domingo, 27 de diciembre de 2015

¡FELIZ AÑO NUEVO!



EL BORREGUERO
Arturo Grimaldo Méndez

A  Mariano  Colmenero le parecía muy injusta la vida, porque pensaba que si sus padres no lo hubieran obligado a trabajar desde pequeño, no tendría por qué estar viviendo solo, sin la más mínima preparación académica  y sin la menor idea de lo que sucede en el mundo y sus  por qué´s, ahora que estaba a punto de cumplir sesenta y cinco años. Desde la infancia, fue siempre todo un personaje, mitad niño, mitad adulto, responsable en sus quehaceres, callado y sumiso en la relación con los demás, noble por convicción, hábil para tocar su  armonía, (su inseparable compañera) que embelesaba a los que solían sentarse a su alrededor a escuchar las bellas melodías que interpretaba con aquel instrumento de aliento. Alegre y sonriente, sabía ocultar muy bien las tristezas del alma. Su sombrero de ala ancha y en malas condiciones, le hacía verse mayor de lo que en realidad era.
 Su pantalón roto de mezclilla y sus viejos huaraches con suela de llanta, eran ya un distintivo propio, en su forma de vestir. Poseedor de una gran capacidad para reconocer a sus animales, solía  guiarlos hasta los verdes campos, yendo al frente del rebaño y tocando una gran variedad de música, que parecía encantaba  a cada borreguita, las cuales, le seguían confiadas en que les llevaría  a buenos pastos. Cuidaba de cada una como ningún otro pastor y distinguía perfectamente cuál era la madre de una nueva cría; cuál de las hembras estaba preñada, o a qué  semental debía  separar  del rebaño por ser agresivo con los demás. O qué decir cuando algunas ovejas de otros rebaños se acercaban a las suyas; las separaba y entregaba a sus dueños como si las conociera de años. Sin embargo, el tiempo y la historia parecieron ensañarse con Marianito y tras  la muerte de sus padres y la forma de vida que sus hermanos decidieron seguir, hicieron que  se quedara totalmente sólo; incapaz de preparase su propio alimento, de valerse por sí mismo. No tuvo tiempo para pensar en el amor, ni se detuvo a escuchar la orientación de maestro alguno. Vivió para cuidar borregas y para vivir de ellas. Traía siempre mucho dinero, pero era incapaz de saber utilizarlo en cosas de bien, ni para sí mismo, ni para  los demás. Pasó hambre, miedo, golpes, robos y todo por el trabajo asignado y todo por el oficio elegido.
—Noventa y ocho, noventa y nueve, cien. ¡Todo bien!. Han salido todas, -dijo, al mismo tiempo que cerraba la reja del improvisado corral donde las encerraba- . Las mismas de siempre. Espero que esta vez, el mal tiempo no me vaya a traicionar de nuevo.
Aquel día, una vez que hubo llegado al lugar de pastoreo y entre melodía y melodía, sentado a la fresca sombra de un árbol, se quedó profundamente dormido. Al despertar, el ganado se había dispersado, con lo cual entró en tremenda angustia. Corrió a buscarlas y para su tranquilidad, las divisó a lo lejos. La mayoría del rebaño estaba en un mismo lugar, cerca de una ladera, donde la hierba era abundante. Contó señalando con el dedo índice a cada uno de sus animales -muy a su manera-,  arrojando  al suelo una piedra por cada una y vio que no estaba “la chueca”. Con miedo, se acercó hasta el acantilado y como pudo, agarrándose fuertemente de la raíz saliente de un árbol, se inclinó para mirar hacia el fondo del mismo, descubriendo que la oveja faltante estaba atorada en unos arbustos y a punto de caer al precipicio. Sin pensarlo dos veces, se quitó una cuerda que siempre traía atada a la cintura y la amarró fuertemente al tronco de otro árbol, para poder bajar a salvar a la oveja en peligro. Con dificultad y sin medir las consecuencias, bajó lentamente hasta donde se encontraba el animal, quien maltrecho por los golpes de la caída, sangraba y estaba a punto de desfallecer. Aquella situación facilitó las maniobras de rescate. La ató a su espalda y con muchas dificultad, volvió a emprender el ascenso, desde varios metros abajo. Cuando ya las fuerzas estaban a punto de abandonarle, alcanzó la cima y exhausto, se desplomó con su valiosa carga. La revisó cuidadosamente. Le curó las heridas. La acarició compadecido y recuperadas las fuerzas, la cargó nuevamente en sus hombros para llevarla donde el rebaño.
Al llegar junto a las demás ovejas, ya lo esperaban tres pastores, que en un tono humillante se dirigieron a él:
—Pensábamos que eras el mejor pastor de la región, pero qué equivocados estábamos, -dijo uno de ellos-.
—No creímos que fueras capaz de abandonar a todo el rebaño para ir a buscar la oveja que se te perdió,-opinó el segundo-.
—Pusiste en riesgo a todo tu rebaño al dejarlas solas, por ir por la más miserable de ellas, -terminó de decir el último-.
—Un verdadero pastor, no deja lo más por lo menos, -volvió a hablar el que había comenzado los reclamos.
Marianito los escuchó con toda la paciencia del mundo y con una muestra de tristeza por las palabras de sus amigos, les dijo:
—Güeno y ultimadamente a ustedes qué les importa. Yo siempre he sido ansina. Me preocupo por todas. Pos pa´ mí cada una vale lo mesmo. “La chueca” es la más vieja de mis borregas; la que más trabajo le cuesta caminar, pero también es la que más crías me ha dao. Además, ¿No les parece que la que más me necesitaba en este momento era ella? A mí me ha dao más alegría rescatar a una, que a noventa y nueve que no estaban en riesgo. En fin, si eso les parece mal de mi proceder, que me juzguen por mi exceso de amor y no por mi falta de caridá. Y ya no les quito su tiempo…
Dicho esto, bajó con cuidado de sus hombros a la oveja herida y ésta, aún tambaleante, se unió a las demás para seguir pastando. Aquellos hombres se miraron el uno al otro y no supieron qué contestar, optando por retirarse del lugar.

Ya a solas, Marianito pensaba para sus adentros:
“Pos yo no sé leer ni escribir. No tengo amigos con quien platicar. He sido un avaro. Nunca he dao un consejo a naiden, ni los he oído. Hasta pienso que no merezco lo que tengo. A lo mejor y hasta he cometido cosas que no debía. Nunca me ha interesao saber de Dios, ni lo que de Él se dice. Pero de una cosa sí estoy seguro: que así como me lo imagino, así debe ser.
Y por si las dudas, ahí te encargo, Señor, que yo sea  esa Chueca”.



LA NIÑA DE CRISTAL
Javier Alejandro Mendoza González

Andrea era una pequeñita delgada y frágil para quien el tiempo era una eternidad triste y aburrida.  Los días transcurrían siempre igual:  sin ninguna alegría y llenos de prohibiciones.  La casa -su cárcel- lucía muy vacía, sin muebles con puntas afiladas ni juguetes pesados.  No había nada en ella que la pudiera lastimar.  Incluso, en un acto que parecía cruel y que la niña no alcanzaba a comprender, los cariños de papá y mamá se habían convertido en un regalo escaso que no iba más allá de caricias superficiales, nunca un fuerte abrazo que la hiciera traspasar el pecho de sus seres más queridos.  Para crear la ilusión de un deseado contacto la chiquilla tenía que estrechar a sus muñecas, que sólo podían ser de trapo y de ningún otro material. En los grises días de su infancia Andrea tenía prohibido casi todo:   saltar, correr o salir a la calle.  Parecía que nadie notaba que con todo ello también se le impedía reír y hasta vivir.  Como paradoja, las duras restricciones sólo buscaban el bien de la menor.  Las miles de prohibiciones eran decretadas por los padres de la jovencita, mas no por falta de amor, así que también para ellos era una pena reconocer que lo único permitido a su hija era respirar.  La inocente tenía menos de seis años, por lo que aún no se le podía explicar del todo que padecía osteogénesis imperfecta, la enfermedad de los huesos frágiles.  Intentando que Andrea comprendiera la situación su madre solía decirle que ella era muy especial; una niña de cristal que de no ser tratada con todos los cuidados requeridos podría romperse. Por ello, la enseñanza escolar era impartida en la silenciosa sala de la morada, donde no había un recreo para compartirlo con alumnos de la misma edad.  La amistad para la pequeña era algo desconocido, pues la inocente brusquedad de otros jovencitos era un riesgo total para su cuerpo.  Andrea no lograba entender su delicada situación y como cualquier niño sólo quería ser feliz. Ante el acecho de la soledad con frecuencia se paraba frente a una ventana de la planta alta, desde donde lograba ver el parque que había muy cerca de ahí, un lugar donde los niños eran libres para correr tras una cometa, pasear sus mascotas o patear una pelota.  Ante el calor de las lágrimas que Andrea derramaba el vidrio se empañaba.  Con sumo cuidado (como le había enseñado mamá que tenía que ser tratado algo tan frágil como el cristal) tocaba aquel muro transparente para sentirlo frío e inerte.  No era como ella, que a pesar de sus músculos secos tenía vida y muchas ganas de volar hacia el jardín para experimentar la sensación de deslizarse por la resbaladilla y caer sobre el pasto sin importar que el costoso vestido se ensuciara. Andrea tenía varios días espiando a los habitantes de la residencia, tanto familiares como empleados.  Ya había memorizado la hora de salida y entrada de cada uno de ellos.  Incluso había descubierto el lugar secreto donde se guardaban las llaves de la puerta principal. Una tarde, aprovechando la ausencia de algunos mayores la chiquilla tomó el llavero, le dio vuelta a la cerradura y al abrir sintió con alegría el aire en su cara.  Luego de respirar profundamente a toda prisa se dirigió al parque donde la gente se divertía.  Pese a que sus huesos crujían una y otra vez Andrea corrió feliz al lado de otros niños, se balanceó sobre los columpios y en repetidas ocasiones alcanzó el cielo en un sube y baja.
Mientras tanto, en casa, rápidamente fue detectada la ausencia del delicado angelito.  Sin escatimar recursos su cuerpecito frágil fue rastreado por familiares y miembros policiacos.  Más tarde, luego de una extenuante búsqueda la angustia de los padres de Andrea se convirtió en un dolor insoportable, cuando se abrieron paso entre una multitud que se aglutinaba en el parque, donde la niña de cristal fue encontrada sin vida, víctima de múltiples fracturas, con el vestido sucio y una sonrisa en su rostro.


EL TESORO
Javier Alejandro Mendoza González


El bullicio en una gruta secreta y algo húmeda ya era exagerado.  Los duendes se habían reunido nuevamente y hablaban todos a una sola vez.  Sus vestimentas eran graciosas:  botas puntiagudas, mallas y gorros o capuchas de vivos colores; los nombres, breves y sencillos:  Pun, Pin, Pan y muchos más.  Cientos de acentos se fundían, mientras se manoteaba con cierto desespero.  En aquella ocasión el congreso de los seres pequeñitos no tenía la intención de fijar las horas de trabajo en las minas de diamante, ni tampoco dar con el pillo que a escondidas se comía las preciadas provisiones del almacén.  El fin de la sesión era uno más noble: otorgarle al ser humano (esa criatura tan carente en todo), un presente de alto valor. Ya que los hombres ansían riquezas, y porque mucho en esta vida se consigue con ellas, el duende mayor, un viejo sabio y de barbas largas, propuso ofrecer como regalo una olla de oro llena de joyas y monedas.  Mas no sería para cualquier persona, sólo para aquellos que perseveran en la búsqueda, que vencieran los obstáculos y fueran valientes frente a las adversidades.  Para mantener el secreto, luego de ahuyentar a varias hadas curiosas que por ahí revoloteaban, se acordó colocar el tesoro al final del arcoíris, a donde muy pocos podrían llegar. Satisfechos con el propósito, cada uno de los seres mágicos depositó en el interior de la olla un objeto de valor: monedas, joyas, piedras preciosas y demás, hasta que el recipiente dorado comenzó a desbordarse.  ¡Aquello deslumbraba!  La alegría de los pequeñitos era contagiosa.  Pese a todo, el viejo patriarca notó un hueco en el brillante cazo, para luego decir en voz alta y firme, que apagó la algarabía: “¡Un momento!  ¡Alguien no puso su parte en el tesoro!”  Entonces Puc, un joven noble y de buenos sentimientos, con la cabeza un poco baja se abrió paso desde atrás, llevando consigo un cofrecito.  Ante la obvia pregunta que deseaba saber el motivo de su falta de cooperación, él contestó: “El regalo que deseo compartir con los hombres no puede ir entre el oro y las monedas, así que lo coloqué aquí, en esta cajita. Lo que contiene es amor, esperanza y amistad”.  El duende mayor sonrió con satisfacción al reconocer el buen gesto de Puc, por ello añadió: “Sin duda será un gran presente, de mucho más valor que el oro y las monedas; pero no será para cualquier persona, sólo para aquellos que logren acercarse a un hermano.  Por ello, en la noche, mientras los hombres duerman, tú colocaras ese diminuto baúl en el órgano palpitante de cada uno de ellos.  De la gente dependerá buscar el tesoro que mejor le convenga: el oro al final del arcoíris o los sentimientos que guarda el corazón de los seres humanos.  ¡Ah!  Una cosa más, no coloques llaves, la forma de abrir el cofre será con una sonrisa”.

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