domingo, 31 de enero de 2016

REVELACIÓN


REVELACIÓN
-La narrativa de Patricia Ruíz-

Nuestra compañera del taller Diezmo de Palabras, Patricia Ruíz Hernández,  es originaria de Celaya. Tiene estudios en Administración de Empresas y se desempeña en el sector educativo. De manera paralela gusta de la literatura y escribe principalmente cuentos. Ha sido seleccionada para la Antología de Letras con Arte con los microrrelatos: Predicción, Brevedad del ser y Fuera de este mundo. Así mismo, por la Editorial El Sótano con el cuento La Refranera y en la antologia Tótem: Minificciones Guanajuatenses con varios micro-relatos. En el Foro el Tintero fue finalista con el cuento Retorno al hogar. Sus historias siempre son una revelación de lo extraordinario dentro de la cotidianidad. Vale.

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EL MIRÓN
Patricia Ruiz Hernández

—¡Agárrenlo! ¡Policía! ¡Ahí va el asaltante! –grité a todo pulmón.
Alrededor del cadáver del hombre que se resistió al asalto se juntaron los curiosos, yo era parte del grupo de mirones. 
—Quiso robarlo y la victima opuso resistencia, entonces le disparó. Yo lo vi –dije a los otros transeúntes.
Por la acción de un karma exprés, el maleante tropezó y cayó al piso, varios héroes lo detuvieron y comenzaron a golpearlo; enseguida llegaron más personas y se contagiaron de la indignación y el hartazgo colectivo. Vivimos la ausencia de la autoridad, no sólo física sino moral. Hemos perdido la fe en la justicia.  Se avecinaba un drama en el que habría dos muertos. Deseaba que la policía demorara y la muchedumbre lograra ajusticiarlo, ¿para qué lo encerraban? ¿Para qué saturaban las cárceles?, seguro en unos días saldría libre por falta de pruebas y seguiría su carrera delictiva.
Se dirigió a mí un señor alto y muy delgado, vestido con un traje elegante pero algo anticuado, me dio la mano presentándose.
 —Soy Luciano Cruz. Es lamentable que la víctima haya pasado a segundo término por el afán de venganza. Lo primero es mostrar compasión por el finado, quizá no estaba preparado para morir y seguramente dejó asuntos pendientes. Fallecer debe ser una experiencia traumática, en la que se enfrenta soledad y confusión.  
—Mucho gusto, soy Santiago Fuentes –le dije al señor Cruz-, no entiendo muy bien de qué habla. Para mí, lo mejor sería vivir como en el viejo oeste, con juicios rápidos y de inmediato a la horca. Yo me apunto para preparar la soga y ser el verdugo. ¡Bonitos tiempos vivimos! La delincuencia organizada hace de las suyas en las barbas de la policía desorganizada.
—En todo acto humano el amor debe prevalecer. No es conveniente juzgar a otros, seamos hombres de Dios dando el perdón y compasión a nuestros semejantes –comentó.
—¿Alguien trae una cuerda? –pregunté a los presentes, ignorando groseramente al señor Cruz, pues me enfadaba que hablara como predicador-. Ahí está ese poste o aquel árbol que parece resistente, así no hay riesgo de que se quiebre y en lugar de ahorcado, sólo quede fracturado. Por lo que veo nadie trae una cuerda, por supuesto, ¿cuándo se ha visto que las personas echen una soga a su portafolio?, ni las mujeres la cargan en la surtida miscelánea ambulante llamada bolsa. 
Algunas voces aisladas gritaban:
—¡Déjelo! No se vale hacer justicia por propia mano, ya viene la policía. No somos animales-. Pero nadie se detuvo y siguieron con la patiza. A punto de lincharlo, la inoportuna policía llegó y repartió macanazos para rescatarlo.
—Me siento con el deber de rendir testimonio. Presencié un crimen y no me importa perder el tiempo en los juzgados, de cualquier manera no tengo un trabajo ni horario al que me deba sujetar –le dije al señor Cruz.
Mi ocupación habitual consistía en cobrar el alquiler de varias casas de las que era dueño, además la gente me buscaba para que les prestara dinero. Sólo se complicaba cuando algún cliente se negaba a pagar y tenía que recurrir a mis ayudantes -que eran un poco rudos-, para convencer al moroso de cumplir con el trato y evitar algún penoso accidente. Por otra parte, era lo que dicen, un soltero empedernido, valoraba mucho mi libertad, nunca tuve hijos, ni molestos parientes a quien atender, así que disponía del tiempo del mundo. Si me solicitan para declarar, por supuesto que acudiré. Estaba parado junto a un policía y le dije:
—Señor policía, fui testigo de lo acontecido, reconozco al homicida sin temor a equivocarme y me encuentro en la mejor disposición de ayudar. Yo nunca quise linchar al delincuente, ni cooperé para golpearlo, le aseguro que no me gusta la violencia. Pero, ¿qué podía hacer yo solito ante la turba enloquecida? –enseguida le di mis datos personales, mientras el policía hacía anotaciones.         
—Bueno, se acabó, debemos seguir nuestro camino –dijo el señor Cruz, quien me incomodaba porque era de esa gente confianzuda que se porta como si me fuéramos grandes amigos.
Poco después asistí a las audiencias públicas del juicio, no lo hice por metiche, sino porque tenía consciencia ciudadana. Atestigüé el interrogatorio.
—Soy inocente –dijo el malhechor al juez–, me confundieron, yo nada más iba pasando. Soy un honrado comerciante, padre de cinco hijos,  trabajo muy duro para mi familia.  Mire, aquí traigo las fotos de mis pequeños y de mi amada esposa.
—¡Mentira! ¡Farsante! Lo mató para robarlo –grité indignado.
—Que diga el acusado su nombre y domicilio –expuso  el fiscal.
—Juan Trinquetes, callejón Emboscada número 13 de esta ciudad.
—Que diga el acusado si pertenece a la conocida banda El baba y sus ladrones.
—Niego pertenecer a cualquier banda.
—Qué diga el acusado si su alias es el manitas.
—No, ese es mi hermano gemelo.
—¿Por qué huyó de la escena del crimen?
—No huí, tenía prisa por alcanzar el autobús para ir a trabajar.
—¿Reconoce el arma que tenía en su poder?
—Me la sembraron.
—Anexo como prueba documental los antecedentes penales del acusado, en donde se demuestra que fue procesado en un juicio anterior y un video del día de los hechos –dijo el fiscal.
Permanecí a presenciar todo el juicio. El video permitió observar la escena del crimen y al final el delincuente fue condenado gracias a las cámaras de seguridad colocadas en la avenida. Esperé inútilmente a que el juez me llamara.
Apareció el señor Cruz,  de quien me había olvidado y le dije:
—¿Tú qué haces aquí? ¿Me andas siguiendo? ¿Quieres mi dinero?
—Mi misión es ayudarte en la transición –y me lanzó una profunda mirada que transmitió respuestas y me permitió comprender.
De inmediato hubo en mí una revelación ¡Por supuesto! La víctima era yo. Hasta ese momento me había evadido de la verdad. El asalto fue tan rápido, tan inesperado, nunca pensé morir. Seguramente sufrí un estado que los psicólogos llaman negación, es un mecanismo de defensa que consiste en desechar la existencia de conflictos por considerarlos desagradables. Pues bien, ya me curé, sin necesidad de acudir al loquero, sólo con la ayuda del señor Cruz, mi nuevo amigo, a quien dócilmente me dispuse a seguir, no sé a dónde.

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DÍA DE PERROS
Patricia Ruiz Hernández

Abrí los ojos sin comprender por qué el despertador no había sonado a la hora programada. El sol ya daba sus primeros rayos, así que me levanté con brusquedad. Cuando quise encender la lámpara, encontré que no había corriente eléctrica, consulté el reloj de pared que sólo requería de una pequeña pila para funcionar, ya era tardísimo. Me reprendí a mí misma por depender de un aparato para despertar. No tendría tiempo de preparar el desayuno o realizar las tareas habituales. Entré con rapidez al baño para ducharme a toda prisa, recibí la desagradable sorpresa de que se había acabado el agua caliente. Sin otra opción me bañé con aquella agua helada. Me vestí, bajé, subí, regresé; con estas idas y venidas, ¡zaz!, tropecé con una silla mal puesta, caí dándome un golpazo en la frente con la mesa y otro en la rodilla. Maldiciendo, me paré con el orgullo lastimado; sin tiempo para la autocompasión, seguí cojeando de un lado para otro. Mi compañera de apartamento, Sandra, que con el ruido se había levantado, salió de su habitación y me detuvo cuando ya tenía las llaves en la mano a punto de marcharme.
—¿A dónde vas con esa herida en la frente? Ven, te voy a limpiar.
Del botiquín sacó algodón y un líquido que me ardió horrores.
—Rápido, se hace tarde. Si llego después de las ocho, el jefe me va a regañar.
—Espérate.  No puedes ir con sangre en la cara.
—Gracias, nos vemos, debo alcanzar el autobús –le dije cuando terminó la curación.
Caminaba con prisa en dirección a la parada de autobuses, todo lo que me permitía mi pierna lastimada, pero la carrera fue inútil, perdí el ómnibus que se alejó sin detenerse, por lo que debí esperar el siguiente; mientras lo hacía, observé como varios charcos permanecían en la calle, ya que una noche anterior había llovido. Entonces, sin esperarlo, pasó un automóvil a toda velocidad mojándome los pies y la falda, sentí el agua fría en el cuerpo. Volví a maldecir mi suerte por segunda vez en aquella mañana. Sí mi madre escuchara, seguro me regañaría por boquifloja. Consideré regresar a casa a cambiar la ropa y los zapatos, pero deseché la idea por lo tarde que era.
Cuando subí al camión descubrí que había olvidado la cartera; con nerviosismo busqué en las profundidades de la bolsa, sin encontrar alguna moneda que me sacara del apuro. Ante la impaciencia del chofer con cara de pocos amigos, encontré a mi ángel de la guarda, personificado en un señor muy amable que ofreció pagarme el boleto.
—No se apure señorita, un día me lo paga, a fin que la conozco de vista, siempre nos encontramos aquí.
—Gracias, prometo que le pagaré, es que olvidé la cartera.
Unas cuadras más adelante había congestionamiento vial, ignoraba si a causa de un accidente o un desfile. Sólo sé que mi impaciencia crecía mientras los minutos transcurrían. El chofer tomó la decisión de desviarse de su ruta habitual para encontrar una salida por otra calle, lo que me alejó gran distancia de mi destino. El camión presentaba un rechinido nada agradable y debí soportar el irritante ruido de fierros.  Pasó un rato y detuvo su marcha para ya no funcionar más. ¡Era el colmo de la mala suerte! Los pasajeros murmuraban su descontento, rumiando desesperados. El chofer bajó a examinar el motor, pero sólo consumió valiosos minutos. Pidió que bajáramos del vehículo, diciendo que llamaría a otro autobús para que nos trasladara. Transcurrió mucho tiempo en la espera.  En suma, llegué a la conclusión que el universo se había confabulado para hacerme la mañana difícil, hay días en que la suerte anda torcida.
Por el móvil marqué a la inmobiliaria donde trabajaba para avisar de los contratiempos, pero no obtuve respuesta. Seguro Juanita, la recepcionista, también se había retrasado.  Aunque yo era una empleada puntual y eficiente, el jefe tenía fama, bien ganada, de intransigente. Lo sabía por lo que le sucedió el otro día a mi compañera, Susana, cuando se le ocurrió llegar tarde.
—¿Dónde trabaja ahora, señorita Susana?, por lo visto aquí ya no –le dijo  Don Perfecto en aquella ocasión.
Susana explicó sus infortunios, pero él dijo que ésta era la última vez que permitía la falta de puntualidad en su oficina, que exigía responsabilidad ante todo.
Cómo extrañábamos al arquitecto Gómez, por ser más compresivo con nosotras, pero se ausentaba con regularidad, dejándonos bajo la tiranía de Don Perfecto. Con ese antecedente, me angustié pensando que tal vez perdería mi trabajo. Sin otra opción, me resigné a esperar el autobús que llegaría al rescate, pues sin dinero no podía darme el lujo de tomar un taxi.  
Cuando por fin me acerqué a la oficina, encontré un horrible cuadro que nunca olvidaré. Ambulancias, bomberos y cuerpos de rescate trabajaban en lo que había sido el edificio de la inmobiliaria. Una espantosa explosión –de origen todavía desconocido- había terminado con la vida de los que ahí laboraban. Con gran pena recibí la noticia de que no había sobrevivientes. Juanita, Susana, Don Perfecto y muchos otros, eran ahora una irreconocible masa carbonizada. 


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