domingo, 10 de diciembre de 2017

ENTRE ESTUDIANTES Y PATADAS


ENTRE ESTUDIANTES Y PATADAS
-Narrativa de César Rivera Martínez-


UNA BROMA PESADA
César Rivera Martínez

Héctor Frías era el compañero más divertido del Instituto. Le gustaba hacer bromas. Recuerdo que el día que se presentó en una dinámica organizada por un maestro, dijo que se llamaba Ambrosio y que venía de la comunidad de Tejupilco. Como iba de huaraches y chaleco bordado,  le creímos unos y dudaron otros.
Tenía dieciocho años, igual que todos nosotros, pero parecía mayor, sobre todo si se ponía lentes y se vestía formal. En la primera semana de clases, una chica, desorientada, se acercó a nosotros a preguntar dónde quedaba la biblioteca. Héctor se esmeró en darle indicaciones lo más falsas posibles, diciéndole a la izquierda cada vez que debía doblar a la derecha; le daba las señas con una seriedad absoluta, de modo que ella no podía más que creerle, así que, en lugar de mandarla al fondo del Instituto, donde estaba la biblioteca, la mandó para la salida.
            Una vez que fuimos a almorzar, Héctor fue a la barra de la cafetería por la comida, y aquello fue un caos: adrede, le llevó quesadillas al que pidió tortas, comida completa al que sólo encargó un refresco, de chorizo con huevo para el que pidió pierna, y papas fritas al que había ordenado sincronizadas. No podía dejar de reírse de nuestras caras cuando tuvimos que comernos lo que llevó.
            Héctor era un buen estudiante, muy inteligente, pero lo que más le interesaba en la vida era divertirse. Al grito de “¿Te las tomas, Frías?” se iba a tomárselas bien frías con un par de compañeros, a veces desde el jueves, y reaparecían hasta el lunes en la escuela, a veces crudos y a veces todavía alcoholizados. Uno de esos lunes en que llegó Héctor con sus lentes oscuros que, más que ocultar, revelaban su estado etílico, estábamos en la clase más difícil, Matemáticas IV, con el maestro Peralta, un sádico de los números, que buscaba siempre el problema más difícil de cada tema en el libro, y lo anotaba en el pizarrón para acalambrarnos. Pasaban diez, quince minutos sin que nadie supiera ni por dónde  empezar  a  resolverlo, y entonces  nos  decía    “Ay, niñitos, ¿y así quieren llegar a ser ingenieros?” y se paseaba por todas las sillas viéndonos a los ojos, disfrutando de nuestro sufrimiento. Cuando terminaba su recorrido de terror, se ponía, muy satisfecho, a escribir pausadamente la respuesta en el pizarrón. Pero ese día, ese lunes en particular, no. Cuando Peralta escribió su tradicional problema-reto, y apenas iba a comenzar a desafiarnos, Héctor se levantó y, sin quitarse sus gafas negras, empezó a anotar números y más números, signos y más signos hasta casi llenar el pizarrón. No sabría decir quién estaba más asombrado, si Peralta o nosotros. Cuando por fin terminó de escribir, Héctor se quitó del pizarrón y pudimos ver el procedimiento que había escrito. Era una sarta de estupideces sin orden ni sentido, una pura payasada que no iba a ningún lado. Volteé a ver a Peralta, quien en ese mismo momento se estaba dando cuenta; se puso todo colorado y con una vena en el cuello que parecía que iba a explotarle,  se apresuró a borrar las incoherencias del pizarrón, pero el daño estaba hecho: las sonrisas y los susurros cundían por el salón, hasta una carcajada estalló al fondo del salón, que Peralta acalló con una de sus miradas asesinas. Héctor no estaba en su lugar, hábilmente siguió la ruta del pizarrón a la puerta, sin que la mayoría nos diéramos cuenta. Las tres semanas que quedaban del curso, Héctor no volvió a poner un pié en Mate IV, y se resignó a recursar la materia el próximo semestre. Con otro profe, claro.


            Cuando ya éramos veteranos de séptimo semestre, Héctor tuvo una ocurrencia. Juntó a los más desmadrosos y atrevidos del grupo, y armó un plan de bienvenida para los alumnos de primero.
A las ocho de la mañana del primer día de clases, estaban citados en el salón treinta y siete todos los alumnos de primer semestre. Parecían cortados por la misma tijera. Todos volteaban a ver el número en la puerta, y luego la hoja doblada que tenían en la mano: su horario. Algunos más inseguros todavía preguntaban a los ya sentados “¿Sí es aquí Introducción a las Ciencias?” Aquí es, muchachito, siéntate y disfruta la función, pensábamos los cuatro alumnos de séptimo que nos habíamos infiltrado al grupo de novatos.
A las ocho en punto llegó Héctor, vestido de profesor joven: camisa planchada y saco sport, lentes sin montura, pantalón de mezclilla y, claro, un grueso libro de ciencias bajo el brazo.
            –Buenos días, jóvenes
            –Buenos días –contestaron algunos, mientras Héctor escribía su nombre en el pizarrón
            –Éste es mi nombre. Grábenselo muy bien, porque soy quien va a hacerles el favor de informarles que están en el lugar equivocado. La mayoría de ustedes no tiene lo necesario para ser ingeniero.  Muchos  de  ustedes  ni  siquiera  saben  por  qué  están aquí. Tú –dijo señalando a uno de ellos – ¿Por qué estás aquí?
            –Quiero ser ingeniero. Me gusta resolver problemas.
            –¿Problemas? Eso es lo que tienen ustedes, muchachitos: problemas.
Dejó de hablar por un rato. Empezó a caminar por el salón, despacio, mirándolos. Algunos bajaban la mirada. La tensión llenaba el lugar, nadie se movía. Regresó al pizarrón y escribió dos preguntas: ’¿Cuál es el paradigma fundamental de la ciencia?’ y ‘¿Cuáles son los cuatro pilares de la ciencia Ptolomeica?’
            –A ver, ¿quién puede contestar estos cuestionamientos?
Varios compañeros de séptimo observaban la escena sentados afuera, en una jardinera, a un par de metros de las ventanas. Adentro, todos estaban nerviosos, volteaban a verse, pasaban saliva. Después de un minuto largo, una mano levantada.
            –Adelante, hable.
            –Pienso que el paradigma se refiere a la manera en que se hacen las cosas. En el pasado las cosas se hacían de un modo y pues hoy se hacen…
            –¡No! –gritó Héctor, mientras golpeaba el escritorio con la palma– ¡Qué estupidez! No tiene usted ni idea de lo que le pregunto. Salga del salón inmediatamente.
Mi compañero Alfonso recogió su mochila y se fue con la cara más apenada que pudo poner.
            –¿Alguien más? –preguntó, amo y señor del aula.
Esperó unos momentos más, y luego escribió que debíamos hacer un largo trabajo de investigación, que implicaba la lectura de dos capítulos de un libro, y un estudio comparativo entre el método de Bacon y el de Descartes. Anotó la fecha de entrega: para mañana mismo.
Otro de mis compañeros, Isaac,  se puso de pié y le dijo:
            –¿Pero qué le pasa? ¿Cómo cree que vamos a tener todo eso para mañana? Si es nuestro primer día de clases –se quejó Isaac, poniendo en palabras lo que todos estaban pensando.
            –Si no puede manejar la presión, no tiene nada que hacer aquí.
            –¿Quién se cree que es? ¿Está loco o qué?
            –Jovencito, salga de mi salón, ahora mismo.
            –Pues claro que me voy, voy a la dirección a quejarme de usted.
Mientras Isaac se iba, los otros, mudos, volteaban a mirarse, estaban realmente desconcertados, no sabían qué hacer. Una chica junto a mí tenía los ojos a punto de las lágrimas. Otro tenía ambas manos en la cabeza. Ahí ocurrió lo más sorprendente: un chico se levantó y empezó a decir, con voz suave pero firme
            –Maestro, perdone, yo no sabía que esto iba a ser así. Estoy muy apenado por no saberme sus preguntas, pero denos otra oportunidad, nos vamos a esforzar por ser buenos estudiantes, ya no nos grite por favor, yo soy una persona muy nerviosa.
Héctor se echó a reír, para gran sorpresa de los presentes. Nos llamó al frente al par de infiltrados, y mis compañeros de la jardinera entraron aplaudiendo al salón. Isaac y Alfonso regresaron, sonrientes.
El jefe de grupo les explicó que éramos alumnos avanzados de ingeniería, que estábamos haciéndoles una broma de iniciación con permiso de su verdadero maestro, y que eran bienvenidos en el Instituto. Pasado el susto, algunos se reían, otros decían groserías al “profe” Héctor y otros aceptaban nuestro saludo cuando pasábamos a sus lugares a estrechar sus todavía sudorosas manos.
De eso hace ya veintidós años. No había visto a Héctor en todo ese tiempo, hasta hoy que, por decirlo de algún modo, lo vi. Iba caminando por la calle, cuando me encontré la cara de Héctor, más avejentada pero con la misma sonrisa, en una pancarta atada a un poste: es candidato a diputado por el octavo distrito, del partido en el poder, el favorito para llevarse las elecciones. Si Héctor gana, ésta será su broma más pesada.






CABO
César Rivera Martínez

I
En cuanto la moneda entraba en el agua, salía disparado tras ella, como jalado por un hilo. Cabo podía aguantar hasta cuatro minutos bajo el agua casi transparente del arrecife. Una vez le cronometraron seis minutos y medio, según dicen, pero nunca tardaba tanto en encontrar el dinero, casi siempre bastaban un par de minutos para que emergiera victorioso, primero el brazo y luego todo el mulato, sonriente, con una dentadura más blanca que las monedas que los turistas le lanzaban.
Había gringos, franceses, alemanes y también brasileños. Pero sobre todo gringos, había una fiebre por visitar Bahía y todas las playas brasileiras desde que la Samba y el Bossa Nova se habían esparcido por el mundo entero. Y eso había cambiado los cruzeiros por valiosos dólares americanos. Por eso, había aumentado también el número de Arpones, como llamaban entonces  a los clavadistas.
Pero Cabo era sin duda el mejor Arpón. Lo era ahora que tenía catorce, pero no siempre había sido así. La primera vez que se tiró, a los ocho, estuvo a punto de ahogarse por neciar y neciar para encontrar los cruzeiros, salió  tosiendo  y  manoteando, y lo peor de todo, con las manos vacías.


II
México era muy diferente a todo lo que se pudiera haber imaginado. La comida era picosísima, el clima de lo más loco, mucho frío o mucho calor, las muchachas más bonitas aunque menos voluptuosas que las bahianas, y el dinero que le pagaban era el triple del que ganaba en Sao Paulo. Como hacía años que se había ido de su casa, se había acostumbrado a estar solo, y se había hecho a la idea de estar sin compañía en un país extraño; pero no,  no había un momento del día o de la noche que lo dejaran solo. Primero, con el pretexto de instalarlo en su nuevo departamento, sus compañeros le organizaron una fiestecita que duró dos días. Y luego, después de su primer partido y su primer gol, siempre había alguien junto a él con un vaso en la mano, dispuesto a celebrar por horas.
Su adaptación fue inmediata. Diecinueve goles en su primer año lo confirmaron como uno de los mejores delanteros de la liga, con sus consiguientes diecinueve celebraciones, estruendosas y frenéticas. A lo que no podía adaptarse era a la música. Los mexicanos ponían canciones  rancheras a la menor provocación, y todos las cantaban; todos menos él, que no se las sabía.
El segundo año fue una locura: treinta y cuatro goles, campeón goleador lejísimos del segundo lugar y volverse un ídolo a tal nivel que no podía salir a la calle sin que puñados de fanáticos lo reconocieran y le pidieran un autógrafo en su playera, en el mejor de los casos, o sus zapatos, un beso o un mechón de su cabello, que ya era demasiado.
“¿Cuál es el secreto de su éxito?” le preguntaban. “Yo sólo juego para divertirme, como cuando era niño. Lo demás viene solo” decía, aunque nunca le creyeron. Las estadísticas indican que más de la mitad de sus goles los anotó en la última media hora de partido, cuando la mayoría de los delanteros solían más bien anotar poco, debido al cansancio. Esos 181 goles representan el 58% de sus 312 goles totales, una marca histórica que parece imbatible en el país. Quizá lo prolífico le viene de familia, pues en su casa eran catorce hermanos, seis hombres y ocho mujeres. Aunque su papá tuvo, en total, veintiséis hijos.
“No es que fuéramos pobres, es que como éramos muchos en mi casa, no había dinero que alcanzara” recuerda sin tristeza. Por eso iba a la playa a vender pescado a los turistas, y luego empezó con los clavados. Había que tirarse de inmediato para alcanzar la moneda antes que llegara al fondo, si no, sería mucho más difícil encontrarla. Los tres o cuatro minutos, que era el máximo que podía soportar bajo el agua, le fueron dando con los años, una capacidad pulmonar mucho mayor que la de los demás, incluida la de los futbolistas profesionales.

III
Cabo no entendía cómo su mamá estaba siempre de buen humor, con tanto chiquillo, cómo no se volvía loca. Ella lo quería mucho, igual que a sus demás hermanos. Debía lavar ajeno para poder alimentar a tanto hijo, pues sólo los más grandes aportaban algo a la casa. Cabo llevaba lo que podía a la mamá, y le gustaba platicarle lo que había hecho en el día, antes de dormir. De lo que más le gustaba hablar a ella era de tener una casa más grande, donde cada uno pudiera tener su propia cama. La acompañaba por las tardes al cuartel de la zona militar, donde entregaba la ropa limpia a los soldados. Algunos le regalaban dulces, y le preguntaban si quería ser soldado, cuando fuera mayor, y lo llamaban Cabo, Cabinho. En secreto, Cabo pensaba que él, y no sus hermanos más grandes, le iba a comprar una casa nueva a la mamá en cuanto pudiera. No tenía manera de saber que a ella le quedaban ya muy pocos años.

IV
Regresó a Bahía para su cumpleaños cincuenta. Está solo, después de su segundo divorcio. Nada está igual. La zona turística ha sido modificada por completo. Un complejo hotelero rodea ahora la zona donde él jugó de niño tantas veces. La casa y toda la colonia que había habitado ha sido demolida y convertida en zona comercial. Ni siquiera siente nostalgia. Vuelve al hotel  y  se  cambia  para  ir  a  la  alberca. Entra al agua bajando los escalones y,  sin cerrar los ojos, se sumerge y comienza a aguantar la respiración, y cuenta en su mente para ver cuánto puede soportar.



Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.

* Evanivaldo Castro Silva, Cabinho, es un ex-futbolista brasileño que se desempeñó como delantero; desarrolló la mejor parte de su carrera en México. Es el máximo anotador de la Primera División de México, anotando 312 goles y consiguiendo ocho títulos de goleo, cifra que también significa un récord, jugó entre 1974 y 1988 para los equipos de la UNAM, Atlante, León y Tigres.


**César Rivera Martínez es integrante del Taller Literario Diezmo de Palabras en Celaya, Gto. Es ingeniero en computación y tiene una licenciatura en Letras Hispánicas.





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