domingo, 16 de agosto de 2015

Elegía


Elegía
-Texto de Eugenio Mancera-

“Para venir a hablar
me he echado todo el dolor al pecho,
porque ya no me alcanzaba el corazón
para sujetarme el infortunio.

Tuve que apuntalar con aire mis pulmones
para que no vayan a morirse en este charco
en el que desde hace tiempo los tiene la agonía.

Herminio Martínez, Centinela de Escombros (fragmento)
13 de marzo 1949 – 17 de agosto 2014

“Para venir a hablar  me he echado todo el dolor al pecho, porque ya no me alcanzaba el corazón para sujetarme el infortunio”.  Así comienza Herminio Martínez uno de sus bellos poemas. Con la metáfora atravesada en el alma nos hablaba de su futura muerte. Es que no le alcanzaba el corazón para compartirnos su sabiduría, el conocimiento de maestro en el oficio de escritor. Fuimos nosotros quienes al final no pudimos sujetarnos al infortunio. Nuestro Maestro murió un domingo 17 de agosto, hace apenas un año. Los compañeros del Taller Literario Diezmo de Palabras deseamos rendirle un sencillo homenaje, como él lo hubiera deseado, entre poesía y letras cargadas de nostalgia. El jueves 20 de agosto, en la Biblioteca pública Efraín Huerta, a las 5 de la tarde, habrá lectura de su obra, así como también el viernes 21 de agosto, en el Foro Puerta de oro del Bajío, del anexo de la Casa de la Cultura, estaremos leyendo su obra, junto con textos originales de sus discípulos. Todos están invitados, la entrada es gratuita.
Hoy domingo, en esta página, donde cada ocho días nos permite un espacio El Sol del Bajío, tenemos la colaboración del poeta y maestro, Eugenio Mancera, uno de los grandes escritores de Guanajuato; gran amigo de Herminio y solidario consejero de nuestro taller. Gracias, Eugenio, en nombre de todo el taller literario.
Julio Edgar Méndez



Elegía
(Herminio Martínez, en su ausencia)

Eugenio Mancera

1
La muerte es una honda herida de la vida que no cesa; que sangra y lacera las entrañas. Es diáfana y turbia; insolente, apacible. Viene y espera; se alza; cae; se levanta como si ella fuera de un viento sin origen ni destino que no cesa de girar: es ágil, persistente, huidiza y presencial. Es una mala compañía, un ser extraño, que nadie invitó a ningún rito de la  vida. Sin embargo, desde el principio de los tiempos está presente, vive; se levanta, se despereza: preside todos los actos donde celebramos  por estar vivos y ser carne latente y fuego sin mesura.  Es una mala compañía que a fuerza de estar y volver y reincidir, acabamos por amar como un dolor perpetuo que siempre nos acompaña como si fuera un miembro más de nuestro cuerpo. Es esa una condición fatal: amar el dolor porque es entraña de la carne; amar la muerte porque es entraña de la vida.

2
Te conocí en el otoño de 1974. Tenías entonces 25 años y ya habías hecho de la poesía tu propio fundamento de vida. Vivías en un barrio periférico, en el barrio de San Juan, en medio de la nada, donde las polvaredas entraban a raudales por las ventanas de tu solitaria casa mientras leías, con un entusiasmo parecido al paroxismo, los versos que habías escrito en la madrugada anterior. Yo te escuchaba con sorpresa y te veía con mis ojos de adolescente que nada o poco sabe de las veleidades de la vida y de la poesía. Llegaba la noche. Tu voz, larga, hirsuta, musical, se había sosegado. Ebrio de la musicalidad de los versos que leías, yo salía de tu casa mientras la luna me acompañaba  en medio de ladridos de perros y de sombras.

3
La muerte espera agazapada en algún lugar de la sombra o de la luz. Espera su dosis de cuerpo y espíritu para saciar su sed de eternidad; para continuar, hasta el fin de los tiempos, con su inexorable triunfo sobre la carne y los sueños de los vivos. No tiene prisa; aguarda sentada a la entrada de las habitaciones y la casa. A veces duerme y a veces nos habla como si estuviera  aburrida de tanta espera. Pero no nos abandona. Espera; con infinita paciencia espera. Pasan días y edades; tardes de silencio y auroras primaverales y sigue esperando. A veces reclina su cuerpo fatigado sobre un almohadón de sedas; parece que duerme y sueña. Pero despierta y con bríos se levanta y revela a quién sea su condición fatal, su destino infatigable de la sombra.  

4
En aquellos días de largas primaveras, cuando la ciudad ardía de luciérnagas fantásticas y el alba era diáfana y un  viento del norte que sacudía la soledad de los trigales, hablamos largamente de la poesía; de su condición privilegiada como testimonio irrenunciable de  la vida. Hablamos de su lenguaje; de la luz que brota a raudales de sus palabras. Estábamos convencidos de  que la poesía podía ser instrumento revelador de los misterios humanos y sabíamos que eso sucedería por el poder mágico, terrenal,  auditivo del lenguaje.  No hay poesía sin la fuerza expansiva de las palabras, decíamos y escribíamos y nos leíamos, en muchas tardes pérdidas ahora en la memoria, lo que en las altas madrugadas escribíamos con una pasión solitaria. Entonces ni tú ni yo teníamos mujer e hijos. La escritura era nuestro único oficio posible. La escritura de la poesía era un rito, el rito del lenguaje; pero era también el rito de la vida, pues sin el lenguaje, sin el lenguaje de la poesía, no se nombra la vida, decíamos.

5
Pero vino la muerte y puso la simiente en tu herida. Y sentiste el veneno mortal que corría por tu sangre y tu herida del amor se hizo más grande. Y lloraste una muerte tan larga que no cesa ni cesará nunca y que seguiremos escuchando mientras dure la luz de la vida. Ésta que vemos todos los días en el alba y que será  el testimonio de que tú viviste y tuviste un nombre, un oficio; la condición magnífica de hablar por nuestras vidas. ¡Qué terrible es no poder ver la luz de los días! dirás ahora; Qué terrible es estar muerto y no poder volver a la vida y ver, como todos los días, la alegría de los hijos, el vuelo de las aves, la caída del agua, la risa fecunda de los nietos. Vino la muerte por ti antes de otras vidas y nos dejó un silencio triste y desolado. Las flores que plantaste en el jardín de tu casa no volverán a verte ni volveremos a verte porque te has muerto para siempre.

6
Vino la muerte y anidó en tus entrañas y espero esa mañana luminosa de agosto para detener el vuelo de tu sangre. En otra mañana, de otro agosto, distante, soleado, recorrimos haciendas, rutas de caminos despoblados. Buscábamos historias, ríos memorables, balcones y terrazas desde los que pudiéramos ver las lejanías, los cielos abiertos, puros y radiantes. Entonces, la vida era radiante y florecían los mirasoles y las rosaledas silvestres; entonces, nada enturbiaba el vasto silencio de los valles; veíamos, desde las barandas de San. José del Carmen, cómo el viento venía, como acompañado de mil tambores y deshacía los retoños de los limonares. La poesía era un don, una palabra infinita, un ardor crepuscular, el temblor de los cerezos en abril.

Nadie merece la muerte, ni el olor agridulce de su presencia que todo lo corroe y lo deshace, ni su sombra siniestra, larga, infinita. Nadie la invitó al banquete de la vida, pero en medio de la mesa, come y bebe y levanta su copa por los que pronto la seguirán su ruta hacia la nada. Levanta su copa y brinda por la vida y por la muerte; soberbia y ufana, bromea sobre el destino inexorable de los vivos. Es la condición terrible de lo humano; es su propia sabiduría, la del que es inmune al dolor y a la ausencia.

8
Tus campos y tus infinitas colinas -las que cantaste con la flor silvestre de la poesía-  te extrañarán porque tus les diste, con tu  voz, con sus palabras de aire y cielo, dignidad y silencio. Nunca hubo un poeta que cantará a la flor sencilla, al viento otoñal de los girasoles; a la amplitud distante de las lunas de octubre de la Gavia y de Mandinga. Pasarán mil años para que haya otro poeta del agua y de las hojas .Llorarán por ti las piedras y las aves; llorarán los coleópteros de la brisa.

9
Cuando llega la muerte, puntual, acerada, inmune, no hay más allá. Se acabó. Se acabó el aire y la luz de los días; se acabó la caída del agua en los almendros y el pétalo que, en su dimensión ufana y pequeña, cae sobre  el silencio. Se acabó. No hay un mañana,  una nueva sonrisa, un nuevo labio ardido de amor y aventura. Las hojarascas y la tierra sólo se mezclan con el polvo de tus huesos y tu nombre. Quizás el viento y el agua, los que amaste, los que exaltaste en tantas líneas de tinta, de amor y de consuelo,  te rendirán, el tocar tu sangre, al volver a cerrar tus ojos, al encontrar el último trazo de tu piel, el homenaje que mereces, las palabras de despedida, el canto último, el último giro de la brisa, la última porción de hojas y de flores.

10
Te vi por última vez en un hospital de Celaya, unos meses antes de tu muerte. Yo no sabía que el halo de una enfermedad mortal se había posado sobre tu pecho. Una paloma oscura; un veneno de la vida; un elixir del llanto; un vinagre más amargo que la ausencia. Y no me dijiste nada de ese hueco de amargura que ya mordía tu frente y vi tu sonrisa de siempre y parecía que la luz otoñal de ese septiembre seguiría siendo ágil y cálida como lo fue en todos los días en que tu poesía le dio un nombre, una identidad propia. Pero ya  tenías una cita, una espera, con la muerte; ya estaba en medio de los frutos maduros de ese otoño y de esa tierra,  la tuya, la de tus historias y tu pueblo de surcos y de piedras, que ya te esperaba sosegada para fundirte en el abrazo más eterno de la vida.   

*Eugenio Mancera Rodríguez nació en Celaya, Guanajuato, en 1956. Narrador y poeta. Estudió letras en la Universidad de Guanajuato y la maestría en letras modernas en la FFyL de la UNAM.

**Fotografia de Herminio con alas, cortesía de Irving Estrada.

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