domingo, 2 de octubre de 2016

INOLVIDABLE


INOLVIDABLE

“El llanto se extiende
gotean las lágrimas
allí en Tlatelolco.
(Porque ese día hicieron
una de las mayores crueldades
que sobre los desventurados mexicanos
se han hecho en esta tierra)”.
José Emilio Pacheco. Lectura de los “Cantares Mexicanos”.


Era 1968 y yo tenía 7 años. Mi mamá tenía que ir al centro de la ciudad y pidió a una de mis tías que nos llevara en su vochito. Partimos con mucha alegría (la felicidad de la ignorancia) sin saber que tardaríamos varias horas en volver a casa y llenos de miedo. En las calles había estudiantes, militares, policías, mujeres, hombres, vehículos golpeados, odio en los rostros. El vocho de mi tía fue golpeado a patadas y a palos, no importó que ella y mi mamá les gritaran que había un niño adentro. Yo veía a las personas que empujaban el auto y me daba miedo, pero también me sentía lleno de coraje. Era incontenible la violencia. Todos los autos que pasaron por esa calle recibieron el mismo trato. Ningún conductor se bajó a pelear contra la muchedumbre. Finalmente terminamos de pasar por esa infausta avenida y nos alejamos a toda prisa rumbo a nuestra casa. Se escucharon truenos a la distancia. No sabía que eran balas, ni que esas balas eran la muerte.
El presidente en turno se llamaba Gustavo Díaz Ordaz, su secretario encargado de gobierno era Luis Echeverría Álvarez. Utilizaron al ejército, a grupos paramilitares, a la policía secreta y a cuanto matón tuvieron bajo su mando para enviarlos a disparar contra estudiantes, obreros, y personas que tuvieron la desgracia de estar en el lugar equivocado, en el momento equivocado.
La historia sobre Tlatelolco, un 2 de octubre, tiene muchas aristas e interpretaciones. Aquel señor que más tarde llegó a conducir un programa de desinformación cada 24 horas dijo al otro día de la matanza: “Ocurrió un zafarrancho con varios heridos”, mientras que medios impresos hablaron de “manos extrañas y terroristas”. Cada persona tendrá su propio juicio.
Para mí siempre será inolvidable. Vale.
Julio Edgar Méndez

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MARTÍN Y MI PAPÁ
Paola Klug

Aquella noche lo escuché llegar; recuerdo con claridad el chirrido de la puerta y el sonido metálico de las llaves al chocar contra la pared. Todo estaba en silencio, todo cubierto de oscuridad.
Me levanté de la cama y caminé de puntillas hacia la sala, el reloj marcaba las tres de la mañana. La hora del diablo, decía mi abuela cada que nos venía a visitar.
Escuché un gemido que terminó convirtiéndose en llanto, era quedo y tranquilo como el canto de las primeras gotas de lluvia que caen sobre las tejas, pero después se transformó en un caudal imposible de contener con las manos.
Vi su sombra recargada sobre la ventana, temblaba y se contorsionaba como el pabilo delgado de una vela que estaba a punto de apagarse.  Se dejó caer en el suelo, escuché el estruendo de sus rodillas sobre el adoquín. Me acerqué despacio y con el corazón latiendo fuerte.
Allí estaba él, limpiando con agua imaginaria sus manos repletas de sangre.
Hincado en la oscuridad y cubierto con su capa verde. No me veía, no me escuchaba, solo era capaz de sentir a los fantasmas que le rodeaban. Los perros comenzaron a aullar en el patio y en las casas vecinas. ¿También ellos eran capaces de verlos?
Me hinqué a su lado y tomé sus manos entre las mías. Aún recuerdo su rostro, aquella máscara de culpa y dolor. Los ojos hinchados y rojos y esas lágrimas que no dejaban de rodar hasta caer más abajo de aquél infierno adonde voluntariamente había caído mi padre. Sus labios vacilaban, las palabras se aferraban a sus cuerdas vocales para no salir. Después de todo ¿qué podrían decir? ¿Qué sílaba, qué frase, qué letra sería capaz de regresar el tiempo atrás?
Miró hacia el techo buscando consuelo para encontrar solo más oscuridad y silencio, el reflejo en el cual debería reflejarse durante toda su vida después de aquella noche.
Nos quedamos tumbados en el suelo frío escuchando las balas y las sirenas sonar una y otra vez en la distancia hasta que nuestros párpados se hicieron pesados. Los dos dormidos, los dos solos, los dos callados.
Cuando desperté, él ya se había ido. 
Lo busqué en su habitación y en el baño, en la cocina y en el patio. Mamá lloraba en un rincón mientras escuchaba la radio; sus cabellos estaban despeinados y su mirada vacía. Tomaba con rabia el uniforme de papá entre sus manos enrojecidas mientras su cuerpo temblaba de un lado a otro sin parar.
Un par de horas después llegó la tía Malena. Martín, el más chico de sus hijos, había desaparecido en uno de los camiones del ejército. La última vez que lo vieron iba con mi papá.
Él jamás regresó, Martín tampoco lo hizo.

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ESCOMBROS
Martín Campa

La ciudad sufre de una angustia oxidada
y se estremece llena de sombras
La ciudad, puro polvo y olor a pólvora,
se come su miseria con una pena indefinible.
Miren si no hay desastre más grande
en ese lugar donde se cocina la agonía
y los valientes olvidan su valor:
los hombres lloran sobre los escombros
de su patria
mientras le lavan la congoja a sus difuntos.
La desolación y la guerra siguen rondando
por las calles de esta madrugada de cobre
como perros que todavía no encuentran
un sitio donde puedan olvidar
la fría amargura de sus huesos.

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RELÁMPAGO
Martín Campa

Por las venas del relámpago
circulan también los gritos
del hombre que protesta;
esa muerte voraz
que a todas horas se fuma nuestro vaho
y esa tristeza de la piel oscura
que nos dejó la historia.
Por las venas del relámpago
cabe todo
aun el becerro de oro
bebiendo avaricia
en el estanque del banquero.
Anda y cabe todo,
será por eso que nos juntamos con el hombre
a pronunciar esta hambre
callada con promesas.

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DEL 68
Martín Campa

De la húmeda maternidad de los asfaltos
donde germinan las manifestaciones,
surge el pueblo.
De los toques de queda
de la fuerza maniática que solo da dolor;
desde el palco que es sangre
surgimos todos
los que del 68
cargamos los recuerdos.
Crecimos en silencio.

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AL PIE DEL ESCARLATA
Herminio Martínez

¿Y si la oscuridad fuese la luz con frío
buscando un colibrí para pedirle flores?

¿Si yo no fuera más que esta osamenta
al pie del escarlata que me grita
desde el lugar flexible de la sangre?

¿Y si las rosas resurgieran pronto
en la cola del aire que hoy nos cruza,
igual que un frío de lado a lado el alma?
Cuántos hocicos de animal exhalarían sus gritos
y qué de brincos diéramos
si a partir de  hoy no hubiera más ponzoña
sino épocas felices.

Cuántas cinturas se levantarían a fajarse el gozo.
Algún gusto con ubres.

Exclamo con el índice teñido
de tanto señalar mejillas pálidas
y de tanto pedirle al que no escucha
y de tanto mentársela al que miente
y de tanto señor que huele a ciénaga
y de tanta criatura que amanece
desayunando arena de los sueños
y descansa evidente y más fanática
de la muerte que ya zumba entre moscas.

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TLATELOLCO, 68
JAIME SABINES

1
Nadie sabe el número exacto de los muertos,
ni siquiera los asesinos,
ni siquiera el criminal,
(Ciertamente, ya llegó a la historia
este hombre pequeño por todas partes,
incapaz de todo menos del rencor.)

Tlatelolco será mencionado en los años que vienen
como hoy hablamos de Río Blanco y Cananea,
pero esto fue peor,
aquí han matado al pueblo:
no eran obreros parapetados en la huelga,
eran mujeres y niños, estudiantes,
jovencitos de quince años,
una muchacha que iba al cine,
una criatura en el vientre de su madre,
todos barridos, certeramente acribillados
por la metralla del Orden y la Justicia Social.
A los tres días, el ejército era la víctima de los
desalmados,
y el pueblo se aprestaba jubiloso
a celebrar las Olimpiadas, que darían gloria a México.

2
El crimen está allí,
Cubiertos de hojas de periódicos,
con televisores, con radios, con banderas olímpicas.
El aire denso, inmóvil,
el terror, la ignominia.
Alrededor las voces; el tránsito, la vida.
y el crimen está allí.

3
Habría que lavar no sólo el piso: la memoria.
Habría que quitarles los ojos a los que vimos,
asesinar también a los deudos,
que nadie llore, que no haya más testigos.
Pero la sangre echa raíces
y crece como un árbol en el tiempo.
La sangre en el cemento, en las paredes,
en una enredadera: nos salpica,
nos moja de vergüenza, de vergüenza, de vergüenza.
Las bocas de los muertos nos escupen
una perpetua sangre quieta.

4
Confiaremos en la mala memoria de la gente,
ordenaremos los restos,
perdonaremos a los sobrevivientes,
daremos libertad a los encarcelados,
seremos generosos, magnánimos y prudentes.
Nos han metido las ideas exóticas como una lavativa,
pero instauramos la paz,
consolidamos las instituciones;
los comerciantes están con nosotros,
los banqueros, los políticos auténticamente
(mexicanos,
los colegios particulares,
las personas respetables.
Hemos destruido la conjura,
aumentamos nuestro poder:
ya no nos caeremos de la cama
porque tendremos dulces sueños.

Tenemos Secretarios de Estado capaces
de transformar la mierda en esencias aromáticas,
diputados y senadores alquimistas,
líderes inefables, chulísimos,
un tropel de putos espirituales
enarbolando nuestra bandera gallardamente.
Aquí no ha pasado nada.
Comienza nuestro reino.

5
En las planchas de la Delegación están los cadáveres,
Semidesnudos, fríos, agujerados,
algunos con el rostro de un muerto.
Afuera, la gente se amontona, se impacienta,
espera no encontrar el suyo:
"Vaya usted a buscar a otra parte".

6
La juventud es el tema
dentro de la Revolución.
El Gobierno apadrina a los héroes.
El peso mexicano está firme
y el desarrollo del país es ascendente.
Siguen las tiras cómicas y los bandidos en la televisión.
Hemos demostrado al mundo que somos capaces,
respetuosos, hospitalarios, sensibles
(¡Qué Olimpiada maravillosa!),
y ahora vamos a seguir con el "Metro"
porque el progreso no puede detenerse.
Las mujeres, de rosa,
los hombres, de azul cielo,
desfilan los mexicanos en la unidad gloriosa
que construyen la patria de nuestros sueños.


*Textos publicados en El Sol del Bajío, domingo 2 de octubre, Celaya, Gto.

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