domingo, 2 de agosto de 2015

IN MEMORIAM


IN MEMORIAM

“Fue una noche increíble y mal sentada
debajo de la lluvia y sus vocales,
gritándonos a chorros tantas sílabas”.
Herminio Martínez (+)13 de marzo 1949 – 17 de agosto 2014

LA PUERTA
Herminio Martínez (+)

La luz de la sala se veía encendida cuando los vecinos oyeron la ambulancia; fue lo que me dijeron antes de las diez, cuando en su camioneta Libia Nájera me llevó a la casa. Habíamos ido a tomarnos un café; con frecuencia lo hacemos; hay temas de qué hablar y deliciosas galletillas en El Céfiros.
 Algunos aseguran que se escuchó un disparo, otros que dos o tal vez tres. Como haya sido, el caballero llevaba ya veinte minutos de haber muerto… Fue la opinión del médico. Y en cuanto llegué supe la noticia: “Ya se lo llevaron”. “Iba con la cabeza destrozada”... “Lo sentimos, señora”. “La acompañamos en su pena, doña Brígida”.
 Entré, olí la sangre, dije: “¿Qué pasó?”… “Cualquiera diría que fue un suicidio”, murmuró Rosita, la empleada del servicio, aquí presente. Al principio pensé que era una más de sus hipótesis. Le tengo prohibido hablar e irse de la casa si no le he dado la orden. “Escuché la explosión, corrí asustada –comentó la mucama, ahogándose-, vinieron los vecinos, la ambulancia… Pienso que se mató, señora”.  “¡No digas eso! ¡Juan Carlos era un ángel, Rosa! Me parece increíble que haya tenido valor para accionar el arma. ¡No!”, concluí, observándola.
Les digo la verdad, Juan Carlos era un marido fiel, muy obediente y responsable. Un ángel, a su modo. Nos amábamos desde que los martes me llevaba flores, ¡uf! Lo que son las cosas, ahora seré yo quien se las tenga que llevar cada año hasta su tumba. Espero no sean muchas, porque de ahora en adelante, con su pensión, no alcanzaré a vivir. A cambio, ya no tendré que decirle no entres a la casa con zapatos, no sudes, no hagas ese molesto ruido al masticar, no leas, no escribas mientras esté durmiendo, no ronques, no sueñes, no cenes, no comas ajo, no molestes a los pájaros, no guardes en mis cajones tus camisas, no fumes, no reces, no declames, deja en paz a los gatos, no te muevas, no uses el teléfono, porque está por llamarme Berenice. Ah, porque para eso sí que era un fastidio… No cruces las piernas al hablar, no te rasures las patillas, córtate la uñas, ponte pomada para el pie de atleta, mañana voy a teñirte el pelo como a mí me gusta, ya no te pongas ese pantalón ridículo, no vayas a la plaza, no te levantes tan temprano, líjate los talones antes de que te metas a las sábanas; ¿por qué no te mudas definitivamente a la otra habitación? ¡No te bañes desnudo, no sea que Rosa María entre a la recámara!
No tuvimos hijos, pero sí cuarenta y nueve años de felicidad matrimonial. A veces discutíamos. Antier fue nada más una de tantas, aunque en esta ocasión lo sentí más débil, menos resistente, como si estuviera ya vencido: “¡Estúpido! –le grité-. La blanca es más bonita. Es la que a mí me gusta, la del vitral con alcatraces rojos. No quiero otra; la que tú has señalado es de mal gusto”. El sol era tan viejo al medio día. Quiero decir que el resplandor me pareció más amarillo que otras tardes, igual que las facciones de Juan Carlos. Habíamos ido a elegir la nueva puerta de la sala; pensábamos cambiarla, mejor dicho yo lo decidí. “Antes de la llegada de las lluvias, tendremos una nueva puerta. La que tenemos ya no gira; raspa el piso”, le comenté después del desayuno. “De acuerdo, Brígida –respondió-, iremos cuando regrese de la loma; voy a ver si los becerros del Parchado no se han metido a la parcela”. Y sí, se fue temprano para estar pronto de regreso e irnos a la ciudad. No piensen que soy frívola, sencillamente tengo mejores gustos y él…, bueno, por algo se murió ¿verdad?, porque hasta para vivir hay que tener carácter. Era un marido muy viril, de eso no hay duda, aunque siempre corriendo como una gallina sin cabeza.
Los vecinos son víboras, a veces cuervos, no hay que creerles todo, habrán dicho de mí: “Genio tan fuerte como el de la señora, sólo el mal tequila”. “En una crisis de violentas lágrimas lo empujó a morir”. “Para el pobre señor fue como un negro día de calabazas e ira”. ¡Malvados! Los conozco bien. Es envidia. Él me temía pero también me amaba. Las frías fuentes de su miedo fueron las que lo condujeron a morir.
Cuando íbamos, lo sentí manejar sin novedad; el motor del vehículo ¡perfecto!, hasta que nos estacionamos y nos metimos a la tienda, donde, si no se hubiese puesto a discutir, a dar puntos de vista, a pronunciar contrariedades, el dueño del negocio de inmediato hubiese mandado colocar aquélla puerta y ni Rosa María ni yo estuviéramos aquí esperándolo.
¡Ya entreguen el cadáver! Al fin que de todas maneras tarde o temprano habría de suceder. Morirse es pan de cada día. ¿Por qué tantas preguntas?  ¡Vamos a darnos prisa! Porque, aunque cansadas y con sueño, no vamos a dormir. Y todavía tenemos que velarlo.



DIEZMO DE SECTARIOS
Miguel Sánchez Martínez

     Ha quedado impreso en mi memoria como el octavo día. Un día antes fue lunes y uno después martes. Ese lapso de 24 horas, no lo puedo precisar con fecha. Había transcurrido con toda normalidad, hasta el atardecer.
Llegué al edificio del siglo XVI. El portón estaba entreabierto. Decidí pasar. El escritorio del maestro se hallaba vacío. En la sala donde se imparte el taller literario tampoco había nadie.
     Miré mi reloj. Aún faltaban quince minutos para las seis. Comencé a husmear los títulos de las obras acomodadas en los libreros, para dejar correr el tiempo. Eran libros viejos, con las portadas deslustradas. Sus temas eran principalmente de arquitectura, historia y arte tanto de Guanajuato como de sus municipios. Al oír pasos a mis espaldas, me volví para saludar.
    —Buenas tardes.
     Se trataba de un hombre de la tercera edad, con saco viejo y oscuro; una imagen de la santa muerte colgaba de su cuello; en la frente llevaba una cinta negra con una estrella dorada en el centro. Juntó ambas manos en su pecho. Se inclinó ligeramente hacia mí para murmurar algo ininteligible. Acto seguido, ocupó una silla. Al ver a tan singular personaje, con las mejillas hundidas, la mirada fija  al frente, totalmente inmóvil, recordé al maestro, había comentado que esporádicamente se acercaban al taller personas extravagantes. Se dan aires de místicos y creen que sus confusas e incomprensibles reflexiones, producto de mentes dislocadas, son dignos de ser escuchados y trascender mediante la edición impresa. Inmediatamente me tranquilicé,   el maestro Herminio nos había dicho que estos loquitos eran inofensivos. 
     Tomé un libro cuyo título me llamó la atención. Me senté a leer. El primer capítulo hablaba sobre las ramificaciones de túneles, se encuentran bajo las calles y edificaciones de la zona centro de Celaya. Su lugar de eclosión es el templo del Carmen. Leía maravillado las descripciones de esos pasadizos subterráneos, lúgubres y fríos. Mi mente exaltada imaginaba sus posibles usos dados por los clérigos en el pasado. Yo tal vez algo ingenuo, creía que habían sido usados exclusivamente en situaciones de extremo peligro, para poner a salvo su integridad, como en la guerra cristera o revolución. Pero el autor, quizá mejor documentado o con una imaginación más tétrica, daba como posibles teorías, que dichos subterráneos pudieron haber servido para ocultar, proferir dolor y hasta desaparecer a  enemigos de la iglesia o del gobierno en turno. Ofrecía una explicación minuciosa, de una serie de torturas físicas y psicológicas aplicadas a los pobres infortunados, quienes no comulgaban con las ideas clericales o políticas de su época. Yo sabía que algunos historiadores fantasean, para impregnar de interés sus publicaciones. Pero, debo confesar, la narración me fascinó sobremanera.
     Cuando leo tengo muy desarrollada la capacidad de concentración, me aíslo como en una esfera hermética. Permanezco a salvo de cualquier turbación provocada por algún ruido o ligero contacto físico. Debido a esto, no me  percaté de que el recinto se había ido llenando paulatinamente. Al dejar la lectura y observar a mi alrededor, la sorpresa me expandió los ojos, al ver la mesa poblada con una decena de individuos. Aunque esto era común todos los martes, no obstante, recorrí con la vista los rostros de esos hombres y mujeres y en ningún lado se encontraba Rosaura, Diana, Enrique, Rafael, Edgar o algún otro compañero conocido. En su lugar había una fracción del manicomio. Estos singulares personajes, tanto por su atuendo como por sus facciones, transmitían desconcierto y aversión. Una mujer cubría su cabellera con un velo negro. Su maquillaje,  tan sobrecargado, le daba una palidez sólo comparable con un cadáver. Un joven de camisa de manga corta, presentaba cicatrices en ambos brazos. Todos traían alguna imagen del maligno, ya sea en un anillo, en una pulsera o en un collar. En sus ropas llevaban imágenes de estrellas, lunas, cometas o algo asociado con las constelaciones. Se mantenían expectantes. La ansiedad, la incertidumbre y la angustia se veían representadas en esas caras. Observaban con fijeza al frente. Algo percibí en esas miradas profundas. Dirigí mi vista hacia los ojos de un hombre obeso de barba larga y desaliñada. En ningún momento parpadeó durante los minutos que lo observé. Al  sentir intromisión de mi parte, movió su cuello hasta  quedar sus ojos fijos en los míos. Nadie hablaba. El único movimiento percibido por mí fue el del cuello del gordo barbudo. Si me hubiesen dicho que me encontraba en un museo de cera, de verdad lo habría creído.
     Mi mente comenzó a trabajar, le achacaba a un error mío la inverosimilitud de lo que estaba ocurriendo. Tal vez no era martes, quizá me había equivocado de día y fui cuando el recinto colonial era utilizado por alguna secta religiosa, para que hiciese contrapeso con su original uso católico, en señal de apertura y de pluralidad de creencias.
     ¡Un extraño ruido proveniente del piso me sacó de cavilaciones! Un individuo extremadamente delgado y alto, se puso de pie y levantó una puerta del suelo. Inmediatamente recordé los túneles misteriosos. Vi emerger un hombre ataviado con traje negro y corbata roja. Se cubría el rostro con una capucha gris. Con su mano derecha se apoyaba en un bastón, dicho objeto tenía la cabeza de una víbora. en su empuñadura.
     Las veladoras de colores usadas cada semana para ambientar nuestras tertulias literarias, fueron sustituidas por velas negras. El hombre de la capucha comenzó a hablar en una lengua desconocida. Por la entonación, tal vez era latín. Por momentos los sectarios se ponían de pie, alzaban los brazos y pronunciaban alguna palabra rara, para después volver a sentarse. Yo me limitaba a ser espectador. Mi curiosidad inicial fue sustituida por la incomodidad. Hube de reconocer que si había un loco presente, ese era yo. Fuese o no martes me encontraba fuera de lugar, como pez en un aviario. Me paré con la intención de salir. Un fuerte bastonazo sobre la mesa, acompañado de la imperativa frase «¡todos sentados!», me hizo retornar al asiento. Mi corazón latió con fuerza.
     Se oyeron nuevos golpes en el piso. La puerta volvió a ser abierta. De los túneles apareció una mujer con la cara pintada de morado, enfundada en un vestido demasiado largo que le cubría los zapatos. Con sus brazos blancos y gruesos sostenía algo cubierto por una sábana de bebé, lo colocó en la mesa, frente al encapuchado.
     La ceremonia continuó. Ahora comenzaron a hablar en español. Los presentes se paraban ante una palabra reveladora, para sentarse enseguida. Escuché frases sueltas, anudándolas se enrollaron en mi pecho, oprimiéndolo lo suficiente hasta hacer brotar escozor.
    —¡Liberémoslo!
    —Hoy es el día.
    —Estamos preparados.
    —¡Liberación!
    —Nuestros cuerpos tangibles no pueden manipular las acciones en este mundo.
    —Liberémoslo.
    —¿Cómo lo haremos, Maestro?
    —Es hora de que las tinieblas gobiernen.
    —Un alma inocente le abrirá las puertas de este mundo.
    —Inmolación, inmolación.
     El encapuchado, de una bolsa de su saco, extrajo una daga de tres filos. Del bulto cubierto por la sábana salía el llanto de un niño.
    —Inmolación.
    —Un alma inocente lo liberará.
     La daga fue levantada con ambas manos. El peligro transmitió agilidad y rapidez a mis extremidades. La daga bajó con gran velocidad hasta abrir grietas en el cristal de la mesa. Hubo gritos de indignación y rabia, al ver cómo yo había alcanzado a retirar al niño, para después huir a toda prisa.
     Corrí por el boulevard en línea recta. Mis zapatos hacían contacto con charcos. Las gotas de agua humedecían mi pantalón. La lluvia había dejado desiertas las calles. Continué mi agitada carrera por varias cuadras sin ver un solo peatón, ni siquiera un policía a quien pedirle auxilio.
     Finalmente me detuve. Miré hacia atrás y a todos lados. Aparentemente nadie me seguía. Sin embargo, esta percepción no fue suficiente para detener el temblor de mi cuerpo. Me senté en la banca de una parada de autobuses. Enternecido por los sentidos lloriqueos del bebé, retiré una parte de la sábana para descubrirle su carita. ¡El susto y la repelencia me hicieron arrojar el bulto! Al caer al pavimento, de la sábana salió un felino. Se acercó a las casas para trepar por una barda.
     Lo vi alejarse por las azoteas. Con gran agilidad bordeaba los tinacos y se impulsaba hacia techos de diferente nivel. Se mimetizó con las tinieblas de la noche, hasta perderse de mi vista.


**Miguel Sánchez Martínez es miembro del Taller Literario Diezmo de Palabras. Es un excelente narrador de historias de misterio y terror. Es originario de Cortazar. Ha sido publicado en varias antologías dentro y fuera de México. Su libro más reciente es “El libro de los terrores” de 12 Editorial.

domingo, 26 de julio de 2015

LAS RAÍCES DEL PEÑERO (SEGUNDA PARTE)

LAS RAÍCES DEL PEÑERO
Poetas de Rincón de Tamayo
(SEGUNDA PARTE)

Pueblo tan arrinconado en las faldas de los cerros: El Pelón, Picacho, Tres Peñas, Los Huesos y por si fuera poco las Barrancas de las Ánimas y del Beato. Hablar de Rincón de Tamayo es respirar a mi pueblo, añorar la nostalgia, mirar sus cerros verdes y sus cuevas. Un lugar donde el tiempo se ha detenido porque la gente guarda sus tradiciones, la belleza y nobleza de sus corazones. Un pueblo donde las fiestas religiosas predominan, endulzadas con sus tradicionales charamuscas. La historia pasa de generación en generación en esas tardes frescas en la puerta de las casas con niños y sus familias. Los abuelos guardan una fortuna en sus memorias y la regalan con humildad.
“La Antigua Pirámide Olvidada” que Pascual Juárez decía en sus versos: “Rincón de Tamayo no era la tierra de Moisés ni la tierra prometida, pero tenía más que eso. Aquí se cautivaba la luz, se filtraba el verso y sus aguas perfumaban las entrañas de la tierra. Aquí donde seguimos reclamando la dignidad de nuestra sangre y el color oxidado que tiene nuestra raza.” Una maravillosa forma de ver las cosas que sólo un poeta humano y enamorado de la tierra puede describir.
También Sarita Montoya Patiño nació aquí, en estas tierras tamayenses y es poeta que le habla al mundo y a la vida en sus excelsas letras.
Hablar de Rincón de Tamayo es hablar también de Martín Campa; de “Lugar de Polvo”, “El Peñero”, “Arroyo del varal”. Es hablar de sus antepasados, dejando una maravillosa constelación en versos e historia. Martín tiene su piel en los cerros y la memoria en sus piedras: “Lugar de polvo luminoso, entre la ramazón de la llovizna, donde vuelan las parvadas al viento. Rincón de cerros celosos adonde un día llegó el indígena otomí, como dios de barro, a modelar todas las flores”. Rincón de Tamayo, un lugar de humildes reyes que guardan un invaluable tesoro.
Rosaura Tamayo Ochoa

* Rosaura Tamayo Ochoa es una artista celayense muy completa. Acuarelista con muchos años de trayectoria, ha participado en más de 80 exposiciones individuales y colectivas. Como poeta y escritora de narrativa breve ha sido publicada en más de 30 antologías en México y el extranjero. Es parte del Taller Literario Diezmo de Palabras.


LA ANTIGUA PIRÁMIDE OLVIDADA
Pascual Juárez Galván (+)

Tamayo no es la tierra prometida.
No, este pueblo no es la tierra prometida.
Es un rincón de la llanura transparente del bajío,
aquí es el cautiverio de la luz,
donde los hombres cosechamos uva, cosechamos maíz,
naranjas, romeros y espigas amarillas de oro
en los campos de mayo, allá cuando madura el trigo.
Tamayo no es la tierra de Moisés
y de sus rocas se filtran los veneros
de inusitadas aguas cristalinas, que bajan y se tienden
a perfumar la entraña de esta tierra,
de esta tierra tan cerca del trabajo
y tan cerca de la Patria.
Nuestros montes no son montes con ríos,
pero en mayo o en junio, nuestros montes
se vuelven alfareros y se hacen alforjas de agua,
y con polvo de roca nuestras montañas inventan aguaceros
y aparece la hierba y aparecen las flores de olivo
y huele a campo verde.
Se escuchan mugidos de ganado
y aparece el paisaje de los lirios.
Tamayo no es Egipto.
No, aquí no conocemos a la estirpe de Jacob.
Este pueblo es la antigua pirámide olvidada,
construida por viejos faraones
para tocar el sol cada mañana.
Aquí están suspendidas las estrellas.
Aquí duerme la luna en la penumbra quieta
de los tejados medievales.
Aquí se detienen los crepúsculos
a contemplar los rebaños y las flores
entre aromas de piso, entre aroma de pan
y pláticas bucólicas de viejos labradores.
Tamayo no es tierra de profetas;
por esta tierra jamás pasó David.
En este pueblo nunca vivió Daniel.
Este pueblo es la casa divina del poeta
a donde llega Cristo los jueves de pasión,
y lo detienen unos judíos y sayones inventados
y, sin saber por qué, permanece cautivo
toda la noche entera, y una revuelta de escribas
y guardias pretorianos lo acusan sin vergüenza,
y a las tres de la tarde lo crucifican cada viernes santo.
Nosotros no vivimos en la tierra prometida;
no conocimos a Josué y sin embargo somos alfareros
que hacemos miel de piedra.
Sí, aquí los alfareros hacemos miel de piedra,
hacemos miel de humo, de alcayata y de leña.
Tamayo no es la Alcarria.
Por aquí no ha pasado Don Quijote…
Sólo han pasado los peregrinos de la gran Aztlán
cuando iban conducidos por una enorme águila.
Nosotros no sabemos de guardias alabarderos,
que custodiaron los palacios de la antigua España.
Nosotros llevamos la casta perdurable
de nuestros dioses olvidados en su recuerdo.
Seguimos reclamando la dignidad de nuestra sangre,
y el color oxidado que tiene nuestra raza.
Caminante de América, tú te puedes llevar el péndulo
del viento que acaricia este valle
y arrulla mis cañadas.
Puedes llevarte el canto de mis aves,
mis paisajes de trébol y los acantilados
que tienen mis montañas,
pero nunca me robes éstas mis alegrías
ni la cárcel del sol ni el cesto musulmán
que tienen estas cúpulas
que a lo lejos parecen calandrias amarillas.


FINAL
Sarita Montoya

Cuando llegue al final de mi existencia
deseo llegar a verte Jesús mío,
que me envuelva el amor de tu clemencia…
que perdones mi deuda… y mi desvío.
Yo que voy caminando por la vida
sin dolerme tus llagas… ni tu cruz,
sin sentir del dolor de tu honda herida
ni de ver de tus ojos… esa luz.

Yo que he sido mezquina e indiferente,
que te niego el perfume de una flor,
que no me inclina la realeza de tu frente
ni conozco de las huellas de tu amor.

Yo que soy de esas almas incoloras
que no toman en cuenta al rubio sol,
que no saben del fulgor de tus auroras
que al mundo han incendiado en su arrebol.
Que no sé de tus cauces de ternura,
de tus manos de tibia suavidad,
que no he probado la miel de tu dulzura
ni me ha cegado tu hermosa claridad.
Que deshojo los rosales de mi huerto
a los pies de cualquier embajador,
que me niego a embalsamar tu cuerpo muerto
que todos los días va matando mi rencor.
Que sembré las semillas de los trigos
en las tierras cubiertas de maleza,
que olvidé tu convite a los amigos…
y no supe llegarme hasta tu mesa.
Que cien veces me diste la aldabada
perdonando la torpeza de mi olvido,
que no quise volverme a tu mirada…
y me hice sorda al clamor de tu gemido.
Y tú estabas ofreciéndome tu brazo
y esperando a que yo me decidiera,
no importando lo tardo de mi paso…
y deseando que al fin yo te siguiera.
Y dejé que te fueras aquel día
que tu voz me llamaba dulcemente…
¿Cómo puedes perdonar mi cobardía
si te hirió mi rechazo tan cruelmente?
Si no quise de tus aguas cristalinas
ni de tu ánfora divina de ambrosía,
si tuve miedo del dolor de tus espinas
si de nuevo me hablaras… ¿qué diría?
Ahora, como entonces, el rechazo;
ahora, como ayer, ¿me negaría?
¿No pondrías tu brazo, con mi brazo?
Tu amante corazón… ¿aún me querría?
Ay, de mí, que una vez tú te marchaste
dejándome en aquella encrucijada,
¿acaso en ese tiempo, disculpaste
la infinita miseria de mi nada?

Perdona mi obstinada indiferencia,
suplicante te lo pido, oh Jesús mío,
que me envuelva el amor de tu clemencia,
que se borre mi osado desvarío.

Que me venza la ternura de tus ojos
y sea cual vino nuevo de tu huerto,
que me hieras los pies con tus abrojos
por las veces que olvidé que estabas muerto.

Que me sangren las manos como herida
y que pueda tocar tu pecho casto
y sea bueno lo poco que en mi vida
hoy te pueda ofrecer como holocausto.

No importando que me des el latigazo
si a tu enojo, sobrepasase tu amor,
y me dejas descansar en tu regazo…
perdonando el agravio, mi Señor.


LUGAR DE POLVO
Martín Campa Martínez

UNO
Rincón de Tamayo, pueblo luminoso
entre la ramazón de la llovizna.
Monte donde la tarde olvida su maravilloso acento.
Sitio donde el arroyo crece a la orilla de las penas
y con su mágico canto regocija las húmedas venas del baldío.
Inmensa roca: caparazón de tortuga,
donde seres lumínicos cazan saltamontes
para ataviarse con lo verde de esa carne.
Brazo de elote donde los arrieros mitigan la sed de su pobreza
con amargos cactus curativos.
Camino donde vuelan las parvadas al viento
mientras la tristeza recorre el mezquital.
Rincón de cerros celosos
adonde un día llegó el indígena otomí,
como dios de barro, a modelar todas las flores.

DOS
Esta es la parcela que nos vio nacer.
La que nos cobijó con sus girasoles sin esperar nada a cambio.
Esta es la piedra angular que ha visto crecer nuestras historias.
La que reinventó sus vertebras
y las transformó en interminable llamarada
para poder curar nuestras penas.
Esta es la raíz sempiterna del progreso.
La arteria aromática por la que corre el mundo
hasta la dulce inmensidad del pozo.
La hojarasca donde nos volvemos artesanos
para moldear los temporales
que vendrán a mojar las fértiles parcelas
donde pronto crecerán las espigas de la tarde.

TRES
Huizachal en reposo.
Colibrí que con su pico ilumina la tarde.
Cerro de agua y pedernales.
Tierra oscura germinando bajo el inmenso sol de junio.
Flor que guarda entre sus pétalos
el húmedo nombre de las ánimas.
Palabra con sabor a tuna, ciruelilla o pulque.
Lugar de neblina, grillos y carrizos.
Monasterio de víboras y magueyes.
Vientre de corteza amarga de donde brotan los tlacuaches.
Madre de los que arrean al viento
y endulzan su faena con un canto de cenzontle.
Lugar de polvo callado,
pájaros en parvadas de sol
y olor sabroso de aguacero.
Llano que olvida el color de su tragedia
para despedir los pasos de esos hombres
que se marchan a buscar nuevos atardeceres.

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EL PEÑERO
Martín Campa Martínez

Por este camino donde el escorpión duerme
se ve adelante El Peñero:
sitio de mezquites
y nopales que las doncellas comen
para conservar los sueños;
carne verde y sustanciosa,
remedio para los de alma seca.

Por este sendero los carretones avanzan
y las víboras huyen
escondiéndose de los hombres.
Avanzan llenos de gente blanca
y objetos extraños,
conducidos por seres que los hacen correr más rápido
que un hechizo de chamán.

Se detienen,
el viento esparce la avaricia de los frailes,
alguien grita que adelante están los tajos,
una doncella asombrada: María Isabel Tamayo,
observa el vuelo húmedo de un zenzontle,
y los carretones, pesados, siguen su camino.

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ARROYO DEL VARAL
Martín Campa Martínez

Crece el agua
sobre los labios entreabiertos del peñasco.
Murmullo de zenzontles
que humedece la sed de las personas.
Flor con sonidos nuevos,
órgano en el corazón de la barranca,
entre el sabino en donde todavía duermen los dioses
y el frágil tallo
donde pone sus ángeles la tarde.
Canto sobre la orilla de tu piel
porque tú y yo nacimos en el mismo cántaro.
Danzo por ti
y por la transparente lengua del laurel.
Esparzo mi alegría porque quiero
que conserves tu nombre
y tu pupila fértil.
Ya la noche se agita entre tus brazos;
soñé que padecías de mal tiempo,
que te rompían los brazos
y echaban basura en tus raíces,
y te mordían las venas y los dedos
y que, de pronto,

la sequía se desbordaba a fustigarnos.

domingo, 19 de julio de 2015

CIRCO, MAROMA Y TEATRO


CIRCO, MAROMA Y TEATRO

—Bienvenido al circo brigada. Le aseguro que no se va a aburrir.
De eso no me cabía duda. Lo que me preguntaba era si me tocaría hacer de payaso como de costumbre, o de comida para el tigre.
Lorenzo Silva, autor español.


RAYAS
Herminio Martínez

—¡Don Plácido! -exclamé al ver al hombre sentado delante nada menos que de la jaula de los tigres-. Pero hombre de Dios, ¿qué hace usted aquí? Se va a resfriar.
—Cuidándolo… -respondió él con una tristeza que me dio lástima-. Es lo que hago desde hace… ocho años.
—¿A quién, qué cosa, hombre?
—A mi hijo… -sollozó-. Desde ése día vago detrás de él, de feria en feria y de pueblo en pueblo.
—Vamos –le dije, poniéndome a su lado-. Usted ya no está para estos trotes. Déjelo que haga por la vida él solo. Somos de la misma edad, si acaso uno o dos meses… En muchas ocasiones Luis Manuel me comentó que su mayor deseo era trabajar en algún circo, ¡de verdad, don Plácido! Si ya está aquí, pues déjelo.
—¡Hasta que muera él o muera yo será éste mi destino! –argumentó tajante y comenzó a llorar.
Al terminar la telesecundaria, como lo hicimos los demás, Luis Manuel sintió el deseo de irse a la ciudad. En el pueblo no había bachillerato, pero don Plácido se opuso con argumentos que a nadie convencían: “Te vas a pervertir. Lo único que los jóvenes hacen allí es divertirse; se van con las mujeres, no estudian, fuman, beben, duermen en el antro. ¡No! Tu madre ha muerto, somos nada más tú y yo, pero tenemos tierras, ganado, las gallinas, este tractor. ¡A trabajar se ha dicho, a trabajar!”. Fue su respuesta. Pero Luis Manuel de todas maneras se las ingenió para inscribirse conmigo en el bachillerato, al que estuvo asistiendo hasta que definitivamente se perdió; es decir, ya no lo vimos más.
—Sucedió en ese tiempo…-continuó el hombre-. Cuando me desobedeció para irse a la ciudad. Sé que iba contento y que iba bien. Hasta que se lo prohibí definitivamente, advirtiéndole. “¡Y si no me escuchas, te va a caer mi maldición! ¡Serás un perro!”… Y en perro se trasformó mi hijo.
—Oiga… -iba a hablar, pero don Plácido no interrumpió el relato.
—Permíteme, Isaías; por favor escúchame; tú estuviste con él; lo conociste; era un muchacho noble, bueno, amoroso… Muy sonriente.
—¿Un perro? –insistí.
—¡Un perro! ¿Te das cuenta? –continuó-. A nadie, jamás, le revelé el secreto. Nada más a ti. Y no, no desapareció, ni emigró a otro país, ni lo secuestraron, ni se fugó con una mujer de Cacalote. Fue la maldición, Isaías, la maldición de un padre… Tras mis palabras dejó su forma de hombre; le salieron orejas, cola, colmillos, mucho pelo y ya no habló. Sólo ladraba, echándose a mis pies. “¡Dios mío!, ¿qué hice?”, me arrepentí; mas ya era tarde. Un día supe del mago, el de este circo…Lo vi en una función. “¡Magnífico! –pensé-. Si convierte papeles en palomas y pañuelos en víboras, podrá ayudar a Luis Manuel. De eso estoy seguro. Iré a pedirle ayuda”. ¡Claro que lo ayudó! Le dio algo de beber; le echó conjuros… Y desde entonces, muchacho, aquí estoy, siguiéndolo, mirando cuánto come, qué come; cuando lo sacan de la jaula para que salte por un aro encendido, sintiéndolo pasar y verme con esos ojos que tanto me recuerdan a su madre.
—¿De verdad?
—Allí está, el poder del mago logró que dejara de ser un simple perro.
Por instinto volteé hacia la jaula donde una sombra se movía. También don Plácido. Un rugido estalló. Pero no era la voz de cualquier fiera, sino un derrumbe de sonidos, un estruendo largo, que, tras hacerme estremecer, me llevó hasta los años cuando aquél joven y yo en su camioneta viajábamos a la ciudad donde había el bachillerato, él con los libros y sus cuadernos escondidos en una caja de madera debajo del asiento; conversando, haciéndonos preguntas sobre las materias que cursábamos.
No pude resistir; me acerqué un poco más  a verlo y sí, aquel enorme tigre era el hijo de Plácido Santana. ¿En que lo descubrí?  En algo más masculino que animal: las pupilas, su andar, el duro pecho y la suave sonrisa que, pese a los rugidos, era la misma de él. De nadie más. Sólo mi gran amigo sabía reírse así. Ah, y la gran mancha entre la nariz y uno de los párpados.


Sepa la bola

  SEPA LA BOLA  Patricia Ruiz Hernández ¿Cuándo acabaría aquella lucha?, se preguntó Gabino mientras permanecía hipnotizado con la llama de ...