domingo, 13 de marzo de 2016

HONDURAS Y LIVIANDADES


HONDURAS Y LIVIANDADES
-Mujeres de Palabras-

“Yo soy cóncava y convexa; dos medios mundos a un tiempo: el turbio que muestro afuera, y el mío que llevo dentro. Son mis dos curvas-mitades tan auténticas en mí, que a honduras y liviandades toda mi esencia les di”. Con estos versos la inmortal poeta mexicana, Pita Amor, precursora de la liberación sexual femenina, definía en los años cincuenta la perfecta contradicción que algunas mujeres muestran en su carácter. Pero es que son tan misteriosas, incomprendidas y lamentablemente desconocidas, que los hombres apenas alcanzamos a aceptarlas –en el mejor de los casos- o amarlas, si es que así se puede llamar a la domesticación del hombre/mono. En nuestro taller literario tenemos el enorme gusto de contar con varias compañeras cuyas voces son divergentes en apariencia, casuales en su lirismo y completas en su inacabada versión de ellas mismas. Estos son sus textos. Vale.
Julio Edgar Méndez


CENIZAS
Paola Juárez

Te dejo mi silencio,
la humedad amarga de mis lágrimas,
el dolor que callé y grité,
una, dos, tres, infinitamente.
Te dejo las horas más tristes de mi vida,
el hastío de mis tardes solitarias
que nunca comprendiste por falta de interés.
Te dejo mis mañanas somnolientas,
un recuerdo en mi taza de café
y cenizas de cigarro olvidadas con las cuales pretendí llenar el pozo sin fondo que a tu lado fue mi corazón.
Te dejo lo más oscuro de mi vida,
mi luz fue menguando junto a ti.
Te dejo las raíces más secas de mi alma,
lo más putrefacto de mí; lo mejor lo llevo conmigo.
Sin ti volaré en libertad.

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MUJER SIN ZAPATOS
Rosaura Tamayo

Mujer que no usas zapatos y los traes colgados del cuello, tus pies descalzos y empolvados se levantan con el alba y se duermen tardía la noche. Tus dedos ya no los sientes. ¿Cómo no vas a usar zapatos? la verdad no los usas, estás acostumbrada a pisar sobre los zapatos del hombre. Él camina, tú como sombra detrás de él. Te rezagas como muchas otras, pensamiento efímero de sexo débil. Deberías por un momento mirar al cielo, no a la tierra, al pavimento o las piedras. Quítate esos zapatos pesados sobre tus hombros -piensas que sólo eso mereces- y ponerte unos a tu medida; voltea y ve que también dejas huellas al caminar. Dejas marcas en la arena y en el corazón de madre, huellas de ternura en voz y actos, pies pequeños y tu inteligencia grandiosa, peso menor pero magna tu fuerza femenina. Superas todo y todas aquellas adversidades de la vida. Fueron muchos años de ser una mujer sin calzado, sin voz ni voto, tus pies ya tienen grietas y sangran. Se  podrán curar, midiéndote no de la tierra al pelo sino de tu corona al infinito, como ese mismo amor de madre y mujer. Aprender que cada una tiene sus propios zapatos mandándolos hacer a la medida de la inteligencia y del amor que te tienes. Y jamás volverte a sentir descalza en tu camino por la vida. 

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ENSAMBLE DE AMOR
Laura Margarita Medina

Ésta es la última tonada de mi vientre.
 Surge de la bruma del pasado.
Tú, como se acaricia a un niño,
recorrías mis hemisferios
mientras mí desbocado corazón
se anclaba a tus deseos.
Te amaba y me dejaba llevar
por la corriente de tu río.
En un beso
entregamos  todo nuestro ser.
La estrechez de mi cintura
enloquecía tus antojos,
mientras tus manos juguetonas
tocaban ansiosas los volcanes de mis senos
con los que te endulzabas cada noche.
Tus dedos adormecían mi cuerpo
 y tu respiración era nota de magia en mis oídos.
 Pude sentirme como un ave
cuando acurrucaba el alma entre tus brazos
y así dejarte deslizar en mi cálido tesoro.
Ése, que se prende hoy por un instante
para grabarte sólo en letras de recuerdo.


ENUNCIADOS DE NATURALIA
Diana Alejandra Aboytes

Sol que camina.
Ave que ríe.
Tierra que escucha.
Agua que canta.
Montaña que sostiene.
Fuego que acaricia.
Lluvia que llora.
Sangre que germina.
Fruto que muerde
Luna que arrulla.
Raíces que gritan.
Sombra que sueña…
Mujer.

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AQUEL POETA
Zhely Alceda

—Qué bueno que llegas, te esperaba. ¡No!, por favor no digas nada, sólo escúchame; sé que vienes del trabajo y estás cansada, intentaré ser breve. Te dejé un poco de carne sobre tu plato y te hice un café como tanto te gusta -dos de café, una de azúcar, agua tibia hasta la mitad-. ¿No quieres cenar? Seguro vienes de estar con él…
 ¡Espera!, no quiero reprocharte ya nada; es solo que…
 Dime, ¿cómo te fue en el día?… Entiendo, no quieres hablar. Lo haré yo.
 Es solo que te he estado observando, ya no me miras más, casi no reconozco tu aroma y no dejas ya silueta entre las sábanas; se quedan los platos sin tocar y el café sin tomar; ni el gato busca tu caricia mientras sobre el sillón te pierdes en alguna lectura; tu ropa parece llena de polvo y tus zapatos acabados. A veces, mientras duermes, toco tu cuello intentando sentir esos latidos de un corazón que no distingo.
 Por favor, no bajes la mirada, no tienes nada por lo cual debas sentir vergüenza. Te he descubierto suspirando a la luna por él, viendo su rostro en las estrellas, besando el sol; aquél sol que también besa él.
 Lamento mucho haberte tenido aquí, atada, todo este tiempo. Yo solo quería hacerte feliz; fracasé.
 Creo que ya es tiempo de que vayas con quien ilumina tu sonrisa y alimenta tus alegrías… ¿Qué haces? ¡No, para! ¡No necesitas fingir! No comas esa carne fría ni tomes ese café viejo, no mires hacia atrás ni preguntes qué será de de mí; voy a estar bien. Deja la ropa en el suelo y los trastes en cualquier rincón, no te molestes en abrir las cortinas ni pienses más en el gato que alguna vez te regalé. Anda, seguro está esperando en esa cama, donde tus sueños duermen hace tiempo. Espera, solo un favor más… Alcánzame aquella copa y tráeme la botella, la de siempre…

Ella lo vio y se desvaneció, así como se desvanece un recuerdo, así como se desvanecen las memorias; así se fue ella. Así le dijo adiós aquel poeta a su amada cuando entendió que no podía hacerla feliz, ni siquiera esa versión de ella, la que cobraba vida desde su imaginación.

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NOMOFOBIA 
Patricia Ruiz Hernández

Una fuerte lluvia me sorprendió en el centro de la ciudad.  De inmediato las calles se anegaron, provocando largas filas de autos que avanzaban con lentitud. Numerosas personas, sin la previsión de portar paraguas, se resguardaban del aguacero donde podían; otras, caminaban resignadas a empaparse. Por mi parte, abandoné la banca del parque, donde esperaba a mi amiga Estela, la siempre impuntual Estela, quien, con seguridad, llegaría muy tarde con alguna creativa y fantástica excusa. Me apresuré a mandarle un whatsapp. Al cruzar la calle, sentí un golpe en el cuerpo, al voltear vi un automóvil. Por la nula visibilidad no distinguí al conductor, sólo escuché la bocina estridente que me atacó con agresividad y respondí en el mismo sentido, gritando palabras ofensivas que saqué de mi abundante repertorio. Con el susto encima, me puse a salvo en la banqueta. Bajo una cornisa metí mi cuerpo tembloroso. Noté que la breve pestaña sería insuficiente para protegerme de la copiosa lluvia. Decidí llamar a Estela para saber si venía en camino. Fue cuando recibí la más desagradable sorpresa: ¡Mi celular se había quedado sin batería! Grité: “¡Maldito aparato!, ¿por qué me haces esto?” No me importó exhibirme como iracunda y estúpida al hablarle a un objeto. Con frecuencia, cuando algún artefacto fallaba, acostumbraba decir en voz alta: “¡Maldita sea, no me falles! Hoy no, por favor, ¡anda!” Si se observa bien, esta conducta no es tan inusual, pues, de acuerdo a las estadísticas, a las que soy aficionada, el noventa por ciento de las personas le hablan a su computadora, a su celular o a su automóvil en situaciones similares. Me reproché por no haber comprado una batería portátil. Tenía que implementar un plan de emergencia, así que caminé a buscar una cafetería. Por suerte había una a pocos metros. Entré a ella con el único propósito de encontrar un enchufe para conectarlo. Con urgencia, elegí una mesa ubicada cerca de una conexión. “¡Me trae un café americano!”, le grité  a la atareada mesera que hacía malabares para atender a los clientes. Cada pocos segundos, consultaba la carga, pero no prosperaba. Me vi atrapada en una madeja caótica de pensamientos. “¡Qué mala suerte! ¿Cuántas cosas estarán pasando en estos momentos?” Ya tenía hambre de novedades.  Estela acostumbraba informarme de un joven que me gustaba y era su vecino; ella lo espiaba por la ventana y me ponía al tanto de lo que hacía. Además, estaba la fiesta del sábado; todo el mundo hablaba de ella, cada minuto había comentarios de mis amigos. Pensé que cuando recuperara la conexión tendría que ponerme al día. Y eso no sería nada fácil. Seguro llegaría despistada a la conversación y me dirían con burla: “Bienvenida al tema”. Era imperioso comprobar si Estela me había enviado algún mensaje para explicar su retraso. Mi congoja y ansiedad crecían hasta el infinito. La paciencia no era una de mis virtudes. En aquellos momentos, se podría decir que era habitante de una isla desierta o viajera en un universo distante. Luego, recordé la despedida de soltera de Mirna. Me moría de ganas por ver las fotos que la autoproclamada fotógrafa del grupo prometió compartir y no lo había hecho.  ¡Qué angustiosa espera! Yo y mi maldita impaciencia se ahogaban en un mar turbulento. Finalmente, fui consciente de que caminaba en círculos con esos pensamientos repetitivos. Mis emociones mutaron de la desesperación a la calma. Repasé la explosión de enojo que había tenido, cuando por un impulso irracional habría tirado el aparatejo a la basura. Mis amigos decían que tenía tendencia al melodrama. Recordé un video donde aparecía una mujer que enloqueció en el tren metropolitano cuando su celular se quedó sin batería. Ella lo golpeaba contra el asiento y gritaba sin importar que la observaran.  ¿Así de loca me veía? ¡Qué falta de lógica y sentido común! Estela, como buena amiga, era conocedora de mis debilidades, me dijo un día: “Padeces nomofobia”, “¿eso qué es?” pregunté, “es el miedo a estar sin el teléfono”, contestó. Nunca lo había enfocado de esa manera; ciertamente, era incapaz de observar con objetividad la situación cuando yo misma era parte de lo observado. En la cafetería transcurría el tiempo y el teléfono seguía muerto. El aullido de la sirena de una ambulancia llamó mi atención.  Miré por la ventanilla. Visualicé a un pequeño grupo de personas, quienes con morbo echaban un vistazo a lo que parecía un accidente. La lluvia había menguado y permitía la visibilidad de la antes nublada calle.  Salí para ser parte del grupo de fisgones. Una mujer estaba tirada en la calle. Me acerqué y con enorme tristeza vi que, ¡era yo! Estaba descalza. Di un rápido vistazo a la escena. Mis zapatos negros de tacón estaban tirados cerca de la alcantarilla. Mi cuerpo ya era como una estatua encantada que mantenía cerrado el puño con el invaluable teléfono aprisionado. Absurdamente, sólo atiné a preguntarme por qué aún nadie me cubría con una sábana. 


BONSAI
Rayo Rincón

Retuerce la sangre, las venas,
tala inconsciente y “estética”
figurita del “debería ” con ramitas del “es que, así es”.
—Córtale más.
                                                                      (“Pecaditos”)
—Que sea perfecto, el mejor, tendrá buen precio, irá al cielo.
Salta, rueda, hazte el muerto, si, así ¡el muerto!
¡No puedes!
                      Calla, shh, al cabo ni le duele, no lo nota, por eso esto se hace desde pequeño.
¡Mírate! Te ves tan bonito.

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INFINITO
Rayo Rincón

Miró el carbón de sus ojos
en ella brota un manantial volátil
mujer de rutas peregrinas.
¿Qué parte en su boca incita a sonreír?
su casa de flores
 o su casa de galaxias  invisibles.
                           ¿Qué de ella ,danzara en las manos

de un artista?


*Imágen: Pita Amor, por Diego Rivera.

Contacto con Taller Literario Diezmo de Palabras: www.julioedgarmendez.com

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