domingo, 19 de julio de 2015

CIRCO, MAROMA Y TEATRO


CIRCO, MAROMA Y TEATRO

—Bienvenido al circo brigada. Le aseguro que no se va a aburrir.
De eso no me cabía duda. Lo que me preguntaba era si me tocaría hacer de payaso como de costumbre, o de comida para el tigre.
Lorenzo Silva, autor español.


RAYAS
Herminio Martínez

—¡Don Plácido! -exclamé al ver al hombre sentado delante nada menos que de la jaula de los tigres-. Pero hombre de Dios, ¿qué hace usted aquí? Se va a resfriar.
—Cuidándolo… -respondió él con una tristeza que me dio lástima-. Es lo que hago desde hace… ocho años.
—¿A quién, qué cosa, hombre?
—A mi hijo… -sollozó-. Desde ése día vago detrás de él, de feria en feria y de pueblo en pueblo.
—Vamos –le dije, poniéndome a su lado-. Usted ya no está para estos trotes. Déjelo que haga por la vida él solo. Somos de la misma edad, si acaso uno o dos meses… En muchas ocasiones Luis Manuel me comentó que su mayor deseo era trabajar en algún circo, ¡de verdad, don Plácido! Si ya está aquí, pues déjelo.
—¡Hasta que muera él o muera yo será éste mi destino! –argumentó tajante y comenzó a llorar.
Al terminar la telesecundaria, como lo hicimos los demás, Luis Manuel sintió el deseo de irse a la ciudad. En el pueblo no había bachillerato, pero don Plácido se opuso con argumentos que a nadie convencían: “Te vas a pervertir. Lo único que los jóvenes hacen allí es divertirse; se van con las mujeres, no estudian, fuman, beben, duermen en el antro. ¡No! Tu madre ha muerto, somos nada más tú y yo, pero tenemos tierras, ganado, las gallinas, este tractor. ¡A trabajar se ha dicho, a trabajar!”. Fue su respuesta. Pero Luis Manuel de todas maneras se las ingenió para inscribirse conmigo en el bachillerato, al que estuvo asistiendo hasta que definitivamente se perdió; es decir, ya no lo vimos más.
—Sucedió en ese tiempo…-continuó el hombre-. Cuando me desobedeció para irse a la ciudad. Sé que iba contento y que iba bien. Hasta que se lo prohibí definitivamente, advirtiéndole. “¡Y si no me escuchas, te va a caer mi maldición! ¡Serás un perro!”… Y en perro se trasformó mi hijo.
—Oiga… -iba a hablar, pero don Plácido no interrumpió el relato.
—Permíteme, Isaías; por favor escúchame; tú estuviste con él; lo conociste; era un muchacho noble, bueno, amoroso… Muy sonriente.
—¿Un perro? –insistí.
—¡Un perro! ¿Te das cuenta? –continuó-. A nadie, jamás, le revelé el secreto. Nada más a ti. Y no, no desapareció, ni emigró a otro país, ni lo secuestraron, ni se fugó con una mujer de Cacalote. Fue la maldición, Isaías, la maldición de un padre… Tras mis palabras dejó su forma de hombre; le salieron orejas, cola, colmillos, mucho pelo y ya no habló. Sólo ladraba, echándose a mis pies. “¡Dios mío!, ¿qué hice?”, me arrepentí; mas ya era tarde. Un día supe del mago, el de este circo…Lo vi en una función. “¡Magnífico! –pensé-. Si convierte papeles en palomas y pañuelos en víboras, podrá ayudar a Luis Manuel. De eso estoy seguro. Iré a pedirle ayuda”. ¡Claro que lo ayudó! Le dio algo de beber; le echó conjuros… Y desde entonces, muchacho, aquí estoy, siguiéndolo, mirando cuánto come, qué come; cuando lo sacan de la jaula para que salte por un aro encendido, sintiéndolo pasar y verme con esos ojos que tanto me recuerdan a su madre.
—¿De verdad?
—Allí está, el poder del mago logró que dejara de ser un simple perro.
Por instinto volteé hacia la jaula donde una sombra se movía. También don Plácido. Un rugido estalló. Pero no era la voz de cualquier fiera, sino un derrumbe de sonidos, un estruendo largo, que, tras hacerme estremecer, me llevó hasta los años cuando aquél joven y yo en su camioneta viajábamos a la ciudad donde había el bachillerato, él con los libros y sus cuadernos escondidos en una caja de madera debajo del asiento; conversando, haciéndonos preguntas sobre las materias que cursábamos.
No pude resistir; me acerqué un poco más  a verlo y sí, aquel enorme tigre era el hijo de Plácido Santana. ¿En que lo descubrí?  En algo más masculino que animal: las pupilas, su andar, el duro pecho y la suave sonrisa que, pese a los rugidos, era la misma de él. De nadie más. Sólo mi gran amigo sabía reírse así. Ah, y la gran mancha entre la nariz y uno de los párpados.


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