domingo, 7 de enero de 2018

REYES MAGOS, CASAS Y PERROS


REYES MAGOS, CASAS Y PERROS

¡Ya llegaron los Reyes Magos! Seguramente le trajeron a usted, amable lector, aquellas peticiones escritas en su carta. A los compañeros que conformamos el Diezmo de Palabras nos trajeron de nueva cuenta la oportunidad de compartir historias, poesía, cuentos, leyendas y narraciones que esperamos sean de su agrado durante este nuevo año lleno de luz. Los chinos le llaman, al 2018, el año del Perro. En México, cuando alguien dice que la situación está del perro no augura algo bueno. Para los mexica sería un año Calli (casa), así que si combinamos las dos tradiciones y sus cálculos ancestrales tendremos que éste será un año Casa de Perro. ¿Significa esto algo para usted? Para mí tampoco. Por si las dudas quiera mucho a su perro y procure no perder su casa.
Empezamos el año con un bello cuento de nuestro Maestro Herminio Martínez. Que lo disfrute leyendo a los pequeños en casa, los verdaderos reyes de estas fechas. Vale.
Julio Edgar Méndez




UN PALACIO ILUMINADO POR INFINITAS VELAS DE ORO
Herminio Martínez

Al amanecer, cuando las copas de los árboles huelen todavía a lucero, me siento en esta roca a contemplar el mundo. Me gusta ver cómo se van tiñendo las nubes, las llanuras, los cerros, que poco a poco resplandecen como si las manos del aire fueran colocando sobre ellos esos colores rojos, azules, verdes y amarillos, bajados de la memoria de Dios -piensan algunos-, la cual es un Palacio Iluminado por Infinitas Velas de Oro.
¿Que cómo lo sé yo?  Qué importa. Es lo que pienso y no estoy equivocado. Toda la gente dice que estoy loco, y que a un loco no se le cree nada. Esto lo digo sólo para mí y para quienes sean como yo, es decir, de los que madrugan a sentarse sobre una roca a oler el campo, las luces, la hierba, la brisa húmeda que viene dejando caer sobre las hojas el rocío.
¡La brisa!... Ayer me sorprendió cuando iba saliendo de mi cueva. ¿No les he dicho que vivo en una cueva? Pues sí, allí tengo mi morada, algunos libros, mi ropa, dos platos rotos, un  pintura de Van Gogh, fotografías de cuando yo fui  niño, ah, y algunos juguetes para cuando me llega la nostalgia y me da por jugar delante de la luna (la luna es mi mamá). Eso es lo malo de llegar a viejo y estar loco. Ni siquiera me importa todo eso que murmuran cuando me ven pasar, mirándome como si fuera un habitante de las sombras, un ser de las tinieblas, sin saber que vengo de la luz y de estos prados que aquí huelen a aquéllo que alguna vez sentí en el Palacio Iluminado por Infinitas Velas de Oro.
De joven hacía versos, algunos los conservo en la memoria, que es el único libro que no roen los ratones. A veces, algunos hombres observan cuando me alejo hasta la otra colina y entran a revisar mis cosas, a ver qué y qué se llevan. Antes sí había qué se robaran, ahora ya no se llevan nada, ¿quién iba a querer una camisa vieja? ¿Quién unos libros deshojados? ¿O algún sucio pantalón que no le queda a nadie?
En estos instantes miro el sol, abre su boca, escupe una baba larga y encendida que baña las ondulaciones de los montes, haciéndome creer que allá, hasta donde pueden llegar mis ojos, acaba de despertarse una serpiente roja, más grande que los pueblos que también se levantan al golpe de los destellos de los rayos. Ahora es un arco iris el que corona el cielo, el horizonte es un listón flotando en el vacío, la distancia se acerca de la mano del mundo y a mí me vuelve a sostener, oh, sí, lo siento, pero voy muy feliz, porque me vuelve a llevar a ese maravilloso palacio de Dios, que es una memoria iluminada por infinitas velas de oro…
Hacen bien en descansar, suspiren, porque la historia es larga.
La memoria de Dios tiene dos puertas, una da hacia su rostro y la otra hacia su corazón, el cual, ¡pero esto es increíble! palpita al ritmo de una ciudad toda hecha de campanas. Yo estuve allí sólo dos días o no sé si eran noches o tardes, porque siempre hubo luz. Aún me acuerdo que vagaba por aquí, asombrándome, igual que ahora, antes de que terminara de ocultarse el sol. ¡Qué hermoso atardecer! Me dirigía a mi cueva cuando un desconocido me salió al paso, preguntándome que si quería ver el sol, que si no estaba interesado en saber adónde se iba a la hora del crepúsculo.
—¿El sol? –me sorprendí-. Pero si se acaba de ocultar. Ahora sólo quedan por  ahí sus lenguas de colores.
—Podemos ir adonde se ocultó, para que lo conozcas cuando duerme, lo que sueña y en quién sueña, allí en un palacio donde todo se halla escrito en grandes libros rojos.
—¿Libros? –pregunté.
—Sí, la biblioteca universal.
—Vamos, sí quiero ir – le dije.
Me tomó de la mano:
—Sólo cierra tus ojos y ábrelos cuando escuches murmurar un río, un pájaro y el viento.
Y empezamos a andar, primero sobre la tierra, después como si cayéramos a un inmenso abismo en el que nada se escuchaba, excepto nuestro propio corazón al precipitarnos al vacío. Pero de pronto allí estaba aquel rumor de aguas hundiéndose en un acantilado de rocas y peñascos, un pájaro endulzaba los aires, que gemían como si los lastimara la tristeza. Abrí los ojos, nos encontrábamos en una llanura desolada, delante de nosotros había un monte y una vereda colgada de la cima.
—Ése es el camino –comentó el personaje-. Al otro lado está el palacio.
—¿El palacio?
-Sí, el de todas las cosas, todos los nombres y todas las distancias. El infinito mismo, el universo, el cosmos.
—¿Y el sol?
—Ahora duerme. Él ocupa una gran sala. Lo podrás ver, espera un poco… No nos extrañe que nos esté soñando.
—Creí que estaba menos loco -hablé, pero el extraño ser me respondió:
—Aquí nadie está loco. La realidad tiene dos caras: la tuya y la que verás en cuanto pises el suelo donde las flores cantan. Pero antes hay que pasar el arco de la melodía de las serpientes.
El arco de la melodía de las serpientes se halla debajo de una inmensa roca, tan alta como un monte, oscura y fría como si en su cumbre todo el tiempo lloviera. En ese instante tenía nubes de fuego muy arriba, y muy abajo el puente, aquel ojo por el que el personaje y yo teníamos que cruzar hacia donde se veía una luz, una especie de alfombra hecha de sol o luna como la que admiramos en el mes de octubre.
—Es por ahí –me habló.
Yo le cogí la mano, porque de pronto sentí un golpe de frío; sería difícil precisar qué era aquello que me mordió las piernas, un ojo, la  nariz, toda la espalda.
—Te sigo.
—Hacia la luz, esa agua que camina delante de nosotros, es el sendero de las almas en paz. Ahora escucharemos la melodía de las serpientes.
—¡Yo ya la escucho!
—No, esas son las palomas que anuncian que estamos a punto de llegar. Espera, tengo que prepararte…-murmuró, poniéndome en las orejas un poco de saliva-. Así no sufrirás y podremos llegar hasta la orilla donde ya ves esa alfombra brillante: el camino, esa vereda verde por la que alcanzaremos la memoria.
—La memoria, el palacio… –murmuré.
—Lo entenderás.
En eso comenzó a silbar la melodía de las serpientes, era una música espantosa, que, con todo y saliva en mis orejas, me golpeaba como un huracán de gritos estridentes. En realidad la atmósfera era oscura, sólo aquel como arroyo de plata o luna, que era el camino hacia la cumbre, me parecía seguro, pero la melodía de las serpientes continuaba, escalofriante, ríspida, como si fuéramos atacados por un ejércitos de víboras de cascabel, dispuestas a lanzarse sobre nosotros, que no nos deteníamos.
—No resistiré…
—Cuando terminen, habremos superado esta barrera –me dijo el personaje, quien se veía dispuesto a continuar conmigo de la mano. No me soltaba, pero tampoco se veía asustado, como si ya supiera que habríamos de salir de allí.
Como así sucedió, pues de pronto ya estábamos sobre aquel río, sendero, luz, agua de plata, alfombra de colores, y al rato tocábamos una de las puertas del hermoso palacio iluminado sólo por velas de oro.
—Hemos llegado –advirtió.
Hasta entonces le descubrí un dibujo en la cabeza: era como una mancha anaranjada, parecida a un pie, un beso o la palma de una pequeña mano.
—Vamos a entrar.
—Ya están abriendo.
La sala era una estancia dispuesta como si fuera una ciudad, en la que vi dos lados llenos de ojos y dos con unas marcas parecidas a árboles enfermos. Pero nos detuvimos un poco más adentro, cuando salieron a nosotros algunos seres con alas en las sienes y unos curiosos pies que en lugar de dedos lucían hermosas flores. Nos ofrecieron de beber, también comida, yo sí acepté un poco de todo, las copas eran de oro, los panes de una materia azul, olorosa y de un sabor que no podría describirse con palabras.
—Yo no lo necesito –respondió el personaje cuando le pregunté que por qué él no bebía ni comía nada-. Ahora mi tiempo es otro.
También aparecieron unos niños pálidos, los cuales nos condujeron a otra sala, en la que, efectivamente, se hallaba dormido el sol..., ¡lo hubieran visto! Era un hombre con ropa de cristal, completamente ciego pero con una gran sonrisa dibujada en su rostro. Dormía sin moverse, boca arriba, vigilado por un ejército de aquellos personajes.
Después vimos el trono hasta donde llegaba el eterno tañido del corazón de Dios. Dijeron que era una ciudad toda hecha de candelabros y campanas. Allí nos ofrecieron unas sillas, para que miráramos o para que mirara sólo yo, aquel pasillo iluminado únicamente por velas infinitas, hechas de oro desde su llama hasta el pabilo, inagotables, porque tampoco se quemaban. Y sí, allí había abiertos muchos libros, muchas páginas escritas por dedos que quisieron hablarnos acerca del amor de Dios. Yo me puse a leer, a sentir, pero lo que leía era tan increíble, tan hermoso, tan limpio, que mi sangre comenzó a revolverse con la luz y desperté acostado en esa cueva que me sirve de casa.

Hoy apenas lo creo, sin embargo, en días así, cuando amanece el mundo como un lienzo pintado por Van Gogh, me siento a meditar en tales maravillas, de las que, acaso sin ser digno, pude yo disfrutar, ignoro si un instante, un año, un siglo.



*Texto publicado en El Sol del Bajío, Celaya, Gto.

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