domingo, 4 de noviembre de 2012

Sol del Bajío, domingo 4 de noviembre 2012

LITERATURA INFANTIL

"La vida de cada hombre es un cuento de hadas
escrito por la mano del señor".
Hans Christian Andersen, 1805-1875

         Escribir para niños es tarea muy seria. A lo largo de los siglos gran cantidad de escritores han dedicado parte de su tiempo a crear obras infantiles. En todo el mundo se conocen los cuentos infantiles, desde los clásicos –Caperucita, El patito feo, Cenicienta, El príncipe feliz-, por nombrar algunos, hasta la literatura actual, en este caso, lo que se hace en México por autores como Paco Hinojosa, Mónica Brozon, Toño Malpica, Vivian Manzur, y en nuestro estado de Guanajuato: Herminio Martínez con su Manantial de cuentos infantiles.

         Los autores de IMAGICUENTOS, que es la segunda obra infantil que producen en conjunto, son escritores de Guanajuato, igual que los ilustradores. Y es el resultado de un trabajo en equipo al que le dedicaron cariño, atención y esmero en lograr un producto cuya finalidad es promover la lectura en los pequeños.  Han creado personajes, mundos, espacios y narraciones divertidas, de misterio, motivadoras, con un lenguaje adecuado pero sin menospreciar la capacidad de lectura y dominio de la lengua de los incipientes lectores.
Fernando Cortés, Marion Flores Patiño, Estrella Méndez Méndez, Socorro López Núñez, Beatriz Leticia Saldívar, Ana Lilia Guerrero, Julio Edgar Méndez y Javier Romero son los autores. Las ilustraciones son de Luis Alberto Patiño Campos, Esteban Morales Villagómez y José Antonio Arzate Barbosa. Ocho historias para disfrutar y si no te gusta el final, lo puedes cambiar y dibujar tus propios personajes. Ediciones La Rana, Barcos de Papel, Serie Velas al Viento. 

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Nuestro Maestro, Herminio Martínez, Cronista de la ciudad, les envía un saludo a todos nuestros lectores y en particular a quienes nos han preguntado por su salud. Sigue adelante su terapia y su rehabilitación. Gracias por su interés y sus buenos deseos.


LA NOCHE DE LOS MIL OJOS
Fernando Cortés

         Saúl era uno de esos malos estudiantes que no acostumbran llevar la tarea ni leer sus lecciones, por esa razón no aprobaba los exámenes con facilidad y a menudo lo castigaban, haciendo que se parara en el rincón, y obligándolo a que se pusiera las odiadas orejas de burro. A pesar de eso era bastante apreciado, por ser el clásico niño aventurero; el que siempre tenía en sus bolsillos objetos divertidos como: resorteras, canicas de colores y estampitas.
         Aparte de ser pésimo estudiante, Saúl tenía un defecto muy grande: le gustaba sustraer cosas de las mochilas o de las bolsas de sus compañeros; cuando éstos no se daban cuenta era casi seguro que algún objeto pasara a las hábiles manos del chico travieso. Quizá en él no existía una mala intención, pero pasó el tiempo y la manía de robar no se le quitaba.
         Un sábado por la tarde, el chico se fue a pasear al parque, en busca de su siguiente víctima; allí vio a una persona que le llamó la atención: era un anciano que estaba sentado en una banca. Lo que le pareció curioso al jovencito fue que el señor estaba tuerto. Saúl aprovechó esta situación y se le acercó discretamente por el costado ciego, iba dispuesto a sustraer de la bolsa trasera del viejo, una cartera que sobresalía un poco. En cuanto el anciano se descuidó, el chico llevó a cabo su fechoría y enseguida corrió lo más rápido que pudo, hasta que se encontró a salvo en una calle cercana. Se sentó en la entrada de un comercio y, ya con calma, observó la vieja cartera. Era tan delgada, que seguramente no traería mucho dinero. La abrió con cuidado, temblando de emoción; pero lo que vio lo llenó de horror: en lugar de unos cuantos billetes, se veía la imagen de un ojo que lo miraba tenebrosamente. Saúl se estremeció por completo cuando notó que aquél era azul, como el del anciano, lo supo, porque poco antes de arrebatarle la cartera, el viejo había mirado de reojo al jovencito, como si hubiera adivinado sus intenciones.
Aquella imagen maligna hizo que el muchacho ya no quisiera saber más de aquel objeto que lo hacía sentir el más culpable. Cerró entonces la cartera y miró a su alrededor buscando un lugar en dónde deshacerse de ella. Caminó algunas cuadras y al ver un tambo de basura arrojó allí la cartera. Enseguida miró por donde había venido y descubrió, con terror, que el anciano venía tras él. ¡Lo habían descubierto! Saúl se echó a correr hasta que se le acabó el aliento. Fue cuando decidió tomar un descanso después de asegurarse de que ya no lo seguían. Había anochecido y se recostó en el pasto de un parque. Cerró los ojos y se preguntó si lo que acababa de vivir había sido solamente un sueño, pero todo indicaba que no era así. Luego, lo que siguió lo dejó frío de espanto: al mirar hacia el firmamento, descubrió que todas las estrellas se iban convirtiendo cada una en un terrorífico ojo, todos miraban al chico malignamente. Saúl se incorporó y una vez más se echó a correr, espantado, sin querer mirar hacia arriba, pero aquellos terribles mirones lo seguían a dondequiera.
         Luego, se encontró con otra desagradable sorpresa: aparecían más ojos en el suelo, hasta tapizar la calle completa, todos miraban a Saúl acusándolo por su fechoría. En ese momento algo llamó su atención: en las manos le empezaron a brotar ojos, primero en las yemas de los dedos y luego en las palmas. Saúl se sentía tan aterrado que pensó que se desmayaría. Después de eso, un torrente de ojos aparecieron por todas partes: en las ventanas de las casas, en los faros de los coches; las personas llevaban un solo ojo, ¡estaban tuertos, como el anciano! Saúl ya no podía soportar más, y no dejó de correr sin rumbo fijo. Fue cuando pasó por un callejón oscuro, pero al mirar hacia el fondo de éste, notó que no había salida del otro lado. Aún así, el jovencito pensó que aquella era su oportunidad para huir de las tenebrosas miradas y se introdujo por la callejuela. Una vez allí, se sintió a salvo, ya que había escapado, al menos por un momento, pero de pronto sintió que lo asían por el cuello. Era el anciano, enojado.
—¡Te atrapé, ladronzuelo inmundo! ¡A poco crees que te me ibas a escapar?
—¡Suélteme, déjeme ir! —respondió el espantado muchacho, al ver que no podía zafarse de las manos del viejo.
El viejo trataba de ahorcarlo, pero Saúl se sacudió y el anciano lo soltó, aunque el chico fue a rodar por el suelo, tosiendo porque casi se quedaba sin respiración.
—Ya no tengo su cartera —le dijo al viejo— si quiere le digo en dónde está.
— No necesito que me lo digas —interrumpió el anciano, mostrando la cartera—, ya la tengo conmigo; mírala.
—¿Y cómo la encontró? —preguntó Saúl, un poco incrédulo.
—Porque en la cartera está mi ojo faltante. No podrás decir que no lo viste. Con él he descubierto a muchos que, como tú, han tratado de robarme. La cartera estaba en un tambo. Cerca de aquí.
—Señor —le suplicó Saúl—, no le vuelvo a robar, se lo juro, perdóneme, por favor, pero quite todos esos ojos.
—Mmmmm, ¿No te gusta ser observado por tantos ojos que te acusan, verdad? ¡Pues es el castigo que mereces por ser un malandrín! Así que esas miradas te van a seguir durante toda tu vida.
—¡Nooo!, por favor, no me haga eso —suplicó el espantado jovencito—. Ya le dije que no lo volveré a hacer.
—¡Pues no! Eso te enseñará a no andarle quitando a la gente sus pertenecías.
Y el anciano desapareció en la oscuridad.
—¡No se vaya! —le gritó Saúl.
Pero no recibió respuesta. El espantado joven se quedó solo en el callejón oscuro y sintió más miedo que el que hubiera tenido en toda su vida. Trató de taparse la cara pero los ojos de sus manos lo miraron duramente y mejor volvió a llamar al misterioso señor:
—¡Regrese, no me deje aquí, por favor!
Entonces se escuchó la voz del viejo, quien surgió de entre la nada.
—¿Qué estás dispuesto a hacer para que te quite el castigo, pequeño ladrón?
—Lo que usted me pida —respondió Saúl—, pero ya quíteme los ojos de mis manos y también los que están en el cielo y por todas partes.
—No creas que es tan fácil, muchacho travieso, tu castigo no terminará, a menos que estés dispuesto a cambiar.
—¿Dígame qué debo hacer y lo haré.—¿Y por qué habría de creerle a un malandrín como tú, que se dedica a robarle a los demás?
—Porque ya no soporto tantas miradas.
—No acostumbro ser tolerante con nadie, una vez que infrinjo un castigo, no lo quito nunca. Vivirás vigilado por siempre. Además, ahora iré a tu casa y le diré a tus padres la clase de sinvergüenza que eres.
—¡Noooo!, ¡a mis papás no!
—Muy bien, estoy dispuesto a deshacer el castigo, pero sólo porque eres un mocoso que no sabe aún nada de la vida; aun así tendrás qué hacer algo para obtener mi perdón, y no será cosa fácil. Hasta que hagas lo que te diga, los ojos te estarán vigilando en todo momento. Solamente tú los podrás ver. Tienes un día para regresar a sus respectivos dueños todo lo que les has hurtado. Mañana, a esta misma hora, estarás en este callejón. Si para entonces has cumplido tu encomienda, los ojos desaparecerán; si no, te seguirán observando… ¡por el resto de tu vida!
—¡Noooo! No me puede hacer esto.
—Sí que puedo. Pero todo está en tus manos, malandrín.

         Saúl volvió a su casa, buscó en su cuarto los objetos que había robado y los colocó en una caja, lo malo era que no recordaba a quién le había quitado muchos de ellos. Esa noche pasó largo rato tratando de recordar quienes eran los dueños de cada cosa y por la mañana ya lo sabía, así que se dedicó a regresar todo. Pasó el día entregando por aquí y por allá, siempre bajo la mirada vigilante de los ojos que aparecían por donde quiera. Algunos chicos le daban las gracias, pero otros prometían darle una tunda. Saúl pensaba muy adentro que prefería la tunda, que pasarse la vida siendo observado por los mil ojos. Por la tarde, cuando faltaba una escasa hora para la cita con el anciano, le quedaba solamente un objeto por entregar, era una rara estampa de un súper héroe. Casualmente era el objeto que Saúl más apreciaba y le costaba trabajo devolverlo. Pero su dueño era Carlos, un compañero que vivía a unas veinte cuadras, en otro barrio. Saúl se dio cuenta de que quedaba algo lejos y faltaba muy poco para ir al callejón, aun así decidió irse corriendo hasta la casa de su compañero, pero cuando llegó, las luces estaban apagadas, lo que le hizo crisparse de nervios. Eso significaba que no lograría devolver la estampa y por lo tanto se condenaría a vivir bajo la mirada de los ojos siniestros, para siempre. Se sentó entonces en la banqueta, resignado por su mala suerte. En eso llegó un coche donde, afortunadamente, venía Carlos. De inmediato le hizo la entrega.
—Carlos, vine a regresarte la estampita que te robé —le dijo, avergonzado, pero decidido.
—¡Así que fuiste tú! ¡Todo el tiempo me lo imaginé, pero no estaba seguro! Aunque ya de nada sirve que me la regreses porque ya conseguí otra igual. Puedes quedarte con ella que no me gustan las estampas arrugadas.
Saúl le dio las gracias a su amigo pero no pudo evitar la dura mirada de aquél, aunque era realmente una mirada bondadosa comparándola con todas las que había a su alrededor y que sólo él podía ver. Faltaban escasos ocho minutos para la hora cuando el chico emprendió la carrera de regreso. Tenía que ser veloz, para llegar a tiempo. Arriba y en todos lados, los ojos lo seguían por el camino. Llegó al callejón a la hora exacta, estaba cansadísimo, casi no podía respirar. De pronto en la penumbra del callejón se dejó ver la figura del viejo y Saúl lanzó un largo suspiro: “¡fiuuuuu!” Tranquilo, porque no había llegado demasiado tarde.
—Ya hice todo lo que me pidió —le dijo al anciano, que lo miraba en horcajadas entre la penumbra del callejón.
—Aún no, chiquillo. Esa estampa que llevas en la bolsa no es tuya.
—¡Sí! es mía. ¡Se lo juro!
—¡Además de ladrón, mentiroso! —dijo el señor, enfadado—, ¡no tienes remedio!
—¡Le digo la verdad!; fui a devolverla a su dueño, pero él me la obsequió porque ya tenía otra igual.
—¡Ahá! Puedo ver que ya conoces la diferencia entre las malas y las buenas acciones. Muy bien, ladronzuelo, quiero advertirte que si vuelves a tomar algo que no sea tuyo, los ojos aparecerán y en esta ocasión será para siempre. Ahora quiero que mires a tu alrededor.
         Saúl volteó hacia el cielo y notó que todos y cada uno de los ojos se iban cerrando poco a poco, hasta que el cielo quedó nuevamente tapizado de hermosas estrellas, tal y como siempre había sido. Luego miró a su alrededor y descubrió que en la calle tampoco había ya ojos. Sus dedos también lucían como siempre, pero cuando quiso dar las gracias al anciano, aquél ya había desaparecido.
         Saúl no tuvo deseos de enterarse hacia dónde se había ido el misterioso señor y mejor se fue de regreso a su casa, contento, ya que los mil ojos habían desaparecido. Ya no miró hacia arriba y no se dio cuenta de que en lo alto del cielo la luna llena parpadeaba.  

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