplicable.
Sin embargo, ese piano sin mi maestra no tendría historia y mi maestra sin el piano tampoco.  Nosotros, los niños, fuimos el complemento perfecto de esa trilogía. ¡Nosotros fuimos, la tercera historia!
De pronto, alguien gritó: ¡Señora! ¿Puede quitarse del paso? Y, en ese momento me di cuenta de que las puertas del camión de mudanzas ya estaban cerradas y yo seguía ahí, sin moverme, sin darme cuenta de que el tiempo se había detenido, pero esta vez, gracias a la magia de ese viejo piano Bosendorfer.
Por fin, me hice a un lado y,  al retirarse el camión y dejar a la vista la fachada de la casa, fue cuando pude observar un moño negro en la parte superior de la puerta de madera.  La historia había concluído.




MI AMIGO DE JUEGOS
Soco Uribe

He olvidado la fecha de la primera vez que jugué con mi amigo Pablito y con los niños de la cuadra, en verdad no la recuerdo. Lo único que tengo presente es que fue a la mañana siguiente de su octavo cumpleaños.  Sus papás nos llevaron a todos a jugar futbol a una cancha cercana a la colonia, ¡una cancha de verdad!  Era inmensa, pues difícilmente la podíamos recorrer toda completa sin cansarnos. Ahí, formamos dos equipos de los cuales, a fin de cuentas, desconocíamos quién pertenecía al equipo de quién, pues íbamos vestidos de diferentes colores; además de que todos corríamos, sin ton ni son, buscando el gol como abejas a la miel.  El capitán de uno de los equipos era, por supuesto, Pablito y su papá le amarró en el brazo un paliacate rojo para darle el distintivo de capitán.  Mientras que el representante del otro equipo era su primo Rogelio a quien le colocaron de distintivo una dona elástica de color azul rey, que traía puesta su hermana Ale para sostener su larga y hermosa cabellera. 
Así dio inicio el juego y comenzamos a desplazarnos, al igual que el viento,  precipitadamente sobre la superficie del pasto verde y tierno de la primavera, sintiendo cómo nos acariciaba el sol.
Todos teníamos una labor en la cancha, ya fuese de defensas, medios o delanteros. Los porteros eran los hijos gemelos del tío Carlos y como árbitro nombraron a Daniel, el hijo menor de la tía Martha.  En fin, toda la familia estaba presente en el partido y también los niños de la cuadra, a quienes sus papás les dieron permiso de participar por haber sido el cumpleaños de Pablito el día anterior.  En realidad fue un día genial porque, al final de la contienda,  los niños comieron hot dogs  y los adultos pollo rostizado que habían llevado hasta la cancha el tío Justo y la tía Lupita para compartir con todos. Después de la comida, no quedaron ni los huesos de tales manjares domingueros.
A pesar de que siempre había mucha gente rodeando a Pablito, yo era muy feliz jugando sólo con él.  Sin embargo, a él le parecía un poco aburrido y de poca emoción, por lo cual, siempre invitaba a un par de amiguitos y a sus primos para hacer los juegos más divertidos.  Pero, sin lugar a dudas, a mí me consideraba su mejor amigo y seguía siendo parte esencial de sus juegos, de sus risas, de sus travesuras, de sus sueños y hasta de sus confidencias.
La cuadra donde vivíamos estaba llena de gente muy cordial. Aunque, continuamente, aparecía rondando por ahí, el cascarrabias de Don Alfonso, quien no dejaba jugar a sus hijos con nosotros. Aseguraba que éstos no se juntaban con vagos.  Pero era bien sabido que, cuando él se ausentaba de la ciudad por dos o tres días, sus hijos eran muy felices al jugar todas las tardes con nosotros un buen partido de futbol; aunque, después de cada enfrentamiento, la ropa les quedara casi inservible, sucia, rota y sin haberse puesto aún de moda el vestir de harapos y lucir sucio, como ahora.
Por lo regular, jugábamos en la calle desafiando los peligros de la vía pública, ante la mirada suspicaz de algunos adultos quienes, con miradas y juicios recelosos, dudaban de que algún día llegáramos a hacer algo bueno de nuestras vidas.  Es más, nos apodaron,  “los vagos de la cuadra”. Por fortuna, éramos unos vagos inmensamente felices. 
También, había ocasiones en las que Pablito y yo íbamos al parque, donde jugábamos con amigos o subíamos a las resbaladillas para luego deslizarnos vertiginosamente y continuar corriendo entre bicicletas y triciclos; esquivando a otros niños, topándonos con transeúntes y paseantes, pero siempre yendo y viniendo incasablemente. 
Cuando comenzaba a oscurecer, desde el patio trasero de mi casa podía observar a Kaiser, el hermoso perro labrador del vecino que tanto alegraba mis horas de soledad, cuando correteaba a los gatos por todo el jardín, mientras Pablito y sus amigos se habían internado en sus respectivas casas para hacer su tarea, cenar y luego irse a dormir.
Desafortunadamente, como todo en nuestra vida cambia, esta situación también se modificó.  Los niños crecieron y juntos empezamos a cometer acciones temerarias, imprudentes, desafiantes; aunque, por fortuna, salimos ilesos de todas ellas, sin mayores consecuencias.  Al final, dichas acciones terminaron en alegres enseñanzas y lecciones de vida.
Durante unos cuantos años más, se repitió la misma historia, hasta que Pablo creció y conoció a su primera novia. Entonces,  en ese momento, fui desplazado y arrumbado en el cuarto de tiliches, dentro de una bolsa de plástico con una etiqueta que decía: El Balón de Pablo.



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* Soco Uribe es Ingeniera Geóloga y Traductora. Traductora de textos técnicos y correctora de estilo. Primer lugar estatal en literatura, Juegos Nacionales Culturales de los Trabajadores "Ricardo Flores Magón"  en el 2000. Grabó 10 melodías escritas por ella en un CD llamado: Con todos mis sentidos, 2004. Autora del libro Desde lo Profundo, 2005. Colaboró en el Agendiario, Mujer Olfato, 2007; en las revistas La pluma del ganso; Voces Interiores y en el periódico Noreste de Poza Rica, Ver.,  por más de un año (2006-2007) con 20 cuentos. Orgullosa coautora en cinco publicaciones de las antologías Narrativa en Miscelánea -Cuentos y Relatos- editadas consecutivamente por la UNAM (su alma mater), durante los años de 2007, 2008, 2009 y 2010. Y la del 2011 editada por la Unión Latinoamericana de Escritores. Publica ocasionalmente en Diezmo de Palabras de El Sol del Bajío (2016). Finalista de microrrelato en concurso Diversidad Literaria (España, 4-06-16). Es parte del taller literario Diezmo de Palabras.

** Javier Alejandro Mendoza González nació en Celaya. El gusto por las letras fue despertado en él durante la preparatoria “gracias a su querida maestra, Rita”. Por la inquietud de plasmar ideas y sueños surgieron los primeros escritos compartidos con las personas más cercanas.  Se integró al Taller Literario Diezmo de Palabras, donde impulsado por los colaboradores del mismo “se ha adentrado un poco más en el maravillo universo de la lectura y escritura”. En 2016 fue seleccionado en el programa Fondo Editorial Guanajuato para participar con una novela que pronto será publicada.

***Imagenes tomadas de internet:
Mujeres en la ventana, de Bartolomé Esteban Murillo (fragmento)
Fotos vintage

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