domingo, 9 de diciembre de 2012

TODOS LOS MESES SON DICIEMBRE

Sol del Bajío, domingo 9 de diciembre, 2012.

DIEZMO DE PALABRAS

TODOS LOS MESES SON DICIEMBRE

"Si vivir es durar, prefiero una canción de los Beatles a un Long Play de los Boston Pops."
Mafalda-Quino

Es el último mes del año, el mes doce que se llama diez. Y puede ser el último de nuestra vida, de todas las vidas; ya que se dice, se rumora, se cuenta, se especula, que en este mes se acaba el mundo -al menos tal como lo conocemos-, y entonces... ¿qué sigue?, ¿a dónde iremos?
Según algunos expertos, el calendario maya termina el 21 de diciembre de este año 2012, basados en la llamada cuenta larga donde los días y años son unidades de 20. Así, 20 días hacen un uinal, 18 uinales (360 días) hacen un tun, 20 tunes hacen un k'atun, y 20 katunes (144 000 días) hacen aproximadamente un b'ak'tun. En diciembre se cumplen 13 b'ak'tunes. Otros expertos opinan que el b'ak'tun 13 no es tan catastrófico sino que representa cambios a nivel espiritual y el calendario seguirá su marcha de nuevo. Pero ya sea por predicciones mayas, de la Nueva Era, de promotores del Apocalipsis, o de entusiastas del fenómeno extraterrestre –quienes dicen que habrá una invasión y las naves se aprecian ya dentro del sistema planetario solar-, o si chocaremos con el extraño planeta Nibiru, o si es que los polos intercambian su campo magnético –la llamada reversión geomagnética-, o si somos atormentados por volcanes eruptando lava o terremotos donde todo se colapse, todo mundo está preocupado o escéptico respecto a este diciembre que se llama diez. Si usted cree que ya viene el fin de todo y decide mudarse a Mérida para evitarlo, o si es escéptico y arma tremendo pachangón el día 21, lo único en que podemos estar todos de acuerdo, es en que éste es el tiempo de dar nuestro máximo esfuerzo. Hay que ser buenos ciudadanos, buenos padres y madres, buenos hijos, buenos amigos, buenos empleados, buenos patrones; es el momento de ser buenos vecinos, ayudar a los necesitados, esforzarnos por vivir nuestra vida como si de veras el fin del mundo estuviera a la vuelta de la esquina. Es momento de perdonar y de pedir perdón. Es el tiempo para acercarnos a ese maravilloso entorno de la fe, la que sea, la que nos motive y nos convenza. Ya se acaba el año 2012. Llegamos al decimotercer b'ak'tun, aunque todos los meses pueden ser diciembre.
¿Hiciste con tu vida algo que haya valido la pena?
Julio Edgar Méndez



VIERNES, DICIEMBRE
Por Rafael Palacios

Para Claudia Soad, con todo el amor del mundo…

Lo que realmente pasó cuando volví a Guanajuato fue que estuve despidiéndome, como siempre. Tengo mis gestos, me los sé y los conozco como míos, porque los repito miles de veces, en cada despedida o en cada oportunidad que existe para cerrar con un ciclo que me daña: Entrecierro los ojos y conforme me siento cercano, termino por cerrarlos por completo, respiro profundo, el estomago y el pecho se me inflan de manera continua, me sudan las manos, las pongo entrelazadas en mi nuca; como si no creyera que me estoy yendo. Porque he aprendido que la partida en mí, siempre es inevitable y es mejor esperarla en calma.
Me despedí de esa manera. Con los abrazos que hace años aprendí, que son los mismos que te di cuando llegué. Son unos abrazos donde hundo los dedos sobre la espalda y las costillas de la otra persona, y siento que las manos se convierten en una suerte de alambre de púas que enrollan el cuerpo y no dejan escapar. (Alguna vez te abracé así).
Antes bebí un par de cervezas y me quedé despierto toda la noche. Me puse a llorar, sin quererlo, en la banda del equipaje. Lloraba por ti: por las carreteras recorridas, por las noches de tormentas inclementes en Tampico, por las tardes de 40 grados a la sombra, por aquella ocasión en que duramos horas tirados con la frente al piso, implorando que aquella balacera, afuera de la torre de gobierno, acabara pronto, lloraba por los setenta y cinco muertos de San Fernando; lloraba porque tú pudiste ser la setenta y seis, por el doctor Torre Cantú y los sueños rotos; aniquilados en aquella carretera rumbo a Soto la Marina. Recordé todas las veces que recorrimos (paradójicamente), El Cielo, con el alma en un hilo; hice de tripas corazón porque otra vez me marchaba de un lugar y no había nadie ahí para despedirme. Recuerdo que la señorita de los boletos me miró con pena.
Ya en el avión, se sentó una señora que me preguntó a qué iba a Guanajuato. Yo le conté que vivía ahí contigo, en Guanajuato, que teníamos una gata llamada Velvet, que teníamos muchas plantas que tú cuidabas con esmero, y que me esperabas en el aeropuerto, dije que vivíamos en el centro de la ciudad, porque es fácil inventarse una vida en el centro de cualquier ciudad. (Alguna vez me inventé una vida en el centro de Ciudad Victoria).
La señora me preguntó por ti, me escuchaba con atención y entonces lo conté sobre la única cosa en la que no mentía. Te descubrí ante ella físicamente, tu acento del norte, como yo era para ti un “pelado” del Bajío, un “vato” muy raro, le conté de tu pelo rizado y enredado, como con cada llovizna se venía hacia tu mirada que todo lo llenaba, y la tapaba; tus ojos hermosos y claros, como de agua de río (esa extraña circunferencia que coronaba tu iris), tu risa de un color tenue y la timidez contrastante a quien eres en tu trabajo, ese carácter tuyo: rígido con los demás, pero suave cuando hablabas conmigo, tu manera de decidir en los momentos críticos y ese trato tan humano que siempre me atrajo desde que soñé despierto esa noche. Yo, un desastre de veintisiete años, con un pantalón desgarrado por donde escapaba la realidad y la tristeza; encontrándote a ti, imaginándote ya desde hace mucho tiempo y sin creer que estábamos ahí desde antes que lo pensáramos.
Estuvimos hablando un rato.
Era una señora grande, que quizá podría ser mi abuela. Y como ese viaje, volviendo de Ciudad Victoria era inventado, inventé que mi abuela lo era. Estuve con ella, atendiéndola, dándole la pastilla que me dijo, siempre tomaba previa a cualquier viaje. Le pedí agua a la azafata, se la serví y le di una almohada extra, mi abuela inventada me miró agradecida; cerró los ojos y pude ver como descansaba. Dormí sentado cerca de una extraña, pero sabiendo que era lo único que podía aferrarme en ese momento de vacío y soledad, sabiendo que abajo me esperaba Guanajuato, sin ti.
Pensaba en todo, en mi familia, en la Tamaulipas que se escribe con Z, en la Tamaulipas que todo lo da y todo lo quita, en ti y la Secretaria del Medio Ambiente, en los peritajes ambientales y las gasolineras, en como tuvimos que salir corriendo, cuando pasamos por Reynosa para no ser decapitados por los narcos, en como en realidad, te perdí en San Fernando; en mi abuela de mentira, en Guanajuato y sus plazas y túneles, en el aeropuerto y sus sillones fríos, en mis amigos que ahora están en Veracruz, en el Distrito Federal, en Guadalajara, en París y San Salvador; pensaba en mis lágrimas de la banda del equipaje y las palabras que nos decíamos en el centro de Guanajuato donde tú y yo teníamos una gata que se llamaba Velvet y vivíamos en un departamento en el centro de una ciudad inventada. Un dolor de cabeza intenso me tenía con insomnio, pude leer un poco, pero el periódico me recordó la realidad que viví; preferí mantenerme sentado, con los ojos cerrados.
Estaba débil. Era el final de ese mes de asco. Veía toda la arboleda del Bajío desde muy alto. Miraba todo lo que hay: enormes sembradíos de trigo y sorgo, carreteras rectas, puentes recién hechos; Celaya como siempre, en obra negra. Veía desde lejos a una ciudad que aunque no es la mía, la amo como si lo fuera, una ciudad que nunca volveré a ver desde tan alto.
Aterrizamos. El golpe contra la pista me despertó de mis pensamientos y me sacó del vacío que tenía dentro. Mi corazón flotaba en el aire. El dolor de cabeza se había esfumado, pero el del alma, estaba por aflorar.
Salí con mi pequeña mochila, donde cabe todo mi mundo. Miré para todos lados porque quizá ese día coinciden las vidas inventadas con las reales y de momento, la existencia tiene sentido. Pero solo un montón de extraños abrazándose y seguramente entrelazándose como si sus dedos fueran alambres de púas, aferrándose al cuerpo del otro.
Avisé por teléfono que había llegado con bien, en casa, una voz adormilada sólo me respondió, “¿para eso me despertaste?”. Un señor amable me dijo que mi mochila iba abierta, esa mochila que ando trayendo en todo mi ajetreo, ese morral que me hace creer que mi vida cabe en ese espacio reducido, que me da esa sensación de tranquilidad porque a veces pienso que no tengo pasado inmediato, nada detrás de mí; pero otras, mi mochila me hace creer que llevo miles de ladrillos en ella y me pesa, que llevo varios cadáveres arrastrando, entonces, tener mi mochila en los hombros duele mucho.
Tome un camión directo del Benito Juárez a Guanajuato. Aguanté las ganas de llorar al pasar por el parque, luego, el Cubilete que me provoca tanta pena porque parece que me recibe con los brazos abiertos, pero los recuerdos se agolpan terribles y lamento seguir aquí, sin poder hacer algo bueno por mí o por la gente. Anochece y hace frio, es diciembre en Guanajuato.
Llegué a la Plaza del Baratillo buscando mi antigua banca, donde tallé con un vidrio de cerveza, una G y una C... o es qué sólo imaginé qué en Guanajuato tenía una banca en una plaza, tallada con un vidrio de cerveza. Vi que era muy tarde y que ni siquiera había turistas insomnes en la calle, caminé a mi casa en el centro, vacié mi mochila llegando, sin Velvet, sin plantas, sin ti; amaneciendo.

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EL VESTIDO
Por Estrella Méndez M.

         Lo vio por primera vez, cuando recién cumplió sus dieciséis primaveras de existencia. Fue en una mañana como cualquier otra, de camino a la casa después de sus clases, pensando con hambre en el almuerzo que seguro ya le esperaba en la mesa de su comedor. Su mirada divagó por las vitrinas de las tiendas de esa gran avenida. En uno de esos ventanales, estaba un maniquí, luciendo muy coqueto -pero seguramente sin darle la belleza que en ella sí tendría- un vestido amarillo. Pero no era cualquier vestido, no era ni de noche  ni de coctel, y aunque sólo poniéndole unos cuantos accesorios podría usarse adecuadamente, tampoco era un vestido de verano, de esos que ya todo mundo tenía como otros veinte en el closet. No, ese vestido era único, al menos a los ojos de Natalia. Ése era SU vestido, el que la haría lucir bella, aún cuando se sintiera mal. Era el  vestido con el que conquistaría a su futuro marido e impresionaría a sus futuros suegros en las fiestas navideñas. En pocas palabras, ese vestido era su futuro y su cordura.
Posiblemente estuvo de pie, frente al escaparate, durante una hora entera antes de reaccionar y entrar a la tienda para buscar conseguirlo. Grande fue su desilusión al toparse con que ya sólo tenían tres iguales y ninguno era de su talla, pero ante la promesa de que al día siguiente posiblemente tendrían más, se apuró de vuelta a su casa para contarle a su madre tal descubrimiento.
Al día siguiente volvió a la tienda y luego al siguiente y al siguiente, así durante semanas, que luego se volvieron meses y no llegaba su vestido amarillo. Hasta que un día, incluso el maniquí desapareció, junto con la tienda que cerró sus puertas. Natalia quedó destrozada. Sólo pensaba en localizar su vestido. Cayó en una depresión que preocupó a todos los que la conocían. Finalmente, casi un año después, logró volver a ser ella misma y seguir su vida. Pero sin que nadie lo supiera, seguía atenta, esperando volver a encontrar su vestido.

Los años pasaron, la vida siguió, las primaveras fueron y vinieron, a veces lentas y otras demasiado rápidas. Viajó, vivió, conoció otros lugares, otras costumbres y el deseo por su vestido se fue quedando cada vez más lejano.
Iba a cumplir treinta años esa mañana de abril y salió a pasear, buscando por las tiendas algo que darse de regalo a sí misma. Se detuvo de pronto, cuando sus ojos captaron la visión de un hermoso vestido amarillo, SU vestido amarillo.  Aquél vestido que era su futuro y su cordura, aquél que le abriría las puertas en su nuevo trabajo, que le ayudaría a conquistar al hombre de sus sueños, aquél…
No escuchó el grito de las personas que intentaron detenerla cuando, como sonámbula, comenzó a cruzar la calle mirando fijamente el vestido en la ventana de la tienda, ni sintió la sombra de las manos que intentaron alcanzarla para alejarla del paso arrollador del camión. Natalia sólo tuvo ojos para SU vestido amarillo, aquél que no pudo ser suyo ni lo sería ya jamás.

1 comentario:

  1. Rafael; Gracias por las letras; Gracias por todo. Si que le hiciste cambios; realidades tan crudas que parecen cuentos dentro del cuento mismo. Sin tiempo ni distancia, estoy contigo. Con infinito cariño, tuya. Claudia Soad

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