domingo, 12 de marzo de 2017

APARICIONES


APARICIONES

“Fingí ante mí, y ante ella sin duda, ante ella, fuera quien fuese, mujer o espectro. Me di cuenta de todo aquello más tarde, porque les aseguro que, en el instante de la aparición, no pensé en nada. Tenía miedo.”
Guy de Maupassant, Aparición



ENTRE DIOS Y EL DIABLO
Javier Mendoza

Desde un tiempo atrás, la quietud de las noches era desgarrada por gruñidos y alaridos que hacían estremecer a todo el convento.  Parecía que en la oscuridad una bestia herida agonizaba.  Lo que en realidad ocurría era la eterna lucha entre Dios y el Diablo.

Por su deseo de servicio y entrega, Benjamín se convirtió en el nuevo habitante del monasterio.  Era un joven de fe y valores, recién integrado a la vida sacerdotal.  El hábito que portaba era pesado y su calzado muy ligero.  Su hogar era un convento enorme y antiguo, como sacado del medievo.  En él, la comida era poca y el silencio mucho.  Era fácil escuchar hasta los suspiros. 
Durante lo interminable de las madrugadas, como si sólo fueran murmullos muy lejanos, se lograban percibir gritos, ruidos y voces graves e incomprensibles que se perdían entre los infinitos pasillos que parecían no llevar a ningún lado.  Al descifrar los distantes quejidos, Benjamín creía escuchar su nombre. 
Cierta ocasión, pese a rezos y una aparente indiferencia, el novicio no fue capaz de vencer a la curiosidad.  Como un sonámbulo vagó entre patios y claustros, persiguiendo el llamado en el viento.  Luego de algunos segundos, la voz que entraba a sus oídos guardó silencio.  El joven había llegado adonde nunca antes: un angosto y largo corredor, con sólo una puerta en el fondo.  Con cierta cautela el sendero fue recorrido con la vista fija al frente.  Sin detenerse a razonar su acto intentó abrir la pesada hoja de hierro y madera, pero antes de lograrlo, la mano decidida de un monje mayor, que con sigilo lo había seguido, sujetó la del muchacho, para advertirle sin soltarlo: “¡Jamás abras esa puerta!  ¡Ahí se lleva a cabo una lucha a muerte!  ¡Si cruzas el umbral correrás un grave peligro!”
Se decía que en aquella celda se encontraba recluida una mujer invadida por fuerzas malignas.  La batalla entre Dios y el Diablo en el interior de la desafortunada por quedarse con su alma era encarnizada.  En consecuencia, ella se retorcía de dolor. 
Entre frailes y feligreses se comentaba que, debido a los perversos espíritus que se anidaban en ella, la imagen de la endiablada era en verdad abominable.  Según los rumores, tenía un par de cuernos, pezuñas de cabra en lugar de pies, garras en las manos y una cara aterradora.  Su hablar era poco.  Cuando lo hacía intercalaba ofensas y blasfemias en diferentes tonos y lenguajes.  La mayor parte del tiempo su voz era silencio o alaridos.
Sin poder ser sordo al extraño requerimiento que llegaba a sus oídos, en la primera oportunidad Benjamín volvió al lugar prohibido, cerciorándose de no ser visto.  Con el corazón al límite abrió la puerta.  En el interior había poca luz y desolación.  Temeroso avanzó un par de pasos, hasta encontrar incrustada en un muro, sujeta con cadenas de pies y manos, a la posesa de la que tanto se hablaba, mas no era el monstruo que se describía en los comentarios.  Lo que en la penumbra descubrió fue una mujer rubia y delgada, que sólo vestía un camisón.  Su pelo era lacio y muy largo; el rostro, ojeroso y apesadumbrado.                  
Sin desviar la vista que tenía puesta en el muchacho, con la respiración acelerada y desesperados movimientos que intentaban liberar sus extremidades, la reclusa se dirigió a él con melosidad, astucia y seducción.  Una vez logrado el interés de Benjamín, con reservas y medias verdades conversó con él largo rato.  En todo momento el sacerdote tuvo la sensación de hablar con más de dos personas a la vez, mismas que conocían hasta los más íntimos secretos que guardaba su alma.  Al quedar expuesto ante lo que sólo parecía ser una personalidad extraordinaria, el joven perdió cualquier miedo.  No pudo ver que con su valor y descuido tentó el poder del peor de los demonios.  Ignoraba que no hay nadie que se resista a él.
Antes de que Benjamín se retirara, la prisionera del mal se le acercó lo más posible. Conseguida una posición de confidencia, con una voz que no era de ella, nacida muy adentro de su cuerpo, suplicó: “¡Desátame y volaremos juntos en un cielo propio!”
Haciendo de aquello una verdadera devoción, con la mayor frecuencia posible y siempre a escondidas, el confundido siervo del Señor visitaba la celda del fondo, donde los quejidos y jadeos, en ocasiones de dolor y en otras de placer, no cesaban.  Una vez alcanzado el éxtasis llegaba la calma.  Entonces la endiablada reiteraba su única petición: “¡Desátame!”  Acto seguido, un juramento de amor eterno para él era condicionado a la liberación.  Si se lograba ésta, sin importar el bien o el mal, en pareja encontrarían el paraíso prohibido.
Totalmente poseído por el embrujo de aquella mujer, Benjamín se encontraba perdido entre la vida clerical y los placeres mundanos y hasta perniciosos que al lado de ella descubría.  La cura sólo podría ser un exorcismo de amor o fugarse con el angelical demonio que noche a noche lo seducía, aunque con ello marcara como su destino final al mismísimo Infierno.
Armado con los medios necesarios, decidido al escándalo y la condena, una madrugada el buen hombre zafó las cadenas que sujetaban a la cautiva, dispuesto a volar a su lado.  Pero tan pronto se vio libre, la ingrata corrió y corrió, sin ni siquiera voltear para ver cómo el corazón de Benjamín se destrozaba ante la desilusión y el engaño.  Sin una palabra de agradecimiento, mucho menos que cumpliera su falso juramento de amor, la presa liberada corrió y corrió, hasta tomar la forma de un extraño animal que con facilidad saltó muros y montañas.

En el monasterio no se volvió a saber de ella, sin embargo los lamentos no cesaron en la celda del fondo.  Algunos dicen que ahí adentro un hombre agoniza sin lograr la muerte; otros aseguran que el desafortunado tiene el mal en su interior.  Lo cierto es que, atado a los recuerdos, poseído por el dolor, lo que queda de un joven de fe es consumido por aquello que encontró entre Dios y el Diablo: el amor… el peor de los demonios.  Ahora sabe que no hay quien se resista a él.                                               



REENCUENTRO
Patricia Ruiz Hernández

Se celebraba la reunión de un grupo de ex alumnos, egresados veinticinco años atrás de la carrera de arquitectura. Con esta convivencia esperaban renovar su amistad, ya que las ocupaciones los llevaron por senderos distintos. El lugar de reunión era la casa de Flora, la servicial anfitriona que procuraba las bebidas y los bocadillos a sus antiguos condiscípulos. Todos disfrutaban del reencuentro entre abrazos y risas. Comenzó la amena charla. Intercambiaron detalles de sus vidas. La conversación giró en torno a las típicas preguntas.
—¿Mateo, qué te has hecho?, después de salir de la universidad te perdí la pista. Cuéntanos —preguntó Victoria.
—Fui a trabajar al extranjero. Me ha ido muy bien, aunque no ejerzo la arquitectura. Me dediqué al negocio que dejó mi padre —contestó Mateo.
—Es bueno tener un negocio familiar. Creo que nunca te gustó la carrera, sólo obtuviste el título por complacer a tu padre, ¿me equivoco? —dijo Victoria,  con un exceso de franqueza que en el pasado le ocasionó algunos roces con sus compañeros. 
—Efectivamente  —contestó Mateo, sin entrar en detalles.
—Mercedes, alguien me dijo que ya eres abuela. Felicidades. ¿Cuántos de ustedes  son abuelos? —preguntó Gabriela con curiosidad.
Levantaron la mano los que estaban en la feliz situación de malcriar a sus nietos.
—Yo me divorcié dos veces, así que ya me vacuné contra el matrimonio. Actualmente vivo la vida a mi gusto, saboreando la libertad —expresó Daniel, quien había sido el chico más popular de su generación.
—Como se habrán dado cuenta, faltaron Luis y Sofía, los eternos novios, que finalmente se casaron al salir de la universidad. Avisaron que no podrían asistir por un compromiso familiar —dijo Flora.
—¿Se imaginaban hace veinticinco años que nuestras vidas iban a ser lo que ahora son?  —expresó Gabriela—, por lo menos yo no, la existencia está llena de sorpresas.
—Haciendo un balance, la vida nos ha tratado bien, no obstante lo agridulce que es —añadió Mercedes. 
—Se ve que te va excelente, Mercedes. Te diste una retocada, ni aparentas tu edad —expresó Victoria, quien por naturaleza era indiscreta.
Continuaron recordando las anécdotas chuscas de su época estudiantil. Con gran deleite compartieron las boberías que los hicieron tan felices, cuando cualquier simpleza era motivo de celebración.
—Joel, ¿te acuerdas cuando el profesor, aquel que no recuerdo su nombre, al que le decíamos el mago de los sueños,  te sorprendió dormido en su clase?, ¡qué regañiza te puso! —dijo Daniel.
—Joel, eras el más tímido y ahora todo un empresario  —señaló Flora.
Daniel divirtió a los presentes con la parodia de sus antiguos profesores, pues desde joven se le facilitaba la imitación. Hizo gala de esas dotes, convirtiendo la reunión en un show. Con lo que se ganó los aplausos de sus amigos.  Después, continuaron charlando.
—Yo recuerdo que, en una ocasión, llegó Mercedes a las siete de la mañana al salón de clase, desvelada por la fiesta de una noche anterior, traía en el cabello un tubo que olvidó quitarse —contó muy divertida Victoria.
—Cómo olvidar cuando alguien quemó las cortinas del salón con un cigarrillo y casi nos suspenden por negarnos a decir quién fue. Al final las tuvimos que pagar entre todos —recordó Mateo.
—Éramos muy unidos, ¡qué buenos tiempos! —añadió Mercedes.
—¿Cómo se llamaba aquella compañera? La que nadie soportaba porque en los exámenes agobiaba al que tenía cerca —preguntó Joel.
—Se llamaba Claudia. Todos rehuíamos sentarnos junto a ella. Recuerdo que nos  picaba las costillas con el lápiz para exigir las respuestas que no sabía —contestó Flora.
—¿Flora, conservarás algunas fotografías de aquella época? Nos gustaría verlas —pidió Victoria.
—Creo que tengo algunas de la graduación.
Flora se levantó de su asiento para buscar las deseadas imágenes, pero sólo consiguió una, disculpándose por no tenerlas disponibles. Se confesó desordenada con sus álbumes. Aquella foto fue motivo de comentarios por los cambios en su aspecto, cuando tenían menos kilos y arrugas; más cabellera y lozanía. Se ajustaron los anteojos y usaron una lupa para observar los detalles imperceptibles a la vista.
—Dicen que recordar es volver a vivir —suspiró Mercedes.
—¿Quién es el que está junto a Luis? —preguntó Joel.
—Es Mateo, sólo que aquí tenía cabello —dijo Flora.
—La que está junto a Flora, soy yo, ¡qué ropa y peinados tan graciosos usábamos! —exclamó Victoria. 
—Algunos estamos irreconocibles, otros se conservan igual —señaló Mateo.
—El que está parado junto a Victoria es Manuel, aquel pretendiente que la quería incondicionalmente, a quien nunca aceptó por más que le rogó, ¡cómo lo hizo sufrir! ¡Lo traía como su perrito faldero! —dijo Mercedes, dándole a Victoria una sopa de su propio chocolate.
—No es Manuel, se parece mucho. Creo que es Antonio Suarez —manifestó Daniel.
—Yo debo estar senil, porque no sé quién es el que está parado junto a mí —dijo Mercedes.
Examinaron la fotografía, concluyeron que no recordaban a ese compañero.
—He observado que se recuerda con más facilidad a los extrovertidos,  a los rebeldes o traviesos. Nadie conoce a éste joven, que por alguna razón pasó inadvertido. No me hubiera gustado ser de los invisibles  —aseveró Daniel.
—Tal vez es un intruso de otro grupo que se puso para la foto —expresó Mateo.
Gabriela regresó de la cocina. Faltaba ella por examinar la fotografía. Cuando lo hizo, se quedó mirando fijamente la imagen y su cara se puso lívida, entonces, murmuró atropelladamente:
—¡No puede estar aquí! Lo reconozco…Es Ángel Martínez… ¿No lo recuerdan? Cuando cursábamos el último año de preparatoria falleció en un accidente automovilístico. Nunca estudió en la universidad con nosotros. 




*Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.

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