domingo, 13 de marzo de 2016

HONDURAS Y LIVIANDADES


HONDURAS Y LIVIANDADES
-Mujeres de Palabras-

“Yo soy cóncava y convexa; dos medios mundos a un tiempo: el turbio que muestro afuera, y el mío que llevo dentro. Son mis dos curvas-mitades tan auténticas en mí, que a honduras y liviandades toda mi esencia les di”. Con estos versos la inmortal poeta mexicana, Pita Amor, precursora de la liberación sexual femenina, definía en los años cincuenta la perfecta contradicción que algunas mujeres muestran en su carácter. Pero es que son tan misteriosas, incomprendidas y lamentablemente desconocidas, que los hombres apenas alcanzamos a aceptarlas –en el mejor de los casos- o amarlas, si es que así se puede llamar a la domesticación del hombre/mono. En nuestro taller literario tenemos el enorme gusto de contar con varias compañeras cuyas voces son divergentes en apariencia, casuales en su lirismo y completas en su inacabada versión de ellas mismas. Estos son sus textos. Vale.
Julio Edgar Méndez


CENIZAS
Paola Juárez

Te dejo mi silencio,
la humedad amarga de mis lágrimas,
el dolor que callé y grité,
una, dos, tres, infinitamente.
Te dejo las horas más tristes de mi vida,
el hastío de mis tardes solitarias
que nunca comprendiste por falta de interés.
Te dejo mis mañanas somnolientas,
un recuerdo en mi taza de café
y cenizas de cigarro olvidadas con las cuales pretendí llenar el pozo sin fondo que a tu lado fue mi corazón.
Te dejo lo más oscuro de mi vida,
mi luz fue menguando junto a ti.
Te dejo las raíces más secas de mi alma,
lo más putrefacto de mí; lo mejor lo llevo conmigo.
Sin ti volaré en libertad.

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MUJER SIN ZAPATOS
Rosaura Tamayo

Mujer que no usas zapatos y los traes colgados del cuello, tus pies descalzos y empolvados se levantan con el alba y se duermen tardía la noche. Tus dedos ya no los sientes. ¿Cómo no vas a usar zapatos? la verdad no los usas, estás acostumbrada a pisar sobre los zapatos del hombre. Él camina, tú como sombra detrás de él. Te rezagas como muchas otras, pensamiento efímero de sexo débil. Deberías por un momento mirar al cielo, no a la tierra, al pavimento o las piedras. Quítate esos zapatos pesados sobre tus hombros -piensas que sólo eso mereces- y ponerte unos a tu medida; voltea y ve que también dejas huellas al caminar. Dejas marcas en la arena y en el corazón de madre, huellas de ternura en voz y actos, pies pequeños y tu inteligencia grandiosa, peso menor pero magna tu fuerza femenina. Superas todo y todas aquellas adversidades de la vida. Fueron muchos años de ser una mujer sin calzado, sin voz ni voto, tus pies ya tienen grietas y sangran. Se  podrán curar, midiéndote no de la tierra al pelo sino de tu corona al infinito, como ese mismo amor de madre y mujer. Aprender que cada una tiene sus propios zapatos mandándolos hacer a la medida de la inteligencia y del amor que te tienes. Y jamás volverte a sentir descalza en tu camino por la vida. 

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ENSAMBLE DE AMOR
Laura Margarita Medina

Ésta es la última tonada de mi vientre.
 Surge de la bruma del pasado.
Tú, como se acaricia a un niño,
recorrías mis hemisferios
mientras mí desbocado corazón
se anclaba a tus deseos.
Te amaba y me dejaba llevar
por la corriente de tu río.
En un beso
entregamos  todo nuestro ser.
La estrechez de mi cintura
enloquecía tus antojos,
mientras tus manos juguetonas
tocaban ansiosas los volcanes de mis senos
con los que te endulzabas cada noche.
Tus dedos adormecían mi cuerpo
 y tu respiración era nota de magia en mis oídos.
 Pude sentirme como un ave
cuando acurrucaba el alma entre tus brazos
y así dejarte deslizar en mi cálido tesoro.
Ése, que se prende hoy por un instante
para grabarte sólo en letras de recuerdo.


ENUNCIADOS DE NATURALIA
Diana Alejandra Aboytes

Sol que camina.
Ave que ríe.
Tierra que escucha.
Agua que canta.
Montaña que sostiene.
Fuego que acaricia.
Lluvia que llora.
Sangre que germina.
Fruto que muerde
Luna que arrulla.
Raíces que gritan.
Sombra que sueña…
Mujer.

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AQUEL POETA
Zhely Alceda

—Qué bueno que llegas, te esperaba. ¡No!, por favor no digas nada, sólo escúchame; sé que vienes del trabajo y estás cansada, intentaré ser breve. Te dejé un poco de carne sobre tu plato y te hice un café como tanto te gusta -dos de café, una de azúcar, agua tibia hasta la mitad-. ¿No quieres cenar? Seguro vienes de estar con él…
 ¡Espera!, no quiero reprocharte ya nada; es solo que…
 Dime, ¿cómo te fue en el día?… Entiendo, no quieres hablar. Lo haré yo.
 Es solo que te he estado observando, ya no me miras más, casi no reconozco tu aroma y no dejas ya silueta entre las sábanas; se quedan los platos sin tocar y el café sin tomar; ni el gato busca tu caricia mientras sobre el sillón te pierdes en alguna lectura; tu ropa parece llena de polvo y tus zapatos acabados. A veces, mientras duermes, toco tu cuello intentando sentir esos latidos de un corazón que no distingo.
 Por favor, no bajes la mirada, no tienes nada por lo cual debas sentir vergüenza. Te he descubierto suspirando a la luna por él, viendo su rostro en las estrellas, besando el sol; aquél sol que también besa él.
 Lamento mucho haberte tenido aquí, atada, todo este tiempo. Yo solo quería hacerte feliz; fracasé.
 Creo que ya es tiempo de que vayas con quien ilumina tu sonrisa y alimenta tus alegrías… ¿Qué haces? ¡No, para! ¡No necesitas fingir! No comas esa carne fría ni tomes ese café viejo, no mires hacia atrás ni preguntes qué será de de mí; voy a estar bien. Deja la ropa en el suelo y los trastes en cualquier rincón, no te molestes en abrir las cortinas ni pienses más en el gato que alguna vez te regalé. Anda, seguro está esperando en esa cama, donde tus sueños duermen hace tiempo. Espera, solo un favor más… Alcánzame aquella copa y tráeme la botella, la de siempre…

Ella lo vio y se desvaneció, así como se desvanece un recuerdo, así como se desvanecen las memorias; así se fue ella. Así le dijo adiós aquel poeta a su amada cuando entendió que no podía hacerla feliz, ni siquiera esa versión de ella, la que cobraba vida desde su imaginación.

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NOMOFOBIA 
Patricia Ruiz Hernández

Una fuerte lluvia me sorprendió en el centro de la ciudad.  De inmediato las calles se anegaron, provocando largas filas de autos que avanzaban con lentitud. Numerosas personas, sin la previsión de portar paraguas, se resguardaban del aguacero donde podían; otras, caminaban resignadas a empaparse. Por mi parte, abandoné la banca del parque, donde esperaba a mi amiga Estela, la siempre impuntual Estela, quien, con seguridad, llegaría muy tarde con alguna creativa y fantástica excusa. Me apresuré a mandarle un whatsapp. Al cruzar la calle, sentí un golpe en el cuerpo, al voltear vi un automóvil. Por la nula visibilidad no distinguí al conductor, sólo escuché la bocina estridente que me atacó con agresividad y respondí en el mismo sentido, gritando palabras ofensivas que saqué de mi abundante repertorio. Con el susto encima, me puse a salvo en la banqueta. Bajo una cornisa metí mi cuerpo tembloroso. Noté que la breve pestaña sería insuficiente para protegerme de la copiosa lluvia. Decidí llamar a Estela para saber si venía en camino. Fue cuando recibí la más desagradable sorpresa: ¡Mi celular se había quedado sin batería! Grité: “¡Maldito aparato!, ¿por qué me haces esto?” No me importó exhibirme como iracunda y estúpida al hablarle a un objeto. Con frecuencia, cuando algún artefacto fallaba, acostumbraba decir en voz alta: “¡Maldita sea, no me falles! Hoy no, por favor, ¡anda!” Si se observa bien, esta conducta no es tan inusual, pues, de acuerdo a las estadísticas, a las que soy aficionada, el noventa por ciento de las personas le hablan a su computadora, a su celular o a su automóvil en situaciones similares. Me reproché por no haber comprado una batería portátil. Tenía que implementar un plan de emergencia, así que caminé a buscar una cafetería. Por suerte había una a pocos metros. Entré a ella con el único propósito de encontrar un enchufe para conectarlo. Con urgencia, elegí una mesa ubicada cerca de una conexión. “¡Me trae un café americano!”, le grité  a la atareada mesera que hacía malabares para atender a los clientes. Cada pocos segundos, consultaba la carga, pero no prosperaba. Me vi atrapada en una madeja caótica de pensamientos. “¡Qué mala suerte! ¿Cuántas cosas estarán pasando en estos momentos?” Ya tenía hambre de novedades.  Estela acostumbraba informarme de un joven que me gustaba y era su vecino; ella lo espiaba por la ventana y me ponía al tanto de lo que hacía. Además, estaba la fiesta del sábado; todo el mundo hablaba de ella, cada minuto había comentarios de mis amigos. Pensé que cuando recuperara la conexión tendría que ponerme al día. Y eso no sería nada fácil. Seguro llegaría despistada a la conversación y me dirían con burla: “Bienvenida al tema”. Era imperioso comprobar si Estela me había enviado algún mensaje para explicar su retraso. Mi congoja y ansiedad crecían hasta el infinito. La paciencia no era una de mis virtudes. En aquellos momentos, se podría decir que era habitante de una isla desierta o viajera en un universo distante. Luego, recordé la despedida de soltera de Mirna. Me moría de ganas por ver las fotos que la autoproclamada fotógrafa del grupo prometió compartir y no lo había hecho.  ¡Qué angustiosa espera! Yo y mi maldita impaciencia se ahogaban en un mar turbulento. Finalmente, fui consciente de que caminaba en círculos con esos pensamientos repetitivos. Mis emociones mutaron de la desesperación a la calma. Repasé la explosión de enojo que había tenido, cuando por un impulso irracional habría tirado el aparatejo a la basura. Mis amigos decían que tenía tendencia al melodrama. Recordé un video donde aparecía una mujer que enloqueció en el tren metropolitano cuando su celular se quedó sin batería. Ella lo golpeaba contra el asiento y gritaba sin importar que la observaran.  ¿Así de loca me veía? ¡Qué falta de lógica y sentido común! Estela, como buena amiga, era conocedora de mis debilidades, me dijo un día: “Padeces nomofobia”, “¿eso qué es?” pregunté, “es el miedo a estar sin el teléfono”, contestó. Nunca lo había enfocado de esa manera; ciertamente, era incapaz de observar con objetividad la situación cuando yo misma era parte de lo observado. En la cafetería transcurría el tiempo y el teléfono seguía muerto. El aullido de la sirena de una ambulancia llamó mi atención.  Miré por la ventanilla. Visualicé a un pequeño grupo de personas, quienes con morbo echaban un vistazo a lo que parecía un accidente. La lluvia había menguado y permitía la visibilidad de la antes nublada calle.  Salí para ser parte del grupo de fisgones. Una mujer estaba tirada en la calle. Me acerqué y con enorme tristeza vi que, ¡era yo! Estaba descalza. Di un rápido vistazo a la escena. Mis zapatos negros de tacón estaban tirados cerca de la alcantarilla. Mi cuerpo ya era como una estatua encantada que mantenía cerrado el puño con el invaluable teléfono aprisionado. Absurdamente, sólo atiné a preguntarme por qué aún nadie me cubría con una sábana. 


BONSAI
Rayo Rincón

Retuerce la sangre, las venas,
tala inconsciente y “estética”
figurita del “debería ” con ramitas del “es que, así es”.
—Córtale más.
                                                                      (“Pecaditos”)
—Que sea perfecto, el mejor, tendrá buen precio, irá al cielo.
Salta, rueda, hazte el muerto, si, así ¡el muerto!
¡No puedes!
                      Calla, shh, al cabo ni le duele, no lo nota, por eso esto se hace desde pequeño.
¡Mírate! Te ves tan bonito.

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INFINITO
Rayo Rincón

Miró el carbón de sus ojos
en ella brota un manantial volátil
mujer de rutas peregrinas.
¿Qué parte en su boca incita a sonreír?
su casa de flores
 o su casa de galaxias  invisibles.
                           ¿Qué de ella ,danzara en las manos

de un artista?


*Imágen: Pita Amor, por Diego Rivera.

Contacto con Taller Literario Diezmo de Palabras: www.julioedgarmendez.com

domingo, 6 de marzo de 2016

MÁS PECADO SERÍA QUEDARNOS CON LAS GANAS


MÁS PECADO SERÍA QUEDARNOS CON LAS GANAS
-La divertida narrativa de Luis Eduardo Vázquez-

Integrante del Diezmo de Palabras desde algunos años y poseedor de un enorme sentido del humor y de la ocasión, Lalo Vázquez ha sido vendedor de autopartes, conductor de programas de televisión, modelo, cantante y cantautor, actor de teatro y cortometrajes. Tiene una manera muy directa y sencilla para narrar situaciones cotidianas desde su particular punto de vista. No hay eufemismos ni  metáforas, su narrativa es lineal y con los adjetivos justos. En eso radica su efectividad. Los cuentos aquí presentados son parte de sus recuerdos y vivencias, pero también pueden ser anécdotas de cualquiera. Al menos de cualquiera que se haya atrevido a vivirlas.  Lalo nos dice con mucho acierto, “más pecado sería quedarnos con las ganas”. Vale.
Julio Edgar Méndez


TÍTERE
Lalo Vázquez G.

Como todos los días al caer la tarde, muchos de los chiquillos de la cuadra se juntaban a jugar fútbol. Eran alrededor de veinte escuincles correteando una pelota. Todos los vecinos eran muy amigables y la cuadra era muy segura por lo que los papás de los niños no tenían ninguna desconfianza de que les fuera a pasar algo.
Un día, mientras todos los chamacos jugaban, llegó a su casa una vecina que trabajaba de enfermera y al estar parada frente a su puerta, metió la mano a su bolsa para buscar sus llaves y se dio cuenta de que no las traía. Su mamá y su hijo, quienes vivían con ella, no estaban en el domicilio. Ellos normalmente regresaban a las diez de la noche, por lo que decidió pedirle a un chamaco vecino,  llamado Lalo, de los que jugaban futbol, “pues su casa estaba pegada a la de ella” que si no le hacía favor de meterse a la casa por la azotea, que se descolgara por la barda, que no pasaba nada, que ella tenía muchas macetas y que podrían amortiguar el golpe, que no importaba que se rompieran varias.
El chiquillo, de más o menos doce años, obediente, ni tardo ni perezoso se metió a su propia casa y se subió a la azotea. Caminó por una barda de unos seis metros de largo y llegó a la azotea de la casa de la enfermera, quien tendría unos 30 o 35 años de edad, llamada María Elena, que lo esperaba en la puerta de su casa.
Desde la azotea se asomó a la casa pero la oscuridad de la noche no le permitía distinguir nada, por lo que optó por descolgarse. Pero de lo que nunca se acordó la enfermera fue de que en el lugar donde se iba a descolgar se encontraban los tendederos de alambre y cuando el niño se soltó, los alambres lo hicieron quedar como títere: los brazos, las manos, la entrepierna, cuello y cabeza se le enredaron para hacerlo caer en las macetas que tenían helechos, los que sí muy atinadamente amortiguaron la caída. Eran tres macetones grandes de esos que tienen adornos de espejos. Al estar en el suelo y espantado por no ver nada, volteó hacia donde quedaba la puerta y solo se veía un hilito de luz por debajo y,  por el otro lado de la puerta, la enfermera gritando desde afuera:
—Lalo, Lalo, ¿estás bien? Abre, abre rápido.
Atontado por los golpes caminó entre la tierra, las plantas y pedazos de maceta rotos, alcanzó la puerta y pudo abrir. Inmediatamente entró la enfermera y prendió la luz y le dijo:  —¿Cómo estás, pues qué te paso?
El chico le dijo que se había atorado con los tendederos y ella dijo:   —Si, cómo es posible que nunca me acordé de los tendederos, pero ven conmigo.
Lo tomó del brazo y lo llevó a su recámara, un cuarto pequeño con una cama matrimonial y una colcha color rojo sangre. 
—¿Te duele mucho?, -preguntó la enfermera-, ¡a ver, quítate la ropa, voy a revisarte! A lo que el muchacho accedió, pero con un miedo en el corazón por temor a que le fuera a poner una inyección. Se quitó su camisita y se bajó los pantalones y ella le dijo: —Quítate todo por favor y recuéstate en la cama, en lo que tú te desvistes me voy a cambiar el uniforme.
El chiquillo se quitó sus zapatos con mucha pena ya que le apestaban sus patitas,  y se quitó los calzones y con más pena al descubrir que traían la famosa marca tan conocida, los hizo bolita y los metió debajo de la cama. Se recostó y se quedó derechito observándose los golpes que tenía en todas partes del cuerpo producidas por los alambres, en eso entró la enfermera vestida con un camisón  blanco, completamente transparente, un liguero y medias blancas de seda y sin ropa interior. Al pobre escuincle hasta los ojos se le torcieron, le empezó a latir el corazón a mil por segundo. Ella se sentó al borde de la cama, sus caderas rozaron la cintura del chico, comenzó a revisarlo y al poner sus manos sobre su cuerpo inmediatamente surgió una erección. De inmediato se dio cuenta María Elena. Sobándole el pene le dijo: —Estás muy lastimado, pero ahorita te voy a curar -se le acercó y le dijo- déjame checarte la cabeza. Lo tomó de la cabeza y le pegó los pezones a la boca, el chico no sabía qué hacer, era la primera vez que tenía unos pezones tan cerquita, estaba completamente paralizado, la enfermera continuó:  —A ver, vamos a ver. Le manoseó el pene para luego hacerle sexo oral, después abrió sus piernas se le subió encima y así pasó un rato hasta que la enfermera se acalambró y terminando le dijo: —Bueno, vístete, yo creo que para que te compongas bien te voy a tener que seguir curando. Mañana cuando me veas llegar te vienes a la casa para curarte.
El muchacho salió de la casa de María Elena con la sensación de miedo y con muchas ganas de orinar. No entendía cómo era esa curación, pero pensaba que si era de esa manera, la enfermera sabría muy bien el por qué.
Así siguió yendo a la curación durante los dos meses siguientes. Meses en que la enfermera lo hacía como títere. No lo dejaba juntarse con niñas y cuando ella le gritaba su nombre, él tenía que acudir inmediatamente, hasta que por fin un día la mujer y su familia se mudaron del barrio y nunca más se supo nada de María Elena. De igual manera el chamaco nunca le platicó nada a nadie de aquellas extrañas curaciones.


PRIMERA CITA
Lalo Vázquez G.

Antes de salir de casa se arregló y perfumó el pelo y la camisa. Luego se desabrochó el pantalón y se aventó un chisguete de perfume en las partes pudendas; salió corriendo pues era la primera vez que salía con esa hermosa mujer que, aunque estaba muy guapa, él sabía muy bien que tenía un carácter muy especial, más bien tirándole a malhumorada o mejor dicho, media mula. Pero como la chica aceptó pasar todo el día juntos, él no podía llegar tarde, así que a las nueve en punto ya estaba en la puerta de la casa de su conquista. Sonó el claxon del auto y la chica sacó la mano por la ventana haciendo una seña de “espérame tantito”. Espera que se prolongó casi una hora, pero cuando salió la dama, él pensó que sí valió la pena el tiempo perdido. Apareció con una minifalda azul marino y una blusa blanca escotada, que la hacía lucir muy sexi. Saludó y se dirigieron a desayunar a Sanborns. Ella pidió unos huevitos “a la albañil” con su jugo y cafecito con pan y él, para no dejarla morir sola, pidió lo mismo. Al terminar salieron de ahí rumbo a la Alameda a caminar. A ella se le antojó un elote y más adelante una nieve de chocolate. Se acercaron a ver la exposición de pinturas y después a los columpios. Cuando menos acordaron ya era la hora de la comida. Él le comentó que  sabía de un lugar donde preparan unos mariscos deliciosos y se dirigieron al lugar mencionado, y sí, la comida se veía apetitosa. Ella pidió unas tostadas de ceviche y un “vuelve  a la vida”, él solo un coctel de camarón y una cerveza para calentar motores y, entre bocado y bocado, tuvieron una amena plática y ahí se dio cuenta de que tenía posibilidades de llegar más lejos con su nueva conquista. Salieron del restaurante y llegaron al centro para ver algunos grupos de danza que bailaban  al aire libre. Después dieron una vuelta por los portales, él le compró un globo, le tomó la mano y ella lo aceptó. Como casi caía la noche el frío se hizo presente, se subieron al auto, avanzaron varias cuadras, de pronto se pararon sobre el Bulevar para saborear un rico beso. Ella, para enfriar la situación, le comentó de unas pacharelas que vendían por ahí cerca y que sería buena idea ir a cenar, él aceptó. Como el lugar apenas abría encontraron variedad de guisados. Ella pidió dos de tripas con frijoles y salsa, una de barbacoa con chile verde y una de queso con nopales y chile y su refresco de tapa rosca; él, solo dos de nopales. Al terminar de cenar, él ya con más confianza le pasó el brazo por el hombro. Subieron al auto y en un beso de amor él preguntó:  —¿Y ahora, qué hacemos?
Ella le contestó: —Llévame a donde quieras, pero que sea pronto.
Él rápidamente se detuvo afuera de una farmacia, se bajó y compró condones y le volvió a preguntar: —¿A dónde sea? Y la chica contestó: —Sí, pero rápido.
Se metió al primer motel que encontró, al llegar al cuarto la chica se metió rápido al baño. Mientras tanto él se quitó la ropa y se acostó en pose sexi a esperar que saliera su chica. La muchacha salió del baño y al verlo, le gritó: —¡Llévame a mi casa inmediatamente¡  Al ver la cara que puso y sin preguntar nada, se volvió a vestir. Se subieron al  auto y se fueron de ahí. Ninguno de los dos habló durante el regreso a casa. Al llegar a su casa la chica se bajó del auto dando un fuerte portazo y sin despedirse, se fue. Jamás le volvió a dirigir la palabra.


EL PADRE
Lalo Vázquez G.


—¡Lo hubiera hecho madre!, ¡lo hubiera hecho de todos modos!, si no hubiera sido con usted, seria con otra persona. Pero no se culpe usted, madre, hasta cierto punto soy yo el culpable por insistirle tanto. El cuerpo es débil, a veces uno no puede contenerse. La humanidad piensa que si uno es sacerdote no tiene derecho a hacerlo y hacerlo hasta llenarse es peor todavía. Realmente no podríamos llamarlo pecado porque no lo cometemos regularmente, usted y yo sabemos bien que es solamente de repente. Pienso que no es tan malo disfrutar de este bello placer de la vida, además no sería tan grave nuestra condena, en el remoto caso de ser condenados. ¡Madre!, tres no es pecado, es simplemente un número de buena suerte, recuerde usted que no somos los únicos que lo hacemos dentro de este convento, hoy me tocó a mí convencerla, pero en unos días seguramente será usted la que quiera convencerme, por eso es mejor relajarse y disfrutar el momento y así los dos quedaremos muy satisfechos, usted seguirá siendo la misma monja y yo el mismo padre. Más pecado seria quedarnos con las ganas y desaprovechar esta oportunidad que nos brinda Dios. Ande, madre, sin remordimiento, cómase su hamburguesa.

domingo, 28 de febrero de 2016

SUCEDIÓ A ORILLAS DEL MAR


SUCEDIÓ A ORILLAS DEL MAR
-La narrativa de Javier Mendoza-

“Necesito del mar porque me enseña:
no sé si aprendo música o conciencia:
no sé si es ola sola o ser profundo
o sólo ronca voz o deslumbrante
suposición de peces y navios”.
Pablo Neruda, El mar

Javier Alejandro Mendoza González nació en Celaya, dentro de una familia humilde y numerosa.  Pese a obstáculos económicos acreditó sus estudios profesionales en la Universidad del Centro del Bajío.  Aunque su verdadera pasión ha sido  el deporte y la lectura.  El gusto por las letras fue despertado en él durante la preparatoria “gracias a su querida maestra Rita”, para tener en el realismo mágico su género favorito.  “Cien años de soledad”, del maestro García Márquez, fue el libro que marcó su vida y lo inició en la lectura.
Por la inquietud de plasmar ideas y sueños surgieron los primeros escritos compartidos con las personas más cercanas.  A invitación de su buen amigo,  Eduardo Vázquez,  se integró al Taller Literario Diezmo de Palabras, donde impulsado por los colaboradores del mismo “se ha adentrado un poco más en el maravillo universo de la lectura y escritura”.
Ha desarrollado su propia “voz” con un estilo ameno, de agradable lectura, propuestas originales sobre temas consentidos y sobre todo, con muchas ganas de que el lector disfrute una buena historia bien contada. Vale.


ROSAS EN EL MAR
Javier Mendoza

Como de costumbre, entre la brisa y el volar de gaviotas, la voluptuosa figura de Rosa se abría paso, mientras sus pequeños pies se enterraban entre la inestable y cálida arena; refrescados constantemente con el resto de las olas que acariciaban la playa.  Con su pelo suelto jalado por el aire, sin esfuerzo cargaba un pequeño canasto con fragantes flores.  Margaritas para ser deshojadas, diademas de buganvilias, tocados para el pelo y ramos de rosas que declararan amor, eran ofrecidos con un lindo gesto a los paseantes que jugaban entre la espuma del agua, así como a los muchos marineros que desembarcaban en el ruidoso puerto.
Con su cara coqueta y una sonrisa de ángel, por unas cuantas monedas Rosa colocaba entre su clientela, collares de coloridos pétalos y pulseras que se marchitaban con el alba.  Nadie era capaz de resistir a sus encantos de niña y sus formas de mujer.  Un alto y fuerte marinero, que en lo ancho de su brazo presumía un ancla tatuada, no fue la excepción, por lo que al tocar tierra quedó cautivado por aquella morena que reinaba entre las flores y el mar.  En total correspondencia, la joven reconoció en los latidos de su corazón, que el hombre que acababa de llegar sería el dueño de su vida.  Haciendo cierta la mítica creencia del amor a primera vista, con seguridad el marinero se acercó a ella y tomando del canasto aquel una corona florida, la hizo su reina.
La tarde se consumió entre risas y charla; la noche fue un momento de fantasía en una playa desolada, caminado sin un fin mientras eran bañados por la luz de la luna.  Ya para la madrugada sólo fueron ellos dos, el mundo había quedado afuera de una palapa en donde los besos y caricias suplicaron que el tiempo se detuviera, para hacer de un segundo algo infinito.  Fue un deseo no cumplido, pues inevitablemente el amanecer llegó y con ello el marinero tuvo que partir.  No lo hizo sin antes abrazar con cariño a la rosa del mar, prometiendo volver.  La verdad se sentía en sus palabras y el amor en la mirada.  Sin poder detener sus lágrimas o la partida, Rosa juró esperarlo.  En ese puerto que fue testigo de su pasión aguardaría, siempre fiel, siempre hermosa.

Desde aquel día cuando se quedó sola, la muchacha de las flores se colocaba a la orilla de la playa y tomando un ramo de rosas lo estrechaba con ternura, para impregnarlo con su aroma, mientras que con un susurro decía: “Vayan con él y díganle que lo estoy esperando.  Díganle que soy su Rosa.  Díganle que sigo hermosa”.  Luego abría sus brazos para que las flores cayeran al agua salada y en todas direcciones buscaran a quien juró volver.
Las rosas en el mar se convirtieron en un signo del puerto, pues pasaron los días, pero el marinero esperado no volvió.  De él sólo estaba su promesa y el recuerdo.  Las semanas se hicieron meses, con la chica enamorada en espera y las flores a la deriva.  Firme en sus sentimientos, no hubo ocasión en la que Rosa faltara a la playa, tampoco en la que, cautivados por su belleza, los hombres y sus reinos no se pusieran a sus pies, sin embargo ella reservaba su cuerpo y alma para aquel que tenía que volver.

Así pasaron muchos años, con sus guerras y tormentas, pero el navegante no regresó.  Quizás estaba atrapado en alguna marejada o entre los brazos de otra mujer, si es que seguía vivo, si es que vivió alguna vez.  Pese a los insoportables gritos de la razón, sin falta alguna, todos los días una vieja lenta y marchita arrojaba un puñado de rosas al mar.  La gente decía que estaba loca porque aún aguardaba a quien nunca volvió; porque en secreto le hablaba a las flores, diciéndoles siempre lo mismo: que seguía esperando, que seguía hermosa.

Y sucedió que esas olas, que como manos del destino, sin descanso llevan y traen, cierta mañana acercaron un pequeño navío a la costa, para que de él desembarcara un débil marinero, que escondía en su brazo, ya flácido y seco, los restos de un tatuaje.  Pese a la distancia y una nube en sus ojos, sin ninguna duda, Rosa lo reconoció.  Era aquel de quien por unas horas fue reina y corcel.  Al verlo en su realidad, tuvo que aceptar que el insensible tiempo había hecho estragos en él y en ella.  Mientras que con asombro veía sus propias manos y tocaba su piel, la vergüenza hizo que bajara la mirada, pues sus mejillas estaban arrugadas y las extremidades huesudas y pecosas; ya no eran aquéllas lozanas que con tanto amor lo acariciaron.
Sin dar tiempo a más reacciones, el marinero se colocó frente a ella y con una pregunta hizo que la mujer levantara la mirada: “¿Tú eres mi reina?, me lo han dicho las rosas en el mar”.  En respuesta, la anciana dijo a media voz: “Se equivoca, señor, aquella a la que busca es una flor leal y hermosa, que no sé a dónde se fue; yo sólo soy una vieja loca que le habla a las rosas”. Y dando media vuelta, lentamente se retiró, creyendo que sus palabras confundieron al hombre que una vez tanto la amó.
Con sólo dos pasos, él la alcanzó y formando una sonrisa de cariño preguntó: “Si usted no es aquella joven que me aguardaba, ¿no podría ser la compañera para el resto de mi vida?”, para luego ofrecer su brazo como bastón, que al ser aceptado borró toda vergüenza dejada por el devastador paso de los años.  Con la calma de su edad, un par de ancianos se fue caminando rumbo a un nuevo horizonte.  Concluida la espera no hubo más rosas en el mar, sólo en las sienes de una mujer que por fidelidad y paciencia volvió a ser tratada como toda una reina.



ALMA, VIDA Y CORAZÓN
Javier Mendoza

En aquel tiempo el pueblo costero se conmocionó con los supuestos avistamientos de una sirena en sus playas.  El sobresalto fue entendible, pues alrededor de los mares se hablaba de esas creaturas de perfecto torso femenino, cara angelical y pelo largo y sedoso, pero vanas en su interior.  Su canto era muy temido por los marineros, pues era bello y seductor, o tan perturbador, que reventaba los tímpanos y acababa con la razón, pero invariablemente encantaba y atraía a los hombres, para que los malvados seres del mar satisficieran su lujuria con ellos o devoraran a trozos su carne.  Pese a todo, lo más temido de ellas eran sus besos, pues según afirmaban las antiguas leyendas, robaban el alma, para darles vida a las reinas del océano, y el poder de transformarse a su antojo en mujeres completas.
En la pequeña iglesia del poblado colaboraba Armando, un seminarista noble y dedicado, que sin tomar en cuenta las habladurías gustaba de ver el rojo atardecer sentado entre la fina arena de la playa.  Bajo la sotana, aquel joven era un verdadero santo con rostro griego y cuerpo de inmortal.  Los latidos de su corazón eran tan puros, que retumbaban en lo profundo del mar.  Atraída por ellos, de la espuma emergió una hermosa sirena, que sigilosa se acercó hasta colocarse junto a aquel hombre, para quedar encantada ante quien evidentemente no era como el resto de los humanos.  En correspondencia, él también se mostró asombrado con el inesperado encuentro, aunque arriesgando la vida, no huyó.  Entonces, con una sonrisa subyugante y esa malicia que caracterizaba a su especie, la hibrida dama, que presumía una larga cola de pez, llena de escamas brillantes y coloridas, preguntó: “¿Acaso no me temes?”  Armando la miró con ternura y compasión, para contestar extasiado, pero sin miedo: “Alguien tan bella como tú no puede ser del mal”.  La sirena quedó complacida con la valiente reacción del caballero, por lo que postergó sus planes de saciar deseos y apetito.
El día siguiente la historia se repitió.  Una vez que la sirena brotó de las profundidades y estuvo junto al seminarista, sin dejar su astucia cuestionó: “¿No tienes miedo a ser devorado o a que mi canto acabe con tu razón?”  Destruyendo las malas intenciones con lo más leve de una sonrisa, Armando respondió: “De quererlo, lo hubieras hecho ya.  Ahora dime tú, ¿a qué le temes, si se dice que no hay nada en tu interior?, ¿a enamorarte?”  Ella no dijo palabra y recibiendo en el rostro la brisa, contempló junto al joven, el momento en el que, muy dispuesto a descansar, el sol se ocultaba al final del horizonte.
Haciendo de ello una rutina placentera, dos seres de mundos distintos se reunían en el ocaso, para compartir los últimos rayos de luz y los primeros días de su amor.  En tan inusual idilio había tiernas miradas y si acaso un tibio beso en la mejilla.  No podía haber más, ya que el contacto de sus labios era un peligro latente.  Aludiendo a ello, la sirena preguntaba: “¿Qué pasaría si con uno de mis besos te arrebato el alma?”  Muy seguro de sus palabras, Armando respondía: “No puedes apoderarte de ella, pues le pertenece a Dios.  En cambio ya te has robado mi corazón”.
Sin tomar en cuenta miedos o tabúes, dos siluetas se confundían entre las sombras del atardecer.  En tan ideales momentos, la mirada de los enamorados sólo era puesta en quien estaba a su lado, y en el sol, que ante tan bella muestra de cariño parecía derrumbarse lentamente, hasta fundirse con las aguas del inmenso mar.  Sin embargo, otros ojos estaban atentos y vigilantes a lo que ocurría en la vida ajena; eran aquellos de la gente prejuiciosa, entrometida y cobarde, que al descubrir la constante presencia de la sirena en la costa (quien por el sólo hecho de ser diferente a ellos causaba miedo, escandalo y envidia), conspiraba acabar con tan mal afamada creatura; esa que con sus encantos seducía a un hombre bueno, pero prohibido, ya que el supuesto fin de Armando era la consagración, por lo que no debía pensar en una pareja, ni sobre la tierra ni bajo los océanos.
Para terminar con la felicidad de otros se formó una turba, que oculta aguardó con cautela el instante en que los clandestinos amantes derritieran la arena con su calor.  Entonces, de mil escondrijos salieron los cazadores armados con machetes, antorchas y escopetas.  Desde lejos, varios disparos intentaron hacer daño, hasta que uno lo logró al alojarse en el pecho de la sirena.  Al verla herida de muerte y temiendo que fueran los últimos suspiros de su enamorada, sin perder ni un segundo, Armando intentó besarla en la boca, pero con estas palabras, ella sutilmente lo rechazó: “¡No!  No debes.  Además dijiste que tu alma era de un dios”.  Sin miedo al sacrificio, él le respondió: “Ahora también será tuya.  ¡Tómala y déjame vivir en ti!”  Con el deseo, no de apoderarse del espíritu del muchacho, más bien para disfrutar, aunque fuera por única vez de su dulce cariño, la dama del mar aceptó unir su boca a la de su compañero.  Luego de compartir un beso reparador, ya sanada de su herida y llena de vida, la sirena salió huyendo con rapidez, hasta perderse entre las aguas, donde sus lágrimas de dolor se hicieron sal; muerto sobre la playa quedó tendido el seminarista, ante docenas de testigos, que arrepentidos y avergonzados de su hecho, presenciaron lo que son capaces de hacer aquellos que se aman de verdad.


Desde aquel día, tan pronto cae el atardecer, la gente del pueblo se resguarda en sus casas, hasta dejar las calles desoladas, pues en ese momento, cubierta por un largo velo hecho de algas, una mujer emerge del mar, y sin levantar su triste mirada se dirige a la tumba de Armando.  Ahí, con un canto angelical, pero triste y pausado, glorifica al hombre que por amor le dio alma, vida y corazón.

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*One of the iron men of the Antony Gormley sculpture Another Place located on Crosby beach

domingo, 21 de febrero de 2016

YA NADIE ESCRIBE CARTAS DE AMOR (Parte 2)


YA NADIE ESCRIBE CARTAS DE AMOR
(Parte 2 de 2)

“El palomar de las cartas / abre su imposible vuelo / desde las trémulas mesas /  donde se apoya el recuerdo, / la gravedad de la ausencia, / el corazón, el silencio.
Oigo un latido de cartas / navegando hacia su centro. / Donde voy, con las mujeres / y con los hombres me encuentro, / malheridos por la ausencia, / desgastados por el tiempo.
Cartas, relaciones, cartas: / tarjetas postales, sueños, / fragmentos de la ternura,
/ proyectados en el cielo, / lanzados de sangre a sangre / y de deseo a deseo.”
Miguel Hernández, Carta (fragmento)

Aquellas cartas que se leyeron en la Casa del Diezmo y después volaron en globo hasta llegar a quien corresponda, siguen su ruta hasta nuestros amables lectores.  Esta es la segunda parte.

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JULIA:
Los días se escapan y no sabemos cómo, a tal grado de que han pasado cinco años y 6 meses desde que te nos fuiste. ¿Qué te obligó a renunciar? La vida cansa, quizá sea verdad. Supongo que todos nos cansamos en algún momento y dejamos de intentarlo.
Sin embargo, con el tiempo no llega el olvido, eso es un hecho en mis días, y te recuerdo de sonrisa coqueta y mirada inquebrantable, es imposible no extrañarte, extraño jugar con los cabellos grises que pendían de tu cabeza y recuerdo tus quejas porque tu cabello no era completamente blanco como lo hubieras querido, extraño los regaños, llegar a la casa de la abuela y decir: “Ya llegué, Julia”, y darte el respectivo beso en la mejilla, para después sentarme a tu lado.
Aún no termino la bufanda que comenzamos, no sé si algún día lo haga y sigo sin saber hacer buñuelos;  los duendes ya crecieron y hay niños nuevos en la familia; me gradué, por fin lo hice y Blanca se casará en unos meses, tú deberías estar aquí para presenciar todo eso; me duele tu ausencia, todos los días, me duele cuando veo que algunas cosas se han quebrantado y somos tan frágiles que de intentos no vamos a poder vivir. Sin embargo, estas letras no son para quejarme sino para decir que hubo una mujer extraordinaria en mi vida a la que amo y amaré: tú.
Tu ausencia sigue siendo un golpe a la memoria, un insulto a mis días en el espejo.  Pero te cuento, estoy aprendiendo a hablar de ti sin llorar en el intento.
 Es indudable que nos duele que no estés, Julia, pero también es indudable que nos quedaron un sinfín de historias y que sonreímos al recordarte y hablar de ti.
 Te recuerdo con el amor que nos enseñaste a sentir, a tu manera, a nuestra manera. Te abrazo y te amo, de aquí a donde estés, doña Julia.
Tu negra,
Berenice Patiño Roa

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CARTA DEL PRIMER NIETO A LOS 10 MESES
Abuelita, sé que el hecho de mirarme te llena de infinita felicidad. Ahora sólo hago sonidos, no hablo, pero me doy cuenta del mundo y del gran amor que me rodea. Soy un pequeño feliz, que ha aprendido antes que otra cosa a sonreír. Me siento un niño amado y esperado, con una infinidad de cunas en forma de brazos, siento su calor y disfruto cada palabra. Mi hermanita con sus gritos me despierta hasta el alma, pero sé cuánto me quiere. Mamá, siempre me llena de cariños y besos, siente la distancia cuando está trabajando, por eso cuando llega me quiere dar los besos atrasados que no me dio. Mi joven papá me ve como el niño más hermoso de la tierra, juega conmigo y me hace reír mucho. Se duerme a mi lado y me encanta despertarlo picándole los ojos o subiéndome sobre de él. Agarrarle sus manos y doblar sus dedos. Me enseña sonidos como los de un león, me hizo amigo del perro y del gato. Tiene muchos amigos y ellos me sonríen y me llaman por mi nombre. Pero, cuando llego a tus brazos el mundo cambia, las olas se tranquilizan. Me llenas de una atmosfera de paz y amor. Me dices que me amas y me lo demuestras, queriéndome cada día más. Un día voy a crecer y te diré cuanto te amo y quiero con palabras y acciones. Todo lo que estás sembrando en mí, un día florecerá en lo que tú llamas “Mi bebé de amor”. Ahora sólo me toca disfrutar los abrazos, besos, cariños y, sobre todo, el amor que me das.
Rosaura Tamayo Ochoa

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REMI RAFAEL:
Amado Remi, nieto, amigo y cómplice de aventuras.
Ayer por la noche cuando me comunicaba por Facetime con tu mamá y tu papá, nos interrumpías la conversación, porque querías verme y saludarme y contarme de tus cosas. Eso me gustó mucho, pues vi que me recuerdas con cariño.
Remi, les diste tanta lata para que te dieran el Iphone, que al fin cedieron a tu insistente petición. Pues bien, ya en tu poder cancha y aparato, con tus pequeños dedos lo manipulaste con entusiasmo y sin ton ni son; tanto, que lo apagaste tres veces y tres veces tu mami restableció la comunicación. Hasta que a la cuarta vez, se ve que tu papá se cansó de seguirte el juego y te mandó a la camita.
Con tanta interrupción, pero sobre todo, por la barrera que nos separa no pudimos platicar mucho. En la despedida, en broma le dije a tu mami: que antes se decía que los “niños venían al mundo con su torta bajo el brazo”. Y ahora le digo que vienen con un Iphone en la mano.
Esa barrera, Remi, es el idioma, pues tu vocabulario en inglés, en concordancia o correspondencia con tus tres años de edad, no es muy extenso. Y tu aprendizaje del idioma español está en su primera etapa. Aunque sé que en casa, tu mami casi siempre te habla en español. Estoy enterado que entiendes todas las palabras cotidianas elementales  y que en casa tu mami te habla en inglés solo cuando te regaña porque hiciste alguna travesura.
Además, Remi, tu infantil lengua de tres años no se ha desarrollado cabalmente, y por lo tanto, no pronuncias bien algunas palabras, ni en inglés ni en español.
Pero pensándolo bien, Remi, tú y yo no tenemos problemas de comunicación pues el mutuo amor que nos une rompe las barreras del idioma y hasta el de la distancia.
Amado nieto, amigo y cómplice de aventuras, esa comunicación incompleta fue ayer. Hoy, me visitó el azul pájaro melancólico y me contagió con su nostálgico canto. Y por eso, te pregunto: ¿Tu tierna mente infantil se acuerda de nuestros juegos con la pelota redonda y con la ovoide?
¿Te acuerdas cuando jugábamos a las luchitas? Tú, con un traje y máscara de Spiderman. Verdaderamente te posesionabas del papel del héroe. Pero a veces, me daba por pensar si era el hombre araña el que se posesionaba de tu pequeña alma. Saltabas de una silla al sillón, del sillón al sofá; pretendías escalar paredes. Rompiste (¿o debo decir rompimos, como buenos cómplices?) un florero y dos o tres cacharros de cristal. Luego nos la teníamos que ver con tu mami.
Rodábamos por la alfombra trenzados en una lucha feroz. Sin dar ni pedir cuartel. Y siempre resultabas el vencedor. Seguramente en tu tierna mente me asignabas el papel del más terrible de los villanos. ¿Te acuerdas, Remi, del bosque de los arándanos silvestres? Cortabas indiscriminadamente frutillas maduras e inmaduras. Tenía que estar yo muy atento de que no comieras de las verdes.
¿Te acuerdas del par de ardillas juguetonas subiendo y bajando del tronco del árbol? ¿Del pájaro amarillo y rojo que cayó de su nido, y lo tuvimos en las manos? Planeamos llevarlo a casa y ponerlo en una jaula, luego, sorpresivamente se te escapó y se fue volando. Pero yo bien vi (y me hice el disimulado) que tú le otorgaste la libertad. ¿Te acuerdas del Bosque de los Cedros Gigantes? Yo noté que ciertos tramos sombríos te causaban miedo; pero nunca te quejaste.
En un amplio claro del bosque viste un cervatillo, con tu carita asombrada y en susurros me dijiste: “papi, papi. Allá está Bambi”.Yo te hice señas de guardar silencio, saqué mi cámara fotográfica, y con el click de la foto, el cervatillo nos descubrió y corrió rumbo a la espesura; se detuvo a unos veinte metros, como esperándonos. Lo seguimos y el venadito avanzó unos metros y una vez más permaneció quieto parado. Avanzamos hacia él, cuando estábamos a poca distancia, reanudo su huida, y cerca de donde los árboles y la maleza se cerraban, “donde la espesura de los árboles nos impedían ver el bosque” volvió su cabeza, nos miró, dejó de huir, como jugando con nosotros. Por instinto, seguimos en pos de él. Caminamos, cada paso nos era más difícil. Tú aguantabas como todo un hombrecito de tres años. Pero de súbito, comprendí que nos podíamos perder o te exponía a algún posible peligro. Nos regresamos a casa, muy a tu pesar.
¿Te acuerdas, amigo y socio de aventuras? Yo, sí me acuerdo de todo, porque te amo.
Me recordaste, Remi, sangre mía,
el aspecto lúdico de la vida,
tu sonrisa, tu risa carcajada.
Tú, amado nieto, sangre de mi sangre.
-Posdata: Dile a tu mami, cuando te lea esta carta, que me envíe a vuelta de correo algunas de tus fotos; pues tu imagen y tu sonrisa tienen la magia de zurcir las roturas de mi fatigado corazón.
Rafael Aguilera

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PARA MI ESPOSA FIEL.
Escribo esta carta para ti, mujer, cuya belleza no está en el tamaño de tus senos, ni en la perfección de tus caderas; menos aún en la cintura milimétrica que enloquece al cuerdo y aumenta el insomnio al desvelado. Decidí usar la pluma para escribir lo que nunca pudo salir de mis labios, en un pretérito sombrío de añoranzas locas. Para expresar las palabras que jamás me atreví a decir frente a tu cara, por temor a que fuera descubierta  mi falsedad; por miedo a reconocer que me había equivocado, pensando que sería feliz al lado de un ser imaginario, cuyos labios retocados me enseñarían a besar. Por pensar que un cuerpo perfecto llenaría la ausencia de amor en un corazón egoísta y sediento de ser amado. Por creer que en unos ojos azules miraría el profundo cielo. Por imaginar que en un pelo ondulante se enredaría mi pasión. Muchas veces llamé loca a mi razón, por hablarme de una belleza escondida  en ti. Por insistir en que debía mirar con los ojos de la pureza y con la mirada del alma cristalina la  grandeza escondida en lo profundo de tu ser. Voltee a ver la flor y me olvidé de saciarme de su aroma. Cargué de vagas ilusiones mis espaldas y fui incapaz de sembrar en tierra fértil la semilla de la esperanza.
Tanto tiempo de espera para poder decir, ¡Te necesito! Cuántas noches de indiferencia para descubrir el amor que guardabas para mí. Fuiste paciente para que yo viera la ceguera de mis ojos.  Me hablaste con miradas de inquietud. Me llenaste de caricias inmerecidas. Diste luz a mi vida y alegría a mi pasión vencida. Fuiste tatuando en mi pecho, a golpes de ternura, el deseo de expresarte una palabra convertida en súplica. Súplica gestada en el vientre de mi orgullo: PERDÓN. Perdón por no haberte amado desde mi noche oscura. Perdón por negarte mis besos robados por el viento. Perdón por alargar las horas a tus días con mi ausencia. Perdón por no haber escuchado la música orquestada por los latidos de tu corazón. Perdón por no haber reconocido, que tu existencia llenaba mi vida inútil y carente de razón. Perdón por la tardanza de saber que allí estabas, para darme tu perdón.
Desde hoy y para siempre contigo.
Arturo Grimaldo

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A QUIEN CORRESPONDA:
Una vez preguntaste qué es el amor. Dices que no lo puedes describir. Yo tampoco, pero debe ser lo que siento por ti. Es como tener sed y beberte todos los días. Sentir hambre de estar a tu lado, buscar tus ojos cada mañana y tus labios antes de dormir. O tal vez sea esa tremenda necesidad de escuchar tu voz para saber que eres real, que nada es imposible si me dices que puedo hacerlo todo. Puede incluso ser un poco de tantas cosas como risa sin motivo, llanto de alegría, tristeza también, ese piquetito en el corazón cuando dices cosas que pertenecen al pasado y que formaron la mujer que ahora toma mis manos para ponerlas sobre su regazo y escribe conmigo el presente. O acaso sea el futuro que se refleja en cada beso, en cada abrazo, cada vez que comenzamos de nuevo una historia extraña de dos desconocidos que saben casi todo el uno del otro. No sé que es el amor, pero si es tan sólo una pequeña porción de lo que siento por ti, es el sentimiento más maravilloso que se llega a sentir por alguien. Es la suma de tantos momentos, de experiencias buenas, malas, mediocres, de caricias, de mentes y de ideas que de tan distintas se parecen. Es papel y lápiz para que escribas un diario en mi alma, es la tinta que deja huellas sobre cada poro de tu piel cuando entregada me dices “te amo”. No es egoísmo, pero si la libertad de saber que hacemos lo que hace feliz al otro. No es celos absurdos, pero sí la comprensión de entender que somos uno y no caben más. No es pasión por un cuerpo, pero sí la luna creciente que inunda nuestras sensaciones al saber que somos perfectamente compatibles desde un extremo de la pasión plena hasta el erotismo total. Pero sólo porque el amor, ese sentimiento indescriptible, nos llena de excitación al descubrir que tocarnos es jugar a ser eternos. Ahora lo único que sé es que no hay palabra más exacta –por lo incomprensible–  para decirte una y otra vez: te amo. ¿Hay algo más qué decir?
Julio Edgar Méndez

Sepa la bola

  SEPA LA BOLA  Patricia Ruiz Hernández ¿Cuándo acabaría aquella lucha?, se preguntó Gabino mientras permanecía hipnotizado con la llama de ...