domingo, 18 de octubre de 2015

EN LA PENUMBRA


EN LA PENUMBRA

En la oscuridad de la noche o en la oscuridad de la mente, cuando sentimos que alguien nos mira desde la sombra, o miramos algo que parece estar y no estar. Cuando nuestra mente nos recuerda que en realidad nunca hemos dejado de temer a lo que se oculta debajo de la cama, cuando la desesperación se vuelve sudor frío, cuando leemos que otros han vivido lo mismo, es el momento de voltear sobre nuestro hombro. Ahí, en la penumbra, están todos tus miedos.
Julio Edgar Méndez



DESESPERACIÓN
Verónica Salazar García

En el cielo las estrellas brillan suavemente dando paso a una luna grande y resplandeciente. Por el pequeño camino rodeado de arbustos que se mueven de vez en vez, cuando sopla el viento, se siente una calma absoluta; de pronto, se ve rota por el grito desgarrador de una mujer que aparece inesperadamente por el camino, corriendo desesperada. Su largo cabello lo tiene enmarañado, la ropa desgarrada y la cara desfigurada por el terror; de cuerpo delgado y sensual, parece que vuela de lo desesperada que corre. Su mente es un caos, no puede creer lo que acaba de suceder, es como una pesadilla que se repite constantemente en su mente y eso hace que corra rápido. Su corazón late fuerte, parece el sonido de un caballo a todo galope. Las gotas de sudor escurren por su frente, pegajosas y saladas se le meten por los ojos causando ardor pero no importa porque las lágrimas que brotan de sus ojos limpian y expulsan el sudor que entra en ellos. La desesperación hace que tropiece en repetidas veces, pero esa misma desesperación hace que se levante y siga corriendo, no sabe cuánto le falta para llegar a la carretera pero sigue avanzando. Sabe que la transitada autopista que está al final del sendero es su salvación y con esa certeza sigue corriendo. Como un mal sueño recuerda cómo conoció a ese hombre. Alto y gallardo lo vio sonreír e inmediatamente se enamoró. Él también lo hizo cuando la vio, tan frágil, tan hermosa. Ella jamás imaginó el terror que viviría cuando aceptó la invitación para pasar una noche romántica en su cabaña del bosque. Había llegado el momento de dar rienda suelta a la pasión contenida que los estaba consumiendo.  Pero ya estando en la intimidad de la cabaña, entre abrazos y besos, él se fue transformando y de su gallarda galanura solo quedó un cuerpo peludo, unos ojos brillantes y rojos y de sus suaves manos, que antes la acariciaron hasta encenderla, se transformaron en unas garras de largas uñas que desgarraron sus ropas y entre sonidos guturales apenas entendibles, la empujaron diciéndole que huyera, que aún había tiempo, que sufría una maldición y no quería arrastrarla en esa maldita agonía. La lanzó fuera de la cabaña incitándola a que corriera por su propia vida, y era lo que estaba haciendo. A lo lejos vio el camino, en su agotadora carrera supo que un esfuerzo más y estaría a salvo. Estaba por lograrlo, cada vez más cerca, un solo paso, solo uno  más  y estaría del otro lado. Pero a punto de darlo para salir de la brecha y llegar a la carretera, lanza un  grito desgarrador que se pierde en la penumbra del bosque cuando unas garras la atrapan por la espalda atrayéndola al monstruo, quien despacio, con su carga en los hombros, desaparece en la negra noche.


BELCEBÚ
J.A.A. Ramírez

No sabía cuánto tiempo llevaba observándola, supongo que desde que nació me enamoré de ella. Hoy era su cumpleaños y ninguno de sus familiares la acompañaba, estaba sola, como siempre, sentada en aquel jardín… si tan solo yo pudiera felicitarla, pero no podía. ¡Oh!, hermosa criatura, no sabes cuánto tiempo he pasado a tu lado, tanto que te conozco más de lo que crees. He visto cuando lloras por las noches y cuando sonríes en los atardeceres, eres el amor de mi vida,  linda niña, si tan solo lo supieras. Cuando tu ángel de la guarda no me dejó verte de lejos, tuve que cortarle la cabeza. Pero ahora me tienes a mí, tu diablo guardián.
¿Quién iba a pensar que todo esto acabaría así? Siglos y siglos he vivido, ¡yo! El que algún día se reveló contra el todo poderoso. Y ahora voy morir por ti y tú ni siquiera te diste cuenta de mi existencia, siempre estuve sentado al lado de ti, mientras tu imaginación volaba a no sé dónde. Linda muchacha, te robaste mi corazón marchito desde el primer momento en que te vi, lástima que esto tenga que acabar. Verás, ya hace mucho tiempo que no bajo al infierno por observarte,  por cuidarte y el máximo rebelde me ha citado hoy en su salón de juntas. Sé lo que me pasará: me arrancará la cabeza como yo lo hice con tu ángel guardián. Me encantó vivir a tu lado todos estos años, sólo hubiese querido que tú y yo… no sé… hubiéramos tenido una relación normal. Me hubiera encantado que me miraras a los ojos y que me expresaras palabras de amor, daría todo por vivir como mortal contigo, pero mírame, soy un demonio y tú… hija de Adán. Mira mi aspecto, con estos enormes cuernos y estas enormes garras y alas, y mírate, tu piel tan delicada como papel, tus ojos de cristal, tu cabello de seda y tu cuerpo ya de toda una señorita, debes sentirte orgullosa de ti. Le robaste el corazón de arena a un demonio. Te felicito por tu cumpleaños diecinueve, Giovanna, me hubiese gustado estar hasta el final de tus días mortales contigo, pero se me hace tarde para mi cita con el renegado.
Me acerco a ella, que está hincada mirando la tierra. Por primera vez me atrevo a respirar en su cuello, aunque ella lo ve como un simple aire que pasa revoloteando en aquel jardín, bañado de oro por la puesta de sol. La cubro con mis alas, aunque ella cree que es una simple sombra, le tomo la mano y hago que tome una vara de madera, le enseño como me puede llamar dibujando un pentagrama en la tierra. Cuando necesites algo, llámame, no lo dudes, esté muerto o vivo no te olvides de mí como yo nunca me olvidare de ti, niña. Cuando te sientas sola, no olvides que estaré contigo. Cuando necesites alguien que limpie tus lágrimas, aquí estarán mis dedos deformes para recogerlas de tus mejillas. Cuando me necesites, háblame,  pequeña. Utilizo estas palabras sólo para darme ánimos, sé que jamás volveré a verla.

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BATRACIO MARTÍNEZ
Carlos López Ortiz

Tres cosas hacían feliz a Batracio Martínez: las mujeres, la cerveza y las campañas políticas. Llegaba cada tres años a la casa de campaña de su partido,  enarbolando la bandera y sonando la matraca. Claro, no podía faltar la playera con el rostro del candidato que se deformaba grotescamente cuando se ajustaba a su enorme panza chelera.  Ganara o perdiera el partido, a Batracio Martínez siempre le iba bien, pues su cartera se llenaba de dinero por estampar con serigrafía playeras y banderas, así como también su inmensa barriga rebozaba de carnitas. Pero todo esto cambió cuando aquél candidato lo llamó y le dijo:
–Te necesito como subdirector en Obras públicas, ¿qué dices?
–¡Sí, sí! –respondió en un tono casi orgásmico– soy tu hombre.
Desde entonces una gran sonrisa de oreja a oreja apareció en el rostro de Batracio Martínez que, a decir de muchos, parecía más la de un maniaco sexual que la de un hombre feliz. No habían pasado tres semanas de aquella propuesta, cuando Batracio Martínez visitó la dependencia de obras públicas. Envalentonado por el resultado de una encuesta, no dudó en amenazar con correr a todos los empleados y hasta se le insinuó sexualmente a una de las secretarias de buen ver y excesivo maquillaje.
Lamentablemente, Batracio Martínez murió de ataque al miocardio cuando se enteró de que su partido no había ganado las elecciones.


SE NOS FUE
Patricia Ruiz Hernández

Toño era un niño de once años, pequeño y vivaracho, delgado, ojos negros y  cabello lacio –muy lacio- que jamás le quedaba bien peinado, a pesar de las gotas de limón que todas las mañanas su madre le aplicaba.  Asistía a la escuela primaria de aquel pequeño pueblo en los años cincuenta. En este lugar se percibían los olores a frutas y flores de las huertas cercanas, había un gran patio cubierto de tierra y varios árboles que hacían sombra; en los salones se observaban las típicas bancas dobles  de madera, los pizarrones verdes con sus gises blancos, el mapa colgado en la pared, y las reglas, las escuadras y los compases colocados en un pequeño mueble.   Era el momento del día más esperado por los niños: la hora del recreo. Toño jugaba al futbol con sus compañeros y después de anotar varios goles en una portería imaginaria delimitada por dos ladrillos, trepó a un gran árbol. Ya en las alturas dio un mal paso y cayó de una rama.  Sus compañeros alarmados gritaron:
—¡Maestro! Toño se cayó y no despierta ni me mueve-. El maestro Sergio acudió a ver al niño que seguía tendido en la tierra.
—¡Ve a avisar al director! ¡Yo mientras veré que puedo hacer!  –ordenó a uno de sus alumnos. Trató de reanimar al niño, sin resultado, aplicando sus conocimientos rudimentarios en primeros auxilios, más empíricos que formales.
El director se abrió paso entre el tumulto que rodeaba al accidentado.  Acto seguido, llamó a una ambulancia y al llegar los paramédicos lo trasladaron a una pequeña clínica rural. El maestro Sergio subió al vehículo para acompañar al niño;  al poco rato de ingresar a la clínica le informaron que Toño ya no presentaba signos vitales, dijeron que lamentablemente había muerto. Quedó asombrado con la fatídica noticia, pero trató de sobreponerse a sus sentimientos, pues sabía que le correspondía actuar como emisor ante la familia.
Caminó hacia el domicilio del niño que se encontraba muy cerca. Salió a recibirlo la mamá de Toño, señora de nombre Juanita. Visiblemente asombrada, sin atinar el motivo de la visita dijo:
—Buenos días maestro, ¿qué lo trae por acá?, pásele, ¿gusta tomar una taza de atolito que acabo de hacer? Ya mandé el dinero para pagar el vidrio que Toño rompió.  ¿Y ahora qué hizo? ¿Se portó mal el canijo chamaco?
—Buenos días, vengo con el penoso deber de avisarle que Toño cayó de un árbol y se pegó en la cabeza, ya no despertó.
—¿Cómo? ¿Qué quiere decir? ¿Qué le pasó a mi Toño?
—Señora, desgraciadamente murió. Está en la clínica y le sugiero que avise a su esposo.
La señora era un manojo de nervios y sin digerir por completo la noticia, dijo a uno de sus numerosos hijos:
—¡Corre! ve a avisar a tu padre, ya debe venir de la milpa, búscalo en casa del compadre Fidencio, ahí ha de estar echándose unos tragos.  Dile que es urgente.
Más tarde, Doña Juanita y Don Antonio esperaban sentados para hablar con el médico. Hasta el momento no les habían permitido ver al  niño.  Una enfermera les informó que el único doctor de guardia salió a un asunto urgente y no debía tardar. También les explicó que deberían esperar para realizar varios trámites, entre ellos el certificado de defunción en otra oficina.  Pasaron los minutos que se convirtieron en horas.  Don Antonio, hombre de abolengo campesino, mostró desesperación por la tardanza. Se quejó con su mujer por la larga espera, pues no había probado alimento y siempre era fiel a sus horarios de comida.
—Vieja, esto no tiene pa`cuando, vámonos a la casa para que me des de comer, mira las horas que son y yo con la panza vacía. De todos modos tu hijo de aquí no se va a mover  –dijo a su esposa.
Doña Juanita, esposa resignada, incapaz de contradecir las órdenes de su marido, aun cuando fueran insensibles o arbitrarias; con el corazón acongojado lo obedeció sin chistar.
De todo esto, Toño fue testigo mudo. Vivió una experiencia extracorpórea. Vio su pequeño cuerpo tumbado en el suelo, como un actor que se despoja de su vestimenta, siguió la ruta de la ambulancia y observó las maniobras que realizaron sobre él para reanimarlo. Le desesperó no poder comunicarse con sus seres queridos e intentó sin éxito mover objetos para llamar la atención.  Al saber que  estaba muerto, se sintió algo desorientado y confuso. Sin saber cómo, una fuerza desconocida lo empujó para alejarlo de los escenarios que fueron su mundo,  así se encontró en un camino que lo conducía quien sabe a dónde, allí todo era hermoso, una gran luz lo esperaba y otras personas iban por el mismo camino. Nada de esto correspondía a las ideas preconcebidas que tenía sobre la muerte. Le dijeron que cuando muriera vería a Dios en persona, cara a cara, y que si se portaba mal, le esperaba un gran castigo en el otro mundo. En  cambio, encontró gran belleza, paz y armonía en el mundo espiritual. Un ser angelical lo detuvo antes de entrar a la zona luminosa sin retorno y le dijo:
—Tu tiempo no ha llegado, regresa.  
Despertó postrado en una camilla. Se levantó y dio un brinco para llegar al piso. Nadie estaba cerca para auxiliarlo, los pequeños pasillos de la clínica lucían desiertos, y salió por su propio pie a la calle. Reconoció el lugar, pues estaba muy cerca de su casa, así que se dirigió a ella.
—Mamá, aquí estoy –dijo al entrar-, ¡no sabes lo que me pasó!
La pobre señora dio un grito y se desmayó de la impresión. A diferencia de Don Antonio, más dueño de sus actos, sólo demostró leve sorpresa. Era un hombre acostumbrado a lidiar con grandes pérdidas; la única tragedia que lo conmovió hasta el llanto, fue cuando perdió toda su cosecha y gran parte del ganado en una inundación.
Cuando la madre recobró la conciencia, no dejó de dar gracias a la Santísima Trinidad y a todos los santos, al tiempo que abrazaba a su hijo efusivamente en un mar de lágrimas. Desde entonces, ella cuenta hasta el cansancio la experiencia diciendo:
—Se nos fue, pero regresó.

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ILUSTRACIONES:
*Algo en qué creer, pintura de Vazqueztello H.

**Falling, ilustración de Anika Rao.
***Hooded figure, ilustración de Kayleigh-Semeniuk.

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