domingo, 30 de octubre de 2016

COMO LA MISMA MUERTE


COMO LA MISMA MUERTE

La vida, fuente del misterio que nos acompaña, nos lleva a palpar el miedo. Algunas veces a lo conocido y otras a lo desconocido. Llevamos a cuesta la ilusión de la inmortalidad y el poder, hasta que nuestro despertar espiritual se llena de preguntas. ¿Quiénes somos? ¿Por qué nacimos? ¿A dónde iremos al morir?       Todas estas preguntas son como navajas que laceran en nuestros momentos de soledad. Tenebrosos pensamientos se anidan cuando la mano del destino amenaza con arrebatar lo poco que nos queda de cordura.
            Una mañana despertamos y vemos reflejada a la muerte en el cristal de nuestra existencia. Renegamos que algo así pudiera sucedernos, pero… ¿Qué es la muerte? ¿Lo sabes tú?  Comentan que los espíritus lo saben todo, por lo que algunas personas suelen hacer rituales para saber qué sucede en el “más allá” y seres macabros se manifiestan. Quizá son almas descarriadas que penarán por toda la eternidad. Las que son perversas colectan pecadores para llenar el infierno y Satanás pueda organizar un enorme festín. Lo supimos por relatos, que entre brujas y aparecidos, nos quitaron el sueño desde que éramos niños. Entes descarnados, duendes y seres resucitados, nos han perseguido en muchas de nuestras pesadillas.
            El terror aún nos acompaña y no podemos evitarlo. El mundo actual, con su desagradable transformación, es más inquietante que una película de suspenso. Provoca una psicosis en donde la gente se aferra al esoterismo, utilizando talismanes para prevenir algún maleficio; o a la religión, en la espera de que el santo de su devoción los salve de la maldad -que muchas veces es la creación de ellos mismos-.
            Todo crece en torno a la imaginación y las creencias del ser humano. Lo bueno y lo malo es parte de nuestros días. Hoy, la página del taller Diezmo de Palabras, te comparte algunas historias reales y cuentos fantásticos que te dejarán frio.
Laura Margarita Medina

MANOS NEGRAS
Rosaura Tamayo

Las uñas le empezaron a cambiar de color, los nudillos de los dedos se pegaron de tal forma que las manos se veían cadavéricas. Era notorio que se dedicaba a la magia y brujería. Entre más riqueza y poder tenía, su cuerpo le cobraba parte de su vida. Y no le importaba. La fortuna le cegaba la vista. La ambición la alejaba del mundo. Finalmente sería la muerta andante más rica y poderosa de la tierra.


AUTO DE FE POR LICANTROPÍA
Héctor Ortega

Con la silueta aún del lobo y el aliento magro, rendido, fue llevado cerca de su inevitable fin. Como si el destino poderoso pusiera en cada letra de su vida una infinidad de olvido, condenado por una inusual sentencia sumaria, por infamias y milagros ficticios, fue atravesado por inagotables herrumbres de fuego. Cada demonio le fue exorcizado en la hoguera, cada plegaria fue un ocaso solitario, cada provincia de donde fue desterrado le convirtió en un espectro suspendido en medio de la contrariedad de vientos boreales. En los últimos sufrimientos mortales, entre gritos y aullidos, pensó que si acaso existe el perdón infinito, espera despertar en el asombro crepuscular, ser alguien para cobijar su aurora, olvidarse de sus noches destructivas, de sus víctimas mutiladas, desangradas, desolladas, o confinadas a vagar, como él, sin rumbo y atemorizado con las crecientes lunares. Espera olvidar las vísceras entre los dedos al despertar, los huesos rotos, la sangre ajena ceñida a su ropa. Únicamente quiso regresar de la muerte para pertenecerle ya por siempre a su misteriosa luna.



DOÑA QUEJUMBRES
Patricia Ruiz Hernández

—Madre, tu comida está servida —dije con cierto recelo, mientras observaba su semblante tosco. Sabía que mi madre era de carácter avinagrado.
—No sabes hacer una sopa de arroz como Dios manda.  ¡Mira!, está toda apelmazada.  ¡Qué porquería! —expresó con su acostumbrada violencia verbal.
—Pasé mucho tiempo en la cocina. Hice mi mejor esfuerzo. Pruébala.
—¿No merezco ni una comida decente? Jamás haces algo que se te agradezca.
—No me sorprende tu enojo. Siempre me has humillado. Ya ves, no me casé por cuidarte. Pretendientes nunca me faltaron, pero los corrías a todos. Que si el hombre era muy pobre, que si aquel estaba feo o que el otro no iba a misa. Total, me quedé soltera y cuando envejecí ya no agarré novio ni de segunda mano. Me hubiera conformado con un viudito cuando menos, pero con tu maldito carácter, ¿quién me iba a querer?
—Andabas de ofrecida con esos fulanos. Paseaban con ellos mientras tu pobre madre estaba encerrada sin que nadie le diera un trago de agua o la medicina.
—Ya me arruinaste la vida y yo de taruga que te hice caso –enseguida cambié de tema para no seguir con el círculo vicioso-. Mira, también hice chiles rellenos.
—¿A eso le llamas chiles rellenos? Hasta para batir el huevo eres una inútil.
—¡Carajo! A todo le pones peros. Creí que era tu comida favorita y como nunca demuestras felicidad por nada.  Al rato pruebas el atole. Lo hice tal como te gusta, sin grumos y espeso. No se quemó como otras veces.
—Seguro dejaste tiznada la olla.
—Aquí la única que tizna eres tú.
—¡Qué respondona te has vuelto!
—Desde que papá murió, mis hermanos y yo quedamos sufriendo tu eterno enojo. Al final, ellos fueron más listos al largarse. ¡Qué se podía esperar después de lo que les hiciste!
—¿Qué les hice a esos malagradecidos? Toda la vida me sacrifiqué por ellos.   
—Me dejaron a doña Quejumbres para mí solita, con su costal de reproches incluido.  Fui condenada a limpiar tu suciedad, tus mocos y aguantar tus berrinches.
—¡Mírala, saliste rezongona!
—¡Reconócelo! Mis hermanos se fueron por los mitotes que armabas. Muchas veces fingías estar enferma sólo para chantajearlos. Acuérdate que les pedias dinero que no necesitabas.  Sus esposas no aguantaron tener una suegra loca y argüendera.  Cuando todavía podías caminar andabas en puros chismes con las vecinas. Hasta parecías cámara de vigilancia fisgoneando a todos.
—No me recuerdes a mis desgraciadas nueras. Fueron muy malditas conmigo.  ¿No viste las groserías que me hacían?  ¡Qué mala suerte tuve!
—No te hacían groserías. Tú eras entrometida hasta hartar. Todavía no descubro qué le dijiste a mi último novio, al zapatero, para que me abandonara. Él me quería bien. Recuerdo sus palabras de amor y sus piropos. Me decía cosas como: “Te quiero, bonita.  Anímate a ser mi mujer. Eres hermosa y con medias suelas quedarías como nueva”.
—Mi hija casada con un zapatero remendón, ¡ni Dios lo permita!  Este mantel lo tienes todo percudido, se supone era blanco.
—Tan percudido como el vestido de novia que nunca usé. No me extraña lo que dices, peleas hasta con el espejo. En nuestra casa jamás hubo  risas o música. Siquiera me hubieras dado el cariño que me faltó de un hombre. Anda, come, es para ti.
—Trágate tus mal hechuras. Ni el perro las va a querer.
—Madre, ya me cansé de pelear. En este Día de Muertos se amable conmigo tan sólo una vez y acepta las ofrendas que en tu honor pongo en el altar. 



RUTA  MACABRA
Vicente Almanza Huerta

La tarde caía en la ciudad de Celaya. Grandes nubarrones y relámpagos indicaban que pronto caería una tormenta. El turno de trabajo de David había terminado, en una de tantas empresas que existen en la ciudad industrial.
Se encontraba esperando el microbús de la ruta Pinos-Latino2, que lo dejará en la glorieta de la Pepsi. Después de veinte minutos, se subió a la unidad número 87. Había un lugar desocupado. Su compañero de asiento era un hombre como de sesenta años, de barba canosa, lentes negros y sujetando un bastón metálico.
       David saludó por cortesía. La respuesta del hombre lo desconcertó:
       —Bienvenido. Que disfrute su viaje.
       Inmediatamente que el camión arrancó, se soltó un aguacero. No se podía ver nada. La velocidad iba en aumento. Siguió derecho, donde debería dar vuelta. Pensando que había tomado la ruta equivocada, David se levantó con la intención de bajarse. El anciano lo tomó de la mano diciendo:
        —Todavía no, joven.
        Quiso protestar, pero ningún sonido salió de su boca. Volvió a sentarse. El viejo golpeó con su bastón el piso. El camión se detuvo y bajó una mujer con su bebé en brazos. Por la ventana vio que a la mujer se le acercaban dos hombres, dándole ropas blancas. Se internaron en un túnel en cuyo fondo se vislumbraba una luz azul. La unidad emprendió su marcha y se detuvo hasta volver a escucharse el sonido del bastón.
       Esta vez bajó un hombre vestido de traje. Se le acercaron cuatro seres con garras en los pies y manos, ojos inyectados de fuego, en la boca, en lugar de dientes, dos hileras de colmillos, de piel blanca y enormes alas negras. Despojaron al hombre de sus ropas, lo llevaron a una barranca, donde al final se veía una luz roja deslumbrante. Los ayes de dolor  y gritos de lamentos, hicieron que David se estremeciera de miedo, un escalofrío recorría todo su cuerpo.
       Se preguntaba qué era todo aquello. Discretamente volteó a ver a los pasajeros. Nadie hablaba, un silencio desesperante, sin expresión alguna en el rostro. Mirada perdida. Sólo obedecían a la señal del bastón para bajarse. «¿Quiénes son estas personas?–pensó–¿Y yo que hago aquí? ¡Tengo que bajarme! Le prometí a mi hijo que estaría en su primer partido de basketbol.
        Después de varias paradas, no soportó más. Cerró los ojos y se tapó los oídos para no escuchar los espeluznantes gritos. Deseó que se tratara de una horrible pesadilla. Cuando abrió los ojos ya no había más pasajeros.
        De repente aparecieron esos entes dispuestos a llevárselo. Quedó paralizado de terror. Por instinto se cubrió la cara. Escuchó una voz que decía:
        —¡Apártense¡¡A él no!
        Era el anciano del bastón, sujetó a David del brazo y lo arrojó afuera del transporte. Cayó de rodillas, al voltear la unidad 87 había desaparecido. Había llegado a la glorieta. Era una noche llena de estrellas y la luna nueva brillaba con todo su esplendor. No había señal de que hubiese llovido.     



EL CANDADO
Soco Uribe

Es extraño. La puerta está abierta.  Nadie me espera aún, ¿será porque adelanté mi llegada? Entro y me escondo detrás de la escalera para darles la sorpresa y, cuando por fin se encuentran todos reunidos en la cocina, hago mi triunfal aparición.
Ninguno se sorprende.  Como si no me conocieran, como si me hubieran olvidado. Tal parece, que los atacó la terrible enfermedad de la amnesia o se puesieron de acuerdo en ignorarme.  El único que se acerca y me abraza es mi pequeño hijo. Pero, mi esposa lo llama y le pide rezar una oración para iniciar la cena.  Al retirarse, me dice al oído: –no me tardo nada papito.
En seguida, le hablo a mi mujer y no me contesta; a mis hijos mayores les cuestiono el porqué de su indiferencia, pero, sólo bajan la cabeza sin voltear a verme.  Tal parece que el complot es general.  ¡No lo entiendo!, si sólo me separé de ellos un par de años y tal parece que no quieren volver a verme.
Aunque, mi niño, aún me mira con dulzura. Devora su leche y su pan, me imagino, con la intención de levantarse de la mesa lo más pronto posible para estar conmigo.
La expresión de mi enojo no se hizo esperar y por fin exploté.
–¡Este silencio, esta indiferencia me está matando!– , grité. 
Luego, sin bajar el tono de mi voz, les dije:
–No estoy dispuesto a seguir con su maldito juego. Están acabando con mi paciencia. No tienen derecho a hacerme esto. Les exijo me expliquen la razón de su sinrazón. 
Al finalizar mi pregunta, se quedaron callados; no obstante, mi chiquillo se levantó rápidamente de la mesa y se colocó a mi lado.
De pronto, al escuchar un rechinido, sentí una paz inexplicable, al ver entrar a mi esposa, a mis hijos mayores y al pilón llevando entre sus brazos decenas y decenas de flores como lo hicieron el año pasado.

Pero, ¡qué extraño¡, esta vez ni siquiera escuché el escalofriante golpetear del candado de mi cripta.  Ese ruido que anuncia la visita de mis eternos amores. Eternos… como la misma muerte.


*Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.

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