domingo, 30 de agosto de 2015

POSTRIMERÍAS


POSTRIMERÍAS

“Mi marido ahora no trabaja, porque dice que le debe a la vida tres meses de sueño y que le está pagando antes de que ésta le suba los intereses. Nada más se asoma al corral o entra a la cocina a ver qué encuentra de comer, para enseguida regresar a la cama a seguir pagando su deuda”.
Herminio Martínez, “El hospital de los podridos”.

Hace ya un año que el maestro Herminio se fue a seguir escribiendo y a disfrutar de lecturas más plenas en algún lugar del cosmos, eso que ahora los científicos llaman multiverso. Dejó un gran legado y durante este mes de agosto publicamos textos conocidos, no tan conocidos y lo que otros hicieron o hicimos inspirados en su obra o bajo su tutela y al pie de nuestra aula peripatética. Cerramos este ciclo con una de sus historias oscuras, profunda en significados llenos de crítica social, un poco a la sombra de aquél Hospital de los podridos, “...hoy, más que nunca, azotan la existencia, organizada en: delincuencia, corrupción, moderna esclavitud, ignorancia, abuso, miseria, injusticia, pedofilia, fanatismo, lágrimas”. El maestro seguirá vivo en cada persona que lea su poesía, narrativa o novela. Pero también estará presente en la pluma de cada escritor que haya recibido su influencia. “¡No hay nada más inédito que lo que ya se ha publicado!”
Maestro, desde este lado del multiverso, brindo por usted, gracias por haber existido en mi tiempo y en su momento. Vale.
Julio Edgar Méndez



POSTRIMERÍAS
Herminio Martínez

“Mañana, por enésima vez seré ahorcado. Enésima ocasión es un decir; en realidad he intentado este medio más de cien mil veces. Seré ahorcado con esta cuerda que, como las anteriores, misteriosamente se reventará antes de terminar conmigo, porque el Judío Errante debe continuar siendo testigo de los hechos que hoy, más que nunca, azotan la existencia, organizada en:  delincuencia, corrupción, moderna esclavitud, ignorancia, abuso, miseria, injusticia, pedofilia, fanatismo, lágrimas…
Desde que el Nazareno me condenó a errar, no he visto sino males. Los mismos, sólo que con distintos nombres. Algunos se preguntarán si Jesús no exageró el castigo. Pero cada uno se responderá al conocer mi vida, la cual, el cine, la televisión y la leyenda, la religión y algunos buenos escritores, más la prensa y la radio, literatura y tradición, se han encargado de dar a conocer.
El trabajo y el sol mueven la economía de las naciones. Maquinaciones poco limpias levantan sus banderas. Aquí y allá las vemos. Son el color y el aire. La agonía y los espejos de muchos que ya no tienen sombra. He visto caer la tarde ensangrentando las naciones y hasta me ha conmovido el llanto de una madre al recibir, en alguna ciudad del Norte, el Sur, el Este o el Oeste, el ataúd en el que traen a su hijo de la guerra, de una maquiladora o un caudaloso río que lo arrastró a las sombras.
Me ha indignado la muerte que hasta la fecha no he tenido. Me enrabece saber que soy el inmortal, el siemprevivo, el tránsfuga… Conozco las razones y me enfurezco aún más. Tener que presenciar tantos gobiernos ignorantes no es un halago más. La fe no da progreso; la superstición no nutre a nadie. A los países de fanáticos les hace falta ciencia. La religión los mata. La credulidad a nadie le da empleo. ¡Ignorantes, estúpidos, mochos y rateros son muchos gobiernos de hoy!, al menos los de México, este país donde he vivido los últimos cien años. Ahora, para cualquier cura que mete bajo sus sábanas una mujer o un chico, el cielo es una erección y no ese lugar limpio que alguna vez imaginamos, aun yo, que espero la parusía para verme con él –el Redentor del mundo- y ser definitivamente perdonado por aquella mirada que un día me condenó, llena de sed, pero también de amor.
Todos los judíos que se enriquecieron de los demás tuvieron feliz muerte. Papá era médico; yo alguna vez fui geógrafo. La profesión médica es y era una de las prácticas más comunes, casi tanto como la del que presta con usura. Mi padre era maestro en ambas artes. Y murió. Mejor dicho, yo quise que muriera. Yo le busqué esa hora. Yo le puse estas manos en su cuello. Para mi desventura, yo lo volví mortal.
Conozco los idiomas. Nuestro oído se acostumbra a todas las lenguas vivas y aun las muertas. Bebo, medito, exclamo: El tinto es excelente por levantar al deprimido, dar confianza a los frígidos, fortalecer el ánimo. En mi niñez nunca fui niño, sino hasta ahora que tengo dos mil años y sé de las naciones porque he caminado por todas sus ciudades. ¡Dios no existe! Esto fue un argumento de quienes desde el principio se propusieron dominar el verbo y con el verbo al mundo y  con el mundo al poderío económico y con el poderío económico las razas, porque desde el principio todo el poder ya estaba en el dinero.
-¡Judío errante! –me han gritado en sus libros-. ¡Maldito desalmado! ¡Enemigo de Dios! ¡Apátrida! ¡Rey de los herejes! ¡Que nadie te dé agua! ¡Que si miras un río, sea de ceniza o polvo calcinado, como la mirada del Rabino! ¡Dios no existe! Existo yo, y sin embargo, entro a los arroyos como si fueran casas. Mi infancia fue mi padre: el prestamista más avaro al que asesiné yo mismo para robarle unos sestercios. Yo construí la historia y la historia me ha destruido a mí. En cada ser humano que es católico, cultivé mis propias amarguras; en las demás creencias, mis desechos, porque aquí, antes y ahora, siempre, la religión ha sido el lastre, la hez; opio del pueblo, ya lo dijo Marx. ¡Que lo escriba una pluma enérgica, superior a ésta que sólo se moja en tinto! Lo dispuesto por el Gran Sanedrín con su perfil de perra y a ratos de garduña, el Vaticano, la religiosidad, la historia, ha sido condenarme a ser eterno más que a la fabricación de bebedizos afrodisíacos con pelos de tarántula, a lo que, en ocasiones, también me dediqué.
Fui imposibilitado para dormir entre la blasfemia y tantos pobres, heridos, huérfanos de guerra, moribundos, ejércitos en busca de trabajo, seguridad, ladrones persignados, la esperanza.
 Y ni con los tragos desgarraentrañas de otros hombres, me gusta lo descrito. Ni cuando fumo o consumo las sustancias en las que todos los días se ahoga el hombre. Un mundo donde el incesto y la acumulación de bienes se reconocen como los impulsos más naturales del humano. La hipocresía creciente. Seguimos siendo los soberanos de ésta y todas las edades. Es verdad que nos hemos apoderado de la comunicación y de sus medios; las universidades, las empresas, los bancos, la moral, la ética, la ingenuidad y toda forma de gobierno. Tenemos el control. ¡Es la inmundicia novelesca! Hay herejes que mueren en olor de santidad y santos que mueren en olor de herejes. Nada más los necios se sienten encandilados por esta suerte de futuro; a mí me salva mi maldad. En mi nariz están todas las claves.
 Vivir es un problema que a la larga a todos nos llevará al suicidio; plumas sueltas lo dicen. Los grandes narradores, en su morbosa petulancia, se describen en cada personaje, aun en mí. Rocas de naturalezas impalpables levantan sus abismos. Inveterados tejedores de embustes responden a algún verbo, con los ojos iluminados por la luna. ¡No hay nada más inédito que lo que ya se ha publicado! El soplo creador de Dios, al principio del Génesis, nos infundió el espíritu, va a decirte cualquier cura soez cara de nalga, y tú le creerás y aun le servirás con carne, si eres joven y te lo recuerda los domingos, en el sermón durmiente de la misa.
¡Dios no existe! Existo yo, que soy la pesadilla en tu alma y en la inmortalidad de este dolor eterno que me roe. Cualquier reporterillo de arrabal, tan hijo del ideal como de su hambre, lo escribirá a su modo. Alguno de esos que con croquetas se conforman, dirá de mí lo que le dicte el caos que gobierna su espíritu: el capellán, una mujer arpía, el partido político, el gordo lujurioso, que es más hembra que macho a la hora de sacar sus conclusiones, invocando intereses y una imagen: la de él, aunque nos la presente como la de la Inmaculada Concepción pintada por Murillo.
Comerciante de fetos fui por ahí en los años del principio. Grabador y maestro culinario. Artista y pederasta me refutaban otros. Masón en otras épocas, en hábitos talares, como los jesuitas y algunos otros frailes hijos del remolino y la vesania. Caballero de lastimado tono en Portugal… Todavía un fado de amor y muerte me desgarra el pecho. En España fui príncipe. Reencarné en arzobispo. Corrí con los burócratas a descansar dos veces. Legionario de Cristo me sorprendió la elección del cardenal polaco al trono de San Pedro y, cuando el escándalo, fui el primero en huir. Había sido maestro y confesor del fundador Marcial Maciel.
 Desvelarme leyendo es mi delirio narcisista y así estaré hasta que cuelguen al último cardenal con las tripas del último Pontífice. Así sea el alemán engarrotado, que actualmente gobierna, fingiendo no saber nada de su pasado nazi.
Conocí a los que toman las mentiras por profundidades filosóficas. El ejército de los peores abarroteros de codicia. Enemistades no sosegadas por la cólera. Sujetos de opulencia ostentosa y pensamientos lagunosos. La vanidad en traje de notario. La traición en caudal. Políticos badulaques devorados por la deshonestidad y la mentira. Libros de un aburrimiento peregrino. Alcaldes sosos. Gobernadores bestias. Presidentes magníficos para el envejecimiento de los jóvenes, al no darles empleo, más que los arzobispos con la inutilidad de su persona.
 El suyo es un mundo que no amo. Al contrario de ustedes,  moriré por morir, de eternidad y no de muerte buena. El cochino entre cochinos se vuelve más cochino: a veces me da por ir a cazar alondras a las miasmas; mariposas al légamo; golondrinas al túnel de la credulidad que huele a heces. Soy un cronista confundido entre el historiador y los artistas. A veces la palabra corta con el destello de un sablazo. Ante nuestra mirada,  una gallina se transforma en águila. Ante los hijos, lloran otros hijos. Y los padres se muerden un testículo, mirando cómo se reparten su alma los Padres de la Patria.
Una modalidad de la estupidez humana es creernos sabios sin haber leído nunca un libro o escrito una palabra…
¡Dios no existe! Es inútil tu fe; lo digo para ti, que ves al prójimo según tus conveniencias. Existo yo y acaso también tú sabrás que existes, algún día, cuando el tiempo deje de ser eterno y seas tú quien se encuentre inmortal, llorando, como yo, hora tras hora, noche tras noche, intentando dormir con esta soga al cuello”.

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