lunes, 2 de noviembre de 2020

A través de una pantalla


                          A través de una pantalla

Durante estos meses difíciles de pandemia mundial, en el estado de Guanajuato hemos procurado aprovechar el tiempo. La Red Estatal de Bibliotecas Públicas y el Instituto Estatal de la Cultura del Estado de Guanajuato, han invitado a escritores y promotores culturales a participar en la continua capacitación de los bibliotecarios del estado. En los meses de septiembre y octubre de 2020 tuve la fortuna de trabajar con dos grupos de bibliotecarios en dos talleres de narrativa creativa.

            El objetivo es que los participantes aprendan distintas técnicas para desarrollar historias originales y puedan, a su vez, enseñar a otros a desarrollar esas historias que siempre han querido contar pero no saben cómo. Gracias al licenciado Alejandro Contreras por la invitación y a todo el equipo de la Red, especialmente la coordinación de Aurelia Rivera, quien siempre me apoya en todos los detalles de programación.

            La novedad, si la hay, es que estos talleres no son presenciales. Los hicimos a través de la plataforma Zoom. A todos nos tocó aprender nuevas maneras de comunicarnos. Para el tallerista es complicado hablarle a la pantalla de la computadora, aunque se vean los rostros de los participantes, pero las expresiones propias de la comunicación entre humanos se pierden un poco entre las fallas técnicas –propias de toda máquina y del internet-, por lo que estos talleres pasarán a la historia como la ocasión en que un virus quiso ser más fuerte que nuestra fuerza de compañerismo y empatía.

            Estas son algunas de las historias que los compañeros bibliotecarios desarrollaron durante el taller. Son textos de esperanza, de amistad, de costumbres que nos hermanan y nos hacen más fuertes. Más humanos.

Julio Edgar Méndez

Coordinador del Taller Literario Diezmo de Palabras



AMOR DE ADOLESCENTE

Luisa Rocha Martínez

Me encontraba en el lugar equivocado, bueno al menos eso me pareció cuando me di cuenta de que Kenia no me escuchaba, pues pareciera que no me ponía la suficiente atención, ya que le preguntaba: ‘¿y tú qué opinas?’ y ella me decía ‘está bien’; ahí podía preguntarle de haber querido si quería ser mi novia, y ella podría haberme dicho que sí sin percatarse.

            Pero el motivo de su distracción era que ella estaba más enfocada en que Alberto la volteara a ver, que mi conversación sobre como rescaté a mi perrita de ser atropellada. Alberto es el tipo de muchacho que toda adolescente desearía para novio, pues es un poco más alto que yo. Su piel es color café con leche, cabello castaño, ojos color café claros; su cuerpo marcado por el ejercicio, en pocas palabras era todo un galán.

            En cuanto a mi amiga Kenia, ¿qué puedo decir?, es la niña más hermosa que puede existir en mi comunidad.  Digo niña pues, desde que recuerdo, he estado con ella desde preescolar y desde ahí no dejo de admirar su belleza, es única. Ahora que es una adolescente no dejo de mirar su cabello. Es más negro que el propio carbón y rizado, su piel es color cafecito como un chicloso. Sus ojos, desde que se los operaron, son más café, pero singuen siendo grandes y hermosos. Es de estatura baja, tiene una nariz ancha y sus labios no son tan delgados, pero tampoco tan gruesos; de cierta forma es bellísima.

            Yo no me he presentado y ustedes disculparán, pero aquí estamos tres personas, y me voy a presentar y a describir en este momento, pues si lo hacía antes, me dirán ‘y el burro por delante’, por eso, a partir de estas últimas palabras les diré quién soy.

            Mi nombre es Luis, tengo quince años, estudio la telesecundaria, soy moreno de piel, mi cabello es negro, mis cejas son muy gruesas, mi nariz es ancha, mis labios son gruesos y tengo una barbilla un poco peculiar, soy un poco más alto que el promedio, me gusta jugar, platicar y escuchar música.

            Kenia, Alberto y yo, estamos en el mismo grupo de la telesecundaria, “Tercero A”. Kenia, como mi mejor amiga, hace algo de tiempo me ha comentado que le gusta Alberto y que, aunque él no le habla, ella tiene fe en que algún día él se dará cuenta que ella es el amor de su vida, se casarán, tendrán hijos y vivirán felices para siempre, bueno, eso es lo que ella me ha dicho. Como el buen amigo que soy, solo la he escuchado, aunque mi corazón se rompa en mil pedazos.

            Pues cómo no se me va a romper, ella es la niña que me ha robado suspiros, por la cual diario me doy un baño, porque ¿Qué niña se va a fijar en un chico sucio?, ninguna, ella es bella y aunque en ocasiones es un poco testaruda, sé que es aquella niña que quiero para toda mi vida.

            Es por eso que la indiferencia de Kenia me hacía sentirme en el lugar equivocado, pues ya teníamos algo de tiempo sentados bajo aquel pirul, pues como era de costumbre al salir de clases, ir a pasar el rato en esa zona. Sentados sobre esa banca de madera, que en algún momento tuvo pintura color blanca, pues el paso del tiempo ya la había desgastado y solo quedaba una que otra marca de color.

            Conversábamos y reíamos, pero al momento en que llegó Alberto con sus amigos, yo pase a segundo plano. Toda su atención era hacia él, y bueno, yo dejé de hablar de aquel rescate de mi cachorro, y por un largo tiempo no dije palabra alguna. Pues miraba como veía a Alberto, y era justamente de la misma manera en que yo la veía a ella.

            Después, le dije: ‘bueno, Kenia, ¿te acompaño a casa?’ y ella accedió. Mientras caminábamos hacia su casa, ella me dijo: ‘tal vez, si fuera más bella, Alberto se enamoraría de mí’, yo solo me reí de una manera burlona, pero a la vez un poco apagada. En fin, me despedí de ella en la entrada de su casa.

            Camino a casa, me encontré con Alberto, ahí estaba sentado fuera de su casa, estaba algo serio, me miró, sonrió y me llamó con una sonrisa.

            –Hey, Luis ven, siéntate un rato conmigo.

            –No puedo, tengo tarea que hacer –aunque no tenía tarea esa tarde–.

            –Vamos, no mientas, no nos dejaron tarea.

            –No me refiero a tarea de la escuela, me refiero a tareas en la casa.

            –Está bien, solo quiero que le digas a Kenia que está muy guapa.

            –Por supuesto -yo le digo-.

            –Gracias, camarada.

            ¿Yo, decir a la chica que me gusta, que alguien más le manda a decir que está guapa? Ni aunque me dieran cien mil pesos –pensé-, cuando continuaba mi camino y algo molesto para la casa.

            Esa tarde estuve un poco serio, no lo podía creer, estaba sintiendo celos, celos tontos, pues yo no tenía ninguna probabilidad de andar con Kenia. Ella, para mi desgracia, solo me miraba como su mejor amigo, y es malo cuando alguien se vuelve mejor amigo de alguien, pues no se debe de romper o ir más allá de ese nombramiento. Los mejores amigos nunca llegan a ser novios y, si lo llegan a ser, sus relaciones terminan y hasta se pierde la amistad, bueno eso creo por lo que he visto en las películas y en las novelas que mi mamá pone durante la comida.

            Pero, en fin, yo era el mejor amigo de Kenia, y si Alberto le mandaba a decir eso, es porque el deseo más grande de ella en nuestra adolescencia, era que Alberto la mirara de la misma forma en que ella lo veía a él, y decidí que no le diría nada de mi encuentro con Alberto. Pues Alberto debe de ser quien, como todo buen caballero, le diga lo que siente.

            En la mañana del día siguiente, mientras mis pies pisaban aquel sendero de grava volcánica que me llevaba en dirección al colegio, no sin antes pasar por la casa de ella. Kenia se veía tan linda como siempre, pues la luz cálida del sol por las mañanas le asentaba muy bien, solo me hacían ver sus ojos con mejor claridad. La saludé y caminamos juntos a la secundaria.

            Por supuesto que no le dije nada. Claro, ella no tenía ni la menor idea de lo que yo ahora guardaba, un secreto. Era la primera vez que le guardaba un secreto a mi mejor amiga.

            Para mi sorpresa, Alberto se encontraba recargado sobre la malla metálica que rodea la escuela, ahí estaba mi rival, mi rival de amores –sí, ya hasta pensaba algo cursi, por si les parece extraño– pero esos celos me hacían pensar cosas tontas, pues anteriormente no tenía tan extraña sensación.

            Sucedió lo inimaginable. Alberto, con la sonrisa más tonta del mundo se acercó hacía mí, saludándome como si fuéramos grandes amigos. Puso su mano sobre mis hombros y me empujó detrás de Kenia para entrar al colegio, sin duda fue el acontecimiento más extraño, y lo era, porque ella no dejaba de verme de una manera extraña, con unos ojos penetrantes. Por fortuna, sonó la campañilla y procedimos a entrar a clases.

            Ese día hermoso para mí se volvió algo incómodo. ¿Qué explicación le daría a Kenia, sobre lo sucedido con Alberto a la hora de entrar a clase? Era una pregunta que pasaba y pasaba por mi mente, no me concentraba en la clase, en la materia que más me gustaba… matemáticas. Ahora todo era un lio, el amor me estaba afectando hasta en mis estudios, no imaginaba el impacto de tal situación amorosa sobre otra cosa con la que más me identificaba, los números. En fin, todo era un lio en mi cabecita adolescente.

            Sonó la chicharra del receso, entonces todos prosiguieron a salir al patio, cuando ella se puso a un costado de mí.

            –Luis, ¿vamos a salir al patio o qué? –hablando un poco molesta, lo pude sentir-.

            –¡Claro! ¿Qué motivo tendría quedarme en el salón? –respondí, algo sonriente-.

            –No seas tonto, te conozco y sé que algo sucede, solo espero que “eso” que tú traes no tenga nada que ver con lo sucedido esta mañana con Alberto, pues sería algo de deslealtad que tú, como mi mejor amigo, me ocultes algo.

            –Sabes que el tonto es Alberto –respondí algo grosero–, ha actuado algo extraño conmigo, ni es mi amigo, algo ha de tramar, y yo he de ser parte de su plan, que… si fuera el caso, es un plan del que ni yo tengo idea, solo es un suponer –aclaré-.

            –Pues espero y no sea nada malo –me dijo muy seria–, pero sería algo agradable que también fuera tu amigo, porque así estaría cerca de mí y yo podría pasar más tiempo con él. Lo dijo mientras sus ojos brillaban de amor, solo ella sabía las sensaciones que le generaba el pensar en Alberto.

            Ya no dije más, solo me levanté de mi butaca y procedimos a salir a disfrutar de ese pequeño receso de media hora, durante el cual no volvimos a hablar de ese roba amores.

            El transcurso del día fue tan normal como cualquier día en nuestro singular existir. Al llegar la noche, volví nuevamente a preguntarme cosas, cosas de los tres, pues ya no podía decir cosas de los dos, pues ahora el ladrón ya era parte de mi vida. Pero, al pensar en el buen hombre que soy, opté por decirle en la mañana siguiente lo que Alberto un día anterior le había mandado a decir.

            Al llegar a su casa mi gran sorpresa fue tal que me quedé sin palabras. Ese individuo estaba charlando con ella, con esa niña. Sentí cómo mi estómago se retorcía, cómo mis manos empezaban a sudarme; cómo una sensación inexplicable avanzaba desde mi cabeza a mis pies y, como estos no me respondían, sentía morir. ¡Oh, no! mi corazón se partía.

            Soy un caballero –pensé–, y debo comportarme como tal. Saludé a ambos, me respondieron el saludo y sin más los tres caminamos al colegio. No puede ser… efectivamente, sí, ahora éramos tres.

            Pasaron varios días más, y lo mismo, solo que ahora con el trato diario él era uno más, nos convertimos en amigos. Yo no le dije nada a Kenia de lo que me mencionó Alberto hace días atrás, bueno… meses atrás. Pues ella se veía bastante tranquila y gustosa con esa amistad, al final de cuentas era lo que ella quería, que el ladrón, bueno, que Alberto, fuera nuestro amigo, y así ella satisfacer esa fantasía de ver al niño que le gustaba todo el tiempo.

            Con el paso del tiempo, dejé de sentir tal atracción por ella, y no es que me refiera a que me he dado por vencido, pero el convivir con esos -ahora-, dos amigos, comprendí que, para empezar, existen celos tontos, pues ella no sabía de mis sentimientos hacía ella, y ni culparla por ello, que las cosas siguen un sendero, y que de alguna manera –como dicen coloquialmente– todo pasa por algo.

            Cierto día, también ella me hizo saber que Alberto le agradaba como buen amigo, pero que ya no le atraía como antes. Eso no me dio alegría alguna, pues ahora yo sentía algo de lastima por él, pues él había tomado mi lugar en ese barco del amor, ahora él era amigo de ella, y ella no quería nada más que su amistad, pues, para colmo, ahora le gustaba un tal Maximiliano.

            Al fin de cuentas, como bien mi mamá me lo ha dicho, “el amor en la adolescencia, no es nada más que una bonita ilusión”.



DON BIGOTÓN Y SU MASCOTA MUSICAL

Rosaura Alonso Gasca

Soy don Carmelo, bigotón, gordo, caprichoso y millonario. Todos los días me despierto y me pregunto: ‘Bigotón, Bigotón ¿qué quieres comprar el día de hoy?’ Ya tengo una colección de autos de todas las marcas del mundo, otra colección de aviones que no le pide nada a ninguna, otra colección de pianos más completa.

            También tengo algunos animales notables: el piojo vestido, la jirafa matemática  y Polita, una patita que tiene dos cabezas, cinco patas y un hocico que no se parece nada a un hocico. Todo eso lo tengo guardado en mi casa que tiene cientos de cuartos que nadie pudo contar.

            Un día me  levanté, me puse mi bata de seda verde esmeralda, mis pantuflas de peluche  y  dije ‘ya sé que me voy a comprar el día de hoy'. Compraré a Coby, el changuito musical de Chapultepec. Es un changuito muy especial. Mide casi dos metros de altura, pesa una tonelada, come cien kilos de plátanos adornados con nueces y chocolate derretido. Ah, pero tiene además algo muy, pero muy especial, toca el piano. Se sabe muchas melodías de grandes compositores.

Llamaré al zoológico de Chapultepec.

—Señorita, buenos días, disculpe, quiero comprar a Coby, el changuito musical. ¿Cuánto cuesta?

—Disculpe, señor, pero Coby no está en venta. No tiene precio,

            Colgué el aparato muy enojado. No, no, no puede ser, yo todo lo que quiero siempre lo he conseguido y está no será la excepción. ‘Piensa, piensa qué   puedes hacer. ¡Ah, ya sé!, haré otra llamada’.

            —¿Bueno?, ¿hablo con los gánsters de  Nueva Rock?

            —Sí, ellos hablan, ¿qué se le ofrece?

            —Disculpe, ¿cuánto me cobra por robarse al changuito musical  de Chapultepec?

            —Déjeme ver, eso está un poco complicado. Mmm, cinco millones de pesos.

            —Perfecto, hoy los espero en mi casa y ahí les pagaré.

            Los gánsters eran cinco chaparros cabezones; se sentaron a la mesa y planearon el robo, cada uno de ellos dio su punto de vista para llevar a cabo el robo.  Por fin se pusieron de acuerdo y llevaron a cabo el plan. Se robaron al changuito y por la  noche llegaron con el mono a casa de don Bigotón.

            Cuando llegó Coby, el changuito musical, a casa de don Bigotón, observó que en esa habitación estaba un poco oscuro. De pronto prendieron las luces y vio que en esa habitación había 250 pianos. ¡No lo podía creer! Se puso a tocar un piano y otro y otro hasta que pasó toda la noche. Los vecinos no podían dormir y llamaron a la policía. Ésta llegó y encontró a don Bigotón  pagando a los gánsters con billetes de a peso: 3,897,000 mil  3,898,000 mil … y a Coby el changuito de Chapultepec tocando los pianos.

            Don Bigotón y los gánsters están ahora en la cárcel. El changuito regresó a su jaula en Chapultepec y siguió dando conciertos a todos los visitantes que asisten a verlo.



EL BARCO FANTASMA

María Gabriela Varela Sámano

Heme aquí: coctelito, solecito, isla paradisiaca, mar, tranquilidad, ¿qué más puedo pedir?

            Cuanto tiempo deseando este momento, ahorrando durante todo el año para poder salir a disfrutar de unas merecidas vacaciones, descansar de mi jefe que es un poco prepotente y patán.

            Tengo un sueño recurrente, algo que me pasa a orillas del mar, dudo que los sueños se hagan realidad pero aquí estoy listo para lo que pase. Y si, algo va a pasar, al parecer estos cocteles están un poquito cargados, me están relajando mucho, los ojos se me cierran.

            Alguien toca mi hombro, me cuesta un poco abrir los ojos, cuando lo logro, frente a mí está la chica más hermosa que mis ojos hubiesen visto alguna vez, me hace señas con su dedo índice para que la siga, su mirada me ha hipnotizado y la sigo ciegamente. No hay nadie en el hotel, las albercas vacías, recepción, todo, no hay nadie.  Lo más extraño es que esta chica trae una ropa algo fuera de tiempo algo así como del tiempo de piratas y corsarios. Un vestido desgarrado, viejo y descolorido. Ella no habla, solo con la mirada me indica qué hacer. Atravesamos gran parte de la isla, llegamos a un lugar como sacado de un cuento, un lugar sombrío, lleno de telarañas, cráneos, antorchas secas y viejas. La sigo sin oponer resistencia, voltea, me hundo en sus ojos, me toma de la mano, pero su mano es fría como el hielo, ese frio recorre mi cuerpo y me hace estremecer, llegamos a un lugar que tiene entrada al mar, intento zafarme pero ella volteo y con sus ojos azules como el mar me da a entender que todo estará bien, que no pasa nada.

            Como si fuera una película caminamos por el fondo del mar sin ningún problema, a lo lejos se ve un barco hundido, de hace muchos años, yo diría siglos, además trae bandera pirata. Qué raro es todo esto, puedo respirar bajo el agua, ir con ella de la mano me da tanta paz que solo me dejo llevar. Yo vine de vacaciones, estaba disfrutando unos ricos cocteles y ahora donde estoy es un barco abandonado. Ella me suelta para abrir la puerta, entramos, ¡qué elegancia!, es una fiesta muy lujosa dentro de este barco hundido. Como por arte de magia estoy cambiado, veo en un espejo mi aspecto y es muy diferente. Ella también cambio su aspecto, ahora con un hermoso vestido seco y deslumbrante, todos los asistentes  voltean a ver nuestra entrada, comienzan a aplaudir, le agradecen a ella el que me haya llevado, ella les dice que no fue nada difícil, que funcionó lo que había puesto en mis cocteles ¡al fin habló! Escuché su melodiosa voz y conocí su nombre, Catrina, ¡qué hermoso nombre! Todos le gritaban y agradecían el haber cumplido su promesa de llevarme a esta cena tan especial para ellos, yo seguía sin entender por qué yo, ¿qué tengo de especial? Volteo a una de las paredes y encuentro un cuadro en donde estoy yo, pero ¿por qué yo?, si yo no sabía de la existencia de este barco.

            Se acerca un señor muy risueño y comienza a platicarme los planes que tienen para después de la boda, pregunto de cual boda y me responde de la tuya con Catrina, imagínense como me quedé, estupefacto. Yo ni enterado estaba que me iba a casar.

            Continuando con la plática y los planes, deduje que yo era algo así como un eslabón, algo que necesitan tener para conseguir sus planes, me cuenta que ya es mucho tiempo el que habían esperado por mí, que me buscaron por todo el mundo y que, gracias a la astucia de Catrina consiguieron dar conmigo; de hecho y haciendo memoria, la voz de Catrina suena como a la de la chica de la agencia de viajes con la que hable por teléfono y me recomendó esta isla. Entonces todo esto se ha venido maquinando desde hace algún tiempo, tantas facilidades para realizar este viaje y yo ni por enterado.

            Bueno, los planes son que después de la boda zarparemos, je je je como si se pudiera zarpar con un barco hundido, así que les sigo el juego. Tengo que escapar, no puedo estar viajando con ellos así como así, tengo mi vida, Catrina es muy linda pero no pertenezco a este mundo o no sé cómo se le pueda llamar.

            No dejan de ofrecerme cocteles, creo que por medio de ellos me tienen aquí en este sueño, tiro un coctel sin que se den cuenta, comienzo a sentir que voy a despertar, ya sé cómo librarme de ellos, pero ¿cómo haré para llegar a la superficie si está cerrada la puerta del barco? Tuve que tomar un coctel más, no tenía opción, estaban todos observándome. Llega un sacerdote, entonces esto de la boda va en serio. De aquí en adelante no voy a tomar más cocteles y me dedicaré a revisar por donde puedo salir de este barco embrujado.

            Por las decoradas escaleras baja Catrina, se ve tan hermosa y tierna que me están dando ganas de quedarme. El sacerdote comienza a oficiar la ceremonia, ¿cómo haré para librarme?, no puedo decir que no, porque todos se me irían encima, así que pido la palabra y me la otorgan a pesar del descontento de los presentes. Algo les apuraba y creo que era que el día. Se estaba terminando. Ahora entiendo, están esperando por mi desde hace mucho tiempo, es por eso el coraje al interrumpir la ceremonia, así que comencé a caminar y correr por todo el barco, todos esperaban a que diera el sí, pero uff, no se les hizo.

            Después de tanto alboroto todo frente a mí se comenzó a desvanecer: Catrina, el barco, todos desaparecieron como por arte de magia. Acostado en este camastro, por casi todo el día, terminé con un bronceado espectacular tipo Luis Miguel.

            No sé cuánto tiempo tendrán que esperar nuevamente para encontrar una nueva víctima, no sé a quién agradecer el haberme librado de esa maldición, lo que sí sé, es que ahora investigare un poco acerca de la historia de la familia para saber por qué estaba mi fotografía en ese barco.

 


EL PERRO FIRULAIS

Juana Paula Ayala Pizano


Si deseas algo con el corazón, lo conseguirás.

El pobre perrito Firulais no tenía casa. Dormía debajo de un puente, pasaba frío, hambre y solía pasear por todo el camino hacia la aldea. En uno de estos paseos se encontró una canasta llena de comida y un tarro grande de miel y dijo:

­­­­––¡Qué suerte la mía! No tengo casa como quisiera -sacó la lengua-, pero tengo una canasta llena de comida y un tarro grande de miel.

Más tarde se encontró con Tom, un conejo muy astuto.

––¡Hola, amigo Firulais! ¿Eso que llevas ahí es comida? –dijo, mirando la canasta-, hace varios días que no consigo comida ¿Te gustaría compartirla conmigo?

El perrito aceptó y compartió su comida con el conejo Tom. Este agarró el tarro de miel y lo puso en una bolsa de tela que colgaba en su lomo, Firulais seguía muy triste, sus ojos cafés se llenaron de lágrimas y comenzó a llorar, su pelaje blanco poco a poco se hacía gris. Tom, al verlo así, agradecido se propuso a ayudarlo. Se puso a pensar y buscar la manera de conseguir una casa para su amigo. Después de un largo camino llegó a la feria. Ahí  había diversión por todas partes: dulce de algodón que volaba por el aire; unos ricos olores a salchichas, dulces y caramelos. Firulais  empezó a mover la cola y corrió por todo el lugar, sus ojos se iluminaron mirando  todos los juegos, mientras el conejo Tom hacia tratos con el dueño del circo, que tenía varios animales. Era un hombre chaparro y gordo, tenía una gorra azul y Tom le dijo:

––¡Le cambio este gran tarro de miel por una vaca!

Tom pensaba venderla para tener dinero y así comprarle una casa, como agradecimiento a su gran amigo Firulais, sacando el tarro de miel que estaba en la bolsa. El dueño del circo, soltando una carcajada exclamó:

––¡Yo para qué quiero ese gran tarro de miel!

 El conejo Tom, que era muy ingenioso lo convenció. El dueño del circo aceptó. Ahora Tom ya era dueño de una vaca, llegó hasta donde estaba Firulais y le contó su plan, Firulais estaba muy contento pues sentía que ya faltaba poco para tener una casa.

Al día siguiente, por la mañana, se dirigieron al mercado. Estaban muy alegres conversando por el camino. Estaban llenos de ilusiones pues sentían que pronto iban a lograr lo que tanto anhelaban. Así pasaron días hasta que la ilusión se convirtió en realidad. Con la venta de la vaca, el conejo Tom le compró una preciosa casa a Firulais.

Ya nunca tuvo que volver a dormir debajo del puente. Gracias a su astuto amigo Tom, los dos compartieron la casa y tuvieron una vida mejor.

Y desde ese día, Firulais, cuando se encuentra a alguien durmiendo en la calle, o pasando hambre, le ofrece su casa. 


*******************

LA FIESTA DE MI PUEBLO

Salvador Contreras López

Todavía no empieza clarear y ya los cohetes y la banda de viento se oyen clarito. ¡Uy! El frio muerde pero no le hace, la fiesta en mi pueblito solo es una vez al año. Bueno pues, la mera verdad es que el interés tiene pies y yo sé bien que a ahí veré a la Meche porque es seguro que allí estará con la mitotera de mi casi suegra, digo casi porque ella no sabe.

            ¡Ay, caray! Ya se oyen las mañanitas y todavía no encuentro mi sombrero. ¡Ah! Ya lo encontré. Así que córrele, Pepillo, que ya vas tardísimo. Al llegar al jardín de la iglesia veo gente aquí y gente allá, el castillo ya está listo, pero lo más importante: allí está la Meche, regalando café y canela.

            ¡Ay, Dios!, pero qué chula se ve con su cabello suelto y sus labios chiquitos y rojos, rojos. En eso estaba pensando cómo hacer pa’ acercame.  ¡Ay!, de veras, pos iré a que me regale un cafecito y con ese achaque le doy los buenos días y le digo disimuladamente que en la noche bailamos. Cuando al fin me decidí a dar el primer paso, sentí una mano que me detiene del hombro con fuerza.

            ¡En la torre!, es el papá de la Meche, un señor alto, moreno y un poco pasadito de peso, me dio buen susto.

        —Muchacho, tómate un traguito pa’l frio.

        —En eso, veo en su mano izquierda una botella de tequila casi a la mitad. Pos la verdad no me sorprendió tanta amabilidad conmigo, ya que si no le he de cuadrar pa’ yerno. No se crean, lo que pasa es que ya tengo más de dos meses de barbero con él, pero sí pienso que ya sospecha mis intenciones con su hija. Y pos ya saben, por ser educado y quedar bien, fue un traguito luego otro y otro y total que, en la noche, en el baile, ya pa’ que les cuento cómo andaba. Eso sí, fue una fiesta que merece quedar guardada en la cabeza.

 

*****************************

LA FÓRMULA SECRETA

Valeria Rodríguez Alcalá


Todos en la escuela me miraban, no sabía qué pasaba por sus mentes. Algunos chicos me saludaban bien y otros más a fuerzas que de ganas. Cuando llegaba al salón corría junto a mi amigo Leon. Él era el único que me comprendía, pues pasábamos por la misma situación, era difícil tener la cara llena de acné a nuestros dieciocho años.

            Yo estaba enamorado de la niña más guapa de todo el salón, ¡qué digo del salón, de la escuela! Pero la verdad es que me daba mucha pena el poder hablarle. Mi amigo León me alentaba mucho para poder hablarle, pero cada vez que pasaba e intentaba hablarme me daba mucha pena y me quedaba sin habla.

            Yo no entiendo qué tienen de malo mis granos si no le hacen daño a nadie, traté de todo para poder quitármelos: mascarilla de huevo, de aguacate, incluso hasta jitomate, pero nada lograba quitarme el acné.

            Mi madre decía que no era necesario llevarme con un especialista, pero yo creía todo lo contrario, porque a mi amigo León su mamá lo llevó con el especialista y sí se veía mucho la diferencia.

            Pero ella tenía ideas de las señoras de antes. Total, esto del acné tenía que pasar tarde que temprano, pero ¿y si pasaba más tarde que temprano?, no podía salir así en la foto de la graduación de mi escuela. Sería la burla de todos y ese recuerdo de mi cara llena de acné me marcaría de por vida. Siempre que viera mi fotografía de graduación me iba sentir terrible y ¿qué pasaría si, cuando fuera a pedir trabajo, me piden la foto? Seguro no me contrarían, porque tendría la cara llena de acné en la preparatoria. No, no, esto no debía de ser así, tenía que encontrar la fórmula correcta para que mi piel ya no tuviera más daño.

            Rápido recordé a un niña de la escuela, ella era la más inteligente de toda la preparatoria, seguro ella tenía que saber una formula muy eficaz para quitarme estos granos. A la mañana siguiente, en la escuela, lo primero que hice fue ir con ella. Al escuchar mi historia sobre el acné ella no tardo en decirme que por supuesto que me iba ayudar, lo único que me dijo fue ‘nos vemos a la salida de la escuela para ir a mi casa’.

            Cuando fue el recreo le conté a mi amigo León y no dudó ni un segundo en ayudarme. Al salir de la escuela nos vimos con Carlota, la niña más inteligente de la preparatoria, lo único que nos dijo fue que la siguiéramos. León y  yo nos miramos uno al otro al ver hacia donde se dirigía y cual era a su casa. De seguro en su casa tiene una fórmula perfecta para quitarnos el acné, pensé.

            Al llegar a su casa nos pasó rápidamente a su cuarto, en él tenía un laboratorio lleno de fórmulas raras dentro de frascos de cristal. Luego luego me dijo que me tomara una de sus fórmulas, le pregunté que si estaba segura de que esa era la fórmula correcta. Ella solo inclinó los hombros pero no había nada que perder, así que me tomé rápidamente la fórmula. Empecé a sentir cómo me hormigueaba todo el cuerpo,  cómo mis dedos se empezaban hacer más grandes y gordos. Justo en ese momento me desmayé. Al poder abrir los ojos lo único que vi fue a Carlota y a mi amigo León. ‘¿Estás bien?’,  me preguntaban una y otra vez. Me levanté atónito y cuando traté de sobarme mi cabeza, vi que mis manos ya no eran las mismas. Eran diferentes. Corrí hacia el espejo de Carlota y lo primero qué vi fue a un caballo. La fórmula que me había dado Carlota me había convertido en un caballo.

            Grité: —¡¡¡Carlota!!! Qué has hecho?

            Ella rápidamente busco otra fórmula, para convertirme otra vez en humano, me la dio y la tomé muy rápido. Volví a verme en el espejo y otra vez era yo, lleno de acné. Carlota pensaba y hacía sumas o restas matemáticas, no sé qué estaba haciendo realmente, mientras que León y yo estábamos muy asustados y un poco decepcionados.

            Al cabo de un rato, Carlota gritó: ‘¡¡¡Lo tengo!!!’. Esta es la fórmula correcta, me la dio y no perdía la esperanza. Rápidamente la tomé. En cuanto terminé de tomarla, empecé a sentir cómo las tripas de mi panza se movían de un lado para otro, sentía que mis ojos se me volteaban hasta quedar blancos; esta vez no me desmayé.

            Corrí rápido al espejo para ver los resultados de la formula y lo primero que vi fueron mis pies, estaban igual que antes, al igual que mi panza. Al parecer, esta vez sí tome la formula correcta, pero al llegar a ver mi cara, esperaba que no tuviera acné. Grite tanto al verme al espejo. Me había convertido en un señor con cara de pez. Tenía unos labios muy grandes y solo podía ver a los lados, no de frente.

            Mi amigo León, empezó a reírse de lo gracioso que me veía, volteé a ver a Carlota y ella estaba asustada, pensaba que cómo era posible que otra vez había fallado su fórmula.

            Rápidamente me dio otra poción para convertirme en humano, la tomé y de nuevo me regresó el acné. Estaba muy deprimido. Esto quería decir que todas las fórmulas de Carlota me iban a convertir en algún animal, o la parte de algún animal.

            Carlota, esta vez emocionada, me dijo que ya sabía lo que estaba fallando en su fórmula y que ya lo había arreglado, me dio de nuevo su poción y León y yo nos quedamos viendo como pensando: ‘¿otra vez me convertiría en animal?’, y por mi mente pensaba en el miedo de que Carlota volviera a equivocarse.

            Estaba a punto de tomarla, pero me interrumpió Carlota con una advertencia: —Esta vez ya no tengo más fórmula para volverte a convertir en humano.

             Quedé atónito porque no sabía qué hacer; no tomarme la fórmula y convertirme en un niño con acné o tomarla y ser la mitad animal y la mitad humano o ser un animal de por vida.

            Mi amigo León insistía que debía de tomar la fórmula, que la tercera es la vencida; pero yo tenía mucho miedo. Volteé a ver a Carlota y me dijo: —Para mí eres guapo, con o sin acné, es solo un proceso por el cual pasamos todos los adolescentes y pronto pasará.

            Me puse muy aliviado al saber que le gustaba a Carlota, cogí el frasco con  la fórmula, pero en vez de tomarla se la di a Carlota.

            — Tienes toda la razón, el acné pronto se irá.

            Al salir de casa de Carlota junto a mi amigo León, me dijo que si íbamos a jugar futbol. Claro, le dije. Volteamos y le dimos las gracias a Carlota.

            La vi y se veía muy bonita, le dije:

            —Nos vemos mañana en el recreo -y me dijo que sí.

            Al fin una niña a la que le gusto con el acné.

 


*******************

LA GRANDEZA DE UN PADRE

Lourdes Rosales  Amézquita

 

Había una vez un  hombre  que tenía tres hijos y diez hectáreas de tierra para sembrar. Una tarde los mandó llamar y les dijo:

            —Hijos, ya estoy cansado y viejo, no tengo fuerzas para seguir trabajando. Como ustedes saben, desde que murió su madre la vida no ha sido fácil. Por eso quiero platicar seriamente con los tres. Respecto a la tierra que tenemos, es muy buena  y las cosechas que levantamos también, yo quisiera que entre los tres la sembraran y así nunca les faltará el dinero para lo necesario.

            Luis, el hijo menor de don José, siempre estaba de acuerdo con la decisión de su padre:

            —Él ha trabajado mucho para nosotros y ahora nos toca a nosotros ayudarlo.

            Isaac, el segundo hijo, flojo y rezongón a quien no le gustaba trabajar dijo:

            —¿Por qué no vendes la tierra, papá? Dices que estás cansado y no puedes ya trabajar. Así nos repartes el dinero por partes iguales y se acaba el problema y te dedicas a estar acostado, para que descanses.

            —¡Ay, hijo! –dijo don José, con un nudo en la garganta-, ¿cómo puedes decirme esto?, si la tierra es el tesoro más valioso, es herencia de mis  padres, que en gloria estén. Por eso quiero que ustedes la siembren.

            Juan, el hijo mayor, hombre trabajador e independiente, vivía con su esposa e hijos:

            —Yo  apoyo tu decisión, papá, ya es tiempo de que descanses y tengas una vida tranquila, por mi parte no tengo necesidad. Gano lo suficiente para mantener a mi familia, y no hay por qué vender la tierra. A mi hermano Luis siempre le ha gustado trabajar y sembrar; si él quiere trabajarla yo  le ayudo cuando sea necesario.

            —Lo sé,  hijo, que cuento con tu apoyo.

            —En cuanto a Isaac, si no quiere trabajar con Luis, que se haga a un lado y nos deje a nosotros.  Ya que a él no  le ha costado, papá, por eso quiere que vendas la tierra.

            Isaac, muy molesto, respondió:

            —Bueno, si ustedes trabajan la tierra, será suya un día. Entonces yo quiero la casa, la vendo y me voy  lejos de ustedes, porque no quiero que mi papá y Luis vivan conmigo.

            Don José, al escuchar las palabras de su hijo, sentía que se le partía el alma. Pero estaba consciente de que a Isaac no le gustaba trabajar. Fue entonces que tomó una decisión. Sacar a Isaac de la casa. Le dijo:

            —Mira, hijo, ya fue la gota que derramó el vaso, tienes que irte de la casa, vete a donde quieras. Disfruta la vida y déjanos vivir en paz.

            Isaac salió molesto con la decisión de su padre y le dijo:

            —Les juro que se van a arrepentir, cuando les digan que estoy tirado muerto a un lado de  la carretera.

            —Tú sabrás, hijo -dijo su padre, con lágrimas en los ojos. Era la decisión más difícil que había tomado, correr a su propio hijo de la casa-.

            Desde ese día las cosas cambiaron, Luis sembraba la tierra y  Juan le ayudaba. Y don José se quedaba en la casa para descansar. Había una cosa que le gustaba mucho hacer: leer novelas. Sacaba su mecedora y la ponía  debajo de un árbol Tabachín que lucía hermoso, lleno de flores rojas matizadas de naranja. Leía  sus libros y escuchaba el canto de las aves.  Desde entonces vivieron felices para siempre.

 

 ************************


MAESTRO MALVADO

Patricia Díaz Trigueros

 

Había una vez un ladrón malvado que, huyendo de la policía, llegó a un pequeño pueblo llamado Tiristaran -que significa en purépecha, lugar al lado del rio-, donde escondió lo robado y se hizo pasar por el nuevo maestro de la escuela del pueblo

y comenzó a dar clases con el nombre que se inventó: don Cleto.

Como era un tipo malvado, gritaba muchísimo y siempre estaba de mal humor. Castigaba a los niños constantemente y se notaba que no los quería ni un poquito. Al terminar las clases, sus alumnos salían siempre corriendo. Hasta que un día, Panchito, uno de los más pequeños, en lugar de salir se le quedó mirando en silencio. Entonces acercó una silla y se puso en pie sobre ella. El maestro se acercó para gritarle pero, en cuanto lo tuvo a tiro, Panchito saltó a su cuello y le dio un gran abrazo. Luego le dio un beso y huyó corriendo, sin que al maestro le diera tiempo a recuperarse de la sorpresa.

A partir de aquel día, Panchito aprovechaba cualquier despiste para darle un abrazo por sorpresa y salir corriendo antes de que le pudiera pillar. Al principio el malvado maestro se molestaba mucho, pero luego empezó a parecerle gracioso. Y un día que pudo atraparlo, le preguntó por qué lo hacía:

—Creo que usted es tan malo porque nunca le han querido. Y yo voy a quererle para que se cure, aunque no le guste.

El maestro hizo como que se enfadaba, pero en el fondo le gustaba que el niño le quisiera tanto. Cada vez se dejaba abrazar más fácilmente y se le notaba menos gruñón. Hasta que un día, al ver que uno de los niños llevaba varios días muy triste y desanimado, decidió alegrarle el día dándole él mismo un fuerte abrazo.

En ese momento todos en la escuela comenzaron a aplaudir y a gritar

—¡Don Cleto se ha hecho bueno! ¡Ya quiere a los niños!

Y todos le abrazaban y lo celebraban. Don Cleto estaba tan sorprendido como contento.

—¿Le gustaría quedarse con nosotros y darnos clase siempre?

Don Cleto respondió que sí, aunque sabía que cuando lo encontraran tendría que volver a huir.

Pero pocos días después, aparecieron varios policías, y junto a ellos Panchito, llevando las cosas robadas de don Cleto, que había decidido entregarlas a la policía.

—No se asuste, don Cleto. Ya sabemos que se arrepiente de lo que hizo y que va a devolver todo esto. Puede quedarse aquí dando clase, porque, ahora que ya quiere a los niños, sabemos que está curado.

Don Cleto no podía creérselo. Todos en el pueblo sabían desde el principio que era un ladrón y habían estado intentando ayudarle a hacerse bueno. Así que decidió quedarse allí a vivir, para ayudar a otros a darle la vuelta a sus vidas malvadas, como lo habían hecho con la suya. 



**************************

MEJOR CUIDO MIS BORREGAS

Elizabeth Juárez Díaz

 

El tiempo pasa tan rápido  como cuando observas el cielo y ves una parvada de pájaros volando de un lado a otro, pareciera que uno tiene encima volando una alfombra melódica que no se detiene. Momentos fugaces, así es la vida en el rancho.

            Me levanto del petate al sonido del gallo Filomeno. Yo les pongo nombres a los animales, es algo que hago desde niño. Le doy un beso tronado en la mejilla a mi madrecita, luego me siento enfrente de la mesa de madera color chocolate y disfruto de un rico desayuno: huevos revueltos con cinco tortillas, chile de molcajete, acompañado de mi café de olla que aún está a fuego lento en el fogón. Su olor me despierta todas las mañanas con mucha hambre, soy hombre de rancho y de buen diente.

            Aquí huevos jamás nos han de faltar, ni los míos para trabajar, ni los de mi madre para cocinar y menos los de Tomasa y Hortensia porque ellas ponen muy temprano, tanto que le ganan a la vaca Pancha. Como su leche no hay ninguna pues con ella se prepara el mejor queso y ni les cuento de los bolillos con nata que me como en las tardes cuando regreso de la siembra.

            Mi madre y mi abuela se quedan moliendo en el petate lo necesario para la comida de  la semana. Yo voy a la siembra acompañado de mis borregas  luciérnaga, cometa y lluvia, para poner a punto mis tierras para poder plantar elotes.

            Mis tardes son así, termino de limpiar la maleza y mis borregas pastean. Aprovecho para cortar todos los dientes de León que encuentro, los cuales llamo bombitas, me tumbo en el pasto bajo la sombra del árbol grande y empiezo a soplar y soplar, pensando si debo tener novia este año, el siguiente o nunca.

 

            Mis borregas son mis mejores amigas, me escuchan y parece que los ratones les comieron la lengua, yo pienso: ‘Que pa’ que la quieren si de todas formas así se ven rechulas’.

            Observo que el sol se mete y entonces sé que es hora de irme. Hoy en el rancho es la fiesta de quince años de la prima Margarita. Mi madrecita está más contenta que las muchachas de mi rancho cuando agarran marido y me dice:

            —Hoy sí toma un baño y regresa más temprano de la siembra, sin olvidarte de traer las calabazas que seguro ya están más maduras que yo.

            A mí sus palabras no me causan mera gracia, pero sonrío na’más porque es mi madrecita y la respeto un montón, además de que prepara el mejor dulce de calabaza con piloncillo y tiene los ojos más chulos.

            El sol está en lo alto, regreso a casa y  tomo el baño.  Estoy aquí en la fiesta, vinieron todos los del rancho, hasta el Cura. Tenemos una gran mesa larga que tiene ollas con mole acompañado de sopa de arroz, conejo en chile negro, uchepos de chile y de azúcar, atole de garbanzo y de guayaba, gelatinas de zapote y de queso, dulce de calabaza, pinole, gorditas de nata, pastel de elote, agua de pitaya, pulque y café de olla con un buen piquete por si hiciera falta.

            Pareciera que con semejante manjar le abrimos la puerta del cielo al diablo este día. Pero mejor no pienso tanto  no vaya ser que el padrecito me vaya a escuchar mis pensamientos. Este día mi prima es la que está de suerte, porque vino la banda del tío Herminio y toca el muchacho que le gusta.

            Yo con las mujeres no tengo suerte, no tienen ellas mero interés en mí. Mi madre dice que ya estoy en edad de conocer una buena muchacha para madre de mis hijos. Que me ponga buzo en la fiesta, para que mi primo Ramón no me haga de chivo los tamales con las amigas de mi prima, porque él les habla a todas. Las espanta y terminamos sin ninguna.

            Se hace de noche y la banda sigue tocando. Se acerca Florencia y me da un atole de guayaba, lo recibo y ella se aleja apenada poco a poco de mí con sus mejillas rosadas, que tienen ese color igual al sol cuando se mete en las tardes.

 

            Isabela me guiñe un ojo cuando la banda toca la canción de “juntos los dos”, yo solo bajo la mirada y tomo un sorbo de atole.

            Consuelo se acerca después y me dice que bailemos, pero le digo que no, porque tengo el pie cojo, mis borregas escaparon en la mañana y les di una buena correteada para alcanzarlas.

            Mi madre me ve con cara de huele caca y pienso: ‘que el amor no fue pa’ mí’. Porque el mes pasado en la fiesta de mi otra prima, Lupita, nadie me miró.

            Ahora me van a decir que tengo tres muchachas tras mis huesitos y hasta atole me sirven, pa’ mí que aquí hay gato encerrado.

            Seré tonto pero yo prefiero seguir cuidando borregas que solo comen pasto, que cuidar mujeres, porque no las entiendo. Y como dijo mi abuelo que en gloria  esté: “De manjares y mujeres el mundo está lleno, pero pa’ qué si no queremos  saber de deberes que debemos cumplir pa’ tenerlos”.

 *************************

PACCHY, EL DESOBEDIENTE

Horacio Ramírez Macias

 

En un lindo y pequeño lugar vivía una noble familia compuesta por papá Rómulo, mamá Hortensia, hermanito Martín y yo, Patricio. De cariño me llaman Pacchy. Papá Rómulo salía cada mañana a la ciudad para trabajar y conseguir qué comiéramos. Mientras Mamá Hortensia mantenía la casa limpia y haciendo los quehaceres que se ocupaba hacer en casa: como hacer el jardín y darnos cariño y educación. Uno de esos días Mamá Hortensia vio que ya habíamos crecido mi hermano Martín y yo.  Nos llevó de paseo al zoológico cerca del lugar,  obvio nos llenó de recomendaciones.

            —No se alejen de mamá, no se entretengan platicando con extraños, pueden ser secuestradores de pequeños… tampoco reciban comida de ningún extraño ya que los pueden dormir y robar.

            Yo esperaba la hora en que Martín y mamá tuvieran que retirarse para escabullirme entre las jaulas de los animales del zoológico. Desde ahí se escuchaba el trinar de los pajaritos enjaulados y el rugir de feroces animales como leones, tigres y panteras. Pero no tenía miedo puesto que iban con Mamá Hortensia. Yo saltaba de emoción  persiguiendo mariposas de colores monarcas mientras que Martin y mamá conversaban de lo bien que se la estaban pasando juntos.

            De repente se percataron de que yo ya no estaba con ellos. Como ya era muy tarde y ya casi toda la gente se había retirado del zoológico, se pusieron como locos muy preocupados, buscándome. Buscaron detrás de las jaulas de los monos, por los tigres y donde se encontraban los animales más peligrosos, entre las ramas detrás de los arboles, pero no me encontraban. Mamá, muy preocupada, corrió a nuestra casa para pedir auxilio a nuestros vecinos y rápidamente entre todos se pusieron a buscarme, pero sin éxito. De repente escucharon mis quejidos de dolor.

            —¡Ay, ay, aaay!

            Corrieron hacia dónde venían los quejidos y ¡oh, sorpresa! Era yo, que me estaba revolcando del dolor pues tenía una mano quebrada. Me había subido a un arbusto y quise hacer las malabares que hago en el gimnasio, pero no pude subir a los arboles. ¿Cómo pude pensar que haría mis malabares en lo alto del árbol? No pedí permiso a mi mamá y pensé que todo me saldría bien.

            Ahora vivo tan arrepentido que ya no quiero saber nada del zoológico, le pondré más atención a mi mamá y prometo ser un niño más responsable de mis actos.


***************************


LAS BORREGAS Y EL BURRO

Brianda Itzel Sánchez Patiño

 

­Esta salida al campo me recordó cuando era pequeño. Fuimos  a una peña cerca de mi pueblo a cuidar unas borregas que tenía mi padre. Eran grandes e inteligentes. Íbamos mi hermana  mayor, mi hermano menor  y yo, el del medio.

            Nos fuimos en un burro bronco que nos había regalado mi padre. A pesar de que era el del medio, yo siempre era el que estaba a cargo por ser el hombre  grande, bueno, eso me decía mi madre.

            Nos fuimos muy temprano cuando el sol apenas se veía salir entre las montañas, para regresar pronto y ver el atardecer desde la peña, realmente se ve hermoso el atardecer desde ahí.

            Era una buena aventura  y me encantaba ir, pues  era el lugar preferido de todos los niños para ir a jugar.

            Había milpas, pequeños arroyos, pastizales, árboles para trepar, alguno que otro correcaminos -¡que cómo nos encantaba perseguir, pero nunca lográbamos alcanzar!-, biznagas y tunas, que siempre nos encargaba mamá para hacernos dulce de biznaga y agua de tuna.

            La mera verdad, solo llegábamos y nos poníamos a jugar y nos olvidábamos de nuestras borregas.

            Nunca pasaba nada, pero ese día realmente fue diferente, ya era la hora de regresarnos a casa. Se nos había hecho más tarde de lo habitual  y aparte estábamos cansados de tanto jugar. Nos la pasamos haciendo carreritas con los demás niños y haciendo hoyos en la arena para escondernos, trepamos a los árboles y nos mojamos en los arroyos.

            Así que nos pusimos a cortar las biznagas y las tunas para ya irnos a casa, pero cuando volteamos nuestros animales no estaban.  Buscamos y buscamos por todos lados pero no encontrábamos las borregas de mi padre, ni el burro de nosotros. En serio estábamos preocupados porque nos iban a castigar por perderlas y ya no íbamos a poder venir a cuidarlas y jugar con los demás.

            Preguntamos a los niños que estaban cerca y no los habían visto por ningún lado.

            Poco a poco se hizo más tarde,  ya casi estaba oscuro, estábamos exhaustos de tanto buscar que mejor decidimos regresar a la casa. Ya no alcanzamos a ver ese hermoso atardecer.

            Bajamos por el único comino que había,  preguntando por nuestros animales, ya que como es un pueblo muy pequeño todos conocíamos a todos y todos nos conocían y a nuestros animales también.

            A medio camino decidimos irnos corriendo a casa, porque en las noches se decía  que salía un nagual y que se llevaba a los niños traviesos, como en el fondo sabíamos que éramos muy traviesos nos dio miedo. 

            Llegamos a casa pero no entramos hasta habernos puesto de acuerdo  que yo me iba a echar la culpa por ser el hombre grande, como me decía mi madre, bueno, el niño grande.

            Entramos  a la  casa sin hacer mucho ruido para que no nos escucharan entrar, pero  mis padres ya estaban en la entrada esperándonos muy enojados porque ya era muy tarde, nos moríamos de hambre.

            Les entregamos las biznagas y las tunas pero nos  veían con unos ojos de esos que te echan cuando sabes que hiciste algo mal.

            Mis hermanos solo me veían disimuladamente, así que me armé de valor  les expliqué lo que paso y por todo lo que pasamos para buscar a los animales.

            Pero ellos solo se rieron y me dijeron que los animales ya estaban en la casa, en su corral, que habían llegado a la hora que siempre llegábamos; pero que les extrañó que nosotros no entramos a la casa a comer,  así que pensaron que los habíamos traído para encerrarlos  y que habíamos regresado para seguir jugando. Lo bueno es que no nos regañaron y vamos a seguir cuidando nuestros animales.

            Pero eso sí, nos dijeron que cuando pasara algo igual, que mejor nos viniéramos  a la casa a avisarles y así  podíamos ver si estaban en la casa o, si no, para ellos ayudarnos  a buscar  y no andar solos en la calle tan noche.  

Hoy fue un día realmente con aventuras. Espero tener más días así, solo que sin perder las borregas y el burro.

 

***********************


MIS ZAPATOS DETERIORADOS

Ana Isabel Ávila Cervantes

 

Tenía que sacarme diez en un trabajo de Ciencias Naturales. La tarea: realizar un “ecosistema autosustentable”. Esto significaba crear algo con plantas y animales. Lo único que se me ocurrió fue una pecera. Pero la mala suerte decidió que el día de la entrega del trabajo, los peces murieran. Uno se comió al otro, y al parecer, le cayó tan mal que pereció. Así que necesitaba una prórroga de manera urgente.

            Tuve una idea. La clase de Ciencias Naturales comenzaba a la una, justo después del recreo. Accioné la alama contraincendios, fue cosa de un segundo… Se produjo un caos. Se suspendieron las clases ese día, en lo que todo se calmaba. Nunca se supo quién fue el culpable.

            Lo peor que puede pasar es perder el amor. Cinthia no me quiere. Antes, cuando estaba sola, me pedía que le ayudara con la tarea de matemáticas, Yo ya estaba acostumbrado a que cuando estaba con sus amigas, no fuera la misma, que de algún modo cambiara. Lo que me preocupó es que  hoy la vi caminando sola en la calle y, al toparnos de frente, yo le iba a sonreír, cuando ella volteó hacia otro lado. Como si yo le hubiera hecho algo. Me sorprendió su actitud. Hoy sentí que Cinthia construyó una muralla para defenderse de mí.

            La verdad, me gusta mucho; es muy bonita, me gustan sus grandes ojos negros, sus largas pestañas, tiene una nariz pequeña; sus labios también son pequeños, una sonrisa maravillosa, su cabello es negro un poco ondulado, cuando se peina de coletas se ve coqueta y hermosa. Yo iba a la escuela sólo por verla. No quiero ir más. Ya no me interesa entender bien la clase de Matemáticas para poder explicársela

            “Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente”. Nada más cierto. Primero había pensado que sería divertido para un crustáceo quedarse dormido, digamos en una playa y despertar en otra. Pero después comprendí el verdadero sentido de la frase. Y lo entendí cuando vi a Cinthia caminando con Alberto. Un chavo antipático dueño de los tenis más espectaculares que he visto.

            Me había tardado  en tomar la iniciativa, quizá algún día tuve la posibilidad de conquistarla, pero ésta se esfumó por esperar el “momento ideal” o el  “día perfecto”. Con los dichosos tenis, Alberto se pavoneaba junto a Cinthia, incluso tomándola del brazo, como todo un galán.  Miré mis zapatos… que habían sido de uno de mis hermanos y ya estaban deteriorados. Con esos zapatos no iba a llegar a ningún lado, tal vez eso influía para que Cinthia me rechazara.

            |Tenía que inventar un plan de acción, lo bueno es que tenía un empleo. Lo malo es que debía estar en la marisquería  El Ostión Glotón después de ir a la escuela. Luego, hacer la tarea sobre una de las mesas cubiertas por un mantel de plástico estampado con fresas. Generalmente estaban pegosteosos y mis cuadernos quedaban adheridos al plástico. Después aprendí que es mejor hacer la tarea quitando el mantel, porque si no las fresas del estampado acabarían tatuadas en la barriga de la señora con la bandera, que aparece en la portada del libro de Formación Cívica y Ética.

            Mi función en el restaurante era limpiar manteles y descascarar camarones. Primero era divertido, pero hacer el mismo movimiento de quitar cabezas, tripas y vestimenta a los crustáceos doscientas veces perdía algo de… digamos… novedad. Y los dedos quedaban oliendo a mar, por más que uno se los tallara con limón y perejil. Además, quedaban arrugados como caritas de ancianos. Pero bueno, la paga era la paga y los tenis eran los tenis.

            En la noche, me iba al garage a dar las cantadas de la lotería. Eso no era trabajo, seguía siendo diversión. La diversión se convirtió en nerviosismo cuando vi que por primera vez  Cinthia llegaba con sus papás a ocupar una silla de las mesas de la entrada. ¡Me iba a escuchar por primera vez dar las cantadas!

            Entonces sucedió algo increíble. Algo que quizá mentes no muy románticas se resistían a creer. Estaba repartiendo los cartones sobre cada una de las mesas y cuando iba a llegar a la mesa donde se encontraba Cinthia, se deslizó al suelo una de las cartas.

            Ella, con su voz inusitadamente dulce, me dijo:

            —Se cayó algo que estaba entre los pliegues del mantel.

            Ni le contesté de los nervios. Al agacharme, vi que se trataba, efectivamente, de una carta perdida. ¡El amor, representado por Cupido!

            Tratando de alejar mis apestosos dedos de pescado de sus aromáticas falanges, tomé la carta con toda seriedad y la integré a sus demás compañeras.

            Cinthia no tuvo oportunidad de gritar “Lotería” en ningún momento. Quien sí la tuvo fue mi suegra  -quiero decir, su mamá. Con la carta protagonista de esa noche, canté con voz temblorosa: “El que flecha con amor, y no con olvido… ¡Cupido!”.

            —¡Lotería!

            El amor tenía que estar presente en el desenlace de esa noche.

            A partir de ese día, Cinthia se portó muy amable conmigo. Casi diría que cariñosa. Sentía que había ganado una partida -aunque realmente, yo no había jugado. Ya con cierta confianza en mí mismo, quise probar fortuna haciendo algo muy, muy arriesgado. En la clase de Historia le pasé un papelito que decía:

            ‘¿Te gustaría acompañarme el próximo lunes a la iglesia?’

            El recadito se fue, doblado como un papalote sin cola, de banca en banca, hasta que llegó a ella.

            Su respuesta llegó en el mismo papel:

            ‘¿A la iglesia? ¿Y para qué?’

            A lo que yo le contesté:

            ‘¿No te gustaría explorar el túnel que dicen que existe abajo del altar mayor?’

            El Domingo estuvo lleno de buenas noticias. Tenía muchos motivos para estar contento y entusiasmado: había trabajado mucho y completaba el dinero suficiente para comprar los tenis que tanto quería y el Lunes, la cita en la desierta bóveda de la catedral, viviría una grandiosa y romántica aventura en compañía de Cinthia.


*********************

RINCONCITO DE AMOR

Alma Delia Rangel Jiménez

 

Mi pueblo es un lugar, cálido y tranquilo, pequeño pero acogedor. En los días nublados me gusta ir con la señora que vende el atole y los dulces de leche, es bien conocida en el pueblo, lleva esa tradición por años. Disfrutar en familia de las delicias que ahí se venden: el jocoque con salsa de chile guajillo y tortillas recién echadas del comal, el dulce de calabaza, chilacayote; gran variedad de dulces de leche, los buñuelos crujientes, el atole bien calientito.

            Los días son maravillosos cuando los disfrutas en casa de los abuelos, compartir momentos con la demás familia, observar la gente que pasa cuando estás sentado en la banqueta rodeado de la gente que quieres.

            Pienso que uno de los momentos más tristes de nuestras vidas llega cuando se cierran para siempre las puertas de la casa de los abuelos. Los encuentros con todos los miembros de la familia, cuando se juntan como si de una familia real se tratara. Llevando siempre por bandera a los abuelos, los culpables de todo.

            Las tardes, mañanas o noches de alegría con tíos, primos, sobrinos, padres, hermanos, amigos  e incluso novios pasajeros que se enamoran del ambiente que allí se vive y respira. Ni siquiera hace falta asomar las narices a la calle, pues estar dentro de casa de los abuelos es lo que todo el mundo necesitaría para ser feliz.

            Los reencuentros en navidad, los convivios, los cumpleaños, los santos, los almuerzos, los momentos maravillosos en convivencia con la familia y que de repente se pone en pausa tu cabeza y te pones a pensar… ¿Y si es la última vez?

            Las casas de los abuelos siempre están llenas de sillas, banquitos, botes, piedras, tablas para hacer banquitos adicionales, no importa si te toca sentarse en el piso o en una piedra, nunca se sabe si habrá más invitados, porque ahí son todos bien recibidos.

            Saludas a la gente que pasa por la puerta, aunque sean desconocidos. Porque la gente de la calle de los abuelos es tu gente, es tu pueblo.

            Cuesta aceptar que esos pequeños regalos, pero muy significativos que la vida te da, tengan fecha límite y que algún día todo estará cubierto de polvo y las risas y momentos vividos solo serán un recuerdo.

            Los años pasan mientras esperas estos momentos e, inadvertidamente, pasas de ser niño disfrutando de bellos momentos. Sin darte cuenta que eres muy afortunado y lo tienes todo al sentarte a la mesa con la familia completa.

            Cerrar la casa de los abuelos es decir adiós a las canciones, a los consejos a los bellos momentos en familia, al dinero que te dan los abuelos a escondidas de tus padres como si de algo ilegal se tratara, a llorar de risa por cualquier tontería y llorar por la pena de los que se fueron demasiado pronto.

            Así que si aún tienes la oportunidad de llamar a la puerta de esa casa y que alguien te abra desde adentro, debes aprovecharla cada vez que puedas. Porque entrar ahí, disfrutar, convivir y, sobre todo, ver a tus abuelos sentados en la mesa y esperando darte un abrazo y un beso es la sensación más maravillosa que puedas sentir en la vida.

            Y si aún los tienes disfruta y aprovecha la casa de los abuelos. Ese rinconcito de amor que está lleno de felicidad y bondad. Antes de que sea demasiado tarde.

 

*****************************


SALVANDO VIDAS

Ma. Teresa Pérez Ascencio

 

Hoy amaneció el día muy frio, estoy disfrutando un rico café con sabor a hogar, creo que va hacer un día arduo pues el día de ayer llegaron varias personas al hospital. Le pido a Dios que guíe mis manos pues tengo una operación muy complicada. Es un muchacho de escasos veintisiete años. Tuvo un accidente en carretera, al parecer iba en estado inconveniente y tiene un golpe interno en la cabeza. Su mamá está muy afligida.

            —¡Doctora, por favor, le encargo mucho a mi hijo; es muy joven aún y tiene dos hijos!

            —¡No se preocupe, señora, daré todo lo mejor de mí!

 

            Entré a la sala de operación, las enfermeras me ayudaron a poner la bata y

los guantes; ya estaba listo todo el material quirúrgico. Empecé con la operación, trascurrieron alrededor de cuatro horas. Por fin terminó la operación. Gracias a Dios todo salió bien.

            Por lo general los fines de semana llegan casos similares y es que combinan el alcohol con el volante. Ojalá las personas fueran más conscientes, porque aparte de arriesgar su vida, arriesgan la de personas inocentes.

            Nosotros, los médicos, en ocasiones no tenemos vida propia, prácticamente pasamos todo el tiempo en los hospitales y más en estos tiempos de pandemia.

            Ha sido muy difícil para nosotros los médicos el rechazo de algunas personas, tenemos que quitarnos los uniformes  porque hasta agresiones han tenido algunos compañeros. Siendo que nosotros damos la vida por salvar la de los demás.

            Hoy me toca  guardia, creo que no dormiré en toda la noche, aunado al cansancio de la operación, pero no importa; de corazón doy la vida por los demás.

 

 *******************

UN SUEÑO REALIZADO

Ma. Soledad Rodríguez Z.

 

María era una niña de ojos grandes negros, piel clara y cabello rizado. La gente de cariño le llamaba China. Vivía en un municipio del estado de Guanajuato, con su abuela paterna, en una modesta casa con paredes de adobe y techos de teja.

          En las tardes  cuando salía a  jugar con sus amigas al parque siempre decía:

          —Soy la reina de Venecia y es hora de dar mi paseo en mi góndola de plata -cada vez que se metía en una tina grande y vieja que estaba en el parque-.

—Ay, China, tú siempre soñando -le decían sus amigas-. 

—Algún día viajaré y realizaré mi sueño -contestaba María-.

         

          El tiempo pasó y como era de esperar la niña creció. Pero su sueño de viajar nunca olvidó. Comenzó a trabajar y de lo que ganaba la mitad ahorraba. Cuando juntó algo de dinero lo invirtió en un carrito, un caballo y un cohete de esos, a los que les pones unas monedas para que funcionen. El día domingo los ponía en el jardín. Al salir de misa, los niños siempre se querían subir. Al ver esto don Manuel Jiménez le dijo:

—¡Oye, María! he visto que los juegos que pones en el jardín no son suficientes. ¿Qué te parece si nos asociamos para comprar más? Ya que ahora que fui pa’ la capital vi una rueda de la fortuna bien grande y bonita, también un carrusel de caballitos y uno que le llamaban remolino chino.

—Eso estaría muy bien don Manuel. ¿Qué le parece si nos reunimos hoy a las cinco

de la tarde en mi casa, para tratar el asunto?

          Don Manuel, llegó a las cinco en punto. María lo hizo pasar, le ofreció un vaso de agua fresca de horchata. Don Manuel comenzó a hablar y  fue directo al grano.

—Mira María, tú sabes que soy hombre de negocios, así que lo que te vengo a proponer es cosa sería. ¿Qué te parece si invertimos nuestro capital en comprar esos juegos mecánicos de los que te platiqué el otro día?

—Ay, don Manuel pues la oferta es muy buena, pero lo que yo estoy ahorrando es para realizar un viaje que siempre he soñado.

—No seas boba, China, invirtiendo en esto pronto recuperarás tu dinero.

          Don Manuel siguió hablando hasta que por fin María dijo que sí. Meses más tarde ya contaban con varios juegos mecánicos, los cuales trasladaban en varios camiones a las ferias de los municipios del estado de Guanajuato.

          María pronto recuperó el dinero que invirtió, al igual que don Manuel, quien era el socio mayoritario ya que los juegos mecánicos eran toda una novedad.

 

          Una mañana se levantó muy emocionada, salió de su casa y se dirigió a la agencia de viajes a comprar su boleto de avión, y a hacer  la reservación en un lujoso hotel. El día por fin había llegado, comenzó a hacer su maleta solo con lo más necesario.

          Esa misma  tarde  María le llamó a don Manuel, para avisarle que es esa semana se iría de viaje.

—Ahí le encargo el changarro, don Manuel.

—Por eso no te preocupes, China, disfruta de tu viaje, hacemos cuentas cuando vuelvas.

          Cuando  llegó al aeropuerto, se subió al avión, pero cuando éste despego se asustó, pues sintió que las tripas por la boca se le salían. Así que de su bolsa una hoja sacó, la apretó con fuerza, pues era su amuleto de la suerte.

          Cuando llegó a Venecia a su abuela quiso llamar, pero no podía creer que se le había olvidado su celular.

          Buscó una caseta de teléfono, pero cuando encontró una, la llamada no pudo hacer, ya que un perro negro, Gran Danés, estaba parado afuera del lugar. María cada vez que un perro veía, recordaba cuando uno la pata le mordió y triste se alejó de ahí. Caminó  sin rumbo fijo hasta que vio una hermosa casa al lado de la carretera, de pronto se dio cuenta de que al muelle había llegado, donde contemplo el inmenso mar. Eso le trajo paz y tranquilidad.

          Ya relajada tomó un taxi, que la llevó al lujoso hotel donde una ducha se dio y después se durmió.

          A la mañana siguiente muy temprano se despertó, cuando terminó de desayunar a un gondolero buscó, pronto encontró a uno que pregonaba:

—¡Góndola! ¡Góndola!

          María lo contrató para cumplir su sueño, pasear por el gran canal, degustando un gelato de chocolate, tomar unas fotos y conocer la ciudad.

          Cuando terminó el paseo a la plaza de San Marcos se dirigió, María comentó:

—Esto es mucho más hermoso de lo que yo imaginaba.

          Entró a la basílica de ámbar y oro, se llevó una gran sorpresa con todas las pinturas que ahí se encontraban, por último entró a un restaurante donde pidió un baguette para comer y una copa de vino tino para calmar la sed.

          Un joven muy apuesto con gusto la atendió. Cuando le llevó la cuenta le comentó:

—Qué bonitos ojos tiene usted, señorita.

—Gracias por el cumplido, joven.

—Me llamo Fabricio y, si me lo permite, quisiera invitarla a ver la puesta de sol.

—Mi nombre es María, y acepto la invitación.     

          Durante su estancia en Venecia María se enamoró de Fabricio. Cuando regresó a su casa su abuela muchos regalos y un abrazo le dio. Al día siguiente a don Manuel fue al primero que buscó, para hacer cuentas y darle un regalo que compró para él.

          Unas semanas después María una sorpresa se llevó. Cuando volvía de ver a sus amigas, en la puerta de su casa, Fabricio la esperaba. Cuando María se acercó le preguntó:

—Pero, Fabricio ¿qué haces tú aquí?

—Lo que pasa es que, desde que te conocí, no puedo dejar de pensar en ti.

—Qué raro ¡A mí me pasa lo mismo, Fabricio.

          Y como era de esperar, después de un tiempo María y Fabricio se casaron.

 

          Ahora juntos se dedican a llevar alegría y diversión a cada feria de los municipios del Estado de Guanajuato, junto con don  Manuel, quien siguió siendo un socio leal.  


*********************************

NO ME GUSTA ESTAR SOLA

Diana Patricia González Quezada


En un lugar lejano vivía una niña pequeña, delgada, de tez blanca como las nubes, que le gustaba soñar y siempre creía que podría volar.

            Primero quería ser un pájaro, para volar tan solo donde existiera calor, pero cuando vio cómo le pegaban con una piedra otros niños, y se le quebró un ala, dijo que estaría muy sola. Así que también desistió, porque no le gustaba estar sola.

            Después quería ser un cóndor, porque escuchó que eran grandes y solo estaban en la cordillera, muy arriba, pero estaría muy sola. Así que también se desistió, porque no le gustaba  estar sola.

            Pero sin darse cuenta ya era una mujer, renunció a los sueños que ella había querido con tantas ansias, pero no lo pudo lograr. Y dijo: ‘nunca es tarde para luchar por lo que uno quiere’.

            Se enfocó a trabajar en su sueño que era volar, juntó mucho dinero y se fue a conocer a otros países.

            Ya viviendo en otro país, un día, aburrida de la rutina de su trabajo, salió a dar una vuelta y se encontró -sin darse cuenta-, un hermoso  y grande parque donde había pequeños niños jugando a lo que ellos querían ser de grandes, y les dijo: ‘luchen por los sueños que quieren tener’. Ellos seguían corriendo de aquí para allá. Uno tenía una capa en la espalda y con sus brazos abiertos la sombra parecía tener alas. Lo observó por largo rato, hasta que recordó lo que le ocurría a su edad. Sonrió porque logró realizar lo que verdaderamente quería.


*********************************



LA MISIÓN

Ma. Soledad Rodríguez

 

Mi nombre es Andrés, y me gusta mucho leer. Leo libros de historia y novelas de fantasmas y la poesía me encanta. Pero tengo un secreto. Aun a mi edad, me gustan mucho los cuentos.

            Todo sucedió el día que fui a la biblioteca, a solicitar un Atlas del mundo para hacer mi tarea. Muy amable la bibliotecaria me atendió, comencé a ver el libro y lo que descubrí me dejó sin aliento, ya un cerrar y abrir de hojas podía viajar de un continente a otro.

            Vi las pirámides de Egipto y el vaticano en Roma, el ángel de la independencia en México, la muralla china, entre otros monumentos.

            Desde ese día visitaba la biblioteca, casi todos los días. Pues entendí que leyendo era la mejor forma de ir aprendiendo. Leía cuentos y novelas donde siempre conocía historias nuevas que me hacían reír, soñar y viajar a mundos fascinantes.

            El tiempo pasó, terminé mis estudios y comencé a trabajar en una tienda departamental, en una ocasión entró la bibliotecaria, cuando me reconoció, comentó.

 —¿Será la casualidad o el destino?

            Yo me quedé sin entender, mientras ella continuaba hablando.

           —Lo que pasa, Andrés, es que pronto me jubilaré y me gustaría que alguien como tú ocupara mi lugar de bibliotecario.

            Al escuchar eso me emocioné y por supuesto que dije que sí, ya que ese trabajo siempre había yo deseado. 

            Desde ese día tengo una misión: hacer que los niños y jóvenes se interesen por la lectura y, al igual que yo viajen, rían, sueñen a través de la lectura y la imaginación. Pero, sobre todo, motivándolos a seguir estudiando. 

            Sé que la misión en estos tiempos es muy difícil por tanta tecnología. Pero me da mucho gusto cuando veo a varios de los primeros niños que atendí en la biblioteca que ahora ya terminaron sus carreras.

            Algunos son maestros y les piden a sus alumnos que visiten las bibliotecas para que, así como ello y yo, descubran los mundos fascinantes que en los libros se encuentran.

            Esta es una de las experiencias que hasta hoy me siguen motivando, para seguir con la misión que un día me propuse y que ha dado resultado.

 








  



    

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 






lunes, 3 de agosto de 2020

Pequeños Literatos de Guanajuato




Pequeños Literatos de Guanajuato 

¿Quieres escribir una historia? ¡Escríbela!

Así comenzamos el taller de cuento para niños usuarios de las bibliotecas de algunos municipios del estado de Guanajuato. El taller se realizó de manera virtual, por medio de videoconferencias. Una experiencia nueva para todos a quienes nos tocó vivir esta pandemia del coronavirus. Un reto superado gracias a las niñas y niños quienes, con mucho entusiasmo, participaron en las sesiones que realizamos durante finales de junio y todo el mes de julio de este año Covid20.

Hicimos ejercicios de preparación, como entrenamiento previo antes de acometer la empresa de escribir un cuento original. Cada sesión estuvo divertida y pudimos aplicar —de manera virtual— algunas actividades para liberar su imaginación. Desde comparación entre cuentos clásicos vs modernos, hasta el dominó creativo y el juego del cadáver exquisito, (no se espanten, así se llama).

El resultado de este esfuerzo infantil y juvenil produjo los cuentos que ustedes podrán leer en las siguientes páginas. Historias escritas por niñas y niños entre los ocho y los catorce años de edad. Desde su perspectiva, sus conocimientos culturales y su entorno familiar los pequeños literatos nos muestran su ingenio, sus recursos lingüísticos y su siempre divertida forma de ver el mundo y a quienes lo habitamos. Me siento orgulloso y agradecido de haber formado parte de este proyecto. Soy y seguiré siendo su fan.

Julio Edgar Méndez

Coordinador

Taller Literario Diezmo de Palabras


Armando, el hombre león

Luis Armando Mena

Cuando Armando era un bebé sus padres lo abandonaron en la selva. Lo crió una manada de leones. Para él ellos eran su familia. Eran muy felices. Los leones le enseñaron a cazar. Hizo un arco y con él y lo que le enseñaron los leones, conseguía comida para él y su familia. Ya tenía 22 años y era el más joven de su manada, pero también de los más fuertes.

            Todo era felicidad hasta que un día llegaron algunas personas y se llevaron a Armando y a su familia cautivos. Los encerraron en la parte trasera de una camioneta. Cuando pararon, les lanzaron un sedante y, cuando Armando y su familia despertaron,  todos estaban metidos en jaulas.  

            Cuando los sacaron vio que estaba en un circo.  A él lo presentaron como el hombre león y, como nadie lo había visto nunca, se quedaron impactados. Ese día el circo recaudó mucho dinero por Armando y su familia.

            Desde entonces  se volvieron la atracción principal del circo. Pero vivían muy tristes porque terminando el show los maltrataban y los golpeaban. Un día, Armando rompió un candado, por estar de curioso, y pudo escapar de su jaula. Tenía dos opciones: la primera era huir él solo y, la segunda, ayudar a su familia a escapar. Escogió la segunda.

            Liberó a toda su familia y se fueron de  ese circo rápidamente y vivieron tranquilos desde entonces.


Luis Armando Mena

Biblioteca Federico Medrano Valvidia

Purísima del Rincón, Gto.



Cómo Cocoa encontró el amor

Daniela Canchola Pérez

 

Cocoa era una mujer chismosa y muy platicadora, no había un momento en el cual no dejara de hablar o… bueno,  a excepción de la hora en la que se iba a dormir. Todos en el pueblo la consideraban una mujer loca, por lo cual la molestaban sin ningún derecho.

                        Los niños del pueblo tenían prohibido hablar con ella o siquiera acercársele pero no era decisión del Gobernador sino de los mismos padres. Los niños no podían evitarla del todo, ya que Cocoa aun iba a la escuela a sus treinta y tantos años. El director del colegio la había expulsado varias veces por falta de rendimiento académico y por su pelo color verde, pero siempre la dejaba regresar. Además de que su pelo verde era de tal color desde su nacimiento

                        Los habitantes del pueblo nunca la veían en las tardes, solo antes de la escuela, en la escuela y después de ella. Corría un rumor sobre Cocoa, decían: “vive en el bosque, no se baña y mata animales inocentes”. Y ese rumor pasaba de oreja a oreja hasta que todos los habitantes supieron de él y en parte no se equivocaban porque ella sí vivía en el bosque. Se acurrucaba en un árbol alto y fuerte, sí se bañaba y era vegana y se alimentaba de bayas, semillas y frutos del bosque. El único amigo de Cocoa era un hombre de cuarenta años, quien regañaba a todo el pueblo por decir que Cocoa era una mujer chismosa. Todo el pueblo estaba diciendo cosas de ella sin saber si era mentira o no. La mujer agradeció su ayuda leal y amistad de ya veinticinco años. Durante esos años Cocoa estuvo enamorada de él, pero su amigo nunca le correspondió porque él ya estaba casado con alguien que nunca lo quiso, y solo lo quería por conveniencia y por sus riquezas, hasta que finalmente se divorciaron. Cocoa comenzó a tartamudear desde que la ex esposa de su amigo la amenazara y aun tuvo más problemas con su aprendizaje y lenguaje después de que el pueblo empezara a burlarse de ella.

                        A Cocoa la molestaban tanto en el pueblo, que su amigo la defendía por lo menos unas tres veces al día. Los habitantes se fueron también en contra de él, a tal grado que los dos decidieron construir una casa lejos de ahí, en la cima de un árbol. Pero no antes de casarse, ahorrar el suficiente dinero para esa casa tan soñada, pasar por un hechizo con una bruja para volar lejos de los animales peligrosos y tener una hermosa hija a la cual llamaron Almendra.

 

Daniela Canchola Pérez

Biblioteca Mario Alberto Lule Jiménez 


¿Qué pasó?

José Humberto Hernández

 

Johny era un hámster que vivía feliz en su jaula. Un día tenía mucha energía y comenzó a dar vueltas y vueltas dentro de su jaula y, de repente, se fue la jaula de lado y justamente fue a parar al experimento de su dueño…  Johny se sentía extraño fuera de su jaula, sin embargo quería explorar la casa de su dueño. Sin darse cuenta había caído en una sustancia cuyos efectos eran desconocidos. Vio un hoyo en una pared que lo llevaría afuera de la casa. Continuó corriendo y decidió meterse a un terreno baldío; donde un gato con voz amenazante le dijo:

            —¡Hola¡ ¿Estás perdido?

            Johny, con mucho miedo, le contestó:

            —¡No¡

            De repente el gato se abalanzó sobre él. Afortunadamente logró esconderse en un hoyo profundo que se encontraba en el suelo, donde el gato no lo podía alcanzar. Solo quedaba esperar a que se fuera o se durmiera el gato.

            El gato, astutamente, comenzó a cavar. Johny se percató de esto y comenzó a hacer lo mismo, mientras el gato le gritaba:

            —¡Te atraparé¡

            Pero Johny logró hacer un túnel donde el gato jamás lo alcanzaría. Al día siguiente decidió salir de su túnel, apresurado para que el gato no lo alcanzara; quería estar lo más lejos posible de ese lugar. Su dueño se percató del  desastre, pero no lograba entender qué había pasado. Solo sabía algo, tenía que encontrar a Johny a toda costa. Mientras tanto, Johny seguía vagando por las calles buscando su hogar. Pero sucedió algo extraño, Johny se dio cuenta de que estaba creciendo a causa de la sustancia que se le había derramado encima, cuando su jaula cayó en el experimento de su dueño, la cual lo estaba transformando en humano.

            Por la calle se encontró al gato que se lo quería comer, éste se sorprendió al ver a Johny y salió huyendo a toda prisa, mientras Johny lo perseguía. Lo alcanzó y le dijo:

            —Haremos un trato, si adivinas este acertijo te dejaré ir y no te pasará nada, pero si no, te comeré. Si meto dos sillas y cuatro patas ¿cuántas sillas tengo?

            El gato se quedó pensando pero no logró resolverlo. Así que Johny disfrutó de un lindo y sabroso gatito. Pero no crean que fue por el tamaño, sino porque se dio cuenta de que su inteligencia aumentó,  al igual que su valentía. Se percató que ahora era igual que su dueño, y finalmente pudo llegar a su hogar. Su dueño se sorprendió pero lo reconoció. Le dio ropa, le enseñó a leer y escribir. Años después se convirtió en un veterinario especialista en hámsters.

 

José Humberto Hernández Armenta

Biblioteca Club Rotario

Parácuaro, Gto.




Y, ¿si fuera humana?

Margareth Pamela Camacho Ruiz

 

Hola mi nombre es Meena te invito a leer mi historia, de cómo pasé a ser una jirafa de la sabana.

Todo comenzó hace 12 años. Yo apenas había cumplido 7 cuando una noche mis padres murieron atropellados por una camioneta de excursión. Este suceso hizo que mi vida cambiara por completo.

Poco a poco comencé a sentir el rechazo por la manada; los que se suponían que eran mis amigos se pusieron a molestarme diciéndome cosas como “huérfana”, “sola”, “no querida”, entre otras. Así pasaron los cinco años más dolorosos de mi vida entre burlas y humillaciones.

Cuando cumplí 12 años me armé de valor y abandoné la manada, desde ese día todo fue más difícil, ahora vivía sola; pero fue el principio de lo mejor que me pudo pasar, aunque no lo sabía.

Todas las noches, durante seis años, lloraba por la muerte de mis padres, que aún no superaba mientras lloraba, pedía que todo se acabase. De pronto, se encendió una luz en el cielo que solo duró unos pocos segundos, y pensé que debía dejar de comer bayas alucinógenas. Al cabo de un rato me adentré en un profundo y hermoso sueño.

Al día siguiente, cuando desperté, caí al intentar levantarme, inmediatamente me di cuenta de que no estaba en la sabana ¿Qué había pasado? Estaba encerrada en un lugar rarísimo. Vi mi cuerpo, y no era el mismo, parecía un humano.

—¡Oh no! -pensé para mí misma - ¿dónde están mis largas y hermosas patas? Me veía como los fotógrafos de la sabana.

Me di cuenta de que estaba completamente desnuda e instintivamente busqué algo para taparme. Claro, toda mi vida no tuve ropa, pero quería estar a la moda, así como los fotógrafos que había visto. Pero tuve algunos contratiempos a mitad de la búsqueda de ropa. Me sentía tan sedienta como nunca en mi vida había estado. Encontré un pequeño lago detrás de una puerta, parecía una taza donde el agua se veía tan exquisita que bebí y bebí; después me enteré de que le llaman baño al lugar donde tomé agua. Pero no me podía distraer de mi misión; cuando intentaba pararme otra vez me caí. Logré parame después de muchos, pero muchos intentos. No lograba acostumbrarme a solo tener dos patas. Me vi en el reflejo del espejo, era realmente hermosa, con manchas blancas alrededor de todo mi cuerpo moreno, alta. Mis ahora piernas eran muy largas, con un largo pelo negro y chino.

Mientras iba por la casa noté que era muy grande. Al fin encontré ropa. Me puse primero el pantalón y arriba los calzones, luego una camisa muy ancha y unos tenis. En eso sonó algo que hizo me sobresaltara nuevamente. Encontré lo que sonaba y apreté un botón, enseguida se escuchó una voz masculina que decía:

 —¿Dónde está mi modelo favorita?

Yo no recordaba ni mi nombre, mucho menos sabía que contestar y dije:            —mmm, aquí.

La voz me dijo: —sal de tu casa, estoy afuera.

Y colgó antes que pudiera decir algo.

Obedecí y salí. Cuando salí la misma voz me dijo:

—¡Qué!, ¿te crees Supermán? Rápido, sube al auto, te cambias en el camino.

Le pregunté: —¿tututú, quiquiquién eres?

Él me contestó: —o sea, ¡hello! Esas margaritas de anoche sí que te pegaron, ¿me recuerdas?, soy Paul, tu mejor amigo del mundo mundial, ¿no te acuerdas de mí?

Dijo al tiempo de darme un zape. En ese momento comencé a recordar que era modelo y que perdí mí entrevista de trabajo para ser modelo de Chanel. Tanto fue el susto, que me caí de la cama.

—Fiuuu, todo fue un sueño.

Desperté agitada, llamé a mis padres y les conté el asombroso sueño que tuve de ser una jirafa.

 

Margareth Pamela Camacho

Biblioteca Enrique Jolly

Acámbaro, Gto



Mi nave estaba en otro rincón

Mateo Alfredo Cerrito Flores

 

Un día muy caluroso, mi tía, mis papás, mis abuelos y yo, estábamos comiendo un helado cuando, de pronto, escuchamos que en las noticias estaban avisando que iba a pasar un meteorito por la Tierra. Yo me asusté y como había creado una nave como si fuera espacial, pero estaba en el Puente de las Monas como exhibición, les dije que fuéramos corriendo. Como mi tía tenía un control para parar el tiempo, corrimos rápido. Llegamos y toda la gente estaba tomándole fotos a la nave. Ya la iba a agarrar pero el meteorito ya estaba muy cerca acelere para meter la llave pero no alcance el meteorito chocó contra el suelo. Después se levantó la tierra. Salió mucho polvo, no veíamos nada, así que nos asustamos. Pero mi tía paró el tiempo y nos dimos cuenta de que no era tan fuerte como creíamos. Como mi nave estaba en otro rincón, yo ya estaba ahí metiendo la llave para sacarla. Mi papá saltó al vacío, yo alcance a rescatarlo. Luego subí a mis abuelos a la nave nos pusimos en lo alto de una casa. Así fui recogiendo a cada persona, los subí a todos y los rescaté del desastre.

 

Mateo Alfredo Cerrito Flores

Biblioteca Municipal de Juventino Rosas

 


Raúl el gato

Uriel Laguna Franco

 

Hace mucho, pero mucho tiempo, un gato muy pequeño quería ser un humano y un superhéroe. Pasaron los años y fue a la escuela de superhéroes y entrenaba mucho. Luego se iba sin comer porque no encontraba comida, cuando no daban los arboles fruta, y les dijo el entrenador:

            —En unos meses elegiremos al mejor superhéroe.

            Pasaron los meses hasta que eligieron al mejor superhéroe. El entrenador dijo:

            —El mejor superhéroe es Raúl, el gato.

            Cuando supo que iba salvar el mundo, pensó:

            —Solo me falta ser humano.

            Raúl luchaba contra los villanos, hasta que científicos malvados realizaron una fórmula para hacer a los animales humanos y así esclavizarlos.

            Entonces pelearon y los científicos aprovecharon para lanzarle la fórmula a Raúl y sus sueños se hicieron realidad.

            Pero llegó el día cuando todos tenían envidia de que Raúl, el gato, tuviera músculos. Los científicos escaparon e hicieron una nueva formula para que Raúl volviera a ser un animal, pero nunca pudieron. Las personas contrataron a muchos científicos, pero nadie pudo lograrlo. Lo que nadie sabía es que Raúl descubrió la fórmula para volver a su naturaleza animal y ese fue el secreto que hizo que Raúl pudiera ser lo que él quisiera.



El experimento

Alexa Canchola

 

Un sábado por la mañana, una gata muy linda paseaba en un callejón. Iba a dormir en una caja de cartón, pero un niño, llamado Lucas, la recogió y la llevó a su casa. En el camino vio una veterinaria. Él tenía solo 50 pesos para comprarse algo para él, pero tomó la decisión de comprar una camita para la gata. Llegando a su casa puso la camita dentro de una caja de cartón, arropó a la gata y finalmente se fue a dormir. A la mañana siguiente Lucas pensó en un nombre para la gatita. Pensó y pensó: —¡Kally!, gritó.

            —Kally será tu nombre.

            Pasaron los años y Lucas ya tenía que ir a la Universidad. Le encargó la gatita a su mamá, se despidió de ella, de su papá y, por supuesto, de Kally.          Finalmente se fue, pero lo que Lucas no sabía era que ¡su mamá era una científica loca! Y un día ella estaba trabajando con ratas y, ¡oh sorpresa!, ¡Kally fue hacia el ratón justo cuando la mamá lanzó un rayo! El rayo era para convertir a animales en seres humanos. De inmediato Kally se quedó dormida. La madre, asustada, llevó a la gata a su cama y la dejo ahí. Al despertarse, Kally se sintió un tanto rara. Mientras tanto, la madre no sabía cuál era la cura para revertir el rayo. La gata se había transformado en una chica bastante peculiar.

            —Mientras encuentre el antídoto tendrás que vivir como una niña normal, dijo a Kally. Pero el problema era que parecía un gato, mitad del rostro color negro y la otra mitad color blanca, pero aún así era bonita. La señora la mandó a la escuela como a cualquier chica.

            Kally mostró un rendimiento académico estupendo, pues era ágil e inteligente. Al terminar la escuela, Kally vio el callejón donde Lucas la recogió. Se adentró, vio una caja de cartón, se acercó y se quedó dormida. Pasaron varias horas y la madre ya estaba preocupada, por lo cual decidió salir a buscarla.

            La encontró cerca de la escuela, en el callejón, acostada en la caja. La despertó y se fueron a la casa. Pasaron varios meses así y la madre aun no encontraba la cura, en eso Lucas regresó de la universidad.

            —¡Hola, mamá!, ya te extrañaba. ¡¿Y, Kally  ?!

            —Lucas, no te voy a mentir. Te lo voy a contar. Kally ahora es diferente. Bueno, ahora es humana. Mitad gato, ¡perdón!

            —¡¿ Qué?! ¡¿Cómo?!

            —Hice un experimento con ratas y Kally se atravesó y se lanzó hacia la rata gusto cuando lance un rayo ¡lo siento!

            —Mamá, ¿entonces tú eres un tipo de científica, verdad?

            —¡Si, hijo, lo soy!

            —Bueno, el mal ya está hecho, ya no importa si Kally es gata o humano, sigue siendo la misma, igual de cariñosa y linda.

 

Nombre: Alexa Canchola Pérez

Biblioteca: Mario Alberto Lule Jiménez


La aventura de Maya

Ariadna Maite Canchola

 

Maya tiene la personalidad de un gato. Un día, su amiga Emili  la llevó a un restaurante. En el camino estuvo rasguñando y mordiendo todo lo que podía.  Cuando llegaron se robó toda la carne que vio. Maya se fue a su casa, que antes era una casa abandonada. Emili pensó: —La llevaré a la escuela de modales.

            La inscribió en un curso, pero no se fijó en las letras pequeñas que decían: “quien tenga la personalidad de un perro dura un mes y una semana”.  En la escuela de modales le enseñaron a atrapar la pelota y hacer trucos, pero no la enseñaron a leer ni a escribir.

            Emili pensaba que iba muy bien. Pasó el mes con una semana y le avisaron un día que ya estaba lista Maya. Rápidamente fue Emili a la escuela. Para llegar allá tardaba dos horas. Emili estaba muy emocionada porque quería ver a su amiga muy educada. Cuando llegó y vio a Maya, con una correa y babeando, se dio cuenta que la había enviado a una escuela de modales ¡para perros!  Emili buscó y buscó en los papeles de inscripción y ahora sí leyó las letras pequeñas. Decidió entonces enviarla a la escuela correcta.

            Pasaron cinco años y Emili extrañaba mucho a Maya. Emili ya tenía veinte años, finalmente un día le llamaron que la dama estaba lista. Rápidamente fue por ella pero antes pasó a comprar algo de comer. Le compró carne porque antes le encantaba, pero lo que no sabía es que ahora era vegetariana. Cuando llegó por ella, no la reconocía. La buscó y la buscó hasta que Maya la vio y le dijo:

            —Aquí estoy, Emili.

            Ahora era muy educada. Emili le dio la carne que había comprado. Maya dijo:

            — No, gracias, ahora soy vegetariana. Emili no tuvo más remedio que comerse la carne.

             En el camino de regreso, Maya se puso a desinfectar todo el coche porque estaba muy sucio. Maya recordó que tenía que tomar agua cada cinco minutos.   Por fin llegaron al pueblo. Emili la iba a llevar a la casa abandonada. Cuando llegaron, Maya dijo:

            — Esta no es mi casa.

            Maya ahora vivía en una mansión que había comprado en esos últimos cinco años en la escuela de modales. Emili estaba impresionada y por un momento no se lo creyó.

            —Me puedes dejar aquí, tengo mi propio auto.

            Maya era la más educada en ese pueblo y las niñas querían juntarse con ella. Pero Maya no quería porque ahora tenía muy buenos modales. La única amiga que tenía era Emili, porque la había apoyado. Estaba tan agradecida con ella, que Maya le enseñó todos los modales que le habían enseñado.

            Duraron dos años enseñando y aprendiendo. Ellas dos eran las más educadas ahora. Maya se volvió en una maestra de modales. Abrió su propia escuela y todos querían ir con ella. Todo su pueblo estaba educado. Las casas abandonadas ya no estaban vacías. Maya se volvió delegada de su pueblo, mandó construir una mansión para Emili.

            La casa donde había vivido Maya la querían comprar. Su mamá la vio en las noticias y estaba muy orgullosa de ella. Los papás de Maya fueron a su pueblo porque vivían muy lejos, en otra ciudad.

             Compraron un vuelo y se dieron cuenta de que no llevaban el pasaporte. Lo remplazaron por papel de baño y llegaron al pueblo y vivieron felices para siempre, porque Maya por fin había encontrado a sus padres.

 

Ariadna Maite Canchola

Bliblioteca  Mario Alberto Lule Jiménez


Lo diferente a veces es mejor que lo normal

Juan Ángel Vázquez González

 

En la profundidad de las aguas, en una parte obscura y tenebrosa donde ningún marinero se atrevería a entrar, se encontraba varado un barco junto a una isla. En él había un hombre llamado Andrés, quien era muy tierno, alto, apuesto y amable. Pero, a la vez, también era un poco raro, ya que le gustaba sentarse en la orilla de su barco a platicar con algunas ballenas belugas.

            Todos los días realizaba la misma acción y cada vez aumentaba el tiempo en que se quedaba en el barco, platicando con las belugas que estaban en el mar.

            Él era un ser humano diferente a los demás. Mejor dicho, era especial en varios ámbitos pero, lamentablemente, tenía problemas en su físico. Era demasiado grande para caber por las puertas, chocaba con los techos, y tenía una frente muy grande que siempre le estorbaba cuando manejaba.

            Los amigos que Andrés tenía eran muy, pero muy pocos y diferentes a él, pero aun así ellos lo entendían. Cabe mencionar que uno de sus amigos le alquilaba su casa para que se quedara a dormir ya que no tenía un hogar. Pero esa casa siempre tuvo problemas económicos, pues Andrés cada que iba a hacer sus necesidades al baño, se acababa la cantidad de tres papeles de baño. Y siempre que iba a hacer su mandado, compraba grandes paquetes de rollos de papel; por lo que le quedaba poco dinero para las demás necesidades de la casa.

            Andrés no sabía cuál era la razón por la cual era distinto a los demás, acudía a los médicos siempre con la misma pregunta: ¿Por qué soy diferente a los demás?... y siempre regresaba sin una respuesta.

            Él trataba de aceptarse tal y como era, pero siempre con el deseo de convertirse en una persona normal. Y así pasaron los días, las semanas y los meses hasta que, un día, cuando se dirigía al mar a platicar con las ballenas, descubrió con gran asombro que tenían algo en común a él: poseían una enorme frente.

            Andrés pensó que estaba soñando cuando ellas le entendían cuando les hablaba, hasta creyó que quizás se estaba volviendo un poco o, demasiado loco.

            En la noche, una beluga se le apareció en su sueño y le dijo:

            —Hola, Andrés, solo quería decirte que las belugas sí te entendemos cuando platicas con nosotros.

            Rápidamente se levantó, asustado y muy pensativo. ˂˂¿En serio me entenderán? Bueno, mañana averiguaré más sobre el tema ˃˃.

            A la mañana siguiente, entró al buscador Google y despejó sus dudas, descubriendo que él no era el único especial y que existían alrededor de veinticinco personas parecidas a él en el mundo y que, según estudios realizados, tienen la cualidad de que cuando hablan con las belugas, ellas los entienden a la perfección.

            Andrés estaba emocionadísimo y entonces se puso en contacto con las demás personas iguales a él, mediante las redes sociales. Junto con ellos, idearon  un plan para verse todos en un mismo lugar y conversar un poco sobre sus raras y complicadas vidas.

            Se llegó el grandioso día para la reunión, Andrés empacó sus cosas y se dirigió en un taxi sin techo hacia el aeropuerto, ahí se acordó de algo: ˂˂¡olvidé algo muy importante! ¿los rollos de papel?... ¡Nooo, mi pasaporte! ˃˃. Y no tuvo más remedio que regresar rápidamente por él.

            Después de tantas carreras, al llegar al lugar de la reunión, observó que todos estaban emocionadísimos y pronto empezaron a conversas sobre sus vidas. Algunos decían que habían chocado por su frente, otros que se atoraban en el elevador, algunos que tenían que mandarse a hacer ropa especial y, algunos otros, que cuando se metían a las albercas de chapuzón, sacaban toda el agua; entre otras muchas más locuras.

            Cuando comenzaron a comer, todos devoraban los platillos de carne y rápidamente se terminó la comida del restaurante, sólo quedaron algunas verduras que no les apetecían.

            De pronto, a uno de ellos se le ocurrió una idea y la compartió a los demás:       —Oigan quiero que sepan algo, todos estos años me he dedicado e investigar por qué somos diferentes a los demás y por fin el día de ayer encontré la respuesta, ¿quieren saberla?

            —¡Claro que sí!, -exclamaron todos.  

            Entonces les contó:

            —Hace muchos años, cuando los humanos buscaban nuevas formas de vida, empezaron a realizar experimentos de mutación genética en animales y el resultado de esos experimentos somos nosotros.

            Al escuchar eso todos se quedaron plasmados y sin saber qué decir.

            Después de un tiempo de absoluto silencio, Andrés tomó la palabra y dijo:

            —Podremos ser diferentes a los demás y que algunos de ellos nos llamen raros por nuestro físico, pero vean lo que hemos logrado, hemos aprendido cosas que no nos imaginábamos como…

            —¡Aprender a escribir!, -gritó alguien de atrás y todos se carcajearon.

            Luego Andrés continuó:

            —Bueno, aparte de escribir y hablar el idioma de los humanos, hemos logrado adaptarnos a un entorno nuevo y tener sentimientos en nuestro interior, sentimientos que hoy estamos mostrando cómo expresar: nuestra felicidad, tristeza, compartir las ideas, llegar a acuerdos y disfrutar la vida y la naturaleza.

            De pronto, unos fuertes ruidos se escucharon afuera del restaurante. Eran sujetos del gobierno que estaban dispuestos a aniquilarlos uno a uno, por ser un experimento genético fallido. Antes de que terminaran con sus vidas, lograron despedirse los unos de los otros.

            En una carta que dejó Andrés, antes de tomar aquel último vuelo, escribió: “Soy diferente y eso me hace único, pero soy feliz.”

            Y si se preguntan qué pasó con los marineros que veían a Andrés sentado en su barco, cuando hablaba con las belugas, les diré que, después de su muerte, lo comenzaron a extrañar y ya sin miedo, sino con valentía, entraron a ese lugar maravilloso y decidieron que cada día un marinero diferente platicaría  con las belugas, aunque ellas no entendieran su lenguaje.

            Así pasó el tiempo y ellas seguían visitando el mismo lugar, por el tierno recuerdo de su amigo Andrés.

 

Juan Ángel Vázquez González

Biblioteca Lic. Federico Medrano Valdivia

Purísima del Rincón

 

Todo es posible

Carla Regina Guerrero

 

Sheccid era una niña de doce años. Realmente su tamaño era diminuto. Es muy inteligente e ingeniosa. Acostumbraba ir por las mañanas a la escuela, se quedaba cerca de una ventana sin que nadie la viera, aunque estaba deseosa de tener amigos;  iba a todas las clases de español, pues tenía muchas ganas de aprender a leer y escribir.

            Por las tardes iba por las calles en busca de alimentos. Por lo regular siempre iba directo a los restaurantes, pues en la cocina hay mucha comida. Siempre se escabullía al almacén de comida por una ventana. Los cocineros siempre estaban muy ocupados y ella pasaba sin ningún problema. Cuando le sobraba tiempo iba a la biblioteca a practicar su lectura en un rinconcito, sin que nadie la viera.

            Un día, mientras leía, esta vez detrás de unos libros, un niño tomó un libro de donde estaba escondida y la miró, Sheccid no supo qué hacer; estaba tan asustada que salió huyendo y regresó a su árbol en el que tenía una pequeña casa echa de hojas y plantas largas.

            A la mañana siguiente, cuando regresó a la biblioteca, encontró al  mismo niño. Esta vez no huyó, el niño la tomó y la puso en su mochila y salió  corriendo. Sheccid estaba muy asustada. Por fin se detuvo el niño y abrió la mochila. Puso a la pequeña en la palma de su mano y se quedó observándola. Sheccid seguía temerosa, el niño dijo:

            —Hola, me llamo Mendel, tengo muchas preguntas para ti: ¿Cómo te llamas?, ¿de dónde eres?, ¿dónde vives? Mendel estaba muy entusiasmado.

            Sheccid se alegró un poco, pues pensó que con suerte y tendría un  amigo, pero seguía asustada.                                                                                      

            Mendel volvió a hablar:

            —Te voy a dejar aquí, debes tener hambre o sed. Te voy a traer algo, prométeme que no te vas a ir.

            Sheccid dijo que si, la puso en un lugar muy cómodo. Ella se sentía feliz, nunca había estado en un lugar como ése. Era la cama de Mendel, él se fue y trajo  agua y comida para alimentar a la chica, luego Mendel volvió a preguntar:

            —¿Cómo te llamas?

            —Sheccid, -contesté tímidamente.                                   

            —Lindo nombre, creo te gusta leer.

            —Sí, me gusta, también quiero aprender a escribir.

            —Si gustas, yo te puedo enseñar.

            —¿En serio? Eso sería muy amable de tu parte.

            —No te preocupes, me gusta ayudar a las personas; es hora de irse a casa, o si prefieres puedes quedarte aquí, mi hermana tiene una casa de muñecas y ropa pequeña. Estoy seguro de que te quedarán muy bien. Ella ya no la usa.

            —Me quedaré y espero no incomodar.

            —No es ninguna molestia, además ya somos amigos y los amigos se ayudan mutuamente.

            A la mañana siguiente Mendel iría a la escuela. Sheccid le pidió que la llevara y el aceptó. La llevó dentro de su mochila. Al llegar, el profesor ya estaba comenzando la clase. Los dos muy atentos lo escucharon. A la hora del receso ella estaba asombrada. Pidió le presentara a más niños pues quería tener muchos amigos. Mendel reunió a un grupo de compañeros y les dijo:

            —Les  voy a presentar a una amiga, se llama Sheccid.

            Los compañeros, al verla, se echaron a reír y comenzaron a decir un poco burlones:

            —Tu amiga… ¿qué es?, ¿un duende?

            —¡No, creo que es un gnomo!

            Sheccid se sintió triste por las palabras que le dijeron. Se fue de ese lugar sin que Mendel se diera cuenta. Al llegar a su casa Mendel no miró a su amiga y se puso triste y preocupado. Justo en ese momento oyó una dulce voz, era Sheccid. Estaba allí escondida debajo de la cama. Al verla, dibujó una sonrisa en su rostro.

            —No te sientas triste, en el fondo no son malas personas, solo que a veces    no actúan de la mejor manera. Mañana hablaré con ellos para que se disculpen porque te ofendieron y juzgaron sin conocerte.

            Al día siguiente, cuando fueron a la escuela, antes de que Mendel dijera palabra, los compañeros se disculparon pues así les dicto su corazón. Pidieron que la pequeña Sheccid se quedara en la escuela como un alumno más.

            El sueño de sheccid fue concedido: tener amigos, aprender a leer, a escribir y, lo más importante, ya no tener que esconderse de los demás.

                      

Carla Regina Guerrero Delgado

Biblioteca María del Carmen Hernández Garavito

Juventino Rosas


Un mundo especial

María Fernanda Mena López

 

Todos vivimos en lugares completamente distintos que para los demás puede que sean raros, pero el caso de Julia era totalmente sorprendente.

            Resulta que de bebé se fue a un viaje  con sus padres, a lo más alto de la montaña, en un globo aerostático. Un fuerte accidente ocurrió ahí. Por desgracia los padres murieron, pero ella corrió con un poco más de suerte. Las águilas que vivían por ahí la rescataron. Desde ese entonces Julia se convirtió en un miembro más de la familia de aves aunque no era una de ellas.

            Logró adaptarse con facilidad, ya que en ese entonces era muy pequeña e inocente como para tenerle miedo a semejantes aves, como lo haría un adulto normal. Aprendió muchísimas cosas, como cazar. Esa era su actividad preferida pues se montaba en las águilas y volaba por los cielos.

            La mayoría ha de pensar que como Julia creció con águilas comía como ellas, pues resulta que no. Desde el principio las grandes aves sabían que era muy diferente a ellas y que tendrían que cuidarla y procurarla hasta que ella pudiese tener una vida normal. Ellas son demasiado inteligentes, lo que hacían era observar lo que hacían las personas e imitarlo para Julia. Algunos de sus actos no eran tan correctos, como robar la comida de las personas día con día para llevarla a la montaña. Lo mismo hacían con ropa y cosas que su cría pudiese necesitar. Estaban demasiado informadas para solo ser águilas, era  sorprendente.

            Todo marchaba de maravilla, hasta que pasó el tiempo y se dieron cuenta de que la pequeña niña que habían rescatado ya se había convertido en una adolescente. Sabemos que esta etapa de la vida es complicada para las chicas y chicos, ahora imagínense vivir con águilas y en una montaña.

            El primer problema era que las águilas ya no podían llevar cargada a Julia, pues era muy alta y un poco pesada. Pero era solo de músculo ya que se había convertido en una gran deportista al subir y bajar la montaña por muchas veces. Porque las aves no estaban disponibles siempre para ella. El hecho de que ya  no la pudieran cargar le provocaba muchísima tristeza, se sentía confundida e incomprendida

            El siguiente problema era que tenía que hallar la manera de ingresar a una escuela, para poder aprender a leer y escribir ya que nunca lo  había hecho.

            Una mañana se levantó muy temprano y decidió que resolvería todos sus  problemas. Aunque no lo crean, ese mismo día consiguió ingresar a una escuela. Estaba demasiado feliz por eso. Tiempo después su progreso se iba notando ya que era muy lista y esa inteligencia que tenía también la utilizó para resolver su problema principal. Con la ayuda de su maestra abrió un Facebook. El plan era que por cada amigo que tuviese sería una noche para dormir en la casa de cada uno de ellos.

            En cuanto le aceptaban la solicitud, lo primero que  preguntaba es que si podía dormir en su casa. Algunos respondían que sí, despreocupadamente. Otros la tomaban por loca y otros tantos la bloqueaban, pues pensaban que les quería hacer algo. Pronto se dio cuenta de que esa tal vez no era la mejor opción para la solución de su problema.

            Julia no se daría por vencida tan fácil, por lo que armaría un nuevo plan.

            Pensaba y pensaba qué podía hacer, pero no se le ocurría nada en lo absoluto. Le pidió ideas a sus compañeros de clase y a éstos se les hacia una locura el que viviese en una montaña, por eso nunca le hablaban. También le preguntó a las águilas, pero la verdad no supieron qué decirle.

            Cuando volvía de la escuela vio un anuncio de un  parque de diversiones en donde habían tirolesas, ¡¡tirolesas!!  Esa era la solución. Lo que quedaba de la tarde se dedicó a construir una tirolesa para poder bajar rápidamente y así no tener más problemas de transporte. Estaba demasiado feliz y emocionada por

bajar, cuando se dio cuenta de que no podría subir por ahí mismo y se puso a llorar porque sentía que nada le salía bien. Al final del día se resignó, pensaba que tendría que subir y bajar todos los días por siempre, cuando de pronto comenzó a oír el relincho de un caballo. Salió a ver qué es lo que estaba pasando y se encontró con un bello caballo blanco de hermosos ojos que estaba herido y también perdido.

            Sintió la necesidad de ayudarlo, como a ella alguna vez la habían ayudado. Decidió llevarlo a un mejor lugar y curarlo. Un mes después el caballo ya se había recuperado y sentía un inmenso amor por Julia, su nueva dueña. Desde ese entonces no tuvo que pensar más en cómo subir y bajar la montaña, ya que el caballo la acompañaba a todos lados volviéndose su mejor amigo hasta el final.                                                                                                                                                       Las aves se llenaron de orgullo y alegría al ver que Julia, por fin, era inmensamente feliz.

 

María Fernanda Mena López 

Biblioteca: Federico Medrano Valdivia

Purísima del Rincón, Gto.




Sepa la bola

  SEPA LA BOLA  Patricia Ruiz Hernández ¿Cuándo acabaría aquella lucha?, se preguntó Gabino mientras permanecía hipnotizado con la llama de ...