domingo, 16 de octubre de 2016

RECAPITULACIÓN


RECAPITULACIÓN

"El hombre que tenía el libro no estaba leyendo en voz alta, y nadie hablaba; todos parecían esperar a que ocurriera algo; sólo el muerto no esperaba nada."
Ambrose Bierce, La maldita cosa.


GANAS DE MORDERTE
Rafael Palacios

Una llovizna pertinaz hace un eco estruendoso sobre la palangana colocada en la mitad del patio. Está a medio llenar, oxidada, gris del tiempo y de las asas. El agua explora sus caminos naturales, arrasa por igual con colillas de cigarros, barcos de papel y tristezas urbanas de los millones que ya somos en esta ciudad.  
            Amanece lloviendo. Con un ritmo típico la ciudad se sacude la modorra, aún con un frío natural que comprime. Las mismas caras buscando los mismos autobuses, los mismos taxis, las mismas panaderías abiertas, la misma tú y el mismo yo a kilómetros de distancia; el mismo vaivén que nos hace conocernos por los rostros vistos a diario, por los “buenos días” tirados al aire y con las prisas, por el hecho de sernos familiares por las mañanas, y apenas pasado el sesgo matinal, volvemos a ser esos entrañables desconocidos que responden igual, asintiendo con la cabeza o sonriendo sutilmente.
            Yo te recuerdo, de ayer. Mirada de cobre, piel de arbolada, lengua de sal, manos de fuego. Llueve, el agua se escurre cual caricia nocturna. Como líquido simiente resbalando por una espalda ajena. Hundo mi rostro en la taza de café recién servido. Mis dedos alcanzan sin esfuerzo el último cigarro a medio consumir del cenicero, mis ojos se pasean de un lugar a otro, el humo del café y el cigarro invaden la habitación con una sofocante mezcla de aromas, de nostalgias, de quejas y caricias. La lluvia avanza furiosa. Desaparecen tras su densa cortina, camiones, cables de luz, árboles, postes, humanos. Semeja un caudal sanguíneo por las banquetas, con un ritmo de vértigo desborda las macetas, deshace flores, obliga a los pájaros a no salir de sus nidos y a las alcantarillas a vomitar las entrañas de la ciudad.

            −Con ganas de morderte –dijiste llena de presagios que revoloteaban cual enjambre de luciérnagas glaucas. Deseos verdemares que de inmediato se instalaron en lo más recóndito de mi oído y me excitaron.
            −Muérdeme –respondí con una voz apenas audible.

            El cielo ruge y estremece el pavimento. El relámpago implacable que fantasmagóricamente ilumina las habitaciones de la casa, nos hace dar un pequeño salto de emoción. Corres las cortinas. Un vaho incesante asedia las ventanas, las tamiza de una humedad intima.

            −¿Qué esperabas hasta antes que llegara?
            −Te esperaba a ti, ni más ni menos.

            Los sueños a punto de reventar intentan por una última vez ser escuchados. Me veo extenuado por el paso inexorable de las noches sin sueño, de las mañanas aletargadas por el insomnio y por los crepúsculos inquietos mirando furiosamente el reloj. Hace tiempo que el sol se volvió una añoranza pasajera y las nubes un eterno estado de equilibrio casi melancólico. Como si los atardeceres grises estuvieran posponiendo un pedazo de vida y la dejaran pendiente para un ocaso con rayos de sol. Mis manos permanecen menos distantes que las tuyas, ocupadas en frivolidades que desaparecen el tedio. Las tuyas lo abarcan todo, y sin embargo no logran atravesar las espesas paredes del deseo. Tu cabello, tu piel, tus obsesiones y tu almohada se resisten a recibir al mensajero. Mis manos reptan por tu espalda y la vuelven terreno de supuestas coincidencias. Afuera, la lluvia dejó de ser pertinaz, transporta ahora una odre añoranza que penetra por debajo de las puertas y se acomoda entre nosotros, irónica y desencantada. 


            −Con ganas de morderte. De acallar al más horrible de los gritos, empezando por tu frente, terminando por tus labios. Con ganas de morderte y después mirarte a los ojos y fingir cariño, eso y más podría soportar.

            La palangana se desborda. El caudal avanza irreductible, infatigable, furioso de por sí; conmocionando lejana y estentóreamente el ritmo nocturno de una ciudad que parece que por las noches agoniza. El viento salpica con latigazos gélidos los rostros de los pocos transeúntes taciturnos, aventureros buscando tonos escarlata escurriendo de soslayo lágrimas equidistantes al cielo hinchado de borrasca. Alzo la mirada y estás ahí, aún. Restos de café asentando en la taza rememoran las cenizas del tiempo, el último Baronet consumido me recuerda la prolongada tribulación de las olas que suponen tu epidermis. Te encuentro encorvada, sumergida entre sábanas y sudores sinoples que reverberan al tacto inmediato de la piel. Deshojada estás, entre jardines imaginados por el Bosco e infiernos gozados en las pesadillas de Dante. Tus quejas se disuelven en un aliento tibio que choca contra mis párpados, mudos de celo, aletargados por la visión perfecta que simula la réplica de tus manos sobre un rostro al que presionan con dolor y deleite. Aspirando eternas líneas de vida que escriben y reescriben sobre arena embrujada la historia perfecta del desencuentro de los cuerpos, encendidos y fluorescentes al toque inmediato de la carne. Tu sombra por encima de las candilejas, colgando sobre nosotros sin necesidad de estar ahí, siendo para todo el mundo, y el mismo mundo desplegando soledades, rescatando de la lluvia a ese lecho paralizado frente a las puertas del universo que es tu cama. Afuera todo sucede más aprisa. Adentro, las miradas se encargan de congelarlo todo y de volverlo perpetuo. El cielo retumba y estremece por igual humanos y objetos. Sin embargo, la recapitulación se pospone dando paso a la invasión tibia que se esparce por el pecho, provocando arañazos que hacen brotar pasiones carmesí y alaridos que rasgan la madrugada.

            −Me da miedo el destino. A veces no sabe qué está haciendo.
            −No me importa el destino, si cuando nos separe y me muerdas, ese dolor sea placentero y esos dientes se marquen para siempre en mi piel.
            −Ganas de morderte, entonces. Y sentir que la muerte nos acoja mutuos y con los deseos intactos.
            −Esta es la misma lluvia que veía caer a los doce años. Lo diferente es que ahora no le tengo miedo, hoy que estoy contigo la lluvia me parece musical.

            Los besos se vuelven lentos. Un sortilegio aparece por debajo de las sábanas haciendo crecer los territorios de los cuerpos. Abro los ojos y los vuelvo hacia la ventana, los mantengo ahí, en las gotas que escurren marcando caminos en el cristal helado y señalando a capricho objetos que se difuminan por entre las sombras que proyecta el agua que viene inclemente desde el cielo. Tu espalda, territorio conocido. Tu pelo enmarañado, follaje impenetrable al mundo que es tus ojos. Tus brazos alargándose, rodeando invasivos mi cuello y en un fragor irracional lo acometen, mis piernas con las tuyas entrelazadas formando un ancla imperiosa, aferrando el uno al otro en un vapor que sofoca, mientras mi cadera reacciona con la tuya en un espasmo de lujuria que enardecen mis hombros y luego los desfallece derrotados.
            Regresar del desencuentro se tradujo en una complicación. La lluvia amainó, dando un respiro al ritmo atípico que coronaba la madrugada, cansada de querer amanecer. Los primero rayos del sol fueron silentes, conservando cierta memoria por haber aparecido ya antes por ahí, aparentando cierta vocación de tranquilidad y orden. Las palabras se disuelven en un aliento tibio mezclado con café. De acuerdo con las viejas costumbres, la mañana progresa en un ambiente de caras conocidas, otra vez. El cielo está límpido y un aire vital ronda por las respiraciones de los seres que de a poco empiezan a emerger. Te veo dormitar ahora en el sillón, entrecortando el aliento casi a cada par de instantes, de momentos perfectos que al parecer imaginas y miro en el trasfondo de tus párpados. Desde el ventanal vislumbro las azoteas, el aleteo incesante de la ropa en los tendederos, el hacinamiento inclemente en los callejones y las nubes negras que se van formando a la distancia. Habrá tormenta al anochecer.



REINCIDENCIA
Julio Edgar Méndez

Nunca supe su nombre, porque nunca la conocí del todo. Pero eso no es importante, porque tampoco le dije el mío. Tenía todos los vicios plegados debajo de su vestido. Los llevaba muy pasados de moda, sin flores ni brillos, sin matices ni esperanzas. Era como un rayo potente, luminoso pero lejano, de los que no se sabe donde pegan, si en el misterio o en el olvido.  Tal vez algún día la vea de nuevo y le pregunte por qué incidió tan arteramente en mi alma.  Navegué perdido en aguas ingratas, incendié nave tras nave hasta que no hubo más decepción para seguirlas quemando.  Me interesé en su vida –ese fue mi error- cuando su vida no valía ni siquiera un vistazo.
            La conocí como se conoce todo lo que hemos olvidado después de una noche sin rumbo. Entre gatas y perros, entre vapores y sueños quemados. Entre mi soledad y sus cicatrices. Pero quiso mirarme sin espejos, sin cristales de aumento, con sólo mi risa entre su boca, su cuerpo entre cuatro paredes y una espada que esa primera noche nos hirió juntos, pero sin estarlo.  Seguimos acercándonos al precipicio con la velocidad de sus caricias coreografiadas, las mías sin ensayos, sin guión. Improvisamos entonces un sólo momento, un largo momento en que todas mis dudas se hicieron más dudas y sus certezas más certezas.

            Cada noche se hizo de día sin que hubiéramos cruzado más que miradas ambiguas, ni siquiera recuerdo cuándo es que comenzamos a caminar entre las calles sin miedo a desaparecer bajo el sol, bajo las ruedas gigantes de nuestra propia desilusión. Me tomó como se toman las cosas que no valen la pena: con una sonrisa de burla, con una mirada de celos, con un vestido a medio camino entre su desnudez y su prepotencia. Dijo que sólo franqueando el umbral del deseo llegaríamos a ser inmortales, enredados como dos plantas que mueren de ausencia y de sed. Nos abrazamos para sentirnos ciertos, para sentirnos absurdamente identificados e indistintos, un vacío llenado hasta el borde de melancolía, de tardes caídas, de días que no llegan de día, de noches iguales, ella desnuda de afuera hacia adentro y yo expuesto de adentro hacia afuera. Navegamos mares imposibles queriendo caminar de pronto sobre las aguas. Subidos en la barca de la lujuria, nos deslizamos hacia mundos más raros, de piernas y brazos invertidos, de senos con estrabismo, de inversiones destinadas al fracaso, de cigarros, veneno, alcoholes, de sueños que aburren por lo reiterativo.
        La vi caer de uno de tales recuerdos con las alas quebradas y los pies ensangrentados. La risa se le murió antes de darse cuenta de que ya venía fracturada. Pude decirle que no era necesario demostrarme su amor cortándose las venas, pero pudo más el deseo de beberla, mientras la sed se hizo apremiante, que darle el regalo de la vida con un simple beso en la boca. Ni mi sangre derramándose por la herida abierta que me hice en la yugular, con una navaja sin filo, pudo revivirla. Esa noche morimos de nuevo. La primera muerte fue el día en que nos conocimos.



*Textos publicados en El Sol del Bajío, Celaya, Gto. 

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